Las calles de la pequeña ciudad de Ishikari se caracterizaban por su tranquilidad y silencio. Con poco más de 60 mil habitantes, era el recinto perfecto para cualquier turista que necesitara escaparse de constante ajetreo de las metrópolis. Algunas ruinas arqueológicas, varios museos locales y una playa constituían los principales atractivos para atraer visitantes. Dividido en dos por el río que atravesaba buena parte de la ciudad, resultaba un lugar placentero para acostumbrarse a la quietud de la vía pública y al rumor del mar como ruido de fondo.

El rumor de un vehículo interrumpía el ambiente silencioso al circular por una de las calles cercanas al cementerio. Se trataba de un taxista feliz, porque no todos los días se presentaba la oportunidad de hacer un traslado desde el aeropuerto de Sapporo. Había sido un trayecto lo suficientemente largo para reportarle las mayores ganancias de la semana. Si no estuviera en contra de las políticas de la empresa, se habría puesto a tararear de pura alegría.

El taxi se detuvo frente a una de las casas. Puesto que los clientes no llevaban equipaje, el descenso y despedida se agilizaron más de lo habitual. Una vez que los tres pasajeros estuvieron en la acera, el taxi se dio la vuelta y arrancó de regreso. Los tres individuos quedaron frente a la residencia que sería su refugio por tiempo indefinido.

El domicilio era una casa pequeña de dos plantas, con techumbre que protegía la puerta de entrada y las dos ventanas de la planta baja. El tejado era de dos aguas y se alcanzaba a vislumbrar el tubo de una chimenea en la parte trasera. Habría lucido como un sitio acogedor, de no ser por el grado de abandono que era palpable en cada pulgada. Los vidrios estaban cubiertos por vetas de polvo, haciendo imposible mirar al interior. La pintura blanca de las paredes estaba percudida y manchada al punto de asemejar un tono grisáceo que no lucía mejor con la luz del atardecer. La pequeña zona que alguna vez fuera un jardín estaba repleta de macetas rotas, ramas secas y maleza. Era evidente que nadie había ocupado de dar mantenimiento en mucho tiempo.

— Sean bienvenidos. Me disculpo por las condiciones de la casa, pero… — el detective expresó con voz titubeante mientras abría la puerta - no he estado aquí en varios años. Por favor, pasen y pónganse cómodos. Iré a revisar que todo esté en orden con el funcionamiento de la casa.

Los dos jóvenes siguieron al detective al interior. Un olor a polvo y humedad fue lo primero que Raito pudo distinguir al cruzar la puerta. Notó que el sencillo mobiliario y algunos artículos personales habían permanecido inmunes al paso del tiempo. Una revista descansaba en la mesita auxiliar que estaba junto a un sillón descolorido. En el gancho para las llaves que estaba junto a la puerta, había una lista de pendientes domésticos que no habían llegado a completarse. Pese al abandono, la casa daba la impresión de haberse congelado en el tiempo, esperando a que sus ocupantes volvieran de un día para otro.

A diferencia de Raito, Ryuuzaki no se había detenido en el umbral. Había encontrado la pequeña cocina y la puerta hacia el baño de invitados, justo bajo la escalera que, dedujo, conduciría a las habitaciones. Se asomó hacia el patio trasero y comprobó que los vecinos habían respetado el espacio: estaba completamente vacío. Había un cuarto anexo en el exterior, que parecía ser el cuarto de servicio. El detective salió de ahí con paso fatigado, entró por la puerta trasera y encendió una luz.

— He pagado los impuestos y servicios de la casa puntualmente, por lo que no esperaba que hubiera problemas con la electricidad y el agua corriente. Afortunadamente, todo está en orden. Quisiera ofrecerles algo de cenar ahora mismo, pero no he tenido oportunidad de surtir la cocina…

Ryuuzaki llevó su pulgar a la boca.

— Es claro que se trató de una situación de emergencia, Asahi-san. Sin embargo, Kobayashi-kun y yo podemos ir a comprar las provisiones necesarias. Así podremos conocer el vecindario y corresponder a todas las molestias que se ha tomado por el bien de Kobayashi-kun.

— No es necesario. En realidad, quisiera pedirles un favor mientras yo voy a hacer unas compras. — Mientras el detective exponía su plan, Raito se incorporó a la conversación — Como verán, la casa ha estado desocupada por mucho tiempo. ¿Podrían hacerse cargo de la limpieza, mientras traigo todo lo necesario para nuestra estancia?

Ryuuzaki y Raito cruzaron miradas. Estaba claro que el detective no tenía la intención de dejarlos salir sin supervisión. Tal reticencia podía ser indicador de algo peligroso, que trascendía una mera preocupación por la seguridad del estudiante. Sin embargo, debían aparentar.

— ¡No hay ningún problema! — respondió Raito con la mejor de sus sonrisas — En realidad, sería un honor para nosotros contribuir con su hospitalidad. Estamos muy agradecidos por su preocupación hacia nosotros y procuraremos no ser una molestia. Sin embargo, nos gustaría saber cuánto tiempo estaremos aquí, para organizarnos con las actividades de la universidad. Ryuuzaki y yo tenemos suficientes tareas, por lo que quisiera tratar de mantenerme al corriente, aunque sea a distancia.

— Muy bien, tomen asiento, — el detective indicó las sillas del pequeño comedor que se resguardaba en la cocina, al tiempo que se sentaba en la más cercana — como les había dicho antes de partir, la evidencia indica que L está acosándote, Kobayashi-kun, y probablemente intente hacerte daño. Todavía no tenemos claro si las motivaciones de L para asesinar criminales se conectan contigo, pero sí los está utilizando para enviarte un mensaje… — el detective arqueó una ceja al ver que el pelinegro se acomodaba en una posición bastante inusual para ocupar una silla —Por eso, es necesario que durante su estancia aquí no mantengan comunicación con el exterior ni utilicen dispositivos electrónicos de ningún tipo. A partir de mañana podremos definir si es indispensable que permanezcan dentro del domicilio, pero por hoy necesito que no salgan de la casa. Es por su seguridad.

Sentado en su posición habitual, Ryuuzaki calibró rápidamente la información recibida. La situación no le gustaba en lo más mínimo. Ahora comprendía que su reacción instintiva de animadversión hacia la policía estaba plenamente justificada. Si sus deducciones eran correctas, su camino y el de Raito corrían el riesgo de separarse muy pronto… Tenía que comprobarlo.

— Suena más a un arresto domiciliario que a protección de testigos, Asahi-san. No tengo ningún inconveniente y Kobayashi-kun seguramente tampoco. No obstante, quisiera solicitarle permiso para seguir trabajando en el caso con usted. Incluso si sospecha que estoy relacionado con L.

Si la quijada fuera desprendible, la del detective se habría desplomado en el suelo.

— Ryuuzaki, ¿qué estás diciendo? — Raito estaba sorprendido por la franqueza del pelinegro. ¿Se había perdido de algo importante por dejar que su mente divagara en su mar personal de sentimientos anegados? Tenía que volver a ser él mismo, o sus emociones oxidarían su intelecto.

— Vamos, ¿no lo pensaste también? Yo no tengo razones para estar aquí. Las amenazas de L han sido en contra tuya, pero mi nombre jamás ha sido mencionado entre las evidencias. — la voz de Ryuuzaki era calmada y tersa, vacía de matices — Asahi-san sabe que si quiere mantenerte a salvo, lo más lógico para protección de testigos era separarnos, ya sea para reubicarme en otro hogar o para permitirme seguir con la rutina en la Universidad. Así, dificulta que yo me convierta en rehén o en un medio para seguir tu rastro. Pero no lo hizo porque fue a interceder por ti ante la administración escolar. No pudo hacer nada en mi caso porque ya descubrió que no estoy registrado como estudiante. En realidad, no pudo encontrar registros míos por ningún lado.

El detective observó al chico que se había puesto a jugar con su labio inferior mientras su mirada inspeccionaba el techo. Había esperado que esa, su sospecha, fuera una de sus cartas maestras con la que acorralar a un joven desprevenido. Y ahora, el sospechoso revelaba una compleja urdimbre de suposiciones como si hablara del clima.

— Naturalmente, no tiene prueba alguna de que yo sea L y por eso no estoy arrestado. Sin embargo, quiso aprovechar esta contingencia para dar varios golpes en caso de que sea el sospechoso que busca: me aleja de mi contexto habitual, impidiendo que tome medidas precautorias. Nos trae a un sitio completamente aislado, y establece que no usemos dispositivos electrónicos para ponerme a prueba. Si soy L y trabajo solo, las acciones de L caerán en un punto muerto mientras estoy bajo su supervisión. Si soy L, pero tengo un cómplice, las acciones del cómplice se volverán erráticas y con algo de suerte proporcionarán nuevos elementos de investigación. Si no soy L, el caso seguirá abierto y el sujeto que buscamos seguirá con sus planes… pero por lo menos tendrá la oportunidad de descartarme como posible responsable.

La tensión era tal que podría haber ahogado al detective. Raito estaba sorprendido, no tanto por la suposición de Ryuuzaki, sino por no haber sido capaz de percatarse de los riesgos que implicaba esta situación. Si las sospechas del detective aumentaban, bien podría intentar procesar a Ryuuzaki como L esperando que fuera un jurado el que determinara su culpa. Asahi Soichiro bien podría ser artífice de una separación que dificultaría al estudiante cumplir con su misión.

— Eres un joven muy inteligente… me sorprende que hayas tenido contempladas esas posibilidades y que no hayas tratado de huir o poner la situación a tu favor. Si estás tan seguro de que esas son mis líneas de acción, ¿por qué me has seguido la corriente todo el tiempo?

Los ojos de Ryuuzaki aterrizaron en el detective y, por primera vez desde que llegaron, se traslucía en ellos el brillo de una voluntad poderosa.

— Porque la promesa que hice a Kobayashi-kun es todo lo que tengo. Puede intentar interrogarme sobre ello después, pero creo que es momento de seguir lo que usted había propuesto: vaya por sus compras y nosotros nos quedaremos a limpiar. Tiene mi palabra de que no abandonaremos el domicilio. Todos sabemos que sería inconveniente e innecesario.

Desconcertado, el detective se puso en pie y se dirigió a la entrada. La franqueza del que ahora era uno de sus huéspedes lo había dejado estupefacto. Estaba bien. Sin importar que el chico hubiera visto a través de sus intenciones, su plan seguiría adelante. Después de todo, aún le quedaba confrontarlo con el as bajo la manga.

— Muy bien. Pueden ocupar uno de los cuartos de la planta alta. Los artículos de limpieza están en el cuarto de servicio. ¿Necesitan que traiga algo en específico? — dijo el detective, abandonando su expresión rígida al ver a Raito. Una breve sonrisa se apoderó de él. Se compadecía auténticamente de su situación y temía que su seguridad estuviera comprometida durante su ausencia. Sin embargo, parecía que él y el falso estudiante de intercambio mantenían una sólida amistad. Pese a sus sospechas, le resultaba poco factible que el pelinegro se atreviera a apuntar una acusación sobre sí mismo atacando al estudiante bajo estas condiciones.

— No hace falta nada, Asahi-san. Muchas gracias por sus atenciones. — fue la respuesta atenta y solícita de Raito, quien procuraba mandar un mensaje de inocencia con todo el potencial de su expresión corporal.

Se escuchó el ruido de una llave en cuanto el detective hubo cerrado la puerta principal tras de sí. Raito giró inmediatamente hacia Ryuuzaki. Las dudas lo consumían y necesitaba certezas. No solamente del caso de L, de las sospechas del detective, de la misión del karma, o de la voz que cada vez se confundía más entre la realidad y sus pesadillas. Sobre todo, las intenciones de cierto vagabundo pelinegro que había expresado, apenas unos instantes atrás, que no contaba con nada más que la promesa realizada entre ambos.

Porque la promesa que hice a Kobayashi-kun es todo lo que tengo, había dicho el chico que estaba a algunos metros de distancia.

¿Sería tanto el valor de un intercambio de servicios, como lo habían planteado al inicio? ¿O Ryuuzaki daba otros significados al valor de esa promesa? Abrumado, abrió la boca esperando que surgiera una pregunta total, la pregunta que enmarcara todas sus confusiones en unas cuantas palabras. Esperó infructuosamente a que saliera sonido alguno.

— Bien, Raito-kun, es hora de limpiar. ¿Quieres sacudir el polvo mientras yo empiezo a sacudir las camas? Se dice que la proporción de ácaros y microorganismos nocivos en la ropa de cama es muy peligrosa para la salud si no se toma en serio…

Una débil sonrisa se plantaba en la cara de Ryuuzaki, pero en su mirada persistía lo que Raito no podía interpretar sino como ansiedad. "Ansiedad… porque sabe qué es lo que quiero preguntarle". Clavado en sus ojos, Raito dio un paso. Y otro. Y uno más, hasta quedar frente al portador de una mirada que guardaba todo lo que pudo haberse pensado y escrito; la curiosidad y el asombro por lo que había en el mundo; inexpugnables laberintos; cada una de las estrellas; cada uno de los granos de arena; la noche y el día; el engranaje del amor y la modificación de la muerte; el vasto e inconcebible universo.

Raito no pudo sentir más que una infinita veneración por la mirada que ahora lo observaba con una clara confusión. De repente, se sintió incapaz de seguir navegando dentro de sus ojos. No podría hacerlo hasta descubrir el valor de la promesa que, según Ryuuzaki, era todo con lo que contaba. Tomó los delgados hombros entre sus manos y se decidió a escapar de esa mirada omnipresente. Se inclinó, cerrando los ojos, y depositó sus labios en un beso ligero.

Sorprendido, Ryuuzaki no fue capaz de pensar por un instante. Cerró los ojos también, y su mano se condujo hacia el cabello de Raito. En su corazón se cimbró, como una verdad irrefutable, la respuesta a sus propias preguntas y sintió por primera vez el impulso de una felicidad imperecedera. ¿Qué importancia podrían tener las definiciones de enciclopedia y los clichés de las adolescentes enamoradas? ¿Qué más daban los motivos para que Ryuuzaki fuera el dueño de la voz que salvaba a Raito todas las noches? ¿Cuánto podría importar que seguir al estudiante hasta el fin del mundo lo dejara en una posición comprometedora con la policía? Todos los miedos, todas las inseguridades, todas las interrogantes se desmoronaban ante la fuerza arrasadora que estaba apoderándose de su alma.

Raito se separó de Ryuuzaki y volvió a abrir los ojos. Al ver esa mirada infinita de nuevo, lo comprendió. Efectivamente, esa promesa era lo único con lo que contaban. Se trataba de una verdad, la verdad que probablemente resarciría cualquier deuda pendiente de una vida pasada, ¿cierto?

Raito no estaba dispuesto a ahogar el latido feliz de su corazón con las preguntas sobre el karma. O sobre sexualidad y estereotipos melodramáticos.

— Prefiero encargarme de las camas mientras tú sacudes el polvo, Ryuuzaki. Creo que contamos con aproximadamente una hora y veinticinco minutos para terminar antes de que regrese el detective — salió la voz perfecta, bien timbrada... pero con un dejo de nerviosismo que no escapó al pelinegro.

Ryuuzaki asintió en silencio, los ojos completamente abiertos y fijos en el estudiante. Lentamente, tomó una de las muñecas de Raito, impidiendo su escape. Tras varios segundos, en los que parecía sopesar información importante, se decidió a responder con algo más que un movimiento.

— ¿Aún no he desaparecido, Raito-kun? — murmuró.

Raito ladeó la cabeza, visiblemente confundido. Habría esperado un cúmulo de posibles reacciones, a excepción de esa pregunta inconexa. Estaba preparado para una expresión de afecto, un despliegue de ansiedad, una demostración de confusión o un brote de violencia. Pero no para esa pregunta que era incapaz de comprender.

— ¿A qué te refieres?

Ryuuzaki se despabiló inmediatamente, soltando a Raito y enfilándose hacia el cuarto de servicio.

— Creí que… No es nada, Raito-kun. Es claro que sigo aquí y eso es más que suficiente por ahora. Procedamos con la limpieza como habías indicado. Espero que Asahi-san vuelva con unos dulces; sería lamentable pasar estos días amargos sin azúcar a mi alcance.

— Pudiste haberlos pedido cuando preguntó.

— Oh, no. Eso habría aumentado las sospechas de Asahi-san hacia mí en un 3%. Lo más conveniente era no alterarlo más de lo necesario.

Raito soltó un suspiro. Sabía que ambos preferían el silencio cuando las palabras eran insuficientes para descubrir los dictados de sus intelectos. Con pasos ágiles, se dirigió al piso superior para comenzar con la limpieza.

Al subir las escaleras, Raito encontró que era una casa provista con lo más elemental. A lo largo del pequeño corredor, se disponían las puertas hacia dos habitaciones y, al fondo, un baño que sería compartido. No había más. No había cuadros, muebles accesorios o elementos decorativos en el pasillo, proporcionando un ambiente de serenidad ininterrumpida por trivialidades. Si ésa había sido la elección del detective, Raito había encontrado una razón más para simpatizar con él.

Raito entró a la habitación secundaria. Una cama matrimonial, dos mesitas accesorias, una lámpara de noche y un armario constituían todo el mobiliario. Ni siquiera había cortinas. Con la esperanza de encontrar ropa de cama, abrió la puerta corrediza del armario. Había algunos juegos de sábanas y edredones, perfectamente empacados y protegidos del polvo con bolsas de plástico. Sin embargo, al fondo, había una caja de cartón que Raito golpeó accidentalmente con el pie.

Intrigado, sacó la caja para inspeccionarla mejor. Era un poco más pesada de lo que esperaba, descartando la posibilidad de que contuviera tela. Al mirar la tapa sellada, vio la palabra rotulada con un grueso marcador.

— ¿"Shizuko"?

— La única hija del detective, que murió hace un año, tres meses y dieciséis días. Sus registros indican que padecía de severos trastornos disociativos y estaba sometida a medicación, por lo que su sobredosis fue catalogada como un accidente. — Ryuuzaki estaba parado en el quicio de la puerta, escoba en mano, observando al estudiante que había girado sorprendido — Sin embargo, estimo que hay un 32% de posibilidades de que haya sido un suicidio. Su esposa se divorció al mes siguiente. Asumo que tomó esa decisión luego de que el detective regresara al trabajo el mismo día que concluyeron los servicios funerarios. Seguramente ésta era su habitación cuando venían de visita y la caja contiene sus pertenencias.

— ¿Qué estás haciendo aquí? Creí que ibas a barrer.

— Por supuesto que sí. ¿Consideraste que es un domicilio muy pequeño? Terminé de barrer la planta baja y consideré lógico continuar en este piso.

— Empieza a barrer en el otro cuarto, entonces. Apenas voy a sacudir las sábanas aquí.

Ryuuzaki sonrió. Pese al tono severo de Raito, veía un aire de complicidad en su mirada tersa.

— Si limpiamos juntos cada espacio, terminaremos con un margen de 10 minutos de ventaja antes de que regrese Asahi-san. Esos son minutos valiosos que podemos aprovechar… — murmuró, mientras se acercaba lentamente al estudiante.

— … ¿Aprovechar en qué, Ryuuzaki? — el nerviosismo traicionó la solidez en la voz de Raito. Con cada paso de Ryuuzaki, su corazón latía con cada vez más fuerza, amenazando con salir del pecho. Y entonces…

Ryuuzaki pasó de largo, tomando una de las sábanas del armario y extendiéndola ampliamente hasta cubrir el colchón desnudo… y al estudiante que estaba al lado.

— Para decidir qué haremos con el caso y con nuestra estancia aquí. Tenemos que ser precavidos, Raito-kun. Pero antes, ¡a trabajar!

El estudiante estuvo al borde de soltar una carcajada. Sin importar cuáles fueran los nuevos términos de su interacción, parecía que no se cansarían de atrapar al otro con una jugada.