Cada capítulo está inspirado en una canción. Ya sea el nombre, la melodía, la letra, o todo lo anterior, el capítulo funciona entorno a la música. Recomiendo escuchar la canción mientras se lee el capítulo para sumergirse totalmente en la historia, aunque claro es opcional.
Canción: Happy
Artista o grupo: Pharrel Williams
Capítulo 21
Happy
"Un paranoico es alguien que tiene una leve idea de lo que se está cociendo"
– William S. Burroughs
Podría sonar una locura, pero Harold Hogan amaba su trabajo. ¿Quién era él antes de conocer a Tony? No le gustaba recordarlo. Solía pensar que existía una versión de sí mismo antes y después de aceptar el cargo, y las piezas de su vida encajaron perfectamente en el rompecabezas con el cúmulo de los años.
Se tomó la primera taza de café en medio de su cocina, con los ojos cerrados y el cerebro desconectado. Otro largo día... Apuró el líquido, caliente, negro y fuerte antes de soltar un suspiro de alivio.
Bebió la segunda taza de camino a la ducha.
Su rutina variaba pocas veces; sonaba el despertador, él lo apagaba de un manotazo, salía a rastras de la cama e iba dando tumbos hasta la cocina, donde la cafetera automática ya lo estaba esperando con la primera jarra de café.
Cuando terminó de ducharse, sus circuitos ya estaban en funcionamiento y él ya estaba demasiado despierto para enfurruñarse por estar despierto. Luego de vestirse con el traje formal negro de siempre, encendió la televisión para escuchar las noticias mientras comía un bagel tostado con queso y tocino.
Rellenó la tercera taza de café y a la carga.
Mentalmente repasó los pendientes que le aguardaban en la oficina mientras conducía su auto, respetando impecablemente señales de tráfico, luces rojas y perros cruzando la calle.
Aparte del insospechado embotellamiento de aquella mañana, nada auguraba ser un día fuera de lo ordinario.
De camino a su despacho, regañó al menos a seis empleados por no tener colocados los gafetes en el pecho y estuvo seguro que, de ser posible, habría recibido seis dedos de en medio por respuesta. Las delicias del trabajo.
Dejó caer el cuerpo sobre la silla color pardo, mullida y confortable de su escritorio, provocando unos alarmantes rechinidos por lo antigua que era ésta (o quizá por los "gruesos" otoños de su vida), y se dispuso a revisar lo primero en su agenda.
Manos a la obra.
Las próximas cinco horas consistieron en espasmos en los hombros, calambres en las piernas, dolores de cabeza, otra taza de café, más regaños a sus subordinados (empleando la llamada comunicación asertiva, no iba a dejar que la junta directiva leyera en frente de él otra vez las quejas recibidas por su culpa) y un retortijón en el estómago cuando el reloj marcó las dos de la tarde.
Hora de almorzar con Pepper.
Para no llegar tarde, dejó que el bastardo de Connor siguiera dando lamentables excusas por teléfono, sin tomarse la molestia de colgar. Sus malos procedimientos en las bodegas lo tenían harto.
Condujo por segunda vez hasta un pequeño restaurante bistro en donde Pepper y él solían almorzar juntos una vez por semana y que los dos adoraban. Eran las buenas ensaladas para ella y las buenas lasañas con carne para él. Poseía también un balcón cuya agradable vista aseaba mentes fatigadas.
Pepper ya lo estaba esperando en la usual mesita. Su cabello arreglado en una coleta, labios rojos, vestido blanco y ejecutivo, hermosa.
—¿No me trajiste flores? —saludó ella, posándole un agraciado beso en la mejilla.
—No veo porque habría de hacerlo, no las necesitas. Te ves radiante.
Ella le sonrió, complacida y encantadora.
Se sentaron, pues, a comer y a platicar de las banalidades del trabajo, la empresa, las deudas, la economía, la inflación, las flores que Pepper dejaba marchitar en su ventana lentamente. Era un gusto entablar conversaciones con ella, había algo en su persona que era tranquilizante para el espíritu y enervante para los ánimos alicaídos.
La charla, inevitablemente, tomó curso y se dirigió a Tony.
—No hemos hablado mucho últimamente —comentó ella con una sonrisa triste y nostálgica en su cara—. ¿Cómo está? ¿Debo preocuparme por él otra vez?
—Está… —meditó un segundo— trabajando. No deja el taller ni para ir al baño. Yo no me preocuparía demasiado.
—Sé que está trabajando, porque lo conozco. Te pregunté cómo está.
—Está mejor —respondió con franqueza, aunque en su voz notó que sonaba como una pregunta abierta—. No lo he visto tomar, ya no —Pepper alzó las cejas—. Sí, es difícil de creer también para mí. Pero antes lo veía con una copa de bourbon en la mano todos los días, y ahora lo vi, justamente hace poco, con un té de manzanilla, una bolsa de skittles y unos ansiolíticos. No soy Sherlock Holmes, pero me atrevo a deducir que algo ha cambiado. ¿Puedo tener una taza de café bien cargado? —pidió a la mesera cuando se acercó a ver si se les ofrecía algo—. ¿Café?
Pepper negó con la cabeza.
—No, gracias. Ya me he tomado dos. Con tres me pongo nerviosa.
—Yo necesito tres para componer una frase entera.
Ella le dedicó otra sonrisa, sin embargo, lucía contrariada.
—Vaya, no pensé que fuera capaz de dejar la bebida. Rhodey me contó que está encolerizado con él desde la fiesta de Oscorp, y que no ha cambiado nada desde entonces.
—¿Y qué va a saber Rhodey si nunca pisa la mansión o el complejo? Te digo que algo ha cambiado. Sigue siendo él mismo, pero sin alcohol. Y eso, a mi parecer, supone una gran diferencia.
Pepper asintió pensativa.
—Y hablando de cambios, ¿cómo van las cosas con Erick?
Ella esbozó una tímida sonrisa, aunque en sus ojos destellaba una pícara alegría.
—La semana pasada conocí a sus padres e iremos a un viaje a Vermont, todos juntos, en un mes. ¿No te parece que es muy pronto?
—No, si tú no lo piensas.
Ella volvió a asentir. Le dio un sorbido a su infusión de hierbabuena y miró por encima de la taza.
—Deberías buscar a alguien, también —le dijo de pronto, con una mirada que infundía mil palabras—. Alguien bueno para ti. El trabajo no lo es todo, ¿sabes? Tienes derecho a divertirte.
—Me estoy divirtiendo contigo ahora, ¿o no? —repuso él.
Pepper ladeó la cabeza, sonriente y alzando una ceja. Happy no pudo evitar sonreír también, sin embargo, sus ojos se clavaron en el arreglo floral de la mesa y no los apartó de ahí.
—Yo ya encontré a alguien, hace mucho tiempo —dijo él, con voz baja. Involuntariamente los dedos de su mano derecha masajearon el dedo anular izquierdo, donde solía tener el anillo—. Ya es el pasado, pero mis ganas de buscar a alguien como Paula perecieron junto con mi dieta.
Pepper lo miró con pena.
—¿Cuándo es su aniversario?
—Cerca de navidad.
—¿Vas a hacer algo bonito para ella este año?
La pregunta, de algún modo retorcido, consiguió animarlo.
—Sí. Estaba pensando en visitarla y montar una pequeña cena con muérdago y lirios. Y pensaba recitar sus poemas favoritos. Los del libro "Veinte poemas de amor y una canción desesperada" de Pablo Neruda.
—Bellísimo.
—Sí… —repitió— ¿No crees que soy patético?
—No, si tú no lo piensas.
Happy le dedicó una genuina y agradecida sonrisa, gastando las pocas que tenía en su repertorio de sonrisas.
Continuaron hablando sobre temas más alegres (la brillante dirección de la empresa, recuperando millones de dólares) y finalmente llegó el momento de pedir la cuenta. Discutieron como siempre sobre quién pagaría por todo, y se contentaron con pagar mitad y mitad (como siempre, también).
Cuando estaba llegando el momento de las despedidas, Pepper interrumpió la tranquila paz interior que solía sentir después del almuerzo.
—No quería comentarlo antes, en caso de arruinarte el apetito, pero hay algo muy serio de lo que deseaba hablarte.
Happy puso entera atención. Pepper tomó aire.
—¿Recuerdas a Aldrich Killian y a su empresa A.I.M.?
—Vívidamente —gruñó.
—Pues quebró —dijo ella—. Después de morir Aldrich, su hijo dirigió un tiempo la compañía, esperando borrar los pecados de su antecesor. Lo hizo fantásticamente durante unos años, a decir verdad. Casi convenció a todos que no era igual que su padre. Yo le creí —aplastó los labios en completo horror y desagrado—. Pero, aparentemente, alguien, una especie de Hacker, logró inmiscuirse en todo el sistema de A.I.M., apagándolo por completo. Todo dejó de funcionar, y no logran reestablecer control. Miles de desempleados, personas con familias, negocios derrumbados, es…espantoso. Realmente terrible. Y las demás empresas mundiales estamos preocupados. Tememos ser los siguientes. Nadie sabe quién o cómo logró hackear a tal escala una corporación como A.I.M. sin dejar rastro.
—Entiendo —dijo él con una especie de jaqueca levantándose—. Veré qué puedo hacer. Nadie se meterá con nosotros, lo prometo Pepper.
—Tal vez deberías llamar a Tony y pedirle que te ayude a investigar el sistema, juntos.
—Sé que no soy el más versado en tecnología como Tony, pero te aseguro que yo puedo encargarme del asunto. Haré algunas entrevistas a los empleados con pasados turbios y autorizaré un chequeo a las instalaciones, de arriba abajo. Buscaré videos de seguridad, encontraré algo, y si no encuentro nada, seguiré buscando hasta encontrarlo. Sabes lo persistente que soy.
Ella asintió, agradecida y un poco más calmada.
—Gracias, pero aun así pienso que deberías llamar a Tony.
—Lo tengo bajo control. No hace falta. Soy el jefe de seguridad y asset management, después de todo —dijo con orgullo y le guiñó el ojo.
Al regresar a su despacho, se tragó el orgullo y llamó a Tony. Respondió al tercer timbre.
—Tony —saludó.
—Al habla.
—Tenemos una situación. Iré directo al grano —y le puso al corriente de todo lo que escuchó en el almuerzo. Cuando terminó, la especie de jaqueca se había convertido en migraña.
—Así que pensaba que los dos podríamos llegar al fondo de esto —concluyó—. Sería genial de tu parte si haces una revisión a F.R.I.D.A.Y., y yo puedo encargarme del trabajo humano. Entrevistar a unos empleados sospechosos o deficientes. Como ese tal Connor… Como sea, pensaba que también sería bueno si revisáramos videos de seguridad en el complejo. Me tomé la libertad de analizar la situación previa al quiebre de A.I.M. y resulta que estaban aceptando internos justo antes. ¿Coincidencia? No lo creo. Seguiré a esas ratitas con microscopio.
—Sí, umm, yo me encargaré de eso. Tú enfócate en las entrevistas y yo analizaré las grabaciones.
—No es por presumir, pero soy bueno descubriendo actividades sospechosas. Pepper dice que alucino indicios de fraude seis veces al día. Cuatro de esas veces resultan ser correctas. Bueno dos. Pero de algo servirá.
—Suena estupendo, pero me parece que ya tienes demasiado en tu plato. ¿No me dijiste hace unos días lo estresado que estabas? Relájate un poco y estira las piernas. Yo me encargo del sistema, tú te encargas de interrogar a ese tal Connor.
—De acuerdo. Tienes razón. No he dormido bien últimamente, no quiero batallar con la tecnología ahora.
—Buen chico. ¿Cómo está Pepper?
—Fantástica, como siempre. Lo siento, jefe, tengo que irme. Será mejor que empiece de una vez si quiero regresar a casa y dormir temprano.
—Dulces sueños —y colgó la llamada.
Antes de empezar, tronó el cuello un par de veces y, sin perder más tiempo, encendió la computadora para revisar las grabaciones del complejo en las últimas semanas. No quiso discutir con Tony acerca de ello, porque una; su jefe era un testarudo, segunda; el maldito de Connor ya había terminado su turno y no iba a alcanzar a interrogarlo ahora.
Y tercera; no confiaba en que Tony haría el trabajo como él quería. Había aprendido y constatado que desconfiar era siempre la mejor opción. Aunque se tratara de Tony. Especialmente si se trataba de Tony. No pretendía ser desagradable, pero su jefe no estaba en su mejor momento desde lo que pasó con los vengadores. Sabía que la separación con Pepper era un indiscutible factor atribuyente, pero la desintegración de una familia dolía con más intensidad que la de una ruptura amorosa. A no ser que esa ruptura fuera causada por la muerte...
Basta de pensar en Paula por hoy, se dijo. Y puso manos a la obra.
Las próximas tres horas consistieron en él, estudiando con ojo de águila filmación por filmación, imagen borrosa por imagen borrosa, en cada rincón donde los internos pasaban. El resultado fue decepcionante. Todos parecían aburridos, como una mota de polvo sobre una hoja de papel; siempre parloteando sobre ciencia, tomando clases sobre ciencia, encerrados en un laboratorio la mayor parte del día haciendo ciencia. ¡Vamos, denme algo! Arrójenme un hueso.
Creyó encontrar algo prometedor cuando advirtió a un muchachillo nervioso recorriendo las instalaciones con actitud aprensiva, a la mitad de la noche. El joven caminaba volteando a todos lados, asomándose en cada esquina. Parecía que no deseaba encontrarse con nadie. Siguió a ese mocoso, esperanzado, hasta encontrarse con que el chico sólo buscaba un lugar donde fumar marihuana.
Exhaló un fuerte suspiro y se sirvió otra taza de café.
Continuó observando al muchacho, solo porque sí. No sabía si aquello era estrujarse el cerebro de verdad, o era que ya no hallaba una dirección para seguir. El chico abría puerta tras puerta, buscando un espacio con ventanas amplias, escondiendo en sus pantalones una bolsa de mota y estrujándola con sus puños cerrados. Y de repente se encontró con una puerta que no pudo abrir.
El chico empujó, golpeó, jaló y maldijo. Desistió con enfado y se largó rezongando por el pasillo. Que infantil, pensó Happy. Sin embargo, de igual forma le pareció raro que no consiguiera abrir la puerta. Aquella no era más que una habitación normal, creía él. La zona donde merodeaba el chico eran simples residencias para más internos o vengadores, abierto al público.
Oprimió un botón para ver el interior de esa recámara y se encontró con una pantalla en negro. ¿Qué demonios? Salió de ahí y lo intentó nuevamente. Pantalla negra. No importaba cuántas veces lo intentara, el resultado seguía siendo igual de frustrante; una imagen llena de negrura y cien preguntas.
Mientras daba unos pensativos sorbos a su café tuvo una idea. Atrasó la grabación de esa noche para ver si podía captar algo en otro momento del día. La negrura continuó por un par de horas hasta que finalmente tropezó con dos figuras entrando en la habitación.
Eran Tony y el chico ése. Peter Parker.
Observó intrigado durante un par de minutos. Tony y Peter sólo parecían estar charlando. Quiso subir el volumen para escuchar entrometidamente su conversación, pero el audio estaba apagado y no sabía cómo activarlo.
Y sin previo aviso, la imagen volvió a aparecer negra.
¿Pero por qué? se preguntó con fastidio.
Atrasó la grabación una vez más antes de que ellos entraran y se aseguró que funcionaba perfectamente. Era simplemente el registro de una habitación desordenada y vacía. Adelantó la grabación – después de que ellos entraran – y resultó que la negrura continuaba hasta el día siguiente, cuando la habitación volvía a encontrarse nuevamente vacía.
No sabía si aquello estaba relacionado con su búsqueda inicial, pero continuó espiando esa recámara en todo el día consecutivo, adelantando el video para no malgastar tiempo. Vio que Peter entraba y salía un par de veces haciendo nada importante durante el transcurso del sol. En la noche, sin embargo, volvió a entrar acompañado por Tony.
Y la cámara se oscureció al cabo de unos segundos. Buscó la grabación del día siguiente y lo mismo sucedió.
Qué raro…
La sospecha empezó a cobrar forma en algún rincón de su mente, pero apartó el pensamiento como si fuese una mosca maligna y repulsiva.
Estoy exhausto, se dijo. Reparó con cierto horror que ya eran las ocho de la noche. No iba a alcanzar a ver su programa favorito; Downton Abbey. Se tranquilizó al recordar que ese capítulo era una repetición de la tercera temporada. Tomó su maletín y apagó las luces.
Al regresar a casa, elaboró una cena rápida y se sentó a ver el final del capítulo, a pesar de haberlo visto cuatro veces ya. Masticó su sándwich con atún lentamente y le pareció que algo no estaba bien. No lo estaba disfrutando. Y entendió, con mucho fastidio, que no había dejado el trabajo en la oficina. Era nuevamente esa molesta alarma sonando en su cabeza, sólo que ahora se había amplificado hasta volverse absurdamente irritante.
Que estupidez, la verdad. Imaginarse tales cosas. Su mente le jugaba una mala pasada. Siempre se consideró a sí mismo un hombre sobrio con limitaciones creativas y falta de apreciación a las bromas. Esto, definitivamente era alguna especia de broma infligida por su propia mente agotada y comprimida por el burn out.
Llegó a la conclusión de que, en el transcurso del día siguiente, iría a hablar con Tony. Sólo para ver cuán ridículamente equivocado estaba.
Después de esos confortantes pensamientos, se arropó a sí mismo en la cama, se despidió de la foto de Paula en la mesita de al lado y durmió como tronco.
A los primeros amaneceres, envió un mensaje de texto para hacerle saber a Tony que necesitaba hablar con él. Después continuó con su sagrada rutina. El café activó sus sentidos embotados, el bagel le salió especialmente delicioso (el secreto fue el queso crema), y justo cuando iba partiendo al despacho, recibió la respuesta de Tony.
Quedaron de verse después del almuerzo, cuando ambos estaban menos ocupados.
La interrogación al desgraciado de Connor sirvió para ponerlo de buen humor. El bastardo no le dio ninguna información relevante, no obstante, sí consiguió sacarle un pequeño susto. También entrevistó a algunos personales de limpieza, secretarios y uno que otro ejecutivo de primer nivel. Al final, todo fue una pérdida de tiempo. Nadie había visto nada sospechoso o alarmante, en lo último del mes.
A las tres de la tarde en punto, atravesó el lobby de la mansión con andar despreocupado y cargando su ipad bajo el brazo.
Tony ya lo estaba esperando.
—Dichosos los ojos que te ven.
—Me robaste las palabras de la boca —respondió Happy, y se dieron un amistoso y fugaz abrazo.
—¿Te ofrezco algo? Tengo agua, medicinas y galletas de animalitos.
—No, gracias. Bueno, te acepto una galleta. Escucha, acerca de lo que te comenté ayer sobre la seguridad —desenfundó el ipad de su protector mientras hablaba—. Estuve investigando un poco y me topé con algunas irregularidades en la cámara de seguridad. Esperaba que pudieras aclararme algo al respecto.
Iba a poner en reproducción las grabaciones, pero Tony arrebató el ipad de sus manos, gentilmente. Su rostro era de divertido enfado y se alejó unos pasos, con el ipad fuera de su alcance.
—Sí que eres persistente. Te dije que yo me encargaría —dijo sin voltear a verlo.
—Persistente es mi segundo nombre. Como iba diciendo, hay unos borrones en la cámara y me preguntaba por-
—Estoy haciendo algunas actualizaciones en la configuración de F.R.I.D.A.Y. desde hace unas semanas. Resulta que está defectuosa —dijo Tony rápidamente, girándose hacia él—. Defectuosa no en el sentido de que un súper hacker la haya formateado. Defectuosa, en el sentido de que estoy ampliando sus horizontes para que me ayude con un avance de nanotecnología. Necesito que sea capaz de la microfabricación de semiconductores para estudiar la resolución nanométrica de–
El resto de lo que dijo Tony pareció crear un zumbido en su cabeza. Se sintió aturdido y miró a su jefe con cara de haber sido golpeado con un ladrillo en la quijada. Su ceño era cada vez más fruncido conforme las explicaciones se prolongaban.
En un acto inconsciente, Tony alzó la cara para rascarse la barbilla. Siguió la trayectoria de sus movimientos, y visualizó, con tiempo de sobra, una marca rojiza e inflamada en la parte expuesta de su cuello, debajo de la oreja. Lucía como si alguien (un vampiro) hubiese hincado los dientes y succionado ferozmente.
Sus pensamientos se vieron atorados en ese reparamiento y no pudo desviar los ojos del área descubierta.
Tony detuvo su incesante charla y lo miró extrañado.
—¿Me creció una segunda cabeza?
Sólo reaccionó por el sonido de otra voz, prorrumpiendo en la entrada del lobby.
—¡Hola a todos!
—Hola mallitas.
—Hola niño —Peter le dirigió una educada sonrisa que Happy no correspondió.
—¿De qué estamos hablando? —preguntó el chico arrojando la mochila escolar sobre el sofá junto a ellos.
Tony miró brevemente a Happy y adoptó una actitud neutra y distendida, y Happy reparó en que todavía no le regresaba el ipad.
—Nada relevante. Un súper hacker que desploma corporaciones mundiales. ¿Conoces a alguien?
—Mi amigo Ned pudo haberlo hecho —dijo alegremente—. Es un hacker de primera.
—Ah, sí. El que va por ahí, hackeando trajes multimillonarios —dijo Stark, irritado. Se inclinó hacia Happy—. Yo revisaría sus antecedentes —sugirió.
—¿Tu amigo tiene un pasado turbio o misterioso? ¿Algo que pueda considerar? —preguntó Happy. Se llevó una gran sorpresa al percatarse de que estaba inspeccionando discretamente el cuello de Peter con los ojos. Deja de ser un paranoico, se recriminó. ¿Qué sucede contigo? El alivio que sintió fue aún más despreciable al cerciorarse de que el chico mostraba una piel expuesta y sin marcas.
—No que yo sepa —contestó el muchacho encogiéndose de hombros—. Aunque siempre ha dicho que su sueño es ser el mejor estafador informático de nuestra era. ¿Eso cuenta?
—No realmente. ¿Puedo tener mi ipad de vuelta?
Tony se lo extendió inmediatamente y con la disculpa enmarcada en sus movimientos, como si hubiese olvidado que lo tenía en primer lugar.
—Bueno, tengo que irme —anunció Happy—. Y ¿sabes qué? Dejaré esas cuestiones de las cámaras en tus manos. Avísame cómo van las actualizaciones de F.R.I.D.A.Y. y si necesitas ayuda, estoy a una llamada de distancia.
—Dalo por hecho —dijo Tony.
—Adiós chico —se despidió meneando la mano sin verlo, y salió de ahí con paso regular y moderado. Oyó cómo Peter se despedía también en la distancia.
Mientras iba caminando a su auto estacionado afuera de la entrada, volteó hacia atrás durante un segundo y vio a Tony poniendo la mano sobre la espalda del chico, por debajo de la nuca, y haciendo ademán de guiar a Peter a otro sitio. Happy torció la cabeza. Se adentró en su auto y manejó hasta la oficina.
Una mierda. Porquería anal. Literalmente, fresca del trasero; porquería anal. Eso era lo que opinaba de toda la situación. Una clase de ficción sucia y torva que no dejaba de asombrarlo porque había sido capaz de inventarla. Qué clase de hombre tenía que ser él para concebir un escenario donde, Tony Stark, su jefe, su amigo, pondría las manos en un niño treinta años menor que él.
Estaba malinterpretando la situación terriblemente. ¿Dónde quedó el beneficio de la duda? ¿Qué hay de la amistad forjada durante años? Se negaba a tirar todo por el retrete sólo por unos cuantos indicios, aquí y allá. Nada consecuente, nada específico. Pepper tenía razón. Alucinaba mierda todo el tiempo. ¿Dónde estaba su integridad?
Sacudió la cabeza, negándose a creer en su propia estupidez. Y después sintió en el pecho la cosquilleante urgencia de reír.
Cuando Tony le ofreció trabajo, luego de haberlo rescatado de aquel accidente de motocicleta, pensó en lanzar la tarjeta de presentación con su número inscrito a la basura. Él era un boxeador profesional, ¿qué bien iba a hacerle tomar el puesto de conductor privado y guardaespaldas de un animal fiestero más joven y más descontrolado que su propia personalidad sosegada?
La decisión fue muy fácil.
Con su amor de secundaria enterrada tres metros bajo tierra, y su carrera cayendo en picada, no le quedó más opción. El dinero no abundaba en su familia. No tenía dónde caer muerto cuando la renta le llegara hasta el cuello. Nadie cuidaría de él. Estaba solo. El asuntito de boxeador rápidamente lo olvidó, puesto que se estaba volviendo muy bueno para perder cada enfrentamiento.
Una sucesión de días sin propósito, sin planes, se extendió ante él como precipicio sin fondo.
Tony le salvó la vida, metafóricamente hablando. Con actitud inhumanamente despreocupada por su seguridad personal, le agradeció por haberlo sacado ileso de entre la moto y el camión en la que se había quedado atrapado. Palmeó su hombro, como perro, y le dijo que le vendría bien tener a alguien cuidando su espalda.
Años después, le estaba eternamente agradecido por ello. Stark era un constante dolor en el trasero, un chiquillo latoso que no podía perder de vista ni un momento, sin embargo, el rumbo de su vida tomó un curso inesperado y afloró un sentimiento de gratitud y amistad entre ambos. Una especie de hermandad.
Por todo eso y más, dejó el asunto de la marca sexual y los videos en un lado irreverente y blasfemo, lejos de su trabajo real.
Más tarde, alrededor de las 7 de la noche, Tony le llamó a su celular, justo cuando se alistaba para ir a casa.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó en vez de saludar.
—No, gracias. Solo quería terminar la conversación de antes.
—¿Cuál conversación? —pretendió no saber a qué se refería.
—La de las galletas de animalitos. Olvidaste tu elefante.
—Me gusta más el león.
—Ese me lo comí. Hablo sobre tema de las cámaras de seguridad —puntualizó. Había un poco de rigidez bien disfrazada en sus tonos modulados. Happy podía notarlo.
—Pensé que ya habíamos terminado con eso —repuso él.
—Ah ¿sí? ¿Seguro? —preguntó Stark, intentado sonar casual. Como si estuviera tanteando las aguas—. ¿Te quedó alguna duda? Arreglaré esos espacios en negro en cuanto pueda. F.R.I.D.A.Y. todavía no está lista. Continúa provocando estragos en el sistema.
—Sí, sí, no te preocupes, entiendo... —se debatió entre preguntar o cerrar el pico. Su curiosidad morbosa ganó—. Aunque en realidad sí tengo una duda, no relacionada en absoluto al tema de las cámaras.
—Suena justo. Dispara.
—¿Tienes…alguna novia o… acompañante nocturno? —sintió una tensión acumulada en sus piernas, hombros y garganta—. No es que sea de mi incumbencia, pero creí ver un chupetón en tu cuello hoy. ¿Estamos superando a Pepper? —trató de sonar despreocupado y conciliador por las preguntas tan íntimas que estaba haciendo. Esperó la respuesta.
—Sí que eres entrometido, ¿eh? —dijo Tony—. Cuando te contraté mucho tiempo atrás, pensé "este hombre parece no revelar sus secretos ni a su almohada" Me hizo falta una semana para darme cuenta de que nunca había estado tan equivocado en mi vida.
—Poseo una curiosidad natural —respondió él, y dándose cuenta, para muy su pesar, que Tony evadía su pregunta. Lo intentó una vez más—. ¿Y bien? ¿Novia o no novia? Tampoco hace falta ser obsceno o gráfico en tu respuesta —bromeó para aligerar el ambiente.
—No tengo novia —se aclaró la garganta—. Tuve un…desliz, por así decirlo. Fue cosa de sola una noche. No es realmente tan importante. Sin romanticismo ni ataduras.
—Oh…bueno…
—¿Alguna otra duda que no envuelva mi vida sexual, por favor?
—No, perdón por preguntar. Nos vemos.
Pues ahí estaba. Se había atormentado por nada. Las vueltas que le dio a la situación eran para reírse. Mañana se burlaría de su propio espanto paranoico.
El reloj marcó las ocho y Happy todavía no se iba a casa.
Sus dedos danzaban en el teclado de la computadora, apagada una hora atrás. Su maletín ya estaba listo junto a su silla. Los papeles ordenados, las carpetas bien guardadas.
Bueno, no pasa nada si vuelvo a mirar. No encontraré gran cosa, seguramente. Encendió la computadora.
Examinó una vez más las grabaciones del complejo. ¿Cuándo había entrado Peter a trabajar con Tony? Tecleó una fecha inexacta en la base de datos. Ups, me adelanté demasiado, pensó. En la imagen que le fue arrojada, la habitación del chico no tenía ni siquiera una cama. Volvió a intentarlo. Y lo intentó nuevamente. Poco a poco. Día con día. Hasta que llegó a la fecha correcta.
Fue en una tarde cuando Tony y Peter entraron por primera vez a la recámara. El chico lucía claramente asombrado y sin aliento, ojeando cada esquina de la nueva habitación. Happy escuchó sus voces perfectamente durante unos minutos hasta que de repente el audio quedó cortado. Y luego la imagen. Y Happy saboreó un desagradable sentido de alarma y sospecha.
Investigó fechas posteriores. El reloj y sus manecillas eran un ruido de fondo que optó por ignorar.
Y entre más fisgoneaba, más notaba un patrón, una serie de "fallos" repetitivos; los fines de semana, cuando Peter se quedaba a dormir en el complejo, esa habitación era un humo oscurecido en el sistema. Sin audio, sin imágenes. Tan sólo llegaban Stark y Peter en la noche y todo desaparecía. De viernes a domingo. Sin falta.
Descubrió también, cuando el reloj marcó las 12, que a donde quiera que fueran, ese rastro de "nada" los perseguía. Ya sea en el laboratorio, en los pasillos, en la cocina donde desayunaban, comían y cenaban, todo el tiempo, sólo en aquellos momentos, sólo con ellos. Los otros internos y los demás rincones del complejo estaban limpios de ese "fallo" en el sistema. Happy se aseguró de verificarlo a conciencia.
Recargó su espalda en la silla y su cabeza dio vueltas.
No…
Las emociones se agolpaban en su pecho y las ideas que borbotaban en su mente trataban de encadenarse en una secuencia lógica.
Tal vez por eso Tony se había opuesto desde el principio a que revisara las cámaras de seguridad. Quizá por eso le arrebató el ipad. A lo mejor por ello intentó aturdirlo con explicaciones técnicas que él no iba entender y Tony lo sabía.
Ese par, siempre estaban juntos. Pero…
No tiene sentido.
No lo tenía, precisamente. Con el pánico aflorando, la negación hizo su entrada para calmarlo.
Se resistía a creerlo. De hecho, no lo haría. No iba a alterar el valioso orden de su vida, ni iba a esparcirlo en el vacío que se rasgaba a sus pies. Tantos años a su lado, observándolo, cuidándolo, presenciando e incluso ayudando en sus conquistas. Lo conocía, de eso estaba seguro. Conocía a Tony Stark.
Happy fue a casa, finalmente. En algún punto de la noche concilió el sueño, casi por accidente.
El café no hizo efecto, fracasó en despertarlo. El bagel se quemó en la tostadora, olvidó encender las noticias. Llegó tarde al trabajo.
Otra vez dejó caer su cuerpo en la silla, donde pasó la mayor parte de la noche. Y, sintiéndose muy desgraciado, pensó que debería hablar con Tony, una vez más, sólo para infundirse certeza. Simplemente debía presionar los números y esperar en la línea. Su jefe lo haría entrar en razón.
Contempló su preciada oficina y cayó en la realización de que todo lo que se relacionaba con la carrera profesional de su vida cabía en una sola caja de cartón. Le tomaría no más de diez minutos limpiar su despacho.
No, no, no, no, no.
Simplemente tomó la decisión de no llamar a Tony porque no era necesario. Estaba alucinando mierda otra vez.
Y es que Harold Hogan había decretado que, cuando respectaba a asuntos de esa índole, la ignorancia es una bendición.
