No me demoro mucho, aquí tenéis el próximo capítulo:
20. Fuego
Katniss miró atentamente a Prim y a su madre, que estaban colocando el mantel sobre la mesa del comedor. Las miraba atentamente, como si temiera que al parpadear, ellas fueran a desaparecer. Éste era su final feliz. Un destino que había creído imposible de alcanzar al presentarse voluntaria en lugar de su hermana. Las personas que más quería en el mundo estaban vivas, incluyendo a Peeta, y ese conocimiento la llenaba de una calma que hacía meses que anhelaba. Sí, las pesadillas continuaban y había un incómodo palpitar dentro de ella que no podía ser otra cosa que culpa.
Ella no era como Peeta, capaz de sacrificarse para encender una llama revolucionaria. Aquella escena doméstica que la inundaba de tranquilidad era lo que elegía. Una casa pacífica y en silencio, con la compañía de su hermana y su madre. Esa culpa que sentía no era tan fuerte como su instinto de la supervivencia. Por primera vez en su vida, estaba de acuerdo con el Presidente Snow: Lo mejor era que Panem se olvidara de ella y de aquella esperanza que involuntariamente les había transmitido. Sabía que coincidir con las opiniones del presidente indicaban que su postura era errónea. No le importaba, si con ello mantenía a su familia a salvo. Ella no era una revolucionaria, no era una líder, era un superviviente y eso era lo que pretendía hacer.
Prim se acercó a ella con su natural sonrisa- Te doy dos peniques por tus pensamientos- murmuró, ampliando la sonrisa.
Aquella era una vieja expresión, más vieja que el propio país de Panem. Todo el mundo conocía el significado de aquella frase aunque desconocía qué eran peniques, algún tipo de moneda, seguramente. Katniss sonrió a su hermana y la abrazó fuertemente.
- Estaba pensando que haría cualquier cosa por protegerte, patito- murmuró en su oído.
- Ya lo has hecho, Katniss.
Cualquier cosa, incluso estar de acuerdo con el Presidente Snow.
Katniss la abrazó aún más fuerte y luego la dejó ir para que regresara a ayudar a su madre. Normalmente, le permitían que se desligara de las tareas domésticas cuando necesitaba silencio y soledad. La mayoría de las veces era Katniss la que decidía ocupar su tiempo fregando o lavando la ropa, para huir de sus recuerdos. En otras ocasiones, sin embargo, necesitaba estar sola con sus pensamientos.
Desgraciadamente, su mente siempre acababa llenándose del recuerdo del rostro de Peeta. Ella no estaba hecha para romanticismos ni ensoñaciones, no debería pensar en él de esa forma. Su felicidad no debería depender tanto de su bienestar pero ya no podía negar que era así. Los juegos del hambre le habían regalado otro punto débil.
Gale conocía perfectamente el sabor agrio de la impotencia, había sido su cruel compañera desde la muerte de su padre. Él había sido incapaz de salvar a su padre, su muerte había sido una pesadilla inesperada que se había extendido en el tiempo hasta convertirse en realidad. La impotencia había vuelto a golpearle con fuerza cuando Katniss había luchado en los juegos del hambre. Podía verla a través del televisor, sedienta, hambrienta, herida y desesperada pero a una distancia tan inalcanzable que él era incapaz de ayudarla. Recordaba lo angustioso que había sido reconocer el gesto que Katniss siempre hacía cuando una idea se le cruzaba por la cabeza y aunque la noción de que tenía un plan resultaba tranquilizadora, no conocer los detalles de sus intenciones lo envolvía nuevamente de impotencia. Quería ayudarla pero la pantalla del televisor le impedía que se acercara a Katniss.
Gale no se sorprendió cuando sintió los conocidos tentáculos de la impotencia el día después de haber seguido a Madge hacia la fábrica. La sensación era idéntica aunque las circunstancias eran diferentes. Madge estaba en el distrito 12, lo suficiente cerca como para poder rozarla con las yemas de sus dedos. Aún así, Gale sentía que ella, al igual que Katniss en los juegos, estaba siguiendo las pautas de un plan que había desarrollado. Gale no conocía los pormenores, no todos, así que era incapaz de ayudarla. Se sentía impotente, una vez más.
Sabía que tanto Haymitch como Peeta creían que Madge les ocultaba algo. Gale estaba seguro de que su excursión a la fábrica confirmaba que estaban en lo cierto. Esos pensamientos le enviaron a la entrada de la aldea de los vencedores. Acababa de salir de las minas y aunque se había lavado la cara y los brazos con bastante jabón, estaba seguro de que aún tenía hollín en el pelo y en la ropa. Miró en silencio la casa de los vencedores, sin decidir qué casa debería visitar.
Finalmente, meneó la cabeza para deshacerse de su indecisión y entró en el jardín de la casa elegida. Golpeó la puerta con los nudillos y esperó apenas unos segundos a que abrieran. El rostro sonriente de Peeta Mellark apareció frente a él y Gale, en un impulso involuntario, gruñó ante la inmensa sonrisa de Mellark, que le parecía más un gesto burlón que una bienvenida. Sus perfectos modales resultaban irritantes pero Gale consideró que sería más fácil de soportar que los comentarios sarcásticos de Haymitch.
- ¡Gale!- exclamó Peeta, sorprendido pero sin borrar su maldita sonrisa- ¿Qué te trae aquí?- preguntó, echándose a un lado para permitirle el paso.
Gale entró sin responder al instante, en cuanto llegó al salón, se giró levemente para mirar a Peeta y en casi un murmullo, pronunció- Madge- Como había imaginado, Peeta se mostró curioso ante aquella breve explicación y antes de que pudiera responder, Gale añadió- Lo sé todo, o al menos tanto como sabéis vosotros. El vestido negro, el capitolio, el presidente y…- el sólo recuerdo le agitaba como una corriente eléctrica- y las cicatrices.
El rostro de Peeta se mostraba resignado, casi culpable y Gale, aunque hubiera deseado poder haberle culpado de todo lo que le había pasado a Madge, se sintió incapaz de lanzar una acusación en su contra. Al fin y al cabo, Peeta Mellark había sido seleccionado en los juegos por la única razón de ser amigo de Madge y no parecía guardarle rencor por ese hecho. San Peeta, sin duda.
- Ya veo- murmuró Peeta, entonces lanzó una risa amarga- Todo lo extraño que ocurre en el distrito tiene que ver con Madge. Estás sorprendido, supongo.
Gale resopló. Sorprendido era decir poco, ni siquiera estaba seguro de haber comprendido las palabras de Madge, le parecían más un cuento cruel que la realidad pero las cicatrices habían sido una prueba irrefutable.
- Supongo que no te dijo por qué la liberó el presidente- quiso saber Peeta. Gale negó con la cabeza y la pequeña esperanza que se había asomado en los ojos de Peeta se desinfló en un instante. Haymitch también le había hecho la misma pregunta pero era evidente que sólo Madge tenía la respuesta.
- La seguí ayer hacia la vieja fábrica, no quería que nadie la acompañara…- comenzó a relatar Gale. Ésa era la razón de su visita, compartir ese tipo de información- Entró en la fábrica y un trabajado la descubrió y la entregó al nuevo jefe de los agentes de la paz- explicó Gale. Notó el pánico de Peeta en sus ojos y se apresuró a añadir- Ella está bien, no le han hecho daño.
Peeta se frotó los ojos mientras asentía- Sí, no le pueden hacer daño, casi lo había olvidado.
- ¿Por qué?
- Órdenes expresas del presidente, ningún agente de la paz puede hacerle daño- dijo Peeta. El hijo del panadero lanzó una risa amarga- Un paso más para hacer creer a Madge que ella es intocable, inmortal… para hacer que baje las defensas.
- ¿A qué te refieres?- preguntó Gale, dando unos pasos en dirección a Peeta, ansioso por las respuestas que buscaba.
- Es sólo mi teoría pero Haymitch coincide conmigo- respondió Peeta como si pretendiera disculparse de antemano en caso de que no tuviera razón- Si otra persona hubiera desafiado al presidente como lo ha hecho Madge, estaría muerto. Que ella esté viva ahora es prácticamente un milagro.
No eran palabras con las que Gale pudiera estar en desacuerdo pero aún así, sintió un repentino agobio al considerar que la vida de Madge dependía de algo tan frágil e inusual como un milagro. Se sintió aún más furioso consigo mismo y con su ignorancia.
- Los milagros no existen- dijo Gale y su voz salió más ronca que de costumbre.
Peeta asintió- Exacto. Haymitch dijo que el presidente obedeció una vez a Madge cuando ella le pidió que no matara a un rebelde que se había colado en la fiesta que celebrara el final de nuestros juegos- explicó Peeta- Y según Madge, él la ha tratado como si fuera una invitada o incluso un miembro querido de su familia.
- ¡La ha torturado!- exclamó Gale con más furia de la que había pretendido. No iba dirigida a Peeta sino al recuerdo de aquellas dolorosas cicatrices. ¿Cómo había permitido que se marchara? ¿Cómo había permitido que le causaran ese daño a Madge? No sabía con quién estaba furioso, si consigo mismo o con Peeta, Haymitch, Darius o incluso Madge. Seguramente con todos a la vez.
- Eso no es lo que el Capitolio consideraría tortura- respondió Peeta, guardando la calma, sin sentirse intimidado por el grito de Gale- Han convertido a muchos prisioneros en avox por mucho menos.
Podría haber sido peor, Gale estaba seguro de ello. Aún recordaba los vídeos de propaganda que el Capitolio había emitido cuando él era pequeño para recordarle a los distritos el castigo que sufrirían si se levantaban en armas. No eran vídeos para todos los públicos y en ellos se mostraba mucho más que leves cicatrices en la espalda.
- Debe estar jugando con ella- continuó diciendo Peeta- Según Madge, la motivación del presidente para todo es su propio entretenimiento. Si no la ha matado ya es simplemente porque Madge le resulta un juguete entretenido.
Gale hizo un gesto de hastío ante esa metáfora- ¿Y qué tiene que ver la fábrica?
- No lo sé- respondió Peeta- Ni siquiera sabía que Madge estuviera interesada en la fábrica, suele evitar hablar del fusilamiento de los hermanos Wright así que pensé que intentaría salvarles de alguna forma.
- Si hace algo así, la matarían- respondió Gale, asustado ante la sola mención de esa posibilidad.
- Madge no lo cree así, especialmente ahora que el presidente ha ordenado que no le hagan daño. Se cree invencible y si conozco bien a Madge, sé que no dudará en intentar salvar a los hermanos y a cualquiera que esté en peligro por culpa del Presidente- Peeta se encogió de hombros- Ya lo hizo por ese rebelde en la casa del presidente, dejó escapar su oportunidad de huir para intentar ayudar a un desconocido… Y entonces ni siquiera estaba bajo la falsa impresión de que el presidente le guardaba aprecio.
- Va a conseguir que la maten- murmuró Gale, enfadado por la ingenuidad de Madge. Ella veía bien en todo el mundo y parecía que el dictador no era una excepción- Tenemos que asegurarnos de que no va a hacer nada estúpido el día del fusilamiento, que no se va a poner en peligro.
- ¿Y qué propones hacer? ¿Atarla en una silla e impedir que salga de casa?- preguntó Peeta con incredulidad.
- Si es necesario…- dijo Gale, mostrando una sonrisa torcida- El fusilamiento es a primera hora de la mañana, invítala a dormir en tu casa la noche anterior y asegúrate de que no se levanta pronto para ir al fusilamiento. No voy a permitir que se coloque en la línea de fuego.
Peeta sonrió y asintió con la cabeza- Creo que me caes mejor cuando tus instintos protectores no van en contra mía.
Gale meneó la cabeza con un gesto poco amable pero no dijo nada más. Se giró con la intención de marcharse de aquella casa, había ido a informar sobre lo que sabía y ya lo había hecho, así que ya no había más razones que le ataran en aquella casa.
- Espera- escuchó a Peeta hablar cuando él dio algunos pasos- No me has dicho qué encontró Madge dentro de la fábrica.
Gale notó su cuerpo adoptando una postura rígida cuando se dio cuenta de que ni siquiera le había preguntado a Madge qué estaban custodiando los agentes de la paz. En aquel camino de regreso había estado demasiado preocupado con las insinuaciones de Thread y asegurándose de que Madge comprendía que un chico de la Veta y una chica del pueblo nunca podrían tener un futuro juntos.
- Yo… No, discutimos otros asuntos y olvidé preguntarle- dijo Gale, intentando fingir indiferencia ante su propio despiste. Vio cómo Peeta ampliaba su sonrisa y alzaba una ceja, como si Gale hubiera dicho algo divertido.
- Así que estabais discutiendo otros asuntos… - dijo Peeta con aquella maldita sonrisa- ¿Le confesaste tus sentimientos?
Peeta Mellark nunca le había parecido más irritante que en ese preciso momento. Sintió un profundo deseo de borrarle aquella maldita sonrisa y esperó que su fulminante mirada resultara lo suficiente intimidante. Sin embargo, Peeta seguía mirándole con aquella expresión jubilosa, casi infantil, como si compartieran un divertido secreto. Gale por fin estaba comenzando a reconocer sus propios sentimientos, era consciente de que Thom también los conocía y en menor medida, Darius, pero de todos ellos le molestaba realmente que Peeta hubiera sabido ver a través de su tosco comportamiento.
- Oh, no. Pensé que sería mejor esperar a que ambos fuéramos seleccionados para los juegos del hambre y entonces confesar en las entrevistas, delante de todo Panem, que estoy enamorado de ella- murmuró Gale, mirándole con desagrado- Pareció funcionarte a ti.
Peeta, en lugar de mostrarse incómodo por la mención de su propia confesión de amor, dijo- Enamorado, ¿eh?
Gale frunció las cejas- Me refería a que tú dijiste que estabas enamorado. Fueron tus palabras…- intentó explicarse Gale, sentía que había caído en una trampa que Peeta había colocado especialmente para él. La sonrisa perpetua de Peeta le hizo ver que sus explicaciones no le estaban ayudando en absoluto. Finalmente suspiró y señaló a Peeta de forma acusadora- Si le dices a Madge, a Katniss o a cualquier otra persona lo que crees que sabes sobre mis supuestos sentimientos, me aseguraré de que…
Peeta alzó los brazos, como si se rindiera- No hace faltan amenazas, guardaré tu secreto. Es lo que hacen los amigos.
Gale le lanzó una vez más una mirada fulminante, volvió sobre sus pasos hasta la puerta principal y antes de cerrarla con un portazo, exclamó- ¡No somos amigos!
Desafortunadamente, estaba seguro de que Peeta no había dejado de sonreír.
Cuando Katniss regresaba del Quemador en dirección a su casa en la aldea de los vencedores, se encontró de frente con Madge, que llevaba colgada del hombro una pequeña mochila. Al verla, se dio cuenta de que echaba de menos su vida antes de los juegos, no el hambre y el miedo a morir de inanición, pero sí la caza con Gale y sus almuerzos silenciosos con Madge en el colegio. Ahora la escuela parecía algo lejano y poco importante. Madge la saludó con su natural amabilidad y ajustó el peso de la mochila sobre su hombro. Parecía menos compuesta que de costumbre además de cansada o estresada, aunque Katniss no era capaz de identificar por qué tenía esa impresión. Incluso su mirada cansada le causó envidia a Katniss, como un recordatorio de que Madge tenía una vida frenética, llena de ocupaciones, mientras que ella era incapaz de decidirse por una afición que la alejara de los recuerdos y las pesadillas.
- ¿A dónde vas?- preguntó Katniss para comenzar una conversación.
- Peeta me ha invitado a dormir en su casa, le dije que no era el mejor día para mí pero insistió mucho.
- Oh, Peeta puede ser muy persistente- murmuró Katniss. Sabía que Madge y Peeta eran amigos desde hacía tiempo. Los había visto hablar en el colegio mucho antes de que Katniss y Peeta hablaran por primera vez antes de los juegos. Aún así, sintió una punzada de envidia al darse cuenta de que Peeta nunca le había invitado a dormir en su casa. Quizás resultara absurdo, puesto que vivían puerta con puerta.
Madge asintió con la cabeza y dejó escapar una pequeña risa. Inmediatamente, Madge frunció el ceño y le preguntó- No te importa ¿verdad?
Katniss, temerosa de que Madge hubiera percibido su irracional envidia, se apresuró a responder- No, ¿Por qué iba a importarme?
Madge se encogió de hombros- Gale considera que si el Capitolio descubre que yo soy amiga de Peeta y que he dormido en su casa, eso os perjudicaría puesto que pondría en duda vuestra historia de amor…- Madge hizo un gesto incrédulo ante sus propias palabras- Sonaba mucho más lógico cuando lo dijo él, probablemente por el tono hostil. No hay nadie del Capitolio en el distrito, además Peeta insistió…
- Te aseguro que el Capitolio no está pendiente de nosotros ahora mismo- dijo Katniss para tranquilizar a Madge- Si Gale te dijo eso es porque parece que irritarte es su pasatiempo favorito.
Katniss se arrepintió al instante de sus palabras. ¿Debería disculparse por la hostilidad con la que Gale trataba a Madge? Sin embargo, Madge no parecía ofendida por esa añadidura y se limitó a asentir con la cabeza con una pequeña sonrisa en los labios.
- Últimamente, está menos… ofensivo- dijo Madge, rascando la cabeza con cierta incomodidad.
Katniss recordó que Peeta le había dicho algo parecido. Gale incluso había sido cordial con Peeta y había compartido galletas y té con Peeta. Algo que Katniss jamás habría creído posible. Sin duda, Gale había cambiado y Katniss tenía el presentimiento de que esa joven misteriosa con la que Gale estaba tan enfadado tenía algo que ver. Estuvo a punto de comentar en voz alta que posiblemente esa chica era el motivo pero se dio cuenta al instante de que hacerle esa mención a Madge sería como traicionar a Gale. Él era una persona reservada y si ni siquiera quería hablarle a Katniss sobre ella, le haría aún menos gracia que Madge supiera sobre su existencia. Katniss no se había atrevido a preguntarle a Gale la identidad que esta misteriosa joven, aunque no sabía exactamente los motivos. Probablemente tenía miedo al cambio, que Gale se enamorara de una chica era un cambio considerable, especialmente cuando ella era incapaz de darle nombre a sus propios sentimientos por Peeta. Era más fácil fingir que todo seguía igual, que al volver de los juegos ni ella ni el mundo a su alrededor había cambiado.
Peeta, todo volvía a él de alguna forma.
- ¿Puedo hacerte una pregunta?- preguntó Katniss. Madge le miró con sorpresa e incluso algo de aprensión pero asintió con la cabeza.
- ¿Cómo sabes si quieres a una persona de verdad?
Madge sonrió ampliamente y se encogió de hombros- Supongo que te sientes más ligera cuando estás en su presencia, feliz sin razón alguna- Madge frunció la nariz- O te sonrojas cuando alguien pronuncia su nombre- añadió con mucha menos alegría.
Katniss asintió con la cabeza, intentando comparar las impresiones de Madge con su propio comportamiento. Encajaba, en cierto modo, puesto que ella se sentía feliz junto a Peeta, hasta el punto en el que una vida sin Peeta resultaba insoportable. Había sido así durante los juegos y seguía siendo así. Aún así, siempre le quedaba la duda…
- ¿Y si crees que le quieres porque te sientes agradecida o porque habéis vivido juntos una situación extrema que ha hecho que necesites su presencia?
Madge alzó una ceja- Eso ha sido bastante específico- murmuró Madge- Esto es sobre Peeta, evidentemente.
Katniss suspiró- No quiero decirle que le quiero y que quiero estar con él para darme luego cuenta de que había confundido mis sentimientos, no quiero hacerle ese tipo de daño.
- Sé honesta con él, Katniss. Cuéntale lo que me has dicho a mí y podéis decidir ambos si el riesgo vale la pena- respondió Madge. En sus labios, parecía tan lógico y fácil que Katniss se sintió repentinamente más calmada- Vuestra situación es complicada, sin duda, pero no insalvable… El Capitolio te ha condenado a fingir que estas enamorada de él toda tu vida, así que tener verdaderos sentimientos por él me parece lo mejor que podría pasarte- dijo Madge, sonriente- Que te obliguen a estar con la persona que quieres…- ante la mirada de Katniss, Madge se corrigió a sí misma- O que sospechas que quieres es mucho mejor que amar a una persona que no puedes tener o que no te corresponde, y él ya te quiere, así que eres afortunada, Katniss.
Katniss resopló- Nunca me habría definido como afortunada.
Madge le miró con ternura- Ambos estáis vivos- le recordó. Eso era lo importante- Él te quiere y tú, al menos, crees que le quieres. A no ser que…- Madge se rascó la nuca, a través de su cabello rubio- ¿Qué pasa con Gale? Sé que te besó… quizás se deba a eso tu confusión.
No, su confusión había comenzado mucho antes que aquel beso. Katniss miró con sorpresa a Madge, ella no había hablado con nadie de aquel beso y habría jurado que Gale había hecho lo mismo. ¿Se lo había contado a Madge? ¿Por qué a ella? Ni siquiera se llevaban bien.
- ¿Te lo contó?- preguntó Katniss, el desconcierto evidente en su tono.
Madge respondió en casi un tartamudeo- Bueno, él estaba… borracho y supongo que necesitaba sacárselo del pecho.
Katniss se mordió el labio- No fue especialmente romántico ¿Qué te contó exactamente?
- Que fue un error, que se dio cuenta de que no te quería de esa forma.
Katniss asintió, aliviada. Por un momento había temido que Gale le hubiera dicho eso para salvar su orgullo y librarle del pesar de hacer daño a su mejor amigo. Le tranquilizaba darse cuenta de que aquellas palabras eran verdad, los borrachos nunca mentían.
- Fue un error- repitió Katniss- Mi confusión no tiene nada que ver con Gale. Es Peeta el que…- Katniss suspiró- Es Peeta.
Katniss se dio cuenta de que Madge había dejado de caminar y al mirar a su alrededor vio que había llegado frente a su casa sin que ella se percatara. Katniss se despidió de Madge y le dio las gracias por los consejos. Nunca había tenido una amiga con la que confesar sus sentimientos, aunque nunca había tenido la necesidad de hablar de chicos o asuntos del corazón. Fuera como fuera, tener una amiga era una agradable sensación.
La cara sonriente y nerviosa de Peeta resultaba un elemento cómico y algo discordante, no emitió palabras que lo indicaran pero Madge tuvo el presentimiento de que necesitaba hablar de algún asunto importante. No era el mejor momento para reuniones amistosas, no cuando el fusilamiento de los hermanos Wright era la mañana siguiente. Aún así, Madge se había dado cuenta de que no podía negarle nada a Peeta, especialmente desde que él había sido seleccionado para los juegos del hambre por la única razón de ser su amigo. Madge había ideado un plan para salvar a los hermanos Wright, el cual debía ponerse en marcha aquella misma noche, puesto que necesitaba ejecutarse muy cerca de la hora del fusilamiento para que los agentes de la paz no pudieran recuperarse a tiempo. Funcionaría, debía funcionar. El miedo al fracaso la agitó por unos segundos pero la voz de Peeta interrumpió sus inseguridades.
- ¡Estás aquí!- exclamó con sorpresa.
Madge alzó una ceja y contuvo una risa asombrada- ¿Acaso lo dudabas? Dije que iba a venir, estuviste muy insistente. Pues aquí estoy, bien equipada- dijo levantando la mochila que había traído con su pijama y otros objetos necesarios.
Madge supuso que marcharse de la casa de Peeta resultaría incluso más sencillo que de la suya propia. Además, Peeta nunca solía pedirle favores y su persistencia resultaba sospechosa. Peeta se apartó de la puerta para dejarla pasar y Madge se arrastró hacia el salón, dejando la mochila junto a la pata de la mesa y dejándose caer sobre el sofá.
- Y bien, ¿Qué ocurre?- preguntó Madge cuando Peeta se sentó frente a ella en el otro sofá- ¿Ha pasado algo importante?
- Más bien no ha pasado nada importante- murmuró Peeta- Haymitch cree que el presidente está intentando que Panem se olvide de nosotros y de cualquier forma de rebelión, haciendo que no salgamos en televisión.
Madge asintió con la cabeza, tenía sentido- He notado que no habéis asistido a ningún acto en el Capitolio desde el tour de la victoria, resulta inusual.
- ¿Pero es una buena noticia?- preguntó Peeta, inseguro- ¿Debemos permitir que se olviden de nosotros?
Madge se mordió el labio. Una vez ella se había sentido así también, había deseado enfrentarse a todo lo que simbolizaba el Capitolio y el presidente después de encontrar las posesiones de su tía. Recordaba cómo la furia ante las injusticias le había embriagado hasta comportarse con imprudencia. Parecía que habían pasado años desde entonces y ahora temía que su rebeldía no era más que culpa y sentido del deber, mucho menos hermoso y mucho menos poderoso. Madge no respondió al instante y Peeta esperó su respuesta con paciencia, mirándole con expectación. Envidiaba la fortaleza de su amigo, cómo ni si quiera los juegos del hambre habían conseguido cambiarle. Ella se sentía muy diferente, antes había deseado cambiar el mundo, ahora sólo quería que el presidente le permitiera vivir en calma en su distrito.
- Por el momento, sí- respondió Madge al fin- Aprovechad la libertad, aunque sea falsa y… supongo que no podemos hacer más que esperar a que llegue el momento indicado.
Eso era lo que ella hacía: esperar y esperar. Sabía que una persona más valiente que ella, la chica que los otros creían ver en ella, habría publicado aquellos documentos, sacrificándose a sí misma a cambio de la posibilidad de un Panem más justo. Ni siquiera el presidente creía que ella fuera capaz de ese acto y sabía que podía tentarla al prometerle un futuro feliz. Resultaba irónico, cuando esta pesadilla había comenzado quería un mundo diferente y ahora, quería que su mundo volviera a ser el que había sido entonces. Había cambiado, sin darse cuenta. No era aquella joven "increíble", como Gale había insinuando, no era más una cobarde que se había acostumbrado a jugar según las reglas del presidente.
- El momento indicado- repitió Peeta, alzando la cabeza- Suena razonable.
Madge asintió con la cabeza aunque se sentía culpable, como si le hubiera dado un consejo erróneo. La verdad era que ella se encontraba en una dilema muy parecido al de Peeta: Podía continuar con las pruebas del presidente, esperando que él hiciera honor a sus promesas o podía desafiarle y sacar a la luz las noticias de la corrupción. Obedecer a Snow era un camino más armonioso que enfrentarse a él. Madge sabía cómo habrían actuado los héroes, pero ella no era más que una adolescente.
Madge meneó la cabeza- ¿Podemos hablar de otra cosa que no suponga la vida o la muerte?- preguntó Madge- Hablar sobre lo que los adolescentes normales hablan.
Madge no estaba segura qué tipo de conversaciones mantenían los adolescentes normales, antes de convertirse en una supuesta criminal, había sido una adolescente muy callada, sin muchos amigos con los que conversar. Tenía la esperanza de que Peeta sí supiera a qué se estaba refiriendo. Él se apoyó su espalda en el sofá, cruzó las piernas y le miró con una sonrisa pícara.
- ¿Qué pasa entre Gale y tú?
Madge notó cómo su rostro adquiría un repentino rubor. Pestañeó un par de veces, mostrando su confusión y su incomodidad ante aquella pregunta.
- No sé a qué te refieres- murmuró al fin pero sabía que su propio tono de voz delataba que mentía.
Peeta alzó una ceja y amplió su sonrisa- Simplemente al nombrarle, te has puesto colorada- dijo Peeta, conteniendo una risa.
Madge bufó- Según me han dicho, me sonrojo con mucha facilidad… así que no creo que eso sea indicativo de nada- respondió. Peeta alzó una ceja y amplió aún más su sonrisa. Era evidente que no iba a cambiar de tema de conversación. Madge pensó con cierta culpabilidad que puesto que ella conocía lo que Peeta sentía por Katniss, era justo que ella le confesara qué sentía ella por Gale. Aunque ni siquiera ella sabía qué palabras eran las propicias para describir dichos sentimientos- Él… ¿Me gusta?
Peeta sonrió aún más, incluso cuando no parecía posible que sus comisuras pudiera estirarse más- ¿Es una pregunta?
Madge se encogió de hombros, este tipo de conversaciones se le daban fatal. Ella había sido una niña solitaria y estaba acostumbrada a guardarse sus sentimientos y sensaciones. Describir qué había pasado entre Gale y ella resultaba complicado, ni siquiera ella misma era capaz de poner en orden qué había ocurrido. Ahora Gale no la odiaba tan descaradamente y en ocasiones parecía realmente preocuparse por su bienestar pero Madge no estaba segura cuánto tiempo dudaría con esa nueva actitud. Tenía el presentimiento de que, con el paso del tiempo, volvería a odiarla como en antaño. Ella, sin embargo, no había hecho más que fomentar sus ridículos sentimientos hacia el cazador. Antes, cuando su relación se basaba en el intercambio de fresas por dinero, su infantil enamoramiento era fácilmente manejable pero ahora que eran amigos, Madge no sabía cómo frenar sus caprichosos sentimientos.
- Antes de irme del Capitolio, le di un beso en los labios… de despedida- dijo Madge, notando cómo sus mejillas se encendían- Fue rápido y casto, nada que pueda resultar memorable- Había sido memorable para ella, pero sólo porque había sido Gale, dudaba que Gale tuviera un recuerdo emotivo de aquel beso.
Peeta contuvo la risa- ¿Le besaste de improviso?- preguntó, Madge asintió- Eso fue valiente, Gale no tiene un temperamento especialmente tranquilo… es como intentar besar a un león enjaulado.
Madge frunció las cejas y le dijo en tono de regañina- Él no es un animal, Peeta. Puede ser tierno cuando quiere…- Peeta alzó los brazos en una disculpa burlona- Además, yo creía que iba a morir así que no tenía mucho que perder.
Madge meneó la cabeza, Peeta estaba pasando demasiado tiempo con Haymitch.
Madge había fingido estar especialmente cansada y se había retirado a la habitación de invitados que solía usar cuando dormía en casa de Peeta. Había subido con ella su mochila y aunque había traído su pijama para no levantar sospechas, no pretendía ponérselo. Se sentó en la cama y esperó unos minutos hasta estar segura que Peeta se había ido a dormir. Afortunadamente, no tardó mucho en caer rendido.
Madge bajó las escaleras sigilosamente, para no despertar a Peeta. Cuando llegó a la puerta principal, contuvo un suspiro al darse cuenta que la puerta estaba cerrada con llave desde dentro. Afortunadamente, el propio presidente Snow le había enseñado a forzar cerraduras. Por supuesto, no lo había hecho con buena voluntad. Una vez, la había pillado intentando forzar la cerradura de su mansión y Snow, con su natural burla, le había enseñado con la puerta del cuartillo de limpieza cómo debía de forzar las cerraduras para que se abriera. Al finalizar la lección, le había informado que todas las puertas importantes de aquella mansión no podían ser forzadas, realmente había vivido en la jaula mejor vigilada de Panem.
Nuevamente la arrogancia del presidente, que había querido hacerle ver que ni siquiera un ladrón experto sería capaz de entrar en su mansión, le había resultado de ayuda. Las cerraduras de la casa de Peeta no eran tan buenas como la del presidente y se abrió después del segundo intento. Madge sonrió con orgullo y salió de la casa, notando la fría brisa de la noche en su cara.
No sabía si se debía a su ansiedad pero el camino hacia la fábrica le pareció más corto de lo que recordaba. La fábrica no estaba en funcionamiento y ante la ausencia de trabajadores en su interior, tampoco había agentes de la paz protegiendo sus puertas. Posiblemente, era otra orden que había dado el presidente para facilitarle la prueba. Se sentía irritada y agradecida al mismo tiempo por la forma en la que el presidente la infravaloraba y la admiraba en casi igual medida.
Madge se descolgó la mochila del hombro al llegar a la puerta trasera, que conectaba con el almacén. La puerta era demasiado grande y metálica como para ser forzada, así que Madge rompió un gran ventanal con una roca. Intentó apartar todos los cristales afilados pero aún así, cuando se coló por la ventana, notó cómo un pequeño cristal roto rajaba su abrigo. No se hizo daño y por ello, no perdió tiempo en comprobar el roto. Suspiró sonoramente al verse sola en el almacén, rodeada de armas de fuego.
-Es ahora o nunca, Madge- se dijo. Hacía mucho frío, pero por poco tiempo.
Las cubas de armas y balas estaban tapadas con unas lonas de algodón, que parecían fácilmente inflamables. Madge se dirigió hacia la cuba más lejana y rebuscó dentro de su mochila hasta que encontró la caja de cerillas que había guardado. Miró la caja con cierto miedo y repitió en su mente qué debía hacer para asegurar su propia seguridad. Primero debía comenzar con las lonas más lejanas, sin acercase demasiado al fuego y debía ir alejándose en dirección a la ventana que le había servido como entrada. Madge dejó la caja de cerillas en el suelo, se arrodilló para buscar más cómodamente un trapo y una botella de agua. Cuando los encontró, mojó el trapo con el agua y lo colocó sobre su regazo. Volvió a coger la caja de cerillas y con dedos temblorosos, encendió la primera cerilla.
Miró la pequeña llama con hipnotismo. Era hermosa y terrorífica al mismo tiempo. Madge tenía miedo, no podía negarlo, pero pensó en los hermanos Wright y en la muerte de Leslie y de Barry. No podía rendirse ahora. Tiró la cerilla sobre la lona y miró anonadada cómo las llamas se extendían, la lona se desintegró en cuestión de segundos y las llamas comenzaron a devorar las armas. ¿Cuándo tardarían en fundirse? Probablemente necesitaba más tiempo y más llamas.
Madge se colocó el trapo mojado en la boca para protegerse del humo. Debía darse prisa así que encendió más cerillas y fue tirándolas sobre las lonas. El fuego estaba propagándose con mucha más rapidez de lo que ella hubiera imaginado. Madge dio unos pasos hacia atrás, pero tuvo que detenerse para toser fuertemente. Sentía que los pulmones le ardían y el trapo mojado era poco alivio. Cuando terminó su incontrolada tos, levantó la cabeza y sólo pudo ver los agresivos colores del fuego.
Todo eran llamas y humo espeso. El frío había quedado abatido por un insoportable calor y Madge se preguntó con una extraña calma si ése era su final.
Gale podía escuchar los ronquidos de Rory y le dio envidia su apacible apariencia. Él se sentía incapaz de dormir, aunque llevaba ya bastante tiempo en la cama. El silencio resultaba insoportable porque hacía que sólo pudiera concentrarse en sus pensamientos. Quizás las sospechas de Mellark fueran infundadas y Madge no estuviera en peligro aquella noche, sino durmiendo plácidamente en la habitación de invitados de Peeta. Supo que ése no era el caso cuando escuchó a alguien aporreando la puerta con agresividad. Algo había ocurrido.
Su cuerpo se movió con voluntad propia y abandonó con pasos rápidos la habitación que compartía con su hermano. Los aporreos de la puerta crecían en volumen y frecuencia. Gale abrió la puerta con urgencia y se encontró cara a cara con Peeta Mellark, que le miraba sin su irritante sonrisa. La seriedad de su rostro, sin embargo, le pareció un mal augurio.
- Se ha ido- dijo Peeta al instante.
No, no, no. ¿Qué demonios significaba eso? ¿A dónde había ido? ¿Dónde estaba? ¿Por qué se había ido? ¿Estaba en peligro?
- ¿Pasa algo, Gale?- la voz de su madre se escuchó a su espalda.
Gale ni siquiera se había dado cuenta de que ella también se había despertado, Peeta había sido especialmente ruidoso. Su madre los miraba ojerosa y sorprendida, no resultaba sorprendente puesto que Hazelle era consciente de que Gale y Peeta Mellark no eran exactamente amigos. Gale, sin embargo, no era capaz de responder ahora a su madre así que se giró y miró a Peeta con las cejas fruncidas. El pánico que sentía se convirtió al instante en furia.
- ¡Tu única tarea era vigilarla! ¡Asegurarte de que no se iba, Mellark!
Peeta asintió con la cabeza, sintiéndose culpable- Dijo que se iba a la cama porque estaba cansada, cerré con llave la puerta principal pero no sé cómo ha conseguido abrirla…- Peeta meneó la cabeza y lanzó una risa amarga- ¿Por qué me sorprendo? Se trata de Madge, ella siempre encuentra la forma…
- Mellark, si le pasa algo, te juro que…
Peeta le miró enfadado- No hables como si fueras el único que se preocupa por ella- le espetó.
Necesitaba insultar a Mellark, culparle por algo que sólo dependía de la voluntad de Madge. Estaba también enfadado con ella porque seguía guardando secretos, esta vez con todo el mundo y parecía empecinada en poner su vida en peligro. Estaba enfadado consigo mismo por no ser lo suficiente inteligente para comprender qué pretendía hacer Madge. Era mucho más fácil odiar a Mellark y culparle por haber permitido que Madge saliera de su casa cuando él le había dado instrucciones de que debía vigilarla. Gale había imaginado que Madge intentaría despertarse unas horas antes del fusilamiento programado para evitarlo, posiblemente Peeta lo había creído así, pero este conocimiento no hizo que su enfado hacia Peeta disminuyera. Sabía que no lo haría hasta que no la viera sana y salva, por eso abrió la boca para quejarse de las palabras de Peeta pero una tercera voz le interrumpió.
- ¿Qué es eso?- pregunto su madre, mirando en dirección a la única ventana del salón. Sin esperar respuesta, Hazelle se acercó a la puerta donde se encontraban los dos adolescentes. Gale dio un paso hacia delante, saliendo de la casa y miró con horror cómo unas inmensas llamas salían por las ventanas de la vieja fábrica. El humo, en lugar de subir en una columna desde la chimenea, envolvía la fábrica como un nube negra de tormenta.
Gale recordó que Peeta le había dicho una vez que todo lo extraño que ocurría en el distrito tenía que ver con Madge, Gale sabía que esto no era una excepción.
Chicos, quiero avisar que últimamente tengo la cabeza en otro lado y la inspiración no me está acompañado, los capítulos seguirán llegando pero dudo que sea semanalmente. De todas formas, no os preocupeis, no abandonaré este fanfic.
