Capítulo 21

Todo termina

Jack Storm era un hombre al que muchos temían. No expresamente por su apariencia, porque sus rasgos agudos y ojos claros parecían romper un poco con el esquema de su comportamiento, se trataba más bien porque era un hombre frío, que siempre hablaba lo justo; y cuando lo hacía, sus palabras eran órdenes que tenían que ser cumplidas. Romper con ellas no era una opción para los que trabajaban cerca de él. Quizá no muchos tenían la fortaleza para aguantar aquello, pero Kai, quien había trabajado con la familia Storm desde que Jack era muy joven, sabía muy bien cómo manejarlo; porque no siempre había sido así.

Él fue testigo de los primeros tropiezos del joven hombre. Era el mayor de tres hermanos y una hermana, y desde que era un niño lo habían formado para poder dirigir la empresa de la familia. Kai recordaba que Jack había sido un niño muy locuaz y, cuando creció, tuvo cierta afección hacia el poder. Se dio cuenta que el dinero podía lograr muchas cosas; le encantaba. Empezó con una rebeldía que le duró unos años y que a su familia no le importaba, hasta la noche en que Kai lo despertó y le dio la noticia de que sus padres y su hermana habían fallecido en un accidente, mientras regresaban de un viaje. Nunca lo pudo superar, no por sus padres, porque siempre se había considerado independiente y falto de afecto hacia ellos; lo que nunca pudo superar fue la muerte de su hermana menor.

Fue por esos años que se fue al extranjero a seguir con sus estudios, invadido por los fantasmas y la presión que él mismo se autoimponía. Empezó a buscar una perfección insana en todo, pero lo único que logró fue destruir a una joven llamada Idun. Ella lo quería en serio, pero él no buscaba amor, aquello ya era un tema irrelevante que haría que sus metas cayeran una a una. O eso creía. Con todo, cometió un último error, y se dejó llevar por las necesidades más que por los sentimientos. Engañó un poco, porque era necesario, y la señorita Idun Adkins creyó sus palabras una a una. Salieron por meses, hasta que estaban acostumbrados tanto el uno al otro, que Jack creyó en serio que podía formar algo con ella. Pero las cosas no se podían quedar tan tranquilas, porque él seguía siendo parte de una de las familias más poderosas de su país e Idun no era nadie. Era una chica común y corriente que tocaba el chelo y daba presentaciones pequeñas en la ciudad. Él se iba a casar, y no sería con ella.

Claro, fue un tema que dejó pasar. Creía poder deshacerse de ella con facilidad; pero una noche se enteró de que Idun estaba embarazada y sus planes se empezaron a derrumbar uno por uno ante sus ojos. Si bien no tenía un padre que lo riñera y castigara por sus actos estúpidos, aún le quedaba un abuelo que no iba a tolerarlo. Podía darse por perdido, le iban a quitar todo y alguno de sus hermanos heredaría. La presión fue insana. Intentó convencer a Idun que ese "ente" que crecía dentro de ella no iba a llevarlos a ninguna parte. Comentarios que se volvieron amenazas, y las amenazas duraron meses. Entonces la vida pareció sonreírle un poco en el séptimo mes de embarazo de Idun, cuando todo se complicó y la vida de la mujer y su bebé corrieron el mismo peligro.

El día que Idun dio a luz, le dieron a escoger entre la chica y el bebé. Idun tenía más posibilidades de salvarse, pero él escogió a Elsa, porque tuvo la esperanza de que todas las pesadillas acabaran para el final de ese día. Con suerte, ambas morirían y entonces se vería redimido. Pero Elsa no murió, ni esa ni las siguientes noches que le siguieron.

Idun falleció sin conocer a su hija. Y Jack, sin experiencia alguna, se quedó con la pequeña bebé, quien empezó a causarle molestias sin proponérselo. Las noches con ella era horribles para el joven hombre, todo su historial de vida se encontraba marcado desde ese momento. Pensaba en cómo volvería a casa con una niña en brazos, y mientras más lo hacía, más se daba cuenta que aquello era imposible. Tenía que deshacerse de ella a como diera lugar, así que apenas un mes después del nacimiento de Elsa, Jack concertó una cita con la madre de Idun.

La mujer mayor no le agradaba, ni ella tenía agrado por él desde que su hija se alejó completamente meses atrás. La señora Adkins siempre tuvo cierta reserva hacia Storm, y cuando Idun empezó a dejar todo por él, intentó hacerla entrar en razón pero no funcionó. Al contrario, sólo hizo que Idun creyera que la intentaba manipular. Su hija había acabado yéndose, ignorando al mundo, siguiendo a Jack; había terminado muerta. Sin embargo, cuando Jack le entregó a la bebé ese día, después de una discusión acalorada y de resentimientos frescos, Dagna Adkins no pudo negarse. No cuando vio a Elsa envuelta en una frazada, observándola con esos grandes ojos azules que se parecían tanto a los de su madre. Si esa niña se quedaba con Jack, lo más probable es que no tardaría en llegar a un orfanato y, eso, jamás se lo perdonaría.

Acordaron que Jack no la vería en lo consiguiente. Que le enviaría dinero, lo justo para vivir cómodamente, sin extravagancias. Y él aceptó, encantado y con un gesto de dolor fingido. Él regresaría a su hogar, a su fortuna, a su "destino" sin todas esas ataduras que implicaban tener un hijo. Elsa se quedó, en cambio, con su abuela, a quien vería como su único familiar por años. Era la única persona que tenía en el mundo, la primera que se dio cuenta que tenía aquél don y que la había entendido hasta el final.

Había sucedido poco a poco, como las bajas temperaturas en su habitación cuando apenas tenía unos cuantos meses de edad, algo que Dagna no consideraba del otro mundo dadas las temperaturas frías de la ciudad, pero Elsa fue creciendo y, con ella, también su poder. La primera vez que Elsa congeló algo, fue su biberón de leche, y la señora Adkins no se habría dado cuenta si la niña no hubiera empezado a llorar. No hubo explicación alguna para ese acontecimiento, pero sucedió una y otra vez, hasta que se hizo tan común que empezó a darse cuenta de otras cosas, como la pequeña escarcha que encontraba sobre la madera de su sillita o sus juguetes y mordederas. Dagna pensó incontables veces lo que haría, no estaba preparada para eso, de hecho, estaba muy segura de que nadie estaba preparado para algo como aquello, pero igual siguió de pie, pensando sobre todo en el bienestar de la niña.

Elsa creció como una niña normal en muchos aspectos, y a veces preguntaba muchas cosas y, otras, prefería callar y darse cuenta por sí misma de que lo que le sucedía no era común para las demás personas. Su abuela tuvo infinitas charlas con ella cuando apenas fue capaz de entender, pero a veces no dadabastaba eso. La primera vez que se mudaron fue para olvidar, para alejarse de todos y aprender de sí misma. Elsa pudo aprender a controlar sus poderes con la ayuda de su abuela, pero a cambio la vida de ambas fue muy solitaria, en lugares nevados y alejados de varios poblados. La vida era tranquila, tenía profesores particulares y hasta un maestro de música; había optado por tocar el chelo desde muy pequeña y, con el tiempo, fue lo único que hizo que se pudiera controlar en los peores momentos. Había paz dentro de todo, pero nada podía quedarse así, sin más, porque Elsa empezó a darse cuenta de varios detalles. Sabía que visitaba a su madre en el cementerio, un par de veces al año según indicara la abuela, ¿pero qué pasaba con su padre? ¿Había tenido uno, no es así? La etapa de los cuestionamientos llegó y fue algo que la señora Adkins no pudo evitar. Elsa empezó a salirse de control, harta del aislamiento y de sus poderes. Como última carta, Dagna llamó una noche a Jack, cuando Elsa no le había dirigido la palabra en al menos una semana entera.

Él llegó casi por sorpresa al menos dos meses después, luego de una carta apresurada, como si su llegada se tratara de un accidente. Cuando vio a Elsa, ninguno de los dos se movió, y Dagna casi agradeció la vacilación de la niña cuando retrocedió dos pasos. Se habían conocido más por compromiso que por otra cosa, Jack con curiosidad, Elsa por cierto afecto que sintió al saber que tenía un padre, vivo. Se veían apenas, casi cada vez que ellas se mudaban, y a veces Elsa lo quiso mucho, pero otras lo odió tanto, que apenas podía controlarse cuando el hielo empezaba a cubrir su habitación. La había dejado después de todo. A Jack nunca le había importado. Él apenas sabía de ella, y poco le interesaba aprender, pues apenas podía verla a los ojos sin hacer una mueca extraña que luego le parecería de desprecio. Luego entendió que era porque era el vivo retrato de su madre.

La única vez que Elsa le reprochó algo, fue años antes de la muerte de su abuela, y fue porque Jack se había reído cuando lo invitó a ir a su primera presentación. Le había dolido tanto, que congeló por completo la mesa donde se encontraban y se atrevió a mirarlo con furia. Luego del primer momento de sorpresa y terror, Storm había salido de esa casa y Elsa, desde ese instante, perdió contacto con él.

Jack había creído por mucho tiempo que estaba imaginándose todo, pero lo pensaba y volvía a rememorar la escena en su cabeza y todo era muy real. No supo si lo descolocó más el hielo o los ojos de la niña, mirándolo directamente con todo ese odio como si fuera capaz de destruirlo en unos segundos. Se sintió desarmado, apenas una hoja de papel en el viento. Cuando Elsa lo llamó años después pidiéndole ayuda para salvar a su abuela, apenas pudo saber de quién se trataba, pero la reconoció totalmente cuando se encontró de frente, después de mucho tiempo, con una jovencita de dieciséis años que sólo se diferenciaba de Idun por el color del cabello.

Jack casi quiso reír a carcajadas, era como si los fantasmas lo persiguieran.

―¿Señor? ―La voz de Kai se expandió por toda la oficina.

Storm cerró los ojos con pesadez e intentó mitigar el dolor de cabeza que le producía el recordar.

―Kai ―dijo, sin verlo, fingiendo leer unos documentos que le habían llegado esa mañana.

―El joven Islas aún quiere verlo…

―Y yo dejé en claro que no tengo intención de perder mi tiempo con gente estúpida como él ―soltó entre dientes. Era al menos la quinta vez esa semana en la que Hans Islas se presentaba a las oficinas de su empresa pidiendo, luego exigiendo hablar con él. Después habían surgido varias amenazas.

―Señor… ―La voz de Kai de nuevo, acercándose con cautela. Jack levantó la mirada para encontrar la preocupación del hombre―. Él… Cuando lo he sacado por décima vez esta mañana, me ha casi escupido en la cara que sabe sobre… ―Hubo una vacilación y un suspiro―. Que sabe sobre los poderes de la señorita Elsa.

Kai no habría querido decirlo, había hecho todo lo posible para que el muchacho se callara y, así, no delatar a Elsa. Incluso lo había amenazado con una paliza para luego arrojarlo donde nadie lo encontrara, pero Hans había empezado a gritar y a llamar la atención del personal que se encontraba ahí; la situación se estaba saliendo de control, sobre todo cuando seguridad llegó y empezó a forcejear y a decir que él sabía la verdad de todo, incluso que Elsa estaba saliendo con Anna Summers. Kai ya no tenía mucho que hacer ahí. Sobre todo cuando algunas personas empezaron a hablar. En poco tiempo todo llegaría a los oídos de Jack, así que cogió a Hans de un brazo y lo trasladó con brusquedad hacia los elevadores, para luego dejarlo vigilado por dos guardias más. Antes de marcharse a avisar a Jack, le dijo que le cortaría la lengua si se atrevía a decir una palabra más. Islas sólo lo había mirado con una sonrisita de satisfacción que luego se borraría, pues apenas imaginaba lo que era tratar con Storm.

―Él está aquí… ―Jack afirmó, tensando la mandíbula.

―Está afuera, señor.

―Lo dejaste entrar.

―Estaba gritando. Intenté detenerlo ―dijo sinceramente, sin confesar que no lo hacía por él.

―Vete, y haz que pase. Espero por tu bien que no hayas cometido un grave error, Kai.

Kai sentía que había cometido el peor error cuando salió de ahí. Y supo que se arrepentiría para siempre cuando Hans entró a la oficina y le guiñó un ojo con esa sonrisa casi siniestra que no había visto en nadie de su edad. Sólo quedaba esperar y hacer lo posible para que Elsa estuviera bien después de esa insana reunión entre su padre y el joven pelirrojo.

Jack se había levantado de su asiento para cuando Hans entró a su oficina. Miraba hacia el exterior, donde los cristales le enseñaban las montañas que adornaban parte de la periferia de Arendelle. Cuando Hans habló, a sus espaldas, quiso reír por el tono altanero con el que se presentaba.

―Así que ahora sí quiere saber lo que tengo que decir, ¿no es así, Storm?

Jack sonrió de medio lado y volvió el cuerpo lentamente hacia el chico. Inclinó la cabeza hacia la izquierda, apenas, y lo miró de arriba hacia abajo, como solía hacerlo las veces que tenía que escanear tanta insolencia junta. Hans era un niño, que apenas y sabía lo que estaba haciendo.

―No eres muy inteligente, ¿verdad?

Hans apretó los dos puños ante el insulto, pero no se movió de su sitio.

―Y si usted lo fuera no se atrevería a hablarme así.

―Ah, ya veo… ¿Y por qué sería eso? ―Jack levantó una ceja, de un pálido rubio, y sonrió con burla ante el intento de intimidación.

―Sé cómo son los de su tipo, Storm: astutos, tratando de llevar a la gente hasta su trampa, siempre en calma y buscando cada punto débil para luego comerlos y arrojarlos a la basura; siempre buscando quedarse con el poder. ―Hans se irguió y lo miró con desprecio, de pronto como si fuera mejor que él―. Pero sólo eres una apariencia. Vives de ellas. Y si un día alguien rompe con todas… estarás totalmente perdido.

Jack no se inmutó.

―Hans Islas, el treceavo hijo, quizá bastardo, de un hombre que ni recuerda tu existencia ahora… ¿Qué hiciste, Hans? ¿También le hablaste a tu padre en ese tono?

Hans dio un paso hacia adelante y casi ladró con sus palabras.

―¡Lo sé todo! ¿Cree que he perdido tanto tiempo aquí por gusto? ―Rió, con el sudor frío empezándose a colar por sus sienes―. Ese… ser que tiene como hija. La he visto, y sé que no estaba soñando. La vi ese día, cuando defendió a la maldita perra de Anna Summers. ―La cara en blanco de Jack lo dijo todo―. Oh… ¿no lo sabía? ―Hans rio con sorna, mostrando los dientes―. Creí que deliraba, pero luego las vi… Tuve que investigar, claro… pero todo estaba ahí. Las dos, tan juntas… ¿No sabías que tu hija es una asquerosa lesbiana, Storm?

―¿Qué es lo que intentas, Hans?

―¿Intentar? ―Hans escupió, buscando entre los bolsillos de su chaqueta―. ¡Intentar dice! Qué es lo que quiero… Eso es lo que tienes que saber, o les diré a todos que tu estúpida hija está saliendo con una chica. ―Arrojó a los pies de Jack unas fotos de Elsa y Anna, tomadas de la mano a las afueras del cementerio de la ciudad y, otras, con el beso que se habían dado ese día.

Jack las vio, sin atreverse a recogerlas. Sentía la ira venir en oleadas, no creyó que Hans tuviera pruebas de nada. Él no esperaba eso, hubiera preferido que le dijera sobre los poderes de su hija, porque al menos así nadie le creería. ¿Quién en su sano juicio podría creer de una chica con cryogénesis?

Trató de mantener la calma, pero ver a Elsa ahí con esa joven hizo que su estómago se retorciera y empezara a pensar en todo lo que tenían que hablar.

―Un as bajo la manga ―dijo, en cambio, como si no fuera la gran cosa.

―¿Creíste que te hablaría de sus poderes, Storm? ―Hans se posicionó casi frente a él―. Creíste que sería lo suficientemente estúpido como para decir algo así… ¿Y sabes qué? Lo dudé. Lo dudé mucho hasta que tu inútil guardia cayó. Pero si te amenazo con algo como eso… ¿quién va a creerme? Posiblemente termine en el manicomio antes de terminar el día. ¿Te encargarías de eso, no? Pero esto… Esta noticia frustra tus planes. ¿Elsa iba a hacer un botín casándose con algún tipo con dinero, no es así? ¿Qué va a pasar ahora cuando todos se enteren de la realidad?

―¿Crees saber mucho de mi familia, Hans?

―Oh, sí ―sonrió―. Mi familia… Mi padre no me cree tan inútil como todos piensan… En realidad, soy muy bueno adivinando e investigando… secretos. ¿Y adivine quién fue mi víctima desde que me atacó unas noches atrás? Oh, exacto, ¡Elsa! La pobrecilla ha estado tan desamparada toda su vida… ¿Qué dice la gente sobre su madre? ¿Cuántos años exactamente estuvo en el exilio, Storm?

Jack dudó, por fin, de la idiotez de Hans. Se había encargado de borrar varias huellas de su pasado, pero muchas habían reaparecido cuando Elsa pisó Arendelle y la presentó como su hija. Había tanto que lo haría caer… Con Elsa, con la personas, con todos… Pero él era más inteligente que todo eso, que un niño tonto.

―No vas a lograr nada amenazándome, Hans ―entrecerró los ojos.

―¿Amenaza? ―el chico casi brilló―. ¡Pero yo no lo estoy amenazando, Storm! Quizá al inicio pero… Vamos, lo he hecho vacilar… ¿por qué mejor no hablamos de un trato? Usted es un hombre de negocios, yo estoy por esos caminos… Conoce a mi padre, ¿acaso no han trabajado juntos en algunas ocasiones? Es un malnacido, lo sé, lo sé… Pero nuestra familia es lo suficientemente poderosa como para… Unirnos.

Las palabras de Hans hicieron que Jack se quedara en blanco un sólo segundo, luego hiló las palabras, una a una, y el significado hizo que sonriera de medio lado, casi cautivado y enternecido por los intentos del muchacho, pero en realidad ya estaba cansado de los juegos, así que el desastre concluyó con una risa que ocultó dándose la vuelta para luego mirar de lleno al chico.

―¿Casarte con Elsa? ―preguntó, para ponerle más leña al fuego―. ¿Eso quieres?

Hans no se veía contento.

―Mi padre y mi familia le ofrecen…

―Tu padre, tu familia, tu familia esto y lo otro ―Jack rió en serio, como muy pocas veces lo hacía―. Señor Islas ―se burló―. ¿Cree que es el único que ha investigado? ¡Usted no tiene familia! Es un niño perdido, que ha sufrido tanto porque su padre no le hace caso… ¿Es así? Amas la atención, la añoras tanto porque nunca la has tenido. Y cómo odias cuando te quitan esa ínfima esperanza... Lo detestas tanto… Aunque debo darte el crédito, no sabía que Elsa era quien te la había arrebatado.

―Elsa se va a casar conmigo ―Hans dijo acentuando cada palabra, ignorando que las palabras le quemaron en el estómago.

―Ah, ¿sí? ¿Y qué más, señor Islas, le cederé la mitad de mi empresa y dejará de ser el don nadie que es? ―Jack dio un paso hacia él, con sus rostros frente a frente. La risa se había borrado―. ¿Crees que sabes de mí, pequeño imbécil? ¿Crees que sabes al menos un décimo de la vida de Elsa? No sabes nada, niño. No tienes idea de lo que es hacer crecer todo esto con tu propio esfuerzo… No puedes imaginar todo lo que ha tenido que pasar para tenerme aquí, en este lugar, frente a todo. ¿Y sabes qué es mejor? Que no sepas nada, Hans, porque quizá mañana aparezcas muerto en tu habitación porque de pronto te has decidido suicidar… Qué pena… ¿No es así? ¿Quién dudaría del caso, cuando el pobre joven con problemas de conducta ya no quería nada más con su patética vida?

Hans había empezado a retroceder, con la boca entreabierta.

―Usted…

―¿Nadie te dijo que debías temerme, Hans? ―Jack sonrió, y era la primera vez que a Hans le producía nerviosismo y miedo algo como aquello―. ¿Creíste que ibas a venir aquí a exigirme y salir victorioso con media fortuna? Espera… veo algo más… ¿Era la forma de agradar a tu padre, Hans?

―¡Basta! ―Hans casi chilló―. ¡Fue ella! ¡Ella fue la maldita culpable! ¿No lo entiendes? Si destruyes a Elsa, destruyes a Anna ―Hans miró a Storm, casi con súplica―. ¡Sé lo que quieres de tu hija! Pero no vas a lograr nada si ella está a su lado… Crees que la tienes en tus manos, Storm, pero Elsa es tan volátil que en cualquier momento se puede escapar de ti. Y puedes amenazarme lo que quieras, girar los papeles y hacerte creer que eres invencible… Pero eres tan inútil como cualquiera porque con ella ganas, pero sin ella estás jodido.

―¿Qué te hace pensar que sin Elsa estoy fuera?

Hans no lo pensó mucho.

―Números… Estás vendiendo acciones. Te estás yendo a la bancarrota. Elsa es tu única opción, Storm. Toda tu vida te la pasaste tratando de hacerte imparable, pero has llegado a un punto en el que ya nada funciona. ¿Cuánto vale exactamente? ¿Ella es consciente de eso? ¿Piensas decírselo algún día?

El recuerdo amargo de su abuelo vino a Jack, y ni el dulce sabor cuando supo que al fin había muerto pudo tranquilizarlo en ese momento. Cuando Demian Storm supo de Elsa años después de su nacimiento, le había dejado un porcentaje de su herencia, más para darle una lección a su nieto que para otra cosa; la chica sólo obtendría el dinero cuando cumpliera los 21 años de edad o si se casaba antes, y Jack sólo supo ese detalle semanas antes de que Elsa lo contactara por la enfermedad de su abuela, había sido casi el destino… Él iba a poder controlarlo todo si tenía a su hija, junto a él. Y al principio fue un plus, pero cuando la economía de la empresa fue cayendo con la muerte de su abuelo, la idea de tener a Elsa cerca fue haciéndose más tranquilizadora. Sólo era cuestión de tiempo para que la joven hiciera lo que él quisiese, como Idun.

―Cómo… ―respiró profundo.

―¿Que cómo lo sé? ―El tono altanero de Hans se había ido. Lucía serio, como si le costara ocultar el miedo que tenía―. Has destruido a tanta gente… ¿Creíste que sólo se perderían y no harían nada, que no dirían nada? Ni siquiera tuve que esforzarme mucho. Claro que sé quién eres… Eres un monstruo, Storm, igual que tu hija… Pero tú no necesitas poderes, tú sólo borras la evidencia y haces creer a todos que nada ha pasado.

―No vas a hablar, Hans… Ambos lo sabemos.

Hans se veía demacrado.

―Haz que Elsa se vaya entonces ―dijo casi en un letargo―. Llévatela lejos, ¿pero sabes qué? Haz que Elsa lo desee en serio. Sólo si tienes a Anna en una mano, tendrás a tu hija en la otra.

―Y aún derrotado quieres hacer daño… ―Jack murmuró, pensando en el momento que descuidó demasiado a Elsa. En el momento que confió demasiado en ella y sus andares que se presumían fieles. ¿Hace cuánto que Elsa lo engañaba?

―Yo tampoco olvido, Storm…

Jack miró a Hans y, por vez primera, sintió que no tenía que eliminarlo después de todas las amenazas y presunciones. Quizá era demasiada valentía del chico al enfrentarlo, o extrema estupidez, que era lo más seguro. De cualquier forma, si el padre de Hans no lo usaba y el muchacho venía a él, casi como una liebre a la trampa… ¿Qué podía hacer si no aprovecharlo?

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―Mamá me ha dicho que te invite a comer al regreso, por cierto. Quería un pic-nic, pero la verdad creo que sólo quiere que te dé un poco el sol. Dice que te falta tomar un poco de color.

Elsa lanzó una risita y siguió leyendo el libro que había tomado de las cosas de Olaf.

―Soy alérgica al sol, Anna.

―Sabes que eso no es cierto.

―No, pero tenemos un amor-odio. ¿Recuerdas el cuento del hielo y Anna? Es lo mismo. "Nos amamos a nuestra manera pero no podemos estar juntos".

Anna le dio un golpecito en la pierna y rio también.

―No uses mis frases para salvarte.

―Sólo las usaré en tu contra, entonces.

―Pequeña tramposa.

Elsa cerró el libro y lo dejó a un lado. Anna estaba recostada en su regazo y la miraba con una sonrisita idiota en el rostro. Había estado así toda la mañana, y estaba muy segura del porqué. Aún le producía un nerviosismo insano recordar, así que prefirió aparentar calma y normalidad al despertar. Habían desayunado juntas sin hacer muchos comentarios, y luego se habían retirado a ducharse para luego acostarse de nuevo y leer, hasta ese momento.

―Me pone nerviosa esa sonrisa ―confesó con el ceño fruncido.

La pelirroja amplió más el gesto, y se levantó de su lugar, para luego gatear hasta ella y posicionarse frente a frente. Elsa sintió el peso de la chica sobre sus muslos.

―Tengo ese don ―. Anna la miró desde arriba, haciendo que algunos mechones de su cabello suelto cayeran.

―Ah, ¿sí? ―Murmuró Elsa, sin poder dejar de mirar sus labios.

―Y otros, uno mejor que el otro.

Su cuerpo reaccionó cuando el dedo índice de Anna se deslizó por su abdomen, hasta llegar a su cuello. Los ojos de Anna se oscurecieron y la respiración se le enganchó en la garganta. Había perdido la cuenta de todos los besos que se habían dado ese día, pero estaba muy segura que nunca había tenido tantas ansias como en ese momento.

Anna se detuvo justo cuando iba a besarla y se levantó de un salto.

―Levántate. ¡Un nuevo día nos espera! ¿Sabes escalar? ¿Qué digo? Seguro aprendes en un santiamén.

Elsa abrió la boca y parpadeó dos veces en completa confusión.

―Espera, ¿qué?

―¿No te dije? ¡No te dije! Hay un pequeño cerro a medio kilómetro. No es que tengamos que subir mucho, pero creí que podíamos almorzar ahí.

Elsa asintió aún tratando de ordenar todo.

―Entonces… ¿El beso que esperaba viene antes o después?

Anna sonrió con malicia.

―Sé que algo estoy haciendo bien cuando Elsa Storm desea más de mí ―volvió a acercarse a ella, atropelladamente, y le dio un rápido beso en los labios―. Te espero abajo, haré unos sándwiches.

―No sé si quiero morir hoy, Anna ―dijo en burla.

―¡Sólo fue una vez! ―gritó Anna, alejándose―. Y no sabía que la mantequilla de maní había caducado.

Elsa sonrió, viéndola desaparecer por la puerta. Dejó caer su cabeza en la almohada enseguida y miró al techo. No quería que ese día se acabara.

Su celular vibró en la superficie del escritorio, Elsa levantó la cabeza para verificar que había escuchado bien. El objeto se movía graciosamente con los zumbidos. Todavía le tomó dos segundos entender que era una llamada y, luego, se levantó vacilante y caminó hacia el objeto. Nunca nadie la llamaba. Cuando lo tomó y verificó de qué se trataba, una pequeña oleada de incertidumbre la colapsó al notar el nombre de Kai en la llamada perdida. Había cinco más además de esa, todas a distintas horas de la mañana.

Elsa buscó el número del hombre en su celular y marcó. Uno de sus brazos se había sujeto de su cintura en automático. Kai contestó casi enseguida y, apenas su voz resonó, Elsa supo que algo había pasado.

―Señorita Elsa, santo cielo. Llevo horas tratando de comunicarme con usted. Tiene que salir de inmediato. Tiene que volver a Arendelle.

Elsa trató de descifrar su tono.

―¿Kai? Kai, tranquilo, tienes que decirme qué sucede. Yo no…

―Él lo sabe, su padre sabe que está con Anna.

Las rodillas de Elsa temblaron. Rio nerviosamente.

―Claro que estoy con Anna… ―Explicó―. Es decir, es un viaje escolar, está todo el grupo, Kai. Mi padre es quien me…

―Elsa… ―el hombre dijo su nombre, sin honoríficos, como las pocas veces que lo había hecho―. Hans Islas estuvo aquí, él le dijo todo a Jack: sobre tus poderes, sobre… habló de Anna. Estuvo gritando su nombre por todo el recibidor… Tu padre no está contento. Tú y ella no están seguras. Si no vienes, Jack enviará a sus hombres y entonces todo será peor si las descubren juntas. Tienes que proteger a Anna, Elsa.

Su estómago se comprimió. Asintió en silencio. Se tuvo que sentar en el borde de la cama para procesar todo lo que Kai le estaba diciendo. Su padre sabía todo.

―Kai… ―Trató de pensar, antes de que el miedo la dominara―. Kai… ¿puedes venir por Anna? ―Era lo único que importaba―. Tienes que esconderla. Tiene que llegar con bien a su casa.

―Yo… ¿Qué va a pasar contigo?

―Honestamente… ―dijo, por primera vez segura―. Nunca he sabido eso. Sólo cuida de ella. No quiero que llegue a Arendelle conmigo. No quiero que vea a mi padre.

Kai era una persona confiable, que estaba arriesgando todo por ella. Cuando terminó por darle las indicaciones del lugar en el que estaban, dejó caer el celular en la cama y miró por un instante hacia abajo, en el momentáneo vacío en el que se sintió de nuevo. Nunca iba a poder esconder nada de Jack. Había sido una tonta todo ese tiempo.

Quiso creer que estaba haciendo lo mejor para Anna.