Anagrama
La pluma de mi padre se deslizó ágilmente por el papel, imprimiendo una elegante caligrafía que enseñaba algo parecido a su nombre. Yo había insistido en presenciar el momento exacto en el que firmara mi alta, y a él no le había quedado otra que acceder. Ya me encontraba completamente vestida, Mey me había ayudado con eso. Aún conserva un bránula en mi dedo, una venda en mi tórax y varios moretones, pero todo el resto, ya era historia.
Y apenas había transcurrido una semana. Increíble, pero posible, como decía papá. Aún recuerdo su cara de alegría cuando llegara temprano por la mañana para anunciarme que me daría de alta..., y aún no consigo imaginar la mía. Él había traído ropas para mí y le pidió a Mey que se hiciera cargo de todo. Ni siquiera sentí dolor cuando ella se vio complicada para retirarme la vía venosa.
-¡Vaya músculos que tiene!- me dijo a modo de broma, para aplacar la tensión. Pero no había tensión alguna, porque no había dolor. Sólo esperaba que se apresurara para poder abandonar de una vez por todas aquel hospital. No es que el lugar fuera horrible o insoportable, sino que más bien extrañaba mi casa, mi habitación. Pero ante todo, extrañaba a mi familia..., a mi hermanos, e incluso a Esme. Había meditado sobre la manera en la que me había tratado la noche del conflicto. Cuando llegó a socorrerme lo hizo de manera tan tierna, tan maternal, tan preocupada...
Confieso que se me había hecho un nudo en el estómago. Además de ser el día de mi alta, hoy sería el día en el que mi padre me explicaría todo. Sería el día en mi padre tendría que explicarme todo. Él lo había prometido, ¿no?
Había imaginado mil posibilidades, y me había valido de las muchas películas de ciencia-ficciónque había visto en mi vida para formular algunas teorías, pero ninguna lograba convencerme del todo. La verdad, es que ninguna me agradaba del todo. De manera que fuera, siempre llegaba a la misma conclusión. Uno, los Cullen eran algo sobrenatural, definitivamente no eran humanos normales y tenía que comenzar a asimilarlo. Y dos, lo que realmente me inquietaba era si jugaban del lado de los héroes o de los villanos.
Mey me quitó algunos parches de heridas ya cicatrizadas y limpió con alcohol los restos de adhesivo de mis brazos. Ni un solo moretón quedó en el punto que ella sustrajo la vía. Lamenté enormemente no disponer de algún espejo de cuerpo entero, puesto que sentía una enorme curiosidad por ver la evolución que habían tenido mis otras lesiones.
Cuando Carlisle llegó con acta en mano, yo me hallaba completamente lista para partir. Firmó y yo sonreí, lo que disipó cualquier signo de alegría que hubiera en él. Sabía que tendría que cumplir con su promesa, y aquello no le hacia gracia. Luego de encargarse del papeleo, pidió a un enfermero me llevara en silla de ruedas hasta el coche, donde me ayudó a acomodarme en el asiento del copiloto. Noté que se había quitado el delantal blanco.
-Creí que nunca me vería aquí de nuevo- confesé al verme dentro del mercedes.
-¿Por qué no?
-Es que..., cuando me sucedió todo esto..., la verdad es que nunca tuve esperanza de salir de ello con vida.
-Ciertamente, si se tratara de un humano normal, no habría mucha esperanza...
Me descolocaba enormemente todavía pensar en mí como en el resto de las personas, como algo sobrehumano. Pero ,¿acaso no era así? ¿Acaso no era aquella la única explicación para las múltiples cosas que era capaz de percibir, de hacer y de la anomalías que presentaba mi organismo?
-No sabes cuán intrigada estoy...-dije cuando hubimos dejado atrás el hospital.
-Puedo imaginármelo- mi padre me miró de reojo, con suspicacia.
-Pero no creas que me quedé sólo así. Tengo varias hipótesis.
-¿Cómo cuáles?
Bufé.
-Te reirías de mi- admití- pero sólo diré que fui desde extraterrestres hasta los caballeros jedi.
Efectivamente, el rió. De seguro mis suposiciones eran completamente erradas, por no decir ridículas.
-Creo que no va por ahí...- admitió el él.
-Ya sabía, ya sabía, te dije que te burlarías de mí...
-No me he burlado- se defendió. Me preocupó de que no prestara la suficiente atención a la carretera. Seguramente, alguna facultad extraordinaria le permitía no hacerlo.
-Yo no me he burlado de ti- objetó- simplemente me reí. Hay una enorme diferencia entre reírse de algo y burlarse.
-Sí, claro- dije con voz ausente, puesto que otra cosa había demandado mi atención. El paisaje. A través de los vidrios polarizados del mercedes, lucía realmente hermoso. Hasta entonces, el cielo estaba cubierto de nubes rebeldes, machas grises y borrosas, mas en aquel preciso instante había comenzado a disiparse. Era como si el sol volviera a salir de su prisión, como si renaciera, tal como lo hacía yo. Sus rayos de luz iluminaban todo cuanto tocaban, revelando su verdadera naturaleza, dándole vida nueva. No podía haber una señal mejor de que las cosas cambiarían..., y para mejor.
La sensación de nerviosismo reapareció en mi estómago cuando atravesamos en entramado de arbustos y la casa ocupó mi campo de visión. Como estaba orientada hacia el oriente, el sol me golpeó de lleno en la cara al virar el vehículo. Vi cómo Carlisle bajaba la visera del parabrisas.
Avanzamos hasta la casa. No se veía nada anormal en ella...,era tal cual como yo la recordaba. Tampoco había señal alguna de que hubiera alguien en ella. La puerta y las ventanas estaban cerradas, y los cedros de la entrada se mecían con el viento. Se me hizo una escena muy relajada.
A diferencia de otras veces, mi padre no aparcó en la entrada, sino que dio la vuelta a la casa, hasta llegar al garaje. Sabía que había un garaje, mas no lo conocía, pero era enorme, incluso para una casa de ese tamaño. Y es que los Cullen tenían un especial interés por los carros. Todos poseían uno propio, excepto Esme. Cuando papá detuvo el auto, se apresuró en salir del vehículo y dar la vuelta para ayudarme a bajar. Demoró en hacer todo eso, lo que yo demoré en pestañear, y di un respingo cuando abrió la puerta mi asiento.
-¿Éstas bien? – preguntó. Seguramente notó mi cara de susto, pues parecía preocupado.
-Sí...- dije con apenas un hilo de voz, por más que trate de mostrar entereza- sólo..., no lo vi venir.
-Tal vez no debí hacerlo- se disculpó mientras se inclinaba para tomar en brazos- pero creí que sería bueno que comenzaras a acostumbrarte. No pensé que te asustarías tanto.
-Y no me asusté- me defendí, cruzando mis brazos tras cuello para sostenerme- sólo me sorprendí, es distinto.
El que imitara la excusa que había usado él durante nuestro viaje le hizo sonreír y le mejoró el semblante.
-Hablo enserio- continué- de hecho, no me sorprendería en lo absoluto si lo hicieras de nuevo...
-¿En verdad?- preguntó con tono burlón. No tuve tiempo para reaccionar..., otra vez. Apenas dijo aquello, apenas inhalé aire, ya nos encontrábamos en el porsche, junto a la puerta principal. Vi el recorrido delante de mío. Vi las imágenes distorsionarse demasiado rápido.
-¡No!- respondí abriendo desmesuradamente los ojos, por la impresión y echando la cabeza hacia atrás por el emborrachamiento. El techo del porsche comenzó a dar vueltas.
-Pensé que lo podrías llevar mejor- reconoció, como si se hallara decepcionado. Estaba jugando conmigo.
-Sí, claro..., sólo llévame adentro.- le pedí, aunque en realidad, era un exigencia.
No sé quién abrió la puerta, pero al cabo de un minuto, ya me encontraba tendida en el sofá. Mi padre se había movido a una velocidad normal, para no dejarme peor de lo que estaba. Había mantenido los ojos cerrados, con el fin de matar el vértigo y estaba dando resultado. Maldije en mi fuero interno el desayuno del hospital, que ahora se me repetía en la boca del estómago. Durante el tiempo que estuve allí, se encargaron de que tuviera mis cuatro comidas diarias, sin excepción. De seguro había terminado hecha una vaca. No escuchaba nada a mi alrededor, ni siquiera oí los pasos de mi padre alejarse..., o de los otros acercarse.
Cuando por fin abrí los ojos, me encontré rodeada de luces ambarinas. En realidad, eran los ojos de aquellos rostros tan conocidos para mí. Todos estaban allí. Alice, me dedicaba una sonrisa tierna, como si la palabra bienvenida se hubiera escrito en sus labios. Junto a ellos, estaba Emmett, de brazos cruzados, mirándome con curiosidad. Tras su hombro, asomaba una melena rubia. Era Rosalie..., su rostro era tan inexpresivo como su actitud hacia mí. Más allá estaba Esme, con ambas manos entrelazadas, como cuando hacía la abuela para rezar. Mi padre estaba a su lado. Por último, estaba Edward. Mi hermano estaba apoyado en el otro extremo del sofa. Todas las miradas estaban clavadas en un solo punto. Yo.
-Qué glamoroso regreso- bromeé, como un forma de romper el hielo. Alice valoró mi intento, y se rió de mi broma.
-Bienvenida a casa, Lizzy- me dijo, y se inclinó para darme algo parecido a un abrazo y en beso en la mejilla.
-Gracias, Alice..., - le dije. La emoción se notaba en mi voz. Luego de eso, vinieron un montón de saludos y abrazos.
-Qué bien tenerte de vuelta...,- me saludó Emmett con un golpe de complicidad en el brazo. Edward y Carlisle le miraron con severidad.
-No hay problema Carlisle- se excusó él- Esta chica es fuerte...
Me avergoncé frente a su halago. Que alguien como Emmett dijera eso de mí suponía un gran honor.
-Ni tanto- reconocí.
-Bah, no seas molesta Lizz..., sus buenos modales le enseñaste a ese perro antes de que llegáramos nosotros.
La mención de aquel episodio me incomodó un poco, mas intenté que no se notara, aunque no pude contestarle nada a Emmett.
-Cariño- me había saludado la dulce Esme, con una caricia en las manos- me alegro que estes bien, esta casa comenzaba a extrañarte.
-Y el ambiente era insoportable- apostilló Rosalie. Todo mundo se volteó a mirarla. Ella recorrió todas las miradas con desdén, frunció los labios y luego se retiró. Cuando se giró, su lustrosa cabellera rubia ondeo tras de ella, como si dejara una estela. Dio dos pasos seguros y definidos hacia la entrada, y luego..., se podría decir que desapareció escaleras arriba.
Entonces, todas las miradas se fijaron en mí otra vez. Supe por qué. Esperaban mi reacción, querían saber si estaba a punto de gritar, de desmayarme o de salir corriendo. Lo supe por sus semblantes descompuestos.
Al ver que nada de eso ocurría, y ante la tímida sonrisa que esbocé, todos volvieron a la normalidad, aunque no sé si sea ese el término más..., apropiado para nombrarlo.
-Supongo que no extrañabas a Rose- dijo Emmett, forzando una mueca.
-Aunque no lo parezca, también la extrañé a ella..., los extrañé a todos...- dejé que mis ojos se desviaran hacia Edward. En especial, le había extrañado él. Me preocupaba enormemente que se mostrara tan distante, ahí sentado en el mismo sofá, pero como si una galaxia entera se interpusiera entre ambos. Su rostro no había cambiado a como lo recordaba. Era el único que no me había saludado porque...
Caí en la cuenta de que no era el único. Ahí faltaba alguien más...
-¿Dónde esta Jasper?- pregunté cuando noté su ausencia. Mire hacia ambos lados.
-Él esta cazando- contestó Alice al instante y una oleada de miradas reprobatorias se fijaron en ella. Había hablado más de la cuenta, aunque no supe por qué. ¿Qué podía haber de malo en que se dedicara a eso? O mejor dicho, ¿cuál era el problema en que yo supiera?
-¿Cazando?- repetí- No sabía que Jasper era aficionado a la caza.
-Pues, sí- reconoció Alice- es un buen deporte, y no es tan reconocido como tal porque...
-Alice- mi padre la detuvo poniendo una mano sobre su hombro.- no es necesario.
Me descolocó aquello tanto como a a los demás.
-Será mejor que no compliquemos más a Elizabeth..., después de todo, esta dispuesta a escuchar.
Alice clavó los ojos en él.
-¿Ahora?- inquirió con incredulidad. De un segundo a otro, su expresión era fría e incluso su mirada asustaba.
Carlisle asintió y mi hermana se volvió hacia mí con expresión desolada. Como si estuviera muy apenada, se inclinó nuevamente delante de mí.
-Ay, Lizzy...-comenzó- yo no quería que fuera así.
-Tu siempre tan melodramática...-me quejé, con el único fin de componer su ánimo.
-No, no...-negó con la cabeza-..., yo siempre quise que Carlisle te contara todo en cuanto llegaste, en cuanto supe que venías.
-Creo que estás exagerando...
-Quiero que recuerdes- continuó, ignorándome- que ante todo, para mí seguirás siendo mi hermana, y espero que eso continúe así.
-Descuida- le dije, con toda sinceridad- nada de lo que me digas me hará cambiar eso, Alice.
En vez de lograr reanimarla, creo que lo que hice fue para peor. Mi hermana frunció el ceño, afligida y se separó de mi, sosteniéndome mis manos en sus manos frías por menos de medio segundo. Entonces, abandonó el salón a una velocidad completamente ordinaria. Esme hizo lo mismo.
-Qué estés bien- me deseó Esme. Y luego al pasar junto a mi padre, le deseó buena suerte. No entendí por qué de pronto todo mundo comenzaba despedirse.
-Mira, Lizzy..., tú quédate tranquila. Sólo..., mírame como lo ventajoso que te puede resultar tenerme como hermano mayor.- aso fue lo último que me dijo Emmett. Si había algo que admiraba de él, además de sus enormes músculos, era esa capacidad que tenía de presentarle al mal tiempo buena cara. Siempre encontraba algo ingenioso que decir, alguna frase para calmar los ánimos o para amenizar la situación. Nadie podía resistirse a esa personalidad tan espontánea y optimista que él poseía. Ahora quedaban sólo papá y Edward. Me pregunté si acaso se quedaría a escuchar, porque de otro modo se vería obligado a despedirse...o algo así.
Me reprendí a mí misma. Estaba pensando demasiado y tenía que tener la mente despejada.
-Creo que será mejor que hablemos en el despacho- comentó Carlisle.
-Espera...-dije casi al instante.- quiero hablar con Edward primero.
Me volví para mirarle y darme cuenta de que por fin había llamado su atención.
-Debes hablar con Carlisle- sentenció mi hermano con voz fría, al tiempo que volvía a dirigir su rostro compungido hacia el piso. Detestaba verle así, pero respetaba su negativa y no iba a insistir. Lo único que le dije antes de que mi padre me llevara a su despacho sintetizaba de alguna manera todo lo que quería que supiera.
-El día en que adivinaste el truco de Emmett..., no he olvidado promesa- fue todo lo que dije y rogué para que Edward comprendiera. No supe si lo hizo, puesto que no me volteé y mi padre no esperó por su reacción.
En menos de lo que pude percibir, estábamos en el estudio de mi papá.
. Yo en su sillón del rincón, y él de pie, al otro lado del cuarto, observando con atención su impresionante galería de fotografías antiguas.
-¿Y?- tanteé luego de que transcurrieran unos minutos. Carlisle se giró de inmediato.
-No sé cómo empezar...-admitió, mirando hacia arriba- Edward debe manejarse mejor que yo en esto.
-Es simple, sólo dime la verdad- le alenté. No me hacia gracia que justo ahora viniera a echar pie atrás.
-Quiero decirte verdad. Pero quiero encontrar la manera apropiada para hacerlo..., Confieso que nunca me habia visto ante una situación igual.
-Entonces...-pensé con rapidez- comienza por decirme el final de la historia. Lo ocurrió con mi madre cuando quedó embarazada.
Mi voz sonaba atropellada y me comía algunas letras. Estaba demasiado ansiosa..., era como si los nervios me lanzaran descargas bajo la piel. Mi padre comenzó a dar pasos inseguros sobre la alfombra y terminó por materializarse junto a su escritorio, dejándose caer en su enorme silla. Se giró en ella hasta quedar mirando la pared, a espaldas mías.
-Vivianne estaba enamorada- comenzó con voz sombría, como si relatara un cuento de terror en vez de recuerdos. De hecho, todo él había cambiado, como si este asunto lo superara. Ya no quedaba nada de padre..,como si se tratara de un extraño. Aquello me preocupó.
- Había conocido a un hombre en Roma- decía papá- un tal Franco. El tipo era un vividor, y lo peor de todo, es que ella lo sabía. Franco no era una buena influencia..., comenzó a arrastrarla en sus andanzas. Más bien, la hizo recaer en muchas de las cosas a las cuales ella había dado la espalda. No llegué a cruzar más de una o dos palabras con él. La verdad, es que nunca fue de mi agrado.
No me gustaba la manera en la que trataba a Vivianne o peor, de la manera en la que ella se dejaba tratar. Era un abuso.- Carlisle hizo un pausa- Dejé de verla cuando ella se decidió a quedarse con él. Yo no me quedaría ahí a ver cómo caía en la desgraciada, y como ya había terminado con mis asuntos, abandoné Italia. Tres meses después, recibí una llamada de su parte, Franco la había abandonado y se sentía enormemente desgraciada. Necesitaba mi ayuda, dijo que la detuviera antes de que hiciera alguna locura. Tuve que viajar a Vancouver, pero llegué demasiado tarde..., la locura ya era un hecho, y Vivianne estaba al borde de la muerte. No pude culparla..., no fui capaz, a pesar de que todo cuanto le había sucedido no era más que su culpa.
El único sentimiento que despertó en mí cuando le vi en la sala de cuidados intensivos fue lástima. Lástima por verle tan frágil, por tener que haber presenciado como alguien tiraba su vida por la borda, hasta el punto de querer acabar con ella. Valoro demasiado el regalo de la vida como para no compadecerme de algo así..., porque a Vivianne se le escapaba a cada segundo. Tenía antecedentes de un hígado delicado, pero el episodio había terminado por desestabilizarlo por completo y sólo ahí se enteró de que hacía tiempo llevaba una cirrosis a cuestas. No sé cómo no vi venir..., era evidente. Ningún hígado resistiría aquellas bombas de fármacos y sedantes. Y lo peor era que, como suele ocurrir en esos casos, las células cancerígenas se dan mejor en hígados de cirróticos, por que las condiciones...
Carlisle se detuvo, y emitió un sonido similar a un suspiro.
-No entiendes palabra de lo que digo, ¿no?
Negué con la cabeza. Estaba demasiado absorta como para contestarle y no supe como adivinó lo que yo había contestado.
-La cuestión es..., - dijo, retomando su tono sombrío- que las expectativas de vida de tu madre se veían reducidas a meses, el diagnóstico había sido determinante. No lo tomó bien..., de ninguna manera. Fue una de las noches más largas de mi...,vida, aquella en la que intenté convencerla de que debía conservar la esperanza hasta el final, que debía aceptar someterse al tratamiento y albergar la esperanza de que apareciera un donante.
No me escuchó. Uno de los defectos que tenía Vivianne, era que siempre fue llevada a su propia idea, alguien completamente inflexible en todo orden de cosas. Me desesperó..., la apreciaba y la quería lo suficiente como para que su muerte no pasara indiferente para mí y vi solo una manera de salvarla del inminente final. Para eso, tendría que contarle mi secreto, la verdad sobre mi naturaleza, la que me permitiría salvarle, y la misma que intento explicarte ahora, valiéndome de esta historia...
Volvió a hacer una pausa..., ahora llegaba el momento de soltar la información relevante.
-Nosotros...-comenzó, y supuse que con eso se refería a él y al resto de la familia- tenemos la facultad de transformar a otros en seres semejantes..., es decir que podemos convertir a cualquier humano ordinario. Entonces, este humano contaría con todas nuestras habilidades...
Vi asomar uno de sus brazos por el costado y apoyarse en él.
-Nuestra fuerza..., nuestra agilidad, nuestros sentidos desarrollados y nuestro aspecto. Inclusive..., la longevidad y la capacidad de no envejecer.
Por supuesto. Ya me había confirmado aquello con anterioridad., pero no por eso dejaba de parecerme extraño o intimidante. ¿Cuántos años tendría en realidad mi padre? El apenas parecía alcanzar los treinta.
-Pero eso...,-intervine, sin evitarlo- quiero decir, si viven sin un límite de años y si no envejecen...,¿no los convertiría en una suerte de inmortales?
La risa musical de mi padre invadió la estancia, y aunque parezca tonto, ayudó a calmar mis nervios. Me recordaba que no hacía otra cosa que hablar con mi padre, en mi casa...., algo completamente cotidiano. Algo de lo que no había por qué temer.
-Exactamente, Elizabeth..., somos inmortales en muchos aspectos, porque ni siquiera nosotros estamos al margen de que se ponga fin a nuestra existencia. Pero mientras eso no ocurra, y la naturaleza siga su curso, podemos permanecer..., para siempre.
Eternamente. Eso era más de lo que hubiera imaginado. Ahora mis inquietudes no se centraban sólo en mi padre. ¿Cuántos años tendría Emmett, Edward y Alice? ¿Y Jasper y Rosalie?..., me sobrecogió el sólo pensarlo. De seguro, para ellos no era más que una cría..., una pequeña, como había dicho Jasper.
-Vamos a casa, pequeña- dijo revolviéndome el cabello. Genial, ahora debería volver a peinarlo, sin embargo no reclamé.
-¿Qué es eso de pequeña? Apenas eres mayor que yo un par de años- protesté.
-Un par es suficiente- dijo y una vez más supe que había algo más implicado dentro de esa frase.
-Le expliqué esto a Vivianne. Le ofrecí la oportunidad de salvarla, porque su problema no tenía vuelta atrás. El mal avanzaba con rapidez y había que actuar a la brevedad. Tu madre me rogó que la transformara..., dijo que ya no le quedaba nada más en su vida que quisiera conservar, pero sí quería vivir. Sí quería permanecer, quedar, y tener una nueva oportunidad..., en otras palabras, deseaba una vida nueva. Ésa era otra razón para admirarla, aquella cualidad de ave fénixque le dije que tenía..., que podía renacer de las cenizas. Entonces..., lo hice. Ya tenía bastante experiencia con Edward, Esme, Emmett y Rosalie como para hacerlo sin vacilar.
-¿Ellos también...?
-¿Fueron convertidos? Sí. Ninguno de nosotros nació así. Todos fuimos humanos alguna vez.
-¿Por qué?- fue lo único que fui capaz de articular. El exceso de información comenzaba a abrumarme.
-Para salvar sus vidas. Por que creían que no estaban listos para dejar este mundo, y porque yo tenía en mis manos una forma de salvarles.
Por un segundo, Carlisle me pareció tremendamente humanitario..., o solidario, no lo sé. Arriesgarse sólo para salvar vidas...,, aunque se tratara de sus hijos y su esposa. Después de todo, era médico, ¿qué podía esperar?
-Además, las cuatro veces que lo había intentado, había sido un éxito, no tendría por qué fallar con Vivianne..., excepto por un pequeño detalle.
Esperé con atención. En esta parte del relato, mi padre comenzó a enredarse en sus palabras.
-Había sucedido mientras estaba con Franco, en Italia. Ella no sabía..., no tenía idea..., y yo estaba demasiado consternado como para notarlo antes de..., transformarla- parecía que había cambiado la palabra a último momento- No entendí por qué no se producía ningún efecto en ella, porque el proceso de conversión se inicia casi de inmediato, pero no me llevó mucho determinar la causa. El organismo de Vivianne no era como los otros a los cuales estaba acostumbrado porque ella..., estaba embarazada. Tres semanas, no más que eso.
Contuve la respiración por un segundo. ¿No se había saltado una parte? ¿Dónde quedaba el momento en el que seducía a mi madre, la enamoraba y...pasaba lo que tenía que pasar? ¿De donde había salido yo entonces?...
Al comenzar, había respondido a mi pregunta...
"Había sucedido mientras estaba con Franco, en Italia"...
Me era imposible juntar los labios a causa de la impresión. Aquel...., ser que estaba frente a mí no era mi padre. No era nada mío. Tampoco lo eran mis hermanos. Alice, Edward y Emmett..., ningún lazo de sangre me unía a ellos. Yo era una extraña....
Solté un respingo y de pronto me sentí increíblemente débil, por lo que tuve que apoyar la espalda en el sofá.
-Tú..., no erea mi padre- mustié, más para mí misma que para él. Aún no lo podía creer. Durante el último tiempo, había aprendido a quererle como un padre, me había dado el esfuerzo de aceptarle como tal. Me había castigado por pensar de una forma incorrecta hacia él cuando le conocí, y había derramado lágrimas por eso.
No oí respuesta desde el otro lado de su asiento, y como no podía ver su rostro, no pude precisar cómo se sentía él en ese momento. Pero sabía como estaba yo..., y estaba a punto de caer del sillón. Me había llevado un impresión demasiado grande..., ¡simplemente no era posible! Él me quería, me hablaba como un padre, se preocupaba por mí, y mi había acogido en su casa, en su familia..., no podía ser simple aprecio a la memoria de mi madre. Y mis hermanos..., todos ellos me habían aceptado. ¡Maldita sea, eran mis hermanos! Yo lo sabía, lo percibía..., yo me parecía a ellos, era como ellos..., entre ellos, entre los Cullen, había encontrado mi lugar en el espacio. No podía solamente aceptar que en verdad no pertenecía a él.
-Eso es imposible...- farfullé, como si eso fuera a cambiar lo que acaba de oír- ..., mi piel fría y mi color es demasiado claro respecto a mi abuela y mi madre..., tengo un fuerza extraordinaria, Emmett lo dijo, y sé que soy más rápida que cualquier humano.
Sentí humedad en los ojos, mi voz temblaba, al igual que mi mentón.
-Sé que escucho y veo cosas que otros no ven..., me parezco más a ti que a mi propia madre...,¿cómo es eso posible si no soy tu hija?
-Porque la ponzoña que debería haber causado el efecto en tu madre, lo causó en ti...
Ponzoña. Esa palabra no me decía nada.
-Esa fue la razón por la que no funcionó. La razón por la cual tu madre tuvo que resignarse a esperar, porque ella quería conservarte. Reconozco que tuve miedo. El caso no tenía precedentes y no sabía de qué manera podría afectar tu desarrollo...
Inhalé una gran bocanada de aire. Aquello explicaba muchas cosas..., pero aún restaba algo que no debía comprender.
-¿Qué es la ponzoña?- pregunté, agradeciendo porque él no me estuviera viendo. Tenía el rostro empapado, y hubiera deseado un pañuelo.
-Se podría decir que es nuestro veneno. Así como lo tienen las arañas, las serpientes y otros insectos. Funciona más o menos de la misma manera, sólo que no tiene un efecto mortal en los humanos, sino, como ya te he explicado, todo lo contrario...
"Funciona más o menos de la misma manera", repetí en mi mente.
-¿La mordiste?- pregunté como si no creyera en mis palabras. Este asunto se volvía cada vez más insólito.
-Es la única manera- contestó luego de varios instantes, como si se avergonzara de ello. No sé por qué, pero el sólo hecho de imaginarme la escena me removió las tripas. Y lo peor, era que yo había sido afectada por esa ponzoña, y eso había alterado mi normal desarrollo. Si lo veía de esa manera, eso me convertía en una especie de monstruo. Un fenómeno, un engendro. Sentí asco de mi misma, y me incorporé con brusquedad.
-Tengo que irme- dije apenas en un suspiro.
-No- contestó Carlisle con voz seca.- aún no he terminado.
-No tiene que decir más, doctor- él se giró en su silla y quedó justo enfrente de mí. Su rostro de mármol estaba apesumbrado..., la situación no le agradaba mucho más que a mí.
-El cariño que siento por ti va más allá que cualquier vínculo genético...- me explicó.
-Pero no soy tu hija...
-Eso no cambia nada- sentenció con voz dura. Me recliné sobre mi abdomen, necesitaba ir al sanitario, las náuseas me dominaban.
-Debo irme- anuncié una vez más.
-No, debes escuchar el final de la historia...- en menos de un segundo, Carlisle estaba arrodillado frente a mi.
-No pude salvar a Vivianne porque ella murió antes de que tu nacieras. Los médicos catalogaron el episodio como un milagro, porque pudieron sacarte con vida. Yo sabía a que se debía eso, y no tuve dudas de que efectivamente mi ponzoña había actuado sobre ti.
Carlisle posó una de sus frías manos sobre la mía, y me sobresalté. No podía olvidar que me hallaba frente a una criatura diferente..., y poderosa. D seguro podría triturar mi mano con sólo desearlo.
-Le prometiste a Edward que no tendrías miedo- me recordó, y su voz se quebró por completo. Estaba nervioso, quería acabar con aquel tortuoso encuentro tanto como yo. Hablaba tan rápido, que apostaría a que un humano normal no hubiera podido seguir el hilo de sus palabras. Pero yo no era un humano normal. Ni siquiera sabía si podría adjudicarme el título de humana.
-No somos humanos es verdad, pero lo fuimos, y sentimos y pensamos como uno. Tenemos sentimientos como cualquiera, aunque no tengamos las formas para expresarlos.
Yo había comenzado a derramar más lágrimas y supe a lo que se refería. Supe porque siempre me había parecido ser tan insensible..., por qué me lo habían parecido todos ellos.
"Hablo como alguien que no ha llorado en mucho tiempo"...,,la voz de Edward resonó en mi cabeza.
¡Cómo podía haber sido tan ciega! !Cómo era posible que fuera tan imbécil como para no ver todas las pistas que tenía frente a mí y unirlas. Porque ahora todo tenía sentido..., ilógico e irracional, pero lo tenía. Había comenzado a juntar la piezas, estaba formando el camino que me llevaría a conocer toda la verdad, que me permitiría saber aquel secreto que tan bien atesoraban los Cullen.
-Tu te has dado cuenta- continuaba la descontrolada voz de Carlisle- que no somos peligrosos. No te hemos hecho daño, todo lo contrario. No somos monstruos como cualquiera pensaría. No somos seres cegados por el instinto como nos muestran los relatos de fantasía, ni diabólicos o perversos. Simplemente, hacemos lo mejor que podemos con lo que se nos ha dado, con esta nueva oportunidad. Nosotros no pusimos las reglas..., yo no puse las reglas. Ni siquiera yo elegí ser salvado, así como ninguno de los otros decidió por si mismo. Yo opté por ellos, y con ello asumí las responsabilidad, y me puse a su cuidado...No debes temernos, Elizabeth.- me pidió con fervor.
-No comprendo, ¿por qué habría de temerles? Es lo que quiero que me expli-ques...- estaba demasiada afligida como para hablar con fluidez.
-El mito dice que somos malignos, que somos dignos de temer...
-Pero, ¿quiénes?
-¡Nosotros!
-Pero ,¿quiénes son ustedes?- exclamé, perdiendo todo control. Me puse de pie de un salto, ignorando el dolor que eso me produjo en el torso. Carlisle quedó atónito. Nunca me había visto perder la calma de esa manera..., yo tampoco. Se irguió quedando una cabeza sobre mí otra vez. No me quitó los ojos de encima.
-¿Qué eres?- inquirí con apenas un hilo de voz. Como él no me respondiera, lo único que atiné a hacer fue a irme, a huir. Quería olvidarme de todos los disparates que había escuchado en la ultima media hora.
Avancé rápidamente, pero su llamado me detuvo antes de llegar a la puerta.
-Dime- dijo, recobrando algo de serenidad en la voz.- ¿cómo se llaman las masas horizontales de aire que desplazan de un lado a otro?
-¿Qué? –no daba crédito a mis oídos. ¿Qué demonios...,?
-Eso que te azota la cara en invierno..., dime, qué es.
Pensé en su pregunta por un momento. No fue difícil hallar la respuesta.
-¿El viento?
-Viento, bien. El opuesto del atardecer...
-El amanecer- contesté como si se tratara de algo sumamente obvio. No entendía que pretendía Carlisle con todo eso. No era momento para juegos.
-El nombre de Alice...
-Es Mary- dije al cabo de unos segundos. Recordaba lo mucho que me había burlado cuando me enseñara su licencia de conducir.
-¿Un cuadrilátero de lados paralelos?- yo conocía la respuesta, paralelogramo.
-¿Qué esto? ¿Una prueba de conocimientos?...-pregunté con brusquedad. Yo necesitaba salir de ahí.
-Sólo responde...
-Paralelogramo- dije con voz queda, apenas audible.
-Roma es una ciudad de...
-Italia- me tembló la voz al contestar. No podía evitar relacionar todo lo que había sucedido con aquel lugar, y sentí rabia- basta, no quiero oír más...
-Déjame terminar
-No sé qué pretendes...-admiti, cogiéndo el pomo de la puerta.
- Por eso la capital de Italia es...
-No voy a reponderte- abrí la puerta.
-El nombre de esas montañas y la península entera- concluyó, y le miré sólo para darm cuenta de que se hallaba señalando con un dedo hacia fuera. Apuntaba directamente hacia las inmesas montañas que lucían al fondo. Las montañas Olímpicas.
-Toma tus respuestas- dijo, sin mirarme- ¿qué tienes?
Me detuve a pensar..., Viento, Mary, amanecer, paralelogramo, Roma, Italia y Olímpicas. Lo repetí en voz baja.
-Viento, Mary, amanecer, paralelogramo, Roma, Italia y Olímpicas...
Por más que traté de encontrar alguna relación entre aquellas palabras no podía. No tenían nada que ver las uns con las otras.
-No tienen sentido- reconocí.
-Vamos, Elizabeth..., no las mires como palabras.
-¡No comprendo qué pretendes!
-Estoy contestando a tu pregunta...- fue todo lo que dijo.
-No soy capaz de..
-Toma las primeras..., letras- soltó de una vez, exasperado- ¿qué obtienes?.
Había dicho eso ultimo mientras se acercaba hacia mí a pasos lentos. Su altura era intimidante, prefería verle de lejos, así que me volví nuevamente hacia la puerta.
Hice lo que me pidió en mi mente.
V-M-A-P-R-I-O..
.
-Vmaprio- dije dubitativa...
-Es un anagrama...-me explicó. Su voz temblaba tanto como la mía. El corazón comenzó a saltar en mi pecho. Yo no era ninguna tonta..., y todo calzaba a la perfección. En realidad, pensé de qué manera había sido tan ingenua. Lo cierto era que nunca había estado interesada o familiarizada con el tema. Las conclusiones que arme en mi cabeza bastaron para que se me pusieran los pelos de punta y sentí un escalofrío en la espalda, como el que solía sentir en mis sueños, con esa corriente fría tras de mí,,, atrayéndome.
-V-A-M-P-I-R...-me detuve. Había pronunciado cada letra por separado.-O
De pronto me sentí desprotegida, expuesta y vulnerable, porque supe que mi vida podría acabar de un segundo a otro. El no era mi padre..., no era nada mío, y eso cambiaba todo. Las células de mi cuerpo clamaron al unísono. Cada parte de mí me decía a gritos lo que debía hacer, tal como ocurrió la primera noche en que llegué a la mansión, tal y como me indicaron que atacara a Jonas...
¡Corre!
