LA CAIDA DE UN ANGEL

El clima era espantoso y genial a la vez. Espantoso para muchos, pero genial para unos pocos. Qué contradicción.

Llovía mucho y había mucho viento también, en pocas palabras, se había desatado una buena tormenta en Londres. Londres, la capital de Inglaterra, una de las ciudades más importantes del mundo, de Europa, de la historia y… una de las más lluviosas. Parecía de noche cuando, en realidad, era cerca del mediodía. No había nadie en la calle, seguro de que esa gente estaba a cubierto para protegerse de ese día tan feo. Sinceramente, lo que caía del cielo era un aguacero. La lluvia caía en cortinas pesadas de agua y el viento arrebataba los paraguas de las manos de los pobres transeúntes.

Sí, ese día estaba horrible… Pero agradable también, agradable para un cierto grupo. Una muy corta fila de autos llamativos desfilaba por una calle angosta desierta y se desarmó al llegar al frente de la catedral San Pablo en Londres. Eran cuatro autos. Se podía ver que tres de ellos estaban ocupados por parejas, mientras que el cuarto por una sola persona. Las puertas delanteras del Mercedes, que encabezaba, la fila se abrieron y del mismo salieron un hombre del lado del conductor y una mujer del lado del acompañante. Del segundo auto salió sólo una mujer joven mientras que su compañero prefirió quedarse adentro. Del cuarto salió el único ocupante. Tanto el compañero de la joven y los ocupantes del tercer auto, prefirieron quedarse en los agradables interiores de sus respectivos autos.

Las expresiones de los cuatro que salieron eran distintas, al igual que esas personas. El hombre del primer auto era rubio, de ojos dorados, amable y sabios, piel muy blanca, con pantalones negros, zapatos negros y abrigo negro; su expresión demostraba aprecio por la imagen de la catedral. La mujer del mismo auto tenía suelto cabello caramelo y ondulado, sus ojos también eran dorados, su piel era como la del hombre rubio, aparentaba la misma edad, llevaba pantalón de vestir verde oscuro, blusa blanca y abrigo del mismo color que el pantalón, sus zapatos marrón claro tenían tacón alto; su expresión ante la catedral era interesada y sus ojos mostraban instinto maternal, preocupación y calidez. El ocupante solitario del cuarto auto era un muchacho joven de cabello desordenado y broncíneo, ojos dorados, piel igual de blanca, alto, delgado, poco musculoso, vestido con un pantalón de jean azul, camisa celeste, suéter gris liso con escote en V que se dejaba entrever debajo del abrigo negro con botones plateados; él veía a la catedral con ojos entrecerrados y pensativos, pero extrañamente muy maduros para los diecisiete años que aparentaba.

No obstante, la chica que había salido del segundo auto, parecía diferente a los demás. Tenía un largo cabello rubio menos ondulado que el de la mujer de cabello caramelo, era alta, realmente muy bella, tenía botas negras altas de cuero con tacón fino, falda negra larga hasta las rodillas, blusa blanca, suéter liso de cuello en V rojo bajo un abrigo de negro con botones dorados con un cinturón atado a un costado en la cintura. A diferencia de los demás, ella no contemplaba la catedral. Tenía la vista fija en la puerta central de la catedral, observaba un punto en particular.

De pronto y sin que nadie llegara a prever nada, ella se lanzó con una velocidad muy sorprendente hacia el punto de la catedral que llevaba observando desde dentro del auto. Lo único que se había podido ver de ella fue el borrón rubio de su larga cabellera.

Para cuando el resto se había dado cuenta de su movimiento, la rubia joven estaba parada en la puerta de la catedral con algo en brazos, la cabeza gacha y una mano moviéndose casi frenética sobre el pequeño bulto. La joven parecía temerosa y algo maternal. Levantó la cabeza y fijó la vista en el hombre rubio.

¡Carlisle! -le llamó con voz asustada, pero furiosa.

El hombre rubio fue hacia ella de la misma manera y a la misma velocidad. La mujer de cabello caramelo ahogó un grito horrorizado y lo siguió. El muchacho de cabellos broncíneos fue tras ellos con el ceño fruncido y cara de disgusto, pero también de cautela.

La chica se veía asustada, furiosa y en conflicto con ella misma. Cuando levantó la vista, reflejó esos sentimientos de su interior con los ojos.

¿Qué es lo que ocurre? -preguntó con voz suave, aunque con apremio, el que respondía al nombre de Carlisle.

Los ojos de la chica, de pronto, parecían querer derramar unas lágrimas que no podía derramar. Se veían suplicantes. El hombre le vio inquieto y muy preocupado, antes de bajar la mirada hacia el bulto que ella tenía en sus tan esbeltos y tan pálidos brazos. Abrió los ojos dorados como monedas.

- ¿Qué es esto? ¡Por Dios! -exclamó claramente conmocionado.

El muchacho se arrimó a ellos para ver, pero la mujer no lo necesitó. Ella se tapaba la boca con las manos y quería llorar, pero no podía. Sin embargo, en su mirada apareció la furia al igual que en la chica.

Un movimiento debajo de la manta con estrellas, lunas y flores de cerezo y un casi inaudible quejido salió del mismo lugar, de debajo de la manta que era algo fina. La chica bajó la vista hacia lo que tenía en brazos, empezó a arrullar y mover muy suavemente el pequeño bulto. Se la veía muy maternal y protectora, como si fuera una madre en lugar de una muchacha joven que debería preocuparse por citas, trabajo y estudios universitarios. Era extraño.

- Es sólo un bebé. ¿Qué daño le puede hacer un bebé tan pequeño a alguien como para tirarlo en la puerta de una iglesia en un día tan horrible como este? ¡Por los cielos! Es una tormenta tremenda desatada lo que hay -decía la joven con voz apenada, compasiva y fiera.

- ¿Qué clase de madre podía abandonar a su pequeño bebé, qué clase de madre podría ser si lo deja afuera en un día como este? -dijo la mujer con un hilo de voz.

El muchacho fruncía el ceño al cielo, al porche de la catedral y luego al bebé sin entender lo mismo que ellas. Carlisle revisaba al bebé poniendo su mano en la carita y palpando su cuerpecito de bebé, su expresión era la de un médico profesional y la de un padre preocupado.

- Es muy pequeña, su cuerpo es pequeño. No creo que llegue a los dos años de vida, no, estoy seguro -dijo al fin.

- ¿Qué? ¿Tan pequeña? -dijo el muchacho extrañado. Su voz era como el terciopelo.

- No es más que un bebé -dijo Carlisle asintiendo y mirándolo.

- Pobrecita -dijo la mujer.

La chica tarareaba una canción de cuna que había oído que cantaban las madres de esa época. Ella no parecía superar los veinte. El muchacho veía sólo un poco sorprendido la forma en la que la joven rubia se comportaba con ese bebé. Claramente, la muchacha intentaba calmar a la pequeña y darle algo de calor. Eso no le sorprendía porque conocía su historia, pero sí le sorprendía verla de esa forma. Ella no era muy dada a dar muestras de afecto y se portaba como si fuera la madre de ese bebé que se había encontrado Sabía que la joven lo escuchaba todo y que no pasaba nada por alto aunque no lo pareciera.

Carlisle volvió a revisar a la niña y el muchacho levantó la vista hacia él como un resorte.

- Está muy enferma -dijo con apremio-. Este bebé se ha enfermado y empeorará sigue aquí en las condiciones en las que está. La dejaron desabrigada en un día frío y torrencial. Ya está mojada, su manta y su ropa están húmedas.

La joven dejó el arrullo y levantó la cabeza igual a como lo hizo el muchacho. Miró a los ojos a Carlisle y volvió a mirar a la bebé, ya sin moverlo y en silencio. El muchacho de cabellos broncíneos frunció los labios y pareció inquietarse.

- Rosalie… -empezó a decir con preocupación y prevención. La chica interrumpió lo que fuera a decir.

- No. No, Edward -dijo la joven con un tono preparado para una discusión y acercando a la bebé más a su cuerpo poniendo más fuerza y con instinto protector.

- Es peligrosa, no puedes negarlo -dijo el muchacho, que parecía responder al nombre de "Edward".

La chica levantó su labio rojo y le mostró los dientes. Sus ojos eran feroces y su agarre demostraba protección hacia la bebe.

- ¿Qué pasa? -preguntó, preocupado, Carlisle.

- Quiere quedársela -le respondió Edward.

La mujer de cabellos de caramelo movió su mirada preocupada y esperanzada entre el hombre, el muchacho y la joven, para luego llevarla a la bebe. La joven se dio cuenta de eso y aprovechó la oportunidad que la vida le presentaba.

- ¿Esme? -le preguntó de una forma significativa.

La mujer se veía indecisa. Parecía no saber qué hacer, a diferencia de la joven que ya parecía haber tomado una decisión.

De pronto, a la distancia de oyó un abrir y cerrar de una puerta seguido de otro borró. Al momento, otra chica apareció y se paró junto a la rubia. El muchacho llamado Edward pareció impacientarse un poco y luego entrecerró los ojos hacia ella.

Era un jovencita pequeña que parecía un duende femenino de facciones finas y ojos dorados. En los pies llevaba botas azul marino cortas y con poco taco grueso, vestía un vestido verde con estampado rojo, un saco azul marino y guantes del mismo color. Su cabello negro era corto y se disparaba para distintas direcciones, sus labios eran rojos como los de la chica rubia. Parecía de la misma edad del muchacho Edward.

- Alice -dijo él.

- Tranquilo, Edward. No pasa nada ni pasará nada malo -dijo con una voz hermosa como el sonido que hacían las campanas plateadas y una sonrisa tranquilizante. Puso su mano en el brazo izquierdo de la rubia y sonrió al bultito que ésta tenía en brazos.

- ¿Estás segura? Los Vulturis…

- Podríamos evitarnos los problemas. Si Rose quiere quedársela, podremos criarla y enseñarle a convivir con las reglas de nuestra especie. Carlisle podría hablar con los Vulturis para hacerles partícipes de eso.

- ¿Y Jasper? -le preguntó.

- Convivir con esta bebé humano podría ayudarle para tener más autocontrol. Vivir con un humana le sería de ayuda y podremos hacer que esta pequeña pueda vivir con todos nosotros sin problemas. Podremos evitar problemas si también le enseñamos nuestras costumbres y nuestras reglas. Hasta nos ayudaría a relacionarnos con los demás humanos. No tenemos que transformarla, no sería necesario -lo dijo todo sin respirar y muy entusiasmada.

Carlisle meditaba todo, evaluaba la situación, y los futuros y posibles problemas que parecían tener solución. Una sonrisa leve y cálida apareció en su rostro.

- Alice tiene razón, Edward.

Él se dio cuenta de que era cierto y la joven rubia también, al igual que la mujer de cabello caramelo que parecía llamarse Esme.

- ¿Rosalie? ¿Estás segura de lo que quieres? ¿De verdad pretendes quedarte a la pequeña humana? -le preguntó seriamente a la joven rubia, que parecía llamarse Rosalie.

Ella contempló a la bebé que tenía en brazos con dulzura y amor maternal, algo muy extraño en alguien como ella aparentemente. Cuando levantó la vista, sus ojos dorados brillaban.

- Sí -dijo con una dulce sonrisa.

La mujer también sonrió, alegre y esperanzadamente.

- ¿Podemos, Carlisle? ¿Podemos quedarnos con la bebé? -le preguntó ilusionada.

El aludido la vio con amor y le pasó un brazo por los hombros. El muchacho sacudió la cabeza y la otra chica le frotó un brazo sonriéndole tranquilizadora.

- No pasa nada, Edward. Todo estará bien. Podemos evitar problemas futuros si lo criamos bien y hablamos con los Vulturis.

Él desvió la vista y la fijó en la puerta de la catedral, claramente en conflicto consigo mismo.

- Si no puedo tener un bebé propio, al menos, podré cuidar de uno que abandonaron -murmuró para sí, Rosalie. Sorprendiendo y conmocionando a Edward-. La cuidaré como si fuera mía. Me la quedo -sentenció con mucha determinación.

Carlisle asintió y se puso en acción, invitando a los demás a hacer lo mismo que él.

- Entonces vámonos ya a la casa que tenemos lista. La bebe necesita que la asista lo más pronto posible, alimento, calor y ropa seca. Ahora.

Esme hizo ademán de tomar a la pequeña de los brazos de Rosalie para llevársela al auto con ella y Carlisle, pero la joven se negó a dárselo.

- Me lo llevaré conmigo y Emmett -dijo suavemente.

Para que la bebe no se mojara más, fue hacia el auto a la misma velocidad sorprendente a la que fue a la puerta de la catedral. En segundos estuvo allí, protegió a la bebe del aguacero con su larga cabellera rubia, abrió la puerta del acompañante y entró al auto aún con la bebe en brazos. La puerta se cerró y el auto arrancó, listo para irse de allí.

Esme, Carlisle y Edward fueron a sus respectivos autos. Unos momentos después, la muy corta fila de autos salía del lugar con rumbo al destino que ya habían elegido.

El segundo auto, con una bebe que no llegaba ni a los dos años. A bordo.