Seguí a Paulo por los pasillos del castillo, preguntándome cómo entablar la conversación. ¿Qué se le decía a su hermano, cuando no se habían visto desde hace quince años, y el susodicho seguía tan enfadado como antes? Finalmente, todavía no había encontrado la manera de dirigirme a él cuando se paró delante de una puerta.
- Aquí está tu cuarto. Ponte cómodo. Los sirvientes te traerán comida dentro de poco – dijo Paulo escuetamente.
Se quedó mirándome un instante, esperando quizás a que le diga algo, pero no se me ocurría nada. Paulo se relajó imperceptiblemente, e hizo el ademán de partir, pero le cogí de la mano para impedírselo.
- ¿Qué tal has estado? – le pregunté por fin, viendo su mirada de sorpresa. ¿Te gusta la vida aquí? ¿Has recibido mis cartas? ¡Yo te he echado muchísimo de menos, sabes!
- Lo sé – dijo Paulo, liberando su mano. Leí tus cartas.
- Oh. M-me alegra.
A decir verdad, no sabía si tenía que alegrarme que las hubiera leído y hubiera decidido no contestar, en vez de simplemente quemarlas sin abrirlas. Nos quedamos un minuto en silencio, claramente incómodos los dos, y Paulo abrió la boca para decir algo, pero no le dejé. Sabía que iba a ser un pretexto para despedirse de mí.
- Quería darte las gracias. Por venir conmigo a León, quiero decir.
- No te hagas ninguna ilusión – gruñó Paulo, apartando la vista. Yo no tuve nada que ver en esa decisión. Teresa aceptó porque vio una ocasión de fastidiar a su hermana, y Enrique sólo está interesado en tu promesa de ampliar los límites del condado.
- Ya lo sé… - suspiré. Pero gracias de todos modos.
- De nada – dijo Paulo, encogiéndose de hombros. Bueno, quedan muchas preparativos por hacer… Debería echarles una mano.
Con eso, Paulo me dio la espalda y se alejó de algunos pasos. Pero se paró de golpe cuando me puse de nuevo a hablar.
- Sabes… No me acosté con ningún otro hombre que Francis. Nunca. Quería que lo supieras.
Paulo se tomó su tiempo para contestarme, girándose muy lentamente para mirarme a la cara.
- Eso no cambia nada. Que lo hayas echo una vez, o diez, o mil… Lo que te reprocho es que no estabas arrepentido para nada.
- ¡Estoy arrepentido! Pero no estoy arrepentido por las razones que te gustarían oír. Estoy arrepentido, porque no lo hubiera hecho si hubiera sabido que te iba a herir, y que eso te iba a alejar de mí. Eso… No valía perder a mi hermano por eso.
- Tienes razón – respondió Paulo tras un corto silencio. No son las razones que me gustarían oír. Deberías sentirte arrepentido porque la sodomía es pecado, Antonio, ¡eso no cambia ni cambiará nunca!
- Entiendo que pueda ser pecado para los seres humanos, porque tienen el deber de procrear para perpetuar la creación divina. ¿Pero para nosotros? Somos naciones, Paulo, no podemos tener hijos de todos modos. En esas condiciones, ¿qué importancia si nos acostamos con hombres o mujeres? La relación será infértil en ambos casos.
- Quizás tengas razón en eso, Antonio – admitió Paulo con un suspiro. Pero como naciones, tendríamos que dar el ejemplo, y tener una moral irreprochable.
- Tú… ¡Gah! ¡Es imposible hablar contigo! ¡Ni siquiera estás dispuesto a escucharme! – exclamé, frustrado por el torno que tomada nuestra conversación.
- Te escucho ahora – declaró Paulo, cruzando los brazos.
- ¡Yo nunca quise burlarme de ti, o nada del estilo! ¡Pero te veías torturado y desdichado todo el tiempo, Paulo! ¡Odiaba verte así! Yo dije que iba a rezar por ti, y lo hice, pero las cosas no cambiaban, y ya no sabía cómo ayudarte. Te dije que era una tontería, y que tenías derecho a amar a quienquiera que ames, no para burlarme de tus convicciones, pero porque quería verte liberado una vez por todas de esa culpa que cargabas todo el tiempo. ¡Eres mi hermano, Paulo! Yo sólo quiero verte feliz.
Los ojos de Paulo me parecieron algo húmedos, pero no estoy seguro, porque yo mismo estaba llorando en ese punto. Mi hermano esbozó una sonrisa triste antes de contestarme.
- Yo también quiero verte feliz, Antonio. Pero creo que tu felicidad, y mi felicidad, no pueden coexistir al mismo tiempo. Se excluyen mutualmente, porque somos demasiado diferentes, ¿no lo ves?
- ¿Qué dices? – protesté. Estoy seguro que, si los dos hacemos esfuerzos y trabajamos juntos, podemos encontrar una manera de estar felices los dos al mismo tiempo. ¡Segurísimo!
- No insistes, Antonio – bufó Paulo. Estamos mejor los dos aparte. Me tengo que ir, ahora.
- ¡Espera! ¡Paulo, no te vayas!
Pero esta vez, mi hermano no se detuvo.
Los días siguientes, Paulo evitó de encontrarse conmigo a solas. Seguro que tenía miedo a que abordara de nuevo el mismo tema. Y, bueno, quizás tenía razón, porque yo estaba convencido de que era posible para nosotros vivir juntos y felices. Todavía tenía que encontrar la manera… pero no renunciaría antes de haberlo probado todo. Claro, no se lo dije a mi hermano, por miedo a ahuyentarle. Pero esa campaña militar me daba una ocasión inesperada de pasar tiempo con él, de luchar a su lado, y de mostrarle hasta qué punto los dos formábamos un buen equipo.
Cuando nos encontramos con Alfonso de Aragón, quien ya estaba listo con sus tropas, este se mostró entusiasmado, y me dio varias veces palmaditas en la espalda, felicitándome por mis talentos diplomáticos. Decidí no hablarle de mi promesa a Enrique de Portugal hasta más tarde, para no alterar su buen humor. Con el ejército ya al completo, nos pusimos en marcha y pronto nos dimos cuenta de que éramos imparables. La ciudades rebeldes caían una tras otra frente a nuestro avance: Palencia, Burgos, Astorga, Orense, Osma… Si Paulo se sorprendió de verme luchar con ellos, no dijo nada. Pero vi aparecer en los ojos de Enrique algo parecido a respeto hacia mi persona, y eso ya me llenaba de satisfacción.
Estábamos en Sahagún, donde el rey Alfonso acababa de depositar al abad don Domingo, cuando nos llegó la noticia. Alfonso estaba escribiendo una misiva a su hermano Ramiro, quien era monje, para nombrarle a él como nuevo abad. De rabia, su pluma se quebró entre sus dedos, proyectando tinta por todas partes (mi cara incluida).
- ¿Que QUÉ? - bramó el rey, levantándose de golpe.
- Que los condes Gómez González de Candespina y Pedro González de Lara atacaron a El Castellar y liberaron a la reina Urraca, Majestad – repitió el mensajero con un temblor notable en la voz.
- ¡Esos perros se atrevieron! ¡Ah! ¡Eso no se puede tolerar!
- Según los últimos informes, parecen dirigirse a Toledo, donde el arzobispo Bernardo de Sedirac les ofreció refugio – continuó el mensajero, sudando abundantemente.
- Bernardo de Sedirac… Otra vez ese maldito… - masculló Alfonso, iracundo. ¡Chico! ¡Ve a buscar a los condes de Portugal y diles que atacamos a Toledo!
- ¡E-enseguida, Majestad! – tartamudeó el pobre soldado antes de irse corriendo.
Toledo cayó como las otras, y Alfonso depuso al arzobispo, lo que me puso a mí de muy, pero que muy buen humor – ¡por fin ese fanático arribista y despiadado recibía lo que se merecía desde el principio! En cambio, no encontramos a Urraca o a su amante por ninguna parte. Bernardo de Sedirac nos informó con sorna que los había ayudado a escapar, y que, a esas horas, ya se habrían refugiado en la fortaleza de Candespina.
- Bueno – hizo Enrique cuando le informamos. ¿Y qué hacemos ahora?
Estábamos todos reunidos en una sala del palacio arzobispal, alrededor de una amplia mesa de madera pulida, para discutir de lo que haríamos a continuación.
- ¡Iré a aplastar a ese malnacido y a recuperar mi esposa! – tronó Alfonso, pegando un puñetazo sobre la mesa.
- No entiendo… ¿Quiere decir que todavía quiere a Urraca como reina? ¿Después de todo eso? – se sorprendió Teresa.
- ¡Urraca es mi esposa ante Dios! ¡Y no me divorciaré de ella sin una razón imperiosa! – declaró Alfonso, acalorado. Pero está claro que de momento, Urraca ha fallado, y estará castigada debidamente. Y si no quiere respetarme por las buenas, ¡se lo enseñaré por las malas! ¡Pero esa mujer aprenderá el lugar que le corresponde, o ya no me llamo Alfonso!
- Ooooh… ¿De verás va a pegar a mi hermana? ¿Puedo estar presente? – pidió Teresa con una sonrisa divertida.
- ¡Teresa! ¿Es que no tienes pudor? – se ofuscó Enrique.
- ¡Uf! ¡En ese caso, ninguno! Es demasiado divertido ver a Urraca tragarse su maldito orgullo – contestó Teresa con franqueza.
Sonreí a la condesa, y vi que Paulo también la miraba con ternura. Nuestros ojos se cruzaron, y quise hacerle una señal a mi hermano, pero Paulo apartó la mirada antes.
- Mejor preparar un plan de ataque, entonces – propuso, inclinándose sobre los planes de la región.
- Sí, hagamos eso – mascullé, decepcionado.
Nos encontramos con las tropas de los condes de Candespina y de Lara en el Campo de la Espina, cerca de Fresno de Cantespino (Segovia). El aire era fresco y el viento nos azotaba la cara, recordándonos que ya estábamos en octubre. Hacía meses que esa campaña duraba. Todos estábamos cansados, todos queríamos regresar a casa, y sólo la promesa de otros combates nos mantenía alertas. Ya era tiempo de que todo eso acabe, de una manera u otra. El rey Alfonso, cómo si me hubiera leído la mente, levantó lentamente el brazo para dar la señal de la carga. El tiempo pareció suspenderse por un momento, y todo quedó inmóvil y silencioso, mientras los hombres (yo incluido) aguantábamos la respiración. El aire estaba cargado de tensión, y el instante me parecía frágil, como a punto de romperse. Alfonso bajó entonces el brazo, y todos espoleamos a nuestros caballos con gritos bélicos. Los dos ejércitos chocaron el uno contra el otro con un fracaso ensordecedor, y la lucha empezó, sangrienta, sin piedad. Mataba a mis enemigos uno tras otro, y mi brazo ya actuaba por sí mismo, con automatismo, mientras mi mente zumbaba con mil pensamientos confusos y fragmentarios. Esos largos meses de combate incesante me habían dejado realmente agotado. Pero un grito me trajo de vuelta a la realidad: el conde de Lara, viendo cómo perdían terreno y presintiendo la derrota, daba el orden a sus hombres de retirarse. Los castellanos tiraron sobre las riendas de sus caballos para darse la vuelta, y huyeron al galope, dejando solos a los leoneses de Gómez González. Esos se encontraban ya claramente superados en número, y no nos costó nada rodearlos. Poco a poco empezaron a rendirse, prometiendo pagar un rescate a sus adversarios si les dejaban con vida, y levantando la visera de sus yelmos para indicar que dejaban de luchar. El conde de Candespina, sin embargo, continuaba a combatir con desesperación. En un último intento, González espoleó a su montura y cargó al rey Alfonso, blandiendo su espada por encima de su cabeza. Pero, antes de que pueda abatirla sobre su víctima, me interpuse y hundí mi propia arma en su pecho hasta el mango, a través de la cota de malla. El conde abrió la boca como si le faltara aire, y sus ojos se ensancharon con sorpresa, antes de que sus dedos se relajaron y que su espada cayera al suelo con un ruido sordo. Saqué mi espada de su cuerpo, y la limpié un poco en mi muslo antes de reenvainarla. El conde, a quien ya no sostenía, siguió a su arma al suelo, y su caballo se puso a olfatearle la cara, relinchando suavemente. Una mano se posó entonces en mi hombro.
- Bien hecho, Antonio – me dijo el rey Alfonso, sonriendo, antes de ponerse a vociferar. ¡Caballeros! ¡El conde de Candespina ha muerto! ¡Hemos ganado!
Hubo estallidos de alegría en nuestros rangos, mientras los últimos leoneses levantaban sus viseras con pesar. Dejando a nuestros hombres encargarse de los prisioneros, cabalgamos con una pequeña tropa hasta la fortaleza. Nadie nos impidió el paso, mientras circulábamos por los pasillos y las salas en busca de la reina. Seguro que los sirvientes se estaban escondiendo, atemorizados. Encontramos por fin a Urraca, sentada en una butaca, la vista fija en la chimenea, y con su bordado abandonado en su regazo.
- ¡Santo Cielo! – exclamó cuando nos vio. ¿Y Gómez?
- Muerto – contestó Alfonso sin piedad.
- Oh… - hizo Urraca con dolor.
- Y ahora, ¿qué piensa hacer? ¿Me seguirá sin rechistar, y prometerá comportarse como una esposa honorable de ahora en adelante, o prefiere que la encierra de nuevo? – preguntó Alfonso, con expresión dura.
- O-os seguiré… - eligió Urraca, la cabeza gacha.
- Bien.
Con eso, Alfonso dejó la estancia sin mirar atrás.
Nos quedamos algunos días en la región para arreglar los últimos detalles y recibir las promesas de lealtad de los vencidos, pero por fin llegó el día del regreso a León, y del regreso de Enrique y Teresa a Portugal. En el momento de separarnos, desmonté y me acerqué a Paulo, mientras Alfonso le daba un abrazo fraterno a Enrique.
- Paulo… ¿Estás seguro que quieres regresar con ellos? Podrías… Podrías venirte conmigo a León – propuse, esperanzado.
Paulo me dedicó esa sonrisa triste que había llegado a odiar.
- Antonio... ¿Te acuerdas de cuando vivíamos juntos? Tú te pasabas el tiempo jugando y pasándolo bien, y me dejabas todas las responsabilidades. La política te aburría. Cuando te sentías amenazado, corrías esconderte detrás de mí. ¿Te acuerdas?
- Y-yo… Sí, me acuerdo – admití, algo avergonzado por mi comportamiento de entonces.
- Y ahora, mírate: ¡te has convertido en el caballero de confianza del rey de Aragón, y en un combatiente formidable! Creo de verás que nuestra separación fue lo mejor que podía pasar, no sólo para mí, pero también para ti. Has aprendido a defenderte por ti mismo. Ya no dependes de nadie para protegerte. Estoy muy orgulloso de ti, hermanito.
- E-entonces… ¿Te vas otra vez? – le pregunté, con lagrimas en los ojos.
- Sí, Antonio, me voy. Pero somos naciones, ¿recuerdas? – contestó Paulo con una sonrisa maliciosa. Nos volveremos a ver, un día u otro.
Vi a Paulo y al ejercito portugués alejarse con el corazón partido. ¡Poco sabía, entonces, que nos volveríamos a ver en menos de un año!
