Sí, sí, un capítulo largo al fin.

Les contaré mi desgracia: había terminado el capítulo ayer en la tarde, y lo iba a publicar ayer. Peeero mi computadora me detesta, así que literalmente apenas abrí se reinició. Y sí, no lo había guardado. Estaba tan frustrada que no pude hacerlo de nuevo y ni siquiera el autoguardado lo salvó.

Pero aquí está, así que... lo logré.


Disclaimer. Los personajes pertenecen a Beemoov y a ChiNoMiko. La historia es de mi propiedad. Digan no al plagio.


INTERMEDIO

Por Noomsu


Capítulo veinte

Eh, niñita.

— ¿Qué demonios quieres, Castiel?—me quejé.

Pese a que caí dormida apenas toqué almohada, el descanso no me duró tanto como me habría gustado. Un par de horas después, mi móvil sonó con una llamada entrante del pelirrojo, y claramente puso fin a mis preciadas horas de sueño. Estaba molesta y algo curiosa ante su llamada, porque aunque no era la primera vez que sucedía, tampoco era algo muy común que el cascarrabias tomara su móvil y marcara mi número.

Últimamente te tomas muchas confianzas conmigo, Tabla—se quejó, con aquel tono tan suyo que usaba cuando bromeaba.

—Y eso te encanta—forcé una risa, intentando obviar el apelativo referente al tamaño de mi busto. A veces podía ser el más primitivo y pervertido de todos, más cuando quería sacarme de quicio—. Dime de una maldita vez para qué llamaste.

Refunfuñó ante mi respuesta y sobre lo maleducada que estaba siendo, además de que una tabla le estuviera hablando de manera tan grosera. Me reí un poco, pero luego de quejarse sobre mí y maldecir hasta a mis ancestros, me dio por fin la respuesta que había estado pidiendo desde hacía bastante rato. Quería saber si había hablado con Lysandro en el transcurso de la tarde —faltaba poco para que dieran las seis, y se enfadó un poco más al saber que no, no sabía nada del de cabello gris desde que me acompañó temprano a clase.

Imaginé que esto pasaría—soltó un largo suspiro, como si estuviera a punto de decir algo que ya le había contado a cien personas—. Se ha ido por lo que resta de la semana a casa de sus padres.

— ¿Por qué? ¿No odiaban el campo?

Parece que sus padres han tenido algo así como un accidente, no me explicó mucho sobre el tema cuando salimos del insti.

— ¿Qué? ¿Accidente?—inquirí, con el corazón latiendo a mil por hora. Me senté recta en mi cama, con el sueño que había sentido hacía pocos segundos completamente desvanecido—. ¿Están bien? Son muy mayores, ¿cierto?

Una risotada se escuchó del otro lado de la línea, y deseé que mi puño pudiera pasar por mi móvil hasta el suyo y así asfixiarlo o por lo menos dejarle un ojo morado. Respiré hondo e intenté reprimir los deseos homicidas que Castiel despertaba en mí.

Conserva la calma, niñita—pude adivinar la sonrisa burlona que debía tener en ese momento—. No es nada grave según le entendí, es sólo que Leigh prefiere ir a ver por sí mismo si están bien. No es la primera vez que pasa.

—Deja de actuar como imbécil, Castiel—me quejé—. Tengo derecho a preocuparme.

Vale, vale—volvió a reír—. ¿Ya has visto el libro?

Mi mente se quedó en blanco durante unos minutos. Recordaba vagamente haber visto algo tirado por la puerta cuando entré, pero mi necesidad de sueño fue mayor que la curiosidad así que obvié eso. Replicando un par de insultos a Castiel, bajé las escaleras de dos en dos y casi me tropecé al final, me tiré de rodillas al suelo y recogí el libro que estaba justo al lado de la puerta. Asumí que mi tía estaba en casa cuando fue a dejar el libro, así que probablemente cuando llegara me esperaría un sermón nivel Zeus sobre los chicos que han estado viniendo a casa. Era una experta en tergiversas las cosas.

Era El beso más pequeño, de Mathias Malzieu. No era precisamente un libro sobre crimen o misterio, pero debía admitir que quería comprar ese libro desde que lo vi en una estantería hacía algunos meses. Tenía todos los libros de ese autor, menos ese —el más reciente, y ahora estaba realmente agradecida con Lysandro. Debía agradecerle de inmediato, apenas volviera del campo, porque estaba segura que su móvil se había quedado en casa en uno de sus tantos olvidos.

Saqué del interior del libro una nota, en la que reconocí la perfecta y elegante caligrafía de Lysandro con ese toque victoriano tan suyo. Me hacía gracia esa parte de él, que aunque era extraña también era interesante, y como había escuchado a algunas chicas del instituto "lo hacía misterioso". La nota explicaba su ausencia, y un poco cómo había llegado a obtener el libro (gracias a Rosa, nada menos), y aunque la chica en cuestión no se lo leyó ni nada, prácticamente le había obligado a zampárselo de una vez para que "leyera algo moderno". Dios, a veces Rosa era un poco… extrema. Y también decía que pensó que sería bueno para que descansara un poco en estos días que me había sentido mal, y que un par de dulces no le hacían mal a nadie. Era considerado, y eso me sacó una sonrisa sin siquiera notarlo.

Al final de la nota había una frase, que asumí era del libro: «Era la época en que todavía llevaba mi corazón hecho pedazos metido en una caja a zapatos que había pertenecido a quien yo consideraba mi elegida». Sólo eso me hizo querer sentarme a devorar la historia de una vez, pero preferí dejarlo para luego.

Tomé el libro, la nota y los chocolates, y subí a mi habitación tan rápido como pude.

Era, ahora sí, hora de descansar.

-.-.-.-.-.-.-.-.-

Hiperventilé por enésima vez mientras rebuscaba entre mi ropa quizá por quinta vez en esos diez minutos. Iba a tener una crisis pronto si no encontraba algo decente para ponerme, y quizá me daría un infarto si seguía bajo la presión que sentía en aquellos momentos. Respiré hondo un par de veces más, y volví a buscar. Necesitaba encontrar algo rápido, si no tendría que ponerme lo primero que encontrara y salir corriendo de casa luciendo como un payaso.

Y esa no era una opción.

Era sábado, y aunque me estaba preparando para salir, era algo mucho más serio que una simple "salida". Iría a casa de Nathaniel. Conocería a sus padres. Ahogué un grito de frustración al pensar en eso, y volví a concentrarme en encontrar algo que ponerme. A decir verdad, Ámber se había dado cuenta de lo que «pasaba» entre su hermano y yo, pese a que no era nada especialmente serio. La bruja le había ido a sus padres con el cuento, ellos habían hablado con Nathaniel y prácticamente le habían obligado a llevarme.

Me lo dijo justamente ayer, viernes, y aunque parecía un poco molesto sabía que no era conmigo. Le dije que estaba bien, que lo haría, y pareció un poco más aliviado. Sin embargo, ahora era yo la que no estaba ni un poco aliviada al respecto. Si bien lo podía tomar como el "empujoncito" que el rubio necesitaba para que finalmente me invitara a salir, también sentía como que sus padres me sostenían del cabello a la orilla de un precipicio y en cualquier momento me dejarían caer. Porque, demonios, en la escuela todos hablaban de lo serios y estrictos que los señores eran, y eso no me tranquilizaba nada. Sentía que estaba yendo directo al matadero, literal.

Al final, me encaramé unos jeans, una camisa blanca de botones y mangas tres cuartos, con un fajón café claro y zapatos a juego —que odiaba, una bufanda azul para el frío y el bolso en el que había metido sólo lo necesario. Me puse las gafas y prácticamente volé cuando escuché el timbre sonar. No me despedí de mi tía, y simplemente abrí y cerré la puerta a mi espalda.

Mi quijada fue a dar al suelo cuando vi al delegado. Si bien aceptaba que se veía bien, se me hacía un poco extraño no verlo con sus jeans caqui y su corbata azul. Era diferente, y me agradaba más de lo que admitiría. Unos pantalones ligeramente desgastados, una camisa blanca tipo polo y un blazer gris. Por primera vez se veía como un adolescente normal y no como el delegado principal del Sweet Amoris.

Le sonreí.

Comenzamos a caminar, uno al lado del otro, y no pude evitar verlo fijo. Era tan refrescante verlo tan casual que casi se me hacía difícil reconocerlo. Estaba acostumbrada al Nathaniel formal, y aunque era él mismo, su ropa hacía un gran cambio. Y me gustaba. Me gustaba muchísimo.

— ¿Q-qué pasa?—dijo, sonrojándose de pronto—. ¿Tengo algo en la cara?

—No—me reí—. Sólo me agrada tu cambio.

—Oh—se sonrojó un poco más. Luego soltó una risita, pero adiviné la molestia tras ella—. Mis padres dicen que parece ropa de pordiosero.

Me encogí de hombros, sin esperar ese comentario. Realmente eran estrictos, incluso con su manera de vestir. Me acerqué más a él, enganchando nuestros brazos, y apoyándome ligeramente en su hombro. Pegó un respingo, pero no se movió. Solté una risita, divertida con su reacción tímida.

—Pues me gusta el estilo pordiosero.

—Qué alivio—dijo, y supe que estaba sonriendo.

Llegamos a su casa más rápido de lo que pensé, y me llevé una sorpresa bastante grande. Si bien estaba el rumor de que eran bastante acaudalados, no esperaba que vivieran en una mansión de esa magnitud. Todo el pánico que se esfumó en el camino mientras charlaba con el rubio volvió de inmediato, casi golpeándome en el proceso.

Entramos, sin darme mucho tiempo a pensar las probabilidades de escapar si las cosas salían mal, y me llevó directo al living. Muebles de cuero blanco, pulcramente limpios, pantalla de plasma entre otras cosas. En uno de los sofás estaban sus padres, cada uno leyendo, y a su lado estaba Ámber, jugando con su móvil con expresión aburrida. Apenas notaron nuestra presencia dejaron de hacer lo que fuera y centraron toda su atención en nosotros. Su padre —que me causó terror, nos hizo una seña para que tomáramos asiento frente a él. Las piernas me temblaban tanto que temí que se notara, pero crucé los dedos para que por lo menos me dejaran llegar al sofá sin tropezarme.

—Así que tú eres Natalie—dijo su madre, claramente analizándome de arriba abajo.

—S-sí, señora.

Y así comenzó el interrogatorio de mi vida.

Nathaniel actuaba casi como un robot, contestaba sólo con monosílabos y hablaba sólo cuando era estrictamente necesario. No se movió ni un centímetro de su lugar, y su mirada nunca se elevó del suelo alfombrado. Me dolía verlo así, pero yo también me sentía intimidada por sus padres y sus miradas severas.

— ¿Y tus calificaciones?

—Soy el segundo mejor promedio—contesté, agradeciendo no haber tartamudeado—. Mis padres están bastante orgullosos de eso.

—Eso es bueno—murmuró su padre, asintiendo—. ¿Planeas ir a la universidad?

—S-sí.

Claro, planeaba ir. Pero aún no tenía metas trazadas y no estaba lo suficientemente segura sobre lo que haría el resto de mi vida. Aún tenía al menos seis meses para pensar sobre ello, pero por la mirada que me dio el hombre mayor supe que quería una respuesta en ese preciso instante. Tragué duro, e intentando no trabarme, hablé un poco sobre mis puntos fuertes —números y ciencias, y sobre lo que había pensado de opciones para carrera. Pareció algo satisfecho, y cuando creí que lo había logrado, le pidió a Ámber que me mostrara la casa para hablar a solas con Nathaniel.

De mala gana obedeció, y me dio un pequeño recorrido por el lugar. No me dirigió la palabra más que lo necesario —cosa que agradecí, y cuando terminamos no tuvimos más opción que esperar en su habitación a que terminaran la charla. A los pocos minutos llegó su madre, con unas bebidas en una bandeja. Por la expresión de su rostro supe que lo hacía con la excusa de distraerme de lo larga que se estaba tornando la discusión del hombre con el rubio, y que realmente no le nacía ofrecerme siquiera un vaso de agua.

No encajaba en esa casa ni siquiera un poco, y por un momento sentí que no hacía nada estando ahí. Ni siquiera aunque fuera el mejor promedio del país lograría encajar en esa casa tan vacía y estricta, tan llena de berrinches y caprichos. Tan fría, tan atemorizante y de cierto modo tan demandante. No me sentía bien estando ahí, para nada.

Cuando el silencio se estaba volviendo demasiado incómodo y volviendo claro el hecho de que a ellas no les agradaba, unos toques en la puerta nos alertaron. Se abrió, y Nathaniel asomó la cabeza. Al verme soltó una medio risita, quizá por mi aspecto de conejo asustado, y me hizo un gesto para que lo siguiera. Con la mejor sonrisa que pude fingir, me despedí de su madre (que casi parecía una Barbie de esas que sacaron del mercado hacía algunos años) y de Ámber. Realmente se parecían a esa mujer, y en cierto modo estaba segura de que Ámber había heredado esa caprichosa personalidad de ella.

Bajé las escaleras con el delegado, y con él me despedí de su padre intentando no mostrar lo mucho que me intimidaba. Salimos de ese lugar, y por fin pude respirar con libertad. Parecía que era la primera vez que respiraba en media hora, y casi podía sentir lo liviano de mi cuerpo ahora que estábamos fuera de sus paredes.

—Creo que ahora entenderás por qué…

—No hables—le pedí, tomándole la mano y caminando un poco más rápido—. No arruines la tranquilidad que tenemos en este momento.

Se rió un poco y asintió, aceptando mi propuesta.

A decir verdad, estaba muriendo de hambre. No habíamos almorzado, y en ese lugar era claro que no nos iban a ofrecer quedarnos a cenar, así que mi estómago estaba protestando. Eran pasadas las tres de la tarde, y aunque el sol estaba afuera, el viento que corría hacía casi imposible sentir su calor. No quería insinuar que fuéramos a algún lugar a comer, no sentía que fuera el momento apropiado. Sin embargo, cuando me di cuenta, Nath me había llevado hasta la cafetería que visitábamos siempre luego de quedarnos a estudiar.

Lo miré con una ceja alzada, y una sonrisa bailando en mis labios.

—Asumo que estás hambrienta.

—Vaya que me conoces bien—intenté bromear, con las mejillas sonrojadas.

—Vamos, yo invito—me sonrió, halándome de la mano sin darme la oportunidad de protestar.

Fuimos a la mesa de siempre, y como si no acabáramos de salir de la casa de los sustos, hablamos de temas varios y sobre lo poco que habíamos ido a ese lugar en los últimos días. Era cierto, dejamos de ir por las vacaciones y como recién empezábamos no teníamos la necesidad de quedarnos en la biblioteca hasta tarde para estudiar.

— ¿Por qué sacas eso?—protestó, cuando saqué la billetera de mi bolso.

— ¿Para pagar?—respondí con sarcasmo. Me miró con el ceño fruncido— ¿Qué? Tú preguntaste, yo sólo contesté.

—Dije que invitaba—aclaró—. Guarda tu dinero.

—Ya te dije que no—insistí—. Es normal que…

— ¿Es normal que un novio pague la cuenta?—terminó por mí, pese a que no era eso lo que iba a decir.

Lo miré con los ojos abiertos como platos. ¿Novio? No podía hablar en serio. Eso sólo podía significar que un milagro divino que había hecho quedar bien ante sus padres y le habían dado el visto bueno para salir conmigo. No obstante, ni siquiera me lo había pedido. Solté una risa, dispuesta a molestarlo con el asunto un rato más.

—Espera, eso significa que…—inquirí. Él asintió— ¿Me estás invitando a salir?

—No empieces—refunfuñó, tapándose el rostro con una mano para intentar ocultar su sonrojo.

Solté una risa, divertida con su reacción.

En vez de pedir mi usual mata-diabéticos —como solía decirle Nath, pedí un sándwich y un espresso. Él pidió lo mismo, y mientras traían el pedido hablamos de temas varios. Aproveché la ocasión para molestarlo un rato con lo rápido que sus celos se hacían presente últimamente (cosa que negó), y también para hablar sobre los últimos libros que habíamos leído. Aún no le decía sobre el regalo de Lysandro, pero no pensaba que fuera necesario.

—Me habría gustado un lugar un poco más… formal—se rió—, pero estoy seguro de que tu apetito no habría aguantado.

—Deja de bromear a mi costa—me quejé—. Mira que aún no he aceptado salir contigo, genio.

—Vale, vale—soltó otra risotada—. No te enojes.

Entendía que le hiciera gracia, pero jamás pensé que realmente se reiría a mi costa en mi cara. Era increíble. No obstante, su risa era contagiosa, y yo misma terminé contagiándome de ella y riéndome de mí también. Hablamos un rato más, sobre todo de Lysandro y sus padres, comimos en silencio y luego lo acompañé a la caja. Pagó todo —pese a mis protestas, y luego me acompañó a casa. Cuando salimos del café estaba apenas oscureciendo, y el celaje que presentaba el cielo era bastante bonito. Caminamos a casa, en silencio, con su mano en mi mano y una sonrisa estúpida en el rostro. No estaba muy segura de qué hora era, y tampoco me importaba mucho. Estaba disfrutando el momento muchísimo, y no quería llegar a casa aún. Eso significaba soltar su mano, y no me apetecía hacerlo en ese instante.

Llegamos pronto, y el viento que sopló, frío, acarició la piel de ambos y nos hizo temblar ligeramente. Era hora de soltarlo, pero antes debía intentarlo. Con una sonrisa, me paré frente a él y tomé sus manos, mirándolo a los ojos. Me miró, con una sonrisa y las mejillas coloreadas, pero no dijo nada.

— ¿No vas a besarme?—reclamé, en un susurro más para mí que para él.

— ¿Q-qué?—inquirió, poniéndose más rojo que antes y desviando la mirada.

— ¿Ves?—hice un puchero, cruzándome de brazos y soltando sus manos—. ¿Siempre será así? No creo que me agrade mucho la idea de ser siempre la de la iniciativa, ¿sabes? A las chicas también nos gusta que nos…

Y me besó.