Bueno, después de una sesión maratoniana, aquí traigo otro capítulo. A ver si alguna de mis chicas se anima y me regala el siguiente de alguna de sus historias. (Por favor, por favor)
Bueno, os advierto que esto se está acabando. Me faltan tres o cuatro capítulos calculo. Así que pronto sabréis si querréis matarme o no por atender o no a vuestras peticiones sobre Tadeo (sonrisa malévola)
No me lío más. Ahí queda. Espero que os guste. Y que me lo digáis, claro :)
Capítulo 20. NADEZHDA.
"¿Estás segura?", inquirió Leo con suavidad.
"No", reconocí. "Pero es la única forma. No volveré a llorar, os lo prometo"
Se miraron entre ellos, en absoluto convencidos. Asustada, rebusqué desesperadamente un argumento que pudiera convencerlos, maldiciéndome por mi arrebato. No debí ponerme a llorar así. No debí dejarme arrastrar, pero cuando pensé en mi hijo, lo eché tanto de menos que sentí casi un dolor físico en mi pecho que me impedía respirar. Necesito volver junto a él, es cierto. Y no me retrasaré ni un segundo más de lo necesario. Pero sobre todo necesito terminar con esto, evitarle a Andros al menos uno de los muchos peligros del mundo, como haría cualquier madre. Si regresáramos, y algo le ocurre por culpa de mi absurda añoranza, jamás podré perdonármelo. Sentí como las lágrimas quemaban de nuevo mis ojos, y no pude reprimirlas por mucho que luché contra ellas. Volví a hablar, sin saber aún lo que iba a decir, temiendo que malinterpretaran mi llanto, y no consiguiera convencerlos para seguir.
"Tenemos que acabar con esto", balbuceé. "Quiero que mi hijo esté a salvo. Lo echo de menos, es cierto. Pero sólo serán unos días. Si volvemos y algo le ocurre… No podría soportar la culpa. Y este dolor para siempre. Por favor, no me hagáis caso. Por favor, volved, sigamos", rogué, caminando hacia ellos y tirando de sus manos hacia mí, para devolverlos al camino correcto.
Se resistieron sólo un instante. Al fin, después de cruzar una mirada con Lyosha, Leo me abrazó con fuerza. Tras unos instantes, me obligó a alzar la cabeza, y secó mis lágrimas con sus dedos con una expresión indescifrable en su rostro.
"Está bien", concedió, y las piernas casi me fallaron del alivio. "Pero si cambias de idea…"
"No cambiaré", me apresuré a contestar.
Me sonrió con orgullo, y volvió a abrazarme una vez más. Enterré la cabeza en su pecho, obligándome a serenarme. Se ha tomado la decisión correcta, ya no hay motivos para llorar. Esto terminará pronto y terminará bien, y volveré a tener a mi hijo en brazos, sabiendo que al menos he podido protegerlo esta vez. Cuando estuve convencida de poder retener mis lágrimas, alcé la cabeza, y me separé de su pecho, mirándolos con determinación.
"Ya estoy mejor", suspiré. "Pero sigo enfadada", añadí al cabo de un momento, intentando componer un gesto serio.
Funcionó, tal y como yo esperaba. Los tres vacilaron sólo un segundo antes de romper a reír a carcajadas. Me separé de Leo, recoloqué los bultos a mi espalda, y eché a andar con mi mejor pose de dignidad ofendida. Cuando aún no había llegado hasta Lyosha, que me contempla con la misma expresión de orgullo que su hermano, recordé algo más.
"¿Tú también has vomitado?", inquirí en tono de reproche. "Te lo mereces. Os dije que no podíais beber de ese modo, pero no me hicisteis maldito caso"
"Yo no vomité", replicó Lyosha, con un gesto de repugnancia absoluta. "¿Qué te hace pensar eso, querida?"
"Leo le dijo a María que cambiara las sábanas de su hermano. Y no hay motivo para cambiar las de Tadeo, porque no durmió entre ellas", argumenté, dejando que la irritación fuera evidente en mi voz.
Esperaba algún tipo de justificación absurda, pero no la risa suave que acompañó a mis palabras. Lyosha echó a andar, sonriente, y yo lo seguí, mirando hacia atrás y hacia él, buscando una respuesta.
"Le dije eso simplemente para que subiera a la habitación y mirara la cama. Dudo mucho que vaya a cambiar ninguna sábana ahora que no hay nadie dispuesto a pagarle por ese servicio el triple de lo que vale para ella", rió Leo, caminando hasta alcanzarme.
"¿Y para qué querías que mirara la cama?"
"Le dejé un obsequio en ellas. Una de mis faltriqueras. Fueron muy amables contigo. Y no quería que pensara que me la olvidé por error y corrieran tras nosotros para devolvérnosla", reconoció, casi a regañadientes. Las demostraciones caritativas hacia los mortales siempre provocan en ellos esa absurda turbación.
"Podías dejarle una nota", argüí.
Ese comentario provocó nuevas risas.
"¿Y quién iba a leerla? Esto no es el siglo XXI, querida", se burló Lyosha, sin volverse.
Maldije para mis adentros, reprochándome mi inocencia. Imaginé la expresión de la pobre mujer al enfrentarse a la elegante caligrafía de mi compañero, mirándola como si fuera el más indescifrable de los jeroglíficos, y corriendo tras nosotros para devolvernos el regalo, sin haber llegado a comprender ni por un instante que era un premio a su amabilidad. Me sentí irritada conmigo misma, y volví esa irritación de nuevo contra ellos. Por una vez, estoy dispuesta a mantener mi enfado. Cada vez que los recuerdo haciendo el idiota, ignorando todos mis consejos, bebiendo hasta casi caer inconscientes, me pongo furiosa. Reconozco que es un enfado irracional, pero no puedo evitarlo. Estoy acostumbrada a ser su permanente foco de atención, y por mucho que me moleste en ocasiones, siempre me irrita dejar de serlo. Y ayer atendieron a cualquier cosa salvo a mí. Oh, bailaron conmigo, claro. Y estuvieron a menudo rondándome, bromeando, abrazándome. Pero parecían mucho más interesados en terminar con todo el maldito licor de este mundo que en mí. Y Tadeo… Me pasé gran parte de la primera noche despierta, esperando que viniera a mi cama, pero se limitó a sentarse a dos metros de mí, casi evitando el contacto. Y en la primera oportunidad, se va detrás de la primera fulana que se le pone delante. Bonita forma de demostrarme el afecto que se supone que siente por mí. Sé que esa también es una actitud irracional. Sé que no hay ningún compromiso entre nosotros, que yo misma me he encargado de hacérselo saber. Y sé que jamás haría nada que pudiera ofender a mis compañeros. Pero al menos esperaba… No sé que diablos esperaba.
Me obligué a concentrarme en el camino, en poner un pie delante de otro, en disfrutar de la brisa y del calor del sol en mi rostro, y a pensar en cualquier otra cosa, agradeciendo por primera vez desde que puse los pies en este estúpido mundo, que Lyosha no pueda leer mi mente. Aparqué con decisión todos los pensamientos que amenazan con asomarse a mi mente consciente. Pensamientos que no deberían estar ahí, que son demasiado confusos para analizarlos con esta ridícula mente pseudo humana, y seguí mi camino en silencio, hasta que el cansancio me obligó a detenerme. Hemos caminado durante horas. Muchas más horas que en ninguno de los días anteriores, gracias al descanso que disfrutamos en la posada. Pero ahora, cuando el sol empieza a desaparecer tras las montañas, mis pies están a punto de rendirse. Lyosha se detuvo apenas un segundo después que yo, y se volvió hacia nosotros. Miró al cielo, al sol poniente, y observó el bosque ante sí.
"¿Podrás caminar un par de kilómetros más, Nadya? Hay una cueva en esa formación rocosa. Es un buen sitio para pasar la noche. Pero si no puedes, buscaremos algún refugio aquí", se apresuró a añadir.
"Nos turnaremos para llevarla", sugirió Leo. "Preferiría llegar a la cueva. Mañana es sábado…"
"No, no es necesario", rechacé. "Puedo caminar un poco más"
Me observaron con gesto crítico, y cruzaron varias miradas entre ellos. Finalmente, Tadeo me sacó la mochila de la espalda, y Leo me cargó en brazos, haciendo oídos sordos a mis protestas.
"Tendremos que caminar durante días, querida. Reserva tus fuerzas"
"¿Y qué hay de vuestras fuerzas?", gruñí.
Ignorándome, emprendieron camino de nuevo. Veinte minutos después, volvía al suelo desde los brazos de Lyosha, junto a la boca de una pequeña cueva en la base de una inmensa formación rocosa. Sin mediar palabra, cada uno se ocupó de una tarea de inmediato, como si lo hubieran ensayado decenas de veces. Y probablemente así ha sido. Lyosha rastreó el terreno, mientras Leo recogía leña para la hoguera, y Tadeo colocaba las mochilas y buscaba el alimento en ellas, tras asegurarse que ninguna alimaña se había adueñado de nuestro refugio. Sintiéndome inútil, me senté junto a la entrada, acariciando mis pies doloridos por encima de las suaves botas de cuero. Tadeo percibió el gesto, y sin decir nada, deshizo los nudos que las sujetan con ademanes rápidos y precisos. Demasiado agradecida como para recordar mi enfado, le dediqué la mejor de mis sonrisas. Él me devolvió una mueca burlona.
"¿Ya nos has perdonado, querida?"
"No del todo", mascullé. Tadeo se limitó a sonreír, socarrón, y apartó mis botas a un lado, estudiando mis pies.
"Están hinchados", comentó con aire preocupado y reprobador al cabo de unos segundos. "Debiste decirnos que no podías seguir"
"Podía seguir. Esto no es nada. Se me pasará si los pongo en alto un rato"
"¿En alto? ¿Lo dices en serio?"
Frunció el ceño, a todas luces nada convencido, mirando mis doloridos pies. Sin decir nada más, se levantó y recolocó las mochilas dentro de la cueva. Cuando pareció satisfecho, volvió junto a mí y me tomó en brazos. No protesté. Para lo que va a servir. Me limité a pasar el brazo sobre sus hombros musculosos, disfrutando del contacto. Enterré la cabeza en su pecho, y me sorprendió el suave aroma de su cuerpo bajo las ropas. Alcé la cabeza, sorprendida.
"¿Qué ocurre ahora?", preguntó, frunciendo nuevamente el ceño, mientras me dejaba en el suelo con infinita delicadeza.
"No hueles a ti", murmuré.
Una expresión indescifrable atravesó su rostro, y supe que él también se había percatado de ese detalle. Pero tan pronto como había aparecido, la mueca se esfumó para dar paso a una sonrisa ligera. Evitando mi cara, me ayudó a colocar los pies sobre las mochilas, y a continuación corrigió mi postura, intentando ponerme más cómoda.
"Y lo sabes", insistí. Se encogió de hombros.
"Supongo que ahora que no estoy repleto de sangre, no hay ningún motivo para que huela a ella", reconoció a regañadientes.
Intercepté su mano, y la acerqué a mi nariz. Inhalé con fuerza, intentando percibir con más claridad ese nuevo olor a través de la suave piel de su muñeca. Él aguardó pacientemente, aunque la inquietud late bajo esa estudiada capa de desinterés. Maldije en voz baja por la pérdida de mi olfato, pero éste aún es mejor que el que tenía como humana. Y como humana, había podido oler a Lyosha a veinte pasos. Estudié el suave rastro que llegaba a mi nariz, y sonreí. Él pareció relajarse.
"Es agradable", susurré. "Se parece a la menta. Me gusta"
"Algo bueno tenía que traer este estúpido mundo", replicó en tono ligero. Pero lo conozco demasiado bien. No fue capaz de ocultar a mis oídos una nota de extraña melancolía.
"¿Bueno?", pregunté, fingiendo sorpresa. "No sé si es bueno. A mi me gusta tu olor de siempre"
Respingó confundido. A él si le había tomado por sorpresa mi respuesta.
"¿Te gusta mi olor?", inquirió incrédulo. "Huelo a sangre, como todos los míos", añadió con brusquedad.
"No como todos"
"Ya. Todos los olores son diferentes, pero…"
"Me gusta tu olor", repetí con firmeza. "Es salado y picante. Casi apetitoso"
Se apartó de mí una vez más, estudiando mi rostro. El suyo mostraba de nuevo esa expresión indescifrable, en apariencia calculadora, pero que tiene algo más. Algo que no puedo discernir. Pareció dispuesto a decir algo, o quizá a preguntar algo, y mi instinto me dijo que sería algo importante. Pero las estúpidas limitaciones de mi cuerpo mortal interrumpieron su hilo de pensamiento. El momento se perdió tan rápidamente como había llegado cuando un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies.
"Hace frío", me disculpé irritada, al ver su gesto preocupado e incómodo.
Sin mediar palabra una vez más, se puso en pie y se quitó la capa con ademanes impacientes. La estiró sobre mí, enviando una nueva vaharada de su aroma al alzarla hasta mis hombros.
"También hace frío para ti", protesté, apartando la improvisada manta a un lado. "Y yo tengo mi propia capa"
"No discutas conmigo, Nadya", replicó, volviendo a poner la ropa en su sitio. "Yo no tengo frío, y además, Leo no tardará en llegar con leña para la hoguera"
Como si los hubiera invocado con sus palabras, apenas dos segundos después escuché las voces de Leo y Lyosha, charlando animadamente en el exterior. Se detuvieron a dos pasos de la entrada, clavando sus ojos en mí. Intenté enviarles una mirada tranquilizadora, sabiendo la escena que se acaban de encontrar, pero no sirvió de nada. Leo dejó caer la leña, y los dos se acuclillaron a mi lado tras recorrer la escasa distancia que nos separaba en dos grandes zancadas. Tadeo se apartó un par de pasos, dejandoles sitio.
"¿Qué ha ocurrido?", demandó Lyosha en dirección a Tadeo.
"Tiene frío y los pies hinchados", respondió. "Me ha dicho que se le pasará si los pone en alto"
Antes de que terminara la frase, Lyosha había arrancado la improvisada manta de mis pies, y los miraba preocupado.
"No tienen buen aspecto", masculló.
"¿Te duelen?", preguntó Leo, peligrosamente cercano a la ira que yo conozco tan bien, rozando con suavidad la planta de mis pies.
"Se pasará enseguida", me apresuré a serenarlo.
Nada convencido, Lyosha tomó mi otro pie en sus manos, y pasó los dedos por el empeine, con delicadeza, pero también con firmeza. Intuí que intenta averiguar si hay algo roto ahí, pero el contacto es tan agradable, que no pude reprimir un suspiro satisfecho. Los tres se volvieron a mirarme, inquietos.
"¿Te importaría seguir, por favor?", sonreí.
Enarcando las cejas, Lyosha reanudó sus caricias, estudiando mi rostro a medida que sus dedos se deslizaban desde mi tobillo hasta el empeine. Dejé escapar un sonido que casi pareció ser un ronroneo, y Leo se apresuró a tomar mi otro pie en sus manos. Gemí, arrastrada por el delicioso dolor de su masaje. Tadeo masculló algo acerca de preparar el fuego, y desapareció de mi plano visual. Suspiré de nuevo, esta vez decepcionada. Mis compañeros cruzaron una rápida mirada entre ellos, y bajaron la cabeza a un tiempo, pero no lo bastante rápido como para disimular la sonrisa que surgió en sus labios. Los miré intrigada.
"¿De qué os reís?", susurré.
"De nada que deba ocupar tu cabecita ahora, querida", sonrió Leo. Me limité a bufarle por toda respuesta. Sonó como un estornudo.
"Ese ha sido un bufido realmente lamentable", rió Lyosha.
"El peor que he oído", añadió Leo.
"Esperad a que volvamos. Me pasaré un día entero soltando todos los bufidos y gruñidos que os tengo guardados"
"Espero que el segundo día lo dediques a los ronroneos. Tampoco has estado muy fina ahí", se burló Leo, sin arredrarse lo más mínimo, como de costumbre, mientras su hermano rie entre dientes.
"Se acabó el masaje", mascullé, arrancando mis pies de sus manos.
Tampoco se mostraron muy impresionados por mi mal genio en esta ocasión. Sin dejar de reír con suavidad, se pusieron en pie, y se dirigieron a la entrada de la cueva, junto a Tadeo, que aún no había conseguido encender la hoguera, y gruñía con frustración.
"Déjame a mí", sugirió Lyosha, apartándolo con suavidad.
Tadeo se encogió de hombros, y se apartó para facilitarle la tarea. Vi como Lyosha rebuscaba en una de sus faltriqueras, y sacaba un pequeño objeto plateado de una de ellas. Tadeo hizo rodar los ojos, mientras Leo reía a carcajadas. En el rostro de Lyosha sólo apareció una expresión autocomplaciente y burlona. Hizo un rápido gesto con la mano que sostiene el rectángulo metálico, y enseguida apareció una llama. Sólo él podía acordarse de traer un maldito mechero. Me uní a las risas de Leo sin dudarlo un instante.
"Yesca", se burló Lyosha en dirección a Tadeo. "Siempre has sido un anticuado"
"¿Qué mérito tiene encender un mechero?", rezongó Tadeo.
"El mérito de tener un fuego para calentarse casi al momento", rió Leo. "Vamos acércate. Debes tener frío sin la capa"
"Estoy bien", replicó, pero acercándose al fuego.
"¿Quién hará la primera guardia?", preguntó Lyosha, dejando el tema.
"Yo la haré", ofreció Tadeo. "No hay motivos para alterar el orden"
Lyosha asintió, y buscó en otra de sus faltriqueras. Mientras tanto, Leo se había acercado a las mochilas, y rebuscaba en ellas, intentando incomodarme lo menos posible, mientras sacaba el pan de los elfos y un poco de fiambre. Me tendió un buen pedazo, que acepté con una sonrisa agradecida. Tengo hambre.
"Tres horas, y me despertarás", estaba diciendo Lyosha. "Y te conozco, Tadeo, nada de heroísmos. Quiero que cada uno de nosotros duerma al menos seis horas. No permitiré que vuelva a ocurrirle nada a ninguno de nosotros porque no haya descansado lo suficiente"
"No fue por eso que me hirieron", replicó Tadeo, aceptando el reloj, y guardándolo entre sus ropas sin dedicarle siquiera una segunda mirada.
"Eso es discutible", masculló Lyosha, bajando la vista hasta sus pies. No me había dado cuenta hasta ese momento que se sentía responsable de la herida de Tadeo.
"No lo es. No estaba cansado mientras luchábamos con ellos. La adrenalina de mi cuerpo estaba haciendo bien su trabajo. La culpa fue mía. Me arriesgué demasiado"
"Puede que sí, y puede que no. Pero yo no me arriesgaré de nuevo"
"No eres tú quien tiene que decidirlo"
"Yo creo que sí"
Se mantuvieron la mirada durante unos instantes, sin pestañear, preocupadamente irritados. Parecían al borde de una pelea, mientras Leo, sentado junto a mí, masticaba el pan de los elfos, observándolos con indiferencia. Hice ademán de levantarme para ponerme entre ellos, y él me detuvo con un gesto veloz. Clavé mis ojos en él, furiosa. Se limitó a sonreírme, en absoluto preocupado. Lo miré con incredulidad e irritación, y él llevó su dedo índice a la boca, en el gesto universal para demandar silencio.
Después de unos segundos eternos, Tadeo se encogió de hombros.
"Está bien. Tres horas", masculló.
"Tú harás la última guardia", dijo Lyosha en dirección a Leo, después de asentir levemente como reconocimiento a la rendición de Tadeo.
Leo se encogió de hombros, tomando otro bocado de pan.
"¿Y yo?", intervine.
"Tú te quedarás tranquila, y dormirás", respondió velozmente Lyosha.
"Toda la noche", recalcó Leo.
"Y no es negociable", añadió Tadeo.
Volví a soltar un bufido lamentable, y terminé el pan en dos grandes bocados antes de darles la espalda y taparme hasta la cabeza con la capa que me sirve de manta, sabiendo que de nada servirá discutir.
Los tres se quedaron aún un rato despiertos, estudiando el mapa, hablando de los posibles peligros, de los lugares adecuados para descansar, para pasar la noche… Estrategias y más estrategias. Dejé de prestar atención al cabo de un rato, y estaba a punto de quedarme dormida, cuando Leo y Lyosha se acomodaron junto a mí bajo la capa, y Tadeo se dispuso a hacer la primera guardia. Confortada por el calor de sus cuerpos, no tardé nada en relajarme, y pronto caí en un sueño tranquilo y profundo.
Cuando Tadeo despertó a Lyosha para cambiar la guardia, sentí como se alejaba de mi lado, y el frío que se adueñó de mi cuerpo cuando abandonó su lugar junto a mí, me despertó por unos segundos. Me revolví buscando el calor de Leo, y él se acercó más a mí, apretando mi espalda contra su pecho. Entre las brumas del sueño, los escuché cruzar unas cuantas palabras apresuradas en voz baja. Me pareció que discutían, pero no podría asegurarlo. Tras unos minutos, Tadeo ocupó el lugar de Lyosha a mi lado, mascullando unas cuantas palabras incomprensibles. Sentí la vibración de la risa de Leo contra mi espalda, pero estaba demasiado cansada y aturdida como para detenerme a considerarlo. Pasé mi brazo sobre la cintura, buscando confortarme con su calor. Respingó ante mi contacto, y volvió a susurrar unas cuantas palabras ininteligibles, pero al cabo de un momento, suspiró y tomó mi mano entre la suya, estrechándola contra su pecho. Leo volvió a reír una vez más.
Volví a sumirme en la inconsciencia, hasta que llegó el turno a Lyosha de despertar a Leo. Los dejé intercambiar sus puestos, aunque ya sabía que no iba a volver a dormirme. Ya he dormido lo suficiente para esta noche. Esperé a que la respiración de Lyosha me indicara que se había dormido por fin, y me levanté con cuidado. Tanto él como Tadeo se removieron incómodos, y volvieron a colocarse cuando abandoné mi lugar entre ellos, gruñendo en sueños. Leo volvió la vista hacia nosotros, y me dedicó una sonrisa encantadora. Me senté junto a él, frente a la hoguera, y me acogió entre sus brazos.
"¿No duermes más, querida?", inquirió, besando mi mejilla a modo de saludo.
"No tengo más sueño", expliqué, encogiéndome de hombros. "Cuando era humana, rara vez dormía más de seis o siete horas. Esta vez no tiene porque ser diferente"
Leo me miró un instante, con expresión indescifrable.
"Recuerdas muy bien como eran las cosas cuando aún eras mortal, ¿no es así?", preguntó en un tono de voz forzadamente neutro.
Comprendí a que se debía su estudiada expresión de indiferencia y me apresuré a tranquilizarlo con la mejor de mis sonrisas.
"Recuerdo lo malo que era"
"¿Y lo bueno?"
"No había en mi vida mortal nada que pueda echar de menos, que vosotros no compenséis con creces". Una sospecha se empezó a abrir paso en mi mente, y tragué saliva antes de atreverme a preguntar. "¿Echas tú algo de menos, Leo?"
"Diablos, no", rió. Y para mi alivio, su risa fue espontánea y absolutamente sincera. "Estoy deseando volver"
"Yo también", susurré, acurrucándome más entre sus brazos.
Permanecimos un buen rato en silencio, abrazados. Tadeo se removió en sueños, mascullando unas cuantas palabras más. Comprendí porque me habían parecido tan indescifrables sus frases mientras estaba medio dormida. Nunca se me había ocurrido preguntar de donde provenía Tadeo. Por algún motivo, había asumido que es italiano, como Leo. Pero evidentemente está hablando en su lengua natal, y se trata de un idioma que no domino. Iba a preguntarle a Leo sobre eso, cuando al volverme lo vi sonreír maliciosamente, como si disfrutara de un chiste privado. Al darse cuenta de que lo observaba, rió con suavidad, y deshizo nuestro abrazo. Se inclinó sobre la hoguera, y sacó un pequeño pedazo de madera, seco y retorcido, que no había llegado a quemarse. Con un gesto hábil y rápido, deslizó uno de sus puñales hasta la mano, y comenzó a trabajar la madera, decidido a evitar mis preguntas, sonriendo aún. Los dos sabemos que no es tan fácil acallar mi curiosidad.
"¿Qué te hace tanta gracia?"
Volvió a sonreír, sin mirarme aún. Esperé.
"¿No vas a decírmelo?", insistí.
"Deberías preguntárselo a él, mi amor", sonrió.
Decidí intentar una estrategia más sutil.
"¿En qué idioma hablaba Tadeo cuando se acostó? Y ahora en sueños. No lo reconocí"
Leo volvió a reír con suavidad.
"Y estoy seguro de que él contaba con eso, querida", sonrió. "Es su lengua natal. Una forma bastante arcaica de una de las lenguas de la Península Ibérica"
"¿Tadeo es español?", inquirí con curiosidad.
"Ni se te ocurra decirle eso a él", rió.
"Pero tú has dicho…"
"Yo he dicho que hablaba una de las lenguas de la Península. No me has escuchado decir en ningún momento que es español", replicó, a todas luces divertido con la conversación.
"Leo, me estás confundiendo a propósito", lo recriminé. "Has dicho que era su lengua natal. Entonces, ¿no es lo mismo?"
"¡Diablos, no!", exclamó. "¿Soy yo veneciano?"
"Eres italiano"
"Soy florentino", replicó velozmente.
"Repito, ¿no es lo mismo?"
"Cuando regresemos te haré leer unos cuantos buenos libros de historia, amor. Así nos evitaremos estas discusiones tan absurdas", replicó de buen humor.
"He leído muchos libros de historia en mi vida, Leo. Además, siempre has dicho que no cuentan más que patrañas"
"Y es cierto. Pero tienen más idea que tú de cómo se organizaba el mundo. Tadeo proviene del Reino de Galicia. Otro bárbaro incivilizado", se burló. "Sólo que en este caso visigodo, en lugar de vikingo"
Me encogí de hombros. No sé lo suficiente de la historia de España, o de Italia, ya puestos, como para discutir con él acerca de sus regionalismos. Él me miró sonriente.
"La pequeña chechena no entiende nada"
"¡Sabes de sobra que soy rusa!", salté de inmediato.
"¿No son rusos los chechenos?", preguntó con su mejor expresión de inocencia.
Iba a responderle con una larga diatriba acerca de la división de la Unión Soviética y las pretensiones independentistas, cuando me di cuenta de que no iba a decirle nada que él no supiera ya. Esperaba mi arrebato con expresión burlona y divertida, y volví a encogerme de hombros, esta vez para reconocer mi rendición. Volvió a reírse, y decidí cambiar de tema una vez más.
"Pero, ¿hablas su idioma, si o no?"
Frunció el ceño, incómodo.
"Lo entiendo bastante bien", replicó a regañadientes.
Ahora me tocó a mí el turno de reír. Pro un instante, creí que simplemente intentaba evitar mis preguntas para proteger a Tadeo, pero eso no es propio de él. Sea lo que sea lo que ha dicho, le ha hecho reír, y Leo es muy reacio a guardar sólo para sí mismo una buena chanza. Lo observé apenas un segundo, y me di cuenta de que su irritación se debe a que acaba de reconocer que no domina a la perfección el idioma de nuestro amigo. Y a un ser tan pagado de si mismo como mi compañero, no le hace ninguna gracia hablar de lo que no sabe o no puede hacer. Eso me iba a dar una ventaja, que por supuesto, aproveché sin dudarlo.
"Pero no lo hablas", insistí.
"No demasiado", masculló al cabo de un rato.
"Entonces, a lo mejor tampoco entendiste bien lo que dijo"
No funcionó como yo esperaba. Una vez más, se impuso el orgullo. Y la astucia.
"Eso no va a funcionar, querida", se burló entre risas.
Apreté más mi cuerpo contra el suyo, y acaricié su pecho. Deslicé mis labios hasta la suave piel de su cuello y mi lengua trazó el camino hasta el lóbulo de su oreja, que atrapé entre mis dientes. Continué acariciándolo, y besando su cuello, y la línea de su mandíbula hasta que dejó escapar un murmullo placentero. Me detuve de golpe.
"¿Y esto? ¿Funciona?", murmuré, con mi voz cargada de promesas.
"Eres una criatura muy peligrosa, querida", murmuró, buscando mis labios. Me besó con intensidad, mientras sus manos recorrían mi cuerpo con avidez. Olvidé al momento mi interrogatorio, arrastrada por la maestría de sus caricias, deseando que llegara mucho más allá. Pero tan rápidamente como se había acercado, se separó de nuevo, sonriente. "Pero no es buen momento", sonrió. "Estoy de guardia"
Gruñí, irritada e insatisfecha. Rió de nuevo, brevemente.
"Maldita sea la guardia", mascullé, sin poder reprimirme.
"Ahora ya tienes una idea aproximada de lo que pudo decir Tadeo", sonrió Leo. "Y del humor que va a tener esta mañana"
"¿Qué?"
"No puedo traducirte la frase que masculló al acostarse con exactitud, pero si puedo decirte que hacía referencia a su escaso parecido con las piedras", explicó con la más maliciosa de sus sonrisas.
"¿Por eso discutía con Lyosha? ¿Por qué no quería dormir a mi lado?"
"Más o menos, si. Lyosha se dio cuenta de que sentías frío cuando él se levantó, e insistió en que ocupara su lugar. Creo que Tadeo esperaba no dormir muy bien en esa situación. Y no es que lo culpe por ello", terminó riendo entre dientes.
"¿Y ahora? ¿También hablaba sobre eso?"
"No diré ni una palabra más, Nadya", replicó con dulzura, pero con evidente determinación. "Cualquier otra cosa que quieras saber la respecto, tendrás que preguntársela a él"
Lo observé durante un instante, mientras sus ojos se clavan en las formas que dibuja el fuego de la hoguera. Lo conozco lo bastante bien como para saber que no le arrancaré nada más, así que decidí hacer algo útil, ya que estoy despierta.
"Tengo hambre. Prepararé algo para desayunar", anuncié, poniéndome en pie. "Tú no sabrás si a Lyosha se le habrá ocurrido por casualidad traer algo de café en esas faltriqueras suyas, ¿verdad?"
"Dudo mucho que ni siquiera él haya podido pensar en algo semejante, querida", sonrió.
Maldije para mis adentros. En toda mi vida humana apenas puedo recordar un puñado de años en los que no fuera adicta a la cafeína. Y todos son demasiado lejanos incluso para mí. Con un suspiro de resignación, saqué el pan de los elfos, y le tendí un pedazo a Leo.
"Cuando se despierten, puedo cazar algo más sabroso que esto, si quieres", ofreció.
"No", repliqué enfurruñado. "Lo que quiero es un café"
"Pues me temo que no estás aún en el siglo adecuado"
"¿Por qué?", pregunté al cabo de un momento.
Me miró con asombro.
"Vamos, querida. Hasta tú tienes que saber eso. El café…", empezó con tono aleccionador.
"No me refiero a eso", lo interrumpí, irritada. "Sé de sobra porque no hay café. Me refiero a por qué estamos en la Edad Media. Por qué de todas las etapas de la historia, hemos tenido que ir a dar precisamente a esta"
Leo lo consideró un instante, sin duda censurando sus palabras cuidadosamente antes de empezar a hablar.
"Es el momento en que los Olvidados dejaron definitivamente nuestro plano de existencia. Hasta entonces se movían entre los dos. Su mundo crecía y evolucionaba al tiempo que lo hacía el nuestro. Pero cuando se retiraron a este de forma permanente, dejaron de progresar"
"¿Por qué lo hicieron?"
"Demasiados mortales y muy poca magia", replicó Leo, encogiéndose de hombros. "Hay algunas leyendas antiguas acerca de eso, pero nunca les he prestado demasiada atención, así que no puedo decirte más"
"¿Tú los has visto antes? En nuestro mundo, quiero decir"
"Los tres los hemos visto", sonrió. "Y tú los verás también ahora. No te apartaremos de eso"
"Entonces, ¿no es peligroso?"
"¿Para nosotros? No demasiado", respondió, con una sonrisa misteriosa.
De nuevo supe que no le arrancaría ni una sola palabra más. Podíamos seguir vagando en círculos durante horas, pero no conseguiría más información de la que ya me había dado. Con un suspiro, me acomodé junto a él, y lo observé mientras trabajaba la madera con ademanes distraídos, aunque perfectamente precisos. Debí quedarme dormida en algún momento, porque cuando se apartó de mi lado para despertar a los otros, respingué, casi asustada.
"Una noche tranquila", estaba diciendo Lyosha. "Veremos lo que ocurre hoy"
"¿Ningún sueño?", inquirió Leo.
Los dos negaron con la cabeza.
"Eso puede ser buena señal. Quizá querían advertirnos de que abandonáramos el pueblo antes del sábado. Ahora que lo hemos hecho, no consideran necesario volverse a poner en contacto con nosotros"
"¿En serio piensas eso?", preguntó Tadeo, con una ligera nota de sarcasmo en su voz.
"No", reconoció Lyosha. "Pero me gustaría creerlo. Vamos, desayunemos algo, y pongámonos en marcha. Si las cosas no son tan sencillas como parecen, hoy será un día muy largo"
Leo se ofreció a cazar algo mientras avivaban el fuego, y los dos aceptaron de inmediato. Al igual que su sed siempre ha sido mayor que la mía, en este plano su apetito también le gana de largo al mío. Leo equipó el arco, alejándose en dirección a la espesura, mientras Lyosha se inclinaba sobre mí para saludarme con un suave beso.
"¿Has dormido bien, querida?"
"Me desperté cuando cambiasteis la guardia", expliqué, mirando de refilón a Tadeo.
"Tenías frío", sonrió Lyosha. Y supe que lo hacía más para disculparse con Tadeo que para mantener una conversación.
"Si, pero cuando Tadeo ocupó tu lugar, volví a dormirme enseguida"
"Me alegra oír eso", respondió Lyosha, tomando asiento junto a mí.
Tadeo masculló unas cuantas palabras incomprensibles, que ahora identifiqué de inmediato como pertenecientes a su lengua natal, y finalmente se encogió de hombros, como si hablara consigo mismo. Terminó de avivar el fuego, y tomó asiento frente a nosotros. Lyosha lo contemplaba con expresión burlona.
"No es de buena educación hablar en un idioma que no entiendo", protesté.
"No te hablaba a ti, querida", replicó Tadeo, con una brusquedad oculta en sus palabras, que casi me hizo encoger. "Lo siento", se apresuró a añadir. "No quería hablarte así. No me he levantado de buen humor esta mañana"
A mis labios estuvo a punto de asomar una réplica mordaz acerca del buen humor con el que se había levantado la mañana anterior después de haber dormido con la ramera, pero no tengo demasiadas ganas de discutir, así que cerré la boca de golpe, y acepté sus disculpas sin muchas ganas. Incluso a mi me sonaron falsas mis propias palabras. Tadeo pareció herido, pero se limitó a disimularlo, escondiendo sus ojos a mi vista tras sus largos cabellos cenicientos. A continuación, se puso en pie, anunciando que ayudaría a Leo con la caza. Irritada, me sumí en un silencio obstinado que Lyosha no se esforzó en romper, manteniéndose a mi lado y estrechándome en sus brazos sin decir ni una sola palabra, hasta que su hermano y su amigo volvieron con un par de liebres de buen tamaño.
Asaron los animales en la hoguera durante un tiempo tan breve que cualquier cocinero humano se hubiera llevado las manos a la cabeza, escandalizado. Pero supongo que es lógico. Ni aún convertidos en humanos les va a molestar el sabor de la sangre y la carne cruda. Cuando dieron cuenta de las liebres, limpiaron rápida y eficientemente el campamento, y comenzamos nuestro camino.
Al contrario que otros días, en los que abundaban las burlas, los juegos y las risas, esta vez un velo de silencio y de negros presagios parece haberse extendido sobre nuestra pequeña comitiva. Los tres se muestran alerta, concentrados en cada movimiento, en cada sonido. Preocupados y nerviosos. Y de un humor de perros, como siempre que les posee la preocupación. Al principio pensé que podía deberse a nuestra discusión, pero no tardé en darme cuenta de que las palabras de los elfos los habían inquietado más de lo que yo pensaba. Nos detuvimos al mediodía, un pequeño alto para descansar los pies y comer unos cuantos bocados de pan, sin que nadie ofreciera encender una hoguera. Llamaría demasiado la atención. Caminamos durante horas y más horas, y ya era bien entrada la noche cuando Lyosha dio el alto.
"No podemos avanzar más. Estamos a punto de entrar en las ciénagas, y prefiero iniciar el camino en ellas a la luz del día"
