21. Convertido en mi enemigo: Rose Weasley

Eileen y Serena se fueron a dormir temprano, de modo que por la noche, sin sueño alguno, no me quedó más remedio que bajar sola a la Sala Común de Gryffindor. Resultaba extraño verla tan tranquila sin el jaleo que solía traer consigo el escandaloso de James que tenía que informar a todo el mundo de su llegaba con voces que te taladraban el cerebro. Por supuesto, al bajar de la habitación en puntillas para no molestar a nadie, me había llevado el libro que contenía información sobre la planta que mató a Sócrates y poder seguir investigando. Estaba lleno de ideas extrañas de Newt Scamander sobre la Cicuta, la mayoría de las cuales todavía estaba intentando entender lógicamente.

Estaba sentada en el mullido sofá releyendo las palabras al son de la calidez del fuego una y otra vez, rememorando todo lo que estaba ocurriendo, pero cuanto más pensaba en los suicidios, las personas de antifaces plateados y la utilización de la poción multijugos, más nerviosa me ponía. Sentía que el libro se balanceaba bajo mis temblorosas manos. Habían pasado quince días desde que comenzamos a cocinar los ingredientes a fuego lento y por el momento, todo parecía ir de maravilla, las clases seguían su curso, no se avistaba ningún movimiento extraño por parte de Labonair o su padre… lo que, nos alarmaba aún más.

Me removí incomoda en el sofá a la par que cerré el libro, no quería acordarme, pero tenía presente una charla con mi madre. Después de tantas semanas, las palabras aún hacían eco en mi cabeza. Tras escuchar la conversación a escondidas, había estado recorriendo Londres en busca de información que pudiera ayudarnos, buscando algún dato que me pudiera ayudar a comprender las pesadillas de Albus (no pensaba rendirme por mucho que él quisiera echar tierra por encima del tema) y recaudando algún ingrediente de la poción que faltaba. Durante esos largos días en los que Albus había estado ausente, hice el trayecto al Callejón Diagon al menos una vez a la semana: para poder investigar y porque necesitaba vencer la curiosidad. La Navidad fue especialmente dura. Los ratos libres me los pasé sondeando libros en busca de información sobre antifaces plateados. Estuve recorriendo los boticarios intentando fijarme si vendían Cicuta, había seguido leyendo intentando buscar más cosas sobre York, y para el malestar de mi bolsillo, gastado galeones en libros de plantas, pero no había tenido suerte.

Casi al terminar las vacaciones, al volver a casa (después de llevar caramelos verdes a Albus para que se animara), me sentí más cansada de lo habitual y me quedé dormida en el sofá con un libro de plantas entre las manos. Mi madre vio mis intenciones y me hizo prometer que no iba a meterme en aquel asunto.

Le dije que no lo haría. Mentí y odiaba mentir a mi madre. Cerré los ojos un segundo acordándome de su rostro, lo mucho que la admiraba y lo poco que se merecía que le mintieran a la cara. No quise quedarme con ese amargo sentimiento de culpa, por lo que, recogí mis cosas y subí a dormir.

A la mañana siguiente, me levanté antes, me lavé los dientes, aseé, hice la cama y obligué a mis compañeras a que la hicieran también. Serena como era de costumbre se removió balbuceando tonterías. Me parecía inaudito tener que pedir una cosa así. ¿Tanto costaba? ¡Era por una buena causa! Por otro lado, como siempre, cuando me desperté, Argent no estaba. Parecía mentira que durmiéramos en la misma habitación, pero sinceramente, prefería no verla.

Después de tomar un desayuno revitalizante, me despedí de Serena y Eileen para ir a buscar un libro que me había dejado en la Sala Común sobre sueños y quería ojear entre clase y clase. En la puerta me topé con Albus y Malfoy que también salían ya de desayunar. Albus tenía cara de espanto, como si acabara de correr una maratón al lado de cincuenta fantasmas.

—Estás pálido, ¿has vuelto a tener una de tus pesadillas? —pregunté suspicaz, esperando que no me negara lo obvio mientras me cruzaba de brazos.

—Bueno… —musitó, mirando para otro lado, pasando la mano por los cabellos revueltos de su coronilla.

—Albus Severus Potter, —le regañé, dando pequeños puntapiés en el suelo— no puedes seguir así… Deberíamos seguir buscando, últimamente pareces un inferi y a mí no puedes mentirme.

—No es por darle la razón a Weasley, Albus… —intervino Malfoy, mirándole fijamente con sus ojos claros— pero deberías dejar de ignorar tus pesadillas.

—Ahora no tenemos tiempo para pensar en eso, ¿vale? —contestó Albus aparentemente incomodo, metiendo una de sus manos en el bolsillo de su túnica—. Ya nos encargaremos más adelante, tenemos cosas más importantes que hacer. Venga, vamos a Herbología.

Deseché la idea de ir a por el libro al verle así y decidí ir con ellos por si descubría algo más. Era un insensato. Menos mal que a veces Malfoy, me entendía. Mandaba narices que justamente él fuese quien lo hiciera. Mis preocupaciones por los sueños de Albus, me duraron todo el recorrido a través del embarrado camino que llevaba al Invernadero Tres; pero, una vez en él, Neville me distrajo un poquito de ellas al mostrar a la clase las plantas más feas que había visto nunca, pero eso no quería decir que no fueran interesantes.

—Eso no parecen plantas, son más parecidas a gruesas y negras babosas gigantes —expuso Albus.

Las plantas, estaban todas algo retorcidas, y tenían una serie de bultos grandes y brillantes que parecían llenos de líquido.

—Son bubotubérculos —nos dijo con énfasis Neville—. Hay que exprimirlas, para recoger el pus...

—¿El qué? —preguntó Megara Prynce, con asco.

—El pus, Prynce, el pus —dijo el profesor esbozando una pequeña sonrisilla—. Es extremadamente útil, así que espero que no se pierda nada. Como decía, recogeréis el pus en estas botellas. Tenéis que poneros los guantes de piel de dragón, porque el pus de un bubotubérculo puede tener efectos bastante molestos en la piel cuando no está diluido.

Exprimir los bubotubérculos resultaba desagradable, pero curiosamente satisfactorio si querías descargar frustración. Yo, vertía el desosiego de no encontrar ninguna respuesta a mis muchas incógnitas. La biblioteca me estaba fallando, y mucho. Cada vez que se reventaba uno de los bultos, salía de golpe un líquido espeso de color amarillo verdoso que olía intensamente a petróleo. Lo fuimos introduciendo en las botellas, tal como nos había indicado el profesor Neville, y al final de la clase habíamos recogido varios litros.

—La señora Pomfrey se pondrá muy contenta —comentó Neville, tapando con un corcho la última botella—. El pus de bubotubérculo es un remedio excelente para las formas más persistentes de acné. Les evitaría a los estudiantes tener que recurrir a ciertas medidas desesperadas para librarse de los granos.

—Como le pasó a Chloe Flisky —dijo Margo Dunne en voz muy alta—. Intentó quitárselos mediante una maldición.

—Esa chica es súper tonta —afirmó Prynce, moviendo la cabeza de un lado a otro.

—Pero al final la señora Pomfrey consiguió ponerle la nariz donde la tenía —intervino Baizen.

—Y por lo que he visto le han vuelto los granos —mencionó Argent.

Todas se rieron y gritaron a la vez: ¡qué escándalo!

—Bueno, ya está bien —intervino Neville dando por zanjada la conversación—. ¡Aquí finaliza la clase! Habéis hecho un buen trabajo.

El insistente repicar de una campana procedente del castillo resonó en los húmedos terrenos del colegio, señalando que la clase había finalizado. Albus, Malfoy, Eileen y yo comenzamos a recoger las cosas.

—Ahora nos toca encantamientos —anuncié, echando en el interior de mi mochila una bolsa de plástico con los guantes que estaban manchados de arena húmeda. Esperaba que no se le pegara el olor a los libros.

—Nosotros pociones —contestó Malfoy, mirando con el gesto torcido lo que debía recoger él. La tierra estaba por manchar todos nuestros apuntes.

—Entonces nos veremos en la comida —adjudicó mi primo, cerrando su maletín con insistencia, tanta que temí que lo rompiera. Era obvio que debía de haber tenido una pesadilla muy mala. Me hubiese gustado preguntar, no obstante 1) seguro que le incomodaba aún más y 2) si me demoraba llegaría tarde a clase.

—Exactamente. Nosotras nos vamos ya —dije, echando un ojo y apreciando como Eileen terminaba de recoger sus cosas—. Hasta luego, chicos.

—Adiós —se despidió Eileen, echándose su mochila al hombro. Tenía que reconocer que le había cogido mucho cariño, se había convertido en una de mis mejores amigas, sin embargo, a veces sus pocas palabras, me ponían nerviosa.

Y así, el grupo de alumnos se dividió: los de Gryffindor subimos al aula de Encantamientos, y los de Slytherin se encaminaron en sentido contrario, bajando por las escaleras, hacia la mazmorra.

La hora pasó rápidamente. Estuvimos levitando objetos pesados hasta que de nuevo, resonó la campana. A la hora de comer, Eileen, Serena y yo nos sentamos en la mesa de Gryffindor y nos servimos patatas, coles de Bruselas y chuletas de cordero. Empecé a comer tan rápido que ambas se me quedaron mirando. Parecía mi primo Albus, por Dumbledore.

—Eh... ¿se trata de la nueva estrategia de campaña por los derechos de los elfos? —me preguntó Serena, metiéndose una patata en la boca—. Por Godric… ¡Quema!

Sin dejar de engullir, le pasé el vaso de agua más cercano.

—No creo que sea una buena campaña dejar a todos los alumnos de Gryffindor sin comida —escuché una voz a mis espaldas, era Malfoy acompañado de Albus.

—Claro que no lo es —respondí con toda la "elegancia" que me fue posible teniendo la boca llena de coles de Bruselas—. Sólo quiero ir a la biblioteca.

—¿Qué? —exclamó Albus sin dar crédito a mis palabras—. Si no te va a dar tiempo a llegar cuando quieras volver.

—Si lo raro es que no se alimente de los libros de allí —escuché que se mofaba Malfoy al lado de Albus.

—Tal para cual… —escuché que murmuraba Albus.

Les dediqué una sonrisa falsa con la boca cerrada pero llena de comida, me encogí de hombros y seguí engullendo una chuleta como si no hubiera probado bocado en varios días.

—Bueno, ¿qué es lo que queréis? —pregunté, una vez que tuve la boca vacía, metiéndome después otra cuchara de coles de Bruselas.

—Veníamos a decirte que nos esperases para ir a Transformaciones, pero si te vas a la biblioteca, nos vemos allí. ¿Vosotras venís con nosotros? —les preguntó Albus a Eileen y Serena.

Ambas asintieron.

—Nos vemos en la puerta, colega —contestó Serena guiñándoles un ojo.

—Albus, vámonos antes de que se acabe la buena comida —insistió Malfoy.

—Tienes razón. Ahora os vemos, chicas y a ti te vemos allí, Rosie —se despidió Albus.

Luego de verles desaparecer me puse en pie de un salto, dije a mis compañeras: «¡Os veré en clase!» y salí de allí a toda velocidad. Una vez llegué a la biblioteca, me introduje corriendo entre las estanterías teniendo la esperanza de encontrar algo sobre sueños y pesadillas, pero como era habitual… no encontré absolutamente nada.

Cuando sonó la campana para anunciar el comienzo de las clases de la tarde, me encaminé rápidamente hacia el aula de Transformaciones, teníamos clase doble. Corrí por los pasillos para no retrasarme y mucho menos con el profesor Labonair. Al llegar, me fijé que mis amigos habían cogido un sitio en primera fila y cincelé una sonrisa orgullosa. Me conocían bastante bien.

—¿Qué tal en la biblioteca? —cuestionó Albus, haciéndome un hueco a su lado en el banco de madera.

—Bueno… —contesté sentándome, pero no pude terminar.

—Silencio —ordenó el profesor Labonair con voz cortante al cerrar la puerta tras él.

En realidad no había ninguna necesidad de que impusiera orden, pues en cuanto los alumnos oímos que la puerta se cerraba, nos quedaron quietos y callados. Por lo general, la sola presencia del profesor Labonair bastaba para imponer silencio en el aula.

—Antes de empezar la clase de hoy —dijo el profesor desde su mesa, abarcando con la vista a todos los estudiantes y mirándonos fijamente—, creo conveniente recordarles que el año que viene realizaran un importante examen en el que demostraran cuánto han aprendido sobre la Transfiguración. Pese a que algunos alumnos de esta clase son indudablemente imbéciles, espero que consigan pasar más allá del Troll. —Esa vez su mirada se detuvo en Sam Hallywell, que tragó saliva y miró inmediatamente a un lado—. Y como suspendan y la profesora Thompson siga indispuesta, olvídense de estudiar conmigo, por supuesto —prosiguió Labonair con su discurso—. Yo sólo preparo a los mejores alumnos, lo cual significa que tendré que despedirme de algunos de los presentes, aunque realmente no me importa.

Entonces miró a Albus y torció el gesto. Por el rabillo del ojo, vi que le sostuvo la mirada y sintió un sombrío placer ante retarle con los ojos, me tuve que contener el gritarle que dejara de hacer el ganso antes de que nos descubriera.

—Pero antes de que llegue el feliz momento de la despedida tenemos mucho tiempo por delante —anunció Labonair melodiosamente—. Por ese motivo, tanto si piensan presentarse al T.I.M.O del año que viene como si no, ya que algunos solo harían el ridículo… les recomiendo que concentren sus esfuerzos en mantener el alto nivel que espero de mis alumnos.

»Hoy vamos a practicar el hechizo Lapifors, un encantamiento de transformaciones que sirve para convertir un objeto pequeño en un conejo. Pero advierto: si no miden el giro de la varita, podrán provocar que la persona que tienen al lado se convierta en un roedor y… a veces es irreversible, de modo que hay que prestar mucha atención a lo que se está haciendo. Pero si lo pensamos bien… alguno volvería a su naturaleza natal.

Me enderecé ligeramente en el asiento; la expresión de mi rostro denotaba una concentración absoluta, sabía perfectamente que el profesor se acababa de marcar un farol, no obstante yo había leído ya acerca del hechizo, pero... algunas personas de mi alrededor, como Serena, miraban al que tenían al lado con desconfianza.

—Los movimientos —continuó el profesor Labonair, y agitó su varita— están en la pizarra. —En ese momento aparecieron escritos—. Encontrarán todo lo que necesitan —volvió a agitar la varita— en el armario del material. —A continuación, la puerta del mueble se abrió sola—. Tienen una hora y media. Ya pueden empezar.

Como había imaginado, el profesor Labonair no podía haber elegido un hechizo que pareciera tan complicado. Su propósito era meternos miedo y que lo hiciéramos mal. Había que mover la muñeca en el orden y el tiempo preciso; había que mover la varita exactamente el número correcto de veces, primero en el sentido de las agujas del reloj y luego en el contrario; y había que bajarla ligeramente, sobre el objeto que tuvieras delante, hasta que saliera una tenue luz de la punta.

—Ahora una luz plateada debería empezar a salir de las varitas y cambiar el objeto —advirtió Labonair.

Albus, que a mi lado sudaba mucho, echaba un vistazo alrededor de la clase, estaba totalmente desconcentrado sin prestar atención a los movimientos. La punta de su varita emitía grandes cantidades de vapor gris oscuro; la varita de Eileen, por su parte, escupía chispas verdes. Sam Hallywell intentaba apaciguar con la punta de la varita las llamas que comenzaban a dar vueltas alrededor de la figura que debía convertir, pues amenazaban con expandirse. Mi estatua, en cambio, ya era un pequeño conejo que miraba todo con los ojos abiertos, y al pasar por mi lado, el profesor Labonair lo miró de reojo sin hacer ningún comentario, lo cual significaba que no había encontrado nada que criticar o que simplemente me ignoraba. Al llegar al lado de Albus, el profesor Labonair se detuvo y miró como su estatua se derretía con una espantosa sonrisa burlona en los labios.

—¿Qué se supone que es esto, Potter?

El grupo de Prynce y sus amigos, que estaban sentados en las últimas filas del aula levantaron la cabeza, expectantes; les encantaba oír cómo el profesor Labonair sacaba punta a todo lo que hacía alguien mal.

—El hechizo Lapifors —contestó Albus con obviedad, quise llevarme las manos a la cara. Estaba claro que su imprudencia y carácter temerario le llevarían por caminos peligrosos. Menos mal que siempre estaría ahí.

—Dime, Potter —repuso el profesor con calma—, ¿sabe leer?

Marcellius Labonair no pudo contener la risa.

—Sí, sé leer —respondió Albus sujetando con fuerza su varita.

—Léame la tercera línea de las instrucciones, Potter.

Albus miró la pizarra con los ojos entornados, no resultaba fácil descifrar las instrucciones a través de la niebla de vapor multicolor que en ese instante llenaba la clase y para colmo me di cuenta que no llevaba sus gafas. Le regañaría más tarde por eso.

—«Remover la varita tres veces en sentido contrario a las agujas del reloj y luego inclinar la varita hacía abajo».

Entonces abrió los ojos como si se le cayera el alma a los pies. Seguramente se había dado cuenta de que se había saltado algún paso.

—¿Ha hecho todo lo que se especifica en la tercera línea, Potter?

—No —contestó él en voz baja y a regañadientes.

—¿Perdón?

—No —repitió Albus elevando la voz—. Me he olvidado un giro de muñeca.

—Ya lo sé, Potter, y eso significa porque no le sale el hechizo, por lo tanto su figura no vale para nada. —El profesor levantó la varita y la estatua deforme de Albus se elevó en el aire y luego desapareció y él se quedó plantado como un idiota junto a una mesa vacía—. Los que hayan conseguido leer las instrucciones, he visto que han conseguido algo, por desgracia… y como me temía… pocos los han logrado —indicó luego el profesor Labonair—. Deberes: treinta centímetros de pergamino sobre el hechizo Lapifors, y Potter, usted cuarenta. Deben entregarlo el jueves. Pueden marcharse.

Mientras recogíamos las cosas Albus estaba muerto de rabia. Y le entendía, el profesor había ido directo a por él. Su hechizo no era peor que el de Valentina Baizen, su estatua desprendía un desagradable olor a huevos podridos; ni peor que la de George Develius, que había adquirido la consistencia del cemento recién mezclado; y, sin embargo, era él quien recibiría un cero y diez centímetros más. Hasta yo estaba indignadísima.

Guardé la varita en la mochila y luego me di cuenta que Malfoy también había conseguido traer a un conejo. En ese instante sonó la campana que señalaba el final de la clase. Por todas partes se oía el ruido de alumnos que se movilizaban como una manada de elefantes. Albus fue el primero en salir sin esperar a nadie. Eileen, Malfoy yo nos apresuramos en seguirle. Fuera todo era de un gris todavía más oscuro que esa mañana y la lluvia golpeaba las altas ventanas.

—¡Qué injusto! —exclamé intentando consolar a Albus. Luego me senté a su lado y me apoyé contra la ventana—. Tu hechizo era mucho mejor que el de Baizen; su estatua olía a rancio.

—Ya, pero ¿desde cuándo Labonair es justo con algo? —dijo Albus sin apartar la vista de fuera.

Nadie contestó, sabíamos perfectamente que la enemistad mutua que había entre el profesor Labonair y Albus había sido absoluta desde el momento en que éste puso un pie en Hogwarts.

{***}

Los tres días siguientes pasaron sin grandes incidentes, a menos que se cuente como tal el que Eileen "dejara" que se fundiera su caldero en clase de Pociones y digo "dejara", porque estaba segura de que una tercera mano era quien hacía que Eileen pareciera una nefasta siempre en clase. Por otro lado el profesor Labonair, que durante las vacaciones de Navidad parecía haber acumulado rencor en cantidades nunca antes conocidas, castigó a Albus a quedarse después de la clase de Transformaciones. Al final del castigo, Albus sufría un colapso nervioso, porque el profesor Labonair le había obligado a limpiar los desperfectos que "sin querer", Marcellius Labonair había causado después de enterarse que Albus estaba castigado. Esperamos a que saliera del castigo y nos pusimos rumbo a ningún lugar.

—No es ningún misterio saber porque el profesor Labonair está de tan mal humor —dijo Malfoy mientras observaba cómo llevaba a cabo el encantamiento antigrasa para quitarle a Albus de las uñas los restos de tripa de sapo y Eileen le sujetaba la mano. En la clase, habíamos tenido que convertir un sapo en una aguja.

—Sí —respondió Albus, moviendo los dedos de las manos con asco—. Se está desesperando, eso significa que todavía no han encontrado nada.

—Tanta prisa… ¿creéis que se le está agotando el tiempo? —dije pensativa.

—Es posible, por eso estoy ansioso… —intervino Albus.

—¿Cuánto le queda a la poción? —preguntó Eileen, echando cuentas.

—Estará lista el nueve de febrero —contestó Malfoy velozmente.

—Ya queda poco. Ahora lo único que me apetece es imaginarme que transformo a Georges Labonair en un sapo cornudo —dijo Albus, cincelando una sonrisa maliciosa. Se le veía de buen humor a pesar de haber estado castigado, saber que ya quedaba poco a él le excitaba y a mí, me preocupaba— y hacerle botar por toda la clase con la sapa de Lasserre.

—Albus… —murmuré recriminatoriamente.

—¿Qué pasa? —preguntó inocentemente—. Comparado con lo que él ha hecho sería como unas simples cosquillas.

—Bueno, —nos interrumpió Malfoy— mañana tendríamos que pasarnos para trocear la serpiente africana.

—Igualmente, deberíamos de ir hoy para ver cómo va cociéndose —continuó Albus.

—Albus tiene razón —intervino Eileen mientras avanzábamos por el pasillo.

—¡Eh, chicos!

George Develius se dirigía a nosotros casi dando brincos seguido de cerca por Peter Kay y Jackson Zeralv. Junto con ellos, pudimos distinguir que Thylane les acompañaba. Aquel día parecía tener aspecto enfermizo, el pelo más enredado de lo normal y en sus orejas, colgaban dos pendientes con plumas rojas. No sabía de dónde había sacado algo tan estrafalario, cada día me sorprendía aún más. A veces no aguantaba la filosofía de personas como ella, pero Thylane cuando no soltaba barbaridades era un encanto. Se detuvo frente a nosotros y retorció sus manos pequeñas.

—No sabemos qué le pasa, nos la hemos encontrado así, parece estar asustada —explicó George. Albus se aproximó corriendo a ella, pero le ignoró.

—S-s-se acaba el tiempo —murmuró Thylane para sí, toqueteándose furiosamente las plumas de los pendientes—. El Titanic, el Lusitania…

Malfoy a mi lado entornó los ojos. Y luego me miró confundido, yo me encogí de hombros, obviamente estaba hablando de barcos, pero no tenía ni idea de lo que estaba queriendo decir.

—¿Por qué estás hablando de barcos, Thylane? —preguntó Albus.

—No le atosiguéis, así solo se pondrá más nerviosa —atajó Jackson.

—Eh, Thylane, tienes que tranquilizarte —convino George ignorando a Jackson, que en mi opinión tenía toda la razón.

—Deberíamos de llevárnosla a la Sala Común —sugirió Eileen—. Allí puede intentar tranquilizarse.

—Siempre que mi primo James no esté por allí —atajé de inmediato, llevarla a donde estaban los más rebeldes no era la mejor idea.

—Barcos… Mala suerte... «La hija del mal anda sola…» —susurraba, de repente se enderezó y se quedó fijamente mirando a Albus—. ¿Cómo va vuestra poción?

—¡Thylane! —Albus se precipitó súbitamente.

—¿Una poción? —cuestionó Peter, deslizando la mirada entre nosotros—. ¿Mala suerte? ¿Qué está diciendo?

—¡Nada de pociones! ¡Nada de barcos! ¡La hija del mal! —continuó Thylane, tapándose los oídos con las manos y alzando la voz. Parecía haber vuelto a enloquecer.

El efecto fue similar al que habría producido una granada de fogueo lanzada sobre la mesa. Todos nos quedamos mirando a Thylane que parecía remitir su ataque de histeria. Nadie dijo nada. Mi corazón latía con fuerza. «La hija del mal, pociones, barcos…» Resistí el impulso de mirar a Albus para que nadie sospechara nada. Alrededor de nosotros, los sonidos proseguían pero apagados y lejanos, como si un pequeño grupo de divanes hubiera entrado en una dimensión más silenciosa. Albus fue el primero en recuperarse. Se aproximó aún más y agarró el brazo de Thylane.

—¡Es una adivinanza! —dijo con falso entusiasmo—. ¿Rosie? ¿No te sabes la respuesta?

¡Qué astuto!

—Un momento —Peter dio un paso adelante, tenía la vista clavada en Thylane—. ¿Qué ha dicho? Parecía como si estuviera predicando algo…

—Ya sabes cómo es Thylane —soltó Malfoy—. La mayor parte de las veces dice cosas sin sentido.

—¡Sí! —convine rápidamente—. Debe de ser algo que ha leído en un libro. ¿Verdad que te gustan los libros de adivinanzas, Thylane?

Rogué en latín arcaico para que me echara una mano.

—Adivinanzas… —murmuró lentamente—. Me gustan las adivinanzas...

Ahora Thylane parecía más relajada. De repente se tiró al suelo y se quedó sentada con las piernas cruzadas sobre el pecho, toqueteándose las plumas de las orejas. Al fin le lancé a Albus y Malfoy una mirada de complicidad. Era evidente que si George, Peter y Jackson se ponían a pensar, sabrían que estábamos ocultando algo. Igual de evidente que Thylane había recitado algo que no era para nada bueno.

La expresión de Albus gritaba: «Socorro».

—Ha pronunciado una profecía o algo parecido a eso —insistió Peter—. A lo mejor ha visto el futuro.

Nadie contestó. No estaba del todo segura de lo que ocurría, pero comprendí que si no actuábamos rápido estábamos a punto de meternos en un buen lío. Forcé una risa.

—Ah, ¿sí, Peter? Sabes que la adivinación es una ciencia inexacta. ¿De verdad crees en esas cosas? ¿Crees que se puede adivinar el futuro? ¿Consultas a Thylane para hacer tus augurios amorosos?

Mis palabras ejercieron el efecto deseado. Los demás se echaron a reír nerviosamente. Peter evaluó a Thylane y a continuación miró a Albus que se pasaba las manos por el pelo, Peter al verle resopló. La idea de que Thylane acabara de decir algo importante aparentemente era tan ridícula que les empezó a dar la risa que a mí no me hacía.

—Yo, ejem… —Peter frunció los labios—. No, pero…

—Solo está citando frases de un libro —dije de nuevo—, como Albus ha dicho.

—Rose tiene razón. Ahora lo que deberíamos hacer es llevar a Thylane a su Sala Común —insistió Eileen.

—Quiero pudin… —dijo Thylane de repente, esbozando una sonrisa. Parecía haber vuelto en sí, solo esperaba que no dijera nada más de la poción—. ¿Dónde vamos? Podemos ir a nuest…

—Te llevaremos a por pudín a las cocinas, Waters —intervino rápidamente Malfoy.

—Sí, además… hace mucho que no veo a Gio —animó Albus.

Nos despedimos rápidamente de George, Jackson y Peter, que aún nos observaban con desconfianza, y nos dirigimos a las cocinas, alejando a Thylane de ellos. ¡Había estado a punto de desvelar todo nuestro secreto! Por el camino, entre nosotros, nos echábamos miradas alarmadas. ¿Qué era todo lo que decía Thylane? Yo no creía, pero… no podía mentir y decir que no me preocupaba. Una vez llegamos al cuadro de las cocinas, le hicimos cosquillas a la pera y como siempre los elfos aparecieron dispuestos a darnos todo lo que quisiéramos y la mayoría sin pedir nada a cambio.

—¡Albus Potter! —saludó rápidamente Gio, con una pesada olla entre las manos y una sonrisa enorme—. ¡Rose Weasley! ¿Ha traído algo a Gio?

—No, Gio, pero te prometo que la próxima vez lo haré.

—¡Gio está muy agradecido, señorita! —graznó el elfo contesto.

—Señor Malfoy, señorita Rousseau —saludó Marie con el atuendo más colorido que jamás había visto—. Oh y usted es… —dijo mirando a Thylane, afable.

—Thylane… Me gusta mucho tu vestido… ¿Me dais pudín? —preguntó sonriéndoles abiertamente y anudándose el pelo en el dedo índice.

—Marie dará todo lo que desee su nueva amiga Thylane —contestó Marie, con una sonrisa que dejaba ver todos sus dientes.

Thylane imitó la sonrisa de la elfina y comenzó a correr por las cocinas, alzando los brazos excitada seguida por Marie y Gio. Estaba completamente feliz, demostrando que era un lugar nuevo para ella. Lo que más me gustaba de Thylane era como vivía cada momento, cada lugar, sin importarle absolutamente nada. Era maravilloso.

Salí de mi observación, pisé el suelo con fuerza y miré a Albus y Malfoy.

—Ha faltado nada para que Peter Kay y los demás descubran algo... Tenemos que andar con más cuidado... —reflexioné, soltando un resoplido a la vez que colocaba el pelo que cubría mis ojos y me molestaba hacía un lado.

—Seamos positivos —me contestó Albus, metiéndose las manos en los bolsillos—. Hemos conseguido salir del apuro.

—Por suerte sí, aunque no creo que Kay se haya quedado con nuestros argumentos —dije no muy convencida, podría ser un chulo, pero no era tonto.

—Y más cuando Thylane ha soltado una de sus perlas... —intervino Malfoy, negando con la cabeza.

—¿Creéis que es una premonición o algo así? —preguntó Albus, de forma curiosa.

Yo inmediatamente alcé las cejas, incrédula, y contesté:

—Es obvio que no, Al.

—Es que ya solo faltaba que la hija del mal se uniera a la fiesta —dijo, y yo giré los ojos—. Yo no sería quien se atreviera a decirla que no.

—Se lo dejamos a Weasley, no hay problema —intervino Malfoy, le lancé una mirada con el ceño fruncido pero con ganas de seguirle el juego.

—Te lo dejo a ti, Malfoy, en realidad, estás más acostumbrado a ser un rubio amargado, así que no pasa nada.

Malfoy, demostrando que era totalmente cierto lo que decía comenzó a caminar hacia delante seguido por Albus, el que me miro haciendo un gesto que no pude descifrar o quizás no quise hacerlo. Yo negué con la cabeza e imité sus pasos encantada de poder pasar un rato con mis queridos elfos domésticos.

{***}

Unos días más tarde, el veintisiete de enero, cruzábamos el vestíbulo cuando vislumbramos a un puñado de gente que se agolpaba delante del tablón de anuncios para leer un pergamino que acababan de colgar. Como era domingo, no se veía a la gente con los uniformes, sino con su ropa normal. Eileen, Serena, Peter, Jackson y George nos hacían señas, entusiasmados.

—Es la típica salida a Hogsmeade el día de San Valentín —dijo George observando el cartel interesadamente—. Y no sabéis las ganas que tengo de salir del castillo.

—¿Por qué? ¿Acaso has quedado con una chica? —preguntó Malfoy, lanzando una sonrisa picarona, pero lo cierto es que también él leía con interés el cartel.

Fruncí el ceño, ¿habría quedado él con alguna chica? Y si era el caso, ¿la conocía? Albus no me había comentado nada, no obstante… ¿Es qué Albus me había contado alguna vez algo de Malfoy relacionado con sus citas? La respuesta era: no. Alcé la cabeza y miré con rabia el cartel, que rábanos y calabazas gigantes me importaba a mí que Malfoy quedara con una chica.

Nadie llegó a contestar a la pregunta, así que a quien le interesara, se quedó con la duda de si George había quedado con una chica o no. La razón era que la presencia de las demoniadas divas hizo temblar el pasillo entero. A mí me importaba un bledo que estuvieran o no, seguía (siendo sinceros) dándole vueltas al asunto de Malfoy y si tendría o no una cita, sin embargo, tuve que mirar al escuchar lo que decía Albus.

—Parece que cuando andan suena la canción de Bang Bang en mi cabeza, ¿no os pasa? —preguntó, moviendo el cuello y tarareando el ritmo de la canción de las Banshees.

—Desde luego... —contestó Peter sin quitarles el ojo de encima, viendo como todas iban murmurando y riéndose por lo bajo.

Aunque todos rieran, incluso Serena que cuando solían pasar ponía mala cara, yo no pude evitar fruncir los labios y observar. Desde luego caminaban como las Reinas del lugar: Prynce lideraba, seguida en una composición de pirámide por Cherry Argent, Margo Dunne, Valentina Baizen, Cecile Lasserre y Cassiopeia Brysne, todas con sus diademas y vestidas casi al completo de rosa.

Albus, Malfoy y los demás comenzaron a andar en dirección al Gran Comedor, y yo me quedé rezagada con Eileen mirando el cartel de la visita a Hogsmeade como si fuese mi peor enemigo en ese momento.

—¿Te ocurre algo? —me preguntó Eileen.

—No —respondí de inmediato—. San Valentín es una tontería.

—Pero…

Y para nuestra desgracia, Eileen no pudo continuar. La mala suerte nos sonrió y el grupo de divas se paró junto al lado de nosotras.

—Rousseau... —susurró Prynce, con una sonrisa que me irritó al instante. Se me tensaron hasta los hombros.

—¿Ocurre algo? —cuestionó Eileen, mirándola.

Al ver que Eileen entró al trapo, Prynce cinceló rápidamente una sonrisa que parecía la de un tiburón a punto de cazar a una presa, pero claro, más elegante y refinada. La sonrisa de toda una princesita malvada.

—Quería facilitarte por tu ingenio, la verdad que me ha sorprendido, muchísimo, a todas nosotras en realidad —bisbiseó, llevándose la mano al pecho, como si de verdad admirara lo que fuese que hubiera hecho Eileen.

—Sí... —le siguieron en coro todas sus arpías entre risitas.

—Se puede saber que pasa —dije, interviniendo a la par que me cruzada de brazos. Quería acabar con esto de una vez por todas.

—Que Pesteau ha llamado a su gato Valentín para poder celebrar el día del amor con alguien —expuso despacio y con malicia, lo suficientemente alto para que los que pasaran se enterasen de lo que acababa de decir.

El efecto fue inmediato, un coro de escandalosas risas retumbaron por el pasillo. Eileen se le quedó mirando con rabia y colorada de la vergüenza.

—Idos a hacer gárgaras al Lago Negro —contesté cabreada, mientras todas seguían riéndose al unísono y yo cogía a Eileen de la mano y me marchaba con ella.

A medida que andábamos las risas iban menguando. El temblor de la mano de Eileen me afirmaba que el coraje y resignación que sentía era desorbitantes y me hubiera gustado ver cómo le plantaba cara a todas ellas, pero no se podía pedir peras al olmo. Eileen ahora debía de preocuparse por otras cosas.

—No le hagas ni caso, ha sido un comentario muy infantil —le animé, mientras que llegábamos a las puertas del Gran Comedor.

—No te preocupes, ha sido una tontería —me afirmó—, no me importa.

—Pero, Eileen… No puedes dejar que…

—He dicho que no pasa nada, de verdad —volvió a decirme, soltándome delicadamente la mano.

Iba a volver a replicar, hasta que justo en la puerta del Gran Comedor vimos que Logane estaba esperando. Se retorcía las manos como si estuviese nervioso por algo y no dejaba de resoplar el mechón que tapaba un pedazo de su rostro.

—Logane —saludó Eileen sonriéndole.

—Hola, Eileen…—saludó a su hermana con la cabeza y luego, fijó sus ojos en mí—. Esto… Rose... Cuando he visto el cartel de la salida a Hogsmeade me he dado cuenta que quería decirte algo...

—Sí, claro —dije de forma inocente, regalándole una sonrisa.

—¿Quieresquevayamosjuntos? —preguntó de carrerilla.

No le entendí ni una palabra, pero pude ver como a mi lado, Eileen abrió los ojos de par en par.

—¿Perdón? No te he entendido —anuncié, viendo como él suspiraba.

—Que si quieres que vayamos juntos a la salida de Hogsmeade… —expuso de nuevo, desinflándose por completo.

—Ah… —No pude evitar enrojecerme. La verdad que no sabía que contestar, quizás mi yo idiota y soñadora esperaba algo de otra persona, pero la realidad no era esa y Logane me caía bastante bien, total… ¿Qué daño haría dar un paseo con un amigo? Ninguno, así que terminé aceptando—. Claro.

—¿De verdad? —preguntó Logane, sonriendo como no le había visto nunca. A mi lado, Eileen estaba con la boca abierta, sin saber que decir.

—Sí, ya vamos hablando sobre ello —contesté y miré el interior del Gran Comedor, buscando sin querer al estúpido Malfoy... y bueno, a Albus también—. Luego seguimos hablando, se está haciendo tarde para desayunar.

—Ah, claro, luego nos vemos —se despidió rápidamente, dejándonos paso al Gran Comedor. Yo le devolví el gesto con la cabeza y me zambullí de lleno entre el olor a beicon y huevos revueltos.

Creía que durante el desayuno Eileen me haría alguna pregunta sobre la conversación con su hermano, pero se pasó el tiempo en silencio y removiendo con desinterés sus gachas de avena. Quería preguntarle, pero James a dos asientos de distancia, me comenzó a lanzar cereales, así que no me quedó más remedio que sacar la varita y hacerle pagar por su grosería meneando su tazón de leche sin parar.

Después de desayunar salimos al patio. Estaba nublado, pero no llovía. Me senté en un peldaño de piedra y a hundí las narices en el libro de Transformaciones. A mi lado, Albus y Malfoy se pusieron a hablar de Quidditch, explicándole a Eileen varias jugadas en las que yo intervenía de vez cuando y pasaron varios minutos antes de que nos diéramos cuenta de que alguien nos vigilaba estrechamente. Al levantar la vista, vimos a Gabrielle Favre y Chloe Flisky que murmuraban cosas y miraban a Albus. Cuando se dieron cuenta de que estábamos mirándolas, Flisky se ruborizó en extremo y ambas se acercaron.

Ya estaba imaginándome a que venían esas dos. Cerré el libro y miré a Albus, dispuesta a reírme del espectáculo que estaba a punto de proporcionarme San Valentín.

—Hola, Malfoy y… Potter —dijo entrecortadamente, dando un indeciso paso hacia delante. Estaba cogiendo valor la muy pava—. ¿Podría..., me dejas... que te haga una pregunta? —dijo, mientras Favre le daba palmaditas en la espalda.

—¿Una pregunta? —repitió Albus, alzando las cejas. Era un chico listo y ya se había dado cuenta a que venía todo.

—Eh, sí… —dijo Flisky con impaciencia, acercándose un poco más, como si no se atreviera—. Pero es mejor que vayamos a solas… Aquí hay mucha gente —concluyó y en vez de fijarse en mí, esta vez dejó caer su mirada sobre Eileen que estaba sentada al lado de Albus. Yo también reparé en ella. Se apretaba las palmas de las manos con fuerza y miraba fijamente a Flisky, como si quisiera hacerle desaparecer con la mirada—. ¿Y bien?

—Claro… —dijo Albus. Eileen a su lado se tensó aún más mientras que él se levantaba e iba donde estaba Flisky.

Favre exhaló un soplido de emoción y dijo mientras les observaba partir:

—Esto es estupendo, ¿verdad? San Valentín es genial, Chloe ha tenido que armarse de mucho valor para pedírselo… y bueno, quizá yo sea la siguiente en conseguir una cita —suspiraba sin quitarles la vista de encima, le pillé mirando por el rabillo del ojo a Malfoy.

—¿Una cita? ¿Quién querría tener una cita con el Lord Oscuro?

En todo el patio resonó la voz potente y cáustica de Marcellius Labonair. Se había puesto delante de nosotros, flanqueado, como siempre en Hogwarts, por Darkness y Lasserre, sus amigotes.

—¡Todo el mundo a la cola! —gritó Labonair a la multitud que pasaba—. ¡Albus Potter concede citas!

Albus rápidamente, dejó a Flisky allí y se acercó con el ceño fruncido a donde estaba Labonair. Eileen, Malfoy y yo nos levantamos de inmediato.

—¿Qué estás diciendo?—dijo Albus de mal humor, apretando los puños—. ¡Cállate de una vez!

—Lo que pasa es que le tienes envidia —dijo Serena por detrás, seguramente el barullo le había traído hasta aquí, cuyo cuerpo entero no era más grueso que el cuello de Darkness.

—¿Envidia? —dijo Labonair, que ya no necesitaba seguir gritando, porque la mitad del patio lo escuchaba—. ¿De qué? ¿De tener que salir con la muchedumbre? ¿O de tener poderes oscuros? No, gracias.

Darkness y Lasserre se estaban riendo con una risita idiota.

—Yo que tú, miraría más allá de lo que tienes delante de las narices, Labonair —dijo Malfoy con cara de malas pulgas.

Darkness dejó de reír y empezó a restregarse de manera amenazadora los nudillos, que eran del tamaño de castañas.

—Malfoy, ten cuidado —dijo Labonair con un aire despectivo—. No quiero tener que enfrentarme contigo también y hacerte llorar.

—Yo tampoco querría... —contesto Malfoy desafiante, dando un paso al frente encarándole.

Varios alumnos de quinto curso de la casa de Slytherin que había por allí cerca rieron la gracia a carcajadas.

—Con quien nadie quiere una cita es contigo... —susurró Eileen. Todos nos quedamos sorprendidos, hasta Labonair que la miró de hito en hito. Parece que Albus le hacía sacar su valor.

—Yo estoy con la Princesa de Slytherin. Puedo decirle que te firme una foto, Rousseau —sonrió Labonair—. Vale más galeones que la casa entera de tu familia.

—¿Podrías dejar de hablar de mí? —se escuchó una repipi voz que volvió a crisparme los nervios.

Delante de Labonair habían aparecido Prynce seguida por Cherry Argent. La primera alzaba una ceja y mantenía la mano en la cintura en una puse altiva y la otra, se cruzaba de brazos y sonreía con malicia. Labonair al verlas, abrió los ojos de par en par y se acercó de inmediato. Casi todo el colegio entero estaba observándoles.

—No estaba diciendo nada malo... —se excusó parándose delante de ella. No podía creer el miedo que la tenía.

—Lo sé, lo sé, —continuó Prynce, aireando el brazo en el aire como si estuviera espantando a una mosca invisible— pero... ¿sabes lo que pasa?

—¿El qué? —cuestionó Labonair, y Argent a su lado se mordió el labio.

—¿Te acuerdas que te dije que los bolsos Saddle de Dior no iban conmigo? —preguntó. Al escucharle Labonair empalideció inmediatamente y se irguió por completo—. Eso me pasa ya contigo.

—¿Qué quieres decir con eso? —cuestionó, parecería increíble, pero por un momento cada uno de nosotros pudo apreciar que el siempre altivo Marcellius Labonair estaba dolido.

—Simple y sencillo, cielo… Que te dejo —soltó Prynce sin miramientos, como si estuviera programando un viaje y no dejando a su pareja. Los chismorreos empezaron a danzar alrededor de cada uno de nosotros—. Y si quieres que volvamos tendrás que sorprenderme. Vámonos, C. Au revoir, chevalier!

Tras decir eso, se alejó moviendo la melena castaña, dejando a Labonair con dos palmos de narices siendo el objeto de las miradas de todo el mundo.

Finalmente bajamos a comer, huyendo de la turba que hablaba a nuestras espaldas sobre que Megara Prynce había dado esquinazo a Marcellius Labonair unos días antes de San Valentín, pero el humor de Albus y Malfoy no mejoró, yo obviamente también estaba enfadada, pero no nos convenía meternos en líos y para mi sorpresa (en realidad no tanto, se olían sus celos desde Ilvermorny) Eileen también estaba algo distante. Quizá por ello, cuando le dije que quería ir a las cocinas con Albus y Malfoy, dijo que ella tenía que ir a ver a su hermano. No le repliqué, cada uno debía hacer lo que le pareciera conveniente. Por mi parte, necesitaba tener la cabeza ocupada, los días pasaban volados y en nuestro plan aún había muchas brechas que debíamos de cerrar antes de que llegara el día.

Me levanté tras pegar un último bocado a un trozo de tarta de melaza y sin miramientos me dirigí hacia la mesa de Slytherin, situándome justo delante de Albus.

—¿Rose? —me miró Albus, sosteniendo un sándwich de queso caliente a medio comer, seguro que ya era el cuarto que se comía—. ¿Es que uno no puede ni hacer un descanso para almorzar? Tengo hambre.

—Deja de comer ya… Quiero que me acompañéis a las cocinas —dije pacientemente.

—¿Ahora? —preguntó Malfoy, dándose la vuelta para mirarme.

—Sí, ahora —contesté, cruzándome de brazos.

—¿Qué ha pasado que es tan urgente? ¿Porky te ha vuelto a devolver el jersey? —cuestionó Malfoy, al parecer estaba intentando dejar a un lado el mal humor por el encontronazo con Labonair.

Porky era un elfo doméstico al que Albus había apodado así porque tenía una nariz parecida a un cerdo, algo anormal en los elfos domésticos.

—Quiero ir y punto. No os estoy pidiendo tanto —repliqué—. Además tengo que darle una cosa a Gio, la última vez que estuvimos le prometí que le llevaría un par de guantes, y también tengo unos para Marie.

—Está bien, Rosie, no te enfades. Venga, vamos, al menos allí no me moriré de hambre —cedió Albus, se metió el sándwich entre los dientes, al estilo pirata, y se levantó. Malfoy terminó de mordisquear lo que fuera que estuviera comiendo y también lo hizo.

Caminamos hasta allí mientras que Albus se zampaba lo que se había llevado para el camino. Finalmente llegamos a la pintura del cuenco de frutas, Malfoy buscó la pera y le hizo cosquillas, que como ya sabíamos, se río y luego se transformó en una perilla de puerta verde. Al abrirse, tuve la ya conocida visión de una enorme habitación de techo alto, grande, con montones de brillantes ollas de bronce, sartenes amontonadas alrededor de las paredes de piedra, y una gran chimenea de ladrillo en el otro extremo y como no, los elfos correteando de un lado para otro.

—¿Gio? ¿Marie? —pregunté al no vislumbrarles.

—¡Por aquí, señorita Weasley! —alzaron la voz, moviendo a su vez la mano de un lado a otro.

—Os he traído unos guantes a cada uno —les dije, acercándome a ellos y depositando en sus puntiagudas manitas un par de bolsas—. Aunque estos no los he tejido yo, me los envió mi madre el otro día.

A ambos les brillaron los ojos y desenvolvieron las cajas rápidamente. En las manos de Gio, cayeron un par de guantes morados, mientras en las de Marie, se depositaban unos verdes con lunares blancos. Los dos saltaron de emoción.

—¡La señora Granger y la señorita Weasley siempre hacen un montón de regalos bonitos a Marie y Gio! —bramó Marie.

—¡Marie y Gio están tan agradecidos! Traerán chocolate y galletas para todos —convino Gio y los dos comenzaron a corretear al armario y los fogones.

—Estupendo, todavía me muero de hambre… alguien me ha cortado la hora de la comida —escuché que murmuraba Albus.

—No sé donde echas todo lo que comes… En fin, seguidme y sabréis porque os he traído aquí —ordené con las comisuras levemente alzadas de orgullo por mi idea, yendo al encuentro de Gio y Marie que corrían de un lado para otro.

—Odio las sorpresas, Weasley, deberías saberlo... —se quejó Malfoy, sin parar de seguirme. Albus también venía por detrás.

—Cállate un poco, Malfoy. Vas a ver que vale la pena.

Cuando llegué a donde se encontraban Gio y Marie me di cuenta de todo el trabajo que tenían por delante, una gran pila de platos más alta que ellos les esperaba ansiosa por estar reluciente. Me sentí mal por ver que al querer ofrecernos comida, se les amontonaría el trabajo. Incluso pensé en ofrecerme a ayudarles, pero no quise ofenderlos.

Me agaché poniendo mis manos en mis rodillas y fue ahí cuando Albus y Malfoy se pudieron enterar de mi plan:

—¿Qué me decís si os pido los uniformes de Labonair, ambos Lasserre y Darkness? ¿Me prometéis no decir nada? —les pregunté bajando mi tono de voz. No quería meterles en nuestros problemas, pero era la mejor opción.

—Brillante... —escuché que decía Albus y sin verle supe que estaba sonriendo.

Me di la vuelta para mirar a ambos.

—Pero... —escuché que decía a Marie en un susurro.

—Os prometo que os los devolveré completamente limpios y nadie se enterará —volví a darme la vuelta para mirar a los elfos domésticos.

—¿Marie puede osar preguntar para qué? —preguntó la elfina, rozándose las manos.

—No —zanjó Malfoy. Quise matarle por hablarles así, pero era mejor si no se enteraran.

—Necesitamos que confiéis en nosotros —convino Albus arrodillándose.

—Gio lo hará, Gio confía en vosotros —intervino de repente el elfo, dando un paso hacia delante.

—Marie también, sois nuestros amigos —dijo, meneando la cabeza varias veces. Sus puntiagudas orejas comenzaron a balancearse

—¡Sois geniales! —exclamé, exhibiendo una gran sonrisa, preguntando finalmente—: ¿No queréis un poco de nuestra ayuda para acabar con esto?

—¡No! —chilló Marie horrorizada—. Marie y Gio son libres, pero necesitan trabajar y merecer su remuneración.

—Entonces os avisaremos cuando las necesitemos —anunció Albus satisfecho y se comenzó a escuchar chisporrotear la jarra de chocolate que se calentaba a fuego lento—. Ahora bebámonos el chocolate juntos, huele de maravilla.

—No tienes remedio… —contesté alzando los brazos satisfecha.

{***}

Entramos en febrero rápidamente y la primera semana pasó en un visto y no visto. Los alumnos estaban exaltados con la llegada de San Valentín. Lo malo era cuando un grupo de chicas o chicos irrumpían donde yo estuviera estudiando y llenaran el silencio con risas bobas. Y ya, si estabas en el lugar donde se asentara Megara Prynce (normalmente la escalinata del patio) estate por seguro que ibas a estar rodeado de personas armándose de valor para pedirle una cita. El rumor de que había plantado a Labonair estalló como la pólvora al publicarse, como era costumbre, en Corazón de Bruja, alimentando las esperanzas de cualquiera que le hubiera echado el ojo, lo que englobaba la mayor parte del alumnado.

Estábamos en el invernadero, después de las clases del martes, asegurándonos de que la poción cosechaba lo que necesitábamos y así era. Albus revolvía el caldero con Malfoy a un lado y Eileen a otro, mientras Logane y yo teníamos deberes sobre el regazo.

—Logane, ¿es tan difícil como dicen las clases de preparatoria de los TIMOs? —pregunté.

—Para una persona que lleva preparándoselo desde que tiene uso de razón es pan comido —contestó Albus entrometiéndose en nuestra conversación, luciendo esa sonrisa que cuando decía comentarios así se asemejaba a la de su hermano James.

Logane sonrió y retiró el mechón rubio que en ese momento cubría su ojo derecho. No me había fijado en que Logane tenía los ojos tan azules como su hermana.

—No te va a ser difícil, y más teniendo en cuenta que sabes más que cualquier alumno de quinto ya.

—Gracias... —dije por lo bajo, aunque estaba orgullosa.

—Por suerte ya no vamos a tener que estar mucho tiempo por aquí—intervino Malfoy—. La poción multijugos ya está casi lista.

—Aún nos falta conseguir algo de las personas en que os vais a convertir —dije sin darle importancia, como si les enviara al supermercado a comprar detergente—. Y, desde luego, lo mejor será que lo consigáis lo antes posible… Lo tengo todo solucionado —seguí tranquilamente y sin hacer caso de las caras atónitas de los demás—. Podéis pedírselo a Gio y Marie.

—Weasley, no creo... —susurró Malfoy.

—Podría salir muy mal... Imagínate que me transformo en Gio en vez de Labonair.

Le miré con expresión severa, como la que había visto a veces adoptar a la directora McGonagall.

—La poción no nos servirá de nada si no tenemos los pelos —dije con severidad—. Queréis interrogar a Prynce, ¿no?

—Tienes razón —dijo Albus—. Pero ¿y tú? ¿Cuándo se los vas a arrancar a Lasserre?

—¡Yo ya tengo el mío! —dije muy alegre, sacando una botellita diminuta de un bolsillo y enseñándoles un único pelo negro totalmente rizado que había dentro de ella—. El otro día mientras que preguntaba sobre los duendes al profesor Binns, me fijé que se fue sin la bufanda, así que aproveché y… tuve suerte.

Malfoy se volvió hacia Albus con una expresión fatídica.

—¿Habías oído alguna vez un plan en el que pudieran salir mal tantas cosas?

—No, pero eso es lo emocionante —contestó mi primo y no pude evitar sonreír.

Me volví hacia Logane que estaba mirando el burbujeo de la poción pensativo y quiso formar parte de la conversación.

—¿Creéis que va a salir bien? ¿Qué debería tomar la poción? —cuestionó con dudas, parecía que le había tomado su tiempo decir aquellas palabras en voz alta.

—Claro que sí. Puede que te necesitemos —respondí rotundamente. No quería que pensara que iba a ser un estorbo o algo parecido, al fin y al cabo todos íbamos a hacer lo mismo.

Logane me miró sorprendido.

—¿Por qué? No es que lo hiciera muy bien en mi último encuentro con ellos, ya sabéis como terminé… —susurró, hundiéndose en el suelo.

—Lo hiciste perfectamente —le aseguré—. Les plantaste cara, eso fue más que suficiente.

—Además, si yo fuera tú querría hacer algo por mis padres —intervino Malfoy, mirando al techo.

Me le quedé mirando, algo de él en ese momento me resultó solitario y me hubiera gustado poder consolarle. Pero el ruido de Logane tragando saliva me devolvió de nuevo a la realidad. Recordé el comentario de Albus sobre lo que presenció aquel día. Ya no podría volver a mirar a aquel chico tímido sin verle como alguien valiente.

—Está bien —Logane se desinfló—. Vale —afirmó y se miró los dedos frunciendo el entrecejo—. Lo haré lo mejor que pueda.

—Seguro que lo haces bien —le reconfortó Eileen, acariciándole el hombro con una sonrisa en la boca.

—He adivinado la poción que estáis haciendo, se trata de la Multijugos —dijo Thylane, desde el marco de la puerta, con los ojos muy abiertos. Dimos un respingo al escucharle, no nos esperábamos que estuviera ahí parada. Ninguno nos habíamos dado cuenta de cuánto tiempo lleva allí.

—Cien puntos para Thylane —dijo Albus adoptando la voz del profesor Slughorn.

—Le has imitado igual, Albus, incluso me lo he creído… —contestó Thylane sonriéndole sin dejar de mostrar ni uno de sus dientes.

Luego pasó a nuestro lado, dando pequeños saltos alrededor del caldero, por suerte, no preguntó nada acerca de en quien nos íbamos a transformar, por lo que, me dio tiempo a recapitular el plan otra vez en mi cabeza.

—El siguiente paso es hablar con James y Fred... —dije, tachando de mi lista las cosas que terminábamos y subrayando en fosforito las que aún nos quedaban por solucionar.

—Y me da a mí que va a ser una cosa de las más molestas —refunfuñó Malfoy.

—En eso estoy de acuerdo contigo, amigo —corroboró Albus y resopló.

Cuando volvimos del invernadero e hicimos los deberes, estaba acostada, despierta, oyendo dormir a Eileen y a Serena (Argent como siempre tenía las cortinas corridas). Albus había pasado toda la velada exponiendo las situaciones que podríamos encontrarnos una vez hubiéramos ingerido la poción: «Si nos preguntan algo que no sepamos, mejor no contestamos». No podíamos mentirnos, teníamos grandes probabilidades de que nos atraparan y sentí que estábamos abusando de nuestra suerte al transgredir otra regla del colegio, las que últimamente nos saltábamos a la ligera. Por otra parte, el rostro burlón del profesor Labonair se me aparecía en la oscuridad, y aquélla era la gran oportunidad de resolver incógnitas que me atormentaban.

A la mañana siguiente, miré por la ventana, entornando los ojos. Una neblina flotaba en el cielo de color rojizo y dorado. Una vez despierta, me pregunté cómo había podido dormir con semejante alboroto de pájaros. Después de las clases, habíamos quedado en que buscaríamos a James y Fred para que nos echaran una mano.

Me puse los zapatos, cogí la varita y me lancé acompañada de Eileen a través del dormitorio de la torre. Bajamos la escalera de caracol y entramos en la sala común de Gryffindor. Todavía brillaban algunas brasas en la chimenea, haciendo que todos los sillones parecieran sombras negras. Ya casi habíamos llegado al retrato, cuando una voz me llamó la atención desde un sillón cercano. Eran James, Fred, Jack y Richie. Por primera vez en mi vida, me alegré de que fueran tan escandalosos y encontrarles antes.

—Oye, James —llamé su atención. Él levantó la cabeza hacía mí y el resto de sus amigos se nos quedaron mirando—. Quiero hablar a la hora de comer contigo..,

—¿Y no puedes decírselo ahora, ratita? —intervino Richie Mantle.

—No —dije, frunciendo el ceño—. James, ve a la estatua de Boris el Desconcertado a la hora de comer. Te espero allí. Vamos, Eileen… Adiós.

—¡No vayas allí, yo te encontraré! —escuché que me gritó James y luego prosiguió—: Tan simpática como siempre —decía a medida que me alejaba—. Pero si Rose pide algo, es porque va a ser realmente interesante…

Durante aquel día, tuve que esforzarme por atender a las clases. Mi mente se concentraba en repasar una y otra vez lo que nos faltaba por cocer de la poción multijugos, si Gio y Marie tendrían las túnicas a punto, o que pasaría si nos descubrieran y ante todo, esperaba que James no hiciera demasiadas preguntas sobre lo que le íbamos a pedir.

Al salir de la última clase de la mañana: Encantamientos, me decidí por ir a buscar a Albus y Malfoy, que estaban esperándome al lado de uno de los bustos que custodiaban la Gran Escalinata.

—¿Dónde está Eileen? —preguntó Albus al verme sola.

—Ha dicho que iba a acompañar a Logane en su ronda de prefectos —anuncié.

—¿Has quedado en algún sitio con James? —cuestionó Albus.

—La verdad es que no… —dije—. Pero no te preocupes, lo tengo todo controlado. Estoy segura que él solo nos encontrará con el mapa.

—Esperemos que sea verdad… no es por nada, pero la mayor parte de las veces es un descerebrado —bisbiseó Malfoy.

—¿Hablando de ti, Malfoy? —se escuchó a nuestras espaldas. Nos dimos la vuelta y allí estaba James, con una sonrisa socarrona en el rostro, acompañado por Fred. Malfoy le lanzó una de infinito desdén.

—No tenemos mucho tiempo, así que id al grano, troncos... y tronca —dijo Fred, deslizando la mirada por cada uno de nosotros.

—Queremos que distraigáis a Labonair, los Lasserre y Darkness durante una hora. No pueden pisar las mazmorras. Los tenemos que dejar fuera del alcance de cualquier persona... —dijo Albus nervioso. No paraba de mover sus piernas.

—Mhmmm... —comenzó a decir James—. Podemos encerrarlos en un escobero, o lanzarlos al Lago Negro. —A cada cosa que decía se iba ensanchando su sonrisa. Por un momento me preocupé si estábamos contando con las personas idóneas—. Por una vez no sois unos aburridos.

—¿Lo haréis? —preguntó Albus impaciente.

—Eso es pan comido. Lo haremos —sentenció Fred.

—No podéis fallar —intervine. Como nos pillaran... nos podrían expulsar. Y necesitaba estudiar mucho para arreglar bastantes cosas en el mundo.

—No te preocupes, zampalibros...

—Si dices eso, Rosie si se preocupa, y yo también —dijo Albus, mirándole con los ojos entrecerrados. Malfoy estaba callado y miraba para otro lado.

—Bueno... —susurró Fred, hasta que James tan impaciente como Albus (aunque de forma muy distinta) le cortó.

—No os preguntaremos para que queréis que hagamos eso ya que, también nos beneficia a nosotros, pero queremos algo a cambio, ¿verdad, Freddie? —anunció James.

—En efecto, Jamie —guiñó un ojo Fred como respuesta.

—¿Qué es lo que queréis? —les pregunté entrecerrando los ojos, sin duda no iba a ser nada bueno.

—Son nimiedades, zampalibros —canturreó con una exagerada sonrisa picarona.

—¿Que es lo que queréis? Dilo de una vez, James—intervino Albus perdiendo la paciencia.

—Queremos hacer experimentos con veneno de doxy para mejorar algunas cosillas… —dijo James por lo bajo, y la sonrisa que desdibujó Fred no me gustó ni un pelo.

—¿Para qué queréis eso? —cuestionó Malfoy.

—¿Te estamos preguntando nosotros porque quieres distraer a unas serpientes? —preguntó Fred como si estuviera ofendido. Menudos cuentistas, Malfoy bufó.

—Si os proporcionamos veneno de doxy, ¿haréis lo que os hemos dicho? —reaccionó Albus.

—Soy un hombre de palabra, Quejicus —prometió James.

—No sé…, no me fio de vosotros —expuse, entornando los ojos.

—Rose, un poco de veneno de doxy no va a hacer daño a nadie —contradijo Albus encarando a James. Estaba claro que les necesitaba a toda costa—. ¿Entonces tenemos trato?

—Es un placer hacer negocios con la familia, hermanito.

—¿De verdad qué no es peligroso lo que vais a hacer? —volví a preguntar, es que no quería que porque nosotros necesitáramos algo, causarle problemas a otras personas.

—Para nada —contestó Fred.

—No te creo…

—No nos hagas preguntas y no tendremos que decirte mentiras, Rose. Vamos, Fred…

—Sí, James, si llegamos pronto quizá podamos vender unas cuantas orejas extensibles a los alumnos de primero antes de que empiece la clase de Herbología.

—¡Eso está prohibido!

—¡Hasta luego, perdedores! Cuando nos aviséis, tendréis vuestro encargo.

Me di la vuelta intranquila y nos echamos a andar por el corredor en dirección a los terrenos.Una gota de sudor bajó por mi cuello e intercambié una mirada nerviosa con Malfoy.

—Sinceramente… —comenzó a decir y giré el cuello para observarle. Parecía nervioso con la mirada perdida al frente. Muy pocas veces eran las que podías ver a Malfoy alterado, normalmente parecía muy seguro de sí mismo, pero en ese momento en el que se mordía el dedo, supe que en parte era afortunada por formar parte de todas sus etapas—. Me siento como si estuviera en una estrategia "divide y vencerás", no veo la forma de que esto pueda terminar bien…

—Parecerá mentira, pero te entiendo… —intervine dándole la razón—. A mí me gustaría terminar con esto lo antes posible. Aún me sigo preguntando si contárselo a James ha sido buena idea, podría empeorar mucho las cosas...

—Contemos con que esto puede salir bien, —contestó Albus crujiéndose los nudillos— ellos pueden ser el elemento sorpresa… No hemos obtenido nada de información útil por el momento y todo lo que hemos descubierto solo nos ha generado más dudas…—concluyó.

Tenía toda la razón, cada vez que habíamos escarbado o descubierto algo acerca de los Labonair tan solo nos había generado más incógnitas que eran imposibles de resolver, aunque eso no afirmaba que esta vez pudiera servirnos de algo.

—Ni siquiera estamos seguros de que podamos sacarle algo de información a Megara Prynce, Al —dije, poniendo los pies sobre la tierra.

Albus debió de leer la expresión de congoja que acompañaba a mis palabras.

—No te preocupes, Rosie... —murmuró, metiendo las manos en sus bolsillos. Sus ojos brillaron misteriosamente como si ocultara algún secreto que él solo sabía—. Te aseguro que sacaremos algo.

—Por otro lado… ¿Habéis pensado como conseguir vuestra esencia? Dentro de unos días la poción estará lista —les advertí—. El tiempo está pasando más rápido de lo que a mí me gustaría.

—No lo tenemos muy claro, pero lo intentaremos —acotó Albus sin darle mucha importancia. Lo que quería decir, que tenía algo pensado.

—Contadme ahora mismo —ordené, poniendo los brazos en jarra, deteniendo mis pasos.

—Vamos a robar sus bufandas, jerséis o túnicas, como tú hiciste con Lasserre —intervino Malfoy, como si fuese a pedir hora en la peluquería.

—¿Y cómo lo vais a hacer? —pregunté confusa.

—Calentando demasiado la Sala Común de Slytherin esta noche —expuso Albus, mirando por el rabillo del ojo a Malfoy. Seguro que lo que fuera que estaban tramando no me iba a gustar ni un pelo.

—No quiero saber qué es lo que queréis hacer, mientras menos sepa, mejor… Y no olvidéis coger un pelo para Logane. Lo importante, ¿creéis que va a salir bien? —cuestioné mordiéndome el labio preocupada.

—Eso esperamos. Tú confía en nosotros —intentó tranquilizarme Albus y nos pusimos en marcha al invernadero.

{***}

—Albus me ha dicho que venga a avisaros —anuncio Malfoy, sobresaltándome, cogiendo uno de los libros que tenía en la mesa y ojeándole—, hemos ido hace casi una hora al invernadero para añadir más crisopos a la poción y nos hemos dado cuenta de que ya está lista.

Me enderecé en el asiento de la biblioteca, levantando la vista del libro totalmente.

—¿Estás seguro?

—Del todo —dijo Malfoy, apartando uno de los libro de las sillas (no me cabían todos en la mesa) y sentándose—. Si nos decidimos a hacerlo, creemos que tendría que ser hoy.

—Tengo que ir a avisar a Logane —intervino Eileen. Me fijé en ella, le brillaban los ojos de preocupación, ya también lo estaba pero, era ahora o nunca.

—Nosotros deberíamos ir a por las túnicas… —le dije a Malfoy, agrupando los libros y que me fuera más fácil dejarlos en la estantería—. Gio y Marie seguro que deben tenerlas preparadas para nosotros.

Después de bajar a por las túnicas no supe la razón pero me sentí algo más relajada. Gio y Marie no pusieron ningún impedimento y les prometimos que nada más terminar, las tendrían de vuelta. Malfoy y yo por el camino no conversamos mucho, pero honestamente, no sentí que hicieran falta las palabras. Ambos estábamos sumergidos en nuestros pensamientos, pero escuchar como movía los pies rítmicamente a mi lado, me hizo darme cuenta de que ninguno estaríamos solos mientras corríamos el riesgo de ser atrapados.

Al llegar al invernadero, apenas podíamos ver nada a través del espeso humo negro que inundaba el interior, donde Albus estaba removiendo el caldero. Subiéndome la túnica para taparme la cara, me acerqué seguida de Malfoy donde estaba. Albus alzó la cara sudorosa y pude ver una mirada inquieta. A sus pies se oía el gluglu de la poción que hervía, espesa como melaza. A un lado, había cuatro vasos de cristal ya preparados.

—He de suponer que habéis conseguido la esencia —auguré.

—Fue pan comido, solo tuvimos que agitar un poco la varita —dijo, lanzándole una mirada cómplice a Albus, que sacaba el pelo de Labonair en un frasco.

—Me alegra oír eso. Malfoy y yo hemos ido a recoger las túnicas de la lavandería —dije, enseñándole una pequeña bolsa—. Solo falta que llegue Logane, Eileen ha ido a buscarle.

Los tres miramos el caldero mientras esperábamos. Vista de cerca, la poción parecía barro espeso y oscuro que borboteaba lentamente.

—Estoy seguro de que lo he hecho todo bien —dijo Albus rompiendo el silencio, releyendo las manchadas anotaciones de Moste Potente Potions—. Parece que es tal como dice el libro... En cuanto la hayamos bebido, dispondremos de una hora antes de volver a convertirnos en nosotros mismos… Nos habría venido bien un poco más de tiempo, pero… no podía hacer eso a Neville.

—¿De qué hablas? —preguntó Malfoy con curiosidad, alzando el mentón.

—Creía que os lo había contado. Luna y Rolf le han mandado unas plantas que potencian los efectos de las pociones o cualquier ungüento —soltó Albus. Me pareció muy interesante, quería ver esas platas, y por supuesto, realizar miles de preguntas acerca de ellas, en cambio, no era el momento.

—Eso es genial —corroboré, asintiendo con la cabeza.

—Pero no podía robárselas con todo lo que ha trabajad...

Albus no pudo terminar la frase, aunque con lo que dijo, me di por satisfecha. Sabía que era la persona más cabezona del universo, que quería que sus planes salieran a la perfección costara lo que le costara y que no traicionara a Neville hizo que se me hinchara el pecho de orgullo.

—Ya estamos aquí —se escuchó a Logane. Junto a Eileen se encaminaron alrededor del caldero, justo donde estábamos nosotros.

—Ya era hora… ¿Qué tenemos que hacer entonces? —murmuró Malfoy, mirando por el rabillo del ojo los vasos con cara de pocos amigos.

—La separamos en los cuatro vasos y echamos los pelos —contesté, sacando de mi túnica el pelo de Cécile Lasserre.

Albus, primero le pasó la esencia de Darkness a Logane, luego sirvió en cada vaso una cantidad considerable de poción y nos lo pasó a cada uno cogiendo el suyo propio. Con mano temblorosa, trasladé el pelo de Lasserre de la botella al vaso. La poción emitió un potente silbido, como el de una olla a presión, y empezó a salir muchísima espuma. Al cabo de un segundo, se había vuelto de un amarillo asqueroso.

—Aggg..., ahí está la esencia de Sapa Lasserre —dijo Albus, mirando el interior con aversión—. Apuesto a que tiene un sabor repugnante.

—Echad los vuestros, venga —les dije con urgencia.

Los echaron y pude ojear a la de los demás: la de Diegué Laserre era de un color caqui demasiado pasado, la de Giovanni Darkness color verde oscuro y la de Marcellius Labonair, gris oscuro y turbio. Las pociones silbaron y echaron espuma.

—¿Listos? —preguntó Albus, mirando el interior de su vaso con desconfianza.

—Listos —contestamos los demás, mientras Eileen se hacía a un lado y nos observaba. Ella se encargaría de vigilar los alrededores e intervenir en caso de urgencia.

—A la una, a las dos, a las tres...

Tapándonos la nariz, nos bebimos la poción en grandes tragos. La mía sabía a rayos y centellas, incluso sentí una arcada. Inmediatamente, se me empezaron a retorcer las tripas como si acabara de tragarme serpientes vivas. Me encogí y temí ponerme enferma. Luego, un ardor surgido del estómago se extendió rápidamente hasta las puntas de los dedos de manos y pies. Jadeando, me puse a cuatro patas y me di cuenta de que todos a mi alrededor estaban igual. Tuve la horrible sensación de estarme derritiendo al notar que la piel de todo el cuerpo me quemaba como cera caliente, y antes de que los ojos y las manos empezaran a mutar, los dedos se me hincharon y las uñas se me alargaron. Los hombros se me juntaron dolorosamente, y un picor en la frente me indicó que el pelo rizado me caía sobre las cejas. La túnica de Gryffindor comenzó a quedarme grande y… todo concluyó tan repentinamente como había comenzado.

De repente, los cuatro nos encontrábamos tendidos boca abajo, sobre el frío suelo de piedra, oyendo a Eileen preguntarnos si estábamos bien. Por el rabillo del ojo, vi como con dificultad, Albus con la apariencia de Marcellius se desprendía de los zapatos y se ponía de pie. Al fin, con una gran mano temblorosa me desprendí de mi antigua túnica, que sobraba de los tobillos, me puse la otra y me la abroché sin querer mirar a mi alrededor. Al terminar, me llevé una mano a la frente para retirarme el pelo crespo de los ojos.

—¿Estáis bien? —pregunté, pero de mi boca surgió la voz seseante de Lasserre, me estremecí.

—Sí —contestó, proveniente a mi derecha, el gruñido de Darkness.

—Tenemos que darnos prisa —dijo Albus y le vi sonreír satisfecho, pero a pesar de ser él, no lo era. No reconocí aquella sonrisa sarcástica de pendenciero con la que me había criado y sacado de quicio a lo largo de toda mi vida, pero que me había acabado resultando entrañable. Sus ojos verde mar, se habían tornado en un verde mucho más oscuro. Su cabello se había peinado automáticamente hacia un lado, como si en vez de venir de dar un paseo por la playa después de la brisa marina, hubiera estado tres horas delante de un espejo. Había dejado de ser Albus, estaba menos moreno y era Marcellius Labonair.

—No nos conviene perder ni un minuto —dijo Malfoy actuando de Diegué Lasserre. Pude ver como había cambiado por completo el color de su piel y su apariencia. Comenzaba a morderse el dedo, miré sus ojos, no tenían el mismo color, tampoco la misma forma, pero por la forma intensa de su mirada, estaba segura de que, aunque no supiese nada de la poción yo sabría que se trataba de él.

—Tienes razón —convine rápidamente, saliendo de mi letargo.

—Pongámonos en marcha —anunció Albus, terminándose de ajustar la túnica. Se me hacía muy raro mantener una conversación con Labonair sin que hubiera insultos de por medio—. Debemos darnos prisa.

Salimos del invernadero a toda velocidad esperando que nadie nos encontrara y mucho menos acompañados de Eileen, quien, rápidamente se alejó de nosotros. Momentos más tarde, vimos como se alejaba ladera arriba. Solo podía pensar en todo lo que podía salir mal y esperaba que los verdaderos Laserre, Darkness y Labonair no aparecieran hasta que nosotros nos esfumáramos.

—Tenemos que encontrar rápido a Prynce —convino Malfoy preocupado—. Ya se ha empezado a completar nuestra hora.

—Si vamos por aquí —dije señalando el camino hacia la Torre del Reloj—, tardaremos menos.

Entonces Albus dijo, contemplándome:

—No sabes lo raro que se me hace ver a Cecile Lasserre pensando.

—Rousseau, no muevas así los brazos —susurró Malfoy a Logane.

—¿Eh?

—Darkness los mantiene rígidos...

—¿Así?

—Sí, mucho mejor.

Ya habían transcurrido cinco de nuestros preciosos sesenta minutos cuando entramos en el castillo y según avanzábamos por el pasillo, advertí otro rasgo en mi cara al mirar al reflejo de la ventana. Me alarmó, porque sentí que no funcionaría, en la firmeza de la boca y la forma deliberada en la que entornaba los ojos, como si estuviera dispuesta a aceptar cualquier desafío, Lasserre parecía estar forzando una expresión de coraje, al mismo tiempo que reprimía una mezcla de esperanza, preocupación y miedo que no podía mostrar en público. Conocía esa expresión, la veía cada vez que me miraba al espejo y debía hacerla desaparecer del rostro de ella antes de que nos encontráramos con alguien conocido.

—¡Por las hombreras de Morgana! —exclamó Prynce al vernos al final del pasillo, sacándome de cada uno de mis pensamientos. Me tensé levemente, pero al menos no era el profesor Labonair y tampoco iba acompañada, raro, pero para nosotros un golpe de suerte. Poco a poco nos acercamos a ella—. ¿Dónde os habíais metido?

—Hola —dije nerviosa, escuchando como la voz de Lasserre se derramaba por mis labios.

—¿Hola? ¿Cómo qué hola? ¿No has escuchado que te acabo de hacer una pregunta?—dijo, observándome de arriba abajo.

—Cecile tan absurda como siempre... —escuché que decía la voz de Diegué Lasserre. ¿Cómo que absurda? ¿Malfoy lo decía para ayudarme o me estaba insultando por toda la cara?

Prynce totalmente callada y con el labio alzado no me quitaba ojo de encima, hasta que al fin soltó:

Depuis lors...

Oui —escuché que decía la voz de Labonair. ¿Qué narices hacía Albus si no tenía ni idea de hablar francés? ¡Estaba claro que iban a pillarnos!

"Nuestra princesa" sonrió falsamente y comenzó a caminar por el pasillo. Nosotros sin decir nada la seguimos, pero no pude evitar lanzar una pregunta:

—¿Adónde vamos?

Entonces se paró en seco y yo tragué saliva. ¿Había metido la pata? Nosotros nos paramos tras ella. Lentamente se dio la vuelta y me lanzó una mirada despectiva.

—¿Desde cuándo cuestionas mi autoridad? Cállate y sígueme, quiero ir a un lugar más íntimo para que hablemos... No sabéis lo irritada que estoy hoy… —se quejaba. De repente, cambió su tono de voz y adoptó uno chillón—: Prynce, ¿puedo sacarte una foto, Prynce? ¿Me concedes un autógrafo? ¿Puedo lamerte los zapatos, Prynce, por favor? Como si les dejara yo tocar mis Louboutin.

Albus se rió. Y digo Albus porque aunque fuese Labonair, su risa sonó tal cual como lo habría hecho la de Albus. Estaba claro que nos iban a pillar, a cada momento que pasaba lo afirmaba. De igual forma comencé a reírme falsamente, seguida por Malfoy y Logane. Esperaba que Prynce no se pusiera a hablar de las juergas que se había corrido en los hoteles cuando se hallaba en Europa o donde fuese, porque no me importaba.

—Son unos súper asquerosos... —dije, intentando imitar la jerga que las había oído millones de veces.

—Pero no hay nadie más asqueroso en este colegio que Potter, Weasley y Malfoy... Bueno, sí, los Rousseau, pero eso no se consideran personas —escuché que decía Albus astutamente, situándose justamente al lado de Prynce con total naturalidad.

Estaba con el corazón en un puño; Albus por fin había sacado el tema de conversación.

—Te he dicho que no te metas con Malfoy —le recriminó al falso Labonair. Seguidamente chascó el dedo con majestuosidad y Albus se llevó las manos a la cabeza, soltando un alarido de dolor. Estuve a punto de chillar que parase, pero me detuve y momentos después el quejido de Albus cesó tan rápido como había comenzado.

Ciertamente me sorprendió que diera la cara así por Malfoy a pesar de que estaba preocupada por Albus. Le miré disimuladamente, aparente ya estaba bien, aunque se frotaba las sienes insistentemente.

—Hablando de Potter… Yo creo que está enamorado de ti... ¿No ves algo sospechoso en él?
—preguntó Malfoy con el aspecto de Diegué Lasserre, siguiéndole el rollo a Albus, situándose al otro lado de Prynce. Imitaba a la perfección los pasos de Lasserre. Malfoy era el que mejor estaba interpretando su papel.

—Siempre puedo partirle la cara... —intervino Darkness/Logane sin mucha convicción.

Prynce arqueó las cejas al escucharles.

—Lo único que veo es que Marcel le debería haber puesto en su sitio cuando se lo dije y ahora no estaría tramando algo contra él, ¿verdad, cariño? —preguntó melosamente, lanzándole una sonrisa retorcida mientras caminaba.

—Verdad... —contestó Albus en un susurro sin dejar de mirarla, ya no se tocaba la cabeza con molestia.

—Pero... ¿crees que van a conseguirlo antes que nosotros? —pregunté, adelantándome unos pasos, queriendo llegar algo más lejos.

—¿Conseguir el qué? —preguntó Prynce, mirándome de soslayo.

—Ya sabes...

—No, no lo sé —me cortó con brusquedad, aireando su brazo derecho con obviedad.

—Me refiero a que…—intervine rápidamente, evitando buscar la mirada de alguno de mis compañeros—. ¿Qué piensas que están tramando contra nosotros?

—Cualquier estupidez —dijo Prynce sin interés. De repente, se paró delante de un ventanal y se sentó cruzándose de piernas. Al ver que no nos sentábamos, alzó las cejas y con los ojos señaló el alfeizar como si estuviera tratando con un ejército de imbéciles. Me molestó, aún así me recompuse y me fui a sentar a su lado. Ahí escuché—: ¿Qué haces sentándote al mismo nivel que yo? —preguntó.

—No me he dado cuenta, Megara —respondí rápidamente. Se me hizo rarísimo llamarle por su nombre.

—No lo pillo —dijo Prynce con el ceño fruncido.

—Ha sido sin querer —contesté utilizando la lógica. Vi por el rabillo del ojo que Diegué/Malfoy negaba con la cabeza rápidamente.

—Sigo sin pillarlo —repitió, confusa. Percibí la almizclada combinación de aceites esenciales que llevaba —. ¿Tiene que ver con tu cerebro de chorlito?

—En realidad, no —respondí con una sonrisa maliciosa (esperaba que me estuviera saliendo bien)—. Cerebro de chorlito tiene otra gente, ¿sabes?

—¿Como quién? —preguntó Prynce, aireando sus pestañas.

—Como Rousseau —contesté rápidamente. Me resultaba interesante saber que era lo que pensaba Prynce acerca de ellos para saber si tenía que ver con la dictadura de York.

—Ah —dijo Prynce, sin parecer demasiado impresionada. Me miró con desconfianza.

—¿Qué se supone que quieres decir con eso? —preguntó Giovanni.

Prynce levantó la barbilla y se colocó el liso pelo castaño tras las orejas.

—No sé, es como si estuvieseis hablando de ellos todo el tiempo. ¿Qué os pasa? ¿No tenéis orgullo? —preguntó, como si fuésemos lo menos interesante del mundo para ella.

Meneé la cabeza, mirando a Prynce fijamente.

—¿Por? ¿Qué he hecho? —dije, mordisqueándome las uñas frenéticamente. Mantener una conversación con ella aparentando ser otra persona era verdaderamente frustrante. No se podía negar que Prynce era lista y no sabía si se comportaba así habitualmente o es que se olía algo.

—Tiene razón, hablemos de cosas más importantes —dijo Malfoy sin precisar demasiado. Pensé que era mejor que él llevara la conversación, al fin y al cabo era quien más la conocía.

—¿Qué tiene de malo eso? —dijo Logane, indignado. No se había dado cuenta del cambio de táctica—. Son imbéciles.

Prynce apretó los labios, e hizo girar en su dedo la sortija con un rubí.

—Giovanni, cielo… cuando diga perrito, meneas el rabito —soltó, con tanta naturalidad que en vez de parecer el insulto que era, incluso sonó como un halago.

Oteé a mi alrededor mientras Prynce sacaba un espejo de mano y se arreglaba el pelo. El que Albus estuviera tan callado, era una mala señal. De repente me sentí como si alguien me hubiera colocado un paño húmedo sobre el cuello. Volví a oír la risa susurrante de Megara Prynce seguido de un comentario de Malfoy, pero ya no estaba prestando atención: Albus había desaparecido.