Resumen del capítulo anterior: A pesar de los silencios que Kagome debe guardar, Sango y ella han hecho una tregua y retomado su amistad. Por otro lado, el extraño comportamiento de Kikyou, y la certeza de la presencia de Miroku en la empresa, ha llevado a Inuyasha a enfrentarla de una vez por todas. Pero nada sale como lo planea ya que su socia lo echa de la oficina sin darle ninguna respuesta. Mientras que Kagome, consternada por haber escuchado a su verdugo tocar el piano, escucha de la boca de Kaede un recuerdo que nunca se hubiera imaginado y que guarda más significados que los que cree.
Capítulo XX: Noria
— Continúan allí, señor. Sólo han salido a arrojar algunas cajas y artículos en el cesto que se encuentra en la entrada. El chofer está ayudándolos. No han hecho otra cosa.
Perfecto. El grupo de ineptos que formaba parte de la seguridad que vigilaba a su pequeña estaba realizando impecablemente el trabajo. Meses atrás, luego de la heroica y estúpida astucia del mocoso de Shippou, varias cabezas rodaron. Un par de despidos y amenazas fueron más que suficientes. Requería gente competente, no orangutanes haraganes que deseaban obtener dinero fácil haciéndole perder el tiempo.
Seguir los pasos de una mujer y de un niño no podía ser un trabajo tan laborioso. Kagome se movía en círculo. Juraría que seguía un jodido mapa, y esos torpes ¡se atrevieron a perderla una vez!
¡¿Acaso a alguien le importaba que el crio manejara un automóvil igual que un vídeo juego de carreras?!
Seguía siendo el pretexto más patético que alguna vez escuchó.
En esa oportunidad no tenerla bajo su control le había costado caro. Sus nervios desatados crearon una incómoda situación entre su socia y él. Y Kagome coronó el cuadro con su oportuna intromisión en la oficina. Aquella muestra de valentía sólo para salvar el pellejo de la porquería de Kouga.
Su mente, sus pensamientos, eran de él. Nadie más iba a ocuparlos. Ningún otro hombre. Ella le pertenecía, y poco le importaba lo retorcido o perverso que las palabras sonasen encerradas en su cabeza.
Suya. Siempre suya.
Aún contaba con un mes para saciarse de ella. Para vengarse. Le mostraría el dolor, un leve atisbo de la traición, mientras daba rienda suelta a la pasión desmedida que seguía bulléndole en las venas.
Luego, con Naomi repuesta como muestra de su único acto humanitario, la apartaría sin piedad. Sin mirar atrás.
Kagome se lo había dicho: Era de él. Estaba allí por él y, como tal, haría lo que se le plázcase.
— ¿Señor?
— Quédate allí —gruñó, tomándose unos momentos en la puerta de entrada del penthouse para dar por terminada la llamada telefónica—, y no te muevas así haga implosión el mandito planeta. ¿Puedes comprenderme?
Un ruido secó se escuchó a través de la línea.
— Sí.
— Trasmítele el mensaje a tu compañero. Llámame si vuelven a ponerse en movimiento.
Con un resuelto ademan finalizó la comunicación sin esperar respuesta alguna de su interlocutor. Kagome estaba vigilada y a salvo. Sólo eso le importaba. Tal vez continuara siendo un completo paranoico, pero prefería prever pese a la cooperativa conducta.
La mujer era una bomba de tiempo. La conocía por completo, lo suficiente para afirmarlo con los ojos cerrados sin ningún tipo de titubeos. No tomaría riesgos por más idílica que la cotidianeidad se presentara.
La gente bajo presión actuaba de manera poco… apropiada. El hipócrita eufemismo lo hizo sonreír felinamente.
Treinta días, setecientas veinte horas, cuarenta y tres mil doscientos minutos; demasiado tiempo para que alguien decidiera cometer una tontería.
El delicioso aroma a comida lo sedujo apenas traspasó la puerta. Sin molestarse por anunciarse arrojó las llaves y el móvil dentro del cuenco sobre la mesa de entrada. El ruido proveniente de la cocina se detuvo. Tendría que aprender a ser más silencioso.
— ¿Inuyasha?
La figura de Kaede entró en su campo de visión causándole gracias. ¿Qué demonios hacía, en la sala de estar, empuñando un chuchillo? Y, lo que resultaba aún más extraordinario, ¿cómo lograba moverse con aquella agilidad?
— Baja de una vez eso, vieja. —le reprendió frunciendo las cejas y aguantando las ganas de reír—. Tengo suficientes problemas como para terminar en el hospital por ti.
— Ten un poco de respeto. Tus padres te han educado mejor.
— ¿Qué intentabas hacer?
La anciana alzó, aséptica, ambas cejas antes de responder con total simpleza y resolución:
— Defenderme.
Oh, ¿lo que acabada de escuchar había sido pronunciado? ¡Algo así no podía estar pasando en su casa! Rayaba lo absurdo.
— ¿De quién? —se atrevió a inquirir con más extrañeza aún. Si alguien hubiera puesto a Kagome, Souta o Kaede en peligro su servicio ya le habría comunicado sobre el asunto y, lo que es peor, se hubiera encontrado aquí antes de lo acordado; no en China—. ¡Habla de una vez!
— De quien sea que entrara por esa puerta.
«¡Por amor a Kami!»
La situación, ya de por sí sacada de un programa de bajo presupuesto, se volvía cada vez mejor. ¿Cómo era posible que una mujer que, prácticamente lo crio, tomara el asunto en sus manos como en la época de las guerras civiles? Además, estaban en un penthouse, ¡un jodido y custodiado departamento que se encontraba en un vigésimo piso!
— ¡¿Tienes idea de lo descabellado que suena lo que acabas de decirme?! —vociferó exasperado—. Debes aprovechar mejor el tiempo libre que te has ganado. Deja de ver esas series que te implantan fantasmas y miedos. ¡Júntate con las otras decrepitas caseras chismosas que han inventado centenares de habladurías sobre mí!
Quince minutos después, con los nervios en su punto máximo y cada uno enfocado a sus quehaceres —Kaede concentrada en triturar las verduras con más fuerza de la necesaria e Inuyasha leyendo el reporte de finales de mes— establecieron una tregua.
Desde la biblioteca, uno de los lugares más apartados de la cocina, oyó el nuevo golpe de la cuchilla sobre la tabla de madera. Los papeles estuvieron a punto de resbalársele de las manos cuando el frío cosquilleo le atravesó la espalda y le erizó los cabellos.
Era irónico que a un hombre de su contextura le hiciera templar las piernas una mujer que le llegara al nacimiento del cuello y sus huesos sonaran al caminar como una caja de música descompuesta.
Tendría que haberle dado el doble de trabajo y no dejarla salir de la mansión. Kagome debía dejar de intervenir en las decisiones que concernían a su personal.
¡Esa mujer era el demonio!
¡¿Cómo jamás lo vio?!
¡¿Cómo sus padres no lo hicieron?!
Estaba rodeado de locos. Desde los aprovechando, pasando por el doble de riesgo y concluyendo con la veterana exterminadora. Toda una amorfa colectividad.
Dos golpes en la puerta le hicieron levantar el rostro. Los ojos de Kaede se clavaron con indignación en los suyos. El rictus en el rostro era tan lúgubre que temió por su vida. Apostaría buena parte de la fortuna que por herencia le correspondía que ella estaba allí para terminar el trabajo. Sólo tenía que avanzar un par de pasos, los suficientes para encontrar un mejor rango de visión y puntería, y arrojarle un cuchillazo que terminara por incrustarse en medio de su frente.
Ahora, ¿quién estaba comenzando a perturbarse seriamente?
— ¿Ha sido anómalo que no me preguntes por la niña al llegar? —ametralló la mujer sin ningún tipo de anestesia—, en vista que telefoneas varias veces al día cuando estás fuera. Por cierto, regresaste antes de lo planeado.
Si fuera cualquier otro empelado lo estaría arrojado de la ventana más próxima. Por un momento la idea le resulto terriblemente seductora, y más cuando le echó un leve vistazo por el rabillo del ojo al ventanal. Chasqueó la lengua, lastima, no llegaría muy lejos. Los jardines eran tan amplios que colindaban con la biblioteca; tendrían que salir a los mismos, o a las terrazas, si quería que su idea resultara efectiva. Por muy guerrera que Kaede fuera, no sabía volar. Pero, pese a todos los dolores de cabeza producto de las reiteradas discusiones de los últimos meses, principalmente desde la llegada de Kagome, se trataba de ella; y la apreciaba como a una madre.
Dejó los papeles y se masajeó ambas sienes. Su viaje, por muy prometedor en cuanto a los negocios que resultase, terminó siendo todo un desastre. Kikyou lo abandonó, alegando una absurda excusa de último minuto, soltándole la mano.
La relación entre ellos no había mejorado, más bien todo lo contario. Las secretarias de ambos se volvieron sus intermediarios e ellos disminuían al máximo la posibilidad de habitar, ya sea sólo por unos segundos, el mismo metro cuadro.
La cuestión con respecto al traidor de Miroku todavía no había sido aclarada, ni mucho menos zanjada. Confiaba ciegamente en ella… o por lo menos así era unos meses atrás, antes que las cámaras mostraban como, pese a la implícita y reiterada negativa establecida hacía tres años, pasara por alto la imposición tajante que él estableció para permitir el ingreso de aquel sujeto a la empresa vaya a saber con qué propósitos.
No tenía ninguna prueba contundente para afirmar absolutamente nada, lo que le desesperada. Pero su insólita forma de actuar le bastaba.
Y después, después se encontraban aquellos anónimos que, sin saber cómo, siempre llegaban a sus manos. Desde hacía dos semanas que aparecían traspapelados junto a los archivos que estaban sobre su escritorio, o en cualquier lugar que él se encontrase.
Era imposible mandar a realizar una pericia caligráfica, aunque la sola idea sonaba descabellada en sí. Los anónimos no contenían amenaza alguna, pero sí una palabra. Un nombre formado por letras previamente recortadas de algún medio grafico elegido al azar:
«Kikyou»
Sin advertencias, sin afirmaciones que lo obligaran a actuar. Sólo el nombre de su socia.
— Estoy segura, como cada cana que poseo en mi cabello, que tus perros de caza están vigilándola —le reprochó, aprovechando que el joven no le había devuelto la estocada—. Sé que la vigilas desde que ha venido aquí con su pequeño hermano. Te desconozco, aún más de lo que ya lo hacía.
El murmullo triste y apesadumbrado lo obligó a terminar con sus acciones y contemplarla en silencio.
— Déjala ir —imploró, con el corazón sujetado en un puño—. La obligaste a volver a ti por su madre. La manipulaste sabiendo que podrías hacerlo porque se encontraba desesperada. Ella, al igual que tú, hubiera dado su vida por la misma causa. Y te la ha brindado. Es tiempo de perdonar, joven Inuyasha. Es ahora de exorcizar.
Él jamás sabría el valor que la anciana casera acumuló. La fuerza titánica que necesitó para expresar lo anterior. Una parte de su cuerpo estaba muriendo allí, en aquella exquisita habitación, como consecuencia de la súbita imagen de Izayoi conformándose en la nebulosa de sus pensamientos. Juró protegerlo, aconsejarlo y cuidarlo; pero si uno de los factores ponía en peligro a una criatura como Kagome, ya no tendría fuerzas para llevar a cabo su labor sin intervenir.
Por meses fue la concejera de la muchacha, e intentó encontrar al niño que cuidó en el demonio que se alzaba frente a ella. Ya no estaba. Sólo sombras y dolor.
Tormentos.
Se negaba a perder la esperanza pese al resolutorio veredicto. Allí, ¡tenía que haber algo de aquella herida y maltrecha alma! Si él pudiera ver más allá. Sí sólo viera la realidad. El sufrimiento resultó ser cegador, y el amor que Inuyasha le profesaba a aquella muchacha no abrió sus ojos. Lo empeoró.
Nadie se atrevió a dialogar o indagar sobre el tema. Con absoluto mutismo observó como él encerraba en las profundidades de su corazón la amargura que reinaba en su interior. Entonces mutó y un extraño nació. Comenzó a hablar, tocar, oír, ver y respirar; pero ya no estaba.
Su pequeño se marchó.
No permitiría que inocentes acabaran destruidos. Dos vidas de un disparo. Carecía de testigos, o de pruebas, pero la verdad resurgía por sobre todos los obstáculos creados. Él tenía que ver la inocencia de Kagome; porque en caso contrario, lo único que lograría sería invertir los papeles.
Inuyasha acabaría muerto a manos de su verdugo.
Muerto en vida.
Los orbes del hombre se oscurecieron y su demonio interior bramó frenético con las fauces abiertas.
— No.
Una sola palabra. Un tono mortal y certero. Un ultimátum implícito. La cólera tomando nuevamente el control.
— No.
Pese al hielo y la tristeza que se abría paso en su corazón, la antigua niñera dio un paso hacia él tratando de romper la coroza construida alrededor.
— Piensa en Naomi. Tú la aprecias —marcó con voz ahogada—. La destruirás y nada logrará que puedas salvarla. Lo hiciste, pronto volverá a su hogar. En algunas semanas. Es allí donde Kagome y Souta se encuentran ahora, intentando que todo sea confortable para su regreso. El pequeño retornará con su madre apenas suceda y tú, aunque no se lo dijeras explícitamente, le prohibiste a Kagome cuidar de ésta. Sólo tuviste que decir que contratarías una enfermera. ¿Hasta dónde te atreverás a llegar?
El rostro de Inuyasha mostraba la tensión, el esfuerzo sobrehumano para mantener el control. Kaede no pudo evitar cavilar sobre la posibilidad de salir físicamente dañada de la misma cruenta forma con la que se manejaba para con su antigua amada.
«No», se dijo al instante. Jamás debía olvidar con quién estaba tratando.
— Responde lo que te he preguntado. —movió las manos con desesperación al no obtener respuesta—. ¡¿Qué es lo que te ha hecho?!
Al contrario de lo explosión de furia que esperaba, él se movió tranquilamente en la silla y pasó la lengua por los resecos labios, como si saboreara los segundos previos que se estaba tomando antes de hablar. El reflejo de la intensa ira que gobernaba con verdadera y temible vehemencia el alma del hombre le arrebató el aliento de un certero golpe al descubrirlo en aquellos ojos.
La monocorde y medida voz la paralizó.
— Me engañó.
Era… inconcebible. Tenía que estar equivocado. Esa criatura no…
— Esa niña, la perra que tanto defiendes, no dudo un segundo cuando tuvo que revolcarse con otro. No lo hizo por dinero o necesidad, sino porque es una vil zorra. —la sínica sonrisa que dibujó enfrió la sangre de la mujer—. Así que permanecerá aquí hasta que me canse de su cuerpo. ¿He respondido tu pregunta?
¿Quién era esa persona? Ése, no podía ser Inuyasha.
Con esfuerzo recobró la compostura, aunque permaneció inmóvil tratando de procesar la información recién anunciada. Él seguía observándola sin perder la sonrisa, seguramente esperando pacientemente a que se marchara ahora que su inquietud había sido saciedad de la más bárbara forma.
Pues bien, ¡no iba a hacerlo!
Su táctica, por más que le hubiera erizado los grisáceos cabellos, no la haría flaquear. Necesitaba más si quería verla huir horrorizada.
Repuesta, y con la verdad a su favor como una epifanía divina, cuadró los hombros y lo desafió con la mirada al tiempo que se movía resolutoria y con el peso de la ley sobre sí.
— Completamente. Sólo déjame decirte algo antes de volver a mis quehaceres: Implora a Kami para que la mujer que me has descrito sea la verdadera Kagome Higurashi porque, si Él me da la razón, cuando la rueda llegue al principio tú… caerás. La vida es una noria, y cobra todo el mal que haces. Recuérdalo el día que descubras que lo que dabas por cierto era una simple patraña. Piénsalo, Inuyasha.
Avalentonada por la incrédula mirada que le estaba dando su acompañante salió de la biblioteca satisfecha consigo misma. Esperaba que sus palabras hicieran entrar en razón a esa dura cabeza antes que sea demasiado tarde para pedir clemencia. La certeza de la pronta verdad al descubierto la tranquilizaba, pero también le causaba una profunda angustia. La liberación de la niña mataría completamente al joven que se hallaba encerrado en aquella habitación.
Su instinto era quién le decía que pronto todo colapsaría; y creía ciegamente en él. Así como su corazón dictaba la inocencia de la muchacha sin ninguna prueba en su haber.
Inuyasha debía comenzar a dudar o su presagio se volvería una fatídica realidad:
Caería.
0.o.0.o.0.o.0.o.0.o.0.o.0
Sus ojos descendieron hasta el reloj de pulsera sin detener el tamborileo de sus dedos.
Estaba retrasado.
Con absoluto hermetismo posó su mano sobre la taza declinando el cordial ofrecimiento de la mesera. No era una mala infusión, algo que le resultaba particularmente extraño. Su paladar estaba acostumbrado a las más finas delicias. Y, aunque aquel café tampoco era el mejor que alguna vez hubiera probado, entraba en la corta lista.
Concluyó que no compartiría su descubrimiento. Además, lo hiciere o no, era irrisorio. Nadie de su círculo creería que un pequeño café de la zona este de Tokyo pudiera superar los estándares de la élite.
No sólo la bebida era agradable —y la palabra se cargaba de una cierta semántica diferente e insólita que la hacía reír— sino también el ordenado y pequeño local. Al parecer, contaba con un porcentaje de clientela frecuente; lo que le daba un aspecto de absoluta afabilidad y buen trato pese a los problemas particulares de ambas partes. En algunas mesas donde la familiaridad era dada por la concurrencia diaria, la atención resultaba más cercana. Las sillas se volvían divanes y los meseros confidentes temporarios.
El aroma de las galletas y tortas de manzana recién horneadas llenaban la estancia junto al sonido constante de las máquinas. Los empleados volaban hasta la barra para acercar los pedidos o cargar en las bandejas las órdenes.
Pensó que el dueño del lugar era estricto a la hora de la pulcritud. Los pisos y el mobiliario brillaban como nuevos, y los trajes que el personal usaba estaban impecables.
Allí no había nada que ella pudiera considerar proveniente de su mundo, pero se sintió como en casa, rodeada de sus costosos y finos muebles de estilo y de su ropa de diseñador.
— Lo siento, ¿demoré mucho?
Escuchar su voz la tomó desprevenida, con la guardia baja. El pequeño hecho le provocó un malestar consigo misma. La distracción no era bienvenida cuando se intentaba ser precavida. Con Naraku respirando sobre su cuello e Inuyasha actuando como un sabueso de caza no podía darse el lujo de caer en la infantil ignorancia. Debía estar atenta si deseaba minimizar el riesgo que implicaba ser abordada de forma abrupta.
— Te asusté. No estaba en mis planes que sucediera —se excusó—. Pensé que habías oído el ruido de la silla.
— No, estaba absorta.
Él alzó ambas cejas asombrado. La nueva actitud de la dama rompía los esquemas de su naturaleza.
— Es inquietante en ti. ¿Hay algo que quieras contarme?
— ¿Y qué podría contarte yo a ti? —las comisuras de sus labios se asaltaron unas pocos centímetros para plasmar una burlona sonrisa—. Nada necesario. Y déjame decirte que ello ya lo sabes.
Miroku se echó hacía atrás, dejando que su espalda reposara plenamente en el respaldo de la silla. Alzó ambas manos a la altura del torso en una clara señal de verse atrapado. Contempló en silencio como Kikyou bebía un sorbo de café y relajaba la postura. Tuvo deseos de preguntar por el atuendo que hoy llevaba puesto, aunque lo que más le llamaba la atención era el cabello. Lo traía suelto. Relajaba su rostro y le brindaba un aire místico y bello.
Kikyou siempre había sido bella; pero allí, en aquel instante, parecía terrenal y no etérea. Una mujer normal.
— Y sí, demoraste. La puntualidad no es para ti.
— ¿Cuánto?
— Quince minutos.
— Entonces estoy dentro de los límites permitidos.
— Pero no de los míos.
Miroku no pudo ocultar la sonrisa al escuchar semejantes palabras dichas. Terrenal o no, Kikyou siempre sería la misma. Una simple vestimenta no cambiaría su esencia. Tampoco lo haría su cabello. Las personas eran más complejas de lo que el común de la gente creía.
— Trataré de tenerlo en cuenta para las próximas oportunidades. —le informó con verdadero interés de cumplirlo—. Lamento que tuvieras que esperar por mí. Fui yo quien te citó aquí cuando me pediste un lugar neutral.
Ella asintió en silencio, aunque un poco sorprendida por el radical cambio en el tono de voz de su acompañante. Haber tomado la decisión de involucrarlo en aquel sombrío juego fue algo hercúleo. Cuando buscó contactarse con él no pensó en su vida, ni muchos menos en los conflictos que rodeaban la misma. Por primera vez, y pese al abrumador sentimiento que todavía le provocaba el nombre de Kagome, pensó en aquella mujer. Era el primer acto desinteresado que realizaba.
El embarazo de Yura seguía constantemente colándose en sus pensamientos cuando recordaba a Miroku. La revelación que él le había hecho aquel día en su oficina luego de años sin verse continuaba despertándole la misma conmoción. Pero ello no le importo. Aceptó ayudarla.
Sin poder detener el hilo de sus recuerdos su memoria prosiguió caminando hacia atrás, hasta un punto particular en su vida.
Lo recordaba como el antiguo "adolescente" que, sin importar la edad y por ese entonces, para ella, estaba lejos de convertirse en un hombre. Solía interrumpir las pláticas importantes con alguna elocuente broma con el propósito de dejar a los presentes desconcertados.
Aquella niñería le parecía el recuerdo de una vida pasada, ajena. Pero era la suya propia. Podría tocarla si lo deseaba. Rememoraba perfectamente hasta el más insignificante detalle, y también le causaba una amarga nostalgia. El desalentador sentimiento no era por la pérdida de esos momentos felices; sus motivos eran otros, dos en particular: Por un lado, era saber que, a pesar de haber estado frente a ella, los catalogó como trivialidades y, por el otro, marcaban el comienzo de un mundo cargado de falsedades, apariencias, envidias y engaños.
«Es la educación que tus padres te impartieron», caviló en lo más interno de su fuero con pesar; y sus ojos contemplaron al hombre que la acompañaba. Ambos habían sido preparados desde pequeños para esta vida. Su estatus social así lo indicaba.
— Por lo menos es un buen lugar —señaló, dando una nueva y rápida mirada alrededor—, ya que nuestros gustos han sido desde siempre diferentes.
Miroku le guiñó un ojo en complicidad volviendo a ser el mismo que desde antaño conocía.
— Gustos y personalidades, cariño. Gustos y personalidades.
No contaba con palabras para refutarlo y, si lo hacía, los problemas habrían terminado por volverla loca. Se negaba a permitir que eso sucediera.
— Sé que fue un poco improvista mi llamada.
— Esta vez telefoneaste. —denotó con sorpresa—. Me esperaba un frío correo electrónico. ¡No, espera!, la llamada fue igual de agradable.
Kikyou contuvo el ferviente deseo de insultarlo. ¿Qué se supone que hiciera? ¿Dulcificar su voz y preguntar por el clima? Tenían cuestiones importantes que atender. Además, aquello no tendría que sorprenderlo. Él la conocía, y no importar la poca amistad que en el pasado hubieran compartido. Ambos seguían conociéndose lo suficiente.
— Lo importante es que pude investigar acerca de lo que me comentaste —prosiguió, viendo que ella iba a continuar callada—. Utilicé algunos de los contactos de mi padre, pero di con lo que necesitábamos. ¿Por qué no me informaste que Kurosawa estaba presionándote?
La información de haberlo obligado a relacionarse, de alguna u otra forma, con su padre le hizo olvidar la pregunta que Miroku acababa de hacerle.
Miatsu había muerto avergonzado del impropio comportamiento de su hijo, y su casamiento con Yura jamás menguó dicho sentir. O, por lo menos, prefirió no demostrarlo. Que su hijo se enamorada de una muchacha de clase media como Sango era algo que Miatsu nunca contemplaría. Todos lo sabían, incluso su propia familia. Pero al final doblegó a su hijo, pese al cruento enfrentamiento desarrollado en una de las fiestas de caridad que Inu-no organizaba como padrino de un hogar que albergaba niños abandonados. La discusión había tomado tal relevancia que encabezó las portadas de la sección de sociales de los diarios. Luego de ello, padre e hijo dejaron de dirigirse la palabra; y continuó así hasta el día que Miroku se marchó para contraer matrimonio con Yura abandonando a Sango en el proceso.
¿Quién lo diría? ¡Ambos contaban con familias extraordinarias!
Menuda ironía.
— No soy una niña, puedo solucionar mis propios problemas. No necesito ayuda.
— Siempre fuiste autosuficiente, y es algo que sé muy bien —concordó—, pero si acepté jugar mi pellejo por esto, y tú tuviste el valor de contarme lo que en realidad sucedió; es porque hay un acuerdo tácito.
— Jamás te he dicho…
— Escúchame por una vez en tu vida, y ahórrate las palabras despectivas que quieras decirme. —contempló como Kikyou entrecerraba los ojos y pegaba los labios—. No sólo estoy aquí para ayudarte con Kagome, estoy aquí para mantenerte a salvo. Y no hablo de Inuyasha.
Su voz, la ferocidad y convicción en sus palabras casi le hizo perder la compostura y desencajar la mandíbula. Para ella, Miroku era un niño que no había tenido el valor de escapar de su controladora familia. Su actitud siempre la diseccionaba. Lo envidió, pero cuando lo vio perecer sin luchar lo odió. Era un hombre sin temple… manipulable.
Pero ese infante, ese adolescente que le jugaba bromas por puro placer, le estaba mostrando su original personalidad. Aquella llama dormida que habitaba en su interior.
Sus ojos le picaron, y tuvo que tragar con fuerza el nudo que se formó en su garganta. Siempre tuvo que luchar sola. Sobrevivir. Hoy un hombre se alzaba para protegerla, el mismo hombre que le había dado su comprensión al momento de confesar su mayor pecado… pecado que estaba pagando.
Porque todo regresaba a su punto de inicio, tal y como su madre alguna vez se lo susurró al oído.
En aquel momento, donde su temple estaba flaqueando, comprendió que buscar su ayuda fue la maniobra más acertada que alguna vez realizó.
No se había equivocado.
Ante ella se abría un conocimiento velado.
— Tú…tú no tendrías que hacer nada por mí. —murmuró, todavía con la garganta cerrada—. Después de la forma que te he tratado en todos estos años no puedes querer protegerme.
Él le sonrió, pero no con burla, sino de una forma verdadera y cariñosa; intentándole transmitir el calor que contenían sus palabras.
— Eres como eres. Amas u odias. Sin matices, sin puntos grises.
— Estás completamente demente, ¿te lo he dicho?
— Más veces de las que puedo recordar.
De manera incontrolable una sutil carcajada brotó por medio de sus labios. Escuchar el fluir libre de su risa le resultó impropio. Anormal. Una mujer distinta.
Cuánto se había equivocado.
— Pero, no creas que no me he dado cuenta —dijo, volviendo a retomar el anterior tema de conversación—. Si me hiciste volver antes de tiempo, dejando a mi esposa con seis meses de embarazo, hay algo más que necesitas que hago con apremio; y supongo que no tiene con volver a reencarnar en Sherlock Holmes.
Intuitivo, era una excelente palabra para caracterizarlo. Lamentaba no haberse percatado con anterioridad.
El tiempo se acortaba. Eran momentos de decisiones, no de juegos. La conclusión ya estaba tomada, e iba a hacerlo. Dejaría ir una de las cosas que más le importaba. ¿Cómo continuaría? Sólo esa vida conocía, pero no tenía opción. O, por lo menos, ya no lograba vislumbrarla. Pero no temblaría como un niño a la derriba. Jamás caería. Y, mucho menos, le daría el placer a Naraku, a ese demonio, verla de rodillas.
De todos modos, todavía aquella vida estaba en sus manos. Disfrutaría de ella, pese a saber que el final era innegable… inminente.
— Necesito tus servicios. Tus verdaderos servicios.
Miroku arqueó una ceja.
¿Qué estaba tramando?
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Sus dedos pulgar e índice lo sostuvieron con cuidado. La pequeña flor de diamantes y zafiros resplandecía bajo la luz de la luna. Centellaba con la misma intensidad de antaño. Años atrás, se había topado con él por mera casualidad luego de evaluar diferentes modelos en varios escaparates.
No era el más ostentoso para la ocasión, pero sí el perfecto.
Hablaba de ella.
Oro blanco de dieciocho quilates engastado con una flor de frangipani con pétalos de calcedonia, acompañado de una pequeña flor hecha de diamantes talla brillante. Un zafiro coronaba el centro de cada una de ellas.
Efectivamente, no había sido el mejor; pero opacó al resto.
Un anillo de compromiso.
Una propuesta nunca pronunciada.
¿Por qué aún se encontraba en sus pertenencias? ¿Por qué continuaba perteneciéndole?
Liberarlo era como perdonarla. Y se negaba hacerlo. No podía, aunque los planetas se alinearan y marcaran el final del universo como se lo conocía. Él se prometió partir de este mundo con ese rencor, siempre y cuando no diera nuevamente con ella.
Cuando dentro de un mes finalizara el trato, él podría soltar sus demonios y volver a comenzar. Sería un hombre nuevo. Con su pasado por fin enterrado. Con la presencia de Kagome fuera de sus pensamientos por completo.
Pero no se desharía del anillo. No. Lo conservaría hasta el fin de sus días, como un recordatorio de la única vez que decidió amar y fue brutalmente engañado.
Si había permanecido oculto durante tanto tiempo, ¿por qué estaba allí, sentado, contemplándolo?
Porque, por más que luchara con todas las fuerzas de su cólera, las palabas de Kaede sirvieron para hacerle vislumbrar una brecha de tiempo diferente. Una donde Kagome fuera inocente y todo se hubiera tratado de un morboso artificio para separarlos. Pero la cruda realidad era otra.
Ella jugó con él.
Kaede estaba equivocada. Y no importaba la reducida parte de él que imploraba anhelante, con mutismo y melancolía, aquella realidad ficticia.
— No pensé que te encontra…
Conmocionada por el resplandor de la sortija que Inuyasha sostenía se le fueron las palabras. Se detuvo en el quicio de la terraza, aquel que conectaba con el amplio comedor, sin aliento. Los labios le templaron, y pronto el maravilloso sábado en compañía de su hermano, Sango, Kohaku y Shipou para acondicionar el templo y albergar cómodamente a su madre nunca existió.
Le costó volver a respirar. Buscar el impulso preciso para aparentar.
Él… iba a casarse. Le pediría matrimonio a Kikyou. El solo pensamiento la hacía estremecerse con tanta violencia que tuvo que disimular cuando las piernas le fallaron y necesitó sujetarse del marco con manos trémulas.
Todo hilo de pensamiento coherente abandonó su cabeza y fue reemplazado por la imagen que tenía a pocos centímetros. ¿Por qué… por qué dolía tanto? ¿Cuál era la explicación?
— ¿Te encuentras bien?
Allí, quieta y pálida, contemplándolo con sus temerosos ojos abiertos sólo le producía querer estrecharla contra sí y calmar lo que sea que estuviera atormentándola. Pero era demasiado íntimo para ambos. Un juego por demás peligroso. Debía permanecer quieto.
Se dio cuenta que aun sostenía el anillo, así que rápidamente lo guardó en el bolsillo de su pantalón y rezó una plegaría silenciosa para que ella no lo hubiera observado, aunque una voz en su interior le dijera lo contrario.
Todavía, bastante consternada por el episodio como para sostenerse sin soporte de algo, cerró los ojos un momento mientras tragaba ruidosamente e intentaba controlar el tono de voz.
— So-solo me has dado un susto. Te esperaba mañana por la noche.
Inuyasha la miró largamente, conteniendo un instante el aliento cuando aquellos ojos volvieron a clavarse en los suyos.
— Terminé antes de lo pensado. No tenía motivos para quedarme.
— Oh. —murmuró—. Comprendo. Yo tampoco lo hubiera hecho.
— Lamento si te he dado un susto, aunque supongo que ya debes estar acostumbrada a ello.
Kagome plasmó una sonrisa ligera. El tinte juguetón de su acompañante había servido para distender el incómodo ambiente.
Fue un bálsamo curativo, y le dio fortaleza para continuar.
— Siempre llegas así. Nunca avisas y das sustos de muerte.
— Ese es el tipo de vida que tengo.
Luego, ambos se quedaron en silencio, dejando que el vacío sólo fuera llenado por el suave murmullo de sus respiraciones. Kagome aprovechó para apoyar el peso de su cuerpo sobre el quicio, teniendo así una posición mucho más placentera. Había recuperado sus fuerzas, pero aún la opresión en su pecho no disminuía.
— Tienes el cabello húmedo —notó con cierta desenvoltura Inuyasha cuando la luz del comedor le dio de lleno a su acompañante en la espalda.
— Sí. —corroboró—. Souta y yo nos hemos pasado el día en el templo. Necesito que esté listo para cuando le den el alta a mi madre. Trabajamos desde muy temprano, y cargué una muda extra de ropa para ambos. Sabía que terminaríamos llenos de polvo. Así que me duche allí. Todavía falta un par más de arreglos.
El hecho de saber que ella le estaba diciendo la verdad casi le provoca reír de puro goce.
— Supongo que estará en su habitación.
— No, está en casa de Sango. Ella y su hermano nos ayudaron. Kohaku lo invitó a pasar la noche.
— Así que estamos solos.
La voz de él fue ronca, baja e insinuante. Un murmullo suave que sólo utilizaba cuando el fuego de la pasión le comenzaba a arder en las venas. Tenía un poder de seducción innato y sabía cómo hacer para que su cuerpo siempre respondiera con total naturalidad a la tácita sugerencia.
Pese a la nueva información que minutos atrás registró, aquella vez no fue la excepción.
El matrimonio era una institución sagrada, algo que no debía mancharse; pero a su piel parecía no importarle. Tampoco al hombre que la observaba con ojos hambrientos.
— ¿Sucede algo? Te has quedado muy callada.
Kagome se mojó los labios y omitió la excitación que poco a poco se alojaba en su vientre.
— Ha refrescado. Iré a prepararme algo caliente.
Inuyasha enfocó con descaro la mirada en los pechos de su acompañante encontrando allí la prueba que buscaba: El influjo que proporciona el deseo no solo lo había afectado a él. Pero la conocía. No importaba cuántas veces la haya sostenido entre sus brazos con el sudor cubriéndole el cuerpo gracias a la pasión. Kagome no se rendiría con facilidad. Jamás sería como otras mujeres. Acercarse con movimientos felinos y tomar asiento sobre sus piernas esperando a que él la tomase bajo la luz de la luna con desenfreno estaba fuera de todos los pronósticos.
Aunque la sola idea de tenerla en ese preciso lugar casi lo hace gemir.
Era igual que un espejismo sublime. Uno que pensaba cumplir.
Pero el recordatorio del anillo de compromiso guardado presurosamente en su bolsillo fue un balde de agua fría lo suficientemente efectivo como para que volviera su alocado termostato a la normalidad.
— ¿Quieres algo?
— Estoy bien —respondió, con aquel tono pragmático practicado durante años. Lo que en realidad desea no podía decírselo. Ni siquiera a él mismo —, no te molestes por mí.
Ella prefirió guardar silencio y no insistir. Retrucar carecía de sentido. Él había rechazado mucho más que un mero ofrecimiento. Las palabras cargaban una connotación que desconocía, una connotación que superaba, y algo en su fuero interno se lo decía, la incómoda situación producida por el pedido de mano descubierto.
— No es molestia. No lo ha sido a lo largo de estos meses. Sólo quiero que lo sepas.
Inuyasha exhaló un largo y cansino suspiro cuando se encontró nuevamente en soledad. Sujetó la cabeza con ambas manos y se maldijo a sí mismo por lo cobarde y patético que se estaba comportando. Él no actuaba sí. Unas cuantas palabras sobre Kagome no debían atormentarlo.
Revolver el pasado sólo alimentaba viejos martirios. Y era tarde para anhelos desesperados.
«Cuando la rueda llegue al principio tú… caerás»
Absurdo. Kaede estaba demente. Cuando el tiempo se agotara saldría airoso como en cada negocio.
Esa era la única e indiscutible verdad. El resto era falso. Una puesta en escena por parte de su entorno.
Sólo eso.
El final ya estaba marcado.
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Himiko esperó con paciencia a que la información visible en la pantalla del ordenador saliera impresa. Aprovechando los breves segundos con los que contaba se permitió sonreír ante su reciente y brillante futuro. Ser secretaría no era un empleo con el cual se pudiera ahorrar cuantiosas sumas de dinero, ni permitirse excesivos gastos durante el mes; más si sólo se estaba por un periodo de tiempo previamente pautado, como en su caso. Pero ahora era permanente, y todo gracias a la señorita Kikyou.
Casi se había echado a sollozar al momento de escuchar semejante asenso. Por suerte Kami le brindó las fuerzas necesarias para contenerse y retener las lágrimas. Hubiera sido todo un desatino de su parte conociendo el carácter de su empleadora. El ecuánime discurso y palabras de felicitación que le dirigió en la intimidad de su despacho le calentaron el corazón.
A pesar de no tener motivos para pronunciarse en su nombre, lo hizo. Su jefa se tomaba con absoluta seriedad los empleados que estaban directamente bajo su cargo. Por ello es que le comunicó que no dudó en ir primeramente, entes de concentrarse en los pendientes del día, a Recursos Humanos y pedir que la ascendieran. Himiko sabía que era una patraña. La señorita Kikyou imponía, no reflexionaba.
Al parecer, no estaba muy conmovida por haber dado por concluido el contrato laboral con su anterior secretaría. La notó bastante ofendida consigo misma por la demora de aquella resolución. No era una novedad, aunque como todo chisme de corredor se había tomado con recaudo, que la persona que antes ocupaba su puesto, y a la cual reemplazó hasta esa mañana, pidió vacaciones anticipadas producto del desmejoramiento de un familiar. Por el loable argumento que soltó para obtenerlas, la empresa le concedió los días necesarios con las respectivas observaciones.
Que su jefa se enterara del fraude no la sorprendió. La mujer era un águila para los negocios.
Reparó con extrañeza en el repentino silencio. Medio segundo después cayó en cuenta que la impresión había concluido. Pase a tomar el recaudo necesario previo a la impresión de la información, cotejó lo transcripto.
Se negó a sacar conclusiones apresuradas, pero se trataba de un reconocido — según la información que había podido relevar de varias páginas— médico psiquiátrico.
A simple vista, y dejando de lado el fuerte carácter con el que mandaba al personal, la mujer que se encontraba trabajando afanosamente del otro lado de la puerta estaba en sus cinco sentidos.
Le fue pedida completa confidencialidad sobre el caso. Y así sería. Mantener la confianza era una de sus mayores máximas.
Contuvo un momento la respiración antes de botarla suavemente y atreverse a tocar la puerta con los papeles anclados contra su pecho.
— ¿Señorita Kikyou?
— Pasa.
Abrió la misma con la mayor delicadeza posible y caminó por inercia hacía el escritorio colocado a su izquierda.
— Estoy aquí, Himiko.
La afirmación flotando en el ambiente la hizo pestañar desconcertada al tiempo que sentía sus mejillas colorearse producto de la reciente vergüenza.
La cómoda silla detrás del escritorio se encontraba vacía. Parecía pobre, carente de gracia alguna, sin la avallasante presencia de la dueña.
Kikyou leyó los alterados pensamientos de la muchacha en sus ojos. Con un golpe seco cerró la carpeta que estaba leyendo y la echó a un lado sobre el sillón donde estaba plácidamente acomodada. Le brindó una escueta sonrisa a su acompañante y extendió el brazo.
— Lo sé. También lo es para mí. ¿Cuántas veces me has encontrado aquí desde que estás bajo mis servicios?
Himiko meditó un momento si avanzar o no hacía aquella dama de hierro. Desde su perfecto ángulo de visión, y con la luz temprana del sol bañándola con toda la grandeza de los antiguos reyes proclamados por Dios, ya no era una simple mortal. Supo que debía controlar la admiración que estaba llenándole el pecho con sólo contemplarla y caminar recto.
Tuvo que concentrarse con verdadero apremio para recordar qué era lo que le había preguntado.
— Nunca, señorita Kikyou.
La interpelada asintió complacida.
— Creo que es la primera vez que decido tomar asiento en este sillón. Sabes, yo misma me encargué de elegirlo cuando me hice cargo de este despacho y de la mitad de la compañía. —comentó, por un instante abstraída en el recuerdo—. Inu-no me di completa autonomía para disponer a mi gusto y complacencia. Una de las primeras cosas que hice fue contratar a un decorador de interiores. Quería que la oficina se ajustara a mi personalidad.
La joven secretaría le alcanzó el papel tratando de mantenerse estoica ante el insólito discurso que su empleadora estaba desarrollando.
Kikyou leyó la información, pero su boca siguió moviéndose para continuar con el relato:
— Las únicas dos cosas que elegí por mi cuenta fueron este sillón de tres cuerpos y el que se encuentra detrás del escritorio. No gasté un solo centavo, salvo el traslado. Eran los favoritos de mi madre.
Aliviada por poder participar aunque sea escuetamente de la conversación, Himiko habló:
— Su madre tiene muy buen gusto.
— Tenía. Falleció. — levantó la vista con tranquilidad y la miró fijamente—. Quería que ella fuera parte de esto. Soy su logro. Todo lo que me rodea es producto de su disciplina. De mi padre también, no voy a negarlo; pero mi madre es quién se lleva el mérito.
— Yo… señorita Kikyou, no sabía nada. Lo siento.
Ella se encogió de hombros quitándole importancia, aunque captó perfectamente que el sentimiento en la voz de su secretaría era verdadero. Le calentó levemente el corazón. Pocas personas habían sentido con genuino pesar la pérdida de su madre. Era una mujer con una agenda repleta de contactos, pero ninguno de ellos, ni siquiera los más cercanos, derramaron una sola lágrima al enterarse de su muerte.
«Bastardos»
Ese último golpe le bastó para comprender el mundo y la sociedad que la rodeaba. Misma que su padre falsamente amaba. Pero él seguía sonriendo. Seguía estando inmerso, y lo seguiría estando mientras pudiera mantener su copa de champaña colmada.
La suya… y la de la mujercita de turno que estuviera acompañándolo.
— ¿Se-señorita Kikyou?
Himiko estuvo a punto de salir espantada hacía el teléfono más cercano al verla en aquel estado de catatonía. El recuerdo la llevó el día de las campanillas negras pero aun, con ese extravagante y lúgubre regalo, estaba más consciente.
La vio inflar el pecho e inhalar con profundidad. Cuando largó el aire ya había vuelto a ser la mujer que conocía.
— ¿Se encuentra bien? ¿Llamo a alguien? ¿Le alcanzo un vaso de agua?
— Demasiadas preguntas farfulladas —le reprendió—, ya hablamos sobre esto. Estoy bien, relájate.
La secretaría sonrió aliviada, pese a haberse ganado una leve reprimenda.
— Me preocupé. Lamento si soné desesperada, pero usted no se comporta de esta manera.
Kikyou sintió que contratarla como su secretaría permanente había sido una buena decisión. Más allá de las diferencias, era buena en su trabajo y daba lo mejor de sí cada día. Aun preferiría que puliera varios aspectos de su desempeño, pero no iba a negar lo obvio. Además, le inspiraba confianza. Era una criatura indefensa rodeada de lobos salvajes. Si sólo supiera para qué clase de persona se desempeñaba saldría espantada.
— Gracias por traerme lo que te pedí. Ahora ve y averíguame si Inuyasha ya ha llegado. —se reincorporó con elegancia, sujetando el papel que Himiko le imprimió y la carpeta que en primera instancia estaba leyendo—. Es temprano para él, y más siendo lunes; pero si no está en su oficina vas a tener que hacer lo mismo de siempre.
— ¿Localizarlo?
— Con éxito si fuera posible.
Cuando Himiko se marchó murmurando un formal saludo, ella dejó que los recuerdos revividos durante los últimos dos días volvieran hacer mella en su mente. La información en sus manos sólo acentuaba el dolor sepultado.
Por años arrojó dentro de las profundidades más oscuras de sus pensamientos aquella fatídica escena, la misma cantidad de años en los que se obligó a observar a su padre nuevamente con admiración. Admiración impuesta por su madre desde la cuna y, que desde la muerte de la misma, el silencioso rencor que le profesaba se lo había impedido.
Mantenían un frío trato. Sólo apariencias. Sospechaba que él era un participe voluntario porque estaba al tanto del odio que le guardaba. Dudaba que su padre se mantuviera allí por cobardía. Era su progenitor y lo conocía demasiado bien. Estaba allí, actuando el juego propuesto con encanto, sólo por su arrogancia.
Él creía tener razón. Pero no era así.
Se equivocaba.
Se equivocó.
Su madre fue un "daño colateral". Algo que estaba fuera de los planes iniciales pero que, cuando salió herido, debía ocultárselo a como diera lugar.
Él formaba parte de aquellas personas que no lloraron su perdida. No mostró ningún sentimiento al momento de su partida. Ni pesadumbre o aflicción. Nada.
Pocos días después supo el motivo: Tenía una amante.
Sí, otra mujer que calentara su lecho. Otra ramera a quien envolver en seda y adornar con joyas. Otra con quien revolcarse mientras ella se quedaba a presenciar los brotes de esquizofrenia de su madre. Los gritos del personal. La llegada impetuosa de los médicos. Las suplicas vociferadas.
Su padre se negó a internarla, pese a la recomendación del galeno, por considerar deshonroso que se supiese la locura de su mujer. Así que era un paciente ambulatorio, aunque la clínica se hubiese trasladado a un ala de su casa pocos meses antes de su muerte.
«Es mejor así, querida Kikyou. Es lo mejor para tu madre», le había dicho una tarde sosteniendo un costoso e importado habano con una de sus manos. Y ella creyó en él porque —¡vamos!— eran de la misma sangre. La única persona que no la traicionaría ni le daría la espalda.
Lo que no sabía por aquel entonces, cuando su madre estaba teniendo los primeros brotes, es que su padre era capaz de vender hasta su propia alma con total de obtener sus propósitos.
Tan miserable fue que, pese a la advertencia de su madre, aquella nefasta noche se marchó.
Ocho horas después la mucama la halló muerta en el piso del dormitorio producto de una sobredosis. Nadie comprendió cómo el frasco de pastillas terminó en sus manos. Lo único importante era que, al lado de su inerte cuerpo, descansaba la fotografía de su casamiento.
Culpaba a su padre de la muerte de su madre, pero no lo tocaría por el lazo que ambos mantenían.
Por lo menos no directamente.
Kikyou abrió nuevamente la carpeta que Miroku le había proporcionado y contempló la foto carnet del hombre. Estaba completamente demacrado. Tenía los pómulos hundidos y marcadas ojeras debajo de unos fieros y llameantes orbes negros. A pesar de su palidez, de la piel curtida y reseca que saltaba a simple vista con facilidad, le agradaba ver el brillo vengativo en esa mirada.
Estaba cuerdo, lucido. El lugar donde su hermano lo encerró parecía no haber demorado su psiquis y alma. Por lo menos era lo que quería creer. Esperaba que la imagen fuera reciente.
Había contado con todo un fin de semana para saberse la ficha médica al dedillo, pero necesitaba la evaluación de una persona idónea en la materia para que leyera lo que allí estaba escrito.
Lo verdadero y lo ficticio.
Buscó el número de teléfono actualizado en la información que Himiko le entregó. Cuando pronunció su apellido a la muchacha que la atendió y ésta, luego de unos momentos, la comunicó con quien requería con urgencia, estaba segura que podría lograrlo.
— Necesito su ayuda —declaró con apremio sin mayores intermediarios—, y tiene que ser hoy mismo.
Aquello fue todo lo que hizo falta. Ese hombre se sentía en deuda con ella y, por su parte, pese al trágico final de su madre, sabía que no existía mejor especialista en la disciplina.
Tomó las cosas que preciso y salió de la oficina. Si era como pensaba tendría que hacer un largo viaje.
— Señorita Kikyou, ya hablé con la secretaría del señor Inuyasha y él está a pun…
— Déjalo así, Himiko. —le cortó, brindándole una rápida y perversa sonrisa ante los recientes pensamientos—. Si viene por mí le dices que me fui. Que va siendo hora de tomar, él, la responsabilidad completa aunque sea por un par de horas. Que regreso a las dos de la tarde y espero las correspondientes noticias que debe darme. Dile que no me llame porque no le responderé. A ver qué siente con eso. ¿Me comprendes?
— Sí.
— Bien. Continúa trabajando.
Sin más explicaciones que las dadas salió de allí. Se regodeó al pensar en el rostro que su socio pondría cuando su secretaría le informara todo lo que acababa de comunicarle. La idea de quedarse a observar era tentadora, pero tenía cosas más importantes que hacer.
Como salvar la vida de un posible alfil para poner en jaque mate al siniestro rey.
Continuará...
Supongo que muchos creerán que lo que acaban de leer no es verdad. Y los comprendo. Ha pasado demasiado tiempo y se estarán preguntando qué fue lo que me sucedió. Algunos lo saben porque me tienen en el facebook pero, para los que no, pasaré a explicar: El 27 de marzo de este año he perdido a mi padre. Se fue un compañero de aventuras, el hombre que por su profesión —profesor de Historia, pese a no ejercer— me transmitió el amor por la lectura. Fue la persona que, de alguna forma, me abrió el camino a esto y a la carrera que estudio. ¿Cómo fue que se marcho? Luego de estar internado un mes —desde el 25 de febrero— por la operación al corazón que debía practicarse y comenté en la nota anterior. Salió bien de ella, pero nadie previó que por su diabetes, su asma y su presión alta pudieran desencadenar en una pleuritis. Pese a todo lo que los médicos hicieron —no puedo quejarme para nada con ellos— la infección ganó. Se fue dormido. Estaba bajo ARM —asistencia respiratoria mecánica— al momento de perecer. Explicar bien cómo es que entró en ARM cinco días antes de morir y todo lo que sucedió en ese mes es muy largo para esta nota. Pero, por lo menos, ya están informados de lo más importante.
No hay palabras con las que pueda explicar el dolor que sentí, ni el dolor que siento hoy. Poco a poco voy retomando la cotidianidad de mi vida porque los problemas que se desencadenan luego de la muerte de un padre —tramites principalmente— son muchos.
Ustedes saben que no dejaré esta historia inconclusa, sólo debía recordar cuánto quiero esto y cuánto me sirve como distracción de mis problemas. El review número 172 me hizo recordar eso. Y, también, gracias a todos los que con su pequeño y significativo comentario me acompañan.
Chantaje entra en su recta final. Quedan pocos capítulos. Están avisados.
Besos.
Lis-Sama.
P.D: En mi perfil está colgado el anillo que está descrito por Inuyasha. Así que, si lo quieren ver, pueden darse una vuelta.
