-Tengo que irme-
Sophie sintió la sangre drenar su rostro. La embargo un terrible deseo de llorar hasta secarse. Percibió las lagrimas tomar la esquina de sus ojos e intento correr, pero la mano del Slytherin la detuvo.
-Adónde vas?- inquirió el extrañado, observando la palidez de la chica.
-Tengo que irme- murmuro respirando despacio.
-Pero porque?- Severus busco sus ojos, pero ella rehuyó su mirada.
-No me siento bien- trato de sonreír, pero no pudo.
El hombre soltó su mano mientras ella se alejaba a toda prisa de vuelta al castillo.
-PLAF!
Sophie cerró la puerta tras de ella, derrumbándose en su diván. Las lagrimas llenaron su rostro.
¡Maldito bastardo, te metiste entre mi piel y mis huesos y no puedo sacarte de ahí!
¡Porque tiene esto que ser tan difícil, porque no puedo simplemente aceptar que no eres mío, que nunca lo fuiste. Porque diablos no puedo solo dejarte ir?
Las pequeñas tazas de té volaron en pedazos por la habitación, llenando el aire de finos pedazos de cristal, Sophie abrazo un cojín, sintiendo toda la amargura del mundo brotar a su alrededor. El mismo sentimiento de desesperanza de aquel día en que él le confesó su amor por Lily regresaron a ella. Era un infierno, tenerlo tan cerca y aun así tan lejos.
Ese beso había sido demasiado, al principio fue solo la cercanía, el cabello que le hacía cosquillas en la cara, luego esa voz susurrada a su oído, el roce cálido y luego la pasión de esa lengua. Por un momento se imagino que aquello no era una farsa, que en realidad él quería besarla, las piernas le flaquearon y si no cayó al suelo fue porque el brazo del Slytherin la sostenía.
Estaba decepcionada de sí misma, había fallado estrepitosamente una vez más.
Suspiro recordando una vez más aquella noche en las mazmorras. Los besos, las caricias, las palabras murmuradas a media luz, el sudor de su cuerpo, los jadeos que sentía brotar dentro de sí. Se apretó la cabeza con las manos, apartando las imágenes de un zarpazo.
¡Maldición! Solo fuiste un intento de llenar el vacío que Lily le dejó. Siempre fue ella, nada ha cambiado.
Sintió la saliva espesarse en su boca, y ese gusto a toronjas agrias quemarle el pecho.
Por eso te echo de su cuarto, no llenaste sus expectativas, Dios porque demonios tiene que ser tan endemoniadamente doloroso? Ya no soy una niña, porque tengo que seguir prendada de él?
Lo sabe, seguro que sabe lo que siento por él, este acuerdo es solo su manera de consolarme.
Podía soportar con algo de aplomo la fachada de enamorado, el tenerlo tan cerca por las noches, las discusiones, los pleitos, los portazos y las disculpas 3murmuradas a media voz que caracterizaban su amistad desde tiempos inmemoriales. Pero sentirlo tan cerca, dejarse besar por él aunque fuera de mentira era demasiado para soportarlo. Era la misma prueba de que aunque pasara el tiempo lo seguía amando con las fuerzas alocadas de la juventud.
Dormir, eso era lo que quería hacer por el resto de la noche, tragarse una poción y pensar mañana en como acabaría con todo eso. Porque estaba decidida a acabar con aquel teatro, sin importar las consecuencias. Se levanto del diván rebuscando entre los pomos y cristales que mantenía entre un baúl. Ya había localizado el cristal, cuando alguien toco la puerta. Sophie se sintió extraña, no esperaba a nadie, un ligero cosquilleo en la nuca y ese escalofrío que le recorrió el cuerpo entero. Avanzo sosteniendo su varita, abrió la puerta lentamente, no había nadie. Sophie avisto el pasillo, pero se encontraba desierto, al parecer todos estaban en el gran salón cenando. Entonces miro al suelo. Alguien había dejado una pequeña caja de regalos envuelta en organza blanca. Reviso el paquete en busca de una tarjeta, pero solo encontró las iníciales S. S. tatuadas en la tapa. Sin pensarlo dejo la caja en ese sitio, no estaba de ánimo para bromas. Cerro su puerta, lista para tomarse su poción. Entonces lo que vio le helo la sangre, la caja estaba sobre la mesita, y estaba abierta. Sophie sintió su pulso acelerarse, se acerco sosteniendo entre sus dedos su varita, observando el contenido. Un estremecimiento de pavor subió por su espalda. Una muñeca, idéntica a ella en todos los detalles, yacía muerta vestida de ropas de funeral.
Apretó su varita, lista para volar en pedazos ese artefacto del infierno, pero un dolor en el pecho y la sensación de ahogarse la desplomaron sobre el suelo.
-En qué demonios estaba pensando?-se dijo molesto consigo mismo, frotándose la frente con disgusto- ¡Me porte como un adolescente calenturiento! Podíamos haber prescindido de eso ¡Pero no, tenía que perder el control y besarla de verdad!-
Un vértigo recorrió su cabeza al recordar el sabor de la boca de Sophie, la tibia humedad que habían intercambiado por unos segundos. Tenía que admitir que había perdido las riendas y en el éxtasis del momento imagino que ella le respondía.
-Alucinas, Severus. Eso fue por lo incomoda que estaba, al tener que seguir con este circo sin sentido-
-Era tu nombre el que ella gritaba aquella noche, eso no fue una alucinación.-
Aun no podía olvidar la palidez de esas mejillas luego de que el la liberara de sus brazos.
-Que acaso te creíste que aquello podía perdurar? Ella, enamorarse de ti? No me hagas reír. Un maldito indeseable, marginado, mortífago, un espía que en el mejor de los casos terminaría alimentando los gusanos de Azkaban?-
Lástima, eso fue lo que la llevo a estar contigo, siente lastima de este patético intento de vida que llevas como espía faldero de Dumbledore.
Pateo las cajas que contenían los ensayos de sus estudiantes. Resoplo, buscando entre el bolsillo de la túnica un pergamino. Sus oscuros ojos surcaron el pliegue de papel.
Desde hacía más de tres meses vigilaba los pasos de Sophie por todo el castillo. Creo un mapa que solo la podía ubicar, señalándole el lugar exacto de su habitación donde se encontraba. Trataba de engañarse a si mismo pensando que era una medida de seguridad, pero la verdad era que no dormía si no observaba los pasos de ese nombre moverse por el ala oeste.
Desde el ataque en el bosque le había quedado claro la posición de Black, era obvio que el merodeador aun sentía esa obsesión por su amiga. Sonrió con insolencia sintiendo un placer malsano en jugar de esa manera con la salud mental del gryffindor. Imágenes de la noche en la casa de los gritos le llegaron a la mente, si atrapar a Pettigrew lo había llevado casi a la demencia, ver al amor de su vida en brazos de un Slytherin de seguro lo mataría.
Chasqueo la lengua
Esto es solo un teatro, recuerdas? Ella sigue pensando en otro, su corazón le pertenece a un hombre muerto.
Desenvaino el pergamino, mientras recitaba los encantamientos a punta de varita.
Observo el punto de tinta que permanecía en el centro de la sala de su habitación. Respiro, ella estaba bien. Se dispuso a tomar un baño antes de ir al gran salón para la cena.
El hombre de los ojos grises se dejo caer sobre el suelo, su cabello revuelto y la barba de tres días ensombrecía su rostro.
-¡La tiene bajo un imperius!- escupió- La tiene embobada con sus malas artes, no me explico cómo, y para colmo Dumbledore lo permite!
Harry Potter y Hermione Granger intercambiaron una mirada de preocupación. Habían caminado al bosque para llevarle alimentos al merodeador, sin embargo las cosas se habían salido de su cauce al toparse con aquella escena tan intima.
-Tienes que dejarlo ir, Sirius- susurro Harry alarmado ante la vista de su padrino maldiciendo el suelo.
-Es que no me explico como no lo vi antes, paseándose con esa bola de pelo aceitoso, está más claro que el agua- gruño apretando los dientes.
La castaña se arrodillo en el suelo, alcanzándole algo de comer al hombre.
-Sirius, no lo tomes a mal, pero no creo que sea eso lo que está pasando-
Harry la miro sacudiendo la cabeza en silencio - No vayas ahí- le susurró.
Pero era tarde, el merodeador la miro con una sonrisa irónica.
-Y que crees, Hermione? Que ella quiere estar con Quejicus? Aunque así fuera no debería, ese no ha querido nunca a nadie, solo se ama a sí mismo-
La castaña miro a su amigo, buscando apoyo, pero el niño que vivió se cruzo de brazos. Recogió un mechón de pelo que le caía sobre la frente y se levanto del suelo. Estaba oscuro ya, era hora de regresar.
-Sirius, tienes que irte, es tarde y si no nos ven en el comedor sospecharan-
El hombre asintió, mientras llamaba de un silbido a su hipogrifo.
-Estaré en casa, si quieres verme habla con Dumbledore- el merodeador se despidió de los chicos.
Un segundo más tarde se elevaba sobre el cielo.
Harry y Hermione emprendieron su camino de vuelta al castillo.
De repente, algo se movió dentro del bosque.
Harry saco su varita, al mismo tiempo que su compañera, apuntando hacia la oscuridad incipiente entre los árboles.
Tambaleándose, avistaron a un hombre que se desplomo tres metros hacia ellos. Estaba vestido con harapos, parecía un mendigo, su capa estaba rota, y algo de sangre corría por su nariz. Hermione guardo su varita en su bolsillo trasero, mientras ayudaba al hombre a incorporarse.
Es Crouch- murmuro incrédula, volviendo un segundo después a buscar la vista de su amigo quien se mantenía indeciso detrás.
El hombre murmuraba incoherencias, era obvio que alguien o algo lo había atacado.
-Qué hacemos? - pregunto la castaña
-Ve a buscar ayuda, yo me quedo con el- contesto el niño
-No! Tus piernas son más fuertes, eres mas rápido, yo me quedare-
Sin tiempo para discutir, el niño emprendió la carrera desapareciendo entre los árboles.
El bullicio de las conversación, el choque de la plata sobre el cristal de los platos, las risas, las bromas llenaban las coloridas mesas del gran salón. Las túnicas de diferentes tonos adornaban la cena, donde todos se sentaban sin orden aparente.
Un ejemplar del diario El profeta circulaba en manos de las estudiantes de Gryffindor, quienes comentaban los últimos chismes de moda.
Severus frunció el ceño ante el parloteo incesante de Aurora Sinistra, empeñada en que todos observaran el eclipse lunar de esa noche. Un ligero cosquilleo en la nuca le indico que algo andaba mal. Levanto la vista recorriendo las diferentes mesas, al parecer nadie faltaba de su casa, Gryffindor era harina de otro costal, esos se saltaban la cena a cada rato.
Busco a Potter, pero no encontró la cabeza del Gryffindor entres sus compañeros. Ahora que lo pensaba tampoco estaba la insufrible comelibros que siempre lo seguía como perrito faldero.
Chasqueo la lengua, de seguro que estarían dando vueltas por el castillo haciendo lo que le viniera en gana. O tal vez están controlando al perro rabioso que de seguro le dio un yeyo por lo de esta tarde.
Atisbo a la puerta de los profesores, ya era tarde y de seguro ella no vendría a cenar, por tu estupidez- pensó
Sintió una aguja clavársele dentro, no, no era eso lo que sentía. Sin pensarlo saco el pergamino y lo coloco debajo de la mesa. Coloco su varita encima y observo el punto, ese punto que hacía dos horas estaba claro y ahora...
Oh no!
