Estoy de vuelta, y dejadme decíos que en una de estas inspiraciones momentáneas que me dan normalmente, he visto claramente cómo va a terminar la historia, (y no os preocupéis que queda bastante), y la verdad es que va a quedar bastante bien.

No os preocupéis que la intriga no ha desaparecido, no me he olvidado de Tanya ni de Kate, y además, a Bella todavía le queda mucho mundo por ver XD

Como siempre, recordaos que me encanta que me dejéis reviews y que me hace mucha ilusión recibirlos y nada, lo que queráis… Sentíos libres de preguntad lo que queráis acerca del desarrollo de la historia. Desde luego sorpresas no van a faltar.

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BPOV

Una potente voz se escuchó desde el piso de abajo.

-¡BELLA! Aparte de a Edward, ¿quieres desayunar algo más?

No pude evitar reírme del comentario de Emmett. Ni él podía evitar hacer un comentario como aquel. Vale, admitía mi culpa, gemir y gritar en una casa llena de vampiros no era muy sutil dada su sensibilidad al más ínfimo sonido, pero ¡por favor! No necesitaba que me lo recordaran continuamente. No estaría de más que mi cuñado tuviese un poquito de consideración conmigo y con mis hormonas revolucionadas.

No quería levantarme de la cama, pero sabía que cuanto más lo alargara peor iba a ser. Recogí las bragas y el sujetador del suelo y contemplé desde la puerta del baño a Edward. Parecía salido de un anuncio de colonia. Uno de esos en los que el chico salía desnudo, ojos cerrados y una estúpida sonrisa en la cara con una sábana sobre él estratégicamente colocada. Reprimí una carcajada y entré al baño. Me tiré un rato largo dentro, estuve 30 minutos debajo del chorro de agua caliente. Me relajé al instante que sentí mis músculos destensarse. Cuando me puse delante del espejo, me di cuenta de lo mucho que había cambiado mi cuerpo en las últimas semanas. Mi vientre se había hinchado bastante, y ahora mostraba una redondez perfecta. La misma sonrisa estúpida que le había visto antes a él, se posó sobre mis labios. No podía evitarlo, mi vida no era perfecta, pero últimamente había habido cambios ciertamente inmejorables. Estaba profundamente y perdidamente enamorada y era feliz.

Me decanté por los pantalones vaqueros y la camiseta azul marino ajustada debajo del pecho. Cuando me miré de nuevo al espejo reconocí cuánta razón tenía Edward en cuanto a lo de los pechos.

No lo retrasé más y bajé a desayunar. Vi la coronilla de Emmett desde lo alto de la escalera. Sin mirarle a la cara ya me había puesto roja como un tomate.

-Carlisle ya se ha ido a trabajar y Alice y Esme se han ido a Seattle, al parecer Jasper va a ser su chofer.- me informó, con una voz cargada de sorna.

-¿Dónde está Edward?

-Se ha ido con Rose a comprar…- le lancé una mirada escéptica pero no dije nada más. Saqué un cuenco del armario y cogí leche y cereales.- Eso nos deja a ti a mi solos.

Su risa retumbó en la cocina y yo si era posible me puse aún más roja.

-Qué peligro…- murmuré con ironía.

-¿Sabes? Nunca pensé que mi querido hermanito fuese tal semental.- Se encaramó en la encimera de la cocina- Bueno, tampoco es que nunca le hallamos visto en acción, eso te lo dejamos a ti, pero después de todos estos años guardando tan celosamente su virginidad…- quería picarme y todavía no lo había conseguido. Esto se iba a poner peor, mucho peor.- La pena es que Jasper ha ganado la apuesta.

-¿Qué apuesta?

-Ya sabes, lo del chocolate… Aunque ha hecho trampa, ya sabes jugar con tus hormonas para conseguir que tuvieses antojo de…

-¿¡QUÉ! ¿Me estás diciendo que ha sido Jasper?- No me lo podía creer, una cosa era que discutieran sobre nuestra vida abiertamente, y otra muy distinta era que jugase con mis emociones.

De pronto Emmett se empezó a reír escandalosamente, y lo comprendí. A tocahuevos no le ganaba nadie.

-¿Has visto que fácil es pillarte, Bella?- otra risa,- Y yo que creía que eras más lista… Te las tragas de dos en dos…

Mi cara hervía de enfado, ¿por qué siempre terminaba siguiéndole el juego? Agarré el cuenco de leche y me senté en la mesa, dispuesta a ignorarle dijera lo que dijera.

-Venga, Bella no te enfades…- suplicó en un tono falso de pena.- Además, ¿Qué harías tú sin mí? ¿Lo has pensado?

-¿Vivir en paz, quizá?- le contesté. Pero Emmett continúo como si no me hubiese oído.

-Todo el día aburrida y asqueada, si yo soy la alegría de la huerta y lo sabes.-Reprimí una sonrisa y me tragué las ganas de darle con la cuchara en la cabeza.

-¿Ya has terminado? Lo digo porque me gustaría terminar de desayunar tranquilamente- la ironía la rematé con una sonrisita de autosuficiencia. Antes de que pudiera responder, el timbre de la puerta sonó, y a quién quiera que fuese le agradecí en el alma, que me diese medio minuto libre de Emmett.

No fue un minuto, sino diez, y quince. No volvió. Tan solo oí un portazo, el de la entrada principal cerrada con la fuerza brutal de Emmett. Terminé el desayuno y lavé el cuenco. No me pasó desapercibido el hecho de que aún no hubiese regresado, pero no le di importancia, ¿quién iba a preocuparse de que le pasase algo a Emmett? Simplemente subí arriba y me puse con el trabajo de filosofía.

Estaba completamente enfrascada en Kant y en sus categorías del entendimiento, cuando sonó un suave golpe en la puerta y está se habría dejándome ver a Emmett.

-Si has venido a tocarme las narices ya sabes dónde está la puerta,- le dije sin mirarle. No me contestó y eso despertó mi curiosidad, ¿desde cuándo Emmett rechazaba una provocación? Su cara estaba seria y en ella no quedaba restos de la broma anterior. Parecía preocupado, casi cauteloso.

-Bella, hay alguien que quiere verte.

-¿Qué? ¿Quién?- Dejé todo lo que estaba haciendo y centré toda mi atención en lo que me estaba diciendo.

-Escúchame bien, si dice algo, si hace algo que te haga sentir mal… no tienes por qué aguantarlo, ¿vale? Sabes que estaré allí en menos de un suspiro.

-Emmett no sé de qué estás hablando…

-Tu padre está abajo…

Siguió hablando, pero mi mente desconectó por completo. Aún era capaz de captar partes en las que me decía que él no se iba a ir de la habitación, o de que siempre todos, refiriéndose a los Cullen, estarían conmigo. ¿Para qué había venido mi padre? ¿Me había perdonado ya? ¿Había comprendido por qué yo había sido incapaz de hacer lo que él me había pedido?

Me levanté de la cama y me puse de pie, no entendía nada, no sabía que ocurría, ni porqué ahora mi padre quería recuperar a su hija, o quizá es que solo venía a echarme más cosas en cara… El corazón ganó a la cabeza y eché a correr escaleras abajo.

Se le veía tan incómodo, tan extraño, tan ajeno en el salón de los Cullen. Levantó la cabeza en cuanto me oyó llegar. Parecía que había envejecido diez años desde el último día que le vi. Parecía cansado y derrotado, pero sus ojos transmitían otra cosa, no mostraban ira ni furia como la última. No. ¿Era vergüenza, arrepentimiento?

Una tos forzada me llegó a los oídos, y me percaté de que Emmett había bajado conmigo, no dispuesto a dejarme sola ni un momento. Por otro lado, sabía perfectamente que no tenía sentido pedirle que nos dejase a solas porque no lo iba a hacer. Mi padre también pareció comprenderlo. Y de pronto lo entendí. Era él quién había llamado durante el desayuno. Era él con quién Emmett había estado más de una hora, lo que hubiera podido ocurrir durante ese tiempo ni lo sabía ni lo quería imaginar. Reprimí una sonrisa, Emmett podía a llegar a ser el hermano mayor perfecto.

Tenía el corazón encogido, lleno de sentimientos encontrados, y en mi interior me debatía entre salir corriendo de allí, o lanzarme contra él y abrazarle durante horas y horas hasta que me perdonase y me dejase de nuevo estar en su vida. Por suerte, no fui yo quien habló primero.

-Yo… yo te he traído,… algo,- su voz era insegura, temblaba en algún punto, y aunque estaba aún muy enfadada y dolida con él por haberme echado de casa cuando más le necesitaba, me dieron ganas de decirle que todo iba bien, que no se preocupase, que le quería y que él siempre iba a ser mi padre, sin importar lo que ocurriera o la distancia que nos separase.

Sacó un pequeño y diminuto paquete de un bolsillo del chaquetón y extendió la mano. Me acerqué a él sin dudarlo. Cogí el paquete y le miré a los ojos curiosa. Nunca me había hecho mucha gracia que me regalasen cosas, pero mi padre siempre acertaba. Supongo que era por lo mucho que nos parecíamos.

-No es gran cosa, y te juro que no me he gastado mucho. Quizá ya tengas unos…. Pero de todas maneras quería que tuvieses unos que viniesen de… mí.

Me tenía completamente desconcertada, quité el envoltorio rápidamente y un sollozo se quedó atrancado en mi garganta, aun así, intenté hablar.

-Tenías razón, todavía no tenía ningunos… papá.- Y las lágrimas se desbordaron de mis mejillas, y no pude más que engancharme de su cuello y abrazarle con toda la fuerza que tenía, porque allí, en ese momento, mi padre me había hecho el mejor regalo que pudiese haber imaginado. Me había regalado los primeros patucos de mi niña, y dos cosas tan pequeñas podían llegar a significar tanto… que mi padre me había perdonado, que me quería y quería estar en mi vida y en la de mi hija. Si había sido capaz de presentarse allí, en la casa en la que vivía Edward, significaba que lo aceptaba y eso era el mejor regalo que me podía hacer.

Me devolvió el abrazo con el mismo entusiasmo y pude ver que sus ojos también brillaban.

-Son blancos, porque no sabía si era un niño o una niña...

- Vas a tener una nieta, papá, una niña.

-Lo siento tanto cariño, no sabes lo que me he arrepentido, pero para mí ha sido tan difícil aceptarlo, creía que era por mi culpa, que estabas cometiendo los mismos errores que yo, nuca me he arrepentido de tenerte, Bella, pero cuando tu madre y tú os fuisteis no podía soportar la idea de una casa vacía esperándome todos los días… y no quería eso para ti,- le abracé más fuerte, ya no quería que se fuese lejos de mi lado nunca más,- lo siento, hija, lo siento tanto, tantísimo… Perdóname, cielo.

-Claro que sí papá. Como no iba hacerlo, te quiero.

-Y yo a ti hija, y yo a ti.

EmPOV

No me había hecho ninguna gracia verle en el umbral de mi puerta, de mi casa, exigiendo ver a Bella. Por supuesto, yo no había cedido con facilidad. Digamos que él y yo habíamos tenido una charla productiva, o yo la había tenido porque él apenas había dicho nada. Ahora, en ese momento viendo a padre e hija abrazados, me di cuenta de por qué había sido así. No había venido a recriminar nada, había venido a disculparse, a pedir perdón, a arrodillarse si hacía falta. Había venido a recuperar a su hija y a todo lo que conllevaba eso, es decir, a nosotros, los Cullen. Una ancha sonrisa apareció en mi boca. El jefe Swan quería ser parte de la familia. Abandoné silenciosamente la estancia, y fui al garaje. El Aston Martin parecía estar esperándome. Mientras arrancaba, no me sentí remordimientos por dejarles solos, tenían cosas que contarse en privado, solo padre e hija… y bueno con nieta incluida.

Marqué el número de teléfono con rapidez, sonó una vez nada más.

-¿Qué pasa , Em? No me digas que se te ha escapado Bella y no la encuentras.- El tono jocoso era innegable.

-Ja, Ja, me parto contigo, Jasper, ¿está Esme por ahí?, me gustaría hablar con ella.

-Está aquí a mí lado, te la paso.

-¿Sí?

-¿Qué tal se te daba cocinar cuando era humana?

-Pues bien, supongo… ¿A qué viene esa pregunta?- Podía imaginarme la cara de sorpresa que iba a poner cuando dijese lo siguiente. Aceleré y salí del pueblo, para reunirme con ellos.

-Voy para allá. Nos vamos de compras, esta noche cenamos todos juntos, Charlie incluido. Ya es hora de que los Cullen hagamos una cena de Navidad en condiciones, y tú, mami, me vas a ayudar.

Daba igual si teníamos que reprimir cara de asco mientras cenásemos, o pretender que todo estaba delicioso. Si eso iba a sacarle una sonrisa a mi cuñada querida, eso íbamos a hacer. Además, siempre podíamos comer la carne poco hecha.