21
CONFRONTACIÓN
Cuando abrió los ojos volvió a mirar sobre él el rostro agotado y sonriente de Yue.
-Te quiero, chúa Jones… te quiero desde que te vi. –musitó, besando la frente del norteamericano. Con timidez, el aludido sonrió y exhaló un suspiro.
-¿Sabes que no podremos estar juntos… como se debe, right? –murmuró, mirando cómo la vietnamita inclinaba la cabeza, tratando de controlar su decepción.
-Eso no me importa. –replicó por fin. –Lo único que quiero es estar contigo, no me importa como sea.
Alfred movió la cabeza de un lado a otro, enternecido por la dulce necedad de la vietnamita, y la abrazó contra sí besando su frente. Doce horas sin saber del mundo, porque en su mundo ya solo estaban ellos dos.
O eso quería creer. Del otro lado del río María empezaba a aliviarse de la jaqueca, las bajas en las intervenciones de bandoleros en el norte implicaban que su país comenzaba a sentirse en calma; pero por otro lado, había algo que le preocupaba respecto a Alfred, algo que la tenía constantemente tensa aún cuando no sabía el motivo.
Mientras tanto, en la casa del norte florecía un aire nuevo, mucho más caliente y cargado que el del desierto, oloroso a selva y a memorias envenenadas, y al mismo tiempo aparecía de pronto Yue, ya no como una criada anónima y siempre marginada del ritmo natural del edificio, sino como una mujer magnífica, siniestra, vestida a la manera europea con vestidos de todos tonos de verde, mirando por encima del hombro a aquéllos que al verla llegar, tomada del brazo de Alfred, creyeron mirar un abismo abriéndose delante de ellos.
-¡No creerás lo que vi! –exclamó Agnes, entrando a toda prisa a la cocina. -¡Yue, esa mujer… acaba de llegar con míster Jones y está usando vestidos de señora!
La cherokee levantó la cabeza y sus ojos titilaron entristecidos, negando con la cabeza y mirando con pesadumbre hacia la puerta. Agnes paseaba de arriba abajo, agitando las manos mientras se quejaba, desesperándose entre frase y frase.
-¡… con esa mujer tan fastidiosa! Si al menos missis María estuviera aquí…
-Pero bà María no está aquí. –una voz imperiosa y grave cruzó delante de las dos mujeres y vieron aparecer a la vietnamita en la entrada de la cocina. –Está con ustedes una nueva señora, y les recomiendo en primer lugar que sean eficientes, y en segundo lugar que no las encuentre hablando otra vez de esa mujer. De otro modo… -su mirada se afiló. –me encargaré personalmente de que las echen.
Dicho esto se alejó, agitando sus cabellos largos y negros con estoicismo. Las dos mujeres la miraron con seriedad, antes de mirarse una a otra y suspirar.
Los días próximos, Yue y Alfred vivieron paseando de arriba abajo, bajo la dócil pero desaprobatoria mirada de los hombres y mujeres a su alrededor que, acostumbrados a la presencia de la mexicana, no se alegraban de que aquélla taimada y altiva mujer se paseara entre ellos, mirándolos con superioridad y colgándose del brazo de Alfred.
La alegría que sentía el estadounidense, sin embargo, se extinguió muy pronto cuando recibió una misiva, cierto domingo en que se encontraba sentado en su salón, comiendo y leyendo los periódicos mientras Yue, acurrucada a su lado, no cesaba de hacerle caricias en el cabello.
-Míster Jones, there's a… -Agnes entró al salón agitando unas cuantas cartas, pero fue interrumpida por Yue que se levantó, afilando el rostro y mostrando los dientes.
-¡No es hora de que molesten a Alfred! –espetó.
-It's okay… ¿qué pasa, Agnes? –preguntó el aludido.
-There… Well… hay cartas para us… usted… -la sirvienta le tendió el fajo de sobres y salió a toda prisa, enfadada por los regaños de la vietnamita.
Alfred miró los nombres de los sobres y empezó a dejar uno tras otro con aburrimiento.
-Cuentas… cuentas… cuentas… ¡Arthur! –rasgó el sobre y empezó a leer en silencio: Escúchame bloody git, más vale que dejes a un lado tu orgullo ridículo y vayas a hablar con María, esa muchacha está metiéndose en problemas y tú eres el más grande, así que vas tú o… -Damn it, siempre me escribe cuando está enojado. –se lamentó dejando a un lado la carta.
-No deberías dejar que te trate así. –le musitó Yue besando su mejilla.
-Es Arthur, my pet, no puedo hacer otra cosa que escucharlo… a veces… -se encogió de hombros quitándole importancia y continuó leyendo. –Cuentas… cuentas… -de pronto, miró una misiva cuadrada de gran tamaño y tragó con dificultad. –Oh no… not now…
-¿Qué sucede, Alfred?
-This is from my… my… president… -el estadounidense tragó pesado mientras abría el sobre, leyendo a toda prisa lo que decía y sintiendo cómo, poco a poco, el calor de su cuerpo disminuía, haciéndolo palidecer. –He… no… no puede pedirme eso… no quiero…
-¿Es algo malo o qué?
-Quiere… -la carta cayó al suelo, y Alfred miró lívido a la vietnamita. –Quiere que vaya a México.
De inmediato la mujer dio un salto y sus ojos destellaron rabiosos.
-No, Alfred, no debes ir… ¡esa mujer fue la que te hizo daño!
-I know! Pero mi presidente piensa que es necesario que discuta algunas cosas con ella… sobre política. –repuso torciendo los labios. Lo último que necesitaba es que luego de tanto tiempo sin hablar con María ni pensar en ella tuviera que verla de nuevo. Justo ahora que pensaba que podía ser feliz… -I hate this.
-No vayas entonces si no quieres… quédate conmigo. –añadió con voz suplicante tomándolo del brazo y mirándole con ojos tiernos. Entonces el norteamericano tuvo una repentina idea.
La noticia no tardó en correr al lugar indicado.
-¿Qué viene Alfred? –saltó la mexicana, literalmente pues estaba sentada en el patio de su casa con Chiquito en el regazo.
-Sí, señora, su esposo viene para acá. –le contestó Delfina. Lázaro, detrás de México, fingió vomitar.
-¡Bueno entonces apresurémonos! ¡Quiero que barran el patio y saquen las macetas! ¡Delfina, avisa en las cocinas que hay que preparar una comida para el invitado! –mientras la criada asentía y echaba a correr una sonrisita maliciosa cruzó por sus labios, y de pronto exclamó: -¡No! nada de eso. No voy a recibirlo en la casa.
-¿Entonces dónde, señora?
La sonrisa de la mexicana se acentuó más.
-En Zacate Grullo. ¡Rápido, arreglen un carruaje, nos iremos a Zacate Grullo! ¡Lázaro!... ¡LÁZARO!
El charro, todavía sumido en el enfado, salió del ensimismamiento y arrancándose el sombrero fue directo hacia su patrona.
-Dígame, señora.
-Ve al paso del sur y alcanza en cuanto puedas al coche de mi esposo, y avísale que nos veremos en la Hacienda. ¿Me entendiste?
-Claro, señora, de inmediato, señora. –el muchacho salió corriendo mientras adentro, todos se movilizaban listos para partir.
Alcanzar al coche no era el problema, sino alcanzarlos a tiempo. Lázaro, por su educación, conocía los caminos del centro y el norte bastante bien, por lo que tomar atajos al camino principal no le costó ningún problema, así que cuando vio un coche de tamaño mediano custodiado por Ethan e Ian descendió a toda prisa para interceptarlos; su aparición repentina, sin embargo, fue tomada con agresividad y los dos llaneros levantaron sus armas.
-Who are you?!
-¡Soy yo, Lázaro! –les cortó levantando las manos. Ethan lo reconoció y bajó el arma. –Vengo de parte de mi señora María. Dice que recibirá a su señor esposo en Zacate Grullo.
-¿Zacate… who? –preguntó el llanero.
-Zacate Grullo, hombre. Me dijo que me les cruzara pa' conducirlos porque está un poquito lejos.
-Wait, le avisaré a míster Jones. –Ethan bajó del caballo y tocó, algo nervioso, la ventana del coche que descendió con un golpe seco dejando ver adentro algo bastante incómodo: a Yue, sentada sobre el regazo de Alfred y prendida por la boca a su cuello. –Hmm… míster Jones…
-What?
-Ha venido míster Lázaro, el… well, el hombre de missis María. Dice… -replicó antes de que Yue, con toda la mala leche que tenía, intentara interrumpirlo. –que missis María lo recibirá en un lugar llamado Zacate… well… una palabra extraña.
Alfred rodó los ojos un poco hastiado. Había en todo México lugares desconocidos para él, y había algo en la pronunciación del nombre que no le daba buena espina, pero suspiró resignado y asintió. Ethan volvió a su montura y le hizo una seña a Lázaro, que echó a andar delante del coche para conducirlos.
El viaje desde ahí hasta Zacate Grullo era más largo, casi dos días más, pero cuando empezaron a acercarse a su destino, siendo mediodía y con el calor al tope Alfred, un poco cansado de los constantes mimos de Yue la apartó de sí.
-I need fresh air. –le dijo como disculpa al ver su expresión de desencanto.
-¿Aire fresco? ¿Aquí? –preguntó con ironía. El estadounidense la ignoró y corrió una cortina, abriendo también la ventana. En cuanto lo hizo, una brisa de aire fuerte, cargada de un tenue aroma salino le golpeó la cara; lo próximo que vio fue el extenso valle que se abría ante sus ojos, una cadena no tan lejana de cerros y montes cubiertos de arbustos, mezquites y altos encinos cuyas copas se movían al compás de los vientos de la costa; a lo largo del camino crecían casi sin control las cañas, todas tan altas y tan juntas que parecía un bosquecillo de juncos. Al ver aquél paisaje digno de un retrato, Alfred sintió un estremecimiento, porque en cada planta, en cada árbol, en cada gajo de grava que cubría el camino podía sentir, ver y oler a María, con toda su fuerza, su salvajía tan acusada y a la vez su ternura. Ternura que, de pronto, ansió sentir con tanto anhelo que sacó la cabeza y respiró el aire puro de los montes, escuchando el llamado insistente de las aves que se posaban entre los juncos y sintiéndose de pronto vivo otra vez.
-¡Aquí adelantito está la hacienda! –gritó de pronto Lázaro, señalando un tramo que se dividía por un arco de madera al final del camino. Alfred no volvió a meter la cabeza sino hasta que cruzaron el arco, cuando recordó de golpe que seguía enfadado con la mexicana y que más le valía comportarse como un hombre y no sucumbir a sus minutos de debilidad.
Lázaro se adelantó al coche, entrando y dando voces para que las puertas de la hacienda se abrieran; además de los trabajadores, todos dedicados a la caña de azúcar, apareció también en la entrada María, usando un magnífico vestido de color rosa fuerte, adornado con sendos lazos y holanes blancos que aunque parecían desentonar hacían del atuendo algo más llamativo. En cuanto la puerta del coche se abrió y Alfred llegó a tierra, la vio y su obstinado orgullo de seguirse haciendo el ofendido se esfumó con una sola mirada.
-M… María… -balbuceó al verla, abriendo mucho los ojos. La aludida no parpadeó siquiera, le miraba con superioridad alzando un poco la barbilla.
-Bienvenido a la Hacienda Zacate Grullo, Alfred. –repuso, y un esbozo de sonrisa apareció en la comisura de sus labios. El estadounidense tragó pesado, atacado por todos los frentes entre el paisaje, el clima y ella y a punto de flaquear hasta que, tras él, sintió una mano pequeña y fría cerrarse en su hombro mientras una voz reclamaba su atención.
-Alfred, ¿porqué no me esperaste a…?
Todo asomo de encanto o bondad se borró del rostro de María al ver a Yue, prendida de Alfred como una palomita mimada, y su expresión se ensombreció. La vietnamita pareció sentir la mirada asesina y se la devolvió con suficiencia, sin sonreír pero evidentemente contenta de poder producirle enfado a la otra mujer.
María dio media vuelta y entró como huracán a la casa, seguida en silencio por Lázaro que le hizo señas a los recién llegados para entrar.
-¡Lázaro! –llamó María mientras los llaneros cruzaban la puerta. –A la señorita Yue… hazme el favor de dejarla en el vestíbulo y que las criadas le pregunten si no quiere un refrigerio.
-Como ordene, señora. –repuso el charro, haciendo una reverencia con la cabeza y adelantándose de vuelta a la puerta. –Bienvenidos, bienvenidos… señorita, espere.
-¡Déjeme pasar! –ordenó Yue agitando un brazo para quitarse de encima la mano de Lázaro.
-Lo siento mucho, señorita, pero usted tiene que quedarse. Aquí solo se tratan asuntos entre los señores.
-Pero soy la mujer de chúa Jones, ¡tengo derecho!
-No. –la expresión de Lázaro se endureció. –La mujer del señor Jones es la señora María, y usted hágame el favor de quedarse aquí.
Yue miró al charro con rabia, quedándose de pie en el vestíbulo visiblemente ofendida. Más adentro, María era seguida por Ethan, Ian y Alfred, todos muy callados hasta franquear la entrada al jardín principal, un sitio cruzado por cuatro caminos de grava mientras al centro de la verde alfombra reventada con flores de diversos colores se alzaba una pequeña fuente de cantera.
-Señores, por favor espérennos en la cocina, sírvanse como gusten. –dijo la mexicana a los llaneros, que asintieron secamente y echaron a andar guiados por una de las criadas. La mirada de ella y de Alfred se encontró, y sin mediar palabra volvieron a caminar hasta una puerta próxima, que resultó ser un despacho un poco más pequeño que el de la casa del norteamericano. En cuanto entraron, María dio unas zancadas y se escudó tras el escritorio, mirando a su esposo con enfado. –Me sorprende que me hables por fin luego de… ¿cuántos meses? ¿Tres?
-Three months, yes. –afirmó, antes de que se formara un silencio incómodo entre ambos.
-También –continuó María. –me encantó el detalle de traer hasta aquí a tu criada de confianza… si es que aún lo es. –añadió con cruel suspicacia.
-María, please… tú y yo sabemos que las cosas han cambiado entre los dos…
-Sí, eso lo sé, pero existe algo que se llama cortesía y tacto y es de muy poco gusto traer a la casa de tu esposa, aunque no la quieras, a tu amante en turno.
-¿Amante? ¿Me reclamas eso? –Alfred rió con acidez. -¿Cómo te atreves cuando tú tuviste al tuyo viviendo en mi mismo techo?
-¿Sigues con esa estupidez? De verdad que no entiendo de donde sacaste eso.
-Se lo expliqué a Arthur, y a tu querido padre. No necesito que nadie más lo entienda.
-¡Sí que lo necesitas ya que por lo visto se te olvida que la supuesta ofensora soy yo y no entiendo de qué me hablas! –contestó la mexicana golpeando con el puño el escritorio.
-Ahora tienes amnesia, ¿ah? Hablo de ese… fucking bastard… Ludwig. –Alfred ignoró la expresión de sorpresa de María. –Tú y yo sabemos que no querías casarte conmigo, pero eso no te da derecho a irte con otro y menos en esta situación. No somos como los demás…
-Eso yo lo sé, pero ¿Ludwig? Bien… supongamos que fuera cierto, ¿acaso nos viste en falta alguna vez? ¿O quizá tus criados de confianza, tan leales a ti, si nos hubieran descubierto no habrían ido corriendo a contarte? Incluso esa ofrecida de Yue, habría sido la primera en hacerlo.
-Don't call her a slut! –reclamó. –Yes, fue ella quien me contó, no lo entendía, claro, pero cuando yo vi las pruebas me quedó claro que fui un crédulo y tú una prostituta.
-¡Mira tú qué casualidad que de todas las personas de la casa tu amante fuera quien me descubriera! –se burló María poniendo los brazos en jarras. -¿Y cuáles eran esas aplastantes pruebas, eh? ¿Testigo ocular, flores y poemas, cabellos rubios no tuyos en alguna almohada?
-Tenía algo mucho mejor que eso. Tu caja de música… y tu carta.
-¡Otra vez con esa carta! ¡Te he dicho ya hasta el cansancio que esa carta no la recibí yo!
-¿Y dónde está la que tú recibiste?
-¡No lo sé, debería estar en la caja de música!
-¿Y dónde crees que encontraron la carta que te mostré?
-¿Y qué hacía Yue con mi caja de música si ésta estaba guardada en un cajón?
-¡Ella me dijo que estaba sobre tu mesa y que mientras limpiaba se cayó!
-¿Y tú la viste en la mesa alguna vez?
Alfred abrió la boca pero volvió a cerrarla. Hasta ese día, nunca había visto la caja de música, incluso ignoraba su existencia; aquello, aunado a las teorías de los sellos de Arthur parecía extraño… pero en fin, si aquélla caja era un regalo de su amante era lógico que la ocultara, eso era todo.
-You're intelligent. –dijo por fin, torciendo los labios. –Lo suficiente como para esconder tus rastros y todo aquello que te inculpe. Pudiste esconder la caja y la carta y luego…
-¡Sí! ¿Y luego qué? ¿Crees que si pretendiera engañarte lo haría con tanta calma delante de tus narices y dejando vestigios cerca de ti? –la mexicana rodeó el escritorio y se acercó a Alfred. –Tal vez… no soy tan lista como otros… ni tan fuerte o poderosa… a lo mejor incluso eso de que soy algo salvaje sea verdad, pero ni siquiera yo en mi… perversidad como tú la defines, haría algo así. Créeme… créeme cuando te digo esto, Alfred. Es verdad que te odié, que te tuve rencor, que todavía me duele acordarme de lo que me hiciste, pero si viviera eternamente en el pasado sin ver lo bueno sería siempre infeliz y estaría sola.
-Creí que te gustaba estar sola. –contestó con sequedad. –O al menos no conmigo.
-Sí, yo también. Pero todos cambiamos de parecer… incluso tú. –Alfred, que había dado media vuelta mientras hablaba, volvió a mirar a María. –Pudiste destruirme, ¿sabes? Pudiste hacer muchas cosas pero no lo hiciste… Papá mató a mi madre, o por lo menos propició que su extinción se adelantara, y tú pudiste hacer lo mismo… ¿porqué no lo hiciste?
-¿Porqué no lo hice? –el estadounidense sonrió de manera extraña, mitad tierna, mitad perturbada, y antes de que María pudiera reaccionar sintió las manos de él apretando sus hombros y acercándola a sí. –Because I love you.
María abrió la boca sorprendida por lo que acababa de oír, pero no pudo hacer mucho porque entonces los labios de Alfred aprisionaron los suyos, ansiosos, violentos, en un beso arrebatado y urgido procedente de esos meses de desvelo y abandono mutuo que estalló en ese breve instante de lucha y de consuelo para su espíritu. Incluso la mexicana, que seguía molesta con él, levantó tímidamente sus manos para abrazarse al cuello de su esposo, poniéndose de puntillas para alcanzarlo bien y responderle con la misma intensidad.
Hubo un correteo, un portazo, y entonces Yue apareció de pronto, seguida por una criada que parecía contrariada. De inmediato los dos tórtolos se separaron mientras la mujer balbuceaba aterrada.
-Lo siento, señora, pero se quiso meter por la fuerza y como Lázaro se fue a la cocina…
-Lárgate. –le ordenó la vietnamita, y la pobre muchacha terminó por encogerse dócilmente. María se adelantó con dos zancadas.
-Tú no ordenas nada en esta casa, querida. –le dijo a Yue mirándola con asco.
-Exijo que me dejen entrar, tengo derecho.
-¿Derecho a qué? Hasta donde me enseñaron, las amantes tienen que ser calladas y sumisas y no estar echando pleitos en casas ajenas… menos si se trata de la casa de la esposa. –añadió sonriéndole con frialdad.
La vietnamita sintió como si María acabara de echarle una cubeta de agua fría sobre la cabeza.
-Tal vez sigas siendo la esposa. –contestó arrastrando las palabras con su acento. –Pero ahora yo soy su mujer, y tú tampoco me puedes ordenar.
-Uy, al contrario, si se me da la gana puedo hacer que los criados te echen, pero como a diferencia de otros sí tengo modales te dejo quedarte aquí, tranquilita pa' que no te dé el sol en tanto me dejes arreglar mis asuntos con mi esposo.
-Un esposo al que traicionó.
-Un esposo al que jamás le he hecho nada… pero que desearía saber qué le hiciste tú. –añadió bajando la voz y mirándola a los ojos como si la escudriñara. Yue, un poco más menguada de cuerpo que María, arqueó la espalda hacia atrás sosteniendo la cabeza en la misma postura mientras la mexicana se inclinaba sobre ella con las manos apretadas, como si fuera una serpiente enrollada amenazando con sus colmillos a un águila de tamaño imponente.
-No le he hecho otra cosa que abrirle los ojos a la verdad. –contestó fríamente.
-¿Y cuál es la verdad, Yue, que eres una ofrecida?
-Mejor ofrecida por el hombre que amas que una ramera como tú.
Fue rápido, una mano cayó sobre la cara de la vietnamita y ésta rodó por tierra, pero no por mucho pues casi de inmediato se levantó y se lanzó sobre María, peleando ambas a base de empujones y bofetadas. Alfred estaba clavado al suelo mirando el espectáculo completamente mudo, pero no duró mucho más pues mientras María sujetaba del cabello a Yue y ésta a su vez le clavaba las uñas en un hombro entraron Ethan y Lázaro, separando a las dos mujeres.
-¡Ya fue suficiente! –gritaba el charro sosteniendo a la vietnamita por la cintura.
-What happened here? –preguntó Ethan que tenía una mano alrededor del brazo izquierdo de María.
-Nada, hombre, una plática entre mujeres nomás. –contestó la mexicana con sorna. –Alfred, si gustas podemos seguir con la entrevista mañana porque si no esto no acabará nunca.
-Quisiera acabar pronto, hoy de ser posible… -contestó el aludido con un hilo de voz. A una orden silenciosa de María, Lázaro e Ethan sacaron a Yue, que chillaba rabiosa en su lengua, y volvieron a cerrar el despacho.
-Bueno, ora que lo pienso tu linda visita no ha sido nomás por restregarme en la cara que andas con ella, ¿o sí?
-María… -Alfred levantó una mano, tratando de tocar el hombro donde Yue le había dejado un rasguño, pero se detuvo. –Tampoco quería venir, mi presidente me pidió que hablara contigo… Dice… dice que ha hablado con tu superior que ahora está en…
-Desbandada, lo sé. –contestó con hastío. –Ha sido por las desavenencias políticas, los altos miembros no lo reconocen como presidente. Bueno, ¿y cuál es el punto?
-Well… -Alfred puso una mano tras su espalda, y con la otra se rascó con fuerza la cabeza, visiblemente incómodo. –Pasa que… tu superior quiere hacer un trato…
-¿Un trato de qué?
El estadounidense tragó saliva.
-Quiere ofrecerme el itsmo… y dejar a mi ejército entrar a tu territorio.
…
Notitas históricas: al final de la guerra de Reforma el presidente Juárez, que seguía huyendo del ejército conservador, logró contactar con el presidente Buchannan al que le ofreció, a cambio de que Estados Unidos reconociera su gobierno, paso comercial libre en el itsmo de Tehuantepec y la posibilidad de intervenir militarmente para frenar al partido conservador. Dicho tratado se llamó McLane-Ocampo por los diplomáticos de ambos países que lo firmaron.
Por otro lado, la hacienda Zacate Grullo es real, se trataba de una hacienda existente desde la época del virreinato y que se encargaba de un ingenio de azúcar y de la plantación de caña. Actualmente es un chibi municipio de Jalisco llamado El Grullo y que hace unos días visité n.n es un lugar bonito, si un día se sienten aventureros vayan allá.
Bueno, que aquí los problemas no acaban nunca y todo parece ir de mal en peor… ¿o no? :D saben que me encanta trolear. Y ahora los comentarios.
Sheblunar: Pues claro que es tonto, ¡es hombre! ¡Y gringo! Pues sí por desgracia no le quiere creer a nadie u.u pero ya lo lamentará.
Bellrose Jewel: Seee esa escena XD pues ya se enteró y se lo tomó muy mal como ya has visto. De hecho esa era mi intención, que más que erótico la escena diera algo de mala espina.
Chiara Polairix Edelstein: Nop, nada de asesinatos… por ahora ;D
IxchelKatharaTerrorist: ¡Espérate hombre que todavía sirve! (?)
Fan-UsMex: De hecho que bueno que mencionaste a China porque algo tendrá que ver con lo que pase el siguiente capítulo O.O Toño tan lindo :3 pero no, María no está embarazada lo siento. Jaja amor de todos lados XD tal vez aparezca Ludwig, sería lo más conveniente.
NymeriaDirewolf: Sí, creo que la cherokee lo hizo adrede (bien troll la mujer). Papá Toño al rescate y ahí de hecho hubo referencia a otro fanfic mío :P Pues sí, cuando lo piensas Yue es una pobre mensa… pero eso no le quita lo víbora y lo va a lamentar, eso sí te lo prometo. No vayas a las esquinas oscuras D:
Pony96: Es que Iggy es amor (?) amor tsundere piratoso pero amor al fin y al cabo XD Buscaré la canción, pero qué bueno que hablas del franchute que no falta mucho por llegar…
Jessy88g: Lo bueno fue que lo de los comentarios ya lo aclaramos XD me saqué de onda también. Claro que puedes seguirme amenazando, a lo mejor así avanzo más rápido jaja.
Wind Und Serebro: Como todos los hombres ardidos :3
Lady Raven Baskerville: Muerte… no… sufrimiento… por supuesto.
Ghostpen94: Épico tu comentario sin comentarios XD Pues así es la vida… ahora… escribe mi GerMex ¬.¬
Cinthia C: Dalay~ no es tan grave la situación… bueno sí :/ De hecho un poquitito de GerMex no le haría mal pero hay una historia enredada por contar y por desgracia el macho patatas solo hará cameo u.u ¡Ya viene, ya viene! Requeriremos chinos, novieros y mucha testosterona pero se arreglará, lo juro D:
Flannya: Bueno, te contesto por todos los reviews que dejaste porque son un resto XD me matan tus expresiones de amor por Yue, creo que terminaré fundando un Club de Amamos a Vietnam si sigo así jaja. Jaaa y tú no la maltratas ¬.¬ más vale que Gil le vaya bajando o Ludwig se quedará sin hermano (veamos… ya lo maté dos veces pero una tercera al asombroso idiota no le hará nada). ¡Saludos y qué bueno verte por aquí otra vez!
Para los que lo notaron (o no) en el capítulo anterior hubo una referencia a mi fanfic El Diario de Nueva España, cuando Alfred le comenta a Antonio que su alabarda es más pequeña de lo que Arthur le contó. Pues es porque la alabarda anterior, la de, digamos, España conquistador, se rompió en la última pelea que tuvo contra María, a referencia de que al momento de la independencia el imperio español comenzó a decaer.
Los espero felizmente en el próximo capítulo donde acechará el peligro mortal… muajajaja :D ¡adiosito!
