Disclaimer: los personajes de Fairy Tail son propiedad de Hiro Mashima, la historia es mía.
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Libro Dos: Luce
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Capítulo 21: Conclusiones.
El bar más frecuentado de magnolia seguía igual que siempre. Erza cada vez tenía más trabajo y al mismo tiempo mejores ingresos. Ocho Islas era el segundo hogar de la pelirroja junto a su primordial familia, sus compañeras. Virgo se había transformado en un apoyo fundamental para la despechada, claro, sin dejar de lado a sus amigas de la escuela. Ella necesitaba contención, que alguien le abriera los ojos. Todas eran del team Rogue, apoyando al moreno rotundamente hasta el final, pero ella era la que tenía que elegir al fin y al cabo. En sí el muchacho era casi perfecto, atento, caballeroso, respetuoso; todo el tiempo estaba preocupado por ella. Él sabía muy bien su situación, tanto así que hasta fingió ser su novio en los momentos precisos, seguramente Jellal lo seguía creyendo, eso daba igual. Ya todo estaba decidido.
A pesar de eso, ella era lo suficientemente madura para decir que no y dejar de ilusionar a Cheney. No era ese tipo de chica que usaba un clavo para quitar otro. Se rehusaba.
Toda la situación la tenían de muy mal humor. Estaba furiosa con Natsu por permitir que Lucy se marchara, con ella por no avisar. Estaba furiosa con el mundo. Sentía rabia con Jellal por abandonarla, por cobarde, por no ser capaz de dejarse llevar por lo que sentía. Tenía que canalizar esas emociones. Hoy en la tarde vería a Rogue y no quería reflejar su frustración en él.
Terminó su turno y se arregló lo justo para correr al parque más cercano, ahí como era de esperarse estaba él sentado sobre una de las bancas. Ella caminó más calmada al ver que no iba tan tarde y tomó lugar a su lado. ―Gracias por venir. ―masculló agitada, él solo asintió con una sonrisa. ―Tenemos que hablar…
Era muy difícil. Ver a alguien de frente y decirle que no sientes nada por él era detonante para ambas partes, más aún, cuando aquella persona sí parece ser todo lo que una necesita. ¿Pero se puede elegir de quién estar enamorada?, posiblemente no. Dando vueltas a un montón de ideas Rogue apoyó su mano sobre la espalda de la pelirroja lo que la alarmó brevemente. ―Ya sé lo que me quieres decir, no tienes que explicarme nada. ―soltó con serenidad y un leve silencio atacó después.
―No puedo estar contigo, lo siento, jamás podría hacerte daño.
―Por eso me fijé en ti, eres esa chica…¿cómo decirlo?...perfecta.
Erza se negó. ―No soy perfecta. Te estoy haciendo daño aunque no quiera, soy realmente patética. ―el agarre de Rogue se intensificó.
―Ni en broma digas eso, ¿sabes?, al menos se sintió bien haber besado a la presidenta. Me siento muy afortunado. ―sonrió como si sobre sus hombros cayera por su peso. Estaba rendido, sus ojos lo decían. Resignado a seguir luchando, pero orgulloso de su madura decisión.
Ella le devolvió la sonrisa. No había mucho más que decir. Se quedaron unos minutos más para luego separarse cada uno por su lado, al menos, ahora tendría la conciencia más limpia.
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Una semana después las clases en Fairy Tail seguían su rumbo normal aunque indudablemente la ausencia de Heartfilia marcó un antes y un después en aquel salón de cuarto año. Natsu regresó a clases. Estaba más tranquilo ya que su padre se sometió a una operación y ahora está con tratamientos de quimioterapia gracias al aporte de la rubia antes de marcharse, pero al mismo tiempo la extrañaba, él la necesitaba ahora más que nunca, pero su padre también lo necesitaba a él. Debía quedarse en Magnolia y estar con Igneel lo más que pudiera. Incluso si eso significaba no verle más. Sentado sobre su pupitre veía sus nudillos llenos de vendas, se había reventado las manos aquel día que echó abajo la reja de su ex novia, situación que no fue indiferente para su padre y su hermano, recibiendo el regaño por parte de ambos.
Nadie del salón se atrevía a preguntarle por ella. Todos comprendían el dolor y la nostalgia que sentía. Todos sufrían y la extrañaban, pero debían sufrir en silencio.
―Chicos, hoy tienen la hora libre para hablar ya que debo revisar sus notas. ―avisó Jellal que acababa de entrar al salón con su libro de clases. La mayoría parecía muy a gusto con el anuncio ya que tenían bastante que contarse los unos a los otros.
Natsu refunfuñó cansado maldiciéndose por venir a perder el tiempo de esta forma cuando podría estar en el hospital apoyando a su padre. Zeref se había llevado gran parte del trabajo, ver el cabello de Igneel caerse, soportar las lágrimas. Se transformó en el cocinero de la casa con un montón de recetas recomendadas por el doctor, la sal estaba completamente eliminada del menú, cosa que de un principio parecía un suplicio pero con el tiempo se convirtió en costumbre. Todo para brindar apoyo.
Levy se acercó al joven. Ella lucía muy deprimida y la razón era evidente. Pescó una silla y la puso en el puesto de Dragneel para hacerle compañía. Este la miró desentendido aunque no mostró molestia ni nada parecido por el acto.
―¿La extrañas, verdad? ―soltó. Sí, lo que nadie se atrevía a consultar ella lo hizo. Pero ya no había vuelta atrás, moría por saber su respuesta. ―Yo también la echo de menos, demasiado…―contestó antes.
―Si pienso en eso solo me sentiré más miserable.
Escondió su cabeza rosa entre sus brazos apoyándola sobre la mesa reprochándose nuevamente sus errores.
―Nunca es tarde para pedir perdón.
―Como si pudiera…ella se fue para siempre, ¿acaso no lo entiendes? ―balbuceó desde su posición de comodidad.
―Bueno, si la montaña no va a Mahoma…
Natsu alzó su ceja. ―¿De qué hablas?
Ella suspiró, sorprendida por la poca concentración de su compañero.
―¿Has pensado en ir a buscarla? ―al hueso, firme, sin rodeos. Como debía ser desde un principio. Dragneel gesticuló aturdido como si jamás hubiera pensado en aquella opción.
De alguna forma lo consideró, sí, claro que lo hizo. Pero la situación de su padre debía ser su prioridad.
―El viejo me necesita más…―respondió refiriéndose a Igneel. No había caso. Por mucho que ella tratara e insistiera de convencerle él se deprimía cada vez más. Optó por darle su espacio y dejarlo pensar, quizá eso sería de ayuda. Por su parte, hizo lo que pudo.
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Tres mesas más allá, Erza, Mirajane y Cana tenían una interesante charla sobre chicos. Entre palabra y palabra compartían una bolsa de galletas para hacer más ameno el rato, después de todo el único que les hacía problema con la comida en clases era Iván Dreyar, el profesor odioso.
―¿Qué tal las cosas con Rogue? ―se alzó Cana a preguntar ya que el fisgoneo la estaba matando.
Mirajane optó por apoyar a su amiga. ―Es verdad, poco y nada sabemos de su relación.
Curiosamente en ese preciso instante Jellal parecía tener un oído lo suficientemente amplio para escuchar las palabras justas, tales que lo hicieron abrir ambos ojos por sorpresa y prestar completa atención a lo que hablaban sus alumnas unos centímetros más cerca. Trataba de seguir escribiendo para que no notaran que tenía la atención puesta en ellas, rayando un montón de garabatos sobre una hoja en blanco que le sirvió de comodín.
―Bueno…―no la dejaron terminar.
―¿Ya tuvieron sexo? ―preguntó Cana sin escrúpulos a un tono más elevado.
Por inercia, el libro de Jellal acabó en el suelo retumbando fuerte y llamando la atención de toda la clase. Se sentía ridículo. Agachó su cuerpo para recoger el libro ocultando el rojo de su rostro tras la mesa, quería cavar un enorme agujero y quedar bajo tierra. Lo que más le preocupaba, ¿será verdad lo que dijo Alberona?, deseaba que no. Regresó a su lugar fingiendo que no ocurrió nada y así lo entendieron sus estudiantes. Erza no pudo descifrar a qué se debía esa actitud por lo que volvió a enfocar su atención a sus amigas, ella también estaba perturbada por la reciente pregunta de Cana. Regresando a la respuesta, negó con la cabeza. ―Ya no estamos juntos…―susurró.
―Vaya, que mal ―Mirajane la miró con tristeza―. Hacían bonita pareja.
Fernandes hizo su mayor esfuerzo, pero ya no escuchaba nada.
―Al menos debiste no sé…probar algo de él. ―comentó Cana con decepción dándole un fuerte mordisco a su galleta desparramando migas por toda la mesa, a su puro estilo.
―Bueno. ¿Quizá hay algún otro pretendiente merodeando por ahí? ―insistió Strauss tratando de sacar la mayor información posible.
Erza rascó su mentón tratando de analizar la pregunta. ¿A qué se refería con pretendiente?, claramente Jellal ya no mostraba interés en ella y no contaba como tal. Había oído que un pretendiente era alguien que tiene intenciones más allá de la amistad. ―Creo que hay alguien…en mi trabajo hay un hombre que constantemente me busca y me ha seguido hasta mi casa. Es muy molesto. ―dijo con fastidio.
―Pero si no te gusta no debería contar como pretendiente…―Cana subió el tono de su voz…― ¿Piensas salir con él?
Jellal volvió a ponerse la corriente clavando ambos ojos sobre la mesa bulliciosa. Enfocado totalmente en Erza esperaba que ella diera su veredicto pero solo suspiró. ¿Qué significaba eso?
Esto era un suplicio para él.
―No, por el momento solo quiero salir con amigas. Este sábado iré con Virgo al cine así que me distraeré bastante. ―murmuró casi para ella.
―¿Al cine?, ¡genial!, dicen que este sábado se estrena una película de romance muy buena. ―Mirajane regresó el oído de Jellal a la conversación.
¿Cine?, ¿película?, ¿sábado?, ¿cita?, suficiente para que Fernandes sacara sus propias conclusiones. Anotó todo en aquella hoja llena de rayas y la guardó en su bolsillo. Ni idea tenía de porqué había hecho eso.
Parecía un crío.
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Otra jornada de clases terminó siendo anunciado por la campana un ruido de goce para los alumnos que les indicaba que eran libres lo que les restaba del día, a excepción que tuvieran alguna tarea o estudio para el día siguiente. Sin importar aquello, los estudiantes del cuarto año tomaron sus cosas y empezaron a desalojar la sala.
En eso, Gray se anticipa a que Juvia se retire y la frena tomándola del brazo denotando lo poco delicado que era. ―¿Tienes prisa? ―sin otra mejor pregunta decidió llamar su atención, ella lo miró sorprendida y negó con la cabeza. ―Bien, acompáñame al patio, tengo que decirte algo. ―Sin poner reclamos acudió a la petición de Fullbuster, después de todo sus sentimientos seguían intactos desde el primer momento. No expuso ninguna palabra durante lo que fue el trayecto del aula de cuarto hasta el patio principal, poco a poco quedaba menos gente lo que les brindó un ambiente más privado. Gray le dio a entender que se sentaran para estar más cómodos y cuando ya se encontraban lado a lado decidió hablar.
―Tengo algo pendiente contigo.
Loxar asintió con las mejillas rosadas. ―Lo sé.
El moreno metió ambas manos a sus bolsillos y agachó la cabeza como si no supiera qué decir. Los nervios le jugaban un mala pasada y Juvia no lo estaba interpretando de la mejor forma.
―Lo siento. ―pudo decir.
―No te preocupes, veía venir esa respuesta…―Juvia contuvo el llanto a causa de la decepción. Estaba ilusionada y por un instante creyó que sería feliz junto al chico de sus sueños.
―No. Te pedí disculpas porque me cuesta mucho hablar y…estoy siendo ridículo…―empezó a tartamudear. Miró sus manos, estaban mojadas. ―Es la primera vez que hago algo así, ni con Sorano me puse de esa forma.
La muchacha alzó la vista con los ojos humedecidos, ¿acaso había entendido mal?
―Escucha. No soy un príncipe azul, ¿sabes?, siempre me cuestiono porqué te fijaste en mí. Soy un chico muy complicado, de mal carácter, competitivo, inmaduro, frío y no sé nada sobre mujeres. ¿Aun sabiendo eso quieres estar conmigo?
Con el corazón lleno de alegría secó sus lágrimas y lo asaltó con un fuerte abrazo. ―Quiero estar contigo sin importar nada, de eso se trata el amor. ―acobijó su cabeza en el pecho medio desnudo de Fullbuster y cerró los ojos, se sentía en el paraíso.
Gray suspiró, más calmado. ―En ese caso, no estaría mal que lo intentáramos.
―¡Sí! ―saltó encima de él causando que cayeran al piso sin dejarle más opción de hablar. Chocaron contra el pasto y con un beso sellaron aquella nueva relación que nació bajo el viejo árbol de la escuela.
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El ansiado sábado no tardó en llegar. Erza se levantó con aires positivos. Hoy sería un día lleno de buenos momentos en compañía de Virgo, su fiel amiga del trabajo. Como de costumbre revisó su teléfono, no tenía ningún mensaje de Lucy. Desde que se fue le deja un correo todos los días, pero ninguno tenía respuesta. Apagó la pantalla del aparato con decepción y se dio una ducha para luego seleccionar la vestimenta. Los días cálidos empezaban a aparecer por lo que optó con una polera cómoda, jeans ajustados y botines sin tacón. Para enfrentar la leve ventisca un chaleco que le hacía juego con los zapatos. Dejó su cabello suelto como de costumbre y agregó un toque de rímel a sus pestañas. Lavó sus dientes y salió a paso rápido para no llegar tarde.
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Mucha gente había decidido acudir al cine el día sábado. Jellal lo sabía. Aquella mañana se cuestionó mucho lo que estaba a punto de hacer, ni siquiera estaba seguro a qué hora podría encontrarse con su alumna pero de que debía venir, debía. Y ahí estaba.
Se camufló entre las largas filas de espera buscando a la pelirroja con la mirada cubriéndose el rostro a medias con una revista de catálogo masculina. Si sus amigos se enteraran de lo que estaba haciendo probablemente se burlarían de él hasta en su funeral. Era ridículo, pero quizá necesario.
Veinte minutos pasaron hasta que la encontró entrando con la mirada perdida al enorme lugar. Suspiró por lo hermosa que estaba y se maldijo por haber sido tan idiota. Le llamó duramente la atención que estuviera sola, probablemente se juntaría con ese tal pretendiente en un rato más.
Era la ocasión perfecta.
Caminó unos cuantos pasos hacia ella y algo lo detuvo. Quiso cachetearse en ese instante, ¿qué diablos estaba haciendo?, el mismo tomó la decisión de alejarse y ahora egoístamente quería evitar que se viera con otra persona, no tenía claro si se trataba de Rogue u otro chico, ¿y si conoció a alguien más en su trabajo?, qué coraje sentía.
No, peor que eso, odiaba a Mest por meterle ideas tan tontas en la cabeza. Puede que lo que haya estado haciendo fuera descabellado pero no estaba asesinando a nadie ni robando a nadie, estaba enamorado, ¿era eso un crimen?
Estaba harto.
No podía quedarse más tiempo ahí, los segundos corrían y en cualquier momento alguien llegaría por ella para robársela. Empezó a moverse a cierta velocidad que llamó la atención de unas cuantas personas, quedó frente a Scarlet y sin darle tiempo de preguntar nada la sacó de ahí jalándola del brazo. No se dedicó siquiera a mirarla, su rostro demostraba más que vergüenza.
Terminaron en la biblioteca del pequeño centro comercial, mirándose estupefactos. ―¿Me puedes explicar qué acabas de hacer? ―Erza no comprendía absolutamente nada, su cara lo decía todo, estaba furiosa.
―Erza ―la tomó por los hombros―. Soy todo lo que quieras, un idiota, un inepto, un ignorante, todos los insultos con i que quieras decirme. Pero por favor, créeme que estoy muy arrepentido por lo que hice contigo.
Scarlet fingió desinterés y desvió la mirada hacia otra parte. ―Eso ya es historia para mí, yo ahora estoy…
―¡No lo digas! ―la interrumpió―. Sé que te gusta alguien más y…
―¿Qué?, ¿de qué hablas? ―preguntó confundida.
―¿Cómo?, ¿acaso no viniste a una cita con alguien?
Lo miró como si estuviera loco, él interpretó bastante bien tal gesto.
―No comprendo a dónde quieres llegar pero vine al cine con una amiga.
―¿De verdad? ―no pudo ocultar la alegría en su rostro. Erza agachó la cabeza evitando el contacto visual con su profesor, su amado y admirado profesor. El único hombre que ha logrado captar su atención desde que tenía memoria. Jellal la tomó por la cintura y la acercó más a él pero ella se negaba a levantar su cara por lo que tuvo que él mismo acudir a sus manos y hacerla que lo viera a los ojos. ―Respóndeme una cosa, ¿aún me amas?
Claro que lo amaba y mucho. No obstante el miedo al abandono la hacía echarse para atrás. ―¿Qué quieres conseguir con eso? ―mantuvo su postura.
―Que vuelvas a creer en mí, en que voy a hacerte feliz, en que no volveré a huir de lo que siento sin importar lo que me suceda ―se quedó pensando―. ¿Sabes?, en unos cuantos meses te graduarás y ya no serás mi alumna. Para ese entonces ambos no tendremos ataduras que nos causen problemas al estar juntos.
―Es verdad.
―Eso no quiere decir que no te necesite en este preciso momento, al contrario, quiero que vueltas a vivir conmigo hoy mismo. Que empecemos de nuevo, ¿qué opinas?
Ella no respondió, era demasiada información para empezar el día. Jamás habría imaginado que él aparecería con tales intenciones, parecía que tenía todo claro y jamás se retractaría. Ya estaba acostumbrada al olor de su casa, lavanda y vainilla sobre el piso, cortinas blancas, el café de las tardes, todo formaba parte de su rutina. Cuando regresó se percató que había extrañado su viejo hogar, porque fue con su propio esfuerzo que logró conseguirlo. Sin embargo frente a ella estaba su mayor anhelo, él.
―Escucha ―Jellal se dio cuenta de lo confundida que estaba, tomó sus manos con delicadeza y se acercó un poco más para mirarla fijo. ―Comprendo absolutamente cómo te sientes, sé que todo esto es inesperado para ti. Por eso, entendería que no me quieras responder en este momento ―sacó una caja misteriosa de su bolsillo y se la entregó. ―Cuando llegues a tu casa ábrelo y piensa bien tu decisión.
Sin seguir dando vueltas al asunto depositó un tierno beso en su frente y la dejó pensando, lo necesitaba. Había dado gran parte de él para que las cosas regresaran a la normalidad y el resto dependía de Erza quien se quedó helada en medio de la biblioteca recordando la cita que tenía, miró su reloj de muñeca y corrió hasta el cine hasta encontrarse con Virgo. No era momento de pensarlo aún.
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Pasaron tres meses de angustia e inestabilidad. Igneel ya no tenía cabello y cada vez perdía más peso. Sus ojos escaseaban de brillo, la cama era su mayor aliado. Todos los días al cuidado de Zeref o Natsu, según quien pudiera. Se había leído todas las tiras cómicas existentes y las series en la televisión. Postrado sobre aquel colchón tratando de sonreír aunque no lo sintiera así por que ver a sus hijos sufriendo lo destruían. Las quimioterapias lo hicieron apagarse poco a poco, el apetito desaparecía y las ganas de ponerse de píe. Zeref había aprendido nuevos métodos de cocina para enfermos y Natsu se encargaba de los quehaceres de la casa.
Así pasaron los días uno tras otro. Poco a poco la situación iba tornándose más positiva, los diagnósticos de los especialistas daban más esperanzas a la familia Dragneel y eso les motivaba a seguir adelante con el tratamiento, todo gracias a la gran ayuda monetaria que les dio Lucy.
Natsu no lo olvidaba. Todos los días agradecía a su amada rubia por el gesto que dio antes de partir a pesar de no haberse despedido de él. Gracias a ello podía seguir viendo a su padre.
El calendario escolar corría tanto para Lucy como para Natsu en sus respectivas escuelas. Heartfilia cargaba un montón de exámenes por la gran exigencia de su establecimiento, talleres de prestigio como la clase de música clásica y arte, reuniones con la familia de Dan que le sacaban más de alguna cana y soportar a la gran mayoría de sus compañeros arribistas. Trataba en lo posible de no pensar en Fairy Tail y lo que conlleva, su teléfono lo apagó para evitar llorar cada vez que tenía alguna llamada. Fue una cobarde, se negó a responder y dar explicaciones. Sabía que sus amigas buscarían por ella, por eso arrancó el chip y escondió el aparato entre su ropa interior en uno de los cajones dentro de su alcoba. Jude le compró uno nuevo de última generación que era digno de una chica de su clase, o al menos eso decía él, pero más vacío que su carpeta de contactos no había. Michelle era su única amiga dentro de esa escuela y Dan, él solo era un chico molestoso que fingía preocuparse por ella solo para que le diera algún chance de ser su novio. Pero esa era su nueva vida, debía aceptarla.
El año estaba por concluir y se acercaban a vísperas de navidad. Las calles lo gritaban y los descuentos de las tiendas suplicaban para que entraran a comprar sus productos. Los exámenes finales arribaban ante el estrés de los estudiantes de Fairy Tail. Mucho que pensar para el cuarto año que planeaba su fiesta de graduación, una amarga celebración donde Lucy no participaría. La clase tenía cierto dinero guardado desde años atrás para hacer algo decente.
Las pruebas de clausura decidirían quién se graduaría y quién no. Para Jellal, quien era el maestro jefe fue un gran orgullo enterarse que nadie de su clase reprobó. El profesor tenía sentimientos encontrados, por una parte estaba muy contento ya que Erza dejaría de ser su alumna y podría estar con ella sin problemas ante la ley ni ante los ojos del resto. Sin embargo perdería a su añorada clase, sus chicos, sus queridos alumnos de siempre. Tenía claro que no sería un adiós definitivo, pero estaba acostumbrado a esas peleas entre Natsu y Gray todas las mañanas, que volaran útiles escolares por el techo y que Erza se metiera a separar a esos dos. Los chistes de Cana o Gray, la buena voluntad y compañerismo de Levy, entre otros momentos que jamás olvidaría. Estaba muy contento por sus muchachos, serían grandes en el futuro. Él también tenía un futuro junto a Erza, ella aceptó ser su esposa y tenían fieles planes de convertirse en marido y mujer a mitad del año siguiente.
Tras la navidad, la familia Dragneel recibió una gran noticia. Igneel recuperaría su cabello en un par de meses más, tuvo una suerte milagrosa proveniente de las efectivas quimioterapias, la dieta y apoyo de sus hijos. Cada vez estaba más activo, caminaba y corría como nunca. Fue un regalo maravilloso, tendrían de regreso a su padre. Jamás lo olvidarían, aquel abrazo que se dieron los tres en el pasillo del hospital en aquella navidad. Entre lágrimas y palabras cursis se juraron jamás separarse a pesar de las circunstancias. No se había curado, porque el cáncer formaba parte de su organismo, pero el tratamiento lo había alejado de las probabilidades que lo tenían al borde de la muerte. Estaba en cierta forma, sano. Podía seguir disfrutando de la vida por mucho tiempo más y eso era lo que importaba. Debía seguir visitando a su doctor al menos una vez al mes para controlarse.
Natsu estaba más que contento, realizado, tranquilo, próspero y necesitaba comunicárselo a la chica más importante de su vida. Ya no le importaba lo que había ocurrido entre ellos, quería verla ya que llamarle era inútil. Zeref e Igneel lo apoyaron.
Esperó al fin de semana para comprar un boleto a Crocus. Iría por ella, no pensaba echarse para atrás. Cuando ya tenía el pasaje en su mano fue hasta el autobús y se subió sentándose al costado de la ventana para admirar el paisaje, ahí pensaba qué le diría, si seguía igual que antes y lo más importante, si lo seguía amando.
Tenía mucho miedo, porque había pasado tiempo suficiente para que Lucy encontrara a alguien mejor que él y lo superara. Demasiado para su gusto.
No se sentía capaz de amar a alguien más, ser feliz. Ver a su padre al límite no le permitía seguir como si nada, eso lo retuvo en su mayoría. No culpaba a Igneel de su estupidez, todo era por propia decisión, lo tenía claro.
Dejó de pensar, solo actuaría. Cerró sus ojos y durmió unos minutos para relajarse durante el trayecto. Rato después el bus se detuvo frente a su parada, tomó su mochila y bajó con apuros mirando a todos lados. Metió la mano a su bolsillo y sacó un papel arrugado con un deforme dibujo en él, esperaba que las indicaciones que le dio Spetto por teléfono fueran suficientes, gracias a la llamada que hizo el día anterior creó un mapa que lo ayudaría a llegar, confió en sus habilidades artísticas y emprendió camino, nervioso.
Avanzaba deslumbrado por las lujosas mansiones que recorría, patios que podrían ser Magnolia u otra ciudad, no le sorprendería que Lucy viviera en un castillo. Siguió unas cuantas calles más sin dejar de observar el intento de mapa hasta que topó con el último dibujo que parecía ser el destino final. Contempló frente a él una enorme casa color blanco con toques clásicos, no esperaba menos. Tras la reja dos guardias lo observaban con sospecha, este los saludó con la mano para alivianarlos para luego acercárseles. ―Oigan, vengo a ver a Lucy ―se apoyó en los delgados fierros―. Déjenme entrar.
Uno de ellos alzó una ceja, no parecía ser muy amable. El otro sacó un aparato bajo su chaqueta y murmuró algo que Natsu no pudo descifrar, se quedó hablando por ahí un par de segundos hasta que regresó el micrófono a su lugar y apretó un botón que terminó abriendo la reja. ―Entra.
―Gracias, ¿dónde está Lucy?
Ambos hombres de gran estatura se pusieron tras de él haciéndole entender que debía seguirles. ―Ven con nosotros. ―sin protestar, Natsu accedió encogiéndose de hombros.
Entraron a la casa siendo recibido por tres empleadas con una enorme sonrisa. Natsu observaba todo anonadado, Lucy le había hablado de la vida que tenía antes pero jamás creyó que era para tanto, ahora entendía por qué fue tan difícil para ella cuando llegó a Magnolia. Habían cuadros colgados en las paredes que costaban más que su propia casa, alfombras importadas y jarrones que en su vida podría tener tan cerca.
Cuando se dio cuenta, los guardias lo habían guiado a una enorme oficina. Sin desconfiar juraba que dentro de aquel lugar estaría su amada rubia, respiró profundo y entró dejando a los dos hombres afuera. La sala estaba rodeada de libros y al fondo, una silueta masculina de manos atrás observando el patio delantero desde una gran ventana. Natsu miró a todos lados esperando que Lucy apareciera entre los muebles pero no, solo eran él y quien parecía recibirlo. Cuando aquella silueta misteriosa volteó pudo mostrar su rostro, se trataba de Jude. Mantenía una postura seria como de costumbre. ―Adelante.
Natsu avanzó unos cuantos pasos, se veía muy desconfiado. No entendía por qué los guardias lo habían traído hasta acá.
―He oído lo que le sucedió a tu padre, ¿cómo se encuentra? ―ojeó uno de sus libros como si buscara algo y lo dejó sobre la mesa, por el tono de su voz parecía realmente preocupado por la situación de Igneel.
―Está mejor, le dieron de alta. Gracias a su ayuda.
―Me alegro ―admitió con sinceridad―. Cuando mi hija me comentó lo que le había pasado, con mi esposa nos sentimos muy tristes, ustedes fueron muy bondadosos con nosotros cuando llegamos sin saber nada a esa ciudad y jamás podríamos olvidarnos de ello. Lo que hicimos fue realmente nada, tómalo como un agradecimiento.
Un breve silencio atacó la oficina. Dragneel comenzaba a desesperarse, no entendía. Su plan no era recorrer kilómetros en un bus para ver la cara de Jude. Y cuando estaba a punto de abrir la boca para preguntar por su hija, él se adelantó.
―Sé que tú y Lucy tuvieron…algo.
Natsu asintió.
―Cosa de jóvenes, yo también lo fui y pasé por un montón de situaciones como ella. Luego mi familia me presentó a Layla y nos casamos, con el tiempo aprendimos a amarnos y luego nació Lucy. ―contaba mientras pulía una foto familiar con la manga de su camisa.
El muchacho no entendía adónde quería llegar con tanta historia. Pegó un bostezo, se estaba aburriendo.
―Mi hija te quiere mucho, lo sé porque la he visto. Tú la debes querer mucho, ¿verdad?
―La amo, señor. Por eso estoy aquí.
―Entonces comprenderás que ustedes no tienen nada que ver el uno con el otro.
Dragneel contuvo el aliento, estuvo a segundos de llegar al lado de Heartfilia y zamarrearlo por soltar tal estupidez. Nadie podía decirle eso, él tenía claro que eran almas gemelas y nadie se lo debía discutir.
―No entiendo.
Jude peinó su barba con sus dedos y cerró sus ojos, se veía demasiado tranquilo, llegaba a parecer cínico. ―Lucy es una chica de bien, está terminando sus estudios en una de las escuelas más prestigiosas del país, tiene un gran futuro por delante. ―lo miró― Tú eres un buen chico, pero no tienes lo necesario para hacer feliz a mi hija, ¿o acaso tienes algo que ofrecerle?
―¿Amarla de verdad no es suficiente? ―el hombre negó con la cabeza.
―No, no lo es.
Ahora entendía todo, entendía por qué no le dejaron ver a Lucy directamente. Entendía por qué estaba ahí, frente al viejo.
―Ella es mi todo y por eso quiero lo mejor para ella.
―Y según usted, ¿qué es lo mejor para ella?
―Lucy está comprometida, Natsu. Ella se casará con un hijo de amigos de años. Gente de clase, si me entiendes. ―pronunció esto último con un tono medio ácido que causó que a Dragneel se le erizara la piel de la ira.
Pero el trago amargo no pasaba por eso. Se acababa de enterar que su Luce se casaría con otro.
―Necesito verla.
―Creo que no será posible, además ella no se encuentra en este momento ―se acercó al muchacho y apoyó su mano sobre su hombro con hipocresía―. Eres un buen chico, Natsu, tú entenderás que no eres para ella y te irás por esa puerta. Lo sé. ―regresó a su escritorio para apretar un botón bajo la mesa, segundos después entraron los guardias a la oficina. ―Acompáñenlo a la salida.
Y así fue, sin su consentimiento fue llevado de regreso al patio. Todos sus esfuerzos habían sido en vano. Quedó fuera, frente a la reja sujetando los delgados fierros deslizándose desde atrás hacia delante gritando que le dejaran entrar. Spetto lo observaba desde la ventana con los ojos humedecidos, odiaba a Jude por lo que le estaba haciendo a su hija. Layla se encerró en su cuarto, negándose a observar tal escena y a conocer la reacción de Lucy cuando llegara de la casa de Michelle.
Natsu pateó el portón y retrocedió tratando de pensar en alguna solución. Dio unas cuantas vueltas alrededor agarrándose la cabeza forzando alguna idea, consideró esperar ahí hasta que Lucy llegara pero la hora era incierta. Cada vez llegaban más guardias a la salida con cara de pocos amigos que parecían querer salir para darle una paliza. Se sentó sobre la vereda pensando en lo que le dijo Jude, ¿será cierto?, ¿era demasiado poco para ella?
Probablemente tenía razón. Él no tenía nada que ofrecerle, menos ahora que Lucy tenía todo lo que quería. Quizá aquel prometido la haría feliz. Además, él se comportó muy feo con ella antes que se fuera, no se extrañaría si le odiara. Se sentía frustrado, como si le hubieran arrancado el pecho con un rastrillo, tosió, porque le faltaba el aire.
Era demasiado tarde, pensó.
Miró hacia atrás por última vez antes de ponerse la mochila sobre la espalda y partir.
―¡Espere joven Natsu!
La llamada de esa voz conocida fue suficiente para que el muchacho retrocediera con una gota de esperanza en su pecho. Era Spetto que con la mirada fulminó a todos los guardias que rodeaban la entrada para que no impidieran que ella hablara con él. Cuando ya estaban prácticamente solos se puso frente al portón y le entregó un papel. ―Este es el número de mi hija…―refiriéndose a Lucy―…ha cambiado su teléfono.
―¿Vale la pena que la llame?, solo le daré problemas con su prometido.
―Hijo mío, conozco a Lucy desde que estaba en el vientre de su madre. Sé que ella jamás estará de acuerdo con esa unión. Aún lo extraña, lo he visto en sus ojos. No pierdes nada llamándole.
Natsu observó el papel arrugado con el número de teléfono para luego doblarlo con sus dedos y ponerlo dentro de su mochila. ―Debo irme, gracias por todo Spetto.
―Ve con cuidado. ―fue lo último que logró decir antes de verlo desaparecer por la calle que conectaba a la mansión Heartfilia. Daba pasos de mala gana como si lo hubiera perdido todo, la mirada hacia el piso y los pies arrastrándose. Conocía ese sentimiento, era frustración.
Las cosas no podían quedarse así. Spetto no estaba dispuesta a que el futuro de Lucy fuera entregado a cualquiera, debía pensar en algo. En ese momento recordó, el teléfono desechado entre su ropa.
Continuará…
¡HOLA! hoy es día de actualizaciones, oh si, bueno...veré si alcanzo a actualizar Eat Me! (estoy en eso)
Aquí con ustedes, el penúltimo episodio de New Life. Espero que haya sido de su agrado y que les haya gustado. Yo como siempre, mil de agradecida con ustedes por sus bellos comentarios y por el apoyo. Quiero agradecer especialmente a Funny Angy, Edwinedx, Giuly DG, cieloNegro, Titania-chan, Chinita-sama y lady-werempire por sus reviews, los quiero!
Les deseo a todos una gran semana :)
Abrazosss,
Kaya.
