[Toph]

Levantó los puños y un muro de tierra las cubrió. Se puso de rodillas contra la pared de rocas. Katara llegó hasta su lado a rastras.

—¿Rebeldes?—preguntó la Maestra Agua.

—Lo más probable—dijo Toph con la mandíbula tensa. Se acercó más a Katara—. ¿Estás bien?

—Perfectamente—aseguró su amiga, asintiendo.

—¿Lista para patear algunos traseros, princesita?—hizo sonar sus nudillos.

Sintió como Katara movía los brazos hacia arriba.

Una de las tuberías de la calle hizo erupción violentamente, rompiendo el concreto por la presión del agua. Toph sintió miles de agujas heladas caer sobre ella; nunca le había gustado la lluvia. Katara hizo que el agua fluyera a su alrededor, preparada para iniciar la pelea.

—Lista—dijo Katara. Toph asintió y con un movimiento de la muñeca, hizo descender el muro que las cubría.

El Maestro Fuego atacó una vez más, pero Toph salió de su camino con destreza. Katara, detrás de ella, lo golpeó con tentáculos de agua.

Vino un segundo ataque. La tierra se fragmentó y las rocas volaron contra ellas. Toph las pulverizó en el aire y contra atacó. Los cables metálicos entorno a su cintura se desataron y persiguieron al segundo atacante.

Katara hacia retroceder al Maestro Fuego, sin dándole una oportunidad para defenderse, pero un tercero se le acercó por un costado. Otro Maestro Tierra, que inmovilizó sus piernas. Toph gruño y con un fuerte golpe al suelo, dejo libre a su amiga. Toph cambio de lugar con Katara y envolvió las muñecas del Maestro Fuego con los cables metálicos. Tiro de él para someterlo contra el concreto.

—Ten cuidado de a quién llamas rameras, idiota—el cable metálico lo envolvió, inmovilizando su cuerpo entero hasta convertirlo en una crisálida convulsionaste.

—¡Cuidado!—gritó Katara. Toph se agachó a tiempo para que el torrente de agua pasara sobre su cabeza, barriendo a un cuarto atacante que corría contra ella con los brazos envueltos en llamas. Katara movió los brazos y el hielo trepó por el cuerpo del segundo Maestro Fuego hasta que el hombre perdió movilidad.

—Buen trabajo—le dijo Toph a su amiga, volviéndose de vuelta a la pelea. El quinto atacante se había mantenido estático hasta el momento. Toph pudo sentir por el peso de su cuerpo y su silueta, que se trataba de una mujer joven—. ¿Quieres probar un poco de metal?—la reto la jefa de policía.

La chica respondió a la provocación. El piso se rompió y los escombros volaron contra ella. Toph se cubrió con dos placas de metal.

Katara mantenía a los otros dos Maestros Tierra muy ocupados y Toph sintió realmente pena por ellos. Katara les estaba dando una paliza. Parecía que algo de pelea es lo que había necesitado para recuperar el animo. La chica de la Tribu Agua se movía como un tornando, esquivando y golpeando al mismo tiempo, liberando toda esa frustración que había retenido en días.

El agua la impulsaba y protegía cuando lo necesitaba y le servía como arma cuando debía atacar. Era realmente muy buena.

Toph regreso a su propio combate. Llamo hacia ella el metal a su alrededor. Las pesadas tapas de los drenajes salieron disparadas contra la Maestra Tierra. La mujer de la masca las desvío con pesadas rocas, pero Toph era demasiado rápida para ella.

—¡Argh!—gritó Katara, cuando uno de los Maestros Tierra la hizo volar por la calle. Katara golpeó el aparador de una tienda y el cristal se hizo añicos.

Beifong gruño y neutralizó al causante del ataque con un golpe en la nuca. El hombre se desvaneció, justo cuando Katara se ponía en pie entre los cristales.

Toph hubiera sonreído, de no ser por qué repentinamente algo la golpeó con violencia en el estomago. La columna de tierra la sofoco, dejándola sin aliento. Escucho el metal de su armadura contraerse y doblarse.

Calló de rodillas.

—¡No!—Katara terminó con el último de sus rivales, barriéndolo sin piedad por el suelo y corrió junto a Toph.

Solo queda la chica...

Katara la ayudó a ponerse en pie y Toph se limpió la sangre de la boca. Ignoro todo el dolor que había en su cuerpo y se enfocó en la pelea.

—Terminemos con esa perra—le dijo a Katara.

Ambas se pusieron hombro con hombro, listas para terminar con la chica enmascarada.

Entonces el suelo hizo erupción alrededor de la atacante y un pozo de lava surgió en el lugar donde había estado el concreto. La chica lanzó una ola de lava contra ellas.

Toph nunca había enfrentado algo como eso.

Saco a Katara y a ella misma de ese lugar impulsando la tierra debajo de ellas y aterrizando seguras a unos metros de distancia.

Katara convocó toda el agua que pudo. Siete tuberías más estallaron simultáneamente. El agua lograba enfriar la roca ardiente, pero no lo suficientemente rápido. La rival se movió con sorprendente facilidad, atacando una y otra vez. A pesar de ser una Maestra Tierra, los movimientos eran similares a los de un Maestro Fuego.

Toph se escudó con el todo el metal que pudo e intento atacarla, cada movimiento la hacía jadear y la hacía estremecer. Escucho un continuo ulular; eran las patrullas de policía que venían en apoyo. Toph lanzo contra ella el último cable que aún tenía para poder someterla y este se envolvió entorno a su tobillo.

La tengo, quién quiera que sea, la tengo.

Entonces sintió un dolor desgarrador en las entrañas que la hizo caer de rodillas nuevamente.

Habían lágrimas en sus ojos.

—¡Ahhh!—gritó la Maestra ciega.

La Maestra Lava intentó escapar, pero Katara la rodeó con tentáculos. La tomaron por las muñecas y las piernas, impidiendo que pudiera huir.

—¡Ríndete!—le gritó Katara, pero su rival seguía resistiéndose.

Toph sitio algo correr cálido entre sus piernas. Palpó con dedos temblorosos y durante un momento de desesperación puso su mano frente su rostro, para intentar averiguar qué era aquello.

Oscuridad, todo lo que he podido ver en mi vida no es nada más que oscuridad.

—¡KATARA!—gimió. La Maestra Agua se giró al escuchar su llamado lleno de desesperación.

Durante un segundo, Katara se debatió entre capturar a la muchacha o ir junto a su amiga.

Maldijo y llegó hasta su lado corriendo, liberando a la Maestra Lava.

Toph le mostró su mano a Katara.

—¡¿Que es esto?!—demandó saber, llena de pánico. Al formular la pregunta en voz alta, se dio cuenta que en realidad sabía la respuesta.

—Sangre ¿De donde...?—dijo Katara, con voz ahogada. Toph bajo la vista a su entrepierna, para que Katara pudiera ver la herida—. ¡Cielo santo! ¡Te estás desangrando!

Toph intento decir algo, pero su boca no se movía. La fuerza de su cuerpo la abandonó y se desmayó en el concreto.

[Katara]

La muchacha de ojos azules tenía la mirada perdida en el horizonte. Una sensación de desconsuelo y nostalgia recorría su cuerpo. Se sentía sola y perdida en sus propios pensamientos, ahogándose lentamente en la angustia que aquejaba su corazón.

Escucho un leve gemido, que la hizo volver la mirada. Toph Beifong se removió, intranquila entre sueños. Con un pañuelo, Katara se acercó a ella y limpio el sudor que cubría su frente pálida. El tacto de su piel era glacial, como si llevara el frío por dentro.

—Shhh, tranquila—susurro la Maestra Agua con amabilidad, tomando la mano de la chica entre la suya—. Estoy aquí contigo, Toph.

Ahí, en recostada en la cama y con el largo cabello negro cayéndole por los hombros, Katara se dio cuenta que Toph era solo una niña pequeña de diecinueve años, aparentando ser una mujer fuerte.

Había sido una muy difícil velada para Baifong.

Katara había pasado la noche curando sus heridas, permaneciendo a su lado y ahora que la mañana llegaba, sentía que todo era una pesadilla. Había temido el momento en que Toph despertara. Sentía que se echaría a llorar cuando viera esos pálidos ojos verdes.

La Maestra Tierra se removió una vez más y murmuró algo demasiado bajo para que Katara pudiera escucharla. Frunció el ceño y gruño.

—Argh—su voz era ronca, apergaminada. Abrió lentamente los ojos ciegos. Sus manos palparon el aire, hasta encontrar a Katara—. ¿Eres tú, princesita?

—Estoy aquí contigo—le aseguro Katara, estrechando sus manos con amabilidad y dulzura. La otra muchacha intento sentarse, pero fue detenida rápidamente—. No estás en condiciones de moverte, Toph. Estás muy débil...

—Soy Toph Beifong, Jefa de Policía de Ciudad República y la mejor Maestra Tierra del mundo—gruño esta, con la voz firme como el acero—, yo no soy débil—su voz estaba cargada de molestia. Inhalo profundamente y suspiró, resignada—. ¿Que fue lo qué pasó?

Katara se quedó en silencio un largo rato, nerviosa. Había estado pensando toda la noche en como decirle lo que había ocurrido, pero no había encontrado las palabras adecuadas.

—Toph, no sé cómo decírtelo... Tú... Hice... Hice todo lo que pude, lo intenté, de verdad que lo intente... Perdiste mucha sangre y no hubo nada que hacer... Verás...

—Aborte—dijo Toph, con voz indiferente.

Katara se quedó callada, sin saber que decir. Después de que Toph se desmayara, Katara la llevó a un hospital. Se había quedado de piedra, al darse cuenta que la chica de ojos verdes estaba embarazada. No había podido hacer nada para salvar al bebé que cargaba en el vientre y Toph había terminado perdiéndolo.

—Si—le dijo la muchacha de piel oscura. Su voz era un susurro quedó y tranquilo, lleno de pena. Busco una reacción en la cara de su amiga, pero parecía que habían labrado su rostro en piedra sólida—. ¿Lo sabías? ¿Sabías que estabas embarazada?

—No—reconoció Toph, pasando saliva con dificultad. Una pequeña sonrisa torcida abordó sus labios, pero no había diversión en ella—. Supongo que ya no importa ¿verdad?—Katara alcanzó a distinguir algo deslizarse por la mejilla de Toph, una perla pálida y blanca, dejando detrás de ella un sendero húmedo, pero en un principio pensó que sus ojos la engañaban.

Entonces un sollozo se escapó de la garganta de Toph, sus labios temblaron y las lágrimas se desbordaron de sus ojos. Katara la rodeó con los brazos, de forma protectora. Ella misma sentía un dolor profundo en el pecho, ante el pesar que cruzaba su amiga.

Nunca la había visto así, tan indefensa y frágil. Toph había actuado siempre de una forma tan fuerte que para Katara era fácil olvidar que era menor que ella. Después de unos segundos, la Maestra Tierra se apartó de nuevo y limpió las lágrimas de sus ojos con rudeza.

—¿Quién lo sabe?—preguntó, controlando de nuevo su estado de ánimo.

—Nadie—Katara no había encontrado apropiado decírselo a otras personas. Ella de había encargado de atender a Toph para no crear un escándalo; en la Tribu del Sur, Katara había ayudado muchas veces a Gran Gran cuando las mujeres perdían a sus bebés. Habían venido otros a ver a la muchacha también, entre ellos reporteros, sus alumnos de Metal Control e incluso Sokka, pero Katara les pidió a todos que la dejaran descasar—. Supuse que no querrías que nadie te viera enferma, así que no permití que nadie entrara y yo me encargue de atenderte. Debes permanecer un tiempo en cama. Mis poderes son buenos para sanar heridas de batallas, cortes, quemaduras, pero las heridas internas son algo un poco más complicado.

Toph recibió sus palabras en un silencio hosco. Cuando sus labios se abrieron de nuevo, sus palabras eran firmes.

—Nunca nadie puede saber que aborte ¿entiendes?—sentenció. Con dificultad, se sentó en la cama. Sus ojos se clavaron en los de Katara, aunque no pudiera verla—. Prométeme que no se lo dirás a nadie.

—¿Planeas ocultarlo?—Katara estaba sorprendida y hasta cierto punto, escandalizada—. Toph, el padre necesita saberlo... tú novio debe saber que...

—¡No!—Toph la tomo por los hombros. Le clavo las uñas en la piel tan profundamente que Katara tuvo que morder su lengua para no gritar—. ¡No puedo decírselo! ¡Él no puede saberlo de ninguna manera!—parecía desesperada—. No se lo dirás a nadie, Katara, debes prometérmelo, igual que yo prometí que no le diría nada a Aang sobre Haru ¿Lo recuerdas?—su voz se escuchaba llena de dolor. Katara se dio cuenta que todo su frágil cuerpo estaba temblando—. Prométeme... prométeme que no se lo dirás a Sokka.

—¿Que tiene que ver Sokka con...?—las palabras se le atragantaron en la garganta mientras las decía. Sintió que se le debilitaban las piernas, mientras lentamente comprendía las palabras de Toph Beifong.

No podía dar crédito a lo que estaba escuchando. Se sintió perdida, totalmente desorientada. Un fuerte mareo la sacudió.

Tiene que ser una broma... No es posible que Toph y Sokka...

—¿Como...?—Katara estaba muy confundida. De pronto le parecía todo muy claro. Ahí había estado la verdad frente a sus ojos todo ese tiempo y de alguna forma no lo había visto. Sokka con sus sonrisas y chistes malos y Toph, siempre molestándolo y comportándose brusca en su presencia ¿Como no había podido verlo antes? ¿Como?—. Después de todo lo que ha pasado... Mi hermano y tú...

—Katara, no hablaras con tu hermano sobre esto—la chica ciega no parecía querer cambiar de opinión.

Katara abrió la boca para decir algo, pero no salió ni ninguna palabra.

Sabía que tenía que prometer que no diría nada. Toph la había encubierto una vez y ella tenía que hacer lo mismo ahora. No podía ser tan cruel como para no negarle ese acto de compasión, pero ahora la situación era diferente. Aquel chico de rostro borroso se convirtió en Sokka, alguien que conocía tan bien como se conocía a si misma y ese bebé muerto, aquel pequeño cuerpecito del que se había desecho esa noche se había convertido en su propio sobrino.

¿Como no podría decirle a mi propio hermano que iba a ser padre?

Katara cerró los ojos. Busco dentro de ella todas las fuerzas que le quedaban. Estaba cansada de luchar, de ser fuerte y resistir de pie ante la tormenta, pero sabia que debía mantenerse de pie. No podía doblegarse; no podía romperse.

Se dijo a si misma que aquello era lo mejor para todos. Sokka nunca se recuperaría de algo así y tal vez lo mejor sería que nunca lo supiera. Era una mentira piadosa, llena de misericordia.

Recordó cuando su hermano le había hablado sobre la chica con la que salía. Ella nunca se había atrevido a imaginar que de trataba de Toph. Sokka había hablado de su novia con tanto cariño...

—Te lo prometo—dijo al final, sin encontrar otra opción más que esa.

—Gracias—murmuró Toph, con genuina sinceridad. Suspiró profundamente y volvió a cerrar los ojos.

Alguien llamó a la puerta.

Se trataba de Ho Tun. El muchacho parecía algo nervioso, pero siempre lo estaba. Cuando sus ojos se detuvieron en Toph, un gemido lastimero se escapó de su garganta.

—Si Fu Toph...—murmuró, dolido. Katara se puso de pie.

—¿Ocurre algo?

—Me preguntaba...—murmuró el chico de piel oscura, apartando la mirada de Toph con dificultad—, si puede acompañarme un momento. Ha surgido algo...

Katara asintió y el chico salió de la habitación. Se despidió de Toph, prometiéndole regresar de inmediato. Ho Tun la esperaba en el pasillo.

Estaban en la estación de policía, en la planta de las habitaciones. Katara no sabía a dónde más llevar a Toph después de que dejara el hospital. El Maestro Metal la escoltó hasta una segunda planta que servía como sala de interrogatorios.

—¿Que ha pasado?—pregunto Katara, en voz baja. El muchacho acaricio sus manos.

—Interrogamos a los atacantes, como usted pidió—dijo Ho Tun—. Tres de ellos se han negado a hablar, pero uno hablo. No ha dicho mucho, pero creía que le gustaría escucharlo.

Ho Tun movió la mano y la puerta metálica de la habitación se abrió. Sin la máscara y esposado de manos, uno de los cuatro atacantes estaba sentado en una mesa en el centro de la habitación. Era joven, de piel blanca y ojos dorados. Uno de los Maestros Fuego, supuso Katara.

—Su nombre es Do Lee de la Capital de la Nación del Fuego—dijo Ho Tun, ofreciéndole asiento a Katara frente al detenido—. Ya se le ha notificado al Señor del Fuego Zuko sobre su situación y será extraditado junto con el otro Maestro Fuego. Se realizará un juicio en la Nación del Fuego y Zuko determinará su sentencia, como corresponde a los ciudadanos de su Nación.

Katara se sentó frente al hombre y miró fijamente sus ojos dorados. Nunca lo había visto en la vida, no lo conocía, nunca le había hecho nada malo y aún así, ese hombre había querido matarla.

—¿Sabes quién soy yo?—pregunto la Maestra Agua.

Do Lee asintió, con cierta molestia.

—La Embajadora de la Tribu Agua del Sur, Katara, hija del jefe Hakoda, hermana del presidente del Consejo de la República Unida y prometida del Avatar Aang—declaró. Había algo de reproche en el sonido de su voz—. Usted es una persona importante, no hay alguien en las Cuatro Naciones que no sepa quién es.

—¿Por que tus amigos y tú decidieron atacar a Toph Biefong y a mí?—demandó saber Katara—. ¿Eres un rebelde? ¿Estás inconforme con Ciudad República? ¿Fueron ustedes quienes atacaron a mi hermano?

Do Lee negó repetidamente. Había bajado la mirada.

—No—declaró—. No soy un colono. Nací y crecí en la Nación del Fuego. No me interesa Ciudad República, ni usted, ni su hermano, ni Toph Beifong, ni el Avatar—el muchacho humedeció sus labios, nervioso—. ¿Me ofrecerán seguridad, si declaró?

—El Señor del Fuego garantizó su seguridad—confirmó Ho Tun. El Maestro Fuego, asintió.

—Bien—dijo—. Soy un mercenario. Se me presentó una oferta de trabajo. Debía de encargarme de un par de personas. Otros tres más me acompañarían y si lo hacíamos bien, se nos pagaría cincuenta piezas de oro a cada uno.

Cincuenta piezas de oro. No es suficiente dinero para que alguien tenga el valor de enfrentar a Toph y a mí juntas.

—Se nos dijo quienes eran, que debíamos de hacer—continuó—. Solo debíamos fingir ser inconformes. Si lograban capturarnos... debíamos mantener la boca cerrada.

—Tú y otros tres...—pensó Katara, frunciendo levemente el rostro—. Pero fueron cinco atacantes...

—La chica—dijo Do Lee—. Fue ella quien nos contrató. Una Maestra Tierra. No se su nombre o apariencia pero...

—Koemi—el nombre salió de su boca por instinto, pero supo que era verdad en cuanto lo dijo—. La Maestra Lava...

Se puso de pie, furiosa.

Esa maldita niña había intentando matarlas y en el proceso, había lastimado a Toph y asesinado al bebé que sería su sobrino, su propia sangre.

Aquello era más de lo que ella podía soportar. Debía de encargarse de esa chica de una vez por todas.

No había forma de acusarla sin tener pruebas. Do Lee no sabía su nombre o cuál era su imagen, pero alguno de los otros debía de conocerla. Si confesaban, tendrían pruebas para arrestar a Koemi.

—Interroga de nuevo a los otros—le pido a Ho Tun—. Insiste, has lo que sea necesario, hasta que te den un nombre.

El muchacho asintió y la dejo ir. Katara camino de regreso a la habitación de Toph. Quizás se alegraría de poder escuchar aquello, saber quiénes habían orquestado el ataque, quizás se molestaría al saber que había sido Koemi quien había matado a su hijo. No podía saber cómo iba a reaccionar, pero no estaría feliz en lo absoluto.

Antes de poder entrar a la alcoba, la puerta se abrió desde el interior.

El corazón de Katara dio un vuelco.

—Aang...

El joven Avatar se había quedado tan sorprendido como ella. Después de ocho largos días sin verlo, algo parecido a las lágrimas nubló la vista de Katara.

Le causó un profundo dolor verlo tan demacrado, tan ausente. Sus ojos grises estaban llenos de miseria y tenía la piel muy pálida. Katara pudo apreciar que se había comenzado a dejar crecer la barba, algo sumamente extraño.

El muchacho se apartó de la puerta y la cerró con calma.

—Quería asegurarme de que Toph estuviera bien—susurraron sus labios, llenándola con esa voz que tanta Katara había esperado escuchar. Aang bajo la mirada mientras hablaba, como si no pudiera verla directamente—. Se a quedado dormida cuando terminamos de hablar.

Katara trago saliva.

—Fue una larga noche para ella—no sabía que decirle. Se quería lanzar a sus brazos, suplicarle que la escuchara, decir cuánto había extrañado escuchar su voz, ver sus ojos—. Se recuperará cuando descanse.

Aang asintió, inseguro. Katara aprecio su ropa con más atención.

Ha cambiado su atuendo.

Antes solía usar siembre una camiseta amarilla y una toga anaranjada que cruzaba su pecho. Ahora llevaba una larga capa roja de gruesa tela cayéndole sobre los hombros y espalda, con cuello alto y camiseta amarilla. Una banda anaranjada le ceñía la cintura.

Se mira como un hombre adulto...

—¿Tú... tú te encuentras bien?—pregunto de pronto Aang. Katara se atrevió a esperar que eso que escuchaba en su voz fuera preocupación.

No estoy bien ¿Acaso no puedes ver que me duele todo esto? ¿No sientes cuanto te necesito? Nada está bien.

—Si—dijo en su lugar—. Creo que estoy bien.

—Me alegra... escuchar eso—su respuesta era por cortesía, cerrada a cualquier otra interpretación.

Ambos se quedaron callados, esperando que el otro se atreviera a hablar. Katara se había perdido en sus ojos, en la miseria que los llenaba. Se adelantó solo unos pasos, pero le consoló ver el hecho de que el Avatar no retrocedió.

Extendió una mano, casi con miedo.

Una escalofriante sensación la sacudió, cuando pudo tocarlo. Había extrañado mucho poder apreciar el calor tibio bajo su piel, la suave textura. Aang cerró los ojos y suspiró profundamente, permitiendo que Katara acariciara con ternura su rostro. Ella se sentía feliz de poder hacerlo, pero también triste.

Que extraño se siente... Mi dulce niño tiene vello facial ¿Cuando dejo de hacer bromas y se convirtió en un hombre?

—Aang, necesitamos hablar...—la súplica salió de sus labios en un susurro, con miedo de poder romper el momento.

El chico abrió los ojos y se apartó, como había temido.

Un dolor punzante lleno el pecho de la Maestra de piel oscura. Un nudo le oprimía la garganta.

—Lo siento—dijo Aang, con la vista baja. Su voz estaba ronca, como si fuera a llorar—, no puedo hacerlo. Es solo que ahora... estoy muy confundido.

Se dio la vuelta, listo para irse, alejándose de ella como un sueño que se desvanecía en con los primeros rayos del amanecer.

—Aang—lo llamó Katara, pronunciando su nombre con desesperación. El Avatar se detuvo de espaldas a ella a mitad del pasillo al escuchar su nombre. No volvió el rostro—. Te amo.

Katara escucho los latidos de su corazón aumentar, mientras el tiempo se prolongaba infinitamente. Sentía que podría comenzar a llorar en cualquier momento si Aang no contestaba.

—Yo también te amo—susurró Aang.

El chico continuo su camino.