Joey miente, miente como un bellaco, miente sin parar, si la niña sentada tres mesas más allá de donde se encontraba con Nott le preguntase la hora seguramente ni siquiera lo pensaría y se la daría mal. Pero, para su consuelo, basa toda esa necesidad de mentir en que lo han educado así, que la culpa es de sus padres, que todo se basa en esconder y mentir para poder salir ileso de todo lo que pueda dañarte.

Y nunca mejor dicho si estas marcado cual animal de granja.

Mira a Theo sabiendo que, en ese estado de concentración no va a poder preguntarle absolutamente nada, así que se dedica a bufar y hacer aspavientos todo lo sonoros que puede para que su amigo levante la cabeza de aquel maldito libro para que le prestase la atención que de verdad se merecía.

-Como sigas así te desinflas y sabes que no quieres eso, menos a unas doce horas de un partido…

-Menos bromas…

-Oh vaya, que le sucede al gran Joey Lestrange ¿No puede dormir por culpa de cierto… problemilla pelirrojo?

Aquel maldito malnacido se regodea tras el libro antiquisimo que se estaba leyendo, escondiendo esa gran sonrisa que a Joey le pone de los nervios. Yo no tengo ningún problema pelirrojo. Miente, con la mirada, con la pose, con la mente. Se miente a él mismo e intenta mentirle al mundo, aunque, a veces, parece que Theodore Nott no pertenece a este mundo.

-¿Qué pasa si no ganamos mañana?

-Pues que si Ravenclaw gana a Hufflepuff con la suficiente puntuación este año no catamos la copa…

El alemán guarda silencio, no es eso lo que le preocupa, no es el partido, mucho menos la copa ¿Qué importaba? Tenían un cuarto en su mansión de Colonia únicamente dedicado a los trofeos de Quidditch, no. Parece que si, finge, pero lo que de verdad le importa es ella, no ella en si. Mentira. Lo que le preocupa es ella y su comportamiento si gana, su sonrisa burlona, sus cejas alzadas, pavoneándose frente a él sabiéndose ganadora.

Joder, tiene que ganar ese maldito partido como sea.

-Sabes que puedes ganar… -musita sin levantar la vista del libro, con la pluma entre las manos, media sonrisa y sin prestarle la más mínima atención.

-Que te jodan Nott, escucho la burla detrás de esa maldita voz de cursi sabelotodo…

Bufa, y se hunde en el sillón de la sala común mientras observa como su amigo subraya sin parar en el libro, niega, sin interés en saber que trama o que hace, pretende pasarse allí toda la noche, no mover un dedo, no atender a la necesidad de café que se despierta en lo más profundo de si cuando llega la madrugada. No. Nada de café. Nada de cocinas. Mentira. Mientemientemiente. Y no va a dejar de hacerlo, aunque ha dicho que iba a bajar, aunque debería recuperar su chaqueta antes de que sea demasiado tarde. Da igual, se imagina la cara de la pequeña pelirroja, sobre la encimera, con las piernas colgando, sin siquiera rozar el cajón más bajo, ataviada con su chaqueta, esperándolo. Toda la noche.

Jódete pelirroja.

El sol se hace ver esa mañana de abril, para sorpresa de la gran mayoría del castillo que se prepara para el gran encuentro del año. Los niños de los cursos más bajos se arremolinan en las esquinas haciendo sus propias apuestas, casi más nerviosos que los propios jugadores, los hay que discuten como expertos entendidos en el tema, otros, sin embargo, se apuestan que la capitana de Gryffindor vuelva a romper su uniforme. Mientras, entre la algarabía de una mañana de sábado unica y exclusivamente dedicada al deporte estrella se encuentra Joey Lestrange, ojeroso, desesperado, con una necesidad de café que no recuerda haber tenido en años, mirando fijamente hacia una mesa más allí, donde Ginevra Molly Weasley se sirve su tercer café, con sus ojeras, su sonrisa de medio lado y ¡No puede ser! Su sudadera, la del equipo de Durmstrang, sobre el uniforme granate de Gryffindor. Se imagina la cara de su padre ante esa imagen y sonríe de medio lado, a la maldita enana aquella le quedaba bien. Increíble. Mentiría si dijese que no se la estaba comiendo con la mirada, más de lo que le gustaría. Mentiría también si dijese que no esperaba que levantase su mirada de las tácticas para mirarlo y así poder ponerla nerviosa.

Pero la pelirroja no alza la mirada, no hasta que se levanta con todo el equipo y un séquito de lameculos que por supuesto el mayor de los Lestrange no ve como una amenaza, mentira, y entonces se miran y ella aparta la vista, con ese sonrojo que tan bien la describe. No sabe si ganará el partido, pero el hecho de que no pueda aguantarle la mirada es un gran premio para él. Uno de los mejores que puede tener.

Mentira.

No sabe cuanto tiempo ha pasado, puede que hayan sido diez minutos, segundos, horas o días, pero de un momento a otro se ve a si mismo siendo perseguido por una bludger que un imbecil de Gryffindor ha lanzado contra él cuando estaba demasiado concentrado admirando los movimientos de la pequeña de los Weasley. Y que ese uniforme se marca demasiado no te engañes.

Pierden, pierden y lo que menos necesitaba el equipo era que se distrajese por una estupidez y la bludger impactase contra él. Da un giro brusco y en ese preciso instante es participe de lo que será la mejor jugada que ha visto en toda su vida, aunque nunca lo acepte, claro está. Entre una muchedumbre extasiada y apabullante Ginny se hace paso con la Quaffle entre sus pequeñas manos, evitando a todo lo que se le interpone, tres bludgers, un par de Slytherins, los bates contrarios, hasta uno suyo que a punto está de tragarse. El lanzamiento es tan rápido que Zabini no es capaz de verlo, posiblemente ni con una gafas de culo de vaso.

Gryffindor gana. 70-60. Y entre las celebraciones y los vítores el buscador de Gryffindor divisa la snitch, lanzándose en picado hacia ella. Aquel niño de cuarto enclenque y quebradizo se abalanza sobre la pequeña pelota dorada justo en el instante que él la ve. Sabe que nunca es tarde, que depende de él, que si es más rápido que ese crío de catorce años gana, gana él, gana Slytherin. Gana la cara de decepción de Ginny.

GinnyGinnyGinny

Es posiblemente una de las pocas veces que piensa en ella por su nombre y no con algún apelativo frío y desprovisto de cariño que lo mantiene a ralla. Maldito subconsciente. Se increpa a si mismo mientras desciende a toda velocidad a la misma altura que su contrincante. Esta a dos pasos, a unos centímetros, la tiene ahí, justo para ganar, ganar todo lo que quiere ganar ese día, pero, por lo visto no es su día y algo hace que la escoba de un bandazo y pierda un poco el equilibrio.

Mierda.

Esa perdida de equilibrio hace que el buscador de los leones enganche la snitch y en ese mismo instante la parte izquierda del campo salta extasiada de energía y alegría, mientras el mocoso de cuarto tiene su momentazo de gloria y Joey divisa una sonrisa, a unos metros sobre él, más o menos donde se supone que debería estar él si no hubiese perdido el equilibrio.

Malnacida. Vocaliza todos los insultos que puede en la distancia mientras ella le devuelve una tremenda sonrisa de burla. La odia. Mucho. Demasiado. Para siempre. Se lo dice a si mismo, se lo recuerda, se lo graba a fuego en la mente como la marca en su piel.

Falacias, mentiras.

Tarda como tres cuartos de hora en encontrarse con ella, ataviada de nuevo con el uniforme del colegio, y como no su maldita chaqueta. Todo ello acompañado de la Snitch volando a su alrededor y LA sonrisa.

-¿Cómo ha estado eso de morder el polvo? ¿Bien? ¿Qué se siente? –se recochinea, acercándose a él, más pletórica y contenta que en semanas.

-Que te jodan, Weasley.

Observa como se pasa la lengua con los labios, como si intentase no decir algo que está deseando decir, ahí, al resguardo de los vestuarios, donde tantas veces se han encontrado, teme por su integridad como persona y como mentiroso numero uno por culpa de metro cincuenta escondido bajo su chaqueta.

-¿No vas a felicitarme como es debido, Lestrange?

Ese cambio de los acontecimientos lo deja perplejo, porque no se espera que se acerque, no espera que de repente invada su espacio personal sin permiso, sin que sea él el que da el paso. Que mierdas. Desde cuando es él el que se queda agazapado. No, no, no y no.

-No tengo porque.

-Oh si, yo creo que si. He hecho un partido tremendo, hasta he conseguido que el buscador del otro equipo pierda su única oportunidad de ganar… me merezco un premio.

No le da tiempo a contestar, porque ante su cara atónita, Ginny Weasley, con su metro y medio de altura y su pelo aun húmedo tira de él para atrapar entre si sus labios y cobrar su premio.

Maldita niñata, puta pelirroja, asquerosa, enana, molesta.

Por mucho que lo intenta, por mucho que se repita todos los insultos que conoce, en ingles, latin, griego y alemán no hace ademán de separarse, no, ni de coña. A la mierda.

-Bueno, creo que… me espera una tremenda fiesta en la sala común, por eso de haber ganado… ya sabes… -susurra con recochineo antes de separarse de el- Pero si quieres, puedo hacer un hueco en mi apretada agenda y nos vemos en las cocinas de madrugada y así…

Antes de que le de tiempo a contestar la pelirroja ya a enfilado el camino que lleva hasta el castillo, dejándolo atónito, atontado, flipando, con la certeza de que, después de aquello, iba a plantarse en las cocinas a esperarla para vengarse, o mandar todo a la mierda.

O para ambas cosas.

Teme, pelirroja. Teme.