DISCLAIMER: Por si alguien se ha olvidado, todos los escenarios y personajes, salvo aquellos que no reconozcan, pertenecen a J. K. Rowling.

NOTA: ¡Lo siento! Mucho tiempo, pero aquí está. ¡Ya un capítulo para el final! Espero que les guste. ¡Muchas gracias a todos los que han gastado su tiempo en dejarme un review! :)


LUNA DE PLATA

Capítulo 21

MÍO


Miró a su alrededor con preocupación, esperando. Resultaba más que extraño que Remus aún no hubiera regresado de la torre, siendo que se había marchado hacía unos largos veinte minutos.

—¿Canuto?

Parpadeó, regresando la visa a los dos que lo acompañaban. Sin darse cuenta, se había detenido, en lugar de seguir caminando rumbo al aula de Encantamientos, hacia donde estaban dirigiéndose.

—Lo siento.

James le dedicó una mirada conocedora.

—Tranquilo, seguro que no es nada. Ya regresará.

Sirius asintió distraídamente, aceptando las palabras de su amigo. Miles de cosas podrían haber sucedido para que Lunático se demorara en regresar, desde deberes de prefecto, hasta distraerse charlando con Lily en los pasillos.

Y aún así…

Se mordió la lengua, y detuvo nuevamente su avance. James se giró nuevamente, preguntándole con una ceja levantada qué demonios le ocurría. Sirius dejó escapar un largo suspiro y sacudió la cabeza en un gesto muy canino, el cual ganó la atención de un par de chicas que pasaban por el pasillo en dirección contraria.

Sin decir nada, sonrió a sus amigos y reanudó el avance.

A pesar de intentarlo, no pudo seguir la conversación que James y Peter estaban manteniendo mientras ingresaban al aula y se acomodaban en sus asientos. Tenía una sensación rara en el estómago. ¿Algo le habría caído mal? Bufó, rodando los ojos mentalmente a sus propios pensamientos. ¡Claro que no! Debía admitir que estaba preocupado. Por qué, exactamente, no lo podía decir. Sólo tenía esa sensación desagradable que no le dejaba en paz.

Sintió su pecho mucho más liviano y una tranquilidad increíble al ver ingresar por la puerta al muchacho por el que estaba esperando.

Lupin lucía acalorado, como si hubiera corrido por los pasillos para llegar a tiempo. Sirius le sonrió de oreja a oreja y le indicó el lugar vacante a su lado que le había guardado. Los ojos miel del licántropo hallaron los suyos y un escalofrío bajó por la espalda del animago.

Algo no andaba bien. Preocupado, abrió la boca para preguntarle a Remus si pasaba algo malo, pero para su completa sorpresa, el joven giró el rostro y se fue a sentar al otro extremo de la sala, junto a un Ravenclaw con el que compartían la clase.

Sólo cerró la boca cuando sintió un codo conectar fuertemente con sus costillas.

—¿Qué demonios fue eso? —preguntó Cornamenta en un susurro obligado, puesto que Flitwick ya había hecho su entrada y había comenzado a hablar.

Sirius, con los ojos muy abiertos y sin ser capaz de formar palabras, simplemente negó con la cabeza en un gesto de completa incomprensión.

La sensación rara en el estómago regresó aún más violenta. Durante la clase, no pudo prestar ni siquiera la atención mínima y necesaria para evitar que el profesor se diera cuenta que su mente estaba muy lejos de sus palabras, lo que le costó cinco puntos para Gryffindor y una reprimenda. De todas maneras, siguió sin poder atender, y se movía en el banco de manera incómoda, como si quisiera levantarse de un salto e ir corriendo a la mesa de Remus para obtener respuestas necesarias. Probablemente lo hubiera hecho, de no ser por la mano de James en su codo, manteniéndolo firme en su lugar.

Cuando el profesor, luego de una de las clases más largas en la vida de Sirius, dio por finalizada la lección y les permitió marcharse, el animago arrojó sus cosas dentro de la mochila sin mayores miramientos y salió a toda velocidad del curso, dispuesto a perseguir al licántropo que se alejaba sin haberse girado a mirarles.

Sirius estaba hecho un lío. Su cabeza tomaba turnos, gritando que algo estaba mal o estando mortalmente callada. Definitivamente, algo no iba bien.

Finalmente, alcanzó a Remus y lo obligó a dar media vuelta tomándolo de los hombros. El muchacho giró y en un movimiento se deshizo del agarre del animago, a la vez que enseñaba los dientes.

—No. Me. Toques.

Los ojos de Sirius se abrieron con sorpresa ante el tono de profundo disgusto que destilaban las palabras de su novio. Dejó caer los brazos a sus costados y Remus volvió a darle la espalda, dispuesto a alejarse de él.

Parpadeó, volviendo en sí, y frunció el ceño, estirando de nuevo el brazo y tomando con fuerza la túnica del licántropo. El tirón hizo que el chico perdiera su balance durante unos segundos, los suficientes como para que Sirius lo acercara más a su cuerpo y lo rodeara con sus brazos. Inmediatamente, Remus comenzó a forcejear y a ordenar ser liberado. Sirius apretó los dientes, comenzando a perder la paciencia.

—¡Basta, Lunático! ¿Qué demonios te pasa? —ladró, y el chico entre sus brazos hizo un esfuerzo para girarse en ellos y enfrentarlo cara a cara.

El animago sintió que su estómago caía de un precipicio ante la mirada que portaban los ambarinos ojos de Remus.

—Cállate, Black. Me tienes harto. ¿Necesitas que te lo deletree? H-A-R-T-O —escupió, mientras continuaba perforando a Sirius con los ojos—. Quiero que me sueltes y que nunca más me vuelvas a hablar. Te odio.

Fue el veneno de la última frase el que hizo que los brazos del joven de cabello negro se aflojaran lo suficiente como para permitirle al licántropo escapar de él. El castaño se sacudió la túnica remendada, como buscando librarse de las arrugas que el abrazo de Sirius le había causado. Después, lo miró. La sonrisita maliciosa que su rostro enseñó entonces se encontraba por completo fuera de lugar en él, y sus siguientes palabras se sintieron como un puñal clavado en el pecho.

—Por si no quedó claro, Black, lo nuestro terminó. No me busques, no me hables, no me toques. No quiero saber nada de ti.

Se acomodó la mochila y comenzó a caminar, alejándose de la estatua en la que se había convertido el muchacho de cabello negro. Se detuvo luego de dar unos cuantos pasos, para mirar sobre el hombro con desprecio y la misma sonrisita maliciosa.

—Ah, por cierto. Nunca me gustaste. Estoy enamorado de Daphne.

Eso tocó una cuerda en el alma de Sirius, pero no pudo prestarle atención porque estaba demasiado dolido como para pensar en nada más.


Fuego y desesperación ardían recorriendo sus venas, sus arterias, sus pulmones. Su interior completo vibraba y gemía, llamando a gritos a esa persona tan importante, esa de la cual estaba tan enamorado, por la cual en las noches no podía conciliar el sueño. Estaba ebrio, ebrio de amor y devoción, y no dudó en repetírselo por decimocuarta vez. ¿O decimoséptima? Había perdido la cuenta, porque, en fin, ¿qué importaba? ¡Jamás se cansaría de decírselo!

—¡Te amo, bella flor, brisa de la mañana, brillante rayo de sol! ¿Puedo besarte? ¡Necesito demostrarte mi amor!

La muchachita de quinto año que recibía sus atenciones estaba francamente incómoda. Cuando Remus llegó corriendo, apareciendo de la nada frente a ella después de doblar una esquina, la abrazó por la cintura y estuvo a apenas milímetros de besarla. Sólo el susto, reacciones rápidas y una bofetada lograron impedir el contacto de sus bocas. Estaba por disculparse y reprenderlo a la vez por haberla confundido con su hermana cuando se dio cuenta de que el muchacho tenía los ojos demasiado brillantes y una expresión de profunda adoración que inmediatamente la pusieron en guardia.

—¿Remus…? —tanteó, confusa.

El joven, sin notar siquiera el ardor que seguramente debía proporcionarle la marca de sus dedos en el rostro, tomó una de sus pequeñas manos entre las suyas y susurró, embelesado.

—¿Sí, amada mía, dueña de mi corazón?

La primera reacción de Daphne fue enrojecer, y perder la capacidad del habla. El chico que tanto le gustaba y del cual se había desprendido porque sabía que no tenía posibilidades la miraba como si fuera su tesoro más preciado. Estuvo a punto de sonreír y dejarse llevar, cuando una vocecita dentro de su mente le gritó. ¡Espabila, mujer! ¡ÉSTE NO ES REMUS!

La segunda reacción de la joven de rubios cabellos fue gruñir.

—¡Ethan! ¡No puedo creer que hayas caído tan bajo! ¡No lo puedo creer! —gritó, ofuscada, sacudiéndose la mano de aquel muchacho, quien la miró con los ojos como platos.

—¿Ethan? —preguntó, sin entender.

—¡No te hagas el estúpido, sé que eres tú! ¿Cómo te atreves a hacerte pasar por Remus? ¿Crees que no me daría cuenta?

—¡Ethan! —De repente, esos orbes ambarinos chispearon y se consumieron, ardiendo como ella nunca antes los había visto—. ¿Quién carajos es ese Ethan y qué pretende con mi mujer? —Su voz destilaba odio sin diluir. Promesas de dolor y tortura.

Los azules ojos de la muchacha se abrieron de par en par y perdieron toda la acusación. Definitivamente, ése no era Ethan. Pero tampoco era Remus. ¿O sí?

Al ver que el muchacho daba media vuelta con un aura asesina flotando sobre sus hombros, ella se mordió el labio y se apresuró en sujetarlo fuertemente de la manga de su túnica. Él giró la cabeza hacia ella con brusquedad y enseñando los dientes. La muchacha se asustó un poco, pero al encontrarse sus miradas, Lupin –o quien fuera- se ablandó por completo, volviendo a adquirir esa suavidad y devoción que mostró en un inicio.

—¡Oh, Daphne, la más bella de las mujeres de la tierra!

Y así es como sucedió. Diez minutos después, la joven Hufflepuff se sentía como la dueña de un cachorrito desobediente que intentaba tirársele encima cada dos minutos y que la regaba de alabanzas y palabras cursis. Caminaba por los pasillos, jalándolo de la manga de la túnica por la que aún lo tenía agarrado, tratando de no morir de la vergüenza ante las miradas y las risitas del resto del alumnado cuando los veían pasar.

Bueno. Al menos se aseguró de que esa persona no era Ethan, cuando lo vio enmudecer observándolos mientras pasaban frente a él y su mejor amigo. Quizás después de esto le daría una oportunidad, finalmente.

—¡Más pura y hermosa que una ninfa…!

—¿Daph? ¡Daph! —Oh, sí. Música para sus oídos, alivio para su corazón.

—Por Merlín, Claire, ¡te estoy buscando hace más de diez minutos!

—Oh, qué belleza, por supuesto que Daphne es más bella, pero alguien tan hermosa como ella necesita de amistades que la hagan realzar aún más —interrumpió Remus, que continuaba diciendo frases ridículas con una expresión tan seria y complacida que resultaba completamente hilarante. O lo habría sido si no fuera tan incómodo para ella.

—¿Qué..?

—¡No preguntes, no lo sé! —la cortó, antes de que pudiera poner en palabras la misma pregunta que se viene haciendo a sí misma desde que se lo encontró—. No tengo idea de qué es lo que le pasa, pero algo obviamente no está bien, ¡por eso necesitaba tu ayuda! ¿Qué crees que sea? —preguntó, ansiosa. Nuevamente, interpuso su mano en el recorrido que llevaban los labios del muchacho, hacia los suyos.

Claire levantó una ceja, sorprendida, y observó la desesperación que reflejaban los ojos de su amiga. Pasó su vista al Gryffindor, quien miraba embobado a la otra muchacha, y mascullaba frases ininteligibles contra la palma de ésta. Probablemente, más de las cursilerías que había escuchado al irse acercándose a ellos. Naturalmente, el comportamiento de Lupin resultaba completamente anormal. Y existían dos opciones: o era otra persona, o estaba embrujado. Por los síntomas, la joven Ravenclaw pronto descartó la primera y redujo las posibilidades de la segunda.

—Tiene que ser una poción de amor —sentenció, decidida—. Posiblemente Amortentia.

Comprensión llenó la mirada y el rostro de Daphne, pero Remus continuaba aún perdido en su propio mundo. Claire frunció el cejo. Eso no tenía sentido. ¿Por qué alguien le daría al chico una poción de amor para que se fije en Daphne? Por su rostro, ella no había sido. Además, Claire estaba bastante segura de conocer a su amiga por completo, y sabía que ella no era capaz de hacer algo así, aún cuando el chico en cuestión le había gustado. Mucho.

Daphne pareció leer sus pensamientos.

—Pero, ¿quién podría habérsela dado? ¡Porque yo no he sido!

Claire se mordió la uña del pulgar derecho, en un hábito nervioso, para pensar. El ruido, las risitas y el cuchicheo se lo impedían.

—No lo sé, pero mejor nos vamos de aquí —dijo, y la muchacha de rubios cabellos asintió fervorosamente—. Y busquemos a sus amigos. Quizás ellos tengan alguna idea.

Daphne sonrió de oreja a oreja. Ah, la buena y confiable Claire. Que afortunada se sentía de ser su mejor amiga.


Sirius, no podía decirse de otra manera, gruñía a cada persona que se atreviera a cruzarse en su camino. James lo encontró poco después de que saliera corriendo en busca de Remus –quien, por cierto, se había comportado de una manera demasiado extraña durante la clase de Encantamientos. No sabía lo que esperaba. Quizás, tener que taparse los ojos y dar media vuelta ante una escena no apta para menores, pero lo cierto es que no esperaba encontrar a Sirius con el rostro sombrío y un aura tan oscura y espesa a su alrededor que parecía succionar la felicidad y la luz que lo rodeaba.

En vano, James intentó sonsacarle qué demonios había ocurrido. Lo único que logró fue un gruñido, gutural y de advertencia. Peter, acobardado, los seguía a cierta distancia, y completamente mudo.


Los niños pequeños y no tan pequeños que se cruzaban en su camino salían disparados en dirección contraria al recibir su mirada fulminante. No estaba de humor. No. Estaba. De. Humor.

Así de simple.

No tenía ni la más remota idea de qué era lo que podía haberle pasado a Lunático en esos minutos en los que fue a buscar su condenado libro, pero algo raro había sucedido. Al principio, el rechazo del licántropo le había dolido tanto que lo único en lo que podía pensar era en esa herida desgarrada en el centro del pecho, que le sangraba tanto que sentía que se iba a morir.

Después, lo que le embargó fue la rabia. La ira. Los celos. Nunca se había sentido tan perro sin haberse transformado antes. Gruñó a Cornamenta y al resto del alumnado mientras caminaba con grandes zancadas en una dirección al azar, dispuesto a encontrar al tarado de Lupin para preguntarle cuál era su maldito problema. Porque de una cosa estaba seguro. Nadie deja a Sirius Black sin darle una buena razón, y Lunático, no se la había dado.

Al llegar al patio del colegio, se detuvo abruptamente. James, quien en algún grado subconsciente sabía que lo estaba siguiendo, casi choca contra él. Pero Sirius no lo notó. Sirius, lo único que vio fue a Remus Lupin, tirándose encima de una muchachita rubia que le resultaba vagamente familiar. No le interesaba. Era una perra, mujerzuela, una puta roba-novios que vaya a saber qué rayos hizo para que SU Remus se fijara en ella y la odia. La aborrece. Y sabía que no podía quedarse allí, aunque su cuerpo ya estaba moviéndose en dirección a la parejita antes de que su cerebro se lo encomendara. Porque Lupin era suyo. ¡SUYO!

Y sin pensar en nada más, lo agarró de la túnica con brusquedad y lo obligó a girar, y antes de que pudiera emitir protesta alguna, lo besó. Salvaje, rudo, sin compasión. Metiéndole la lengua hasta la garganta, aplastándolo contra sí en un abrazo que no era cariñoso, sino violento y posesivo. Lo invadió, queriendo hacerle daño, frustrándose cuando Lupin se resiste. Hizo más fuerza. Y entonces, ya no hubo más resistencia, y se tuvieron que separar para respirar.


Lo primero que Lily notó, fueron las risitas. Después, los murmullos. Y un nombre. …¡ridículo! ...¿Lo vieron? …Lupin.

Oh, no. ¿Ahora qué? Apresuró el paso, siguiendo el sonido de las risas y los murmullos. ¿En qué lío se había metido Remus, ahora? Sinceramente, esperaba haber oído mal.

Cuando salió al patio, la imagen con la que se encontró le dijo que no, no había oído mal. ¿Qué demonios suponía ese idiota que estaba haciendo besando a una chica en el medio del patio, donde todos los podían ver, cuando esta mañana estaba de lo más contento haciéndole ojitos a Sirius? La embargó la ira y la indignación, y a pasos rápidos se acercó al grupito, con la mirada llena de veneno y exigiendo explicaciones. Antes de que la pudieran ver, sin embargo, un borrón de cabello negro en uniforme de colegio se le adelantó, tomó a Lupin bruscamente del brazo, y lo separó de ella. Rugió. No puede decirse de otra forma.

—¡LUPIN ES MÍO!