Holaaa a todos y a todas… me demoré un poquitín con ésta actualización, pero espero sea de su agrado.

Estuve mirando unos capítulos de DBZ y me topé con ese en que Vegeta se pone celoso porque Gokú ofrece a su Bulma xD entonces…pensé…dudo que Bulma haya sido una mujer que hacía todo lo que él quería, ya sabemos que es muy terca…me imaginé una situación en que Bulma hace algo que le gusta pero que esto, no le agrada al saiyajin por lo celoso que es, el contexto es maso menos ese.

Gracias por los reviews en el chap anterior! Son unas linduras (:

Besos infinitos y nos leemos muy pronto!

Disclaimer: Los personajes utilizados en ésta historia pertenecen a Akira Toriyama.


ETÉREO

Ella estaba helada de frío, pero de sus labios no salió ni una sola protesta. El tiempo no acompañaba en absoluto y cuando su amigo Ethan decidía que la luz era la adecuada, todo el mundo callaba y hacía lo que tenía que hacer. Él era un artista, una de esas mentes brillantes que emocionaban al mundo con su fotografía. No solo se limitaba a pulsar los botones de la cámara, se pasaba horas esperando hasta que el ambiente, el tono y el instante eran los adecuados para maravillar con su perfección.

Bulma estaba desnuda, sentada en un banco en mitad de la calle, con un paraguas sobre la cabeza mientras llovía a cántaros sobre ella. El equipo de Ethan estaba cubierto por plásticos, los que controlaban las luces exteriores tenían que tener cuidado para que no se mojaran ni los focos ni los cables ni nada importante mientras que el propio fotógrafo esperaba sentado bajo una carpa hasta que la luz incidiera correctamente sobre el bello cuerpo de Bulma. Ella era su musa, su mejor amiga, a la que había fotografiado de mil formas distintas tanto vestida como desnuda, claro a petición de ella y siempre de manera profesional. Hoy, al levantarse por la mañana y ver el cielo nublado, en un alarde de inspiración había movilizado a todos los técnicos para que salieran afuera.

El excéntrico fotógrafo había decidido que ella tenía que posar desnuda para esa serie de fotografías, que tenían como finalidad mostrar la belleza de la vulnerabilidad femenina bajo una implacable tormenta. Él quería llamar a su colección algo así como: "¿Cuando dices que vienes?" y Bulma debía permanecer sentada, desnuda, bajo una lluvia torrencial, esperando al hombre que amaba y demostrando que no importaban las inclemencias del tiempo, ella esperaría en ese banco hasta el fin del mundo. Mientras los técnicos esperaban a que el fotógrafo empezase a disparar con la cámara, muchos vacilaban al ver a la linda figura de Bulma calada hasta los huesos y temblando de frío. Pero Ethan había dejado instrucciones claras de que ella no podía vestirse, porque si lo hacía, perderían un tiempo muy valioso mientras se quitaba la ropa y el instante se desvanecería.

Ella se mantenía oculta bajo el paraguas, con el pelo húmedo y pegado a la cara, los labios pálidos y los ojos vidriosos. Nadie se daba cuenta de que estaba llorando, el agua de la lluvia borraba las lágrimas de sus mejillas y lo agradecía, porque le permitía desahogar su tristeza sin que nadie la molestara. Estaba muy dolida a causa de la última discusión con Vegeta, una discusión que había acabado cuando él salió volando por la ventana maldiciendo en su idioma natal y con la seguridad de que jamás volvería a verle.

Encogió los dedos de los pies y se limpió la cara con las manos, tenía los dedos arrugados como pasas y movió el paraguas para cubrirse un poco mejor. El motivo de su discusión era siempre el mismo, el hecho de que posara desnuda bajo la tiránica vigilancia de aquel loco de la fotografía, Vegeta no lo soportaba, simplemente no entendía sus motivos. Bulma era una mujer bella, y además había sido agraciada con el cuerpo de una diosa.

Ethan le había dicho muchas veces que era una lástima que no fuera tan conocida por eso, era tan guapa como las modelos más cotizadas, era conocida por ser una gran científica pero que tenía un cuerpo tan arrebatador que muchas podían sentirse envidiosas. Por eso, en ninguna de las fotos que le hacía, aparecía su cara, a pedido de su amiga.

Si por algún movimiento aparecía alguna parte de su rostro, automáticamente la foto se descartaba, aunque fuese una obra maestra. Ella había aprendido a no provocar de más a Vegeta, no llevaban mucho tiempo en una "relación", pero esto era una liberación, uno de los medios por los que sentía a su alma abrir las alas y volar hacia el infinito.

Había recibido una llamada de su amigo que sabía podía reclamar su presencia en cualquier instante que tuviera un ataque de creatividad, cosa que ocurría con mucha frecuencia, así que había aprendido a mantener la boca cerrada y mostrarle lo que él quería ver, su cuerpo. Como él pocas veces la miraba a los ojos, no podía ver que ahora estaba llorando por su culpa.

¿De verdad merecía la pena todo este esfuerzo, de verdad merecía la pena haber peleado con Vegeta por obtener ésta liberación?

Por fin, tras una larga espera de veinte minutos, el fotógrafo se enfundó en un enorme saco impermeable y seguido por un grupo de ayudantes que sostenían un plástico sobre él, empezó a hacer fotos. Comenzó a dar vueltas alrededor de ella mientras accionaba el disparador automático de su cámara de última generación. Cada disparo realizaba una serie de diez instantáneas con medio segundo de diferencia y tras una vuelta completa alrededor del banco, tenía más de cien capturas del cuerpo de Bulma, del paraguas y de la lluvia que caía a chorros por la lona y aterrizaba sobre las rodillas y los delicados pies femeninos.

— ¿Bulma, puedes dejar de temblar? —Masculló el fotógrafo— Y, por favor, evita erizarte la piel, no queda nada bien... No hace tanto frío. Luego le diré a Koichi que te prepare un chocolate caliente, pero cariño, si te pones a tiritar no vamos a terminar nunca.

Ella asintió y se acomodó como mejor pudo, apretando los dientes para que no le temblaran. Inspiró hondo varias veces y se concentró en algo cálido, tratando de controlar el frío que se le metía hasta en los huesos. No era la primera vez que se resfriaba por ir con Ethan y ayudarlo, de hecho era algo bastante habitual y se había curtido bien a base de heladas. A veces había posado desnuda sobre la nieve, un poco de lluvia no era para tanto, como bien decía el fotógrafo.

—Eso es, muy bien, perfecto... —decía el fotógrafo— Así... ¿pero qué...? ¿Qué está haciendo este hombre aquí? ¿No ve que estamos trabajando...?

De pronto escuchó un grito y un golpe seguido de una ristra de improperios y levantó la cabeza para ver lo que estaba pasando, algo imperdonable porque no se le podía ver la cara en las fotos. Ethan estaba en el suelo y sobre él había un hombre con el puño alzado agarrándolo por la solapa de la chaqueta para que no pudiera escapar. Era Vegeta. El impetuoso Vegeta. El mismo Vegeta que había salido volando por la ventana y se había marchado de la habitación que compartían para no volver jamás.

— ¡Me importa una mierda si te interrumpo desgraciado! ¡Eres un imbécil! ¡Insecto! —gritaba mientras descargaba furiosos puñetazos contra Ethan, claro que se controlaba para no matarlo tan rápidamente, quería hacerlo sufrir, el fotógrafo trataba de protegerse con los brazos. Su rabia era imparable, los técnicos y los ayudantes vacilaron a la hora de acercarse, no solo por la violencia de aquel ataque sino porque muchos de ellos pensaban que el fotógrafo merecía aquella paliza y unas cuantas más, sabían que se aprovechaba de la amistad de la científica— ¿Cómo has sido capaz de pedirle esto? ¿Cómo puedes seguir llamándote hombre? ¡Te voy a partir la cara!

— ¡Vegeta! —chilló una voz femenina.

Vegeta levantó el puño una vez más, pero lo detuvo en el aire cuando escuchó a Bulma. Todos se volvieron a mirarla. Se había puesto de pie y el agua de lluvia le caía por la cabeza y por los hombros y se le había roto el paraguas. Todos enmudecieron de inmediato, abrumados por la belleza de la frágil mujer, sorprendidos al verla completamente desnuda y empapada en agua de lluvia. Estaba arrebatadora. Tenía los ojos tristes, los mechones de su largo cabello azul se le pegaban a la piel mojada y las gotas resbalaban por su piel pálida y erizada. Le temblaba el labio inferior y su pecho se agitaba con una respiración entrecortada. Era una figura gris en medio de un día gris rodeada de cosas grises y la desgarradora expresión de su rostro conmovió a todo el equipo. Era guapa, poseía esa belleza triste y a la vez armoniosa que a muchos hombres les parecía atractiva.

Desde el suelo, con la cara llena de golpes, el fotógrafo sufrió un colapso creativo y exigió una cámara, necesitaba capturar aquel momento para la posteridad. Nadie le hizo caso, pero Vegeta aprovechó para descargar el puño contra su nariz y dejarlo inconsciente. Como un toro embravecido y a punto de embestir se puso en pie y corrió hacia Bulma, a la que abrazó con tanta fuerza que a punto estuvo de romperle alguna costilla.

— ¿Qué haces aquí, Vegeta? —sollozó ella. Tenía las manos heladas, la cara helada, el cuerpo helado y el alma rota.

—He venido a por ti —dijo. Se desabrochó la chaqueta que llevaba, menos mal que la había traído y abrazó a Bulma para meterla con él dentro de la misma prenda. Le brindó un poco de su energía y frotó su cuerpo y sus brazos para hacerla entrar en la calor, dándole besos en la frente y ella empezó a llorar, este momento era simplemente etéreo — No llores, Bulma...no lo soporto —pidió con suavidad, limpiándole las lágrimas con la misma mano con la que había golpeado al fotógrafo. Los dos estaban en mitad de la acera, cubiertos de agua.

Cogió a Bulma por la cintura y se elevó con ella hacia el cielo. Ninguno de los ayudantes dijo nada, incluso pensaron que todo había sido un sueño, todo ocurrió tan rápido y así como inició ya había terminado, ambos desaparecieron de la vista de los presentes.

Al llegar a la Corporación y entrar a su habitación por la ventana aún abierta de su habitación, con fría calma, el saiyajin depositó el cuerpo desnudo de Bulma en la cama y la cubrió con una manta mientras trataba de no corresponderle la mirada. Ella levantó la vista tratando de acariciar su rostro pero de inmediato retrocedió al ver la cara desfigurada por la rabia del saiyajin. Ella, acostumbrada a los arrebatos de los hombres y en especial a los de Vegeta, supo que era mejor callar, especialmente al ver como sus nudillos rojos por la sangre, se habían puesto blancos por la fuerza con la que estaba apretando los puños para contenerse. Se acurrucó bajo la cálida manta.

—He mojado la alfombra —murmuró asustada. Él apretó los puños y la mandíbula.

— ¿Crees que eso me importa ahora? —le espetó. Ella se encogió de miedo en la cama y no pudo evitar un estornudo— ¡Mierda!

—Me estás asustando... —murmuró ella.

—Cállate mujer —contestó él con la voz estrangulada.

Sentó a Bulma en la cama y se metió en el baño para abrir los grifos de la bañera. Ella se limpió las lágrimas y con lo que tenía a mano, una servilleta de papel de color verde, se sonó la nariz y ahogó un estornudo para que él no lo escuchara. Pero lo oyó.

— ¡Maldito insecto! ¡Lo voy a matar!, ¡Debiste dejar que lo mate! —masculló Vegeta entrando como un toro en la habitación.

Estaba mojado de pies a cabeza, con toda la ropa empapada por la lluvia y trataba de calmar la furia que sentía. Observó a Bulma con la respiración nerviosa, en silencio. No estaba enfadado con ella, no podía estarlo ya la conocía de sobra, pero estaba muy enojado. Ella le miró con esos ojos de gatito indefenso y las ganas de estrangular a alguien se hicieron más fuertes. Empezó a quitarse la ropa ante la atónita mirada de Bulma, arrancándose la camisa del pecho y lanzando los zapatos por los aires. Cuando se quitó los pantalones, Bulma abrió los ojos como platos al contemplar como todo su furioso y magnífico cuerpo estaba en tensión y cómo su rabia se concentraba en una parte concreta de su cuerpo. Su miembro estaba duro como una roca y se alzaba como una espada entre sus musculosas piernas.

Se lanzó de rodillas ante ella, le separó las piernas y metió la cara entre sus muslos. Bulma se envaró, sorprendida, asustada y excitada por la vehemencia de su saiyajin cuando comenzó a besar su parte más sensible con apasionada lujuria. Ella estaba helada pero la lengua de él estaba caliente y de inmediato el calor comenzó a envolverla, el frío que sentía en los huesos fue esfumándose y su sangre se encargó de avivar cada uno de sus miembros entumecidos por la lluvia.

— ¿Vegeta? —jadeó ella.

—No digas nada, mujer... no digas nada...

Bulma se retorció en el sofá, lo cogió por el pelo y trató de apartarlo, pero Vegeta envolvió sus piernas con los brazos y separó sus muslos para acceder con mayor facilidad a su intimidad, que comenzaba a destilar la suave miel de su excitación. Ella se dobló de placer y de sus labios surgieron esos dulces lamentos que a él lo volvían loco. Sin apartar la mirada hacia sus ojos, retiró la manta en la que estaba envuelta y acarició su cuerpo frío para avivar su circulación.

Recorrió su cintura, su vientre y cubrió sus pechos con las manos. La piel pálida comenzó a enrojecerse y Bulma protestó cuando las caricias abrasaron su cuerpo. Vegeta la arrastró hasta el borde de la cama y separó sus piernas para degustarla a placer, despacio pero con una determinación arrolladora, necesitaba demostrarle lo mucho que la deseaba, era un hombre impulsivo, de pocas palabras y ésta era la única manera que había encontrado. Ella le acarició los hombros, los brazos, suspirando por sus atenciones, por salvarla de aquel momento que, aunque ella lo aceptó, estaba sufriendo mucho.

—Mujer…eres mía… —susurró Vegeta mirándola con dolor— He visto esas fotos.

Ella se puso rígida de repente y trató de apartarse de Vegeta, pero él la agarró con fuerza de la cintura y siguió acariciándola con ardor, sin dejar de mirarla. Vegeta se tapó la cara con las manos.

—No me odies... —sollozó. Vegeta le apartó las manos y comenzó a besarle la cara, deslizando la mano en suaves caricias por todos los pliegues de su nívea piel.

—No te odio. No puedo odiarte —la tranquilizó suavemente, sin dejar de estimularla, pintando con su cremosa savia cada trozo de piel— Pero no vas a volver a ir con ese imbécil, no me importa que sea tu amigo, ¿Lo entiendes? nunca más. No va a seguir aprovechándose, ni va a seguir jodiéndonos, ni va a ponerte otra vez las manos encima...

El hombre atrajo el cuerpo de Bulma y la fundió a su pecho, sin dejar de masturbarla con todo el deseo que era capaz de ofrecer. Ella, aturdida, avergonzada y excitada, le miró agradecida mientras rodeaba sus caderas con las piernas. Vegeta beso sus labios, su boca, hundiéndose entre sus dientes con la misma pasión con la que hundía los dedos entre sus piernas. Bulma le cubrió la cara con las manos, besándole, deleitándose con su lengua, gimiendo y llorando y cuando sintió el miembro de Vegeta frotarse entre sus muslos, dejó salir un largo sollozo. Con una languidez impropia en él, el saiyajin se hundió dentro de ella sin detenerse, sin ceremonias, con decisión. Ella convulsionó, el dolor que provocó su entrada no fue nada comparable al placer de sentirle sobre ella, cubriéndola con su cuerpo y colmándola con su energía, podía sentirla fluir a través de su piel, la sensación era simplemente maravillosa. Sin moverse, permitiendo a Bulma sentir su fuerza y la majestuosidad de su anatomía, le acarició la espalda, la cintura, las caderas, todo su cuerpo.

—Por favor... Vegeta... —susurró ella. Vegeta la cargó y la tumbó encima de la alfombra y apoyó los brazos a cada lado de su cabeza, sin dejar de besarla. Ella se agarró a su cuerpo con brazos y piernas cuando comenzó a embestirla con fuerza, aplastándola con su peso, algo que a ella le encantaba— Por favor...

— ¿Te gusta así? Dime cómo te gusta, dímelo mujer... te daré lo que quieras... —gimió él en su boca, cegado por la ansiedad de complacerla. Se alzó poderoso sobre ella y cogiéndola por las caderas, empezó a moverse como un loco. Le clavó los dedos en la piel tibia y ruborizada, dejándole marcas en su tierna carne y ella se agarró a la alfombra doblándose de placer y gimiendo sin control— Eres hermosa y eres mía, ¿me oyes? Eres mía, solamente mía... —y siguió repitiéndolo sin parar, igual que su arrítmico movimiento de caderas.

Observó su orgasmo con mucha atención, el brillo de su cuerpo, la magia que la envolvía cuando se liberaba con un delicioso grito y la forma en que movía las caderas para sentir como la llenaba por completo. Le ofreció su semilla, derramándose en abundancia hasta que no hubo cabida para nada más y se desbordó fuera de ella.

Al instante se desplomó sobre su frágil cuerpo, con la piel ardiendo y la respiración entrecortada. Vegeta era demasiado brusco para Bulma y siempre que la poseía le hacía daño. A ella, sin embargo, le gustaba ese dolor y por muy mal que él se sintiera, podía más su deseo por complacerla. Sabía que había sido muy brusco, estaba furioso y no había podido controlarse. Así que avergonzado por su arrebato, la abrazó con la mayor delicadeza que le fue posible tumbándose a su lado. Ella, sin embargo, le rodeó la cadera con las piernas y entrelazó los pies a su espalda, negándose a separarse de él.

—No te vayas otra vez... —suplicó lamiendo su cuello con un animalito sediento.

—No, no me voy —le aseguró él— No me voy a ir nunca más, mujer.

Bulma se movió sobre el cuerpo de su amado y acabó poniéndose encima. Vegeta se removió inquieto, notando el fuego que desprendía la piel de su mujer. Ya no estaba pálida ni fría, ahora estaba caliente y ruborizada. Su cuerpo era tan hermoso que era incapaz de mirarla durante mucho tiempo sin sentirse cegado por la lujuria. Ella se acomodó encima de él y empezó a balancearse.

—Te amo tanto Vegeta... —murmuró ella ante un arrebato de sinceridad— Dime que no me odias, por favor...

—No te odio —respondió él de inmediato, tenso y expectante— No me importan esas fotos.

Ella se detuvo y le miró fijamente. Por fin, esbozó una sonrisa. Ella lo abrazó y sin dificultad, se pusieron en pie y decidieron irse a dormir por esa noche, esa fue la primera noche en que Vegeta no se marchó antes del amanecer, fue la primera noche en que se quedó con ella hasta el final, dispuesto a soportarlo todo, porque había descubierto que no podía permanecer alejado de ella.