Disclaimer: Todos los personajes de Crepúsculo y su saga le pertenecen a Stephenie Meyer. Las situaciones y creaciones que no reconozcan son míos.

Presencia

Capítulo veinte

BURBUJA

Bella Swan despertó sobresaltada gracias al ruido estrepitoso de una puerta al cerrar. Desorientada, con los ojos acostumbrándose de a poco a la luz y el pelo desordenado en una fabulosa maraña, su primera reacción fue asustarse al no saber donde se encontraba, pero luego se relajó al sentir el calor y vaivén de un cuerpo conocido cerca del suyo. Entonces, se permitió observar las largas y amplias estanterías repletas de discos y libros que llegaban hasta el techo, el desorganizado escritorio de madera fina lleno de partituras a medio acabar o mal escritas, y el confortable sofá de cuero negro que proyectaba extrañas sombras sobre la moqueta gracias a los tonos rojizos que colaba el sol a través del enorme ventanal.

Reconociendo la habitación, bostezó con pereza y se giró a ver a su acompañante con un movimiento ansioso. Una risita suave y una sonrisa amplia se adueñaron de su rostro de inmediato, y, procurando no hacer ruido, se acercó con lo que esperaba fuera un derroche de sigilo.

Edward Cullen, con la espalda apoyada contra el respaldo de su cama y las piernas estiradas por completo a lo largo del colchón, dormitaba suavemente. Se parecía a una marioneta a la que le habían cortado de pronto los hilos, con sus hombros caídos, arqueados y con peso de muerto, y en la mano izquierda sujetaba endeblemente un pesado tomo empastado que amenazaba con caer al suelo con gran espectáculo. Su rostro, por otro lado, presentaba una expresión de pacífica infantilidad, con el cabello cobrizo desordenado, una costumbre suya muy arraigada, la boca entre abierta y el ceño levemente fruncido, como si aun en la inconsciencia siguiera preocupándose por más cosas de las que ya solía preocuparse despierto.

La sonrisa de Bella, contra todo pronóstico, pudo aumentar y ensancharse hasta dormirle los músculos. Su intento por ser suave y cauta, no obstante, se encargó de borrarle aquella felicidad, pues en cuanto estiró una de sus manos para alcanzar la otra de Edward, la que no tenía el libro, el cuerpo del muchacho se alertó con un estremecimiento. Al instante, abrió sus ojos y escudriñó atento alrededor, encontrándose solo con la mirada culpable de Bella.

- Lo siento- susurró ella, rápida en avergonzarse y tomar rubor- Solo quería tocarte.

Edward, aun distante a los pequeños detalles, no captó la razón de la vergüenza de la joven. Se vio de pronto demasiado apabullado por la rotunda atención que despertaba, así que llevó una nerviosa mano a su cabello para desordenarlo y no parecer muy idiota. Tal como Bella había vaticinado, el libro que sostenía perezosamente acabó cayendo fuerte, pero él no le prestó atención. En cambio, se incorporó presto sobre el respaldo, sonriéndole de oreja a oreja al igual que un pequeño niño que contempla una enorme porción de su helado favorito.

- Nos quedamos dormidos- atinó a decir una vez que estuvo más despierto.

- Eso parece- Bella le sonrió suave y echó un vistazo rápido hacia atrás- Creo que llegó alguien a la casa, yo me desperté cuando la puerta de entrada sonó.

- Deben ser mis padres- explicó Edward, encogiéndose de hombros para restarle importancia- Luego podemos ir a saludarles.

La muchacha mordió su labio inferior y tanteó con los dedos hasta dar con su mano y entrelazarlas sobre su regazo. Edward, generalmente atento, podría haber visto la leve nota de pánico que atravesó sus ojos por un momento, pero solo habría sido posible de no haber estado observando embobado y taciturno como se movían sus labios entre sus dientes, o la manera en que sus cabellos caobas se balanceaban alrededor de su rostro.

Inclinándose de forma ágil, sin dejar de observarla, depositó un fugaz y fructífero beso en la boca de Bella, quien lo recibió con algo menos de presteza pero igual interés, y, haciéndole un espacio a su lado, se las arregló para acurrucarla entre sus ansiosos brazos mientras esparcía una que otra caricia en su rostro. Ahí quiso quedarse, jugueteando con sus dedos un largo rato antes de hablar, sintiendo la punta de su nariz fría haciendo contacto con su cuello a través de sus cabellos, y la respiración tranquila cerca de su oído, dándole cierta sensación de hogar después de un largo día ajetreado.

Habían pasado dos semanas desde el sábado en que se habían besado por primera vez, bajo la luz del recibidor de Esme. Probablemente, los días más felices que Edward podía recordar, y le maravillaba comprobar que, en realidad, no era mucho lo que había sucedido. Solo la presencia de Bella había gatillado aquella ráfaga multicolor que su cuerpo reconocía como alegría, y día a día seguía sorprendiéndose de lo importante que podía llegar a ser una sola persona en la vida de otra.

Charlie Swan, ese hombre que antes le parecía tan callado, agradable y lejano, se había convertido en un primitivo gruñón desde la primera vez que lo viera sentado en su silla de la cocina, observando como Bella preparaba la cena, y si bien la muchacha se había avergonzado por el comportamiento de su padre, Edward pensaba que era razonable: no muchos varones adolescentes andaban con pretensiones honorables alrededor de las muchachas.

Además de él, pocas personas sabían lo que sucedía. Alice, por descontado, había armado el puzzle de su relación con una agilidad increíble. Había intuido el pasado de esta, comprendido el presente y previsto el futuro, por lo que no le había parecido raro cuando les había visto de la mano en su casa, una tarde en que ambos habían aparecido donde los Brandon con un aburrido y callado Jasper detrás. El mismo que se había limitado a poner los ojos en blanco el día en que Edward había llegado a clases con una sonrisa felina en los labios.

Angela Webber también lo sabía. Por lo que Edward había alcanzado a escuchar, antes de que una sonrojada Bella hubiera colgado con rapidez el teléfono, Angela se alegraba de que por fin estuvieran juntos, porque estaba un tanto aburrida de que su amiga anduviera distraída pensando en (Edward había suprimido una sonrisita halagada) el "guapísimo hermano menor de los Cullen". Aparte de eso, nadie en el instituto sabía, no al menos que ellos supieran.

Al resto de sus cercanos, en tanto, los habían mantenido al margen. Edward, no deliberadamente, no había estado nunca con Bella cuando sus padres o su hermano estaban en la casa, y aunque a veces le daban ganas de mantener aquella placentera felicidad solo para él, otras deseaba contarlo todo, expresarlo por completo, a quien quisiera escucharle. A esa decisión habían llegado esa tarde, antes de quedarse dormidos sobre el edredón dorado del muchacho, y una infantil anticipación comenzaba ya a apoderarse del espíritu de Edward.

Bella carraspeó para llamar su atención, despertándolo de sus ensoñaciones.

- ¿Qué pasa?- preguntó con suavidad, y le bastó un simple vistazo para notar que vacilaba- ¿Bella?

- ¿Has pensado que pueda no agradarle a tus padres?- soltó de forma brusca, y a penas habló, él comenzó a fruncir el ceño.

Edward suspiró con incredulidad y se alejó un poco de la muchacha para estudiar su rostro, desordenándose, además, el cabello.

- Bella…

- Uno nunca sabe- se apresuró a añadir la joven, alzando las manos a modo de defensa, aunque él la miró agrio de igual forma.

- Si tu padre me aceptó a mí… no veo razón por la que los míos no lo harían- Puso los ojos en blanco- Sabes que Esme te adora tanto como a uno de nosotros, y a Carlisle siempre le ha parecido muy divertida tu afición por la sala de urgencias del hospital. Los dos te quieren desde hace tiempo.

Las cejas de Bella se alzaron casi hasta la raíz, un rictus ácido y despectivo se apoderó de sus labios, y sus ojos, usualmente cálidos y grandes, se achicaron en un derroche de hostilidad y sarcasmo. Cuando volvió a hablar, su voz sonó más aguda de lo que acostumbraba, y Edward tuvo el súbito impulso de echarse a reír.

- ¿No es eso maravilloso?- preguntó ella al aire, separando con lentitud cada palabra- Tu padre me encuentra "divertida".

Edward disfrazó su risa por tos. Por mucho que intentara mejorar su conducta, no podía dejar de encontrar encantador los desplantes del supuesto mal humor de Bella, y tampoco evitar responder a sus acusaciones.

- Piénsalo de este modo- expuso con diversión- Varias de las pacientes que mi padre encontró divertidas alguna vez acabaron siendo sus novias. Incluyendo a mi madre, por supuesto, que resultó ser la definitiva.

- ¿Ah… sí?- preguntó Bella, con sus traicioneros ojos brillando de curiosidad.

- Claro- El muchacho la miró con ternura y sonrió de oreja a oreja- Esa es la manera en la que se refiere a las pacientes encantadoras, brillantes y guapas que se aparecen por su consulta, así que me alegro mucho de que esté felizmente casado.

Aburrido de aquella conversación sin sentido y mucho más entusiasmado con seguir experimentando con las sensaciones que hacía tan poco había descubierto, se inclinó hacia Bella y comenzó a esparcir pequeños besos por su cuello y todo su rostro, procurando cuidadosamente mantener el margen de su boca alejado de su área de dominio. En poco tiempo, la respiración de la muchacha se volvió mucho más elaborada, sobre todo cuando se acercó un poco más a sus labios.

- Sí…- balbuceó Bella- Yo también me alegro de que se hayan casado, aunque podrían haberse pasado por alto todo lo que respecta a Emmet.

Escuchando aquello, Edward sonrió arrogante y la besó por completo en los labios. Entonces todo tipo de resistencia, la suya, la de Bella, se derrumbaron a su alrededor con toda la facilidad de algo que carecía por completo de importancia. Así sus padres hubieran encontrado todas las censuras del mundo en ella, algo tan improbable como que el calor ingresara a Forks, él no se habría alejado si de su voluntad y esfuerzos dependía. No le importaba nada de lo que cualquiera de los que estaban afuera pudiera decir, no le interesaba ni sus padres, ni los de Bella, y ni siquiera pensaba en los disturbios que su relación podía generar en el instituto, ahí donde él era el más increíble de los extraños y el paria por excelencia.

Estaba en su burbuja, el lugar perfecto donde solo Bella podía ingresar. Sus habilidades y rutinas, aquellas que contribuían a su espíritu y felicidad, no se veían mermadas por la presencia de la muchacha, solo se aumentaban. Todo dentro de él se tornaba frenético, sus dedos se movían con más velocidad sobre las teclas y las partituras, su instinto nunca había estado tan alerta a las posibles combinaciones, y a cada momento su cerebro vagaba hacia ella, a los escasos momentos que acumulaban juntos, preguntándose cómo había sido capaz de concebir la idea de dejar pasar semejante oportunidad.

Llevando una de sus manos a su mandíbula, y recostando la otra en el inicio de su estómago, profundizó el beso y contuvo un gemido nada elegante cuando sintió la lengua de Bella hacer presión contra la suya.

Ambos eran nuevos en esa clase de prácticas. Tomarse las manos, acariciarse los rostros y besarse, era algo que hasta entonces desconocían, pero él tenía la impresión de que para los dos, aun a pesar de eso, resultaba siempre una experiencia mucho más grandiosa de lo que habrían esperado, algo que les dejaba la sensación demandante de un sabor del que no se ha agotado las ansias, casi extrasensorial. Edward comenzaba a obsesionarse con los labios de Bella, y le causaba un placer indescriptible observar la forma en que ella contemplaba y delineaba los suyos antes de besarlos, como si fueran en verdad algo increíble y a lo que se sintiera apegada, casi como si pudiera entender, por vez primera, qué era lo que una mujer podía encontrar atractivo en el conjunto de un hombre.

Por lo que debieron ser varios minutos, lo único que se escuchó en la habitación fue el sonido de sus respiraciones agitadas y la separación de tanto en tanto de sus apresurados labios. A eso se había resumido largos pasajes del tiempo que llevaban juntos, una borrasca de caricias y besos siempre turbulentos, sin tiempo a pausas, cuando podían, dónde podían, a todo momento con una excusa para tocarse de esa forma que iban añorando cada vez más.

Edward ignoraba cómo se sentía ella, pero él adoraba el conjunto en su totalidad. Le gustaba abarcar su rostro con la palma de su mano y tocar sus facciones con la punta de sus dedos, enrollar entre sus largos brazos su pequeño cuerpo risueño mientras ella lo tocaba, y, un gusto casi primitivo, le extasiaba observarla desde lo alto, sentirse más fuerte, tenerla más vulnerable por su porte escaso y su talle menudo, quizás porque siempre se encontraba mucho más inestable, sicológicamente hablando, en su presencia. Igual que un coche desacelerando, ambos se separaron al cabo de un rato. Bella, que era a quien más vergüenza le daban los momentos posteriores a los besos, se apresuró a esconderse entre el brazo y el pecho de Edward, y el muchacho soltó una pequeña risita sobre su oído antes de besarle el lóbulo.

- Qué recatada nos salió la hija del jefe- bromeó con ligereza.

- Cállate- susurró Bella, sin un atisbo de enojo en la voz y apretándose más contra su cuerpo. Con voz arrogante, añadió- Puedo echarte a Charlie si me provocas.

Edward suprimió una risa contra su cabello.

- No he hecho nada malo- aseguró con simulada inocencia- A menos que cuentes mis intentos por apoderarme de su hija.

- Podría decirle de todos tus excesos de velocidad- dijo Bella con suficiencia- Tendría tema para mantenerte preso por cinco años.

Edward le sonrió con petulancia, aparentando no darse por aludido.

- Con haberme presentado basta para que no me tenga entre sus ciudadanos favoritos- apuntó divertido, y el recuerdo de una cena que había tenido lugar hacia poco lo hizo reír.

- Ese loco de Charlie…- murmuró Bella, posando sus ojos en él de lleno- ¿Sabes que ha estado intentando persuadirme para pasar más tiempo en La Push? Dice que Jake me extraña, pero no me lo creo. Me figuro que no le gusta la idea de que ande tanto tiempo contigo.

Algo en la voz de la muchacha alertó el radar de Edward. Había un tono especial en la forma en que había hablado, una cierta vergüenza y remordimiento traspasándose en sus palabras, que lo hicieron ponerse en guardia.

- ¿Por qué crees que Jacob no te extrañaría?- preguntó ágil- Dijiste que le gustabas.

Bella estrujó su labio inferior antes de responderle. Sus mejillas, nada inusual, se tiñeron de rojo, pero le dio la impresión de que no se debía a lo que acababa de decir.

- Sí… bueno- Carraspeó para aclarar su voz y aumentó el volumen- La verdad es que no veo a Jake desde hace unas cuatro semanas, estamos un poco distanciados.

- ¿Por qué?- Demandó Edward, y Bella, echándole un vistazo especulativo, volteó los ojos para mirar a otro lado.

- Jake se puso a hablarme de que le gustaba y esas cosas- murmuró con vergüenza- Me dijo que solo era cosa de probar, que no podía decirle que no si no sabía de qué se trataba- La muchacha se removió incómoda entre sus brazos- Después intentó besarme…

Edward vio todo negro. Los celos, aquello que siempre parecía un sentimiento tan absurdo y ficticio cuando se escuchaba a otros hablar de ello, cobraron de pronto una vida diferente, y Jacob, aquella criatura a la que había desdeñado al verlo tan solo como un niño con aspiraciones demasiado altas para su edad, se transformó ante sí con toda la rabiosa y perfecta subjetividad de quien tiene objeciones contra la persona. Lo recordó entonces como un muchacho antipático y de facciones ariscas, además de un carácter mañoso y desagradable, y, aunque sabía de la injusticia que cometía, le pareció que lo había escudriñado de la misma manera que un perro vigila a su presa.

No había dado con la forma de canalizar sus excesos cuando ya había hablado.

- ¿Te besó?- preguntó con voz ronca, ahora evitando él dar con sus ojos.

- ¡No!- Bella se apresuró a contestar, casi indignada- Me di cuenta de lo que iba a hacer, así que lo detuve a tiempo y le dije que ahora, más que nunca, no podía ser, porque estaba interesada en alguien. Eso lo calmó, pues sabía que se trataba de ti, y se sintió tan avergonzado que dudo que me quiera rondando por su garaje.

En cuanto escuchó aquello, se relajó. Edward supuso que debería haber sentido algún tipo de remordimiento y piedad por el pobre Jacob Black. Suponía que era lógico que conectara con él si se ponía a pensar que, tiempo atrás, él mismo temía el rechazo de Bella, pero lo único que logró atisbar en sus sentimientos fue una inmensa satisfacción personal al comprender que él era la causa del desdichado desaire del muchacho. Era casi una especie de macabro regusto, un deleite amoral que lo avergonzaba bien poco, y que pronto archivó junto al potente efecto de los celos.

Bella, quien parecía haberse relajado junto a él, los observó por el rabillo del ojo. Había una pequeña sonrisa que colgaba de sus labios, casi temerosa de acentuarse más.

- ¿Qué?- preguntó él, curioso, y la muchacha rió entre dientes.

- ¿No te habrás puesto celoso o sí?- Bella lo dijo con tal incredulidad que a Edward le dieron ganas de poner los ojos en blanco.

- Por supuesto que me puse celoso- dijo con vehemencia, y, muy a su pesar, le sonrió- No quiero tener que compartirte con nadie.

Cuando la miró, estaba tan embargado por los intensos deseos de que así fuera, por la ternura y la ingenuidad de Bella ante su propia importancia, que parte de eso debió ver la muchacha en sus ojos, porque se sonrojó profundamente y estrujó su cabello de la misma forma en que hacía cuando estaba muy abochornada.

- No tienes que hacerlo- susurró de manera casi imperceptible, aunque él la oyó.

Enrollando sus brazos alrededor de su cintura, Edward jaló de ella hasta que su rostro quedó a la altura del suyo y pudo besar la comisura de sus labios con más sencillez. Bella, alertada por el cambio en las distancias, se apresuró a liberar sus brazos de la presa y hacer presión tras su cuello para besarlo con ferocidad. Ya había hecho aquello tantas veces que Edward ya no se sorprendía, y cada vez era más sencillo dejarse llevar por lo que ella deseaba. Esa y otro tipo de conductas lograban que su perplejidad no cesara, pues Bella proseguía con aquella dualidad de momentos aventurados y otros muy reprimidos, algo que lo divertía más que preocuparlo.

Se separaron un instante para tomar aire, y entonces fue él quien volvió a la carga. No estaban en una posición muy cómoda, ambos torcidos y esforzándose para no separarse, y fue Bella, no de manera consciente, de eso estuvo seguro Edward, quien tomó cartas en el asunto. Dejó que él regresara a su antigua posición, apoyado en el respaldo de la cama, y ella se encaramó en seguida a horcajadas suyas, sobre sus piernas, en una posición que a Edward le trajo recuerdos de sus más secretos sueños, esos que por ningún motivo habría confesado por respeto.

No puso muchos reparos, tampoco. Bastó un poco de esfuerzo de Bella y él olvidó las objeciones que normalmente habría tenido a hacer eso, con ella, en una cama. Habría intentado evadir la tentación, mucho más desde que era consciente de que, a medida que su relación avanzaba, el deseo por ella también, pero era demasiado fácil, demasiado atrayente, ceder.

Había deslizado lentamente una de sus manos hacia la parte baja de la cintura de Bella cuando alguien llamó a la puerta. Inmediatamente, ambos se separaron unos centímetros y se quedaron congelados, mirándose fijamente a los ojos.

- ¿Edward? ¿Cariño, estás ahí?- La voz de su madre llegó estrangulada a través de la puerta, con un tono que reflejaba total ingenuidad en cuanto a lo que sucedía en la habitación.

- Mierda- susurró Bella, y, ahora sí, Edward pudo apreciar una reacción más propia de ella.

Sin poder evitarlo, soltó una risita divertida al ver a la muchacha mirar la puerta con pánico. Bella, poniéndose roja de forma furiosa, se observó de pies a cabeza para revisar que su ropa no estuviera muy arrugada, y parecía frenética cuando comenzó a desenredar atolondradamente su cabello con los dedos, arrancándose matas consistentes cuando no podía sacar el nudo. Al escuchar su risa, lo fulminó con la mirada.

- ¡No es divertido!- susurró con voz ahogada.

- ¿No?- preguntó él, procurando no hacer mucho ruido.

- ¿Edward?- Esme llamó por segunda vez, ahora un poco más preocupada. Él procuró impostar una falsa voz de normalidad antes de hablar.

- ¡Ya bajo, mamá! ¡Ya voy!

Puso atención a los ruidos. Un segundo después, los suaves pasos de Esme comenzaron a perderse en dirección a las escaleras, y al igual que un globo aerostático pinchado, Bella se desplomó sobre la cama, aliviada, respirando a grandes bocanadas. Edward, simulando una tos, intentó no reírse, pero de la misma forma en que comprendía lo adolescente que se sentía cuando estaba con Bella, entendía que no había ni una sola parte de él que quisiera abandonar aquella sensación de libertad y adrenalina. Naturalmente, volvió a reír entre dientes.

Bella alzó la cabeza para mirarlo. Volvía a estar alarmada.

- ¿Qué vamos a hacer?- preguntó bajo, con la voz ronca.

- ¿A qué te refieres?- dijo él.

- Bueno…- Ella lo observó como si fuera obvio- ¿No esperarás que baje junto a ti, o si? Ahora tu madre creerá que hemos estado, ya sabes…

Edward esbozó una sonrisa ladina ante su turbación, y, al mismo tiempo, ella se sonrojó y cortó el resto de sus palabras. A modo de continuación, se limitó a mirarlo un momento a él y el otro a la cama que se encontraba tan desordenada bajo su cuerpo. Luego, desvió su mirada al techo, haciéndole sonreír.

Dando un pequeño salto, Edward la apresó nuevamente y cayó sobre ella, procurando no hacerla sentir su peso. Con lentitud, y con una Bella congelada bajo sus extremidades, deslizó su nariz a través de su mandíbula y hacia su cuello, dejando uno que otro beso en el camino. Sin embargo, cuando estaba a punto de volver a besarla en la boca, tomó sus dos manos y se incorporó de nuevo, atrayéndola junto a él y comenzando a caminar hacia la puerta.

- ¿Qué haces?- preguntó la muchacha, asustada.

- Vamos, gallina- La apremió él, sonriendo cuando Bella comprendió qué estaba haciendo- Mi madre jamás pensaría nada malo de nosotros. Tengo la ventaja de años de irreprochable conducta y tú de sonrojarte de la nada. Se figurara que te he estado recitando la parte del balcón de Romeo y Julieta.

- Pero…

- Además va a estar demasiado encantada con que estés aquí, ni se va a dar cuenta de que estábamos… ¿qué cosa era?

Bella suspiró derrotada y él aferró aun más su mano, guiándola fuera y a través del pasillo. A partir de ese punto, ninguno de los dos dijo nada. De reojo, Edward observó como la muchacha intentaba arreglar su aspecto, una tontería, a su juicio, y estirar más prolijamente sus ropas. Él, en cambio, era incapaz de pensar en algo así. Estaba demasiado concentrado en comprender la excitación infantil que lo embargaba ante la perspectiva de aparecer con Bella de su mano, se deleitaba imaginando el rostro encantado de su madre y la sorpresa de un padre que no había intuido nada en su comportamiento, y luchaba contra la furiosa e incomprensible sensación de felicidad, esa que lo ponía contento cada vez que tenía a Bella cerca, por una cosa casi instintiva, de supervivencia.

Observó a la distraída criatura que tenía tomada de la mano y se preguntó si llegaría alguna vez a entender lo importante que era para él, o lo bien que le hacía tenerla a su lado.

Lentamente, acabaron por bajar las escaleras. Solo de oído, Edward adivinó que su padre estaba guardando algunos archivos del hospital en su despacho y que Emmet aun no había llegado, pues su risa no se escuchaba ni estaba encendida la televisión. Esme, en tanto, debía estar guardando cosas en la cocina, así que fue ahí hacia donde dirigió sus pasos con una recelosa, tímida y encantadora Bella detrás.

- ¿Mamá?- llamó él para orientarse.

- Acá estoy, cariño- La voz de su madre llegó justo desde dónde esperaba.

Dándole un último apretón de ánimo a Bella, empujó con ligereza la puerta que conectaba al recibidor con la cocina. Esme, tarareando una canción que él mismo le había compuesto, guardaba cosas que acababa de comprar en los diferentes cajones de la habitación, pero no se molestó en levantar la cabeza cuando sintió el ruido que ambos hicieron al entrar y empezó una conversación como si nunca se hubieran separado.

- Creí que tenías función hoy en la noche.

- Se canceló por los temporales- explicó él, sonriendo de oreja a oreja ante la distracción de Esme. Carraspeó para llamar su atención- ¿Mamá?

- Dime, cariño…

Los vivarachos ojillos verdes de su madre finalmente se alzaron. Abriéndose de par en par, no llegaron a toparse con su hijo cuando ya estaban viendo a su acompañante. Con un paquete de arroz en la mano, contempló a Bella como si no lo hubiera hecho nunca, como si viera un destello cegador de pronto e intentara acostumbrarse a su presencia, pero cualquier rastro de estupor se evaporó cuando observó sus manos entrelazadas y una sonrisa de puro deleite se formó en sus labios. Cuando se volvió a mirarlo, finalmente, estaba esbozando una risita de oreja a oreja.

- Hola, señora Cullen- dijo con timidez Bella. Luego de la evidente alegría de Esme, quien se estremeció de placer al escuchar su voz, Edward había sentido como la muchacha se relajaba en su agarre y destensaba los hombros.

- Esme, querida, es Esme- Su madre dejó lo que tenía en las manos y avanzó con rapidez hasta plantarse frente a ellos, aun sonriendo- Dadas las circunstancias, hoy más que nunca soy Esme. ¿O me equivoco?

Lanzó una mirada especulativa a Edward, quien, dando otro vistazo a sus manos fuertemente entrelazadas, le sonrió petulante.

- No te sofoques, mujer- bromeó.

Los ojos de Esme le sonrieron con toda la ternura de una madre encantada ante la felicidad de sus hijos, pero tanto Edward como Bella dejaron de prestarle atención cuando la puerta de la cocina volvió a abrirse y apareció Carlisle con su ropa de casa. Con el ceño fruncido y un gesto desconcertado en la boca, Edward observó como su padre analizaba la escena con curiosidad y los labios firmemente cerrados. Entonces, en una cosa de segundos, la comprensión cruzó por su mirada, y sus ojos volaron de la sonrisa de Esme a las manos juntas, y, al final, al ascendente sonrojo de una avergonzada Bella, que parecía querer cavar un agujero en el suelo antes de pasar un segundo más ahí.

Pero Carlisle era un caballero. Sus dardos, por lo tanto, fueron a su hijo. Esbozó una sonrisita juguetona y divertida antes de sacudir la cabeza con aparente asombro, intercambiando una que otra mirada cómplice con su esposa.

- Y yo que incluso llegué a plantearme la idea de las drogas- murmuró con mofa- Tendría que haber pensado que un adolescente irritable, meditabundo y retraído tenía que ver con una mujer, siempre son ellas.

Edward no le prestó atención. Solo se limitó a sonreír con dulzura a la muchacha que se encontraba junto a él.


Sí, estoy viva. Me limitaré a decir que he estado en mis merecidas vacaciones de verano y que luego de eso vino una cosa llamada terremoto. Digamos que las cosas se movieron un poco y no era el momento para ponerse a escribir. Pero bueno... gracias de todas maneras a las personas que llegaron a preocuparse por mí. Y también gracias a todos los que me dejaron comentarios en el último capitulo, además de las personas que me han notificado que recién se están metiendo en la historia, espero que sigan pendientes y no me odien demasiado por haber retrasado el asunto, hice lo que pude. Por ahora, no tengo más que decir. Espero a saber sus comentarios. GreenDoe.