Disclaimer: Los personajes de Orgullo y prejuicio no me pertenecen, fueron creados por Jane Auste y yo sólo juego con ellos.

Voy a tener que pedir disculpas de nuevo por pasarme tantas semanas sin actualizar. La verdad es que problemas personales y familiares me tenían un tanto bloqueada a la hora de escribir. De hecho, no estoy del todo satisfecha con este capítulo, pero era mejor que nada y creo que tengo que recuperar mi training de alguna forma. A ver si ahora mejora la cosa.

Canción recomendada: "Revolution" de The Beatles. (*)

Chocolate y café amargo

Capítulo 20

Revolución

Jane no dejaba de dar saltitos en su lugar. Aún hacía mucho frío y no quería congelarse en el estudio mientras esperaba su turno para la segunda audición. Sorprendentemente, incluso para sí misma, no estaba tan nerviosa como se hubiera imaginado. Para su primera audición había estado prácticamente histérica. De hecho, no había hablado con nadie ni comido nada antes de ella.

Pero la noche anterior a su última audición había dormido tranquila; por la mañana se había levantado a primera hora, sintiéndose descansada. Lizzie había insistido en que comiera algo de desayuno y ella lo había hecho, aunque sin excederse.

—Lo harás genial —había dicho su hermana menor—. Y esta noche saldremos a celebrar.

—O a pasar las penas.

—Eres la mejor ahí, no dejes que nadie te diga lo contrario.

—Eres mi hermana, es como parte de tu contrato decirme que soy la mejor.

—No lo digo por eso.

Así que ahí estaba. A punto de dar su segunda audición para el papel. Sabía que podía hacerlo. No porque Lizzie o Charles se lo hubieran dicho varias veces, aunque sus comentarios de apoyo nunca habían estado de más. Pero ella sabía que sería la mejor audición que hubiera dado en su vida, simplemente porque así lo sentía.

Había practicado muchísimas la coreografía que Roger les había mandado, para poder medirlas a todas con la misma vara. Incluso creía que podía bailarla dormida. En ese aspecto no tenía nada que temer.

—Jane, cuando quieras puedes empezar.

Roger estaba sentado en una mesa junto a la pared, acompañado por algunos de los productores y Mariah, su asistente. Los bailarines consideraban a la asistente como la forma más fácil de acercarse a su duro jefe, y no era raro verla rodeada de gente pidiéndole favores. Mientras Jane se instalaba en el centro de la sala, Mariah le dirigió una sonrisa de ánimos.

Jane tragó saliva y cerró los ojos, esperando que la música que le habían asignado empezara. Los primeros acordes inundaron la habitación y Jane se olvidó de todo. De Roger y todos los que estaban frente a ella evaluándola, de sus miedo a fracasar, de Lizzie y de Charles. Se olvidó de todo menos de su cuerpo, que de pronto se sentía más liviano que nunca.

Ella era aire, era agua fluyendo con gracia. Era un espíritu, apenas en contacto con el mundo físico. Su mundo era la música, las notas, la armonía.

De repente, sin embargo, sintió que algo iba a mal. Como si se tratara de un reloj, su mente supo antes que el resto de su cuerpo lo que iba a suceder.

Cometió un error.

Pisó cuando no tenía que hacerlo.

Por un segundo, Jane pensó con pánico que ahí se habían quedado todas sus opciones de conseguirlo. Pero no se detuvo.

Siempre le habían enseñado que si llegaba a cometer un error en el escenario, lo único que podía hacer era seguir bailando, como si nada hubiera pasado. La audiencia no conocía el baile, no podría ver el error.

Aunque en ese caso no era verdad, porque Roger al menos conocía perfectamente todos los pasos que ella estaba ejecutando frente a él, Jane no se detuvo hasta que la música dejó de sonar.

—Muy bien, Jane —dijo Mariah—. Ahora puedes salir y esperar a que las llamemos para dirimir este asunto de una vez por todas.

La joven sólo pudo asentir débilmente con la cabeza y salió prácticamente corriendo de la sala. No sabía cómo interpretar la expresión que Roger tenía al final de su audición. Podía ser o la mejor noticia de su vida, o la peor.

El suspenso iba a matarla.

-o-

La calle estaba repleta. Casi todos eran jóvenes de la edad de las chicas. De hecho, Lizzie podía reconocer a varios de sus vecinos y amigos. Incluso creía haber visto a Carter, el dueño del bar, con su novio por ahí. Charlotte la agarró del brazo y la arrastró hacia el centro de la masa de personas.

—Ha venido muchísima gente, Lizzie.

—Todo porque Peter tiene un gran poder de convocatoria —respondió su amiga ajustándose la bufanda.

Durante los últimos días, Lizzie y Charlotte habían estado ayudando a un grupo de chicos que estaban organizando una marcha para crear consciencia acerca de lo que estaba sucediendo con la vieja fábrica. Era estupendo saber que no eran las únicas que estaban preocupadas del asunto. De hecho, cuando se habían reunido con ellos, Lizzie había mencionado el evento para recaudar fondos y ellos se habían mostrado muy entusiasmados por participar. Como habían dicho, tenían que trabajar juntos si querían lograr algo.

Ver a toda esa gente reunida, dándoles su apoyo, era algo que Lizzie ni siquiera podía poner en palabras.

En una de las tarimas que habían instalado a lo largo de la calle donde se haría la marcha (la municipalidad les había dado autorización, después de unas largas semanas de no contestarles), estaba uno de los chicos, Liam, con un megáfono dando instrucciones para mantener la seguridad.

—No bloqueen los servicios de emergencias en caso de un accidente. En caso de lesiones, diríjanse a la caseta de enfermería que hemos puesto a su disposición.

—Pobre, menudo trabajito le ha tocado —dijo Charlotte con una sonrisa divertida—. Me imagino que alguien lo reemplazará en algún momento, no puede pasarse toda la tarde ahí.

—Ni idea, pero vamos más adelante.

—¿George dijo que vendría?

—No sé. No he hablado con él desde que me plantó en la fiesta de año nuevo —masculló Lizzie de mal humor.

—¿No te llamó?

—No. Ni una palabra. Seguramente ha estado ocupado o algo.

—Lizzie… —Charlotte miró a su amiga con una ceja alzada—. Debió llamarte, es una cosa de buena educación. Especialmente si está interesado en ti.

—Bueno, parece que no lo está —contestó Lizzie encogiéndose de hombros. Para su sorpresa, Charlotte la abrazó por los hombros.

—¿Necesitas que vayamos a tragarnos tus sentimientos con helado? Porque tengo libre esta noche, mejor amiga del mundo mundial.

Lizzie sólo sonrió. Eso era lo mejor de Charlotte: siempre se podía contar con ella. Para las cosas serias, y para las no tanto. Ella misma no estaba cien por ciento segura de cómo se sentía respecto a la desaparición de George. Se suponía que los dos estaban saliendo o algo, ¿no tendría que sentirse peor por todo esto?

Quizás no estaba enamorada en realidad. Pero bueno, no era importante. Como decía su madre, «el mar tiene muchos peces». Y George era sólo uno más.

Nada más, se repitió por milésima vez en los últimos días.

Lo suyo había sido algo meramente casual.

-o-

Cuando la puerta de la sala en la que Roger y los demás habían estado hablando se abrió, Jane sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho. Por fin iba a saber si todo su trabajo había dado frutos.

—Nos la han hecho complicada, chicas —dijo Roger cruzándose de brazos—. Y nos ha costado muchísimo tomar una decisión, pero ya lo hemos hecho. —Las tres muchachas intercambiaron miradas nerviosas—. Jane, serás la primera bailarina en la próxima producción.

Cathy, la otra chica que había logrado superar el corte, miró a Jane con una mueca que ella no supo interpretar. Sin decir nada, Cathy cogió su bolso y se fue de la sala. No fue una salida escandalosa, ni siquiera había dicho algo, pero Jane no pudo evitar sentirse incómoda.

—Felicitaciones, supongo —comentó Roger—. La verdad es que me parece que te lo mereces más que nadie, Jane. Pocas veces he visto a alguien tan motivada y preocupada por esto que tú.

—Gracias, Roger.

—No lo diría si no fuera verdad. —Roger se encogió de hombros, con un gesto que parecía estudiadamente despreocupado—. Tengo que hablar un par de cosas contigo, por cierto. El estreno está casi encima y necesito asegurarme de que te sabes las coreografías a la perfección. Hemos tomado un riesgo con esto y necesitamos que todo salga perfecto.

—Ajá… —Jane podía imaginarse a dónde iba esa conversación.

—Así que tendremos que dedicarle horas extras a tus partes. Espero que no sea problema.

Obvio. Un maniático perfeccionista como Roger no iba a conformarse con las horas que Jane le dedicaba al baile a esas alturas. No, obviamente iba a tener que hacer más. Pero era su sueño, lo que siempre había querido hacer. No había llegado tan lejos para rendirse a un metro de la cima.

—No, no es problema.

—Estupendo. ¿Unas dos o tres horas después de cada ensayo?

—Sí, claro.

Jane podía prever semanas de llegar a casa a dormir sin más, pero era el precio que había que pagar por sus sueños. Si Lizzie estuviera ahí, le diría que se lanzara a la piscina, como siempre. Después de todo, era gracias a su hermana que Jane había terminado en Liverpool para empezar.

—Perfecto, entonces. Nos vemos el lunes.

Roger le dirigió un movimiento de cabeza a modo de despedida y se dio media vuelta para entrar a su oficina. Fue entonces que todo lo que acababa de pasar empezó a procesarse en la mente de Jane. Lo había logrado. Era una primera bailarina.

Tomó su bolso de donde lo había dejado cuando Roger había aparecido para hacer su anuncio, y lo primero que hizo fue coger su teléfono de uno de los bolsillos.

Un mensaje de Lizzie preguntándole cómo había ido todo y otro de Charles deseándole buena suerte.

Respondió rápidamente a su hermana, pero no quería decirle a Charles por teléfono. Quería decírselo en persona y verlo sonreír por ella. Era una tontería, pero no podía evitarlo.

Estaba enamorada.

-o-

—¡La defenderemos, la defenderemos!

—¡Queremos arte, no edificios! ¡Arte, no edificios!

Las consignas se habían expandido rápidamente entre los asistentes a la marcha, que las coreaban con energía. Cuando estudiaba, Lizzie había ido a algunas marchas, pero esta tenía un aire diferente. Todos parecían llevarse bien, en todo el rato que llevaban no había visto ni una sola manifestación de violencia de ningún tipo. Todo era pacífico y agradable.

Al menos hasta que las cosas perdieron el control.

Dónde empezó todo no estaba claro. Más tarde, alguien dijo que había sido un intercambio de palabras entre un manifestante y uno de los policías encargados de supervisar el asunto. Otros decían que unos tipos se habían metido a crear desórdenes en medio de la multitud.

Lo importante era que de un momento a otro, toda la buena onda desapareció, siendo reemplazada por gritos y chillidos, sumadas al ruido de las bombas lacrimógenas. Entre la gente y el gas, Lizzie perdió a Charlotte.

La gente la estaba arrastrando de un lado a otro y ella no podía hacer nada para evitarlo. El gas lacrimógeno ardía y Lizzie intentó ponerse el pañuelo que llevaba en la nariz para evitar un poco el ardor, sin muchos resultados.

Tenía que salir de ahí lo antes posible, se estaba ahogando. La cabeza le daba vueltas con el ruido y todo lo demás; la vista se le empezó a nublar.

¿Dónde estaba Charlotte?

Quiso gritar, pero la garganta no le respondía. Y tampoco creía que su amiga pudiera escucharla. Ojalá estuviera bien y nada le hubiera sucedido. Lizzie intentó volver al lugar donde había visto a su amiga por última vez, pero la gente se lo impedía.

Todo era un torbellino de ruido y gas, y estaba a punto de absorberla.

Hasta que alguien la cogió del brazo y la sacó de un tirón de la multitud enardecida. Lizzie estaba demasiado atontada para pelear, así que no opuso mucha resistencia.

No fue hasta que se detuvieron en una callecita aledaña, donde no había mucha gente, que Lizzie miró a su rescatador.

—¿Darcy?

—¿Qué estabas haciendo en esa marcha? —fue la pregunta del joven, que tenía el ceño fruncido—. Esas cosas son peligrosas.

—Te aseguro que sé cuidarme sola —bufó Lizzie, que de la sorpresa había pasado rápidamente a la sorpresa a la indignación. ¿Acaso ese estirado estaba dándole órdenes o algo así?

—Ya. Si tú lo dices… —Darcy se cruzó de brazos y la miró con una mueca que casi le pareció burlona a la muchacha que tenía en frente—. No parecía mucho, desde donde estaba yo.

—Sí, lo digo. Y créeme que sé más de esto que un niñato estirado —añadió la chica dándose media vuelta para alejarse de él lo más rápido posible.

Sabía que debía agradecerle, después de todo la había sacado de la multitud. Él no tenía por qué hacerlo, pero aún así la había sacado del peligro.

Pero después de lo que había dicho, ella no estaba dispuesta a hacerlo. Nunca, jamás en su vida, le agradecería nada a Darcy. ¿Para qué? ¿Para que se sintiera superior de alguna forma? Ja. Ella no estaba dispuesta a subirle el ego de ninguna forma.


(*)En el capítulo anterior me señalaron que había olvidado la canción. Ya está corregido, muchas gracias.

Creo que a partir de ahora habrá más interacciones Lizzie/Darcy, lo que me hace muy feliz, porque en el fondo soy una romántica incurable. Por cierto, que ya le toca aparecer a la encantadora Lady de Bourgh. ¿Nadie tiene teorías acerca de su papel aquí?

¡Hasta el próximo capítulo!

Muselina