Capitulo 21: Cuarto día.
-¡Draco, tenemos que ir a san Mungo, a que le pongan las vacunas al bebe, así que no vayas tan lento! ¡Mira, que tarde es! Despierta! –dijo dándole un codazo.
Draco se había quedado dormido en la cocina, apoyado con la mano en su cara y el codo en la mesa, y casi se le cae la cabeza en el cuenco de cereales aquella mañana. Hermione ya estaba vestida, el carro de bebé preparado y el niño abrigadito, pero Draco aun seguía en pijama y en una media hora tenían que estar allí, haciendo cola con los demás magos y brujas que iban a inmunizar a sus hijos contra virus que ni siquiera podrían imaginarse que existieran en el mundo muggle.
-¡Date prisa! ¡Ven, Jack! No te vayas –dijo agarrando el pequeño del pie y arrastrándolo por el suelo hasta sus brazos. El niño la miró con ojos de impotencia y gateó hasta su carrito de bebé, donde Hermione le subió y le colocó el cierre de seguridad. Luego, mirando el reloj, suspiró de nuevo y frunció el ceño-. Oh, ¡vamos a llegar tarde!
-No te preocupes, cielo, esta mañana tengo reunión con el ministr… con el jefe de planta –intentó disimular su error Draco, aunque para Hermione aquel flojo "jefe de planta" no la engañó-.
-¿Con el ministro? No me contradigas –le cortó-. No sé que te traes entre manos, ¿sabes? Pero he decidido que no quiero saberlo, así que –continuó, dándole unos pantalones grises y una camisa roja, con cara de pocos amigos- te vistes y nos vamos a san Mungo ya.
Tras trastabillar un poco con sus propios pies, con las prisas de vestirse en menos de diez minutos, corrió escaleras arriba hasta su despacho, agarró el maletín y salió corriendo por las escaleras, hacia donde Hermione y Jack le esperaban. Justo cuando bajó, le preguntó a Hermione en tono suplicante:
-¿No podemos aparecernos?
-No, Draco, recuerda que solo podemos hacer magia en el Hospital…
-¿Tu también? –preguntó asombrado-. ¡Creí que era porque yo necesitaba la magia en el trabajo!
-y así es –dijo Hermione poniéndole una gorrita al niño para el sol-. Pero eso no implica que yo no pueda, no sé embrujar solo la mitad de un pergamino, Draco, no soy tan inteligente –presumió sutilmente-. Y cambiando de tema –dijo abriendo la puerta y cerrándola tras Draco con llave-. ¿En que casa crees que caerá el niño cuando llegue a Hogwarts?
-En Slytherin no, por supuesto, no me gustaría que viviera con el ambiente tan… sucio que se huele en Slytherin. Nadie confía en nadie, siempre hay que apostar por el más fuerte para sobrevivir a las burlas...
-A mí tampoco me gustaría que estuviera en Slytherin. Dicen que Ravenclaw se ha vuelto la mejor, y que en estos tres años no ha habido ningún niño o niña de Gryffindor o Slytherin que no haya pisado la enfermería. Quien sabe, a lo mejor cae en Ravenclaw, porque es tan listo como su mamá y su papá, ¿verdad cariñito? –le preguntó retóricamente al niño, que estaba disfrutando del paisaje neblinoso-.
-Pero, tú eres de Gryffindor, ¿no tendría posibilidades ahí? –preguntó el rubio girando la esquina-.
-Si, bueno, pero solo porque era esencial que estuviera con Harry. Pero me quisieron poner en Ravenclaw.
-Ah, así que ibas a ser un águila y terminaste siendo un león… - susurró distraído mirando a su bebé-. Es tan lindo…
-Se parece a ti –dijo ella, haciéndole un cumplido-.
-Si, pero habrá que ver como devora los libros cuando aprenda a leer.
-Seguro que sí. Viniendo de alguien como yo... Por cierto, quiero enterarme de cuando son las pruebas de EXTASIS +20. Para los mayores de veinte años. ¿Donde se mira eso?
-Eh… n te lo aconsejo, Hermione –intentó disuadirla Draco-. Déjalo, tienes un niño al que cuidar, puedes disfrutar de la vida y vives cómodamente.
-Oh, o sea que ¿piensas que no sirvo para estudiar y cuidar a un bebé al mismo tiempo? –preguntó molesta. Sacó un billete de veinte libras y se lo dio al taquillero del metro. Sacaron 1 ticket para Hermione, que viajaba de nuevo en metro después de mucho tiempo (los niños viajan gratis) y montaron en el sucio metro de Londres.
Hermione no le dirigió la palabra a Draco en las dos siguientes paradas. Al final, la sinhueso pudo con ella y comenzó de nuevo con el tema de las casas.
-¿Te imaginas que cayera en Slytherin?
-Entonces lo sacaría del colegio, todos allí éramos unos delincuentes –dijo Draco en tono de broma-. Pero teníamos sentido del humor.
-En Gryffindor era todo bromas. Recuerdo que antes de los partidos de Quiddich no podía estudiar porque hacían mucho ruido –dijo con un asomo de sonrisa-. Me arrepiento de no haber aprovechado ese tiempo de bromas y diversión en el colegio.
-Si, pero no te preocupes, seguro que tendrás mas.
Ambos notaron vibrar de nuevo el vagón del tren y vieron en la rayada y pintada pantalla que habían llegado a su parada. Entonces, con mucho trabajo, consiguieron
salir con el carrito del tren.
-Y a ver, ¿que es eso que tienes que hacer después del trabajo?
-Oh, no es… nada, es solo que… bueno, tengo que hablar, solo eso – mintió Draco.
-No me creo lo que me dices pero… no te preguntare, me fiaré de ti. Pero un solo indicio y… -pasó sus dedo por el cuello en horizontal y rió.
Atravesaron el escaparate que los conducía hasta el hospital y en un segundo la pelirroja abarrotó de quejas y preguntas al muchacho:
-¡Oh, por dios! ¿Dónde te has metido? ¡He tenido que cubrir estos diez minutos! ¡Y tengo que encargarme de los Prewett en psiquiatría, y tú hablando con tu mujer y yo tengo que ir ahora a pediatría! ¿Que haces ahí parado? –preguntó desafiante-. Corre a tu puesto!
Draco tomó entonces conciencia de que llevaba tres días completos llegando tarde a su trabajo y que, por consiguiente, la chica tenía que hacer todo su trabajo más el de ella misma hasta que él llegara, y entonces se puso manos a la obra, cogió su bata de color verde agua y se perdió entre la fila de enfermos en espera a que les atendiera la señorita de la ventanilla. Hermione miró el tablón donde se organizaba el hospital, y no encontró ni huella de las vacunas infantiles… y luego vio que Mafalda la miraba aún de pie a su lado.
-Hola, Mafalda… -dijo Hermione -. Verás, yo iba a vacunar a Jack, pero creo que me he perdido un poco y no sé donde es…
-Primera planta, con los ataques de criaturas .informó-. Yo ahora voy para allá, es mi turno de pediatría. Podemos subir juntas si quieres.
-De acuerdo, muchas gracias. –Ella y Mafalda subieron las escaleras con el carro lo mas rápido que pudieron, y Mafalda le iba a decir de paso que se quedara en la ventanilla de información de la primera planta para coger número para las vacunas, pero pronto se dio cuenta de que no le hacía falta, puesto que había una larga cola de niños pequeños con sus madres esperando a ser vacunados por lo largo de todo el pasillo. Hermione corrió hasta el final de la cola y esperó, espero y esperó y… al final cerraron las colas de vacunación justo tres madres antes que ella. Rabiosa y enfurecida, y pensando en decirle Draco que le fuera trayendo a su hijo las vacunas a casa después del trabajo, se fue a la cafetería, se tomó un café y le dio al niño un zumo y una galleta.
Al cabo de un rato, la misma chica pelirroja corrió a sentarse con ella. Hermione la miró extrañada: Llevaba la túnica de medimaga perdida de un líquido de color azul, y la cara estaba roja y llena de sudor.
-¡No digas nada, no me delates! –rogó la chica tapándose la cara con el periódico de alguien, que se habían dejado en una mesa de la abarrotada cafetería. Unos médicos que, según Hermione, parecían los más severos del mundo, corrían a través de la cafetería. Cuando se fueron, la muchacha suspiró aliviada-. Gracias. No quiero vérmelas con esa gente.
-Bueno… ¿quieres tomar algo? –Preguntó Hermione, incapaz e decir otra cosa-.
-si, por favor, un vaso de agua. O leche, si eres tan amable.
-De acuerdo –Hermione llamó a la camarera y le pidió un vaso de leche caliente con azúcar-. Y bueno, ¿por qué huías de esos medimagos?
-Porque me quieren examinar.
-¿Esas enferma?
-no –dijo divertida-. No, no me van a auscultar, es que yo estoy aquí haciendo pruebas para ser medimaga. Y ellos quieren saber si tengo nivel suficiente o no.
-¿Y lo tienes? –preguntó Hermione algo seria, pero sonriendo-.
-Pues no lo sé, por eso no quiero que me lo digan. ¡Solo tengo diecinueve años! –se quejó. A Hermione se le representaba mucho a Ginny a esa edad-. A demás, yo quiero ser de la planta de psiquiatría y no me dejan porque piensan que son pacientes demasiado delicados para "medimagas en periodo de prueba". Pero es lo que me gusta de verdad, trabajar con gente necesitada de verdad… gente que sola no puede vivir con normalidad, ¿me entiendes-se bebió medio vaso de leche y cogió una galleta que le habían servido en su plato-. Vaya, ¿este es tu hijo?
-Si.
-¿Que tiempo tiene?
-Un año cumplirá el mes que viene, en agosto –dijo acariciándole la cabeza y sonriendo-. Llegó en el momento mas indicado a mi vida.
-Un niño es siempre algo hermoso –comentó entonces Mafalda-. Lo peor de psiquiatría es tener unos padres allí, y ver como su hijo va creciendo sin ellos, cuando les viene a visitar... –hermione, irremediablemente, pensó en su compañero del colegio, Neville, que era profesor de Herbología en Hogwarts tras la jubilación de la profesora Sprut, y asomó en su rostro una sonrisa triste-.
-Eso nunca le pasará a nuestro hijo.
-No era de Ron, ¿no? –Preguntó mirándole el color del pelo-. Aunque si tiene sus ojos… o al menos, uno de ellos.
-¿Como? –preguntó extrañada-. ¿Uno de ellos? ¿Que quieres decir?
-¿Nunca le has mirado fijamente a los ojos? –Preguntó la ojiazul cogiéndole en brazos-. Tiene un ojo verde y otro azul, Hermione –aseguró señalando los ojitos del niño-.
¡Impresionante! He observado cada rincón de su cuerpecito, los deditos, sus lunares… y nunca me ha dado por fijarme en sus ojos tan claramente.
-Bueno, yo me tengo que ir, tengo que relevar a Draco un poco antes… ya habrá salido. Tu ya puedes irte si quieres… -dijo levantándose y bebiendo la leche que le quedaba-. Y muchas gracias por invitarme a esto.
-No es nada, ¿qué si no hacen las viudas de tu primo? –dijo sonriente. Se giró para buscar a Draco, pero recordó que se había ido hacia un tiempo a hablar con el ministro. Hermione se movió en el asiento, con el niño en los brazos y muy emocionada, expectante a nuevas noticias sobre su sorpresa ultrasecreta del ministerio de Magia.
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Draco entró silenciosamente en el cuarto, donde Hermione dormía plácidamente con su hijo junto a ella. No había ido en toda la noche a casa por asuntos "secretos" del ministerio y él, y deseaba darle la noticia a la chica antes de irse a dormir. La observó mientras dormía. Un débil rayo de sol fue recorriendo las sábanas de la cama adoselada, cortando en dos la iluminación. Hermione estaba boca abajo, y con una mano en una posición extraña en la cuna del bebé, a unos centímetros de la cama. Su pelo estaba alborotado, y le tapaba así por completo la cara. Solo dejaba un espacio por donde supuso Draco que estaba respirando. Sonrió al ver esa escena, tan natural y amable. Se inclinó un poco para verla mejor, perdió el equilibro, se tropezó con la papelera de metal, que se cayó dándole un golpe al escritorio, donde unas botellas se cayeron haciendo mucho ruido, y la lámpara de escribir larga chocó contra las estanterías, donde unos pocos libros cayeron cerca de la cabeza del joven. Hermione se levantó pegando un grito, igual que el niño se puso a llorar.
-¡Ah! ¡Ladrón! –dijo lanzándole un libro que había en la mesilla de noche. Al ver que era Draco, se levantó de un salto y cogió al niño, intentando calmar el llanto desconsolado que le había provocado tal susto. Se incorporó y corrió a ver donde le había dado-. ¡Draco! oh, lo siento, pensé… que susto me he llevado.
-Si, y unos golpes que me he llevado yo, por no haberte despertado antes –se quejó frotándose la cabeza-. Bueno, quería darte una sorpresa…
-Y lo has hecho –dijo risueña-.
-Bueno, pero es otra más interesante…
-Ya me estas asustando –dijo tumbando al niño en la cama, que había dejado de llorar, y se sentó en el suelo con él, a recoger todo-.
-Pues si no quieres, no te lo digo…
-Está bien, ya sabes que la curiosidad puede conmigo. ¿Qué es esa sorpresa?
-Como sabes –Continuó cogiendo un libro titulado Teoría mágica sobre las costumbres muggles-, ayer estuve hablando con el ministro de Magia, el cual me direccionó hasta el departamento de educación y seguridad mágica en menores de edad, y me dijeron cosas muy interesantes, entre ellas esto –sacó un papel doblado por la mitad. Hermione hizo ademán de cogerlo, pero este lo esquivó-. Si no quieres, no tienes porque, pero te diré que me ha costado lo mío, incluso sabiendo que sospechabas de que algo estaba pasando.
-¡no me hagas esperar mas! ¿Qué eso? –Dijo echándole una mirada al bebé para asegurarse de que no se caía de la cama-.
-Es un permiso, para que puedas hacer los EXTASIS –anunció abriendo el papel-. Dice así: Yo, Kingsley Shackelbolt, autorizo a Hermione Jane Granger, de veinte años, a participar en las pruebas de los exámenes de EXTASIS al cumplir la edad de veintiún años. Del mismo modo, el ministerio le facilita unas clases de reconocimiento mágico para prepararla hasta dicha fecha.
-¡Oh! –Dijo, quedándose helada por unos instantes-. ¡Oh! ¡Merlín! ¡Yo! Pero no puedo… tenemos un trato anti-magia… así que no podré estudiar...
-¿Cómo no vas a hacer eso? –dijo alarmado-. ¡Podrías meter la pata! ¡esto es mas importante que un pacto anti-magia! -dijo, intentando de paso disuadirla del resto de la semana que les quedaba por delante-.
-Draco, en mi segundo año hice un encantamiento assiedus para poder alisarme el pelo, y eso entra en los EXTASIS. Si lo conseguí en segundo, ¿porque no con veinte años? –le preguntó, sonriendo-. No es tan difícil, puedo estudiar la teoría de todas las asignaturas, y después…
-Pero tendrás que escoger de que quieres trabajar, ¿no? Esto no es como en el colegio –explicó el-. No te examinas de todas las asignaturas, Hermione.
-Pues me gustaría ser cuidadora de plantas mágicas, o hacedora de Pociones... Siempre me gustó –dijo sonrojándose-. O rompiendo maldiciones en Gringotts. Eso estaría bien.
-No, mejor lo de las plantas esas, o lo de las pociones –dijo Draco-. Bueno, ¿entonces lo harás?
-¡Si! Claro que lo haré.
-Vamos a desayunar…
Bajaron las inmensas escaleras hasta la cocina, donde Hermione y Anne hicieron tortitas. Los tres comieron en la cocina, riendo y disfrutando del poco sol que quedaba antes de la llegada del otoño. Pero un grito de emoción que venía del porche les sacó de su ensimismamiento.
