Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es anhanninen, yo sólo traduzco.
Beta: Isa.
Fatherhood, Formula, and Other F Words
Capítulo 21: Finalmente
—Tiene fiebre —dije, cargando a Pequeña mientras presionaba el dorso de mi mano en su frente—, aunque no creo que sea muy alta.
Bella me pasó una toallita para bebé y la usé para limpiar el exceso de saliva de las mejillas rojas y la barbilla de Sofía.
—Es por los dientes, ¿verdad? —preguntó.
Me encogí de hombros.
—Sí. Al menos eso espero.
Pasó la mano por la cabeza de Pequeña, besando su frente. Era casi media noche y Bella estaba a punto de irse a casa cuando el horrible grito de Sofía —algo a lo que ya estaba muy acostumbrado—, la detuvo de golpe. Me siguió hasta su cuarto, queriendo revisar a mi pequeña por sí misma.
—Pobrecita —dijo suspirando—. Puedo quedarme.
—No tienes que hacerlo, Bella, ya estoy acostumbrado a esto. Lo detesto, pero no creo que vaya a cambiar pronto.
—Quiero quedarme. —Sus ojos sostenían una mirada de determinación. ¿Quién era yo para negarme?
Asentí.
—Bien, ¿quieres mecerla? Iré a sacar su anillo para morder de la nevera.
Extendió los brazos y le pasé a Sofía, que seguía llorando. Bella se movió por la habitación para sentarse en la mecedora. Sostuvo cerca a Pequeña, hablándole con suavidad y meciéndola con gentileza. Besó su frente una y otra vez. Era… una imagen que yo disfrutaba por alguna razón. Esta mujer era maravillosa con mi hija. Simplemente era una persona maravillosa.
Me fue del cuarto hacia la cocina para agarrar el anillo para morder y el termómetro. Cuando regresé le di a Bella el anillo de plástico y me arrodillé, metiendo el termómetro a la oreja de Pequeña. Se removió y, durante el momento en que tardó para pitar, lloró con más fuerza.
—Ni siquiera pasa los 38 grados —le dije—. En serio creo que es sólo por los dientes.
Bella asintió y siguió meciendo con gentileza a Sofía. Afortunadamente Pequeña se metió el anillo de plástico a la boca y lo mordió; eso ayudó a silenciar su llanto. Me quedé arrodillado con la mano en mi hija por un rato mientras se tranquilizaba.
—Parece un ángel —dijo Bella.
La miré sonriendo.
—Un ángel ruidoso.
Se rió suavemente.
—Bien, sí, pero es tan hermosa. Hace bebés muy bonitos, doctor Cullen.
Sonreí.
—¿Qué puedo decir? De verdad que sí.
Cuando Pequeña se durmió Bella la acostó en la cuna. Besé la frente de mi hija antes de salir de la habitación. Bella tomó mi mano en la suya con una sonrisa para jalarme por el pasillo.
—No te molesta si me quedo, ¿cierto? —preguntó.
Oh, todavía quería quedarse… qué bien.
—Para nada.
No volvimos a tener otra oportunidad después de que Pequeña nos interrumpiera hace unos días, y por la forma en que Bella me estaba viendo, parecía que ella también lo quería. Dios mío, en serio que yo lo deseaba. Más bien lo necesitaba. Mis bolas estaban tan jodidamente azules, que no era gracioso.
En cuanto estuvimos en mi habitación envolvió sus brazos en mi torso y se paró de puntillas para unir nuestros labios. Fue un beso lento y suave. Nuestros labios se movían juntos mientras la acercaba más a mí. Deslicé mi mano por su espalda y bajo su blusa para sentir su cálida piel.
—Te amo —susurró.
La besé de nuevo.
—También te amo.
En realidad eran palabras muy simples, pero nunca pensé en decirle esas palabras a una mujer, al menos no hasta que conocí a Bella. Y aunque eran simples, sabía que ella entendía el peso que tenían al venir de mí. La hacían sonreír y sonrojarse, y yo disfrutaba mucho de eso.
Nos quitamos la ropa el uno al otro y la acosté en la cama, moviendo mis labios sobre su pecho y su estómago. Cuando la besé justo bajo su ombligo, tembló ligeramente. Subí por donde había bajado, tomándome mi tiempo para adorar su cuerpo. Su cuerpo jodidamente perfecto del que no podía tener suficiente. Quería tocar cada centímetro de él. Quería sentirla estremecerse bajo mi tacto y escuchar los suaves jadeos que escapaban de sus labios.
Puso una mano sobre mi mejilla cuando iba subiendo por su cuerpo. Se levantó para encontrar mis labios, dejando que su otra mano bajara por mi pecho. Bajaba cada vez más y más. Rompí nuestro beso para inclinarme hacia mi buró y abrir el cajón.
—Buen chico —dijo.
Sonreí, mirándola mientras sacaba un condón.
—Es suficiente con Pequeña, ¿no crees?
Asintió.
—Bastante.
Me quitó el condón y me empujó para caer sobre mi espalda. Lo abrió y me lo puso lentamente, poniéndome dolorosamente duro. Jesucristo. La jalé hacia mí, dándonos la vuelta mientras presionaba mis labios sobre los suyos, bajándolos lentamente por su mandíbula hacia su cuello.
—¿Estás segura? —le pregunté abriendo sus piernas con una mía.
—Sí —jadeó—. Sí.
Entré en ella tomándome mi tiempo. Maldición, había extrañado esta sensación. Pero cada movimiento se sentía mejor de lo que recordaba. Bella era… Se sentía extraordinaria. Joder yo… Dios, carajo, lo amaba. Meció sus caderas contra las mías, pasando su pierna alrededor de mí. Pasé mi lengua sobre su cuello, besando su suave piel mientras seguía con mis movimientos. Echó la cabeza atrás, gimiendo al mismo tiempo que yo. Su mano se movió hacia mi hombro y se aferró con fuerza a mí mientras la cama crujía.
—Jesús, amor —gemí, moviendo mis dedos a su clítoris—. Tan bueno.
Murmuró incoherentemente, apretando con más fuerza mi brazo cuando aceleré mi ritmo, meciéndome contra ella y haciendo círculos en su clítoris. Moví mi boca de regreso a la suya, mordiendo su labio inferior mientras temblaba y gritaba. No tardé mucho en llegar después que ella, gruñendo su nombre al colapsar sobre ella.
Jadeé y luego parpadeé mientras Bella se acurrucaba a mi lado, poniendo su cabeza sobre mi pecho. Me quité el condón para tirarlo en el bote de basura que estaba junto a la cama antes de envolverla con uno de mis brazos. Miré que en su rostro había una sonrisa.
—Eres hermosa —dije—, tan jodidamente hermosa.
Se rió suavemente.
—No sé si puedes verlo, pero me estoy sonrojando.
Alcé su mejilla para besarla suavemente.
—Mi misión para hacerte sonrojar lo más que pueda va muy bien.
Rodó los ojos.
—Cállate o me voy a casa.
La acerqué más envolviéndola con ambos brazos.
—Demonios, no. No te irás a ningún lado. Todavía no termino contigo.
Me desperté sintiendo un cuerpo cálido junto al mío. Abrí los ojos y vi a Bella que estaba acostada en mis brazos, durmiendo pacíficamente. Levanté la manta, alzando la cabeza para ver debajo de ésta. Sonreí para mí, disfrutando de la vista de su cuerpo jodidamente lindo. De repente se dio la vuelta sobre su estómago y ya no pude ver sus pechos. Maldición.
Me bajé en silencio de la cama, revisando mi celular para ver si tenía llamadas perdidas del hospital. Nada, pero sí me di cuenta de que eran las siete y media y Pequeña no me había despertado. Quería arrodillarme y agradecerle a Dios por una noche de descanso ininterrumpido, pero no lo hice y opté por asegurarme de que ella estuviera bien antes de celebrar.
Encontré mis bóxers tirados y me los puse antes de cruzar el pasillo. Revisé la cuna y encontré los ojos de Pequeña abiertos; me estaba mirando. La saqué cargándola cerca de mí.
—Te amo, Pequeña —dije, besando su frente y encaminándome a la mesa cambiadora—. ¿Dormiste bien? Papá sí lo hizo, así que gracias por eso.
Ella hizo gorgoritos, metiéndose una mano a la boca mientras yo desabrochaba su enterito y le cambiaba el pañal sucio, sin guantes. Sí, había estado trabajando en eso. Bella me dijo lo jodidamente ridículo que era. Tenía razón, claro, pero seguía sin gustarme la idea de tener mierda en mis manos. En cuanto Sofía estuvo limpia le revisé la temperatura, sólo para asegurarme de que ya no tuviera fiebre. Afortunadamente así era, pero tenía la sensación de que lo de anoche se repetiría.
—¿Tienes hambre? —pregunté saliendo de su habitación y dirigiéndome a la cocina.
La senté en su sillita alta mientras le preparaba un biberón y ponía una jarra de café. Ella sólo miraba a su alrededor, haciendo sus ruidos de siempre mientras esperaba para ser alimentada. Este buen humor era… joder, me encantaba. ¿Quizá se daba cuenta de lo feliz que estaba yo? No sé, pero cualquiera que fuera la razón, no me quejaba. Ésta era la primera mañana en casi una semana que no estaba renegona. Se tomó con facilidad el biberón, bebiéndoselo hasta acabar. Le di unos momentos antes de prepararle el cereal y luego la volví a sentar en su sillita.
—No la escuche —dijo Bella entrando a la cocina vistiendo sólo mi camisa, por cierto. Mierda, sus piernas.
—No lloró —dije, ofreciéndole una cucharada a Pequeña—. Acabo de hacer café.
Sonrió abriendo el gabinete para agarrar una taza.
—Puedo olerlo. Gracias.
La miré moverse por la cocina, admirando sus piernas y trasero hasta que Pequeña hizo un sonido de enojo. Miré a mi niña, sorprendido porque ese sonido hubiera venido de ella. Fue un gemido combinado con un grito. Rápidamente le di más cereal, lo cual la hizo feliz de nuevo.
Bien, no te metas con Pequeña y su almuerzo.
—Ten —dijo Bella, dejando una taza en el mostrador junto a mí mientras ella se sentaba en el otro taburete.
—Gracias —dije, dándole un trago.
La miré llevarse la taza a la boca; respiró el aroma antes de tomarlo. De verdad era hermosa, y quería patearme el trasero por no haberlo notado desde el primer momento en que la vi. ¿Por qué no lo había notado? ¿Cómo es que, literalmente, no me había importado ella? Era un ciego idiota por no verlo. Y era un maldito afortunado por haber tenido la oportunidad para hacerlo.
—¿Y qué vas a hacer hoy? —pregunté mientras seguía alimentando a Sofía.
—Tengo que ir al supermercado —dijo—. ¿Quieren venir? Ya sabes, ahora que Sofía puede montar en mi carro. —Sonrió.
Bella había comprado un carro nuevo un día después de que el suyo se fuera al basurero de chatarra. De hecho yo la llevé mientras Pequeña pasaba el día con mis padres. Eligió un nuevo Honda Civic, el cual dijo que amaba. No me detuve en expresar el hecho de que era mucho mejor que su camioneta. Incluso hice unas cuantas bromas, lo cual me hizo ganarme un golpe en el brazo.
—Claro —dije—. Ya que mañana tengo el día libre, Pequeña y yo regresaremos a la clase de Mamá y Yo.
Se rió.
—¿Es algo malo que quiera ir a grabarte?
Fruncí el ceño.
—Si te veo cerca de ahí, lo lamentarás.
—¡Estoy jugando! Pero sé que a ella le gustará. Me alegra que vayas de nuevo, incluso si no es en un horario regular.
—Sí, es una pena que usualmente trabaje entre semana —mentí. Estaba jodidamente emocionado de tener una excusa para no ir a la clase.
—Sí, estoy segura de que estás devastado —dijo riéndose suavemente—. Voy a bañarme. Hice muffins ayer, ¿quieres que traiga algunos cuando termine?
—¿En serio me estás preguntando eso? —me reí, limpiando la boca de Pequeña cuando terminó de comer.
—Entendido. No volver sin los muffins.
Me besó antes de irse de la cocina hacia la habitación. Cuando regresó ya traía puestos unos pantalones, pero mi camisa seguía cubriéndola. Me gustaba verla con ella, así que no iba a decir nada. Antes de que se fuera la volví a envolver con mis brazos.
—Gracias —dije, acariciando su mejilla y haciéndola sonrojar.
—¿Por qué? —preguntó.
Dejé suaves besitos en sus labios.
—Ya sabes por qué.
—Sí, bueno, no puedo decir que no recibí el mismo placer —se rió.
Me reí entre dientes.
—Es bueno saberlo. —Moví mis labios a su oído y le dije que la amaba antes de besarla una vez más.
Mientras ella no estaba me bañé rápidamente y vestí a Pequeña para el día. Me golpeó la realidad de lo mucho que estaba creciendo cuando le puse su vestidito rosa para bebés de seis meses. Jesucristo, casi tenía seis jodidos meses. ¿A dónde se había ido el tiempo? No podía creer que hace cuatro meses conocí a mi hija. De repente sentí que estaba creciendo demasiado rápido.
—De verdad no creo que haya un bebé mejor que tú en todo el mundo, Pequeña —dije, poniéndole en el cabello una flor que combinaba con su vestido—. ¿Sabes lo feliz que estoy por tenerte?
Balbuceó e hizo gorgoritos, haciendo sonidos que quería interpretar como palabras, aunque sabía que no lo eran. La levanté de la mesa cambiadora y la sostuve sobre mí.
—Voy a necesitar escuchar ese "papi" pronto —dije, atrayéndola a mí y besando su mejilla.
Agarró un mechón de mi cabello con una mano mientras que metía la otra a mi boca. Pretendí morder sus deditos, y ella se rió y alejó su manita. La llevé de nuevo a la sala para esperar a Bella.
Nos sentamos en el piso para jugar con la pelota. La dejé que se sentara sola con la espalda recargada en el sofá. Sus piernas estaban abiertas en forma de V para ayudarla con su balance y en realidad lo estaba haciendo malditamente bien.
—¿Ya nos vamos adiós-adiós? —pregunté. Ella ladeó la cabeza sonriendo. Le aventé rodando la pelota una vez más, ella la agarró y después la soltó. Estiré la mano y la agarré.
—Buena niña.
Después de unos minutos se aburrió, así que la acosté sobre su estómago. Miré como lograba moverse de verdad. Movió su cuerpo hacia enfrente, arrastrándose sobre su estómago. Mierda. Ya se estaba moviendo.
Se escuchó un golpe en mi puerta. Le grité a Bella que entrara ya que no quería moverme todavía. Esto era un asunto jodidamente grande. Arrastrarse la llevaba a gatear, lo cual la llevaría a caminar. Y caminar significaba que Pequeña empezaba a agarrar mierdas, para lo cual en serio no estaba preparado.
—¡Se está moviendo! —exclamó Bella, acercándose para sentarse junto a mí. Me dio la bolsa con muffins, y saqué uno.
—Esto es malo —dije—. Mi apartamento no es seguro para bebés.
—Pues haremos que sea seguro —dijo mientras yo comía un muffin—. Quiero decir, no es como si fuera a empezar a caminar mañana.
—Sí —suspiré—. Mierda, ¿sabías que la siguiente semana cumplirá seis meses?
Asintió sonriendo.
—Sí. Dos de agosto.
Ladeé la cabeza.
—¿Te sabes eso de memoria?
—Claro que sí. Puede que sea tu hija, pero sabes que la quiero. Sé ese tipo de cosas. Además tu mamá me llamó ayer para invitarme a ir de compras con ella esta semana. Pronto ya no le quedará la ropa a Sofía, y Esme dijo que ya no tenía muchas cosas de su edad.
—Sí, algunas de sus pijamas y enteritos le están quedando chicos. Entonces, ¿de compras con mi mamá? —Sonreí.
—Me agrada tu mamá… mucho, en realidad. Es muy amable.
—La mejor mamá del mundo.
—Aww, tú y tus tendencias de bebé de mamá son preciosas —se rió mientras yo terminaba mi muffin.
Me puse de pie levantando a Pequeña del piso. No había avanzado mucho, pero aún así me intimidaba que se moviera aunque fuera un poco.
—Entonces, supermercado y luego más sexo, ¿verdad? —le pregunté a Bella.
Abrió la boca.
—¡Edward!
Me reí entre dientes pasándole a Sofía.
—Estoy…, bueno, iba a decir que estaba bromeando, pero no es cierto.
Sacudió la cabeza, caminando hacia la habitación de Sofía conmigo detrás de ella.
—Eres… algo más —dijo.
Me encogí de hombros.
—Sí, pero sé que estás pensando en lo mismo. —Le guiñé un ojo, agarrando la pañalera mientras ella acomodaba a Pequeña en su porta bebé—. Necesito comprar pañales y toallitas para bebé. No dejes que se me olvide.
—Tengo una lista en mi bolso. Lo escribiré. ¿Algo más?
Sacudí la cabeza echándome la pañalera al hombro y estiré la mano para agarrar el porta bebé.
—No, creo que es todo.
Bella era una mujer con una misión. Yo llevaba a Pequeña en su porta bebé mientras Bella nos llevaba rápidamente por la tienda, tachando cosas de su lista luego de agarrarlas. Sólo llevábamos media hora en la tienda cuando ya íbamos pasando por la línea para pagar con el carrito lleno.
—Es preciosa —dijo la mujer de edad avanzada mientras pasaba nuestras compras.
Sonreí moviendo el porta bebé a mi otra mano.
—Gracias —dije.
—Se parece mucho a usted. No puedo distinguir a mami en sus facciones. —Miró a Bella moviendo la vista entre nosotros.
Bella estaba sonrojada con los ojos abiertos como platos, insegura sobre qué decir.
—Sí —dije.
—¿Qué edad tiene?
—Casi seis meses.
Sonrió y presionó unas cuantas teclas, haciendo aparecer el total en la pantalla.
—Son tan dulces a esa edad. No pueden contestarte —se rió.
Me reí entre dientes dándole mi tarjeta de crédito. Bella me dio un codazo.
—¿Qué? —pregunté.
Me obligó a aceptar su dinero con una mirada letal.
—No.
Rodé los ojos y me guardé el dinero en el bolsillo antes de firmar el recibo. Lo dejaría en su carro para que lo encontrara después. En cuanto el carrito estuvo lleno con nuestras bolsas, Bella lo empujó frente a mí en dirección al estacionamiento.
No pude evitar preguntar:
—¿Te hizo sentir incómoda?
—¿Huh? Oh, um… no supe qué decir —dijo abriendo las puertas. Le pasé el porta bebé y comencé a guardar las bolsas.
—Creo que va a ser una suposición normal —dije—; que eres su madre.
—No quiero excederme o algo así.
—No me molesta, si es lo que piensas. Quiero decir, sé que no eres su mamá, pero eres lo más cercano que tiene, incluso antes de que empezáramos a salir.
Sonrió y se sonrojó antes de moverse hacia la puerta de atrás para meter a Sofía.
—No quise corregirla —dijo.
—Me alegra que no lo hicieras.
Cerré la cajuela y me moví hacia el lado del pasajero mientras ella terminaba de acomodar a Sofía. Aproveché su momento de distracción para meter el dinero en la consola central, esperando que no se diera cuenta. Se metió al asiento del conductor y encendió el carro; supuse que estaba a salvo, por ahora, al menos. Tenía la sensación de que cuando encontrara el dinero no estaría tan feliz. Pero si lo piensas bien, la mayoría de esa comida me alimenta también. Era justo que yo lo pagara.
—¿Necesitas ir a algún lugar? —preguntó—. ¿Quieres ir a comer?
Sonreí.
—Suena bien para mí.
Llegamos a mi apartamento a medio día, justo a tiempo para la siesta de Pequeña, algo que ella necesitaba con desesperación, aunque por alguna razón no quería dormirse. Bella la cargó e intentó hacer funcionar su magia, pero Pequeña gritó en protesta. Incluso le jaló el cabello a Bella.
—Shh, bebita —dijo Bella, meciéndola gentilmente en sus brazos. Movió una mano y abrió la boca de Sofía, pasando el dedo por su encía inferior como me había indicado que hiciera—. Estás bien, sólo duerme.
Bella siguió arrullando y meciendo a Pequeña hasta que se durmió. Era tan malditamente buena en eso, natural en cada forma. En cuanto Sofía estuvo profundamente dormida, Bella se levantó y la dejó en la cuna. Cuando Bella regresó se recostó en mis brazos en el sofá.
—Creo que deberíamos intentar dominar el arte del rapidito —dije y ella bufó—. No, en serio. La práctica hace la perfección, ¿cierto? Practiquemos. —Sonreí.
—Estás excitado —se rió.
—Maldita sea, sí lo estoy.
—Me das lastima.
—La lástima es buena. Lástima significa que conseguiré algo, ¿cierto?
Levantó la cabeza para besarme.
—Quizá —dijo con una sonrisa maliciosa.
—¿Prefieres que use el romance? Puedo usar el romance para sacarte de esas bragas.
—Vaya —se rio—. Esa declaración grita romance. Buen intento, doctor Cullen.
—Me gusta cuando me dices así. Pone pensamientos pervertidos en mi cabeza.
Se tornó de un rojo brillante y enterró la cara en mi pecho mientras se sacudía de risa. Acaricié su espalda, bajando más y más hasta que mi mano estuvo en su trasero.
—Podrías ser una sucia enfermera… o paciente. Tú decides —dije.
—Por favor, detente —dijo. Su voz sonaba sofocada por mi camiseta.
—¿De mover mi mano o de hablar?
Levantó la cabeza capturando mis labios por un momento.
—Hablar —dijo—. Deja de hablar.
Asentí mientras ella acariciaba mi mejilla —y no mi polla, tristemente—, y me besó de nuevo, moviendo su cuerpo contra el mío y dejándome jodidamente duro. Pasaron unos momentos y luego el beso se profundizó con más pasión. La deseaba. Deseaba sentir cada centímetro de su piel de nuevo, como anoche. Quería que gritara mi nombre una y otra vez mientras la hacía sentir de maravilla. Y cuando rompimos el beso y me miró a los ojos, supe que ella lo quería también.
Nos fuimos a mi habitación sin decir ni una palabra. La desnudé, moviendo mis labios a su pecho desnudo y luego bajando más y más. La acosté en la cama y bajé por su cuerpo, quitándole lentamente las bragas antes de mover la punta de mi dedo de su pierna a la parte interna de su muslo. La separé, metiendo lentamente mi dedo en ella, sintiendo que estaba perfectamente mojada para mí. Besé sus muslos antes de abrir sus piernas. Pasé mi lengua por su clítoris y jadeó agarrando mi cabello.
La miré, pidiéndole permiso en silencio. Ella sólo asintió mientras yo seguía metiendo y sacando mi dedo, añadiendo otro. Moví mi lengua sobre su clítoris de nuevo, haciendo lentos círculos, disfrutando de su sabor. Tan jodidamente bueno. Mi lengua bajó, uniéndose a mis dedos y mi otra mano subió por su muslo, sintiendo la piel de gallina que yo le estaba causando. Gemidos llenaron mis oídos, y amé ese sonido. Amaba saber que la estaba haciendo sentir bien.
Toqué su clítoris de nuevo con mi lengua, y su cuerpo tembló bajo el mío. Escuché mi nombre cada vez más fuerte, y seguí sin detenerme. Se apretó alrededor de mis dedos al venirse, gritando.
—Oh… Dios —suspiró cuando la miré.
Sonreí y besé su estómago, subiendo por su cuerpo.
—Eres preciosa —dije acariciando su mejilla.
Estaba sonrojada; rostro, cuello y pecho. Ese toque de rojo en su piel pálida la hacía verse… deslumbrante. Simple y sencillo. Luego de unos momentos se puso de costado, poniendo su brazo sobre mi pecho.
—Bueno, eso fue… nuevo —dijo.
Alcé la ceja.
—¿Nuevo?
—Sí, nuevo. Pero estuvo —suspiró sonriendo—, genial.
Besé su frente antes de que se subiera sobre mí y se estirara hacia el buró. Abrió el cajón y sacó un condón. Lo deslizó sobre mi polla dura, y luego se movió, metiéndome en ella. Se movió lentamente. Se sentía tan jodidamente bien. Miré sus hermosas tetas moverse junto con ella, subiendo mis manos hacia ellas. Gimió y echó la cabeza atrás. Nos di la vuelta acelerando el paso. Tan. Malditamente. Cerca. Sus piernas se envolvieron en mi cintura, sosteniéndonos juntos.
Gemí besando su cuello al venirme.
—Te amo —susurré.
Y era verdad. Juro por Dios que la amaba.
Ahora Sofía sí los dejó hacer sus cosas en paz…
Me encantó la última línea de este capítulo. Espero que les haya gustado.
A este fic le quedan exactamente 17 capítulos. Llega hasta donde Sofía tiene 2 años y sí veremos cuando diga sus primeras palabras. También hay una secuela que apenas está siendo publicada, lleva 9 capítulos y planeo traducirla cuando esté terminada.
¡Gracias a todas por sus comentarios! ^^
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