"Si queréis ser hermanos, dejad caer las armas de vuestras manos. No es posible amar con armas ofensivas en las manos."

Papa Pablo VI

21 – Dejad caer las armas

Mycroft

—Sherlock, de todas las imbecilidades, idioteces…

—Mycroft —dijo el doctor con voz cansada mientras se derrumbaba en el asiento del coche—, no tuvimos otra opción. Holmes inició esa pelea para mantenernos apartados del peligro. ¡Nos estaban siguiendo!

Fruncí el ceño. No podía rebatir los motivos de mi hermano para iniciar una trifulca en la taberna, pero no me satisfacía nada su forma de atraer tanta atención sobre nosotros.

Sherlock se sentaba frente a mí, y sus irritados ojos grises me traspasaban con una mirada maligna.

—Creo, hermano, que era motivo suficiente para atraer la atención sobre nosotros —dijo con voz cortante—. Mejor eso que recibir un balazo, ¿no?

—O ser empujado por un barranco —susurró Watson, mirando el cielo oscuro con expresión hosca.

Eso disipó mi furia, y los observé atentamente a los dos.

El doctor parecía absolutamente exhausto, tanto mental como físicamente, y sabía que habían pasado la tarde ante la tumba de su hermano. Eso era todo lo que Sherlock me había contado. Posiblemente no fue una misión agradable, y a la vista de la rigidez de los movimientos de Watson me resultaba obvio que aún sentía mucho dolor.

Y mi hermano no tenía mejor aspecto. Incluso después de haberse lavado un poco tras su espontanea pelea en el bar, seguía exhibiendo un labio partido, un ojo morado y un montón de cardenales en la cara, y no me cabía duda de que también en el resto del cuerpo.

Mientras la irritación abandonaba mi semblante, el carruaje pasó por encima de un enorme bache que nos sacudió violentamente a todos. El doctor lanzó un grito ahogado y se llevó instintivamente la mano sana al costado, asaltado por un bronco acceso de tos.

Antes de que tuviera tiempo de preguntarle si estaba bien, Sherlock se me adelantó. Y una vez más me divirtió ver lo mucho que mi hermano había cambiado en los últimos siete años. En su infancia y su adolescencia había sido extremadamente egocéntrico.

Ahora, mientras lo observaba pasar un brazo sobre los hombros de Watson, mirándome como si me retara a hacer el más mínimo comentario, no pude reprimir una sonrisa ante su beligerante actitud. Al menos, esa parte de él no había cambiado.

—¿Qué descubrió en casa de Andrew, Mycroft? —preguntó el doctor, acomodándose con cuidado en su asiento, junto a mi hermano, con un leve suspiro.

—Varios puntos de interés, doctor —respondí, comenzando a sacar mi libreta. Entonces recordé que estaba demasiado oscuro para leer. Tendría que recurrir a mi memoria—. En primer lugar, comprobé que en la casa no quedaba nada que perteneciera a su hermano. Nadie intentó entrar ni tampoco comprar lo que hubiera dentro.

—De lo que se deduce que la casa no tiene conexión con los anarquistas que usan el tartán de los Gersauch, hermano mío. Asombroso, Mycroft —dijo mi hermano, y bajo la creciente oscuridad no vi si estaba de broma o simplemente impaciente a causa de mi metódico estilo narrativo.

Al oír al doctor murmurar una protesta, me decanté por lo último. Y cuando dejó escapar un suspiro y me pidió cortésmente que continuara, estuve a punto de soltar una carcajada. En ocasiones, Watson era invaluable.

—Pero hablé con los vecinos —proseguí—, y descubrí algo muy interesante.

—No me digas.

—Holmes, por el amor de Dios.

Watson debía estar realmente exhausto si mi hermano empezaba a hacerle perder la paciencia. A veces pensaba que el doctor poseía una reserva inagotable de tal virtud.

—Los vecinos residen allí desde antes de que Andrew Watson comprara la casa. Más de uno me dijo que después de que Andrew se instalara, empezaron a ver luces en la propiedad por la noche.

—¿Luces?

—Antorchas o linternas. A todas horas. Y en varios lugares de la finca —respondí.

En esos momentos deseé tener una de aquellas linternas, porque ya había caído la noche y la idea de conducir por el campo en medio de una oscuridad absoluta no me resultaba especialmente atractiva.

—Se celebraban reuniones —oí que sugería Watson con voz queda y cansada.

—Es muy posible —convine, un poco molesto con Sherlock por burlarse de mis deducciones pero no decir ni una palabra sobre las del doctor—. Esas reuniones a medianoche ocurrían con bastante regularidad —proseguí—, y en ocasiones iban acompañadas por voces en el viento, etc.

—¿Saben los vecinos quién estaba involucrado? ¿Nadie lo investigo nunca? —preguntó Sherlock.

—No, Sherlock. Esto es un pueblo, y aquí la gente es de lo más reservada. Cada cual se ocupa únicamente de sus asuntos.

—Así que todo lo que sabemos es que esas reuniones tenían lugar en alguna parte de la propiedad —murmuró mi hermano— a diferentes horas de la noche.

—No hay más que sacar de ahí, Sherlock. Obviamente, lo más probable es que los encuentros fueran contactos clandestinos del grupo anarquista que persigue a Watson.

Ninguno de los dos hombres sentados frente a mí me respondió, y una vez más deseé tener una linterna. Cuánto detestaba hablarle a la nada… Y Sherlock siempre había sido irritantemente reticente a iniciar cualquier conversación.

—Dime qué has descubierto hoy, Sherlock.

—¿Aparte del interesante hecho de no poder enfrentarme a un bar entero lleno de rufianes yo solito?

—Te lo merecías, Sherlock. Y ahora deja de ser tan frustrantemente chistoso y ve al grano.

—No investigamos mucho, hermano —respondió Sherlock, bajando ostensiblemente la voz—. Estuvimos… atendiendo otros asuntos. No averiguamos gran cosa hasta después de la pelea, gracias a ese tipo, Carter.

—¿El rubio?

—Sí.

Sherlock pasó a detallar en voz baja los eventos que siguieron a la pelea y todo lo que el tal Carter les había dicho a él y a Watson.

—Entonces, ¿crees que nos ayudará?

—Lo creo muy probable —dijo mi hermano, y volví a preguntarme por qué hablaba tan bajo—. Parecía sinceramente interesado en hacerlo, y creo que estaba realmente apenado por la muerte de Andrew Watson.

—¿De veras?

—Si estaba fingiendo, fue la mejor actuación que he visto en mucho tiempo —replicó mi hermano.

—Has dicho que te dijo que Andrew era brillante, pero que no sabía escoger a sus amigos. Esos tipos por los que iniciaste la pelea, supongo.

—Sí —le oí admitir—, y Carter dijo que en sus últimos días Andrew siempre parecía estar distraído, preocupado por algo.

—El clan que iba tras él, por supuesto.

—Por supuesto. Se dieron cuenta de lo que pretendía ocultar, e imagino que estaba intentando escapar al control de los anarquistas cuando fue asesinado por ello —respondió mi hermano en voz baja.

—Sherlock, si vamos a regresar mañana a la ciudad, tendremos que alquilar un coche. El inspector Tavish debe reincorporarse a su trabajo mañana por la mañana.

—¿Quieres que me encargue yo?

—Puedo hacerlo yo cuando volvamos al hotel. Creo que ahora el curso de acción más lógico sería examinar la propiedad que perteneció a Andrew Watson.

—¿Obtuviste un permiso mientras estuviste allí, Mycroft?

—Sí. Al nuevo propietario le trae sin cuidado que la exploremos mientras no alteremos ninguno de los edificios de la propiedad.

—¿Qué extensión dirías que tiene el terreno?

De nuevo, la voz de Sherlock sonó tan queda que apenas pude oír su pregunta. Era de lo más irritante.

—Cuatro, posiblemente cinco o seis acres —respondí—. Pero la mayor parte está sembrada de cuevas y otras peculiaridades geológicas. No faltan lugares para celebrar reuniones clandestinas.

Alcé la vista. La luna se abría paso a través de un banco de nubes, proyectando un translúcido rayo de luz plateada sobre nosotros y el paisaje circundante. Miré a Sherlock y vi que se llevaba un dedo a los labios y señalaba sonriendo a quien se hallaba junto a él. Y comprendí por qué de pronto había empezado a hablar en voz baja.

El pobre doctor se había quedado dormido a su lado, cómodamente instalado bajo el hueco del delgado brazo de mi hermano.

Una vez más me maravilló el cambio de Sherlock, y especialmente hoy. Me pregunté brevemente qué habría ocurrido durante las dos horas que habían pasado en ese cementerio. Sherlock se había mostrado excesivamente incómodo al hablar de ello y, naturalmente, el doctor no aportó más información.

De todas formas, me entusiasmaba ver el cambio tan positivo que mi hermano había experimentado, y me alegraba sobremanera saber que ambos se enfrentaban juntos a este sórdido drama.

Con una indulgente sonrisa, me eché hacia atrás y también cerré los ojos. La preocupación por ambos había hecho que mi día resultara bastante más agotador de lo que habría sido con un mero trabajo de campo. Me sentiría extremadamente feliz cuando llegáramos al hotel, en Edimburgo, y tomara un buen refrigerio.

Holmes

Personalmente, sentí un gran alivio cuando llegamos al hotel, en Edimburgo. Me encontraba más cansado de lo que quería admitir, y empezaba a arderme la cara a causa de los golpes recibidos esa tarde. Debería haberme sentido extremadamente feliz ante la perspectiva de poder ponerme una cómoda bata y fumar una pipa antes de intentar dormir un poco.

Pero me daba pena tener que despertar a Watson. Estaba extenuado, y yo, reacio a traerle de vuelta a la realidad.

Me libré de tener que hacerlo cuando, poco antes de llegar a nuestro hotel, el carruaje dobló una esquina con demasiada celeridad y él despertó con un sobresalto, mirando a su alrededor con una soñolienta perplejidad que resultó casi cómica.

Entonces, al comprender que había vuelto a quedarse dormido sobre mí, se puso rígido, se ruborizó, mortificado, y se enderezó en el asiento. Al notar que yo no apartaba el brazo, me miró con aire abochornado.

—No se perdió ninguna conversación interesante, Watson —dije con sequedad.

Su respuesta se vio cortada por la enojada voz de mi hermano al otro lado del carruaje.

—Ni una compañía refinada, ya que estamos.

Oí que Watson dejaba escapar una risita, y el sonido caldeó mi corazón. En un momento, el inspector Tavish detuvo el coche junto al bordillo, frente al nuestro hotel, y saltó del pescante.

—Hemos llegado, caballeros. Servicio de aparcamiento sólo para nuestros distinguidos invitados —dijo el hombre con una amplia sonrisa, abriendo la puerta del carruaje y tendiéndole una mano a Watson.

Noté con cierta preocupación la forma tan rígida en la que descendía, y comprendí que, probablemente, los esfuerzos del día habían hecho que la mejoría que pudiera haber experimentado desde el ataque no hubiera servido de nada. Tendría que vigilarle con mucha atención.

Hice salir a Mycroft del coche con un cordial empujón, sonriendo al oírle rezongar acerca de la impiedad de la hora y lo mucho que necesitaba una cena.

—Si no precisan nada más de mí, caballeros…

—Gracias por su ayuda, inspector —dije—. Ha sido un placer trabajar con usted.

—Gracias, señor Holmes. Y buena suerte a todos. Tal vez volvamos a vernos antes de su regreso a Londres. Buenas noches, señores.

Mycroft alzó una mano a modo de despedida, pero vi que Watson estaba a punto de volver a quedarse dormido de pie. Lo cogí del brazo y le pregunté a Mycroft si iría al restaurante del hotel a cenar algo.

—No es una deducción precisamente asombrosa, Sherlock.

Watson espabiló lo suficiente para reírse ante la devolución de mi pulla, y clavé en mi hermano una mirada feroz.

—¿Te reunirás conmigo?

—Prefiero pensar que eres capaz de deducir la respuesta tú mismo, hermano mío —resoplé desdeñosamente, guiando a Watson hacia las escaleras.

Escuché la risita de Mycroft a mis espaldas mientras se dirigía al restaurante del hotel, pero en ese momento mi principal preocupación era conseguir subir las escaleras y llegar hasta la cama.

—Holmes, debo atender su ojo en cuanto lleguemos arriba —farfulló Watson con voz soñolienta, intentando disimular un bostezo.

Sonreí. Como de costumbre, su preocupación por mí se anteponía a todo lo demás, incluido su propio bienestar. Aun estando medio dormido.

—Mi querido amigo, lo único que va a atender esta noche es su almohada—respondí mientras avanzábamos por el vestíbulo.

Murmuró una protesta que rechacé con facilidad y saqué de mi bolsillo las llaves de nuestro dormitorio. Abrí la puerta, hice entrar a Watson con cuidado y volví a cerrarla tras nosotros.

Tenía la mano sobre la lámpara de gas, a punto de encenderla, cuando Watson aferró mi brazo. Entonces también yo escuché lo que de pronto le había puesto en guardia con un violento sobresalto.

Un crujido a nuestra izquierda, en la dirección de la sala de estar. Había alguien en la suite.

Watson se aferraba con fuerza a mi brazo, suplicándome en silencio que me moviera. Estaba a punto de intentar abrir la puerta sin hacer ruido para volver a salir de la habitación cuando oí un leve clic que ambos identificamos demasiado bien: una pistola amartillándose.

—Encienda las luces, señor Sherlock Holmes —dijo una voz gélida en la oscuridad—. Hace rato que les esperamos a usted y al doctor Watson.

Y no precisé hacer un gran esfuerzo deductivo para saber quién era la gente que daba las órdenes.

El grupo que había asesinado al hermano de Watson. El grupo anarquista que había venido siguiéndole a él y al reloj de su hermano desde Londres.

Nos habían encontrado. Y atrapado, con toda eficacia, en una trampa bien tendida.