CAPÍTULO VEINTIUNO

"Aunque el tiempo sane las heridas del corazón, este siempre las seguira recordando ."

Miedo, es un vocablo tan pequeño y tan sencillo, pero que carga tanto significado, uno que llena de agitaciones el corazón, que paraliza los músculos, que merma de tranquilidad el alma, pero, sobre todo, que nos acongoja y nos inmoviliza al destrozar lentamente con su presencia.

Si algo ella disfrutaba era ver el terror, el pánico en las ojos de sus víctimas, en especial cuando estaba mezclado con la sorpresa, como era en aquel momento.

Desafiante, liberando un poco de maligna aura, Rósela se acercó hasta el pequeño grupo, el cual instintivamente había retrocedido la misma distancia, no deseando estar cerca de ella.

- No realmente, he de confesar que no es mi mejor disfraz o nombre -

Dijo la ladrona cambiando de timbre de voz, mostrando uno más seco, profundo y suave, como una extraña y oscura melodía, sin apartar su vista del pequeño grupo, el cual continuaba tratando de mantenerse alejado.

Sin aún poder dar crédito de lo que estaban viendo y escuchaban, Hilda en un arrebato de valentía trató de acercarse hasta donde estaba su amiga, quien había arriesgado su vida para salvarla, alcanzando a dar un par de pasos al frente cuando repentinamente la silueta de la ladrona despareció desvaneciéndose por completo. Sorprendida, buscó por los alrededores, intentando de comprender lo que estaba sucediendo, sin poder dar crédito a lo que habían visto sus ojos.

Alejada del grupo, quedando en una posición vulnerable, dando la espalda contra el trono, la princesa miró a Ravio y Topaz, quienes se mostraban igual de angustiados y desconcertados. Cuando un terrible escalofrío recorrió su cuerpo, erizando su piel que detuvo su respiración. Congelada, imposibilitada al movimiento, apreció como su temperatura corporal bajó al instante en que una pálida y fría mano se posó sobre su hombro.

- Poseo tantos nombres como rostros, algunos más extravagantes y otros más simples-

Susurró Mirlo, mientras acariciaba el rostro de la regente, manteniéndola inmóvil contra su cuerpo al tiempo que mostraba su presencia lenta y pausadamente, como una víbora lista para clavar sus colmillos sobre su presa.

Azorado y asustado, Ravio no podía apartar su mirada de aquella blancas y opacas pupilas, sin poder reconocer quién era en realidad la persona que estaba sosteniendo a su amada, pues su faz era la de su amigo Mirlo, el joven que había dado su vida por salvarlo, pero aquel ser era otro ente completamente diferente.

Esbozando una diabólica sonrisa, Mirlo sujetó con fuerza el cuello de la princesa, disfrutando del quejido de sorpresa y dolor que provocó sus acciones. Apreciando el acelerado pulso del ritmó cardiaco de la doncella bajo su dígitos, el temblor de sus manos y la rigidez de sus músculos. Con deliberado y pausado movimiento acercó sus labios al oído de la doncella, sin apartar su vista del mercante, incitándolo a moverse, a detenerlo en aquel momento.

- Uno para cada cuerpo que he utilizado-

Mofó Mirlo, tras soltar a la joven, aventándola contra la Sheika y el mercante, el cual inmediatamente la atrapó y sostuvo sin poder reaccionar de otra manera.

Topaz, respondiendo por instinto, arremetió contra el ladrón, sorprendiéndose al apreciar como su espada solo atravesaba el espacio vacío donde hace unos momento se había encontrado aquella criatura. Incrédula, buscó la presencia del joven deteniéndose en seco, al escuchar una suave risa a su espalda.

- ¿Tan fácilmente me has olvidado, Sheikah?-

Con el alma en la garganta, el terror en su corazón, Topaz solo espetó el nombre que por tantos años había odiado, temido y que llenaba dolor y angustia su alma, uno que la había atormentado, manteniéndola atrapada en aquel abismo de existencia que había creado

- Garona, la coleccionista de almas – pronunció la guerrera de las sombras con odio y repugnancia en cada una de las sílabas, al comprender de quien se trataba la presencia que estaba frente a ellos.

- No es mi favorito, siendo con el cual me ha bautizado tu tribu–

Replicó en grave voz la figura del rey de Lorule a las espaldas de Ravio. Quien impresionado se apartó rápidamente de este, interponiendo su cuerpo entre el ente y su amada.

-¡NO, ES MENTIRA! – Expresó alterada y en negación la princesa, sin querer aceptar lo que estaba viendo en aquel momento. No podía ser posible, no podía ser real. Mirlo y Rósela habían sido sus amigos, sus compañeros, no era posible que fueran un engaño, una alucinación, un par de marionetas creada por aquella criatura, por aquel demoniaco ser.

Creyendo en las palabras de su amada, recordando las vivencias que había tenido con el par de hermanos, el sacrificio del ladrón por salvarles la vida. Ravio gritó el nombre de ambos en un desesperado intento por recuperarles de alguna manera.

- Ellos nunca existieron –

Musitó el oscuro ser alimentándose del dolor, de la incredulidad y el calvario que los consumía al saber que había sido engañados, que todo el tiempo habían estado acompañados por su enemigo, siendo manipulados para llegar hasta ese punto, hasta el momento ideal para poder recuperar su libertad y cumplir con su venganza. El oscuro ser esbozó una siniestra y complaciente sonrisa, al tiempo que volvía a cambiar nuevamente de forma, tomando la imagen del canciller que la había ayudado a la princesa escapar de su aprisionamiento.

- Pero si yo siempre he estado a su lado, alteza – contestó el ente con burla y sarcasmo, llenando de terror al pequeño grupo.

Hastiada de las acciones del demonio, enojada, asustada, deseando terminar lo más pronto posible aquella tortura, Topaz arremetió contra la criatura, quien con un solo digito paró el recio movimiento de la militante por eliminarla. Apreciando como el temor emanaba del cuerpo de la guerrera, continuando su juego, tomó con otro dedo la hoja de la katana haciendo que esta fuera consumida por unas extrañas y oscuras llamas, hasta desintegrarla por completo.

Aterrorizada por las acciones de aquel demonio, haciendo acopio de todo su valor, la Sheikah sacó un par de sus cuchillos mientras se acercaba hasta su pupilo. Comprendiendo el mensaje corporal de su tutora, Ravio pegó su cuerpo aún más contra el de su amada, al tiempo que en su mente buscaba la manera de confrontar aquel ser, que al parecer, era su verdadero enemigo.

- En verdad tengo que agradecerles, ya que sin ustedes no habría podido liberarme de mi eterno aprisionamiento, sino también en recuperar lo que por derecho siempre ha sido mío -

Manifestó de nuevo el esperpento, apareciendo una vez más a espaldas del asustado grupo. Su delgado estético y semi desnudo cuerpo se veía cubierto ligeramente por carmesí telas, que yacían sostenidas tanto por un collar y cinturón de huesos de columnas vertebrales y cráneos de pequeños animales. Su larga y desordenada melena platinada se movía con cada uno de sus pasos, contrastando contra la dorada diadema y perlas de diferente colores que cubrían sus caprinas orejas, enmarcando la mediana y ensortijada cornamenta de antílope que salían de su cabeza. Sus amatistas y traslucidos ojos, reflejaban solo el vacío y la crueldad que habitaban en ella.

- Por fin todos los ingredientes están a disposición, pero el ritual no está completo, aún falta concluir con un par de detalles -

Expresó la demoniza sin apartar su pupila sobre el pequeño grupo, transformando sus manos en afiladas y oscuras garras.

Sin saber que hacer o cómo responder a la aseveración o la situación, Ravio solo tragó en seco, mientras buscaba desesperadamente en su mente qué era lo que esa criatura estaba pidiendo. Apreciando las confundidas miradas de sus compañeras, el mercader solo guardó silencio, apretando con mayor fuerza la empuñadura de su espada, listo para defenderse

Cansada del silencio, Garona suspiró pesadamente, y con veloz movimiento tomó con fuerza el mentón del joven entre sus manos, lacerando ligeramente con sus zarpas la piel de su rostro. Aturdido, Ravio trató se zafarse, mas la presión que ejercían aquellos dígitos lo mantuvieron inmóvil. Paralizado por el miedo y el aura de su enemigo, el nuevo héroe solo podía observar con terror como aparecían viperinas pupilas, que lo examinaban pausadamente.

- Así que tú eres el enviado, el elegido… Triste, esperaba algo más, algo diferente, que decepción. Serás tan inútil como tu padre.-

Ante la mención de su amigo y ex estudiante, Topaz se lanzó a la defensa del mercante, pero antes de que siquiera pudiera moverse, una cadena hecha de las oscuras y fatuas llamas rodeó su cuerpo paralizándola por completo.

- Quieta ahí –

Vociferó Garona, sin apartar su mirada del nuevo héroe, continuando con su exhaustivo escrutinio del joven que supuestamente había sido elegido para destruirla.

Temblando inconscientemente, Ravio luchó por salir de aquel pánico que lo tenía apresado, tratando de eludir el pesar y terror que lo invadía al estar cerca de aquel ente. Haciendo acopio de toda su fortaleza, mordiendo su labio inferior en un arrebato de cordura y fortaleza, blandió su espada contra la demoniza, logrando que esta lo soltara.

Sorprendida e intrigada por las acciones del mercader, Garona clavó sus frías pupilas sobre el joven, apreciando como este a pesar de estar cubierto y atrapado en aquel manto de terror, había reaccionado en forma intuitiva por defenderse.

- ¡Déjalo en paz! – Gritó Hilda con todas sus fuerzas, invocando uno de sus más poderosos hechizos, tratando de proteger a su amado.

Inmutada ante la magia de la regente, Garona repelió el encantamiento sin moverse, pero al notar la azulada aura de la doncella, no pudo evitar esbozar una siniestra sonrisa, puesto que había llegado el momento de dejar de jugar con aquellos simples mortales para continuar con su venganza y reclamar el poder de las Diosas como suyo.

- Bien, es hora de terminar con esto y reclamar mi primer premio – espetó la demoniza liberando de su conjuro a la Sheikah para lanzarse contra la princesa.

Aturdida y asustada, Hilda quedó petrificada al notar como aquella criatura se abalanzaba contra ella, sin poder defenderse, en un acto reflejo se cubrió con sus brazos. Un fuerte impacto la aventó contra suelo, angustiada y adolorida por el golpe, la doncella abrió sus ojos encontrándose protegida por la figura de la guerrera de las sombras, quien había reaccionado ágilmente deteniendo el ataque.

- No la tocarás – musitó la Sheikah con determinación, luchando por mantener en arraigo las punzantes garras de la mano de la criatura.

- Así que quieres jugar. Bien, juguemos… Tu alma será mía –

Sin decir más, sin darle tiempo al guerra a reaccionar, Garona liberó su mano al tiempo que giraba su cuerpo, desapareciendo de la vista de la Sheikah, para mostrarse atrás de ella, tomándola de la cabellera y alzándola como si fuera un simple muñeco de trapo. Luchando por defenderse, Topaz usó su habilidad atlética, sujetando las muñecas de su enemigo, para girar su cuerpo y atravesarla con la daga que tenía escondida en la punta de bota.

Leyendo los movimientos de la guerrera, aburrida, la criatura soltó a su presa mientras esquivaba el ataque, para nuevamente desvanecerse y reaparecer frente a esta.

Con la adrenalina inundando sus venas, haciendo uso de todo su conocimiento, Topaz arremetió contra la demoniza, el continuo sonido del metal impactando contra las alongadas zarpas resonó sórdidamente por el eco de la sala. Luchando por romper la impenetrable defensa de la criatura, la guerrera de la sombras hacía recurso de cada una de sus habilidades, desde ataques a distancia, hasta cuerpo a cuerpo, intentando obligar a la demoniza a cometer un error y darle la oportunidad de atravesarle el corazón. Cansada del pequeño y continuo juego que tenía con la militante, deseosa de obtener su victoria y de alimentarse de la energía negativa del resto de la regente y el supuesto héroe. Sin perder tiempo, bajó levemente sus movimiento invitando a la combatiente a su mortal trampa.

Notando que algo no se encontraba bien, apreció como la criatura bajaba su velocidad de reacción, evaluando las intenciones de esta, al ver la cruel sonrisa que cubrió los labios de la leviatán. Ravio gritó el nombre de su tutora, pero esta al estar sumergida en el frenesí de la batalla, ignoró el llamado al momento que acometió contra el ente, pensando que había obtenido su victoria.

- Eres mía –

Murmuró con satisfacción Garona al tiempo que las afiladas puntas de su articulación atravesaban el hombro de la Sheikah.

Incrédula, sofocada, con el metálico sabor cubriendo su boca, perdiendo la noción y los sentidos, Topaz inútilmente trató de liberarse, mas sin fuerza para continuar, soltó el agarre de sus armas, al tiempo que miró la borrosa imagen de su pupilo, quien seguía inmóvil petrificado por el aura la magia de la demoniza.

Hilda, quien desde el inicio de la batalla, sintiéndose culpable, enojada consigo misma por su debilidad, por su falta de fortaleza, de entereza, por siempre teniendo que ser rescatada. Alimentada por la falta que envenenaba su sangre al sentirse responsable de todas las pérdidas que había sufrido, de que alguien más tuviera que dar su vida por salvar la suya. Con determinación miró a la demoniza, haciendo a un lado toda su inseguridad, dispuesta a corregir el mal que ella misma había provocado, que su familia había creado. Aprovechó el clamor de la victoria de su enemigo y concentró toda su magia en sus manos, dispuesta a utilizar uno de los prohibidos y más poderosos hechizos que conocía.

Disculpándose con sus ancestros, con su mismo amado en su mente, sabiendo que no había otra manera que utilizar aquel encantamiento. Hilda cerró sus ojos, concentrando la fuerza vital de cada célula, de cada molécula de su cuerpo en aquel pensamiento, en aquellas antiguas palabras.

Haciendo a un lado las consecuencias de sus actos, alimentada por la necesidad de demostrarse, de proteger y castigar aquel ser, la noble princesa murmuró con seguridad cada uno de los vocablos de su invocación, acompañándolo de los ademanes necesarios para transformar aquella energía pura en una forma física.

Ignorando las acciones de los dos mortales, sumergida en el mérito de su victoria, Garona acercó con cuidado su garra derecha al rostro de la guerrera, comenzando a clamar la brillante anima que extraía de su víctima, atrapándola en una pequeña aguamarina perla de cristal. Idéntica a los tantos adornos brillantes de su diadema.

Alertada solo por su intuición, antes de poder reclamar por completo su premio. Garona giró su rostro apreciando los últimos momentos del hechizo de la doncella, antes de que este impactara contra su persona.

Despabilado por el impacto de luz y fuerza, aventado por el efecto colateral de la energía del hechizo al hacer contacto, Ravio alzó su rostro notando la agotada, pero firme figura de su amada. Sus ropajes se encontraban rotos, quemados por el calor que había emanado aquel encantamiento, su piel más blanca y pálida, cubierta por una serie de inscripciones de carmesí color.

- Hilda –

Murmuró el mercante sin poder comprender que había pasado, más un extraño sentimiento se apoderó de su mente, helando por completo su sangre al instante que terribles memorias se aglomeraban en su cabeza. Ya había visto esa escena con anterioridad, era la exacta imagen de sus premoniciones, de aquellos terribles terrores que le había robado toda paz y tranquilidad.

"Ahí estaba ella, cansada, agotada y lentamente su cabellera se movía al tiempo que giraba su cabeza, entrelazando sus rojizas pupilas contra las suyas. Sus rosados labios esbozaban una tenue sonrisa, cuando de improvisto una oscura sombra se posó frente a ella. Reconociendo la presencia y su inminente final, giró su cuerpo al tiempo que gritaba su nombre, alcanzando a estirar su brazo y mano derecha, tratando de tocarlo con la punta de sus dígitos. La cruel y traslucida garra de su enemigo atravesando su cuerpo, sus labios manchándose de sangre, sus pupilas dilatándose y su rostro empalideciéndose. En agonía, con pocos segundos de vida, caería al suelo de mármol, donde con resignación y sus últimas fuerzas trataría de pronunciar su nombre".

Estupefacto, Ravio permaneció paralizado por milésimas de segundos, observando como en aquel momento todas sus pesadillas, todas aquellas premoniciones se volverían realidad.

Sintiendo las garras de la muerte sobre su persona, imposibilitada de moverse por el efecto colateral del hechizo que había realizado, Hilda solo cerró sus ojos resignada al final que ella misma se había provocado, siendo su último pensamiento la imagen y el nombre de su amado.

Un terrible rechinido sonó en el ambiente, retumbando en el eco del salón de trono. Aturdiendo a los presentes.

Furiosa por la intromisión, Garona dejó salir un fuerte grito de coraje, asesinando a la insignificante ave que se había lanzado contra ella. La cual en un vano intento trató de proteger a la aristócrata.

El tiempo se detuvo en aquel momento para Ravio, quien inútilmente solo observó en cámara lenta como caía el inerte y destrozado cuerpo de su amada mascota. Sus claras plumas machadas de sangre se desprendían de su pequeña figura, el cual impactó sin resistencia contra el mármol del suelo. Ahí sin vida, maltrecho, destrozado por las garras de la demoniza yacían los restos del único amigo que había tenido, del fiel compañero que lo había acompañado desde su infancia. Del ser más noble, desinteresado y sincero que había conocido, quien nunca lo había abandonado, y que se sacrificó para proteger lo que más amaba.

Destruido, sintiendo como todas las emociones lo abandonaba, alimentado por el vacío que se había apoderado de su interior. Sin dudas, sin miedos, sin angustias. Ravio se incorporó al tiempo que clavaba su fría mirada sobre aquella criatura.

- Vete-

Comandó con severidad el mercante a su adorada, la cual continuaba mirando estupefacta a la pequeña avecilla.

Hilda, al oír aquella palabra, miró con sorpresa a su amado quien se había posado frente a ella, mas antes de que pudiera objetar, este la miró con hostilidad.

- LÁRGATE-

Despabilada por el gritó de su amado, sin poder reconocer a la persona que estaba frente a ella. Sintiendo la necesidad de alejarse, dominada por su instinto de éxodo, la princesa cargó un brazo de Topaz sobre su hombro lista para arrastrarla lejos de ahí.

-¡No me quitarás mi victoria!-

Musitó fúrica la demoniza por haber perdido la oportunidad de haber conseguido una gema más para su colección, arremetiendo contra la doncella.

El fuerte sonido del metal impactando contra sus zarpas sorprendió a la leviatán, quien había sido detenida por el férreo y fuerte contragolpe del mercader. Desprovisto de emociones con la mirada fija, Ravio aumentó la presión de su arma obligando a Garona a retorcer un par de pasos.

Intrigada por las acciones del mercader, dispuesta a jugar un rato con su nuevo juguete. La demoniza giró su cuerpo, dispuesta a destruir al supuesto caballero. Mas sus ataques fueron detenidos una y otra vez, imposibilitándole el avance.

Conteniendo el dolor de cada paso que daba, Hilda cargaba a la desvanecida Sheika. Una terrible punzada se había apoderado de su corazón al rememorar la fría y vacía mirada de su adorado contra ella. No, aquel hombre no era su amado, era otra persona completamente diferente. Era la presencia de alguien que estaba cegado por la rabia y aversión, un alama alimentada por la oscuridad. Distante completamente de la gentil naturaleza, y noble ser que siempre había caracterizado a su apreciado mercante. El joven que siempre interponía sus sentimientos sobre la violencia, quien creía en la bondad, en las segundas oportunidades, cuyo ánimo y optimismo había sido la base de su vida, de su capacidad para poder confrontar todos sus problemas. Aquella figura que había estado frente a ella, que le había comandado a sacar la guerrera de las sombras era todo menos su Ravio.

Enfadada el ver que sus presas habían salido de la sala del trono, deseosa por continuar con su trabajo y hacerse de nuevas almas para su colección. Garona miró con vileza a su contrario.

- Es inútil escapar, al final sus almas serán mías- espetó la leviatán, sin apartar su mirada de las gélidas pupilas del mercader.

Apreciando como sus palabras parecían ser ignoradas, deseosa de utilizar su verdadero poder, la demoniza dio una fuerte carcajada al tiempo que invocaba su oscura aura, transformando su cuerpo. Sus pies y manos recuperaron sus reptilianas negras y escamosas garras. Su esbelta y femenina silueta se cubrió con brillantes escamas de negro y morados tonos. Transformando su diadema en una corona, asemejando la forma de torcidos cuernos. Su platinado pelo cambió a dorados tonos, amarrado en forma de trenza que se extendía hasta perder la forma de cabellera, volviéndose un apéndice más, una larga cola con telson.

Por fin, con su verdadera forma, lista para obtener su venganza, para destruir aquel mundo y hacerse del poder las diosas, decidida a cumplir con su cometido, Garona miró al estático héroe, el cual continuaba observándola sin emitir ni un solo sonido, completamente sumergido en un extraño silencio. Sin un ápice de sentimentalismo, ni de respeto, la demoniza se acercó hasta donde estaba este, lista para eliminarlo.

-Te mataré -

Detenida al escuchar aquellas palabras, confundida la leviatán miró con cuidado al supuesto caballero, notando como este lentamente aumentó el asir de la espada sagrada.

Intrigada por la reacción de aquel insignificante mortal, Garona observó con detenimiento al mercante, apreciando el reflejo vacío de sus verdes pupilas. La tensión de sus músculos, pero sobre todo, la inminente presencia de dolor y muerte que emanaba su aura.

- Ya veremos-

Musitó la demoniza, quien sin perder tiempo se lanzó contra el joven, el cual en un ágil movimiento detuvo el ataque de la criatura. Incrédula, volvió arremeter usando su cola, la cual nuevamente fue esquivada por un acrobático movimiento. Lista para concluir con aquella batalla, Garona acometió con su garra derecha, logrando herir a contrario por el costado. Inmutado ante el dolor o la herida, Ravio volvió a empuñar su espada, respondiendo ataque contra ataque, defendiendo y deteniendo cada una de las agresiones de su enemigo. Guiando por aquel oscuro sentimiento que aprisionaba su alma, alimentado por la sed de sangre de su enemigo, sin más deseo que destruir aquello que estaba en frente suyo. Sin temor a morir, sin miedos que lo ataran, entregado por completo a su misión, el joven caballero arremetió sin pausa y con todas fuerzas, cargando cada golpe, cada estocada, con su odio y resentimiento. En ese momento ya nada importaba, ni su propia vida, ni el reino o las profecías. Solo tenía una cosa clara, matar a aquella bestia.

Garona, quien había hasta ese momento jugando con su contrario, se enfadó consigo misma por continuar en aquella situación. Ella era la reina de la oscuridad, el demonio más antiguo del mundo y ningún mortal estaba a su altura. Menos ahora que había por fin recuperado su cuerpo y poderes, no había forma de que imperfectos seres como los Hylianos fueran capaces de luchar contra ella.

Hastiada por su conducta, lanzó su cola contra el héroe, el cual la esquivó rápidamente. Cargando sus garras con su magia, arremetió contra el cuerpo del mercante, quien inmediatamente bloqueó el ataque con su espada.

Atrapado en aquel delirio, impulsado por el coraje y la frustración de no poder destruir a su enemigo, Ravio aumentó el asir en su espada, obligándose a poner cada vez más de sí en sus movimientos, tratando de infundir su aversión con cada estocada. Invocada por el deseo de batalla de su amo, la espada sagrada brilló por un momento, reflejando un ambarino tono.

Rasguñada por el filo de la hoja del arma sagrada, Garona miró con repulsión aquella hoja, la única que era capaz de lastimar su cuerpo.

- Maldita, así que has despertado para servirle -

Vociferó la demoniza con odio a su antigua enemiga, cual seguía brillante ante las manos de su maestro. Odiando la capacidad de aquella tizona para anular su oscura y natural esencia, siendo la principal protección y ejecutora de todos los elegidos.

No importaba, así estuviera la espada en su mayor capacidad y mejor forjadura, no era una amenaza, ya que un ser de luz jamás podría tener el poder necesario para destruirla, siempre eran corrompido por la franca y blanda naturaleza de sus almas, jamás tendrían ese ápice oscuridad que ella poseía.

- Vamos, héroe, enséñame que sabes usar esa espada – Expresó con malignidad la demoniza.

- No soy ningún héroe -

Replicó Ravio con apagada voz, respondiendo por inercia, mientras volvía atacar a su oponente.

Golpe, tras golpe, era detenidos, por cada uno de los contarios. Ravio haciendo uso de todos sus conocimientos, dejando que su instinto de batalla y supervivencia lo guiaran, acometía sin tregua, deseando, buscando asesinar aquella criatura. Con la furia creciendo con cada fallo y error, dejando salir toda su frustración, su odio, acometió contra la leviatán hasta atravesarla con su espada.

Comprendiendo la diferencia del joven, y la razón de sus actos, Garona supo que no se enfrentaba contra el típico adversario que siempre había encarado. Este no era el clásico caballero que venía en pro de salvar al reino y liberar al mundo de su presencia para proteger a otros, el clásico héroe dispuesto a dar su vida por un bien mayor, por la supuesta verdad y razón correcta, sino todo lo contrario, frente a ella estaba un hombre que lo había perdido todo, hasta la voluntad de vida, uno que estaba en pie y continuaba confrontándola por el deseo de venganza. De eliminar a la razón de su dolor, de su sufrimiento, sin importar las consecuencias de su acciones, un ser egoísta e irracional, consumido por el odio y la sed de sangre.

- Yo puedo regresarlos-

Musitó la demoniza, apreciando como antes sus palabras el mercante había dudado por un breve instante el continuar luchando.

Sabiendo que había obtenido la atención de su contrario, la Leviatán tronó sus dígitos apareciendo en sus manos, las perlas que representaban el alma de sus fallecidos compañeros, la esencia vital de todos los inocentes que habían perecido. Rósela, Mirlo, el Rey de Lorule, los soldados del castillo, Hessa, incluso estaba el alma de su padre.

- Estos son los cristales de la existencia, su esencia de vida -

Teniendo la completa atención del guerrero, Garona continuó hablando, ella podría no solo regresarles la vida, sino darle la oportunidad de cumplir con los sueños y anhelos que tanto deseaba. Le daría el reconocimiento que él buscaba, el lugar que tanto quería, la oportunidad de vida que le había sido negada, incluso podría devolverle a su padre para que recuperara la familia que tanto ansiaba. Ella podía darle todo lo que deseara, lo que quisiera, solo, solo debía jurarle lealtad y darle su vida.

-Tu princesa y tú siempre estarán juntos, no tiene por qué terminar en tragedia-

Pausando sus movimientos ante aquellos vocablos, Ravio permaneció en rigidez absoluta, valorando aquellas palabras, aquellas promesas. La oferta de recuperar a sus amigos, de ser todo aquello que había deseado y todo a cambio de servirle aquel ser.

- No -

Incrédula al recibir aquella respuesta, Garona apenas y tuvo tiempo de detener la estocada contra su pecho. Cómo era posible que aquel ser hubiera rechazado su oferta, es que acaso se había equivocado al leer sus deseos, ¿cuál era la motivación real de sus actos?

- Las vidas no son marionetas

Replicó el mercante al tiempo que apretaba con mayor fuerza la empuñadura de su espada, reflejando en el frío de sus pupilas y la tensión de sus músculos la incontenible rabia, la furia y el odio que lo gobernaban. Comprendiendo el verdadero y oscuro motivo que guiaba al guerrero, cansada de seguir batallando con él. Garona dejó de medir su fuerza, y con un certero golpe impactó al joven en el abdomen, aventándolo un par de metros.

Herido de seriedad, Ravio luchó por levantarse, obligando a su cuerpo a soportar el dolor físico de aquella abierta y sangrante herida, al tiempo que lentamente se incorporaba.

Apremiando la resistencia del mercader, la leviatán concentró su energía en una de sus garras, lanzando su magia hacía el indefenso héroe. El cual solo alcanzó a ver aquel destello de brutal energía antes de ser envuelto por la misma.

Sintiendo como cada célula de su cuerpo ardía, y como su mente comenzaba a nublarse, Luchando por mantenerse protegido, Ravio continuó interponiendo el filo de la espada sagrada contra el conjuro que amenazaba con consumirlo. Un solo pensamiento lo dominaba en aquel momento, el deseo de muerte, de terminar con todo el sufrimiento que había vivido, mas no podía morir sino hasta cortarle la cabeza a Garona. No podía detenerse sino hasta asegurar que se la llevaría consigo al otro mundo.

Un fuerte brillo rompió la invocación, regresando el ataque contra su conjurador, derribándola. Adolorida, Garona alzó su mirada contemplando la cansada y herida figura del supuesto elegido, apreciando como en el dorso de su palma derecha se encontraba resplandeciendo la marca de las diosas.

-¡TÚ! – exclamó con ira y furia la leviatán al notar como es que el mortal cargaba con el poder de las Diosas, con la pieza final para poder cumplir su deseo.

Renovado por el calor que emanaba de su mano, alimentado por el recuerdo de su amada, listo para terminar aquella batalla, Ravio aumentó el asir de su espada y haciendo acopio sus últimas fuerzas, se lanzó contra la demoniza.

Estoque, bloque, salto, derribo, cruzado, giro, golpe, bloque, remesón, fueron algunos de los elementos de sus movimientos al momento que entregaba con cada impacto de su espada, de sus emociones. En cada contraataque, con cada sonido del metal, podía verla, podía contemplar a su princesa. su risa, su voz, sus ojos, todo su ser, la razón de su propia existencia.

Notando la desconcentración de su oponente, asegurándose de clamar su victoria, Garona atacó de frente al caballero, el cual con un hábil giro esquivó al afilado telson, contraatacando con su arma, dejándolo a merced de una de sus garras.

Sonriente ante la imagen del mercader siendo atravesado en el corazón con su apéndice, la leviatán no pudo evitar mostrar la satisfacción que le provocaba el saber que pronto el poder de las diosas sería suyo. Mas antes de que pudiera cobrar su recompensa, la demoniza no pudo evitar abrir sus ojos de sorpresa al ver cómo a pesar de la fatal herida, de tener la mitad de su articulación atravesando el lado izquierdo del pecho del guerreo, este la miró a los ojos.

Consciente de que había llegado su momento, de que era la hora, sintiendo la fuerza de su tutora a su lado y los deseos de su amada. En un último arrebato, comandó a su mano a moverse, blandiendo la brillante y dorada hoja de la espada sagrada contra el cuello de la criatura.

Conmocionada, Garona soltó a su víctima al tiempo que llevaba inmediatamente su manos contra su garganta en un vano intento detener el flujo de sangre que emanaba de este, apreciando con desconcierto el insoportable dolor de los músculos desgarrándose y abriéndose, cayó contra el suelo.

Agotado, con la vista nublada, siendo cada respiración una agonía, cansado, Ravio dejó caer su cuerpo, soltando con el impacto la empuñadura de su arma. Por fin lo había logrado. Topaz podría estar orgullosa de él, había eliminado al ser de las profecías y cumplido con el trabajo para el cual lo había entrenado, había cumplido la promesa que le había hecho a su princesa de protegerla.

- Tonto, si crees que este es el final… Yo siempre existiré… -

Espetó Garona con malicia y sosiego, al tiempo que su cuerpo comenzaba lentamente nuevamente a desvanecer entre las sombras, sabiendo que no importaba su fallo en aquel momento, su esencia jamás podría ser destruida. Ella regresaría, siempre lo hacía. Era el inevitable ciclo al que estaban sometidos, una vez que sus heridas sanaran, que el tiempo la fortaleciera, ella volvería. Siempre que existiera el poder de las diosas, el héroe… Necesitarían de su presencia.

Aturdido por aquellas palabras, observando a la oscura criatura, asfixiada por la sangre que llenaba sus pulmones. A segundos de perder la conciencia, Ravio cerró sus párpados maldiciendo a las diosas, renegando de su falta por lo que estaba pasando. No deseaba admitirlo, pero la desgraciada demoniza tenía razón, había dado su vida en vano. De qué había servido inútilmente haberla confrontado, si más adelante la historia se repetiría nuevamente, quien no aseguraba que aquella criatura no regresaría en poco tiempo y terminara con su trabajo. Angustiado, molesto, sumergiéndose en el abismo de la inconciencia y las frías manos de la muerte, Ravio deseó volver a ver a su amada una vez más, poder despedirse de ella, disculparse por lo ciego que había sido, por fallarle. Sin notar como el frío que amenazaba con consumirlo, se disipaba lentamente.

-¿Cuál es tu mayor deseo?- Escuchó a una voz preguntarle

-Protegerla – respondió en delirio

El siempre la había amado, así ella nunca le hubiera correspondido, jamás se hubiera interesado, él la seguiría amando. Pues no había nadie más en aquel mundo que lo llenara de felicidad, que lo llenara de dicha, de vida como su adorada princesa. Ella era lo único que importaba, su razón, su mundo, No había sacrificio que no hiciera por ella.

- Ella… ella… lo… es… todo… para… mí. – musitó el mercader, sintiendo como la conciencia lo abandonaba al tiempo que sus pulmones dejaban de trabajar. Era en lo único en lo que había pensado, en volver a verla, feliz, sonriente, cumpliendo su adorado sueño de restablecer el reino, de hacer las cosas de manera correcta, de ser feliz. Así no estuviera él a su lado. Comprendiendo por primera vez a la perfección las palabras de la sabia del desierto, lo que realmente había querido decir. Seguro de su decisión, dispuesto a hacer aquel sacrificio, a entregar su alma, tomó aquella decisión.

- ¿Es este tu deseo? – cuestionó nuevamente aquella cálida voz.

- Sí – replicó Ravio con su último aliento de vida.


Los brillantes colores del astro rey iluminaban el cielo, alejando con sus radiación de fuerza y esplendor las sombras de las noches, pintando la bóveda celeste en brillante colores.

El sonido de pasos y movimientos sobre los piso de mármol y piedra llenaban el ambiente, levantado tan temprano para tan anhelado día, los trabajadores y habitantes del castillo, desfilaban con alimentos, banderines y sin fin de cosas, alistando dando los últimos toques al salón principal y los pasillos. Había llegado la fecha en que la joven princesa tomaría su lugar como reina y uniría a todos los pueblos.

Sin haber podido descansar la noche anterior, entristecida por haber despertado nuevamente sola en aquella habitación, Hilda miró desde balcón de la sala del trono, el nuevo amanecer en su reino. Tratando de recordar cuando fue la última vez que vio un cielo tan claro y brillante, uno lleno de rosado y dorados colores, de luz y vida.

-Él no está ahí-

Asustada al escuchar aquella improvista voz, la princesa no pudo evitar dar un ligero salto, mientras llevaba sus manos contra su agitado corazón, como si aquella acción pudiera calmarlo instantáneamente.

- Lo sé -

Comprendiendo bien los sentimientos de la doncella, Topaz colocó su mano sobre el hombro de la soberana, mostrándole no solo su apoyo, sino también su cariño. Ambas compartiendo la pena y el pesar que las inundaba al rememorar que aquella paz, que aquel amanecer había sido obtenido a un alto costo. Uno que ninguna de las dos había estado dispuesta a pagar pues otro día empezaba desde la terrible muerte del mercante.

- No suspire más alteza, es mejor que se arregle para la ceremonia –

- Todo ha sido tan confuso en estos últimos meses –

Replicó la princesa aún sin comprender bien los detalles de los acontecimientos que habían experimentado. Era tan extraño e irreal aquel velo de paz en el que estaban viviendo, que ella misma no podría haberlo creído sino fuera por los terribles recuerdos. Sintiendo como la pena la embargaba al rememorar que aquel día, en esa batalla, había perdido a su amado Ravio.

Dolida y apesadumbrada, la doncella se recordó una vez más que en realidad, su amado se había perdido en el momento en que la había comandado a huir. Que su amado nunca habría podido vivir consigo mismo con el pesar de aquella batalla, con la terrible carga de las vidas que se habían perdido, con el dolor que él mismo le habría provocado. Habría estado atado en la culpa, en el remordimiento, pues él no era un ser de violencia, era un hombre de principios y letras, era… era Ravio.

Ahora Lorule se encontraba en paz, la amenaza de aquel demonio había desaparecido, el reino comenzaba a recuperarse, pero todo a causa del sacrificio de un hombre, de una persona que nunca había pedido nada, de quien nadie recordaría.

Entendiendo las palabras de la princesa, la guerrera de las sombras posó su mirada en el firmamento buscando la sabiduría que tanto anhelaba en aquel momento. Si bien aún no comprendía como es que habían sobrevivido aquella batalla, lo que si sabía la militante es que el velo de sosiego y tranquilidad eran consecuencia del sacrificio de su pupilo. Estaba segura que algo dentro de él había cambiado por completo en aquella batalla final y que una oscura verdad se le había revelado, una cuestión que jamás podría entender. Dejándolos atrapados en aquella agridulce victoria, en un punto donde el tiempo sería el único que podría llenar aquel vacío.

-Todo estará bien-

Deseando creer en las palabras de la guerrera, Hilda resinada suspiró mientras cerraba lentamente sus párpados, luchando contra las emociones y las imágenes que plagaban su memoria. Mas no podía evitar caer de en vez ante el infinito dolor al saber que no volvería a verle, haciéndola pensar que estaba atrapada en un terrible sueño, ansiando por despertar y encontrarle de nuevo en su viejo despacho escribiendo en los libros de contabilidad, o leyendo aquellos tomos sobre historia antigua o simplemente entrando como era su costumbre a hurtadillas por las puertas de servidumbre, acompañado de su fiel mascota, dispuesto a regalarle aquella sonrisa con la que la había conquistado. Pero eso no eran más que simples anhelos, tristes y desesperadas fantasías. Aún con el corazón destrozado sin el ánimo de avanzar aquel día, la princesa dejó salir un largo suspiro al tiempo que daba media vuelta y se dirigía a sus aposentos, a comenzar con los preparativos para su coronación. No importaba cual fuerte era su dolor, cuanta tristeza la embargaba. Su reino la necesitaba, no podía despreciar, ni desperdiciar el regalo de vida que le habían dado.

-Siempre te amaré – se dijo a sí misma la doncella luchando contra el hueco que llenaba su corazón.

Ignorante de estar siendo observada, la princesa reingresó al palacio, sin saber que aún en la distancia una fija mirada la contemplaba. Robado de la mayoría de sus emociones, la silenciosa figura a pesar de estar a kilómetros a distancia, no podía apartar su vista de la doncella. Sin poder apreciar el gentil gesto del viento o la temperatura a su alrededor, con las pocas emociones que podía sentir en aquel momento, Ravio cerró sus viperinas y blancas pupilas al tiempo que se reconfortaba con el pensamiento, con la seguridad de que había tomado la decisión correcta. Lorule nunca lo necesitó, así como nunca más necesitaría de otro héroe. Con su deseo se había asegurado de cumplir con su promesa, ahora ya no había necesidad de continuar con aquel interminable ciclo. Ya no había razón por la cual temer a la oscuridad, se había acabado para siempre los roles de héroes y villanos. Ahora solo estaba el suyo, el de cuidar, el de proteger y mantener aquella paz.

Con el tiempo, él estaba seguro que ella lo olvidaría, que su corazón sanaría, que continuaría con su propia vida, una llena de dicha y felicidad. Una que él nunca podría haberle dado, una en la que ya no estaría presente. Hilda lo merecía todo, un futuro brillante con su reino reconstruido, sin más preocupaciones, sin temores. La capacidad de ser ella misma, de valerse y probarse a sí misma. Merecía la felicidad de cumplir con todos sus sueños y anhelos. Una vida sin luchas, sin enemigos, sin monstruos, sin profecías, sin temores, un futuro brillante para ella y su progenie para siempre.

- Yo no soy ningún héroe -

Ese día, en esa batalla, él lo había dado todo, había ansiado la muerte, había deseado tanto matar a su enemigo, que no le importó las consecuencias de sus acciones, incluso no le importó que podía suceder con el reino o con las demás personas. Se había cegado ante la venganza, ante la oscuridad de su propia alma, y fue aquella penumbra, aquella vileza y sed de sangre, la que le dio la victoria, la que le permitió lograr lo que otros no habían podido. Al final, se había convertido en todo menos el héroe o caballero que todos esperaban, ahora le permitía ver el mundo desde otra perspectiva, notando como atrás de cada brillante reflejo se esconde una sombra de celo, esperando, aguardando. Había dejado de ser quien era, para convertirse en algo diferente, en un ente distinto. Sin saber si realmente estaba de acuerdo con quien era ahora. Lo único que sabía era que la oscuridad siempre estaría con él, que ahora existía en su corazón, en su alma y que jamás podría cambiar, ni deshacerse de ella.

Tenía tantas dudas e incógnitas, tanto que deseaba comprender, pero que no parecían tener respuesta. Es por ello que ahora solo le quedaba admirar desde la distancia, entre la sombras, convirtiéndose en solo una leyenda. Protegiendo el legado y la colección de Garona, creándose un camino propio donde la luz y la oscuridad compartían un solo cuerpo.

Acongojado por la opresión de su pecho, Ravio llevó su mano hasta su esternón, sintiendo aquella herida. Rememorando como había sido atravesado con aquella garra, podía recordar nítidamente el sabor metálico de la sangre en su boca, así como el sonido del lento palpitar de su corazón. Donde en aquel efímero momento comprendió el verdadero valor. Se requería de coraje para dar la vida por otros, pero de verdadera valentía el seguir viviendo sin la persona amada.

"No existen casualidades, Ravio"

Fueron las últimas palabras que le dijo Hessa antes de viajar al otro mundo, antes de empezar su jornada de autodescubrimiento, antes de conocer su propio destino.

Sabiendo que ya no había nada por hacer, mas que aguardar, que continuar con su vigilancia. Ravio colocó su oscura y escamosa mano sobre la empuñadura de la espada sagrada. Era momento de retirase, de descansar hasta que fuera necesitado. Él se encargaría de cuidarla, de velar por su reino, de protegerlos. Él era la destrucción y salvación de Lorule ahora.

Ignorando como tenuemente resplandecía la marca de las diosas en el dorso de su escamosa mano, Ravio se desvaneció lentamente, quedando solo bajo el refugio de aquel altar en las montañas, la presencia de la envainada espada.

FIN


Notas de autor: Con gran dolor, tristeza y un poco de nostalgía por fin ha terminado nuestra historia. A la cual con gran orgullo presento en este final, de la cual no habra secuelas o epílogo. Puede que este no le agrade algunos de ustedes, ya que estoy segura que la mayoría espera el típico y clásico cliché del final feliz y de telenovela, algo que realmente al escribir y poner no me satisfacía en lo más mínimo, pues Ravio ha sido un personaje que hacrecido lentamente y se le ha establecido un desarrollo único. Por ende nececitaba de una conclusión diferente, no el típico final del héroe trágico o del melodrama de na historia de Disney.

Quiero agradecer a todos los que hicieron posible esto, a todos los lectores que continuaron con mi obra a pesar del gran retraso.

Muchas gracias por su paciencia.

Una agradecimiento especial para mi beta y amiga Egrett, gracias por ayudarme a pulir esta novela y darle la conclusión que merece. Gracias amiga.

Sin más que decir, nos seguiremos viendo, hasta la próxima.