Disclaimer: Los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, sólo la trama es mía.
-Capítulo 20-
Alice y yo lo estuvimos hablando y decidimos que estaría bien comenzar con los nuevos ejercicios el miércoles por la tarde, pues ambos teníamos la tarde libre. Después de preguntarle a Emmett si le iba bien aquel día y que nos dijera que sí, llamamos a Edward para que nos reservara la sala. Una vez estuvimos en el hospital, tuvimos que esperar para entrar en ella, pues al parecer estaba siendo usada por algún paciente.
– ¿Seguro que Edward la habrá reservado? –pregunté, nervioso.
–Sí que tienes poca fe en tu mejor amigo –me comentó Emmett a modo de broma.
–No es eso, pero… quizá se haya olvidado.
–No creo, seguro que esta gente… –comenzó a hablar Alice, pero se calló cuando vio a Edward aparecer por el pasillo con un papel en las manos.
–Hola, chicos. Disculpad la tardanza. Aquí está el papel de la reserva –me lo mostró, y me di cuenta de que la firma del doctor Vulturi constaba en él. –Tendréis que entregárselo a la enfermera que salga de la sala.
– ¿Cada vez que vengamos tendremos que buscarte para que nos des el papel? –preguntó Alice con el ceño fruncido.
–Me temo que sí, si no la enfermera no podrá asegurarse de que estáis autorizados para usar la sala. Normas del hospital –los tres asentimos en silencio. – ¿Cómo estáis?
–Nervioso –murmuré, observando fijamente la puerta de la sala.
–Es normal, las primeras veces son difíciles.
Lo sabía, pero lo que realmente me preocupaba era no ser capaz de hacer nada bien. Me daba miedo cometer algún error y lesionarme más de lo que ya lo estaba… Aunque también temía hacerlo bien.
–Sí –fue mi escueta respuesta.
– ¿Y vosotros qué tal? –le preguntó Edward a mis acompañantes al darse cuenta de que mis ganas de hablar estaban ausentes aquella tarde.
Mientras ellos charlaban animadamente yo me dediqué a pensar en lo mucho que cambiaría mi vida si, al menos, lograra ponerme en pie. O si pudiera comenzar a sentir en mis piernas algo que no fuera dolor. Aquello significaría que no era un inútil, que al menos me quedaban fuerzas para hacer algo más que permanecer el resto de mi vida postrado en una silla de ruedas. Apreté mis manos en puños cuando el estómago me dio un vuelco causado por los nervios.
Temía cometer algún error, y temía que ese error consiguiera apartar a Alice de mi lado a pesar de que millones de veces me había asegurado que aquello no pasaría. Sin embargo, lo que más pavor me daba era volver a encerrarme en mí mismo y conseguir que todos se alejaran de mí si llegaba a darme cuenta de que mis piernas jamás funcionarían. En aquellos momentos la relación que tenía con mis padres, con Alice, con Edward, con Emmett y con los demás era estupenda, y sabía que no conseguiría sobrevivir si volvía a quedarme solo de nuevo.
– ¿…verdad que sí, Jasper? –me preguntó Alice con una sonrisa, pero fruncí el ceño porque no había escuchado el inicio de la cuestión.
– ¿Qué?
–Digo que nos vamos a esforzar de lo lindo con los ejercicios, ¿verdad?
–Ah, sí, sí… –murmuré todavía algo distraído.
–Ya verás como todo saldrá genial –me animó de nuevo Edward. Después miró su reloj y nos dedicó una mirada de disculpa. –Lo siento, chicos, pero ya he estado fuera de mi consulta más tiempo del debido. Si tenéis algún problema no dudéis en avisarme. ¡Hasta pronto!
Se despidió de nosotros con una sonrisa, comenzó a caminar en la dirección opuesta a la que había venido y yo permanecí mirándolo hasta que desapareció por uno de los pasillos.
Un par de minutos después la puerta de la sala de rehabilitación se abrió y de ella salieron cinco personas, dos de ellas también en silla de ruedas. La enfermera nos miró con seriedad, y Alice se apresuró a entregarle el papel que nos había dado Edward. Le comentó algo que ni Emmett ni yo escuchamos, consiguiendo que la enfermera asintiera secamente. A continuación nos miró y nos indicó que entrásemos para después marcharse y cerrar la puerta a sus espaldas. Moví mi silla hasta el centro de la sala y me fijé en las máquinas armogométricas, las bicicletas Superman (que al parecer se llamaban así porque fueron creadas con la colaboración de Christopher Reeve*, que quedó tetrapléjico tras caer de su caballo), las pesas, las bandas flexibles, las colchonetas y todo el material que allí había.
–Bueno, ¿comenzamos? –me preguntó Alice, que se encontraba a mis espaldas, inclinándose, rodeando mi cuello con sus brazos y pegando su mejilla a la mía. Asentí en silencio, rodeé sus manos con las mías y las acaricié suavemente. –Todo va a salir bien.
–Eso espero.
La sentí sonreír y ladear la cabeza para darme un beso en la mejilla justo antes de decirme:
–Te quiero mucho.
Sonreí levemente y, tras haber escuchado aquellas palabras, me sentí más fuerte que nunca. Decidí ser positivo y comenzar a tener fe, pues estaba claro que no conseguiría nada siendo pesimista y dramatizando cobre mi caso. Le di de nuevo la vuelta a mi silla y respiré hondo.
–Comencemos.
Durante las dos horas siguientes, Emmett y Alice se dedicaron a ayudarme con los diferentes ejercicios que habíamos acordado días antes. Alice y yo habíamos vuelto a hablar con mi doctor para que nos diera unas cuantas pautas y habíamos decidido seguirlas al pie de la letra. Por eso, antes de comenzar a ejercitar mis piernas con entrenamientos nuevos, Alice y Emmett me ayudaron a calentar. Después me tumbaron en una colchoneta y comenzaron a flexionarme las piernas, primero una y después la otra, hasta que mis rodillas tocaron mi pecho. Era cierto que dolía, pero a medida que iba practicando los ejercicios, el dolor iba menguando. A continuación, Emmett me ayudó a colocarme en una bicicleta armogométrica y fue moviéndome las piernas poco a poco mientras yo movía los brazos hacia delante y en movimientos circulares para que la sangre fluyera y para fortalecer los músculos de ambas partes.
Finalmente, me sentaron en mi silla de nuevo y, mientras yo ejercitaba mis brazos con unas mancuernas pequeñas, Alice apartó los apoyos que yo usaba para colocar mis pies en la silla y me situó los pies en el suelo. Comenzó a masajearlos lentamente mientras Emmett hacía lo propio con mis pantorrillas.
–Anda que no estás disfrutando con tanto toqueteo, Jazz –bromeó y, a pesar de que aquella broma estaba fuera de lugar, me eché a reír.
–Si tuviera sensibilidad por supuesto que lo disfrutaría –le seguí la broma con diversión.
– ¿Estás cansado? –me preguntó Alice alzando la cabeza para mirarme.
–Un poco.
–Quizás deberíamos dejar los ejercicios por hoy. Creo que hemos trabajado mucho.
Asentí en silencio, dándole la razón. Por eso, Alice se colocó tras de mí y me masajeó la espalda y el cuello para que los músculos se relajaran después de tanto esfuerzo. Al cabo de veinte minutos los tres salimos del hospital y, tras darle las gracias y de despedirnos de Emmett, Alice y yo subimos a su coche.
– ¿Qué te han parecido los ejercicios?
–Bien. Bastante más avanzados que los del hospital de cada día.
Alice sonrió y asintió.
–Es cierto, pero porque tienen mucho más material –comentó. –Por cierto, me muero por usar la piscina, ¿tú no?
–Yo también. Hace mucho que no me baño en una.
Desde el accidente no había vuelto a pisar una playa ni ninguna piscina. ¿Para qué iba a hacerlo si no podía nadar?
–Bueno, pues pronto le pondremos remedio a eso –me aseguró Alice guiándome un ojo.
Al día siguiente me desperté con un tremendo dolor en las piernas y también en los brazos, y por eso me quejé nada más abrir los ojos. Alice ya estaba despierta desde hacía rato, pues entre sueños la había escuchado hablar y jugar con Tabby.
– ¿Estás bien? –me preguntó preocupada, inclinándose un poco sobre mí.
–Sí –le respondí con la voz entrecortada y algo jadeante. –Es sólo que me duele todo.
–Ya nos lo dijo tu doctor, que sería un entrenamiento duro… –me acarició la mejilla con la mano y después me dio un suave beso. – ¿Quieres tomarte una pastilla?
–No sé si servirá de mucho.
–Claro que sí. Después de desayunar te la tomas y ya verás cómo dejarás de sentir dolor.
Me levanté de la cama como pude mientras Alice preparaba el desayuno, y una vez que ambos nos tomamos el café, las galletas y las magdalenas pertinentes, me tomé la pastilla.
– ¿Por qué no te quedas hoy en casa? –inquirió Alice mientras me miraba con preocupación.
–No puedo, he de ir a rehabilitación.
–Ya lo sé, pero no creo que forzar tanto tus músculos vaya a ser una buena idea. El doctor te dijo que no te sobrecargaras, recuérdalo.
Asentí en silencio.
– ¿Y si voy para que me hagas masajes? –pregunté con una sonrisa tímida.
Alice sonrió lentamente y de forma traviesa.
–Oh, así que quieres que te haga masajes –se levantó de la silla, se inclinó hacia mí y me habló muy cerca del oído, consiguiendo estremecerme. –Los masajes puedo dártelos en casa… Ya sabes, de una forma más privada.
Tragué saliva con dificultad y luego me eché a reír entre dientes.
–Eso lo sé de sobras, pero resulta que tú sí que no puedes faltar al trabajo, y a mí no me apetece quedarme solo en casa, así que… ¿si voy a rehabilitación para no hacer rehabilitación me compensarás con tus masajes?
–Por supuesto, caballero –me respondió Alice son una sonrisita y con un beso en los labios.
Una vez en el hospital dejé que el enfermero me colocara boca abajo en la camilla para que Alice pudiera comenzar a masajear mis doloridos músculos. La vi calentarse las manos para que no me diera frío cuando colocara las manos sobre mí, y entonces apareció Kate al lado de mi camilla al instante.
–Hola, chicos, ¿cómo fue todo ayer? –nos preguntó con interés.
Alice les había comentado a sus padres, del mismo modo que yo se lo había comentado a los míos, que comenzaríamos una nueva rehabilitación en el hospital de las afueras, y Kate parecía sentir mucha curiosidad por el tema.
–Muy bien –le respondí con una sonrisa. –Estoy medio muerto, pero creo que esos ejercicios conseguirán ayudarme –admití por primera vez en mucho tiempo.
– ¿Sí? ¡Eso es estupendo! –aseguró ella palmeando mi hombro. –Pero ¿no crees que hoy deberías haberte quedado en casa descansando?
–Eso mismo le he dicho yo –intervino Alice comenzando a masajearme las piernas.
Cerré los ojos cuando sentí el primer pinchazo de dolor, pero después éste fue disminuyendo gradualmente dejando sólo un leve malestar.
– ¿Y cómo es que no le has hecho caso a Alice?
–He pensado que unos cuantos masajes me aliviarían el dolor.
Kate sonrió de lado y negó con la cabeza, como si ya comprendiera por dónde iban los tiros.
–Entiendo. En ese caso, Alice, cuida bien de tu novio –le exigió Kate a modo de broma para después seguir con su trabajo.
Edward me llamó después de comer para preguntarme si me iba bien que se pasara por casa. Obviamente le dije que sí, pues no sabía qué era exactamente lo que necesitaba. Quizás hablar sobre algo del hospital. Me despedí de Alice cuando se marchó al colegio, y media hora después Edward estuvo en mi piso.
– ¿Ha ocurrido algo con el tema del hospital? –no pude evitar preguntarle una vez que estuvo sentado en mi sofá.
–No, tranquilo, no es nada de eso. Es que… me sucede una cosa, y tú eres la única persona a la que puedo pedirle consejo.
Parpadeé seguidamente, sorprendido y cada vez más confuso.
–Conmigo puedes hablar de lo que quieras, ya lo sabes. Pero… ¿hoy no trabajas?
–Sí, pero he pedido un par de horas libres para hacer algo y para hablar contigo.
Comencé a preocuparme. Si tenía que hablar conmigo tan urgentemente, seguro que era por algo malo.
–Tú dirás, Edward.
Respiró hondo, y después comenzó a rebuscar algo en el bolsillo de su chaqueta. Sacó una caja de terciopelo que abrió y me mostró para que pudiera ver claramente el anillo de oro blanco que se encontraba dentro.
Comprendí lo que ocurría al instante, pero me entraron ganas de jugar un poco con él:
–Edward… –comencé, fingiendo sorpresa. –lo siento, pero…
– ¿Pero qué? ¿Crees que es muy ostentoso? ¿No te gusta?
Agaché la cabeza para que no viera que estaba a punto de sucumbir a la risa y negué lentamente.
–Es que estoy enamorado de Alice, Edward, lo siento mucho.
– ¿Pero qué…? –me eché a reír a carcajada limpia, y cuando comprendió la broma se echó a reír también justo antes de darme un golpe en el brazo. –Idiota.
–Lo siento, pero tenía que hacerlo.
–Qué gracioso. Me temo que Emmett te está pegando su humor.
–Eso me temo yo también –respiré hondo para serenarme y después le dediqué una sonrisa a mi amigo. –Así que le vas a pedir matrimonio a Bella.
–Esa es mi intención. Quiero hacerlo este fin de semana, pero… estoy aterrado.
– ¿Por qué?
–Creo que es lo normal en esta situación.
Me reí entre dientes y asentí en silencio.
–Es cierto. Pero… sabes que aceptará la proposición, ¿verdad?
–Ojalá estuviera seguro.
–Vamos, Edward, se nota a leguas que está tan enamorada de ti como tú de ella.
Mi amigo respiró hondo y con los ojos cerrados, como si con esa afirmación acabara de quitarle un peso de encima.
–Eso era lo que quería oír, Jazz. Necesitaba que alguien me lo asegurara.
Fruncí el ceño aunque sin dejar de sonreír.
– ¿Y para eso has venido?
–Bueno… –musitó, algo avergonzado. –También porque quería saber tu opinión sobre el anillo. ¿Crees que le gustará?
Edward volvió a tenderme la cajita de terciopelo, y cuando la tuve en las manos examiné atentamente la joya que había dentro. Yo no entendía mucho de anillos de compromiso, pero aquél era realmente espectacular.
–Creo que se va a desmayar cuando lo vea –bromeé.
–Jesús, espero que no –se rió Edward.
–Le va a encantar, puedes estar tranquilo. Quedará encantada con el anillo, pero aún más cuando sepa que deseas casarte con ella.
Edward agachó la cabeza con una leve sonrisa en los labios.
–Sí que lo deseo, y desde hace mucho tiempo, la verdad. Creo que desde que la conocí supe que quería pasar el resto de mi vida con ella. Es algo cursi y extraño, pero así lo siento. ¿A ti no te pasa con Alice?
Lo pensé detenidamente unos segundos, soportando la mirada fija de Edward sobre mí. Jamás lo había meditado a fondo, pero ya que sacaba el tema, supuse que no estaría mal hacerlo.
–Creo que sí. Lo que siento por Alice es… diferente. Es diferente a todo lo que había sentido alguna vez por alguien. No sé, es extraño, como tú dices –admití. –Creo que si algún día Alice me faltara no podría seguir, porque sin ella tal vez nunca habría dado el paso para arreglar las cosas con mis padres, no habría querido ni oír hablar sobre una posible mejoría en mis piernas… Ella me lo ha dado todo en muy poco tiempo, Edward, y siempre le estaré agradecido.
Mi amigo asintió, comprendiéndome, en silencio.
–Me parece que estamos arreglados –comentó con una risita.
– ¿Qué quieres decir?
–Míranos. Aquí estamos tú y yo, dos hombres adultos, hablando sobre lo mucho que aman a sus respectivas parejas como si no hubiera un mañana. Creo que estamos metidos en esto hasta el cuello, chaval.
Me eché a reír a carcajada limpia y asentí firmemente.
–Me temo que Bella y Alice nos tienen comiendo de la palma de su mano –confesé sin dejar de reírme. –Pero que no se enteren, sólo faltaría eso.
Edward y yo nos pasamos el rato riéndonos sobre tonterías, como solíamos hacer cuando éramos un par de adolescentes alocados, y por un instante me vi transportado a aquella época, cuando juntos jugábamos con Peter y le hacíamos enfadar por ser el pequeño de los tres. Supe en aquel momento que mi hermano, de alguna manera, me había perdonado, y que gracias a él estaba viviendo aquella segunda oportunidad con Edward, pero también estaba empezando a vivir de nuevo.
*Christopher Reeve: actor que dio vida a Superman en el cine desde 1978 hasta 1987.
¡Hola chicas! Como cada viernes, aquí tenéis un capítulo nuevo de este fic que cada vez se va acercando más al final. Ya véis que este ha sido un capítulo relajado, sin muchas tensiones, y la verdad es que los siguientes van a ser más o menos así. Además que adoro la amistad entre Jasper y Edward y también adoro a Emmett, para qué negarlo ;P
Espero que os haya gustado ver cómo Jasper va desenvolviéndose cada vez mejor en su día a día y que me lo digáis con un bonito review de esos que me hacen tan feliz, que hace sólo cuatro días que empecé la universidad y ya no puedo con mi alma xD
En fin, ¿nos leemos la semana que viene? Xo
