NdA: Pues aquí está el siguiente. El título lo dice todo, jaja. Muchas gracias a todos por los comentarios, que han sido un montón ^^
Capítulo 21 Las primeras reacciones
Harry observó el suelo con expresión sombría. Las manchas de sangre y los jirones de carne no dejaban mucho lugar a dudas, como tampoco lo hacían unas familiares pisadas por el terreno. Sin embargo, ni la criatura ni su víctima se hallaban en ningún lado. Los aurores y los especialistas en Criaturas Mágicas llevaban ya tres horas examinando los alrededores.
Una víctima más… Y ahora Harry sabía que llevaba actuando desde principios de año. Uno de los BIM había tenido una intuición y había empezado a buscar noticias que hablaban de ganado y mascotas que aparecían devorados. El número se había triplicado respecto a otros años. Los muggles culpaban a varias manadas de perros asilvestrados y hambrientos, a sectas satánicas, a extraterrestres… La gente prefería esta última teoría porque en algunos casos, vecinos de la zona afirmaban que habían visto gente y luces de aspecto extraño por los alrededores. Más de uno de esos testigos había sido examinado con Legeremancia y algunas de esas siluetas y esas luces tenían un sello indudablemente mágico.
¿Quién andaba cerca de esa criatura? ¿Y por qué?
Y ahora los BIM andaban buscando también un repunte en los asesinatos violentos. La criatura se alimentaba indistintamente de animales y humanos, y era muy posible que hubiera estado cazando entre los muggles. Los aurores estaban investigando la desaparición de un par de excursionistas en Irlanda del Norte.
La nueva víctima se llamaba Alice Butterhead y era sólo un poco más mayor que Andromeda. No sabían muy bien a qué hora exactamente había muerto, aunque todo parecía indicar que había sido a la hora del té del día anterior. Su hijo había descubierto los restos de sangre en el caminito que llevaba al huerto trasero de la casa.
-¿Qué clase de animal puede llevarse un cuerpo de sesenta o setenta kilos sin dejar apenas rastro? –preguntó Chloe, su ayudante, meneando perplejamente la cabeza-. Sin que nadie le vea.
Entonces hubo un alboroto: dos aurores habían llegado diciendo que habían encontrado los restos del cadáver. Harry se Apareció con ellos bajo un puente de madera, cerca de la orilla de un pequeño río. El hedor era insoportable. Harry usó un hechizo para bloquear sus fosas nasales y se armó de valor para examinar el hallazgo de sus agentes. La cabeza estaba prácticamente entera, a excepción de un trozo de carne de un lado de la cara. Del resto del cuerpo sólo quedaban prácticamente los huesos, los intestinos desgarrados. Harry, contento de que la luz de las varitas disimulara su segura lividez, asintió y se alejó del cadáver.
Unos medimagos que habían ido con ellos se acercaron a hacerse cargo de los restos para llevarlos a San Mungo y examinarlos, aunque Harry no podía imaginar qué podían descubrir que no saltara a la vista.
-Harry –dijo Chloe de pronto, dándole un pequeño estirón a la manga de su túnica.
Él miró en la dirección que ella le indicaba y Harry soltó una pequeña exclamación de sorpresa al ver que se trataba de Ginny. Iba vestida con unos pantalones oscuros y un largo abrigo granate; estaba guapa, y esa belleza sólo volvió aún más irreal su presencia en aquel escenario de horror y pesadilla.
-Ginny… -la llamó, sorprendido, yendo a su encuentro-. No, no te acerques más. No quiero que lo veas.
Ella se detuvo para esperarlo, pero a pesar de la advertencia, sus ojos se desviaron inquietamente hacia el puente.
-Entonces es cierto lo que dice la radio, ese monstruo ha vuelto a atacar.
Harry asintió.
-Gin, ¿qué haces aquí? ¿Ha pasado algo?
Ella asintió también.
-Minerva ha llamado a casa por Red Flú hace cosa de veinte minutos. Se ve que el niño de los Malfoy ha atacado a James y los dos están en la enfermería. Minerva dice que James está bien, pero un poco conmocionado aún; cree que es mejor que vayamos a verlo.
Harry frunció el ceño.
-¿Qué?
-Y tú pensando que ese pequeño bastardo era mejor que su padre… -Ella suspiró, mirando a su alrededor-. En fin, si estás tan liado, será mejor que vaya yo sola.
Harry estuvo a punto de decir que sí, porque aún estaba con la cabeza puesta en el caso y la propia Ginny había dicho que James estaba bien, pero la hizo detenerse antes de saber que quería detenerla. Ella lo miró inquisitivamente y Harry pensó a toda prisa. Era de noche, así que no iban a seguir buscando más al monstruo que había devorado a la señora Butterhead. Y ya habían localizado el cuerpo. Prácticamente todo lo que le quedaba por delante era papeleo y el papeleo no era más importante que James. Además, podía ir a Hogwarts, hablar con él para asegurarse de que estaba bien, y regresar al ministerio. Y Chloe lo avisaría si encontraban algo inesperado durante ese tiempo.
-Espera, iré contigo.
-… y entonces vimos a Scorpius plantarse en medio del campo con el brazo en alto y comprendimos que había atrapado la snitch –contó Draco, sabiendo perfectamente que todos lo habían oído un millón de veces y sin importarle lo más mínimo-. Os juro que llegamos a oír los gritos que pegaron los Slytherin, ¿no es cierto, padre?
Su padre, sentado en un sillón entre su madre y el padre de Astoria, asintió.
-Fue impresionante.
Daphne sonrió.
-Y tú le mandaste tu patronus.
Draco lo admitió con una sonrisa algo avergonzada. Ya había tenido que aguantar alguna bromita de Blaise por eso. Pero no se arrepentía de haberlo hecho. Cada vez que pensaba que Scorpius había dejado al hijo de ese desgraciado de Potter con un palmo de narices tenía ganas de gritar de júbilo. Eso compensaba de sobra el mal trago que había supuesto su interrogatorio con veritaserum.
-¿Y es verdad que prometiste comprarle lo que quisiera? –preguntó Theo.
-Claro que sí. Y pienso cumplirlo.
-¿Ya te ha pedido algo?
-No, aún no. Me dijo que se lo pensaría y que ya me lo diría en Pascua.
Cassandra intervino, no muy complacida con la situación.
-¿Y yo qué? Yo también quiero que me compres lo que yo quiera.
-Sí, un caballo alado –replicó Draco, poniendo los ojos en blanco-. Ya hablaremos cuando vayas a Hogwarts, ¿de acuerdo?
-Pero yo no puedo ser Buscadora si Scorpius ya ocupa el puesto.
-Cariño, no es momento de discutir esto –la reprendió suavemente Astoria.
Draco vio cómo su madre se ponía en pie.
-Si, vayamos al comedor. La cena ya está lista.
Pero justo cuando todos la imitaban, un elfo apareció frente a Draco.
-Amo Draco, la directora de Hogwarts está en la Red Flú y quiere hablar con usted o con el ama Astoria. Dice que es urgente, señor.
Draco sintió como si una mano fría le apretara el estómago e intercambió una mirada preocupada con Astoria, que estaba tan alarmada como él. Por su cabeza pasaron a toda velocidad mil suposiciones –bestias hambrientas, desapariciones, enemigos del pasado- y tuvo que hacer un esfuerzo por mantener cierto control sobre sí mismo y no salir disparado hacia la chimenea.
-Si nos disculpáis un momento…
Todos asintieron con murmullos también preocupados, instándoles a averiguar qué había pasado. Draco salió con Astoria del salón y se fue a la salita en la que tenían la conexión.
-¿Qué crees que ha pasado? –dijo Astoria, en un hilo de voz.
Draco le apretó la mano con fuerza.
-Quizás se ha roto un par de huesos en algún entrenamiento de quidditch –contestó, intentado no ser alarmista-. A mí me pasó un par de veces.
Cuando por fin llegaron a la salita, Draco recompuso instintivamente el semblante y él y Astoria se arrodillaron frente a la chimenea. Sobre las brasas, la cara de Minerva McGonagall les miraba de forma inescrutable.
-Señor Malfoy, señora Malfoy –saludó, con un seco movimiento de cabeza-. Me temo que traigo malas noticias.
-¿Qué ha pasado? –preguntó Draco, asombrándose de que su tono de voz hubiera sonado tan firme.
-Su hijo intentó agredir a un alumno, James Potter. Hubo una pelea, y aunque hemos comprobado las varitas de ambos y ninguno usó hechizos peligrosos, el estado de Scorpius es delicado.
Astoria emitió un leve gemido. Draco buscó su mano y volvió a apretarla; él se sentía mareado.
-¿Cómo? ¿Qué le pasa a Scorpius?
McGonagall apretó los labios un momento.
-Creo que deberían venir a Hogwarts.
James sabía que algo iba mal con Malfoy. Había oído mencionar San Mungo, y la enfermera no paraba de rondarle. Seguía inconsciente. James se preguntaba si lo habría convertido en un squib.
Madame Midgen le había dado una poción tranquilizadora y sentía la cabeza como si estuviera rellena de algodón. Le costaba concentrarse en sus propios pensamientos. Quizás también le había afectado la explosión. Si es que había habido una explosión, porque nadie había oído nada. Accio magia. Accio magia. ¿De dónde había sacado eso? No había oído nunca que nadie usara el Accio con esos propósitos. Ni siquiera había estado seguro de que fuera a funcionar. Simplemente, en aquel momento de rabia había parecido la mejor solución a sus problemas. Scorpius Malfoy ya no podría hacer más daño si no tenía magia.
Pero no podía decírselo a nadie. No conseguía recordar por qué era tan importante, pero lo era.
James se distrajo con el ruido de la puerta al abrirse. A pesar de su estado, enseguida reconoció a sus padres. Una parte de él se alegró de verlos, pero la otra se asustó. ¿Y si se daban cuenta?
-James… -Su madre se acercó rápidamente a la cama y le dio un abrazo-. ¿Cómo estás, cariño? Neville nos ha contado qué ha pasado.
-Estoy bien –dijo, devolviéndole el abrazo con fuerza-. Es sólo que me han dado una poción y… y estoy un poco atontado.
Su padre le revolvió cariñosamente el pelo.
-Eloise nos ha dicho que mañana ya estarás listo para ir a clase.
James tardó unos segundos en comprender que Eloise era madame Midgen.
-Estoy bien. –Miró a Malfoy y le subió un sollozo a la garganta; de pronto las palabras le salieron solas-. Yo no quería…
Su madre volvió a abrazarlo, interrumpiendo sin saberlo su confesión.
-Tranquilo, tranquilo… -Entonces se separó de él y le cogió la cara entre las manos-. James, tú no tienes la culpa de lo que ha pasado. Sólo te estabas defendiendo.
-Sea lo que sea lo que le pasa a Scorpius, está claro que no es consecuencia de ninguno de tus hechizos –convino su padre.
James cerró los ojos, sin saber por qué se sentía como si lo estuvieran empujando, ni hacia dónde. Pero los brazos de su madre se sentían bien y no le importaba tener quince años y ser ya demasiado mayor para esas cosas. Poco a poco, algo parecido a la paz se fue apoderando de él y finalmente se quedó dormido.
Draco no había vuelto a sentir un pánico como aquel en más de veinte años, un pánico feroz, abrumador, que se le clavaba en la garganta como si tuviera garras.
-… algún tipo de coma auto-inducido, si puede llamarse así –explicaba Midgen, ya en el despacho de la directora-. No responde al tratamiento habitual en estos casos, y aunque de momento está estable, creo que deberían llevarlo a San Mungo lo antes posible.
Scorpius… Scorpius en coma…
-Pe-pero... ¿qué le ha pasado?
-Hemos examinado las varitas de los dos chicos y no hemos visto rastros de nada que justifique el estado de Scorpius.-Hizo una pequeñísima pausa-. Blaise estaba delante, él puede confirmároslo.
Slughorn hizo un ruidito con la nariz. Una parte de Draco anotó ausentemente que parecía molesto con la sugerencia de que su propia palabra no era garantía suficiente, pero no le hizo caso. Sólo podía pensar en su hijo.
-Queremos ver a Scorpius.
McGonagall asintió, pero se quedó donde estaba.
-Los Potter están en la enfermería con James. ¿Tengo su palabra de que se comportará? Porque si no, creo que es mejor que esperen aquí hasta que los Potter salgan.
Draco se la quedó mirando sin comprender hasta que se dio cuenta de lo que estaba diciendo. Su asentimiento quedó ahogado por las palabras de Astoria.
-Sólo queremos ver a Scorpius.
Estaba temblando, a punto de llorar. Draco le pasó el brazo por los hombros y pensó desapasionadamente que si McGonagall seguía reteniéndolos allí iba a matarla. Pero la directora de Hogwarts volvió a asentir.
-Está bien, vengan conmigo.
Draco, Astoria, Slughorn y Midgen la siguieron hasta la puerta de la enfermería. En cuanto la abrieron, Draco vio a Scorpius; lo habían colocado en la cama más cercana al pequeño puesto donde Midgen pasaba la noche si tenía que vigilar a algún enfermo. El niño estaba intolerablemente pálido y parecía tan pequeño y frágil que Draco sintió dolor por todo el cuerpo, un impulso irracional de sacar un hechizo de la nada que permitiera al daño pasar de Scorpius a él. Pero sabía que su rostro era inescrutable, sus andares rígidos cuando se acercó a la cama; era el hábito de toda una vida y habría sido tan incapaz de dejarse ir delante de McGonagall y los demás como de ponerse a mear en medio de la enfermería. Astoria, que no tenía tantas inhibiciones, se sentó en la cama y acarició el pelo de Scorpius mientras un par de lágrimas caían por sus mejillas.
-Bichito…
Midgen dijo algo otra vez de llamar a San Mungo y Draco asintió sin ni siquiera estar seguro de lo que había dicho exactamente. Se sentía incapaz de apartar la vista de Scorpius, como si esa fuera la única forma de forzar a su cerebro a aceptar que era verdad. Porque Draco sabía perfectamente lo que significaba que Midgen quisiera llamar a San Mungo. Si no eran capaces de curarlo en Hogwarts, donde estaban casi tan acostumbrados a tratar accidentes y envenenamientos como en el hospital, es que Scorpius estaba grave, muy grave.
Draco sintió de pronto una mano en el hombro y dio un fuerte respingo, sobresaltado. Pero sólo era Blaise, que tenía una expresión sombría.
-Se pondrá bien.
Sus palabras no fueron ningún consuelo –Blaise no sabía una mierda de medimagia-, pero hicieron saltar algo dentro de él.
-Pero, ¿por qué está así? ¿Qué le pasa? –Y entonces recordó: Potter. Sus ojos escudriñaron la amplia habitación y vio por primera vez la otra cama ocupada al otro lado de la sala. Habían corrido unas cortinas para darles intimidad, pero sólo podía tratarse de ellos; la luz de la vela que debía de haber junto a su mesita proyectaba siluetas contra las cortinas y la de Harry Potter era inconfundible. Draco tuvo la sensación de que toda su sangre se había vuelto veneno-. ¿Qué le ha hecho a Scorpius?
McGonagall frunció el ceño.
-James no ha hecho nada, señor Malfoy. Ninguno de los dos usó hechizos realmente peligrosos. Cuando los encontramos, ambos estaban inconscientes. No sabemos por qué su hijo se encuentra en este estado, pero le aseguro que no fue ningún hechizo proveniente de la varita de James Potter.
Draco, frustrado, miró a Blaise, quien asintió de mala gana.
-Aun así –dijo él-, está por ver si realmente fue Scorpius quien empezó la pelea. De momento sólo tenemos el testimonio de James Potter.
-¿Y qué más da? –replicó de pronto Astoria, en tono apenas controlado-. No me importa quién empezó una pelea en los pasillos a base de Accios y Desmaius. ¡Tuvo que pasar algo más para que Scorpius esté ahora así!
Midgen intervino, con voz tranquilizadora.
-Pronto llegarán los medimagos para llevarlo a San Mungo. Allí averiguarán qué le pasa y podremos hacernos una idea de cómo ocurrió.
Draco volvió a mirar a Scorpius con el corazón encogido y se aferró a las esperanzas que daba Midgen. Porque Scorpius tenía que ponerse bien. Tenía que ponerse bien o él se volvería loco.
Como James no estaba grave, Harry sabía que no había motivo para que ni él ni Ginny se quedaran en Hogwarts, ni siquiera en Hogsmeade, a pasar la noche. Además, él tenía que volver al ministerio. Pero sí le preocupaba la perspectiva de dejar a James solo mientras los Malfoy estuvieran allí también; cuando se lo dijo a Minerva, ella hizo un gesto quitándole importancia.
-El joven Malfoy va a ser trasladado a San Mungo en cuestión de unos minutos.
-¿Qué le ha sucedido? –preguntó Harry, sorprendido, dándose cuenta de que tenía que ser bastante serio.
-No lo sabemos con seguridad, pero no tiene buen aspecto. Sinceramente, creo que Scorpius intentó lanzar un hechizo que le venía grande. A saber lo que ese niño ha escuchado en su casa. Pero eso lo podrán decir los medimagos con más exactitud.
-¿Seguro que no es nada que le hiciera James?
-¡Harry! –exclamó Ginny, escandalizada.
-No, claro que no –dijo Minerva, tranquilizándoles-. Como ya os he dicho, su varita no mostraba indicios de ningún hechizo preocupante.
Harry miró a su mujer con una disculpa en los ojos.
-Sólo quería asegurarme.
Todo aquello le hacía pensar en la pelea que había tenido con Draco en sexto. Draco había intentado lanzarle la Cruciatus y él casi lo había matado involuntariamente con un Sectumsempra. Aunque en esta ocasión parecía que Scorpius se había hecho daño a sí mismo, las circunstancias eran similares. Casi habría sido divertido ver cómo la historia se repetía, sólo que aquello no tenía nada de gracia. El ligero sentimiento de culpa que había surgido en su mente después del interrogatorio a Draco había desaparecido; Harry estaba muy enfadado con él. No sabía cómo habría reaccionado si James hubiera llegado a sufrir algún daño. Había llegado a pensar que Malfoy quizás había cambiado y había educado decentemente a su hijo, pero estaba claro que no era así. ¿Y qué habían conseguido? Ahora Scorpius estaba gravemente herido. ¿Ya estaban contentos? ¿Ya iban a parar?
Minerva se ofreció a quedarse con James mientras ellos iban a hablar con Albus, que les esperaba en el despacho de Neville. Mientras salían, Harry miró a los Malfoy con una mezcla de pena y desprecio.
-Tienen suerte de que no le haya pasado nada serio a James –masculló Ginny, con ferocidad.
Aunque pensaba como ella, Harry murmuró algo vagamente tranquilizador mientras se aseguraba de que seguía caminando –no quería una escena- y salieron de la enfermería. Era la hora de la cena, así que la mayoría de los alumnos estaban en el Gran Comedor y no se cruzaron con nadie. Harry estaba deseando hablar con Albus. Minerva les había dicho que parecía muy conmocionado por todo lo que había sucedido.
Neville les abrió la puerta y les hizo pasar. Albus estaba sentado en una silla con una expresión en la cara que hizo que Harry soltara una exclamación consternada. Estaba pálido, con los ojos llorosos y aturdidos. Cuando los vio llegar, pareció tan perdido que Harry fue a abrazarlo con todas sus fuerzas.
-James se pondrá bien, Albus. Ni siquiera van a dejarle perderse un día de clase; mañana ya estará otra vez dando guerra por el colegio.
Ginny le acarició el pelo.
-Tranquilo, cariño…
Harry apartó a Albus, que seguía abrazado a él, para poder mirarlo a la cara. Imaginaba que no se trataba sólo de preocupación por James: Albus había confiado bastante en Scorpius y no debía de ser agradable descubrir que se había equivocado.
-Ya me imagino que lo de Scorpius también te ha dolido.
-Espero que... –empezó a decir Ginny.
Pero Harry le lanzó una rápida mirada de advertencia y, por suerte, ella se calló. Ginny no era la persona con más tacto del mundo –ningún Weasley andaba sobrado en esa categoría, en realidad- y Albus no necesitaba que le recordaran que se había equivocado.
-Mira, hiciste bien en confiar en Scorpius –le dijo a su hijo, con voz suave-. Todos nos merecemos una oportunidad. Si no ha sabido aprovecharla, él se lo pierde, ¿comprendes?
Albus abrió la boca como si fuera a decir algo, pero luego asintió con la cabeza gacha.
-Albus, tu padre tiene que irse porque está en medio de un caso, pero si quieres, yo me quedaré un rato más –dijo Ginny-. ¿Qué te parece si nos quedamos a cenar aquí los dos? A Neville no le importará, ¿verdad?
-En absoluto –dijo él, con deseos de ayudar-. Es una gran idea.
-Y Lily está con los abuelos, así que no hay prisa.
Pero Albus negó casi imperceptiblemente.
-¿Puedo ir a dormir? Me duele la cabeza.
Harry habría preferido que quisiera quedarse con su madre o reunirse con sus amigos, pero tampoco le extrañó mucho que sólo quisiera tirarse en la cama y dormir. Ginny pareció pensar lo mismo, así que después de unos minutos se despidieron de él. Aunque Neville solía dormir en el Caldero Chorreante con su familia, en noches como aquellas se quedaba en las habitaciones del Jefe de Gryffindor; él estaría pendiente de James y Albus y les avisaría si hacía falta.
-Pobrecito –dijo Ginny, cuando se dirigían hacia la salida-. Se nota que está muy preocupado.
-Ha debido de llevarse un buen disgusto.
-Malditos Malfoy… -dijo ella, entre dientes-. ¿No han hecho ya bastante daño?
Harry suspiró y le pasó el brazo por los hombros.
-Al menos James está bien.
Los alumnos ya se encontraban durmiendo en las camas. Albus podía oír sus respiraciones rítmicas, los suaves ronquidos de Amal, los dientes rechinando de Bruce Kendrick… Incluso Alexander, el más insomne del cuarto, estaba frito. Albus no sabía qué hora era: las tres de la mañana, las cuatro. Estaba tan desvelado como si hubieran sido las once de la mañana.
Sabía que Scorpius estaba en San Mungo. Sabía que estaba grave. Sus compañeros habían entrado a dormir hablando en susurros porque le creían dormido, pero había estado despierto todo el rato. No creía que fuera capaz de volver a dormir nunca más.
Dos palabras daban vueltas incansablemente en su cabeza.
Accio magia.
Le entraban ganas de vomitar cada vez que lo pensaba.
La extraña y silenciosa explosión también le había dejado inconsciente a él –había recobrado la conciencia más o menos cuando McGonagall hablaba con James-, pero recordaba con dolorosa claridad todo lo que había pasado antes. Su presencia allí no había sido una coincidencia: quería hablar con Scorpius antes de la cena y sabía que Neville lo había castigado, así que había ido a buscarlo. Pero sí había sido una coincidencia haberlo hecho bajo su nueva Capa de Invisibilidad, la que había conseguido hacer Mei convenciendo a un Ravenclaw de sexto para que le echara un Conjuro Desilusionador a una capa normal. No era perfecta –cuando se movía, hacía ondear el aire como el calor en un tórrido día de verano- y los efectos sólo durarían unos días, pero había sido suficiente para que Albus quisiera darle un susto a Scorpius en venganza por todos los que le daba él cuando aparecía de pronto a un palmo de su cara.
Albus había oído la pelea antes de llegar allí y había hecho los últimos metros corriendo, asustado por lo rabioso que sonaba James. Había doblado la esquina a tiempo para ver cómo lo apuntaba con la varita y decía claramente las fatales palabras.
Accio magia.
Cada vez que cerraba los ojos, veía la expresión de horror en los ojos de Scorpius, tan parecida a la que había tenido mientras escapaban de los dementores. Y su grito… Y ahora Scorpius estaba en San Mungo y nadie sabía si se iba a poner bien. ¿Y si se moría? ¿Y si se había convertido en un squib? Scorpius quedaría destrozado si se convertía en squib. Seguramente su familia ni siquiera lo querría con ellos, si no era un mago.
Pero no podía decirle nada a nadie. No podía ir y decir lo que James había hecho. Enviaban a la gente a Azkaban por cosas como esa. Les rompían la varita, seguro. Y si James iba a la cárcel o le rompían la varita, jamás le perdonarían que se hubiera chivado. Ni sus propios padres. Ni él. La idea de James en Azkaban hacía que se le llenaran las lágrimas de desesperación.
No sabía qué hacer. No sabía cómo iba a levantarse al día siguiente y mirar a James a la cara. Ni a los Slytherin. No sabía qué iba a pasar, qué iba a ser de Scorpius. No sabía cómo iba a soportar que a alguno de los dos le pasara algo.
Era la pesadilla que le había atormentado todo el año hecha realidad.
Continuará
