Capítulo 21: San Mungo

-Malfoy, voy a llevarte a San Mungo. ¿Me oyes? Vamos al hospital.

Draco enfocó la vista en Harry con dificultad, desorientado.

-No, no, al hospital no. Estoy bien.

Harry notó que el rubio se dejaba caer, y le mantuvo sentado en posición vertical con sus brazos.

-No, no estás bien. Necesitas puntos y te mareas. Nos vamos.

Draco negó con la cabeza, tambaleándose.

-No quiero ir al hospital. No me gusta.

Harry resopló indignado.

-¿Acaso eres un niño?- se levantó, acomodando a Draco entre dos cojines- Intenta mantenerte erguido. Voy a por Ted y nos vamos enseguida.

-Por favor, Potter…-Draco hablaba con un hilo de voz, sin fuerzas ni para vocalizar.- No me gusta el hospital. No les gusta curarme. No les gusto…por favor.

Harry se quedó paralizado en la puerta, sintiendo una aguda punzada de dolor ante las palabras del otro. Durante un par de segundos dudó, hasta que finalmente volvió con él, suspirando.

-Mierda.

Volvió a agacharse frente a él. La cantidad de cristales que se habían roto sobre el cuerpo de Malfoy habían provocado un millar de pequeñas heridas y cortes en su ropa, además de una fea contusión en el ojo, que empezaba a tomar un color grisáceo. Una de las heridas sangraba cuantiosamente, brotando desde encima de su ceja y manchando todo el lado derecho de su rostro.

-¡Kreacher!

El elfo apareció súbitamente, inclinándose vehementemente ante su amo.

-Trae el botiquín y las pociones curativas.- se remangó la camisa, y comenzó a inclinar la cabeza de Draco hacia atrás- Trae todo lo que tengamos.

El elfo desapareció, dejando a Harry atacado y nervioso.

-Tengo sueño…

-Ni se te ocurra dormir. Como en dos minutos no estés mejor te llevaré al hospital aunque te tenga que arrastrar. Te lo juro por mi madre.

Draco se quejó, entrecerrando el ojo sano y enfocando la luz de la lámpara.

Kreacher volvió a aparecer, dejando en la alfombra una caja llena de pociones y vendas, además de varias cosas más que Harry no sabría cómo utilizar. Sin perder tiempo, alcanzó todo el rollo de vendas y se lo colocó a Draco en la herida profunda, intentando que dejase de sangrar. Con la otra mano y los dientes arrancó el corcho que tapaba una de las pociones, y se la aplicó en el ojo con rudeza, maldiciéndose a sí mismo por no haber estudiado algo de medimagia básica.

-Potter…

Harry frunció el ceño, retorciéndose por dentro ante el extremadamente leve tono de voz de Draco.

-¿Qué?

-Potter, no me encuentro bien.

-¿No me digas?- el chico sentía que los nervios y aquella herida que no parecía querer parar de sangrar acabarían por matar su paciencia antes de tiempo.

-Potter… no me…- Malfoy no llegó a terminar la frase antes de desplomarse por completo en el hombro de Harry. Éste creyó que le saldrían las lágrimas.

-Mierda, mierda. ¡Malfoy! –Harry tumbó al chico en el sofá y lo sacudió, intentando hacerle reaccionar en vano- ¡Draco! ¡Kreacher!

El elfo volvió a aparecer, esta vez con gorro de dormir.

-Quédate aquí. Vigílale, Kreacher. Tengo que salir un momento.

El elfo asintió, observando como su amo, ensangrentado y desesperado, agarraba el cenicero donde guardaba los polvos flu y se metía con extrema prisa en la chimenea.

Por primera vez, a Harry le pareció que los polvos flu eran demasiado lentos. Cuando por fin, tras unos segundos torturantes, aterrizó en el salón de la Madriguera, creyó que el destino le había concedido un deseo, pues Hermione le miraba sobresaltada desde el sofá.

-Necesito que me ayudes.


Harry siempre había odiado los hospitales, pero desdeluego San Mungo se llevaba la palma.

Había optado por ignorar a un tipo que insistía en contarle una y otra vez la historia de cómo había logrado que su nariz alcanzase veinte veces su tamaño normal, mientras intercalaba sus palabras con desagradables pitidos provenientes de la tremenda sinusitis que sufría. Además, la silla en la que se había sentado, la única libre, cojeaba de una pata, y eso unido al incontenible tembleque de sus piernas, le provocaba un pinchazo de dolor en la columna que le estaba volviendo loco. Todo eso más el hecho de que cada cinco minutos un medimago diferente al anterior se le acercaba para preguntarle qué hacía el gran Harry Potter en el Hospital y le ofrecía atención médica inmediata, que él se esforzaba por rechazar de la manera más amable que se le ocurría, ignorando las ganas de espetarle a alguno de ellos lo ridículas que eran sus batas verde lima.

Por suerte, Hermione había accedido sin problemas a quedarse en Grimmauld Place aquella noche para cuidar a Teddy, con lo cual uno de sus mayores quebraderos de cabeza de hacía tan sólo un par de horas se había esfumado.

Agotado, se levantó por quincuagésima vez de la maltrecha silla con intención de tomarse otro té. La espera comenzaba a hacerse todavía más insoportable, y Harry sintió el deseo de darse de cabezazos contra la pared. Y lo hubiera hecho de no ser porque otro medimago le abordó en el pasillo.

-¿Señor Potter?

Harry lloriqueó para sus adentros.

-¿Sí?

-¿Usted ha venido con el señor Malfoy, me equivoco?

El medimago parecía experimentado y entrado en años, y llevaba en las manos una tablilla con varios pergaminos y una pluma. Harry comprendió enseguida que él no era uno más de los que venían con intención de conocer a una celebridad, y encendió automáticamente el interruptor de su atención.

-No, no se equivoca.- suspiró, deseando que por fin le dijesen algo del estado de Draco.- ¿Cómo está?

El hombre carraspeó.-Bueno, hemos cerrado sus heridas y entablillado su tobillo.-pasó uno de los pergaminos, leyendo sobre la marcha.- Aún estamos haciendo pruebas, pero al no saber a qué tipo de componentes ha sido expuesto, tardaremos más de lo habitual. A no ser, claro está, que usted quiera decirnos qué le dio.

Harry parpadeó, descolocado.- ¿Disculpe?

El médico le miró elocuentemente.-Bueno, señor Potter, sabíamos que esto pasaría tarde o temprano con el señor Malfoy. El Ministerio le vigilaba por si recibía algún ataque, usted y yo sabemos que el joven se ganó algunos enemigos…

-¿Qué está intentando decirme?-preguntó el chico con impaciencia.

El hombre dejó a un lado los pergaminos y se acercó a Harry con discreción.

-Verá, señor Potter, entiendo que usted haya sido el primero en reaccionar, pocos tendrán tantos motivos como usted para atacar al chico, pero si le ha traído aquí considero que en realidad quiere que se salve…

Harry abrió la boca, sorprendido, y frunció el ceño. La vena del cuello empezaba a palpitarle tan fuerte que creyó que reventaría.

-¿Está insinuando que yo le ataqué?

-Vamos, señor Potter, yo no niego sus razones. El chico lo merecía, le guardaremos el secreto…

El moreno sintió como la poca paciencia que le quedaba se esfumaba de un golpe, escapándose violentamente en un puñetazo bien dirigido a la cara del médico, que cayó hacia atrás del impacto, perdiendo el equilibrio. La señora de recepción soltó un gritito sobresaltado y corrió en auxilio del médico, pero frenó a medio camino al ver que Harry Potter le levantaba del suelo agarrándolo por el cuello de la túnica color lima.

-¡Como te atreves!- Harry se notaba fuera de control, y no le importaba lo más mínimo.- ¿Que yo le ataqué? ¿Que yo le hice daño? ¡Yo NUNCA le haría daño, pedazo de escreguto!- le propinó tan patada en el costado que el hombre se dobló y volvió a caer al suelo.- ¡Por gente como tú está él como está! ¿Que yo le golpeé? ¡Yo soy el único que se preocupa por él!

Harry respiraba pesadamente. La gente de la sala de espera, la recepcionista y los médicos itinerantes se habían apelotonado en los pasillos para observar la escena y le miraban anonadados en completo silencio. El medimago, aún a sus pies, escapó corriendo hacia un grupo de enfermeras, que le recibieron con preocupación. Al verle correr, Harry volvió a sentir ira, que desencadenó en un sonoro y soez insulto que sobresaltó a las señoras, para luego suspirar profundamente y dirigirse a la recepcionista.

La señora respingó al notar la mirada del joven dirigiéndose a ella.

-Hágame un favor…-empezó a decir Harry, intentando calmarse.- Dígale a quien haga falta que exijo un cambio de médico para el señor Malfoy. Y haga saber también mi intención de llevármelo lo más pronto posible, en cuanto le hagan las pruebas. Recibirá cuidados médicos en casa. Y ahora…-la mujer tragó saliva- dígame dónde está.


-Cuidado con la escalera.

Draco Malfoy le miró con cara de malas pulgas.

-¿Quieres dejar de tratarme como si fuera un crío?

Harry suspiró y abrió la puerta del número 12 de Grimmauld Place, sujetando la puerta para que Draco pasase cojeando. Aún ni siquiera había acabado de salir el sol, pero dado que no había sido capaz de pegar ojo aquella noche, el joven tenía la sensación de que aún estaba en guerra con el día anterior.

Draco colgó su abrigo en el perchero de la entrada, haciendo equilibrios para no caerse.

-¿Y Ted?

-Con Hermione. Se ha quedado en la Madriguera esta noche, le traerá luego.

El rubio se limitó a asentir con la cabeza, encaminándose a la cocina. Intentando controlar las muletas consiguió llegar a su habitual silla, sentándose aparatosamente y dejando caer las muletas al suelo con estruendo. Harry le siguió y se sentó frente a él, alcanzando con una mano el azucarero.

La cocina estaba cálida y tranquila, y los tonos tenues de las primeras luces del día relajaron el ambiente. Cuando las dos tazas de café aparecieron sobre la mesa, Harry tuvo una sensación hogareña que le resultó agradable.

-¿Cómo te encuentras?

Draco dejó de buscar el azucarero por la mesa y enfocó a Harry, arrancándoselo de las manos.

-Bien.

Harry suspiró, agotado. Había conseguido al fin llevarse a Draco del hospital en cuanto le habían suministrado los antídotos, no sin antes firmar un millar de papeles que no sabía ni para qué servían. El rubio había empezado a insistir en que le soltasen en cuanto había despertado, y la tardanza había terminado por derivar en un profundo mal humor por su parte.

-Estás cabreado porque te llevé al hospital.- Harry recuperó el azucarero, ya resignado.

Draco puso una mala cara.

-Estoy cabreado porque me he roto el tobillo. Y porque se han roto muchos galeones en pociones. Y sí, por qué no, también porque odio el hospital.

-Te desmayaste, Malfoy. Tenía que llevarte.

El otro sólo se quedó en silencio, bebiendo a sorbos su café. Como siempre, la lechuza más madrugadora entró por la ventana, y Kreacher recogió de sus patas el correo y el Profeta, dejándolos sobre la mesa.

-Habrá que limpiar todo aquel desastre.- comentó Harry, agobiado.- Espero que las pociones no hayan hecho un agujero en el suelo o algo así, porque justo debajo está el cuarto de Ted…-levantó la vista- ¿Malfoy, me estás escuchando?

Draco mantenía la vista fija en el Profeta, con la taza de café a medio camino hacia su boca, y con una expresión difícil de leer.

Harry carraspeó.-¿Malfoy, qué…?

-¿Qué es esto?- le interrumpió Draco, dejando el periódico visible sobre la mesa.- ¿Qué narices es esto?

El moreno torció la cabeza e inclinó su cuerpo sobre la mesa. Enseguida le fallaron las fuerzas.

-No puede ser.

En la amplia foto de la portada del Profeta podía verse claramente la imagen nítida y clara de Harry Potter, propinándole una patada a un médico cuya cara también podía verse bastante bien. Adornando la foto se encontraba el titular, en letras cursivas y cuidadas.

-"Potter desbocado".- leyó Harry, taquicárdico- ¿Potter desbocado? Oh, no…

Draco leía el artículo tan rápido como le permitían sus ojos, cada vez más abiertos en un gesto de sorpresa.

-Testigos afirman que el señor Potter perdió el control de un segundo a otro, agrediendo al doctor tanto física como verbalmente. Uno de los pacientes, Tommy Arnold, asegura que el Niño-que-Vivió ya parecía bastante fuera de sí durante su breve estancia en la sala de espera.-Harry bufó, deseando que Malfoy se aburriera de leer.- El doctor Denver ha rehusado a hacer ningún comentario, pero varias fuentes concretan que la visita a San Mungo por parte del señor Potter se debería a la hospitalización de su antiguamente compañero de Hogwarts, Draco Malfoy.

Harry se llevó las manos a la cabeza, desanimado. Draco comenzó a bajar la voz a medida que leía, hasta acabar leyendo las últimas líneas del torturante artículo para sí mismo. Cuando terminó, devolvió la vista a la descriptiva fotografía, y las pasó de nuevo al moreno, que deseó que se lo tragase la tierra.

-Potter, eres el campeón del mundo en perder la elegancia.- Malfoy soltó una risilla que enfadó a Harry. Éste gruñó, descontento.

-Y tú el campeón del mundo en lanzamiento de estantería.-decidió llenarse la boca de muffin, antes de soltarle también a Draco un improperio que parecía tener muchas ganas de salir.

Malfoy levantó una ceja.-Oh, disculpa por no tener tu fuerza de neandertal sin civilizar.

-Vete a la mierda, Malfoy.- Harry tragó el muffin con dificultad.- Ese médico era un grandísimo imbécil, y estoy seguro de que la estantería tenía sus razones para golpearte y que te lo merecías.

-¿Estabas así por mí?

Harry se sonrojó, tomado por sorpresa por el repentino cambio en el cariz de la conversación.

-¿Eh?

-"Yo le entiendo, pobre joven", añade el señor Arnold; "Desde que llegó a la sala de espera estuvo ensimismado y preocupado dando vueltas como un trompo, y perdería la paciencia con el señor doctor al no tener noticias de su familiar hospitalizado."-releyó Draco con voz pausada y suave.-"El chico estaba hecho una furia", admite en cambio Rosalie Vence, recepcionista de San Mungo;"Parecía desesperado"

Harry apoyó la cabeza en la mesa, avergonzado. Malfoy optó por terminar de apartar el periódico, junto con su taza, y le observó desde su posición, con los brazos cruzados sobre el abdomen.

-Así que desesperado…

El moreno levantó la vista, entrecerrando los ojos.

-¿Te crees todo lo que pone en un periódico?

Draco elevó los hombros, en un gesto de indiferencia.- ¿Es mentira?

Harry bufó, negando con la cabeza.

-¿Qué fue lo que pasó?