Me vuelves loco, el momento de mi vida.
Stiles estaba en el salón de Biología. Los asientos estaban volcados y el escritorio estaba quemado, producto de sus descontrolados poderes que lo habían prendido en llamas hace unos segundos.
El peor día de la vida.
Lydia lo odiaba, Malia lo odiaba, incluso Derek debía odiarlo ahora mismo.
«¡Eres un marica! ¡Eres un jodido marica!»
Quería tirar de su cabello hasta que se cayera de su cabeza. Era un cobarde, había engañado a su novia, y estaba dejando que Stuart se metiera en su cabeza. Lo estaba controlando, penetrando en sus pensamientos hasta manipularlos y hacer que Stiles hiciera lo que él deseara.
Stuart estaba ganando.
—Bien. Ahora, piensa en un objeto, cualquiera—Deaton le indicó.
El domingo por la tarde, estaban en el bosque entrenando a Stiles para que aprendiera a usar la magia.
Pensó en el roble que tenía enfrente, un árbol de al menos tres metros y bastante grueso.
— ¿Listo?—Stiles asintió—Bien. Ahora quémalo. Imagina que, lo que sea en que estás pensando, se enciende en llamas hasta que se desvanece.
Perfecto. En su mente, Stiles vio un débil brasa, intensificó su pensamiento, y ésta se convirtió en una llama más fuerte, luego en enormes flamas que abrazaron el tronco y lo sumergieron en una columna de fuego creciente.
Abrió los ojos y eso era lo que estaba pasando: el árbol se estaba quemando. El olor de la madera chamuscándose llenó sus fosas nasales. Estornudó.
— ¡Genial!—Deaton palmeó su espalda—Aprendes rápido. Ahora apágalo. Repite el proceso, pero de manera inversa.
Cerró los ojos, otra vez. Imaginaba el roble en llamas, y ahora apagándose. El fuego se minimizó, se volvió más y más pequeño, hasta que se extinguió. Al abrirlos, el árbol estaba apagado, la madera estaba carbonizada, pero apagada. Sólo había un detalle: veía pequeñas marcas de arañazos en el tronco.
Deaton debió ver su expresión de confusión porque dijo: —No te preocupes, es un efecto secundario. Cómo dije, tu magia está conectada a las emociones y la naturaleza. Sí no estás concentrado del todo, aparecen algunos... defectos, como esas marcas de ahí. El punto es que...
Se detuvo. Literalmente, se detuvo. De hecho, todo a su alrededor se había paralizado: una hoja levitaba tentativamente sobre el suelo, y el humo que desprendía el roble estaba plasmado cómo dedos fantasmales en el aire.
—Lindo truco ¿No crees?—Stuart apareció a centímetros de su cara. Retrocedió. — ¿Entiendes que existen mejores profesores de magia que él, verdad?—señaló a Deaton.
— ¿Qué quieres?... esta vez.
— ¿Así es como recibes a tú doppelgänger? Esperaba más de ti—bufó—. Cómo sea, mi plan está casi completo, pero hay un pequeño detalle que aún me perturba.
— ¿Y se supone que eso me importa porque...?
—Escucha, niño: se trata de ti. Tú vida es mejor que la mía. Nunca conocí a mis padres biológicos, me han intentado asesinar un centenar de veces, y la persona a quién en verdad quiero de fija en otro. Una vida maravillosa ¿Verdad?
—Supongo que los héroes merecemos una existencia más favorable a la de los villanos—espetó.
La sonrisa se borró de su rostro por un momento, pero luego recuperó su postura—Cómo sea. Tienes un padre que te ama, amigos que se preocupan por ti, una novia que te quiere y ¡Oh! Un hombre-lobo-amante dispuesto a complacer tus deseos cuándo quieras.
No pudo evitar sonreír un segundo al recordar la noche anterior que pasó con Derek, pero la sola mención de Malia, lo hizo sentirse enfermo.
—Eres un idiota—culminó Stuart.
— ¿Disculpa?
—Es lo que eres ¿Crees que Derek se fijaría en ti, de la noche a la mañana, así como así?
Pestañeó— ¿A qué te refieres?
Stuart agarró sus manos— ¡El me besó!
Pensó en el primer día, cuándo Derek le había exigido una explicación sobre porqué lo había besado.
—Ya lo sabía.
—Eso es lo que crees. Lo besé, sí, y sin embargo, con quién está, eres tú ¿Por qué?
— ¿Será por mi extravagante carisma y encantadora personalidad?
— ¡Ja!—echó la cabeza hacia atrás en una carcajada—. No. Enserio que eres idiota: la única razón por la que se fijó en ti, fue el beso. Nos besamos, y esa fue la chispa que prendió su curiosidad.
Se soltó de su agarre.
—Él pensó que yo era el querido Stiles Stilinski—continuó—. Piensa, o al menos pensaba, que te había besado a ti. Pero no ¡Me besó a MÍ!
Stiles retrocedió. Sí sabía los detalles del beso, pero Derek sabía que había besado a Stuart ¿Verdad? Bueno, no lo sabía la primera noche que estuvo atrapado, pero ahora estaba al tanto ¡¿Verdad?!
La hoja flotante tembló.
—Se me acaba el tiempo—dijo Stuart—, lo que sea. Recuérdalo: Derek Hale está enamorado del pequeño Stiles sólo porque besó al gran Stuart. No lo olvides.
Le guiñó un ojo. El tiempo volvió a correr y Stuart se desvaneció en una ráfaga de viento.
Desde entonces, estar con Derek no fue lo mismo. Sí lo que Stuart dijo era verdad, entonces todo lo que pasaron había sido una mentira.
La puerta del salón se abrió y Derek entró.
Stiles retrocedió, intentando alejarse, pero él lo miraba. Sólo lo miraba. Había alivio en su expresión.
—Stiles—pronunció su nombre como si fuera una escultura de cristal: frágil y delicada. Como si fuese la palabra más hermosa del mundo, y su posesión más preciada. —Te encontré.
Su corazón se encogió. Enserio era como si estuviesen alejados por más de mil años y apenas se hubieran reunido otra vez.
Una voz le gritaba que se alejara de él, sus emociones estaban en él cielo. Con tanto descontrol podría prenderle fuego y matarlo. No quería pensar en eso.
No quería alejarse. Corrió hacia él y saltó a sus brazos. Tenerlo cerca, eso era lo que deseaba. Sentirlo a él, su cuerpo, sus sentimientos. Quería a Derek Hale. Comenzó a llorar.
—No puedo—le dijo con un hilo de voz—Derek, no puedo.
Él lo apretó—Shh. Este bien. Éstas conmigo.
Dejó llevarse por el momento. Quería detener el tiempo, cómo Stuart lo había hecho, y permanecer en éste momento para siempre. El momento de su vida.
— ¿Sabes?—le dijo Derek al oído—Escuché una canción allá en el baile que me recordó a ti. No recuerdo muy bien, pero iba así:
»Me vuelves loco, no puedo dormir—comenzó a cantar, susurrando la melodía en su odio. Sus labios pegados a su oreja—. Tú me emocionas, dependo de ti. Loco, pero se siente tan bien. Déjame tenerte un segundo más.
Su voz gruesa sonaba rara al cantar y bastante desafinada, pero había sido la cosa más deliciosa que había escuchado nunca.
Se separó y lo miró—Se llama Crazy, de Britney Spears ¿No es así?
—Me da igual—le respondió encogiéndose de hombros.
No aguanto más, agarró su nuca y pegó sus labios a los suyos. Anhelo, respeto, ternura y, más que todo, amor, así se sentía el beso. A la mierda Stuart. Derek lo quería a él: A Stiles. Se lo había demostrado, aquí y ahora. No fue la canción, no fue el beso. No sabía exactamente que había sido, pero lo sentía, el amor que ambos compartían. Había mucho tiempo para arreglar las cosas con Malia, éste era el momento de su vida. Ahí: en un salón oloroso a humo.
Se sentía tan vivo.
Se separó y atrapó la cara de Derek entre sus manos— ¡Lo lamento!—sollozó—Perdón por apartarte. Perdón, perdón, perdón...
Derek cubrió la boca de Stiles con su mano—No quiero oírte decir que lo lamentas, otra vez.
Sonrió, y volvieron a besarse.
Se movían de una manera tan sincronizada, cómo si sus movimientos estuvieran programados, destinados a estar juntos.
—Házmelo—le ordenó Stiles, cuándo se apartaron.
— ¿Qué?
—Aquí. No me importa, quiero hacerlo cómo la otra noche—se quitó el saco y lo arrojó al suelo.
—B-bien—balbuceó.
Derek comenzó a besar su cuello, mientras desabotonaba la camisa de Stiles. Uno. Dos. Tres. Uno a uno, los desabrochaba cómo una máquina.
Iban a hacerlo, otra vez. Ahora mismo. ¿Qué otra prueba necesitaba para saber que Derek lo quería?
Estaba llegando al final, cuando un ruido los interrumpió.
— ¿Qué fue eso?—Derek se detuvo.
—No lo sé. Algún estudiante ¿Tal vez? Sólo sigue—le dijo Stiles. El éxtasis era tan grande que no quería detenerse.
Iba a comenzar otra vez, pero el sonido se hizo presente, de nuevo.
Un rugido.
—Viene del pasillo—inquirió Stiles.
Ambos miraron a la puerta, y caminaron hacia la salida. El corredor estaba vacío. Un halo fantasmal lo rodeaba. Había demasiado silencio. El cabello de su nuca se erizó.
Crack.
Algo se rompió. No en el pasillo, más bien, en él. No un hueso, no un tendón. No lo sentía, pero sabía que algo se había roto.
—El vínculo—susurró, más para sí que para Derek.
Entonces lo vio: al final del pasillo, un animal de ojos rojos apareció. Se veía salvaje y descontrolado. Miró a Derek, quién tenía una mirada extraña. La bestia rugió otra vez. Lo observó bien, y se dio cuenta de algo: no era exactamente un animal. Tenía ropa, además de una forma humanoide, pero su boca desprendía espuma; con rabia. Sacudía su cabeza de un lado a otro.
—Es Scott—dijo por fin Derek.
Se acercó y la luz iluminó su rostro. Definitivamente era él. Pero se veía muy diferente, casi poseído. Enseñó los dientes, justo antes de correr hacia ellos con las garras abiertas y los colmillos listos para desgarrar su carne.
