20
Cena de Navidad
El montón de nubes negras que descargaba su furia sobre la mansión de los Holmes seguían allí, en el cielo. Mycroft había estado toda la mañana viéndolas con la esperanza de que se largaran y que le diera un aspecto menos tétrico a ese día.
Pero desde luego, la madre naturaleza no estaba por hacerle caso.
Una hora y media antes de la cena, Mycroft se duchó, afeitó y vistió tan elegantemente como pudo. Luego se sentó en el alféizar de la ventana a leer un libro hasta que se acercó la hora. Se levantó y fue a mirarse al espejo por última vez.
Se colocó la corbata de nuevo y se ajustó la chaqueta. Tras comprobar que el pelo estaba bien colocado, abrió la puerta y salió al pasillo.
Diez minutos para la cena, mejor no arriesgarse a llegar tarde.
Cuando llegó al comedor lo encontró vacío. Así que se acercó al mueble servirse un poco de whisky en un vaso. Se apoyó contra la pared y miró al frente pero sin ningún punto fijo, pensando en lo que llevaba pensando desde ayer. Greg.
¿Cómo estaría? ¿Se habría olvidado ya de él? ¿Le echaría de menos? ¿Le seguiría queriendo si se daban otra oportunidad? Movió la cabeza hacia la puerta cuando esta se abrió. Su hermano, entró lentamente y se acercó a él.
De no ser que el nudo de su corbata no estaba bien hecho podía decir que Sherlock iba muy bien vestido. Con un traje completamente negro, al igual que sus zapatos y la camisa. La corbata en su defecto era de color gris oscuro.
—¿No has aprendido aún a hacerte el nudo de la corbata? —le dijo Mycroft.
Sherlock bufó y le quitó el vaso de la mano.
—Solo me pongo corbata una vez al año, no merece pena aprenderlo —le respondió llevando el vaso a sus labios.
Mycroft se lo quitó antes de que este pudiera beber algo del líquido y lo dejó en el mueble, luego le hizo el nudo de la corbata de manera correcta. Sherlock gruñó.
—Me da igual. No vas a beber delante de mí, eres menor de edad.
—¿Y que importa eso? —le preguntó Sherlock.
—Papá se dará cuenta y me echará la culpa a mi —se limitó a responder Mycroft antes de coger el vaso y apurarlo.
La mesa, estaba en el centro del comedor y ya estaba repleta de platos de comida. Solo tenía cuatro sillas. Uno en cada lado de la mesa. Mycroft y Sherlock se sentarían uno frente al otro, sus padres igual, en el lugar donde se ponían los anfitriones.
Sherlock se fue hacia su silla y se quedó apoyado en el respaldo, Mycroft hizo lo mismo. Cuando la puerta se abrió de nuevo, ambos se enderezaron y aguardaron. Su padre, Theodore Holmes, entró del brazo de su madre. Apartó la primera silla y le cedió el asiento, moviendo la silla conforme la mujer se iba sentando.
Luego fue hacia su haciendo y apartó la silla al igual que hicieron sus hijos. Cuando el hombre mayor se hubo sentado, hizo un gesto con la mano para que tanto Mycroft como Sherlock tomaran asiento.
En cuanto se pusieron a comer el primer plato, comenzaron a hablar. Bueno. Más bien Theodore habló con Mycroft de negocios y de los estudios, tanto su madre como su hermano pequeño se limitaron a escuchar.
Al acabar el primer plato, llamaron a la puerta. La familia se quedó extrañada aunque no prestó atención y dejó que los cocineros retiraran el primer plato para colocar el segundo. Edward entró al comedor.
—Disculpe Señor Mycroft —dijo —. Hay un chico en la puerta, dice que se llama Gregson Lestrade y que tiene que hablar con usted. Dice que es urgente y que no se irá hasta que le diga lo que ha venido a decirle.
Mycroft alzó las cejas sorprendido, la primera mirada fue hacia su hermano que le observaba con diversión. Luego posó la vista en su padre, pidiéndole permiso.
—Despáchale pronto y regresa. No tardes —le dijo el hombre con la voz grave y seria que le caracterizaba.
Mycroft se limpió cuidadosamente la boca con la servilleta y la dejó sobre la mesa. Se levantó y salió a paso lento de la habitación. Cuando llegó a la puerta de la casa, Greg estaba dentro. Con el casco de la moto en un brazo, completamente despeinado (y mojado, pues aún seguía lloviendo) y con un ojo morado.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Mycroft —. ¿Y qué te ha pasado? —preguntó cuándo se hubo acercado.
Greg tomó aire y relajó los hombros.
—Sé que lo que dije estuvo fuera de lugar y sé que no tengo ninguna explicación razonable. Pero te voy a decir porque lo hice. Me he criado con ese grupo desde que era niño. Son de familias peligrosas y siempre he intentado que mis opiniones se ajustaran a las suyas pues no quería salir mal parado. Obviamente lo que oíste era una opinión que ellos creen correcta pero no está bien que siga diciendo eso delante de ellos. Así que se lo he confesado.
Mycroft le miró alzando una ceja y se cruzó de brazos.
—¿Qué le has confesado? —preguntó.
—Que me gustan los hombres y que amo a uno —le respondió Greg.
—¿Es por eso que tienes el ojo morado? —preguntó el pelirrojo.
—Exacto. Me he quedado sin amigos, pero al menos conservo mi vida. Que te aseguro que sin ti sería mierda.
Mycroft tragó saliva lentamente.
—¿Y por eso estás aquí?
—No sabía cuando ibas a volver, es más, no sabía si ibas a volver así que busqué tu dirección y he venido en cuanto he podido para decirte que lo siento mucho y que te quiero. Y que no volveré a hablar así de un colectivo al que pertenezco.
Mycroft se le quedó mirando fijamente, sin saber que decirle. Se acercó a él y le acarició el rostro con la mano derecha.
—Siento no haber dejado explicarte —murmuró.
Greg sonrió y apretó el rostro contra la mano.
—Estabas en tu derecho.
Mycroft sonrió y le acarició la mejilla con el pulgar. Después de unos minutos, Greg se apartó y lo observó.
—¿Por qué vas tan bien vestido? —preguntó.
—Hoy es cuando mi familia puede celebrar la cena de noche buena, así que estoy cenando —informó Mycroft.
Greg se quedó completamente pálido y retrocedió hacia la puerta.
—Dios. Lo siento mucho Mycroft. En serio… Yo… Me voy, solo venía a decirte esto… Yo. ¿Mañana te puedo ver? —preguntó mientras abría la puerta.
Mycroft abrió la boca para responder, pero unos pasos lo silenciaron. Al igual que inmovilizaron a Greg. Theodore apareció en el rellano. Se quedó mirando fijamente a Greg. Sus ojos eran tan claros y tenían tanta seriedad que Greg sintió la necesidad de salir corriendo.
—¿Quién es? —preguntó a Mycroft.
—Es un amigo, papá —murmuró el pelirrojo, y Greg estuvo completamente de acuerdo en ser presentado así —. Y ya se iba.
—Sí señor, me tengo que marchar porque tengo… Tengo que marcharme —dijo Greg nervioso.
Theodore se acercó hasta Greg y le miró de arriba abajo, luego miró a su hijo.
—Ya. Claro. Un amigo —dijo Theodore pronunciando esto último con algo de rintintín —. Edward —llamó.
El mayordomo apareció unos segundos más tarde en el rellano.
—¿Sí señor? —preguntó.
—Pon otro asiento en la mesa. Tenemos un invitado inesperado —le dijo, el mayordomo asintió con la cabeza y desapareció, luego miró a su hijo —. Mycroft, indícale donde está el baño. Que se seque y que se ponga algo decente, seguro que puedes prestarle algo. Cenará con nosotros.
—Señor, no hace falta que… —empezó Greg pero la mirada que le lanzó el hombre fue tan intimidante que solo supo decir —. Gracias.
Theodore fue hacia el comedor. Mycroft miró sin entender a Greg, al igual que este.
—Vamos. Será mejor no retrasarse.
Greg le siguió completamente en silencio, un poco acojonado por lo que podría pasar. Pese al estar solos en el piso superior Mycroft no se atrevió a acercarse a Greg, no porque Edward podría aparecer en cualquier momento sino porque como le besara sabía que no iba a querer separarse en mucho, mucho tiempo así que se abstuvo. Además Greg estaba tan nervioso que ni atinaba a vestirse.
Diez minutos más tarde bajaban las escaleras. El traje de Greg había pertenecido años atrás a Mycroft, no era tan elegante como el de los otros comensales pero al menos no desentonaba con su ropa de motorista. Cuando entró en el comedor Sherlock se le quedó mirando divertido, la señora Holmes intrigada.
—¿Quién este chico Mycroft? —preguntó con curiosidad.
—Gregson Lestrade —presentó Theodore —. Es la pareja de nuestro hijo.
Tanto Mycroft como Greg, que iba a saludar a la mujer, se quedaron paralizados. Sherlock no pudo evitar echarse a reír.
—Eh… Yo… —murmuró Mycroft.
—Sherlock, cállate —ordenó Theodore, silenciando la risa del adolescente al instante —. Mycroft, puedes engañar a todo el que quieras, pero a mí no. Soy tu padre —le dijo el hombre seriamente.
—Lo siento —murmuró Mycroft ligeramente confundido, luego miró a su madre.
La mujer miró a Greg y luego a Mycroft, este se percató de que parecía algo decepcionada, aunque no lo mostró con palabras. Se levantó y le extendió la mano a Greg.
—Bueno. Me alegro por vosotros —dijo.
Greg le estrechó la mano con cuidado y se sentó en la silla que habían preparado al lado de Mycroft. Elevó los ojos hacia Sherlock, este le devolvió la mirada y asintió alegremente.
—Comerás con nosotros a partir del segundo plato ya que hemos terminado el primero. ¿Te parece bien? —le dijo Theodore.
—Me parece bien Señor Holmes —respondió Greg.
Los platos no tardaron en llegar y prosiguieron la cena. Mycroft sabía que Greg jamás había tratado con gente de tan alta clase, pero lo cierto es que supo comportarse tan correctamente como el resto de su familia. Durante la cena, que a Mycroft le pareció muy larga e incómoda, preguntaron cosas a Greg sobre sus aficiones y como iba a ganarse la vida.
Mycroft pudo observar que su madre se relajó un poco al saber que Greg quería ser policía y posteriormente inspector. Una vez hubieron comido el postre, mandaron a Sherlock a su cuarto y los adultos se tomaron unas copas.
Dos vasos de whisky más tarde todos se fueron a dormir.
—Mycroft —llamó Theodore antes de que el pelirrojo saliera del comedor.
El nombrado se dio la vuelta lentamente y se acercó a su padre.
—¿Sí? —preguntó.
—Espero que este chico no haga que tu rendimiento académico disminuya. Estoy de acuerdo con vuestra relación, me parece correcta, pero espero que no sea un obstáculo para el puesto que deseas alcanzar en el gobierno británico.
Mycroft le observó unos segundos, sonrió. Y su padre, por increíble que pareciera, le devolvió una pequeña sonrisa.
—No papá —dijo Mycroft —. Greg no supondrá ningún obstáculo, tranquilo —le respondió.
Theodore asintió.
—Que duermas bien hijo —le dijo.
Mycroft le estrechó la mano, luego se acercó a su madre y le dio un abrazo. Tras darle a ella su carta a Santa Claus, salió del comedor junto a Greg. Mientras subían las escaleras, Mycroft agarró tímidamente de la mano a Greg.
—Tienes una familia extraordinaria —susurró Greg.
Mycroft sonrió de medio lado.
—Me alegro de que hayas vuelto —susurró.
Greg sonrió de medio lado.
—¿Puedo dormir contigo o…? —preguntó en un susurro
Mycroft se dirigió a la puerta de su habitación, la abrió y metió a Greg dentro de un empujón, luego entró él y la cerró con el pestillo.
—No vamos a dormir —le dijo Mycroft.
Greg se dio la vuelta y lo miró interrogante.
—¿Ah no? —preguntó —. Pero tu padre, tu madre y…
Mycroft se quitó chaqueta y la tejó sobre el espejo, luego se quitó los zapatos y se acercó a Greg. Lo empujó sobre la cama y se puso a horcajadas sobre él. Al principio comenzó a besarle con cuidado y cariño, pero conforme le iba quitando la ropa el beso se transformó en pasional.
Greg gemía contra sus labios y Mycroft le respondía con caricias y pequeños pellizcos que solo provocaban más placer al aspirante a policía.
—Dios… —murmuró Greg.
A los minutos, cuando ambos estaban desnudos uno sobre el otro, Greg pronunció unas palabras que, pese a sonar obscenas, significaron muchas cosas para Mycroft.
—Fóllame —pidió Greg.
Y el pelirrojo le hizo caso. Aunque no fue tan cuidadoso como lo fue Greg consigo. No. Aún estaba algo dolido por lo que dijo, además ese sentimiento de la posible pérdida lo había tenido tenso esos días y definitivamente actuó lo más rudamente posible.
Dio la vuelta a Greg y sin apenas prepararlo le penetró de una sola vez. No fue cuidadoso pero hizo gemir tan alto a Greg que el mismo pensó que quizás pudieran escucharlo desde fuera. Aunque le quitó importancia a esa idea cuando Greg, entre gemidos, dijo "Más rápido".
Se corrieron casi a la vez. Greg gimió el nombre de Mycroft entre los suspiros y el pelirrojo tuvo que morder el hombro de Greg para que no se le escuchara. Se tumbó encima y ambos cayeron en la cama.
—Te quiero Mycroft… Y siento lo que te hice —susurró Greg.
Mycroft se salió de él con cuidado y lo abrazó por la cintura.
—Yo también te quiero Greg —murmuró medio dormido —. Te quiero mucho…
Greg sonrió tontamente se durmió. Al poco lo hizo Greg. Poco importaba donde estaban y lo que habían hecho. Estaban bien y se habían reconciliado. Y ahora mismo, eso era lo más importante.
