~En las sombras.~

¿Pueden unas tijeras curar a un hombre roto por las lágrimas?
Un desvanecimiento que siento dentro
El segador en la hoja se atendrá a mí
Estoy soñando


Atardecía. Por fin los últimos rayos de sol antes de que la oscuridad cayera sobre el cielo. Allí esperaba Meiga. Paciente, sería y ante todo inexpresiva. Ahora no podía dudar, no se lo podía permitir. Cualquier cosa menos eso.

Miraba a través del ventanal. Como las sombras comenzaban a llenar todo el jardín, como todo lo que sus ojos veían era un cielo de color naranja que parecía arder y la oscuridad apoderándose de el.

Ni un solo ruido. Nada.

Fueron unos minutos interminables, sabía que no podía tardar mucho y así fue. Cuando el reloj marcó las ocho, en la octava campanada apareció esa serpiente humana, la maldad personificada. Se detuvo a las espaldas de la rubia y colocó una mano en su hombro, apartando un mechón de su cabello.

- ¿Lista querida? - susurró esa voz afilada y cargada de frialdad. Capaz de helar los huesos a cualquiera.

Ella simplemente asintió. Se volteó y tomó una gran cantidad de aire mientras levemente en una reverencia se inclinaba.

Una sonrisa sádica se dibujó en las comisuras de aquellos casi inexistentes labios de Voldemort y, antes de que Meiga pudiera darse cuenta, todo lo que se escuchó fue un suave ruido. Habían desaparecido en una espesa niebla negra.

Fue una aparición casi instantánea. Estaban en Azkabán. La tormenta parecía que en ese lugar jamás cesaba. Un guardia les esperaba. Este mismo, se inclinó ante ellos para luego conducirlos por los pasillos que cada vez parecían hacerme más estrechos, más insoportables.

Gritos, llantos, risas desquiciadas, diabólicas. En aquel lugar no había una pizca de cordura, salvo en la celda que iban a visitar.

Un golpe metálico resonó en todo el lugar. El carcelero le ofreció el paso, en primer lugar a Voldemort, quien sin dudar un segundo se dejo ver. Disfrutaba de la escena. De como los ojos de Lucius se llenaba de cólera, rabia, y sobre todo, de algo muy parecido al miedo. Liliana permanecía inmóvil junto al rubio. Compartían la misma mirada, salvo porque los ojos verdes de ella estaban hinchados de llorar, marcados por unas profundas ojeras, producidas por la falta de sueño.

- Vaya, vaya... seguís vivos - susurró la voz de Voldemort. No se acercó, estaba parado en la entrada de la celda, observando, deleitándose a cada segundo. - Querida...adelante - y con un gesto de manos, llamó la atención de Meiga quien si entró en la celda de ambos.

No dijo nada, aunque veía las intenciones de la pelirroja de abrazarla. Se apartó, impidiendo aquel gesto. Su rostro era pura piedra, frialdad. Rencor ante todo.

Como no hacían falta las palabras, simplemente, manteniendo la tensión que había en el ambiente, señaló a la pelirroja. Y fue instantáneo. El carcelero, quien estaba informado de lo que allí iba a ocurrir, se acercó y alzó a Liliana, cogiéndola del brazo. - Vaya, ¿te quedas a la sangre sucia? Bueno.. mientras sepas aprovecharla. - Voldemort casi estalló en una carcajada con sus propias palabras - Pensaba que liberarías a tu padre.. pero veo que la sangre no te mueve.


Ninguno entendía nada de lo que sucedía, y ambos miraban a Meiga esperando una respuesta, pero la rubia tan solo se giró y sacudió la cabeza para que el carcelero la siguiera.

- ¿Dónde os la lleváis? - susurró Lucius mientras se levantaba tras ellos al observar a Liliana forcejar por soltarse del agarre del hombre. En esos momentos, de haber tenido su bastón a mano, habría detenido todo aquello.

Meiga se volteó, varita en mano. La punta de esta brillaba con fuerza. Una sonrisa sádica, llena de locura, esa locura que se cernía sobre ella cada vez que recordaba a Scabior y todo lo que tuvo que sufrir.

- Me arrebataste cuanto amaba... hiciste que mi vida se cubriera del más oscuro veneno... Es hora de que sufras lo mismo que he sufrido yo. - hizo una pequeña pausa al escuchar los gritos de Liliana. Pues bien sabían que no la separarían tan fácilmente de Lucius. No otra vez.

- Lucius Malfoy no sufre... -murmuró Lucius pese a que sus palabras estaban cargadas de falsedad. Intentaba sonar firme, creíble. Pero no funciono- Lucius siempre gana.

Estaba tenso. Asustado. De haber podido, si no fuera porque cada centímetro de su cuerpo estaba magullado, habría temblado de ira al ver como estaban a punto de separarla de su lado.

- No. Lucius esta vez no gana... -Sin bajar la varita, levemente enseñó el giratiempos que colgaba de su cuello, escondido entre sus ropas. Sonrió victoriosa, casi con ironía- Reza de saber algo... tal vez Merlín aún quiera escucharte.

Y entonces, sin decir nada más, se giró y echo a andar, observando como Voldemort asentía a modo de aprobación Podían marcharse de allí, cuanto antes lo hicieran mejor.

Liliana continuaba retorciéndose, lloraba, gritaba el nombre de Lucius entre otras blasfemias. Palabras, solo eran palabras, palabras que en Meiga crearon un notable ruido y una reacción que no se esperaba nadie. Aún sostenía la varita en su mano cuando se giró y apuntó con esta a la pelirroja

-Desmaius...


Sostengo tu mano, cierro los ojos .Y todo lo que amo finalmente muere
Bebo el veneno más potente junto a ti , pero ¿por qué sonríes?

No sonrías. No tienes que sonreír
Se suponía que te marchitarías junto a mi.

~ Liliana~

¿Cuánto tiempo llevaba allí cuando me desperté? No lo sabía. Lo único que escuché fue el ruido sordo de una puerta cerrarse.

Abrí los ojos, esperando, rezando por encontrarme en aquella mugrienta celda a su lado. Pero no, no estaba allí. Estaba en la Mansión, en aquella que había sido la habitación de Lucius, en su cama tumbada.

Aturdida, me froté los ojos. Curiosamente mi cuerpo no dolía, mis heridas parecían haber sanado. Entonces lo supe, aquello no era una pesadilla. Realmente Meiga nos había separado. ¿Por qué? esa era toda pregunta que me hacía.

Cuando una vez le dije a Lucius que su hija había perdido la cabeza no me equivocaba de ninguna de las maneras. Llevaba en lo cierto mucho tiempo, pero el necio de Lucius no había querido darse cuenta y ahora era demasiado tarde.

Me sentía vacía, más que antes. Le había perdido, ya no estaba a mi lado. Su voz ya no susurraba que todo saldría bien, que si nos marchitábamos, sería juntos. Ahora solo había silencio. Un silencio que me daba incluso miedo.

Sentía ganas de llorar, y supe que lloraba cuando una de las lagrimas se detenía en mis labios. ¿Dónde estaba Lucius para decirme que odiaba tener que verme llorar? Seguramente estaría sufriendo las torturas de Azkabán. Pero aquel dolor no se podía comparar al de la perdida. ¿Quién me aseguraba a mi que nos ibamos a volver a ver?... ¿Quién me podía decir, con total seguridad que no le matarían?

Encogí las rodillas y las pegué a mi pecho. Me abracé, levemente balanceándome hasta que escondí el rostro entre mis piernas, sollozando. Susurrando su nombre una y otra vez.


No sé lo que está en mi cabeza
Pero si es bueno, entonces no me importa
La liberación de mi vida es lo que quiero y lo que necesito

~ Yaxley & Meiga ~

La rubia descansaba en el sillón, junto al fuego, copa de whisky en mano. Sonreía para si misma por las manos que que en unos instantes recorrían su cabello.

Cerró los ojos y dio un suave trago al licor, pero con necesidad. Últimamente aquello era lo único que la calmaba, que la mantenía en paz. Lo único que callaba las voces de su cabeza.

- ¿Está aquí? -susurró Yaxley en su oído en lo que se sentaba frente a ella y encendía un puro.

Como única respuesta, asintió. Se cruzó de piernas, sin soltar la copa. Sus dedos paseaban por el borde del cristal, dibujando pequeñas e invisibles formas. No dijo nada. Carraspeó unos segundos, aclarándose la voz y dejó la copa sobre la mesa.

- ¿Cuándo nos vamos a casar? -Alzó una ceja y entonces, mostró la más seductora de las sonrisas. Una sonrisa y mirada cargadas de falsedad, pero eso sería algo que él no notaría. Se mordió el labio inferior, esperaba una respuesta casi inmediata. Volvió entonces a cruzarse de piernas, cambiando la posición.

Ante aquella cuestión, Yaxley esbozó una muy leve sonrisa mientras expulsaba el humo. Tomó una copa y la llenó de licor. Antes de responder, bebió, sin perder detalle alguno de la rubia. La observaba, la devoraba con los ojos, casi aquello se estaba convirtiendo en una obsesión, en un delirio, en uno muy absurdo.

- Supongo que no tardaremos más de un par de semanas... ¿Ansiosa?

La sonrisa de Meiga se tornó un poco más victoriosa. Paseaba los dedos por su pecho, justo por la zona que caía el giratiempos. Asintió, jugando con los pliegues de la ropa.

- No te imaginas cuanto...querido.


Porque estaba completamente en un pedazo de cielo
Mientras tu ardias en el infierno, sin paz por siempre

Azkabán ~ Lucius & Voldemort ~

De nuevo solo en aquel lugar. De nuevo el silencio, pues ella ya no estaba. Ahora solo le quedaba sufrimiento, soledad. Temor.

Estaba tumbado en el suelo, mirando al techo con la mirada perdida. Su mente completamente en blanco. Lo único que había en su cabeza, si es que había algo, era la voz de ella. Sus últimos gritos antes de marcharse. Y seguramente aquello era lo único que le permitía permanecer en la maldita realidad.

Un fuego verde emanó del suelo, y entonces dio paso a la figura de la persona a la que permanecía atado hasta el día de su muerte.

Voldemort no pudo evitar una carcajada, irónica. Aunque para él aquello realmente resultaba divertido.

- Te has enamorado Lucius... Tu padre debe estar revuelto entre su tumba.

Lucius no se inmutó. Se quedo ahí tirado, manteniendo su posición. No hablaría, no diría ni sentiría nada en su presencia. Permanecía como el hielo, arrogante pese a que por dentro, poco a poco moría él solo. Se marchitaba solo. La extrañaba y se maldecía. ¿por que no habría luchado? - ¿No dices nada? Bueno.. -se paseo en círculos alrededor de aquel hombre que decía ser Lucius Malfoy, de la sombra de aquel que un día había sido su mejor mortifago.

- Aún sigo siendo demasiado bueno contigo.. vendré a por ti el día de la boda... Después te mataré.

Y tal y como había aparecido, desapareció.

- Vivir sin ella es la muerte... -susurró Lucius girando su cuerpo hacia la derecha. Dormir sería uno de sus mayores retos esa noche y lo que de vida allí le quedaba.