Disclaimer: Todo es de Gosho Aoyama


Capítulo 19: Sentimientos contradictorios

El departamento de robos se encontraba trabajando en sus casos con normalidad, el sonido del teclado, pantallas iluminadas, documentos de una mesa a otra. Pero los trabajadores habían notado que algo no andaba bien. Su jefa no había aparecido en toda la mañana.

Nunca, en todos sus años de servicio, había llegado tarde. Jamás. Y ya pasaba la hora de entrada desde hacía tiempo.

- Estará enferma. - Eran los murmullos que habían de una mesa a otra.

- Siempre que ha enfermado ha seguido viniendo. - Respondían. - Nunca ha faltado.

Las puertas del ascensor se abrieron, dejando salir al escritor ante el desconcierto de los presentes. - ¡Tío! Benditos los ojos. - Se le acercó uno. - ¿Te has cortado el pelo? - Se fijó.

- ¿Dónde te habías metido? - Se le acercó otro.

- Menuda juerga te has tenido que meter. - Rió otro.

El recién llegado sonrió. - He estado algo ocupado.

- ¿Y no será que huías de la inspectora? - Comentó otro en broma.

Akira se tensó durante unos segundos. Básicamente eso era lo que había hecho, ¿verdad? No, pensándolo mejor, le había dejado su espacio para pensar, tal como le había pedido. Sí, eso había hecho. - ¿Por qué haría eso? - Dijo como quien no quiere la cosa.

- Estaba de un humor de perros. Y cada vez que te nombraban, era capaz de enterrarte diez metros bajo tierra sólo con la mirada. - Tembló con sólo recordarlo. - Daba miedo.

- ¿De verdad?

Las puertas tras de él se abrieron de nuevo, tensando a todo aquel que no estaba en su escritorio. La inspectora traspasó las puertas del ascensor con una carpeta bastante gorda entre sus brazos sin mirar a nadie. Los que habían ido a saludar al escritor fueron apresuradamente hacia sus escritorios, volviendo con sus quehaceres. Pero Arsene no apartó la mirada de la mujer que se dirigía a su despacho con un rostro inescrutable.

Cuando llegó a la puerta y la abrió, sólo se pudo escuchar la firmeza de su voz en todo el departamento. - ¡Mino! ¡A mi despacho! ¡Ahora! - Terminando de entrar en él y dejando la puerta abierta.

El aludido soltó el aire que no se había percatado que mantenía. Desde que había salido por la puerta del sótano el día anterior, la había notado mucho más distante y fría de lo que había sido durante el día. Creía que su pequeña conversación de antes de reunirse con Hakuba y Koizumi había calmado un poco los ánimos entre ellos. Pero ahora se percataba de que no era así.

Era como volver a empezar de nuevo, como cuando se habían reencontrado hacía varios meses ya. - Te llaman al despacho de la directora. - Dijo uno en un susurro bromeando mientras pasaba a su lado. - ¿Has sido un niño malo?

Suspiró resignado. - No sabes cuánto. - Susurró, aunque nadie le escuchó. Dibujó una pequeña sonrisa reconfortante para la asustada Karin, que miraba hacia la puerta como si hubiese pasado el mismísimo demonio. Ella le miró con ojos compasivos. No sabía lo que había pasado, pero tenía la sensación de que el simpático escritor estaba en alguna clase de problema.

En cuanto traspasó las puertas del gigantesco despacho, las cerró, quedándose donde estaba mientras observaba a la mujer. Se había quitado la chaqueta y la había dejado colgando en el perchero junto a su bolso. Se sentó en su silla y se puso a revisar documentación que había sacado de la carpeta que traía consigo.

Él no quiso acercarse, respetando su espacio. Tal como había hecho desde el día anterior. Sólo se permitía estar cerca cuando ella misma se acercaba a él.

Aoko, en cambio, le miraba de reojo. Apoyado contra la puerta, sin mirar un sitio en particular. Era tal como Sayaka y Sanada le habían descrito, una persona triste y perdida. No entendía por qué le dolía su mirada. Todo había sido por su culpa, ¿no? Él le mintió desde el principio. ¡Desde que era una adolescente! Por muy noble que podía parecer, no paraba de estar fuera de la ley.

Y ella, muy estúpida, no sólo sabía quién era el ladrón que tenía a todo Japón en jaque, sino que encima le estaba ayudando. Deseaba que todo fuese más sencillo. Que él siguiese con sus bromas y su alegría… Tal como había sido desde que le conocía… Que se comportase más como Kaito, la persona que en verdad era…

Una idea pasó por su mente. Le habían dicho que Arsene era tal como se mostraba ahora, pero con ella siempre se había comportado como era Kaito.

No se había dado cuenta que tenía la mirada fija en él, igual que él en ella. La intensidad de su mirada hacía que algo en su interior se encendiese y le decía que fuese a por él y le reconfortase. Se cruzó de brazos, evitando esa línea de pensamientos. - ¿Por qué?

El mago no supo qué contestar. No sabía a qué se refería. - Sé que dejamos nuestra conversación inconclusa, pero no sé qué debo responder a esa pregunta.

Él no era un brujo que leía el pensamiento como Akako, que le había mostrado que era otro de sus muchos talentos. Como las posturas que le insistió varias veces que sabía sólo para molestarla. Lo sabía. ¿Acaso él...? Se golpeó mentalmente e intentó olvidar la imagen que se había formado en su cabeza del mago y la bruja juntos.

- ¿Por qué te comportabas como Kaito? Si como Arsene eres así.

- ¿Cómo...? - No terminó la pregunta. - Keichi.

- Más bien, Endo. Una mujer que podría estar en la revista Playboy sin problemas… - Se arrepintió de decir eso en voz alta, no quería parecer celosa.

Pero él parecía que no la había escuchado. - ¿Cuándo la viste? ¿Te dijo algo más?

Notó la preocupación en su voz. ¿Era porque conocía a una ex suya o estaba preocupado por lo que le había podido decir de él? Recordó lo que le dijo al conocer su nombre. Evitó por todos los medios que el sonrojo subiese por sus mejillas. - Eso no importa ahora. - Respondió aclarándose la garganta. - Responde a mi pregunta.

Suspiró derrotado. - Como te dije, quería volver a ver a la Aoko del pasado. Además… No me parecía bien con todo lo que te estaba mintiendo… Al menos quería ser honesto con la persona que era por mis acciones… Sólo contigo podía volver a ser la persona que era antes del accidente.

No debió preguntar. ¿Acaso se estaba proponiendo en alterarla? - ¿Vas a estar ahí plantado como un pasmarote todo el día? – Cambió rápidamente de tema. – Si quisiera una planta para decorar, compraría una. – Se puso a manipular los papeles de la mesa. – Tengo unos documentos que nos podrían interesar.

El aludido se acercó con lentitud y se sentó en la silla que había estado ocupando los últimos meses. Sobre todo para molestarla. Tomó los papeles que le había extendido y comenzó a leer. Elevó la vista hacia la mujer. – Esto es mucha información. ¿Has dormido algo?

- ¿Es eso relevante? – No respondió a la pregunta.

- Aoko… ¿Estuviste toda la noche en el archivo? – Estando más cerca, podía apreciar las ojeras mal disimuladas con maquillaje.

- Si queremos deshacernos del peligro que pende sobre nuestras cabezas hay que actuar deprisa. Ya hemos perdido prácticamente una semana.

- Lo sé, pero pasar toda la noche recabando información…

- ¡Por favor! – Le miró. – Como si tú hubieses dormido algo.

Pillado. Parecía que no pudo disimular la noche de desvelo. – Fui a dar una vuelta. – Dijo en voz queda.

- ¿Y encontraste algo? – Levantó las cejas.

Otra vez pillado. Parecía un libro abierto para ella ahora que sabía todos sus secretos. Negó con la cabeza. – Callejones sin salida. Pero esto podría ser algo. – Dijo señalando la información.

- He recogido todo basándonos en la información que nos ha dado Akako. No puede estar fuera de Japón. Así que habrá que revisar todas las posibles candidatas una por una.

- Pero aquí hay más de cien. Es imposible revisarlas todas antes de la fecha límite. Por muy mago milagroso que me llamen…

- No vamos a hacerlo a tu estilo, sino al mío. – Se apoyó en el respaldar de la silla. – No por nada dijiste que me necesitabas cuando Lion había decidido llevarme con él. – No quiso pensar en la otra posibilidad. – Soy inspectora encargada de procurar que las joyas estén a salvo. Si voy a confirmar que estén a salvo después de… No sé… Un soplo de intento de robo, me dejarán acercarme y podremos comprobar en poco tiempo si es la que estamos buscando.

- Eso es… Un buen plan. – Tuvo que reconocer.

- Le pediré a Ichimaru permiso… Tendré que pedir presupuesto de viaje.

- Yo también voy.

Cerró los ojos, había temido que dijese exactamente eso. – Ni hablar.

- Sabes perfectamente que Ren no te dará el presupuesto. Yo puedo convencerle, si pago el viaje. Y sobre todo, no voy a dejar que abandones la ciudad sin mí.

- No soy ninguna niña, Kaito. Puedo cuidarme sola, y lo sabes. – Dijo entre dientes.

- Lo sé de sobra. Me lo has demostrado. Pero necesitas contacto con Koizumi. Y sinceramente, nunca le has caído demasiado bien.

- Pero tú a ella sí. – Dijo entre dientes. Su teoría de que esos dos tenían algo seguía en su cabeza sin querer salir. ¿Pero a ella qué le importaba? Era su vida.

- Entonces decidido. – Dijo levantándose. - ¿Vamos a ver a Ren?

- ¿Los dos?

- Por supuesto. Seguimos siendo compañeros, ¿no?

Compañeros… Suponía que sí. De mejores amigos a compañeros. ¿Pero alguna vez habría creído él que eran amigos? Nunca le había dicho lo de su trabajo familiar. Y no estaba segura de que quisiera saber el por qué no se lo había dicho.

Se apoyó en la mesa y se levantó, arrastrando la silla hacia atrás por el impulso. – Muy bien, pero hablo yo.

- Lo que usted desee, inspectora. – Le cedió el paso para que fuese delante.

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Cuando Aoko le dijo al comisario su plan de ir a diferentes museos del país por rumores de robo, no pudo dejar de pensar que si estaba gastándole una broma.

Pensó detenidamente sus próximas palabras. Hasta Akira estaba serio. – El departamento no puede hacerse cargo de eso. Y sería entrar en la jurisdicción de otras prefacturas. Habría que pedirles permiso…

- Hablaré personalmente con los inspectores de las otras comisarías. Si quieren estar delante, no hay ningún problema. Pero sabe que soy la más indicada para revisar la seguridad.

- Lo que me está pidiendo, Nakamori, como ya le dije, el presupuesto de viaje no lo abarca.

- Yo me encargaré del presupuesto.

Fue la primera vez que el escritor abrió la boca desde que habían llegado y sentado frente a la mesa. – No puedo dejarte hacer eso.

- Yo quiero hacerlo. Después de todo, voy a ir también. Me vendría bien para el artículo.

- Si prefiere que me tome vacaciones para ello, lo haré.

Ichimaru se quedó seco donde estaba. ¿Qué pasaba ahí? La inspectora no podía ni escuchar hablar sobre el escritor los últimos días, ¿y ahora se iba a coger vacaciones con él? - ¿Vacaciones?

- Dos semanas serán suficientes. – Afirmó.

- No puedo negarle las vacaciones, sobre todo porque nunca las ha cogido, pero…

- ¿Nunca has cogido vacaciones? – El escritor miró a la inspectora sin creérselo.

- ¿Entonces? – Vio de refilón a su compañero, advirtiéndole que mantuviese la boca cerrada.

- Bien. – Asintió rindiéndose. – Pero tendrás que pedir muchos favores.

Una pequeña sonrisa se asomó en los labios de la mujer. – Básicamente, ellos me los deben.

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La salida de vacaciones de la inspectora impactó fuerte en la comisaría. Todos susurraban en el pasillo la noticia, y más el notición que Mino la iba a acompañar.

Nadie estaba a salvo de los cotilleos, ni siquiera la mujer más temida del edificio.

- ¡Mino! – Los oficiales del grupo de Aoko le pillaron en la cafetería, rodeándole sin piedad, expectantes. - ¿Es cierto?

El aludido se cruzó de brazos y se apoyó en el respaldar. – Aquí las noticias vuelan.

- Así que es cierto. – Se miraron entre ellos. – Se van de viaje los dos juntitos. ¡Qué callado te lo tenías, cabronazo!

- Si algo se veía que pasaba entre ustedes dos. Esas miraditas que se echaban…

- ¡Espera! – Les detuvo. - ¿De qué están hablando?

- Tú y la jefa en un viaje romántico. Se ve que ya solucionaron sus problemas. – Respondió otro agente.

- No no no no, están equivocados. – Negó con fervor. – Esto es una misión, para ver que las joyas estén a salvo.

- ¿Con todos los gastos pagados?

- Pago yo, el departamento está en banca rota para estos casos.

- Y dinos… - Uno se apoyó sobre la mesa con los brazos cruzados y echado hacia delante. - ¿Van a un hotel de aguas termales? – Preguntó sugerente.

En ese momento, un recuerdo de su adolescencia apareció en su cabeza. Estaba en unas aguas termales, y se escondía de Aoko porque le mataría si se enteraba que estaba allí, en el baño de las chicas. La conversación que escuchó en aquel momento le hizo sonreír con añoranza.

- ¡Eso es un sí!

Despertó de su ensoñación. - ¿Qué? ¡No!

- Ya ya, niégalo todo lo que quieras.

Suspiró resignado. – Sois peores que niños. Y eso que he conocido a uno bastante insufrible. – Dijo pensando en cierto niño de gafas. ¿Qué habría sido de él? Se levantó y salió de la cafetería con las burlas de los chicos tras él.

- ¿Ibas a algún lado?

Se giró para ver a su compañera, observando la puerta cerrada de la cafetería. – No especialmente.

Apuntó con la mano la puerta de donde salían las risas. - ¿Quiero saber lo que ocurre?

Miró también la puerta, sería bastante divertido ver las caras de los chicos al ver entrar a su jefa. Negó. – Definitivamente, no.

- Voy a ir a ver a unos amigos. Si no tienes nada que hacer, te puedes venir.

Kaito no sabía si había entendido bien. ¿Le invitaba a ir con ella? – Sí, claro. ¿Quieres que conduzca?

- Sí. Quiero dejar el coche aquí estos días que estamos fuera. No quiero dejarlo en la calle.

¿Era cosa suya o se estaban comportando como dos personas que no tenían un pasado lleno de engaños y dolor? Seguía las indicaciones que la mujer le daba, hasta llegar frente a una casa que le sonaba.

Bajaron del coche y Aoko tocó para que le abriesen la cancela, abriéndose a los pocos segundos la puerta principal y apareciendo un hombre que a Kaito le sonaba bastante.

- Buenas noches, Aoko. Veo que has traído a un amigo.

- Eres un maldito traidor, y tu esposa también. – Dijo pasando de largo dentro de la casa.

- Eres bienvenida. – Ya se esperaba eso, por lo que vio Kaito en su rostro. – Y tú también. Entra, por favor.

- ¿Dónde está Ran?

- Llegará enseguida con los niños, fueron de compras con Sonoko. Si respondieses a los mensajes…

- ¿Comprando ropa para el nuevo miembro? Y el padre en casa.

- He estado ocupado con varios casos. – Se giró al hombre que atendía a su intercambio de palabras. – Un placer conocerte sin máscaras por fin, Kuroba.

Parpadeó un par de veces, confuso. - ¿Perdón?

- Hace unos años nos fastidiábamos mutuamente, pero también nos ayudábamos.

- Esto es genial. – Llevó la mirada al techo. - ¿Tú también lo sabías?

- Desde que Hakuba me enseñó una foto del álbum de fotos. Sólo alguien que se me pareciese podía ser el que se hacía pasar por mí. Ya que tú mantuviste mi secreto, te devolveré el favor.

- Sinceramente, no sé de qué está hablando, señor…

- Pasa de él Kudo, no te lo admitirá en la vida. – Dijo el detective inglés apareciendo desde la cocina. Miró a su amiga. - ¿Venías a echar la bronca porque te escondieron que seguía en el país?

- ¿Tan transparente soy?

- Para mí, sí. – Rió.

- Ran estará a punto de llegar. ¿Se quedarán a cenar?

- ¡Hemos vuelto! – Los gemelos abrieron la puerta como un huracán y se lanzaron hacia su padre. – Mamá necesita ayuda.

- Te ayudo. – Siguió Saguru al hombre.

Los niños miraban al hombre que se parecía a su padre con extrañeza. - ¿Eres hermano de nuestro padre?

El escritor iba a contestar, pero el niño se le adelantó. - ¡Tonta! Papá es hijo único.

- ¿Entonces por qué se parecen tanto? – Señaló encarando a su hermano.

- Al igual que tía Aoko se parece a mamá y no son hermanas.

- También es verdad. Hay cosas en este mundo que escapan a la lógica. – Razonó la niña.

- Niños. – Les llamó la inspectora. – Él es Ak…

- Me llamo Kaito. – Se agachó e hizo aparecer una rosa roja de entre sus manos delante de la niña, que le miró con ilusión, pero su hermano con recelo. – Encantado de conoceros, pequeños Kudo.

- ¡Eres mago!

- Hago mis pinitos. – Aoko observaba con un sentimiento cálido naciendo dentro de ella.

Ran llegó con un carro de bebé y los dos detectives tras ella con varias bolsas. – Antes de que digas nada. – Se dirigió a la mujer. – Prometí no decir nada. Y si quieres puedes reprenderme mientras cenamos.

- ¡Sí! – Dijo la pequeña agarrando la mano del escritor que se había levantado. – Cenemos juntos, tía Aoko.

La inspectora miró al mago, que miraba a la niña con una cálida sonrisa. – Si a Kaito no le importa…

- ¡Por fa! – Le miró suplicante la niña.

- Me encantaría. Gracias por la invitación. – Agradeció a los adultos.

Después de la cena, y que la pequeña de los Kudo se las arreglase para que el acompañante de su tía acabase sentado a su lado, la inspectora observaba desde la cocina a éste jugar en el salón con los pequeños. Al final, había conseguido engatusar al otro gemelo.

- ¿Cómo lo superaste?

La otra castaña dejó lo que estaba haciendo y miró a su amiga. - ¿Qué quieres decir?

Se mantuvo en silencio un par de segundos. - ¿Cómo superaste que Shinichi te mintiese?

Suspiró cabizbaja. – Hay veces que me lo pregunto. Sencillamente, seguí adelante. Y vi que mi amor por él era más fuerte que el resentimiento que le guardaba por hacerse pasar por otra persona y hacerme pensar que estaba lejos. – Colocó los platos en la alacena. – Fue un estúpido, pero lo hizo pensando en protegerme. – Se mantuvo un silencio entre ellas y la volvió a mirar. - ¿Crees que podrás perdonarlo?

Aoko miró a la mujer que se le parecía y se sentó en la barra, dando la espalda a la puerta. - ¡No lo sé! Estoy furiosa, dolida, resentida. Son sentimientos que intenté borrar hace años. Pero han vuelto con mucha más fuerza. – Ran se sentó frente a ella. – Siento que no puedo perdonarlo por mentirme hace años, y ni hablar de estos últimos meses. Pero…

- Cuando no estás cerca te preguntas cómo estará. Si estará bien. – Se miraron a los ojos. – Sé lo que es eso. Cuando supe la verdad y me alejé, no pude evitar sentir lo que sientes tú ahora. Estaba en un peligro mortal, igual que él lo está ahora. – Dijo haciendo un gesto hacia el mago con la cabeza. – Estás pensando, lo perdí hace diez años y lo he recuperado milagrosamente, no quiero perderlo de nuevo.

- Es más complicado que eso. – Se abrazó a sí misma.

- ¿De verdad? – Esperó varios segundos. - ¿Le quieres?

Aoko no se movió. Ran sabía la respuesta. No por nada estuvo muerta en vida desde que creyó que le había perdido. Pero ella amaba al recuerdo de Kaito, al adolescente que conocía. ¿Ese hombre era aquel chico? Giró la cabeza y le vio, sonreía como cuando la molestaba hacía unos días, antes de que todo se fuera al garete. Y observó que era como en sus recuerdos. Esa sonrisa alegre y cariñosa. ¿Pero no era una ilusión de su mente idealizándolo? Volvió a mirar a su amiga, que la observaba con una sonrisa. – No lo sé.

Le tomó de la mano con cariño. – Tendrás tiempo para descubrirlo.

- ¡Mamá! – Los niños corrieron asustados hacia su madre. - ¡Le pasa algo!

- A kaito le duele mucho la tripa.

Aoko se levantó como un resorte y fue al lado del escritor sin vacilar. Estaba agarrándose el costado derecho y le bañaba el sudor. Rememoró los momentos en que había pasado algo similar, pero nunca había sido tan fuerte. La última vez fue cuando Lion le había dado un puñetazo justo ahí. Se arrodilló a su lado, tocándole el brazo.

No sabía lo que le pasaba, no sabía cómo actuar. Estaba completamente en blanco. Quería ayudarlo con todo su ser, pero no sabía cómo.

Saguru y Shinichi, con el bebé en brazos, llegaron por los gritos de los niños. - ¿Qué ha pasado? – Preguntó el anfitrión.

- Estábamos jugando al esquive, cuando le di sin querer y se puso así. – Dijo entre sollozos la pequeña Kudo.

El inglés se arrodilló al otro lado del mago. Éste sonrió. – No pasa nada. Suele pasarme a menudo. – Miró a los niños, que le miraban llenos de culpa. – No se preocupen. Nos lo estábamos pasando bien, ¿no?

Se veía que le dolía horrores. ¿Por qué no le decía lo que le pasaba? Hasta el malnacido de Lion lo sabía.

Ran, que había subido las escaleras hacía un par de minutos, bajaba con una camisa de su marido. – Ten, cámbiate, estás empapado.

El mago negó. – No es necesario. No se molesten…

- Insisto, Kuroba. – Recalcó el detective de Tokio.

- Te acompañaré al baño. – Saguru le agarró para ayudarle a levantarse y se encaminaron por el pasillo.

Aoko les veía ir de pie, paralizada en donde estaba. Muchos pensamientos se le cruzaban por la cabeza. Y ninguno era bueno.

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- ¿Estás seguro que puedes conducir? – Podemos llevaros nosotros. – Dijo con preocupación Kudo.

- Estoy perfectamente. Soy duro como una roca. – Sonrió despreocupado a sus anfitriones en la entrada de la casa. – Gracias por la camisa. Os la haré llegar.

- No te preocupes por eso.

- ¿Volverás a jugar? – Preguntaron los gemelos.

No respondió. Miró de reojo a los padres, para luego mirar a su compañera, impasible a su lado. Abrió la boca para responder, pero alguien se le adelantó.

- Tenemos asuntos fuera de la ciudad. – Dijo la inspectora. – Nos llevará tiempo.

- Y después de eso volveré a mi pueblo.

Eso cogió desprevenida a la mujer. - ¿Volverás a despedirte? – Insistieron los niños, apenados.

Sonrió comprensivo. – No puedo prometerlo… Pero lo intentaré. – Les despeinó juguetón para calmar el ambiente.

- Kuroba. – Se adelantó el matrimonio con el bebé en brazos de su madre. – Ha sido un placer conocerte al fin.

- Esperamos que solucionéis esos asuntos sin problemas. – Siguió la ex karateka. – Niños, vamos adentro que empieza a refrescar. – Los apremió. Obedientes, se despidieron y siguieron a su madre dentro de la casa.

- Tienes una bella familia, Kudo. – El aludido sonrió al mago agradecido. – Justo hoy, me pregunté qué habría sido de ese niño de gafas tocapelotas. – Rió divertido.

El detective rió con él. – He echado de menos nuestras partidas.

- Lamento decirte que no es mutuo. – Se tocó la sien.

- Sí, sí. Lo sé. – Suspiró. – Lamento eso.

Asintió. – Debemos irnos. – Miró a Aoko, que hablaba con el inglés algo alejada. – Ha sido un placer.

- Mucha suerte.

Se subió al coche y lo arrancó, subiéndose Aoko poco después y marchándose.

Estaban en completo silencio, sólo escuchándose el ruido del motor, cuando la mujer lo rompió. – Has ganado más fans.

- Son unos buenos niños.

- ¿A qué vino eso de que te ibas a tu pueblo? – Le miró molesta.

Se encogió de hombros. – Me pareció lo mejor de decir en ese momento. En cuanto todo termine, me entregaré y me encerrarás en prisión. Es muy improbable que los vuelva a ver en cuanto descubran quién soy.

Aoko no dijo nada y volvió la cabeza hacia las calles. Era cierto. Su libertad se iba acortando en cuanto pasaban los días. Ella lo sabía. ¿Pero por qué sentía esa pesadez en el pecho?

- ¿Qué hace ese aquí? – Escupió. Ella le volvió a mirar.

Miraba hacia delante y sus nudillos se volvían blancos por la presión que ejercía en el volante. No se había percatado que ya habían llegado a su piso.

Observó el portal y frunció el entrecejo. – Nos vemos mañana.

- ¿No pretenderás que te deje sola? – La miró como si hubiera dicho que la tierra era plana.

- ¿Has olvidado que puedo defenderme sola?

- No lo he olvidado. Pero ese no me cae nada bien. – Refunfuñó.

- Tampoco te cae bien Saguru.

- Hakuba me cae de puta madre comparado con ese imbécil.

Rodó los ojos, exasperada. Los hombres y sus celos. – Mañana a las nueve en la estación. – Salió del coche y no pudo contener que una tímida sonrisa se asomase a sus labios. Kaito estaba celoso. Ella no debería estar contenta por eso, pero como cuando era más joven, sus emociones estaban floreciendo sin que ella pudiese evitarlo.

Pasó al hombre que la esperaba como si no existiese. – Aoko.

- No tengo nada de qué hablar contigo. – Insertó las llaves en la cerradura.

- ¿No aceptas estar conmigo pero te vas con ese escritorucho de viaje?

Se detuvo y le miró con hielo en la mirada. – No tienes ningún derecho sobre mí y mi vida.

- ¿No me irás a negar que no nos divertimos juntos? – Enarcó una ceja mientras daba un paso hacia ella.

Soltó una risotada. – Te crees el máster del universo porque tienes buen cuerpo, una cara bonita y sabes trabajar en la cama. Pero no sirves para nada más. Un pasatiempo más.

- ¿Y él no es igual? – Señaló con la cabeza el coche que aún no se había ido. – Él no es lo que parece. Todas esas modelos…

- ¿Y todas las mujeres que están tras de tí? Déjame estar con quien quiera y búscate a otra que te soporte.

- Así que no niegas que estás por ese tío.

Se quedó en silencio varios segundos. No lo había negado. – Métete en tus asuntos, que yo nunca me metí en los tuyos cuando salías con Daiki e Hiroki cuando estábamos juntos. – Abrió por fin la puerta.

El hombre gruñó. – Eso no…

- ¿No esperabas que me enterase? – Le miró con superioridad. – Lo sabía desde el principio. Pero ya ves, no me importó lo más mínimo. Al igual que a ti no debería importarte con quién salgo o quién comparte mi cama. – Mientras que les gustaban los celos de Kaito, los de Charlie les parecían desagradables. – Márchate y déjame en paz.

Cuando iba a entrar al portal, una mano la sujetó con fuerza y le hizo mirarle. – Ninguna mujer me ha rechazado. – Dijo con una furia que no había visto en el hombre en la vida.

Ni corta ni perezosa, le dio un rodillazo en la entrepierna que lo dejó sin aire y le dio un golpe en la espalda que lo dejó en el suelo. – Supéralo. – Entró y se giró antes de cerrar la puerta. – Y deberías aprender que cuando una mujer dice no, es no. – Le miró como si fuese un bicho repugnante. – No te vuelvas a acercar a mí. – Terminó cerrando la puerta y dirigiéndose al ascensor.

Kaito no era más que un mero observador. Pero eso no quitaba que tuviese unas ganas enfermizas de salir del coche y darle una paliza a ese gilipollas por haberla siquiera tocado.

Pero como la respetaba más de lo que ella imaginaba, no se movió y se contuvo, pero no pudo marcharse y dejarla sola.

Cuando el entrenador se levantó y se marchó con el ego por los suelos, mirándole con furia, sonrió. Era, después de todo, su Aoko. Fuerte e independiente. Y hará todo lo que esté en su mano para que la justicia venza, enfrentándose a quien se le ponga delante.

CONTINUARÁ…


Más de un año... Acabo de alucinar cuando vi la última actualización. Pero bueno aquí un capítulo para seguir, si aún se acuerdan de ella.