Comienzos y finales
Fitz Mcintosh- Distrito 3
Recupero la consciencia en un proceso inverso a quedarse dormido.
Si lo analizas, casi nunca sabes el momento exacto en que te dormiste. La somnolencia llega, empiezas a sentir los párpados pesados y luego, sin darte cuenta, estás dormido. Sucede lo mismo cuando despiertas con calma, sin sobresaltos. Empiezas a ser consciente de tu entorno: el sonido del agua al fluir, el silbido del viento al desviar su trayectoria cuando se encuentra con algún obstáculo, la textura de la hierba bajo mi mejilla, la sensación de la ropa húmeda sobre mi piel.
Y luego, de golpe, estoy despierto.
Las últimas horas se arremolinan en mi cabeza. El muto, la muerte de Deberg, la devastación de la arena, la sensación de ahogarme y luego, la paz.
¿Estoy muerto?
La palabra surge en el centro de mi cabeza y se aleja, haciendo remolinos, espirales que hacen que me duela la cabeza. Si lo estuviera ¿sabría que lo estoy?
Siento un dolor palpitante en la pierna, a la altura de la espinilla, posiblemente de algún golpe que recibí mientras me ahogaba.
—¿Sientes dolor cuando estás muerto?- pregunto en voz alta.
El dolor al menos me hace descartar la posibilidad de que esté soñando. Se supone que mientras duermes eres incapaz de sentir dolor, por eso existe la creencia popular de pellizcarse para comprobar si estás soñando o no.
Estoy intentando dilucidar el estado en que me encuentro, vivo o muerto, cuando el pequeño paracaídas plateado desciende por el cielo. A pesar de que no hace nada por ayudarme a determinar si estoy vivo o muerto, al menos me hace sentir protegido. Beetee, el real o el onírico, está cuidando de mí. Mi estómago hace ruidos extraños, deseoso por encontrar comida.
Abro el paracaídas y mi ánimo decae al ver el pequeño estuche con ocho dardos, pequeños y amarillos, que contiene el paquete. La tarjeta dice:
¡CUIDADO! Alto nivel tóxico. Bonito aditamento…
B.
La última oración me hace revisarme los bolsillos y, para mi alivio, encuentro la cerbatana que conseguí sacar de la Cornucopia en el Baño de Sangre. Mi decepción fue mayúscula al comprobar que el pequeño cilindro no traía consigo las municiones y el tiempo apremiaba demasiado como para pensar siquiera en meterme de cabeza a buscar los pequeños dardos. Sin embargo, ya puestos a elegir, creo que preferiría algo de comer. Mi estómago ruge y siento la garganta seca.
Eso me recuerda algo…
El pensamiento se forma en mi cabeza y luego sale disparado hacia afuera, como si fuera uno de esos pequeños pájaros de rápido batir de alas. Un colibrí.
Agito la cabeza, como si con eso pudiera conseguir que mis ideas se acomodaran. El agua, algo tiene que ver con el agua. Giro mi cabeza y veo el riachuelo rosáceo que fluye con tranquilidad alrededor del islote. Había oído de un lago, que ya no existe, cuyas aguas eran de ese color debido a una variedad de algas que crecen en su interior. Las plantas liberaban un pigmento rojo para capturar los rayos del sol que le daban esa coloración. Mi curiosidad se extiende y siento deseos de estudiar el agua.
En eso, recuerdo que estuve a punto de ahogarme, justo ahí. Trague mucha de esa agua. Partiendo del supuesto de que estoy vivo ¿eso significa que el agua no es tóxica? Acerco una mano al agua y hundo los dedos con cuidado. Se siente fresca, pero no está helada. ¿Debería beberla?
Antes de que pueda terminar de hilar mis pensamientos escucho un sonido que hace que se me ponga la piel de gallina. Un aullido animal, pero no de un animal que yo conozca, llega hasta mis oídos. No se oye particularmente cerca, pero no hay duda de que, sea lo que sea, está en este islote.
Si estoy solo, han venido por mí. Si hay algún otro tributo aquí, será mejor ver de quien se trata. Aún quedan varios profesionales por ahí. Ser precavido no está de más. Cargo el primer dardo en la cerbatana, hecho los demás con cuidado en mi bolsillo, dentro del estuche y avanzo, medio agachado, por el círculo externo que rodea la Cornucopia, la parte superior del embudo. El cuerno dorado luce extraño, aunque podría tratarse de la pobre iluminación, pero podría jurar que lo que hasta hace unos días era verde, ahora es algo completamente distinto, de un profundo color negro.
Sigo mi oído que me lleva a dar una vuelta que abarca casi la mitad del círculo cuando los veo: mutos: Son seis, dos de ellos ya han sido derribados. Un chico, a quien reconozco como Ahren Noyce del Dos, está peleando contra uno. Una de las profesionales rubias está en el suelo, su espalda apoyada sobre la grama, mientras intenta mantener a raya a otro de los mutos que lucha desesperadamente por alcanzar su cara con sus dientes. El chico atiende dos frentes al mismo tiempo: la criatura contra la que lucha y la chica en el suelo. Eso le pasa la factura, porque en un descuido el muto consigue alcanzarlo con sus zarpas en su pecho. Él suelta un gruñido y atraviesa al animal a través de su garganta. Ni siquiera se detiene a comprobar su estado, se apresura a alcanzar a la chica y hunde su arma en el costado del animal, empujándolo para que caiga de costado y no sobre la chica.
La levanta, tomándola de la mano con determinación y la inspecciona rápidamente. Comparten una mirada que me provoca el deseo de cerrar los ojos, porque casi parece demasiado íntimo. Y luego se ponen espalda con espalda. El enfrentamiento no dura mucho. Ambos despachan a sus respectivos oponentes con relativa facilidad. El sentido práctico imponiéndose.
Luego, se reúnen. Él coloca sus dedos sobre el rostro de ella e inspecciona su piel con cuidado. Ella observa frenética los cortes paralelos que las garras del muto han causado en él. Ajenos al movimiento que se lleva a cabo justo detrás. Avanzo tres pasos, mientras veo como uno de los mutos que se encontraba presuntamente muerto se levanta del suelo. Es silencioso pero está herido, lo noto en sus movimientos lentos. Aún así se agazapa y luego salta, con las fauces abiertas buscando el punto en donde pueda causar más daño: en la figura, menuda y frágil, de Gessa Larkeen, la chica del Uno.
Ambos lo notan un segundo demasiado tarde y es, posiblemente el pánico y el dolor en la cara de Ahren Noyce lo que me motiva a actuar. No debería hacerlo. Un profesional menos en la Arena no es poca cosa. Su muerte podría acercarme a mi victoria. Y sin embargo, lo hago.
No hay una conexión entre mis pensamientos y mis acciones. No hay un momento en que decida llevarme la cerbatana a la boca, simplemente soplo y el dardo vuela, certero y con gracia, hasta que se incrusta en el cuello del animal. Han sido años de práctica de arrojar bolitas de papel en clase, combinados con la aplicación práctica de la física. No fallo.
Ver el veneno de Beetee en acción es sobrecogedor, porque el muto se desploma, en medio de su salto, a menos de un metro de la chica. Muerto.
Entonces los ojos color avellana de Gessa se clavan en los míos. Solo por un segundo, antes de que el profesional se mueva. Rápido en verdad. Al principio, creo que se dirige a su arma para matarme, porque así es como actúan los de su clase. Sin embargo, no me dedica ni siquiera una mirada. Solo tiene ojos para ella. La envuelve entre sus brazos, en un abrazo férreo que podría parecer fuera de lugar aquí.
Esta vez, desvío la mirada.
Ahren Noyce- Distrito 2
La sangre se congela y se descongela en mis venas en cuestión de segundos. Y, cuando todo pasa, me siento de repente muy cansado. Sin embargo el dolor y el agotamiento se disipan en el momento en que la envuelvo a ella con mis brazos. Siento su corazón latiendo rápidamente en el punto en que se acaban mis costillas y el mío salta en el momento en que Zamarat apoya su frente contra mi pecho y rodea mi cintura con sus esbeltos brazos.
Apoyo mi barbilla en la cima de su cabeza, sus rizos rubios haciendo cosquillas contra mi piel. La siento exhalar aire contra mi pecho y desearía permanecer así por siempre, pero ella se aparta demasiado pronto y mis manos sueltan su cuerpo a regañadientes. Aun así, me doy la licencia de sujetar su rostro, examinando con ojo clínico su estado: tiene la cara pálida y un corte no muy profundo en la mejilla.
—Estoy bien – dice ella meneando la cabeza, aunque hay un sonido, ligeramente agudo, en su voz que me indica que también se asustó.
—Me diste un susto de muerte- digo inclinando mi rostro en una acción que se siente tan natural como respirar. Mi frente se apoya en la suya y el hecho de sentirla, viva y cálida contra mi cuerpo, me hace sentir mejor. Ella se estremece y yo frunzo el ceño, preocupado por su estado.
—Tenemos compañía- dice ella en voz muy baja y entonces recuerdo al chico.
Me giro, dejándola a ella detrás de mí. Mis dedos buscan su cuerpo por inercia y se enroscan alrededor de su muñeca. Siento el pulso, rápido y constante, de su sangre a través de su piel. Resulta reconfortante.
El chico que acaba de salvarle la vida a Zamarat es pequeño y tiene la piel morena. Lo reconozco como el niño que se ofreció como voluntario en el Tres para venir en lugar de su hermano. Recuerdo las palabras de Nic: "tiene quince años y ya está preparado para morir. Eso es tener un alma vieja o muy poco aprecio por su vida" Nadie se lo discutió. Nic y Lyme eran Vencedores y yo era un profesional. Fue Charlotte quien saltó en su defensa: "el que sea joven no evita que tenga posibilidades". Aunque posiblemente ella no se refería al chico en lo absoluto sino a sí misma.
Ahora, mientras lo veo de pie frente a nosotros, caigo en cuenta de que Charlotte tenía razón. Ha logrado colarse entre los mejores y las casualidades en un lugar como este no existen. Algo ha de haber estado haciendo bien.
Las palabras brotan de mis labios impregnadas por el sentimiento de eterna gratitud que experimento al sentir el pulso de Zamarat contra mis dedos:
—Gracias. Nos salvaste.
—Me- corrige Zamarat mientras sale de la posición en la que la he colocado, parcialmente escondida por mi cuerpo- él quiere decir que me salvaste.
"No", pienso yo, "nos salvaste a los dos, porque me sentí morir hace un momento, cuando creí que tú lo hacías", pero no digo nada.
El chico nos sonríe con una sonrisa franca de quien no ha perdido la inocencia, pero con el cansancio de quien ha estado demasiado tiempo en este pequeño trozo de infierno.
Avanzo un paso y el chico retrocede. Lo miro confundido por un momento hasta que entiendo la cautela en sus facciones. Llevo un letrero de peligroso colgado en la frente. Acaba de vernos matar a una manada de mutaciones y sabe que, en un descuido, él podría ser el próximo. Frunzo el ceño ante la idea. No puedo matarlo. No puedo matarlo porque él ha salvado su vida. ¿Cómo podría?
Detrás de mí, escucho a Zamarat moverse. Cuando me giro, ella está moviendo la cabeza hacia los lados con los ojos entornados, buscando algo.
—¿Estás solo?- pregunta al cabo de un minuto, no sin cierta agresividad y el chico se estremece.
—Lo estoy.
—Tu compañera de distrito logró escapar del Baño de Sangre y no ha caído- y a nadie se le escapa el "aún" no pronunciado- ¿estás con ella?
La chica rubia a la que Gianni, Zadlen y Charlotte salieron a darle cacería. La chica que ayudó a matar a Alexandrite. El chico niega con la cabeza.
—No. Descartamos la alianza desde el principio. Incompatibilidad de personalidades. – él abre y cierra la boca, como si se dispusiera a decir algo más, no dice nada. Zamarat lo observa con cuidado. El chico cuadra los hombros y sostiene su mirada. Para ser tan pequeña, ella resulta curiosamente intimidante.
—¿Por qué me ayudaste? ¿Qué podrías tu ganar con esto?- pregunta ella finalmente y al chico suelta una risita nerviosa que me hace separar la mirada de Zamarat.
—¿Qué es tan gracioso?- pregunta ella, su carácter explosivo haciendo acto de presencia.
—La convención social sería simplemente dar las gracias- le responde el chico utilizando un tono no condescendiente precisamente, pero sí de quien está acostumbrado a explicarle las cosas a gente menos lista que él.
Y yo me río, no solo por el hecho de escuchar a alguien usar una frase como "convención social", sino por el delicado rubor que cubre las mejillas de Zamarat.
—No creo que sea nuestra gratitud lo que estabas buscando. Así que ¿qué es?- contrataca ella.
—De momento, creo que estaría lo suficientemente conforme con que no me maten.
Ella echa su cabeza hacia atrás, repentinamente sorprendida, como si la opción no se le hubiese ocurrido. Veo como la vulnerabilidad, esa que se asomaba muy de vez en cuando ella, hace acto de presencia. Se controla rápidamente y endurece la línea de su mandíbula.
—Bueno, no puedo hacer eso. ¿Cierto? Tal vez Ahren podría, él no te debe nada- y el asomo de una sonrisa surge en sus labios.
Abro la boca, tal vez para decir que yo tampoco lo haría, por el mismo motivo que ella no podría matarlo cuando Zamarat me sorprende entrelazando sus dedos con los míos, dando el paso que la deja a mi lado. Un jadeo sorprendido sale de mi boca. Es nuevo, toda esta proximidad. Nunca hasta ahora había sido cercano a nadie. La idea de que sea, justo ahora, en nuestra situación que algo así pasa, me parece una broma cruel.
"No pienses en ello"
—Pero, tomando en cuenta que no lo ha hecho- continúa ella- posiblemente no piensa hacerlo tampoco. Así que creo que podríamos dejarlo en un empate. Tú me salvaste tu vida y yo no tomo la tuya.
Ella habla en un tono que me hace pensar en la chica que era al principio. Me doy cuenta de que está interpretando un papel. Es la manera en la que se mantiene a salvo, inalcanzable como una estrella. Sin embargo… Mis dedos le dan un apretón y la escucho inhalar. Sonrío.
No. Sigue siendo Zamarat. No quiere acercarse al chico porque sabe que el final será inminente. Ya es lo suficientemente malo que exista un solo lugar para el ganador y estemos juntos en esto hasta el final. Los dos. Sumarle una tercera persona sería demasiado.
—No creo que funcione así- dice el chico, abusando de su suerte.
Zamarat deja salir una risita incrédula.
—¿Cómo funciona entonces?
—Quiero una alianza.
—Entonces tal vez deberías ponerte en la línea imaginaria y esperar tu turno para que te concedan tu deseo – dice ella con amargura.- Por si no lo has notado, hemos llegado a los últimos diez.
Como contradiciéndola, suena un cañón. El sonido se ha vuelto familiar. Nueve, quedamos nueve. Permanecemos en silencio, asimilándolo. Y entonces suena un segundo cañón.
—Los últimos ocho, en realidad- la corrige el chico y ella le lanza una mirada dura.
—Mayor razón para que vuelvas por donde llegaste.
—Puedo ser útil.
—¿En serio? Porque desde mi punto de vista solo quieres un par de guardaespaldas.
—Tienes razón, no soy fuerte. Pero soy listo- dice él y no hay rastros de pretensión en su voz, lo dice como quien se describe a sí mismo: "soy delgado, moreno y listo".
Zamarat lo mira con renovado desdén.
—Creo que nos ha ido muy bien a los dos solos.
—Y tengo algo valioso.- continúa él ignorando sus palabras- Algo que podría compartir con ustedes, pero no se los mostraré hasta saber que vamos a aliarnos en serio.
Lo miro con las cejas enarcadas. Está arriesgándose mucho. Zamarat no es precisamente una persona paciente y podría perder los estribos de un momento a otro.
—¿Cuál es tu caballo de batalla?
—Dame tu palabra y te lo mostraré.
Ella niega con la cabeza.
—¿Qué es lo que quieres exactamente?
—Quiero que seamos un equipo.
—Sólo uno puede ganar.- dice ella aprisionando su labio inferior con sus dientes.
—Y sé que quieren que sea uno de ustedes. Lo entiendo. Haré mi mayor esfuerzo por ganar, pero sé que si depende de ustedes, no seré yo el que salga con vida. Puedo vivir con ello.
La máscara de desprecio se desprende de su rostro y una mueca de confusión invade su rostro. Al hablar, su tono se ha dulcificado.
—No lo entiendo. Si sabes que será así ¿Por qué rayos querrías aliarte con nosotros?
—Riesgo calculado- responde él- Tengo más probabilidades de avanzar si sé que no tengo que cuidarme de ustedes todo el tiempo. Dijiste que quedaban solo diez, ahora somos ocho. Solo hay que saber dónde están los otros cinco.
—¿Importa? De cualquier manera nos obligarán a agruparnos en algún momento.
—Pero si estamos juntos, al menos sabremos hacia dónde vamos.
Ambos miramos al chico con idéntica confusión.
—¿Cómo podríamos saber eso?
—Alíate conmigo y te lo diré- dice él estirando la mano.
Zamarat me mira, las cejas enarcadas. Me hace sentir bien que busque mi mirada para tomar una decisión así, aún y cuando sabe que la seguiré, sea cual sea su elección.
—Sin promesas- advierte ella.- Podemos tratar de mantenerte vivo, pero si hay que elegir entre tú y nosotros, sabes cómo serán las cosas.
—Puedo vivir con ello- asiente él.
Me gusta la idea de crear una relación a corto plazo sin promesas.
—De acuerdo- acepta ella, soltando mi mano y estrechando la suya, solo por un momento.
—Entonces déjenme mostrarles- dice él mientras saca un trozo de papel de uno de sus bolsillos- mi pequeño tesoro.
Raven Montgomery- Distrito 3
El shuriken destella, reflejando los rayos del sol que salió hace unas pocas horas. Lo giro entre mis dedos, acostumbrándome a su peso en mi mano. Su punto de balance, la distribución de las moléculas que conforman la delicada estrella.
Es plateada, con ligeros toques de color que conforman bonitos patrones en ambas caras. Ocho en total. Por primera vez desde que iniciaron los Juegos, me siento segura de mis posibilidades. Esto era lo que necesitaba.
Tiro de mi brazo hacia atrás, tomo impulso y la dejo volar hacia adelante. La punta se clava en el tronco de un árbol y escucho a Saimon aplaudir emocionado. Le sonrío, por un momento, antes de recordar la pequeña nota que quema en mi bolsillo, como si en lugar de papel estuviera echa de astillas ardientes.
Soplo mi flequillo hacia un lado y lanzo un segundo shuriken y luego un tercero. La aleación de metales es ligera y se mueve con precisión, incrustándose profundamente en la madera del ancho tronco. Los shurikens siempre me gustaron por su sutil elegancia. Bellos y letales. Nadie imaginaría jamás lo peligrosos que podían ser.
Escucho a Saimon moverse en dirección al riachuelo que hay a un costado de la nueva zona en la que estamos, mucho más reducida que las cavernas subterráneas de las que hemos logrado escapar. No nos hemos alejado mucho del camino de acceso. El lugar es tan idílico, con sus árboles frutales, su césped verde limón y la fluidez del pequeño río, que todas mis alarmas se activan de inmediato.
Peligroso. La palabra destella sobre cada elemento en el escenario como si la hubiesen escrito con pintura de neón. Sin embargo, en un lugar así ¿qué no lo es?
Hemos tenido la buena fortuna de que Saimon ha cargado hasta aquí la mochila y gracias a ello no hemos perdido nuestras provisiones. Tampoco soy excesivamente optimista. Somos dos de nosotros y aún racionando lo que nos queda, no durará más que un día y medio, dos días a lo sumo. Sin embargo para una sola persona…
Desprendo los shurikens del tronco y los guardo
Mi pensamiento se interrumpe cuando una gota de agua cae sobre mi cabeza. Alzo el rostro y veo los nubarrones que se han formado sobre nosotros sin darnos cuenta. Siento como el agua desciende sobre la curva de mi cráneo y me llega un ligero aroma a cabello quemado. Pasa tal vez un segundo antes de que la segunda gota impacte contra mi mejilla. Esta vez el dolor es instantáneo.
Me llevó la mano a la mejilla y me miro los dedos, esperando encontrarlos cubiertos de sangre, pero no hay nada. Más allá, escucho a Saimon gritar de dolor. Estoy observando mis dedos cuando una nueva gota cae sobre mi mano abierta. En cuanto el líquido toca mi piel, esta se enrojece y el dolor estalla.
—La lluvia.- digo en un susurro.
Es como activar un interruptor. En cuanto las palabras salen de mi boca las gotas de lluvia dejan de caer tímidamente para descargar toda su fuerza contra nosotros.
Y resulta doloroso.
La piel de mis manos, la cual es la única que queda visible gracias al uniforme junto con mi cara, se enrojece en cuanto el agua hace contacto con ella. El dolor no se detiene después. Siento como si alguien hurgara en mi cuerpo con agujas invisibles y diminutas.
—¡Raven!- ignoro la voz de Saimon mientras imagino, con horror, el aspecto que podría estar presentando mi rostro ahora- ¡El agua hace daño, Raven!
"Ya me di cuenta", pienso en decirle, pero me contengo. En su lugar cubro mi cabeza, cruzando los brazos, en un intento desesperado por protegerme.
No funciona. La lluvia traspasa la tela como si fuera papel de seda, hiriendo mis brazos. Me atrevo a espiar por entre mis pestañas y noto que los árboles y la grama parecen totalmente ajenos al daño que causan las gotas de lluvia.
¿Podría guarecerme bajo uno de esos árboles? Son tan delgados que no creo que hagan la diferencia.
Un borrón marrón y naranja pasa como una exhalación frente a mí. Es Saimon, corre hacia adelante, impulsándose con sus largas piernas. Se mueve con una clase de determinación que hasta ahora solo había avistado en la Cornucopia, durante el Baño de Sangre cuando liquidó al profesional.
La nota de Pulvya arde en mi bolsillo una vez más.
—Por aquí, Raven- dice él girando apenas el cuello para voltear a verme.
No entiendo de donde sale su seguridad y me resisto por un momento a seguirlo, pero podría quedar reducida a un montón de carne quemada si no me muevo, así que corro detrás de él, acunando como a un bebé a la ligera caja con mis shurikens.
Con cada zancada siento que me estoy metiendo, inexorablemente, en la boca del lobo. No pasa mucho tiempo antes de que vea el objetivo de Saimon: es una construcción rocosa, podría ser la ladera de una montaña de no ser porque está completamente aislada de todo. Es una cueva en medio de una pradera.
El miedo sube por mi columna y amenaza con paralizarme, del mismo modo en que lo hizo con la muerte de Laure, pero me obligo a seguir avanzando. Por primera vez, noto la pesada arma que Saimon está cargando: un mazo, un poco más pequeño que el que perdimos en nuestra incursión bajo tierra, pero tiene los laterales rematados con pequeñas púas.
La nota de Pulvya arde de nuevo.
"Úsalos, mátalo antes de que te mate él a ti"
P.
Pienso en la forma en que perdió el control y siento como la chispa asesina se enciende en mi cuerpo. Podría hacerlo, debo hacerlo. No puedo permitir que él me mate, no cuando he llegado tan lejos. Aún estoy algo desorientada por haber estado tanto tiempo bajo tierra, pero mi instinto me dice que ya no quedamos muchos. Dudo, por un momento, mi cuerpo se resiste a meterse de nuevo bajo tierra, de nuevo hacia la oscuridad. Siento pánico solo de pensar en ver desaparecer de nuevo el cielo sobre mi cabeza, pero la lluvia que deshace mi piel no me deja opción.
Antes de entrar, saco uno de mis shurikens. Un lanzamiento certero a su cuello será suficiente. Me desharé de la amenaza en que se ha convertido.
Siento una punzada de culpa, porque es Saimon, el niño que se detuvo en el Baño de Sangre para recoger lo que le había parecido valioso y me metió a mí en esa categoría. Sin embargo, es él o yo. Siempre ha sido así, desde el principio, y por más agradecimiento que pueda sentir por él, valoro mi propia vida.
Pulvya tiene razón, si no lo mato, él lo hará.
Lo sigo a través de un estrecho pasillo de piedra y a pesar de que el dolor de las quemaduras persiste, al menos ya no estoy bajo el dosel de la lluvia. Saimon se adelanta, el interior de la cueva está oscuro. Toco una de las paredes, recordando el resplandor verdoso de las cavernas subterráneas. Cuando lo hago, un sutil brillo se desprende de la formación rocosa. No es ni por asomo tan intenso como el que desprendían las cavernas, pero me permite ver con cierta claridad la silueta de Saimon, moviéndose por delante de mí.
Está al final del pasillo,
Tomo el shuriken con fuerza entre mis dedos, desde aquí, tengo un tiro limpio. Tomo aire, tal vez demasiado ruidosamente, porque en el momento en que la estrella plateada vuela por el aire, Saimon se mueve. No son más de uno o dos centímetros, pero es suficiente para que el proyectil apenas pase rozándolo, le hace un rasguño en lugar de infringirle una herida mortal.
—¿Raven?
Un gemido de frustración se abre paso por mi garganta al tiempo que dejo caer la caja con los shurikens. Me lanzo hacia el suelo, buscando uno. El movimiento brusco pone a Saimon sobre alerta. Él golpea la pared y la luz se apaga, como si hubiese presionado el interruptor.
"¿Cómo supo eso?", pienso desesperada mientras palpo el piso, buscando mis armas. Mi dedo encuentra el filo de uno de ellos y siento como la punta corta mi piel. Es un dolor bienvenido. Me aferro al shuriken y toco la pared de nuevo, el suave resplandor se enciende.
Saimon no está.
Suelto una maldición entre dientes y avanzo lentamente por el estrecho pasillo, la mano con la que sostengo el shuriken no tiembla. Me detengo en el punto en que inicia la superficie abovedada que conforma la cueva. Miro frenética hacia el frente, no lo veo.
"¿En dónde está?"
Doy un paso más y luego otro. Estoy dentro de la cúpula.
Hay un movimiento, y la luz se enciende de nuevo. Ni siquiera tengo tiempo para gritar. Una mano sujeta mi garganta, mientras que la otra se aferra a mi muñeca, su pulgar presiona con fuerza el hueso que sobresale de mi muñeca, haciéndome gritar de dolor. El shuriken se resbala de entre mis dedos. Hay un repiqueteo metálico y entonces mi espalda y mi cabeza se estrellan contra la pared de roca, estrellas estallan detrás de mis ojos y el impacto hace que las luces se enciendan de nuevo.
—Eso me dolió, Raven – un escalofrío me recorre la columna, porque es la voz de Saimon, pero al mismo tiempo no lo es. No tiene ese matiz aniñado ni la adoración con la que parecía cubrir mi nombre cada vez que lo pronunciaba. Sus pupilas están tan dilatadas que sus ojos parecen completamente negros. Le gotea sangre de la oreja, ahí donde el shuriken debe haberlo rozado.
Intento decirle algo, cualquier cosa, pero la mano en mi garganta me lo impide.
—Haré que te duela a ti también- promete.
Tre Terrel- Distrito 7
Parece como si hubieran pasado años, en lugar de solo unos pocos días desde la última vez que me sentí así. La sensación de pérdida es abrumadora.
Y me resisto, solo por unos segundos, a volver a sentirme así de vacío.
Mis labios se sienten cálidos, ahí donde rozaron su piel.
Muevo un pie y luego el otro. No sé cuánto tiempo he estado caminando, pero el paraje no ha cambiado mucho, exceptuando la aparición de un nuevo tipo de planta. Una especie de arbusto espinoso del que sobresalen unas delicadas flores rojas. Rosas.
Un aroma dulce se cuela por mi nariz. Me hace pensar en casa. En la época en que papá aún estaba con nosotros y Sion derretía azúcar en una olla y la mezclaba con las fresas silvestres que a veces encontrábamos en el bosque. Es un aroma que me hace sentir feliz, en calma.
Me siento como si flotara y de repente tengo mucho sueño. Una parte de mi desea guarecerse bajo el sombrero de los enormes hongos de colores y simplemente dormir. El cansancio físico parece haber hecho mella por fin en mi mente y ya no tengo deseos de seguir avanzando.
Si me detengo, si muero aquí, entonces Ris estará un paso más cerca de ganar.
Me agacho y me acuesto en el suelo, acercando mis rodillas hacia mi pecho, convirtiéndome en un ovillo. Cuando era más pequeño y las pesadillas me visitaban por la noche, Sion se metía en mi cama y me consolaba. Lo recuerdo bien. Ella me ponía de costado y me envolvía con sus delgados brazos que en ese entonces me parecían muy fuertes. Ahora, desearía tener uno de los abrazos consoladores de mi hermana, porque esta no es una pesadilla, es una cosa real y cada minuto soy más dolorosamente consciente de que me queda poco tiempo. ¿Moriré hoy? ¿Tal vez mañana?
¿Qué caso tiene seguir avanzando? Ris tiene razón, ella o yo podríamos ganar esto, hemos llegado muy lejos, más lejos de lo que alguna vez creí posible pero ¿cuál es el costo? No podemos ganar los dos.
El cielo sobre mi cabeza ha pasado del rosa al azul y luego se ha desteñido hasta llegar a un apagado color malva.
Este mundo no tiene sentido. La gente vive y muere. Y no hay nada que yo pueda hacer para detenerlo.
Ris no confía en mí y el pensamiento no me molesta. Me parece bien. ¿Por qué debería? No he traído más que dolor a quienes me han amado. Está bien que Ris no caiga en la trampa. Está bien que ella se mantenga a salvo.
Con un suspiro, me quedo dormido.
—¿TRE?- el sonido de la voz, asustado y frenético me saca de mi letargo lentamente. No sé cuánto tiempo he dormido, pero al despertar no me siento precisamente descansado. El cielo sobre mi cabeza es de un color verde oscuro.
Me enderezo o al menos lo intento, porque siento las extremidades extrañamente pesadas y doloridas. Me laten las sienes y siento la cabeza extraña. Cierro los ojos de nuevo.
—¡DESPIERTA! –ordena de nuevo la voz y esta vez la reconozco. Se trata de Ris.
—¿Aristta?
—Tre, tienes que despertar– y hay un filo de pánico en su voz usualmente suave. Abro los ojos de nuevo y soy consciente de la repentina forma en que el cielo y la tierra parecen haberse invertido. – Te necesito, por favor, por favor… - su voz se apaga lentamente, como si ella se estuviera durmiendo. Su calma me agita. Me apresuro a estudiar mi entorno.
Debajo de mi cabeza, está el suelo. La grama no es completamente verde, tiene un ligero matiz azulado. Flexiono los músculos de mi vientre y mi cuello y hecho un vistazo hacia lo que asumo, es el cielo. Es casi negro, salpicado de estrellas.
Tengo un dolor punzante en las muñecas, cadera y tobillos. Dejo caer mi cabeza hacia abajo y descubro el motivo por el cual las cosas han dado este giro inesperado, literalmente. Tengo las extremidades y el tronco sujeto por finas ramas cubiertas de espinas.
La imagen de los rosales ondula en mi mente y reprimo una maldición.
Ris, tengo que encontrar a Ris.
—¿RIS?- el grito que sale por mi garganta me deja momentáneamente sin energía. Mis ojos se cierran por sí solos y me siento muy, muy cansado. Suprimo un bostezo.
Ris, tengo que encontrarla.
—¿Ris?- pruebo de nuevo, esta vez sin subir la voz.
No hay respuesta y mi corazón empieza a bombear más rápido. En lugar de percibir el subidón de energía, siento como me agoto un poco más. ¿Qué pasa? Un vistazo a mis manos me muestra como los pequeños cortes en mis muñecas las han llenado de sangre. Siento un hormigueo en las piernas a partir de mis rodillas.
—¿Ris?
Me retuerzo, tratando de librarme de las sujeciones que impiden que pueda encontrar a Aristta. Siento como las espinas se hunden en mi piel y la sangre mana de nuevo por las pequeñas heridas. Una pregunta se forma en mi cabeza ¿podría morir por esta clase de heridas? Intento pensar en la clases de ciencia que tenía en la escuela, pero todo lo que llega a mi es la figura del profesor Larch parado en frente de la pizarra de tiza. Nada que me ayude en una situación así.
Me muevo con más desesperación y escucho un crujido. Una de las ramas espinosas se extiende frente a mis ojos, como una serpiente que está a punto de atacar. La observo hipnotizado, con la boca seca y la cabeza nublada. La rama se acerca lentamente a mi cuerpo y se envuelve con lentitud alrededor de mi cuello. Siento la punzada de las espinas sobre mi piel y el goteo cálido de la sangre que mana de las diminutas heridas.
Entonces lo entiendo. La posición, boca abajo, ha hecho que la sangre se acumule en la parte superior de mi cuerpo y la aceleración de mi ritmo cardiaco hace que la sangre corra más rápidamente por mis venas, escapando lentamente por las pequeñas heridas. Me obligo a mí mismo a calmarme. Cierro los ojos, procurando que mi vista del mundo al revés no me perjudique aún más.
Inhalo y exhalo. Las espinas alrededor de mi cuello se clavan profundamente en mi carne y me siento mareado. Me siento girar, pero no abro los ojos.
Mi cabeza se despeja un poco después de la sétima respiración. Abro los ojos y en el momento en que lo hago es como si me inyectaran hielo en las venas.
—¡Ris! ¡Ris! ¡RIS!- de nada vale que intente recordarme la importancia de permanecer calmado. No hay nada ni nadie que evite que pierda el control cuando la veo así.
Su cabello se ha soltado y cae, lacio y largo, formando una larga cortina hacia abajo. Los espinos la sujetan por todas partes: tobillos, pantorrillas, muslos, cintura, pecho, cuello y brazos. La sangre le cubre el pálido cuello y baja por sus mejillas, sus pómulos y su frente.
Sin poder evitarlo, un grito se escapa de mi garganta mientras lucho, con todo lo que tengo, para liberarme de las ataduras. Mis esfuerzos tienen el efecto contrario y el espino se clava con fuerza en mi piel.
—¡Ris! ¡Ris!- la humedad corre por mi cara, si es sangre o lágrimas, no sabría decirlo. Me balanceo, de un lado a otro, intentando alcanzarla. No soy estúpido, sé que la cantidad de sangre que empapa sus ropas y gotea de su cabeza hacia el suelo está más allá de cualquier apaño que consiga hacer, aun cuando pueda liberarme a mí mismo y a ella de esto. Sin embargo lo único que deseo es sentirla cálida entre mis brazos una vez más. - ¡Ris! Por favor, resiste.
Continúo moviéndome, a sabiendas de que esto, lo que hago, me matará más rápido. Si tan solo pudiera salvarla, valdría la pena.
—Por favor, por favor- repito una y otra vez.- Ris, por favor.
Las palabras se convierten en una letanía sin sentido. Me siento más cansado a cada segundo. ¿Es por la pérdida de sangre?
—Por favor, por favor…
Y de repente, como si me escuchara, la planta nos deja caer a los dos, casi con dulzura, en el suelo.
Cuando la sangre vuelve a fluir en la dirección correcta, me mareo. Intento mantenerme en pie, pero termino de rodillas en el suelo, mi cabeza inclinada hacia adelante y la sangre latiendo rápidamente en mis oídos mientras me apoyo en mis antebrazos.
Parpadeo rápidamente, intentando disipar los parches de diferentes colores que me emborronan la vista.
—¡Ris!
Gateo, reprimiendo el deseo de vomitar, hasta el lugar en que se encuentra ella. Mi mano se posa temblorosa sobre su brazo y su sangre se mezcla con la mía cuando la toco. Me siento débil, cansado… al límite. No dudaré mucho, lo sé. He perdido demasiada sangre y estoy seguro de que las reservas de Cy, si es que las hay, no será suficientes para ayudarme.
Ris está fría. Observo su cuerpo con atención, buscando algún movimiento que me diga que puedo hacer algo por salvarla.
No lo hay. No hay palabras, ni movimientos, ni señales. Solo el cuerpo inmóvil de la chica a la que pude haber amado si las cosas hubieran sido distintas.
Arrastro mis piernas, demasiado débiles para sostenerme y tiro de su cuerpo, a cómo puedo, hasta dejarla sobre mi regazo.
—Ris, Ris, Ris- su apodo sale como un cántico de mis labios.- Ris, Ris, Ris.
Puedo decir el momento exacto en que la vida la abandona, no estoy seguro de cómo es que lo sé, simplemente lo hago. Su cuerpo se convierte en un cascarón vacío y, un instante después, suena el cañón.
Me quedo acunando su cuerpo, rodeándola con mis brazos del mismo modo en que Sion lo hacía conmigo para mantener lejos los malos sueños, mientras la sangre continúa manando mis heridas.
Poco a poco, me sumo en una nebulosa de la que sé que no podré salir. Es un proceso lento, mis párpados se vuelven pesados, mi cabeza sube y baja, mientras mi cuerpo se debate. Finalmente, mis ojos se cierran.
Cuando los abro, no me sorprende ver a mamá, a papá y a Aristta. Los tres me sonríen mientras esperan a que me les una.
Lo hago.
La historia sigue avanzando. Resulta inevitable el que los queridos personajes digan adiós en un fic de esta naturaleza, pero no por ello resulta menos duro.
Creo que en los 21 capítulos (con este) que lleva el SYOT, a ningún personaje le había costado tanto trabajo dejar este mundo (o ese mundo, o lo que sea) como le pasó a este chico.
Fue una muerte algo gráfica (lo siento!) pero muy apacible. En el momento en que supe que ellos iban a morir decidí que me rehusaba a causarles dolor innecesario, así que a pesar de que por ello no resulta menos horrible, al menos fue tranquila, como quedarse dormido.
En lo personal, sigo creyendo que al otro lado, sea lo que sea que haya, nos esperan nuestros seres queridos, de ahí que haya decidido cerrar así la muerte. Pude haberlo dejado como un apagón, pero quería asegurarme de que ellos estuvieran bien allá a donde fueran.
A las mamis de estos dos niños (JA! Vean como me niego a darles el spoiler niñas tramposas!) les agradezco profundamente la confianza que depositaron en mí. Los amé a ambos en cuanto comencé a escribirlos y su alianza siempre resultó muy auténtica, nunca tuve que forzarla y creo que esas son las mejores.
Espero no haberles causado sufrimiento en exceso.
Hay unos cuantos regalitos esperando por ustedes en el blog.
Oficialmente quedan seis tributos y en el próximo capítulo posiblemente haya triple muerte, así que espérenla.
Saludos, E.
