Capítulo XXI: Desazón y alegría

Tom Riddle se puso de piel lentamente. Su expresión recordaba a alguien que hubiera pasado por una terrible pesadilla. Y, en cierto modo, lo había sido, un mal sueño que había durado décadas, una pesadilla en donde gente moría, se volvía loca. Se miró la mano que todavía sostenía su varita, y apenas pudo creer que aquel pedazo de madera hubiera sido responsable de tanta destrucción.

-¿Dónde estoy? –preguntó con voz ronca.

Harry, quien no se atrevía a creer lo que pasó delante de sus ojos, no supo cómo reaccionar. Abrió y cerró la boca compulsivamente, como queriendo decir algo pero retractándose en el último momento, sin poder asimilar que el antagonista de esa historia hubiera dejado de ser tal.

-¿Dónde estoy? –volvió a demandar Tom, con un temblor en la voz.

Mientras Tom y Harry estaban de pie, mirándose sin ver, un grupo de Aurors apareció en medio de la ruinosa calle, liderados por una mujer que señalaba en dirección a la casa de Slughorn y corría hacia allá. Mientras tanto, los recién llegados caminaban hacia donde estaban Harry y Tom de pie pero, se detuvieron frente a ellos, con un signo de interrogación en sus caras. La chica les había dicho que encontrarían a Voldemort allí pero, lo que veían era un hombre entrado en años ataviado con una capa negra, descalzo y con evidentes signos de desorientación. Harry giró la cabeza y, cuando vio a los Aurors, supo que venían por el hombre que estaba frente a él.

-Ya no está –dijo Harry-. El hombre que buscan ya no existe.

Los magos estaban confusos. Aquel hombre con aspecto de serpiente no se divisaba por ningún lado, no estaba en ninguna casa ni bajo ninguna ruina.

-Este hombre –continuó Harry, señalando a Tom, quien miraba a los Aurors con desconcierto-, ha dejado de ser Lord Voldemort. Acaba de arrepentirse de todos sus crímenes y desea entregarse a las autoridades correspondientes. Pero, denle un castigo justo: permítanle enmendar sus errores y cargar con la culpa ayudando a quienes sufrieron por causa suya.

Los Aurors, perplejos a propósito de la extraña petición de Harry, no reaccionaron de inmediato, como si el hecho que el mago tenebroso más poderoso de todos los tiempos se entregara en completo silencio, sin alboroto. Pasados unos instantes, sin embargo, dos de los Aurors apresaron a Tom Riddle y, segundos después, ya no estaban en ningún lado. Harry miró hacia la casa de Slughorn y divisó a sus amigos, acompañados por…

-¡Hermione! –exclamó Harry, incrédulo. Se masajeó los ojos, como si lo que estuviera viendo fuera un espejismo. Debía estar soñando, era la forma en que ella pudiera estar viva, porque recordaba vívidamente cómo había extendido su varita hacia ella, pronunciado aquellas terroríficas palabras y contemplado cómo su cuerpo caía sobre la cama, la vida siendo arrancada de ese bello envoltorio que había tocado, besado y abrigado. Por eso, pensaba que formaba parte de su imaginación: tanto la extrañaba, que casi juraba que iba a llegar a su lado, abrazarlo con fuerza y besarlo como si fueran milenios los transcurridos desde la última vez que sus labios estuvieron juntos.

No era ilusiones suyas.

Cuando pudo sentir el cálido cuerpo de la chica abrazarlo, supo que había ocurrido un milagro. Hermione estaba viva, había vuelto de las fauces de la muerte sólo para encontrarse con él. Notó que ella estaba llorando: no eran llantos de tristeza, sino de una inconmensurable alegría, una felicidad tal que Harry olvidó lo sucedido después que saliera expulsado de la casa por el poder de Voldemort.

-Harry.

-Hermione –susurró él, como temiendo cometer un error al identificarla como su incorruptible amante-. ¿En realidad eres tú?

-Sí, amor mío. Soy yo.

-Pero… te vi morir. Yo mismo te maté.

Ella se agitó su cabello castaño y le miró, dejando de llorar, sonriendo pronunciadamente, aunque todavía le brillaban los ojos.

-Yo tampoco lo entiendo Harry pero, cuando tu maleficio dio en mi pecho, de inmediato me sentí transportada a una especie de puente entre mundos: el siguiente y al que todavía me aferraba con fuerza. –Hermione hizo una pausa para mirar a Harry con ojos llorosos y luego continuó, como si las palabras fueran muy grandes para su garganta-. Estaba dividida: por un lado, quería seguir adelante, curiosa por explorar el mundo al que debía ir, para seguir mi camino de perfección. Por otra parte, todavía no quería deshacerme de tu recuerdo, me negaba a perderte. Mi alma estaba tan enamorada de ti que se opuso a continuar, no quería rendirse. Por eso, tomé una decisión.

"Esperé en la delgada brecha que existe entre los dos mundos. Si deseaba quedarme, tenía que estar segura que tú también desearas que yo acudiera a tu lado una vez más. Por eso aparecí delante de ti, porque quería saber si tú todavía sentías amor por mí, si realmente deseabas que yo volviera. Cuando me dijiste que no deseabas creer que era yo, aceptaste el hecho que yo estaba fuera de tu alcance y no tuve más remedio que seguir el camino que tenía delante. Pero mi alma insistía en lo imposible: me decía que tú no estabas siendo sincero y que otras cosas habían influenciado en su decisión. Me dijo que le diera otra oportunidad y en condiciones neutras. Fue cuando hiciste el Finite Mortis y me contestaste con la verdad. En ese momento, mi alma tuvo una poderosa razón para quedarse en mi cuerpo y volvió a él.

-¿Quieres decir que…? –Harry sintió que era demasiado increíble como para ser verosímil-. ¿Quieres decir que volviste a la vida… por amor?

-Quiere decir que el amor que siento por ti fue lo suficientemente poderoso para vencer las barreras de la muerte y volver a tus brazos. Fue amor lo que me hizo dudar de seguir mi camino. Fue amor lo que me hizo volver a la vida, volver a ti.

-Yo… yo decidí darte una segunda oportunidad. Yo te di la razón para volver, porque creías que si no la tenías, ya no valdría la pena volver.

-Entendiste bien –alabó Hermione, enlazándole los brazos alrededor del cuello-. ¿Estás más contento ahora, que estoy de vuelta para amarte y ser tuya toda tu vida?

Harry, como en un repentino flash, se acordó de algo que Hermione desconocía.

-No del todo.

Hermione lo miró con una cara de profunda extrañeza.

-¿Por qué?

Harry señaló un bulto que estaba tirado en el suelo a unos tres metros de donde estaban ellos de pie. Hermione siguió la dirección que indicaba el dedo de Harry y se dio cuenta que era un cuerpo, un cuerpo sin vida. Hermione, perpleja a causa de la peculiar reacción de su novio al ver aquella masa informe de la cual se derramaba un intenso cabello rojo.

Un cabello rojo.

Hermione olvidó que Harry estaba allí, porque lo que estaba viendo era la forma inerte de su mejor amiga, de una de las pocas mujeres que había estado con ella en los peores momentos de su vida. Pero ahora, ya no iba a poder disfrutar de su alegre compañía. Poco importaban los celos del pasado, cuando Hermione y su amiga se peleaban por el mismo hombre, cuando Ginny había recurrido a magia misteriosa para separarla de Harry, poco importaba ya todos los problemas de adolescentes que tenían. Para ella, Ginny era casi irreemplazable.

Se arrodilló delante de la exánime figura que descansaba con los ojos al cielo y unas gotas saladas cayeron sobre la sedosa cara de Ginny, rodando por su rostro y desparramándose sobre el suelo, como si la pelirroja compartiera el dolor de quien estuviera postrada allí. Neville y Luna miraba la escena también con lágrimas en los ojos.

—¿Es éste el precio por ganar una guerra? —interrogó Hermione al aire, desconsolada y afligida—. ¿Acaso tiene que morir gente para que las malas personas abran los ojos y se den cuenta de lo que han hecho? ¡Maldita sea! ¡Me dieron una nueva oportunidad y, mi mejor amiga tuvo que pagar el precio, sacrificarse para que ese… hombre entendiera que estuvo equivocado todo este tiempo!

Harry se acercó a ella y la abrazó, tratando de dar algún calor a la entumecida alma de su novia. Dejó que Hermione se deshiciera en llanto, mientras que Neville y Luna se acercaban a ella, también queriendo ofrecer cariño y calor ante una irreparable pérdida, no sólo para ella, sino para los demás también. Ese día, el día en que Voldemort se arrepintió a costa de una vida inocente, jamás lo olvidarían aquellos cuatro jóvenes que arriesgaron todo por defender el mundo mágico, uno de ellos viajando a través del tiempo y del espacio… y más allá para derrotar a su enemigo y recuperar el corazón de una mujer.


Los terrenos de Hogwarts estaban silenciosos, pese a que había mucha gente congregada allá. Todos los alumnos del colegio, los profesores, los héroes de aquella oscura epopeya y la familia Weasley, cruelmente mutilada por la muerte de dos de sus integrantes. Sobre un pedestal de mármol blanco y rodeado de jazmines, descansaba el cuerpo de Ginny y en otro, pero coronado por rosas, estaba el cuerpo de Ron. Les habían cerrado los ojos para que lucieran más pacíficos, como agradecidos de haber abandonado el mundo y no como víctimas del poder de Voldemort. Un hombre barbudo y pelado, ataviado con una túnica negra (todos llevaban prendas del mismo color) se hallaba delante de toda la congregación de personas, listo para pronunciarse ante todos.

Harry, de la mano con Hermione, miraba tristemente hacia los dos pedestales, donde Ron y Ginny yacían sin vida, rodeados por inútiles flores. Tal vez su prometida tenía razón: el precio por ganar la guerra había sido demasiado alto. Si sólo más funcionarios del Ministerio hubieran ayudado con sus batallas, tal vez se estaría celebrando una boda en lugar de un funeral, su mejor amigo y la hermana de éste celebrando su eventual y definitiva unión con Hermione. Luego, con la mirada errática, vio a varios de sus compañeros de aventura mirar hacia los pedestales con melancolía. Neville y Luna estaban en un extremo de la masa de gente y la rubia abrazaba a quien la acompañaba, lógicamente llorando, porque ella y Ginny eran muy buenas amigas. Cho estaba de pie, cerca de Harry, fascinada con el suelo, aunque se podían ver las lágrimas caer de sus pestañas. Era como si volviera a quinto año, ese fatídico año en el que murió su ex novio. Aunque los que murieron no tenían una conexión cercana con ella, sí sentía una empatía especial por Ron, porque estuvo varios días en cautiverio junto a él y pudo compartir parte de su agonía y sufrimiento.

Y luego, pudo divisar en la lejanía a quien consideraba un traidor antes de hacerle una breve pero apasionada visita a su prometida. Snape también lo observaba con detenimiento, como queriendo comunicarse con él de forma telepática. Fue el momento escogido para que el mago calvo abriera la boca para decir lo que debía.

-Estimados presentes. Estamos aquí presentes para despedir a dos valientes jóvenes que dieron sus vidas para que nosotros estemos de pie aquí, sin la sombra del mal pendiendo sobre el mundo. Dos almas que tuvieron más agallas que todos los magos del Ministerio, supuestamente mejor preparados que los alumnos de Hogwarts. Es por eso que, estando todos aquí, les haremos un homenaje a la altura del sacrificio que hicieron por nosotros, por todos.

Los miembros del Ministerio que estaban presentes no pudieron ocultar su indignación ante las palabras del vocero pero, por respeto a los demás asistentes, no lo manifestaron explícitamente. Los profesores y los alumnos, no obstante, mostraron fugaces sonrisas de suficiencia ante la molestia de los funcionarios y, momentos después volvieron a sus rostros de pesadumbre. Luego, varios magos rodearon ambos pedestales y alzaron las varitas hacia el cielo parcialmente nublado, esperando por una señal.

-Ambos jóvenes recibirán la Orden de Merlín por su heroísmo y sacrificio, por la devoción a sus amigos y el aprecio por la vida –continuó el vocero, su voz vibrando en el aire-. A todos los presentes, no olviden los hechos que desembocaron en esta tragedia, los hechos que la causaron y aceptar los que vendrán después. Roguemos al cielo para que este precio no sea pagado por personas como ellos en el futuro, porque ellos –señaló a los pedestales-, no merecían dejar este mundo, tenían un futuro por delante. No les importó truncar sus objetivos en aras de una paz que con sangre tuvimos que pagar, con sufrimiento y con miseria.

"Recuerden a Ronald y Ginevra Weasley, dos personas cuyo único error fue interponerse entre Voldemort y la victoria del mal. Lo hicieron sabiendo que podían perder la vida, sabiendo que sus amigos iban a sufrir por ellos después, pero prefirieron morir luchando que vivir en un lugar gobernado por la maldad. Recuérdenlos, y no habrán muerto en vano.

Era la señal.

De las varitas de los magos que rodeaban los pedestales salieron diversas chispas multicolores, como si de fuegos artificiales se trataran, y ascendieron al cielo, desapareciendo en él. Segundos después, una lluvia de pequeñas estrellas de plata descendieron suavemente sobre los cuerpos y los presentes. La familia Weasley estaba justo delante de los pedestales, llorando en silencio, abrazados unos con otros, tratando de aceptar la espantosa pérdida de dos de sus integrantes. Harry, no pudiendo soportar aquel panorama, se separó de Hermione y caminó con paso enérgico hacia donde estaban los que restaban de la familia. Por enésima vez se sintió culpable por el destino de Ron y Ginny; ellos decidieron dar sus vidas a cambio de la suya y, no fue la última vez que tuvo esos pensamientos. Prefería haber sido él quien descansara en uno de esos pedestales y no cualquiera de sus amigos.

La señora Weasley, quien estaba de pie, los ojos brillando a la luz de sol del mediodía, lo vio venir, caminando hacia ella. Sabía lo que le iba a decir pero, ella también sabía cómo responderle. Era común en Harry que se echara la culpa de las cosas malas que les suceden a las personas cercanas a él.

-Señora Weasley…

-Sé lo que vas a decir Harry querido- lo atajó ella, tratando de sonreír sin conseguirlo-. Y ninguno de nosotros te culpa de lo que le pasó a Ron y a Ginny. Si decidieron que esa era la mejor forma de ayudarte, pues, está bien. Fueron sus decisiones y no tuyas. Por eso, no te sientas así. Lo que debes hacer ahora es… seguir adelante, todos tendremos que hacerlo, tarde o temprano. Sé feliz junto a Hermione, porque ellos –ella señaló a los cuerpos de sus dos hijos-, lo hubieran querido así, pese a los celos, pese a las diferencias. Ellos hubieran deseado que no tomaras a otra mujer que no fuera Hermione.

Después de esas palabras, la señora Weasley lo abrazó fuertemente, como si él fuera uno de sus hijos predilectos. Harry siempre se sentía incómodo cada vez que ella le daba muestras de cariño pero, esa vez, agradeció tan profundamente el gesto que le devolvió el abrazo con vehemencia. Si los Dursleys lo hubieran querido con esa incondicionalidad…

-Gracias, señora Weasley –dijo Harry con voz trabada.

-No, Harry. Gracias a ti –repuso la señora Weasley-. Gracias por ser quien eres, gracias por cuidar de todos nosotros, gracias por perseverar, por no saber lo que significa rendirse, por darnos esperanzas y demostrarnos que el mal debe acabar algún día, que la luz sucede a la oscuridad y, por sobre todo, gracias por preguntarme cómo se llegaba a la plataforma nueve y tres cuatros. No tendría la posibilidad de conocer a una persona tan magnífica persona si no lo hubiera hecho.

Harry le sonrió y saludó al resto de la familia, en todo momento disculpándose por la muerte de dos de sus hijos.

-No te preocupes Harry –le dijo el señor Weasley, y el sí pudo esbozar una sonrisa-. Sabemos que lo hicieron por ti pero, eso no significa que tú los hayas matado. Ellos sabían que podían perder la vida defendiéndote pero, no les importó. Sabían que tú debías completar el trabajo, cumplir con tu destino.

-Estamos seguros que ellos están mejor que nosotros –dijo Fred, quien parecía haberse recuperado misteriosamente de la pérdida de dos de sus hermanos-. Están libres.

-Sí, sobre todo porque no les toca la parte más dolorosa de la guerra: reconstruir todo –agregó George, tomando de un hombro a Harry.

-Además, murieron como héroes –secundó Bill, quien estaba de la mano con Fleur-. No hay mayor gloria que esa.

-Si hay algo que no se pueda decir de ellos, es que son cobardes –añadió Charlie, sonriendo y estrechando una mano a Harry. Él se la recibió y fue como si algo se aflojara y, de golpe y sin pensarlo, la tristeza previa fuera siendo reemplazada por curiosos sentimientos de nostalgia.

-Siempre los vamos a recordar, en especial cuando, como dijo Dumbledore una vez, tengamos que elegir entre lo que es correcto y lo que es fácil –dijo Percy en el usual tono pomposo que ya estaban acostumbrados a escuchar.

Harry, después de departir un rato con los Weasley, sació la última curiosidad que tenía. Caminando con algo de aprensión, se acercó a Snape y lo miró a sus insondables ojos negros.

-¿Qué deseas, Potter?

Harry se preguntó por segundos cuál era la mejor forma de expresarse.

-¿Por qué acudió donde Hermione?

Snape no perdió el color de su cara. Por el contrario, se puso tan rojo que pudo confundirse con un semáforo.

-¿Por qué lo preguntas?

-Bueno, Hermione me contó lo que sucedió entre ustedes y… bueno… ella me dijo que usted estaba arrepentido de haber asesinado a Dumbledore y que deseaba comenzar una nueva vida. ¿Es eso cierto?

La cara de Snape pasó de roja a púrpura.

-Bueno… ¡eso no te incumbe, Potter!

-Después que hizo el amor con mi prometida, creo que estoy más que involucrado en el asunto –respondió Harry con toda tranquilidad-. Debió de tener un motivo muy poderoso para involucrarse sexualmente con una estudiante.

-Todavía no creo que sea algo que te importe, Potter –replicó Snape, aunque en su interior se preguntaba por qué le ponía tantas trabas.

-¿Cuándo va a hacer un lado el odio? –Harry estaba empezando a entender la verdadera razón por la cual Snape detestaba tanto a su padre, James. No era por el Quidditch, no por ser más popular. Era por algo más-. Usted… usted amaba a mi madre, ¿verdad?

Snape se quedó de piedra. Ese Potter había adivinado la verdad de tanto odio hacia James y hacia su retoño quien, muy a pesar de si mismo, era totalmente distinto de su padre. Lo odiaba, porque le daba una razón para convencerse que James Potter era un engreído arrogante que no le importaba otra cosa que si mismo. Ya no más.

-Sí, Potter. Amaba a tu madre pero, ese… James, se casó con ella. Yo no podía estar más furioso por eso. Además, Lily jamás querría estar con alguien como yo y, mientras servía al Señor Oscuro, lentamente me fui dando cuenta que yo mismo había sido el responsable de erigir la muralla que me separó de su corazón. Fue cuando entendí que había sido un error haberme unido a las fuerzas del Innombrable y más, cuando me enteré que él la había asesinado. Para entonces, ya había desertado de las filas del Señor de las Tinieblas y trabajaba como espía para Dumbledore.

-Trabajaba para Dumbledore… y lo mató.

-Por supuesto. No reniego de lo que hice. Pero, sólo lo hice porque él en persona me lo ordenó. Decía que la mascarada debía ser creíble.

-¿La mascarada? –repitió Harry sin creer.

-Sí. Dumbledore quería que el Innombrable creyera que yo había vuelto a su servicio –respondió Snape tranquilamente-. Y se tragó la mentira. Pensó que yo iba a liberar a Malfoy para que volviera a servirlo. Pero Narcissa, su madre, me pidió que no lo pusiera en peligro otra vez y, lo saqué de la prisión para ponerlo en resguardo mientras la guerra durara.

"Antes de eso, tenía que darte algunas pistas. Porque yo hice algunas averiguaciones, junto con Dumbledore, y supe que el Señor Oscuro había hecho seis Horrocruxes para preservarse de la muerte. Casi al final del sexto año, unos días antes que yo asesinara al director, él me pidió que, después de su muerte, te ayudara a encontrar los que restaran después que yo cumpliera con su mandato. Pues, eso estuve haciendo todo este tiempo. Cuando me enteré que ibas al Palacio del Conocimiento, le dije a Lucius que dejara la copa en un hogar en Acapulco, porque ese lugar está muy cerca de tu objetivo y no te sería tan difícil acceder a él y, al mismo tiempo, le dije a mi antiguo amo que tú habías ido al Valle de Godric en busca de algunas respuestas acerca de lo que ocurrió cuando te hiciste esa cicatriz. Después, cuando supe por boca de Draco que iban a la Biblioteca de Historia Mágica, entendí que iban a buscar cualquier información relevante con los fundadores de Hogwarts para tratar de definir qué clase de objetos podían ser los Horrocruxes restantes. Encontré un libro que, supuse, iba a ayudar con tu búsqueda y garrapateé una nota en la contratapa con una pista que te remitía a la Sala Común de Ravenclaw. Aunque, para ser franco, mi antiguo amo me mandó allá a recuperar el Horrocrux y tuve que robarlo, para que él me creyera todavía de su lado.

"Fui yo quien le salvó la vida a Hermione. Ingerí poción multijugos para hacerme pasar por médico y le inoculé un antídoto para su envenenamiento. Después, fue ella la que me hizo ver que todo lo que hacía era correcto, porque tuve serias dudas acerca de lo que estuve haciendo era malo o bueno, sobre todo, después de matar al director. Fue ella, la muggle, la que me abrió los ojos y supe que todo este tiempo, los rencores de tiempos pretéritos me estaban pasando la cuenta. Decidí apartarlos de mi mente para ser libre del odio y de la presión.

Harry supo, a juzgar por la forma de hablar de su ex profesor, que estuvo mucho tiempo conteniéndose para desahogar todas sus frustraciones, odios y rencores y hacerse valer, describiendo cómo había ayudado en su aventura y, de manera sutil, diseminar pistas para que él, Harry, pudiera desbaratar los planes de Voldemort. Era lo más parecido a tener un compañero invisible de aventura. Ahora, la pregunta era, ¿por qué se había desahogado con él?

-Estoy agradecido por todo lo que hizo, profesor pero, ¿por qué me dijo todo eso?

Snape vio venir la pregunta a kilómetros de distancia.

-Porque pensé (y estoy seguro que tú lo sabes también) que te debía una disculpa, por todo el mal trato que recibiste de mí. Estoy consciente que fue injusto extender el carácter de tu padre hacia tu persona y, por eso, deseo que me perdones.

-De acuerdo –dijo Harry después de un rato-. Acepto tus disculpas y… Dumbledore también te perdona por lo que le hiciste, aunque haya sido algo acordado entre ustedes.

-Potter, un acto de maldad, aunque la víctima haya decidido entregarse a la muerte, no lo exime de culpa. Hizo bien en perdonarme. Ahora, tengo la conciencia tranquila. Puedo retirarme en paz.

Y Snape, dando media vuelta, desapareció entre el gentío en silencio. Harry, que era consciente que había pasado una media hora desde que la ceremonia terminó, vio cómo los asistentes se iban dispersando y se dio cuenta que Hermione lo estaba esperando. Recordando las últimas palabras de Snape, Harry acudió a su lado y la miró de frente, sin desviar sus ojos verdes de los miel de su prometida.

-Hermione… Perdóname por matarte. Sé que era necesario pero, eso no me libra de responsabilidad. Acabé con tu vida y eso no me lo puedo perdonar yo. Tienes que hacerlo tú.

Ella, sabiendo que no se trataba de ninguna broma, sonrió y lo abrazó tiernamente.

-Por supuesto que sí, Harry. De todas maneras, gracias a tu amor y al mío, lograste que yo volviera a la vida. Aunque, no me hace ninguna gracia volver a pasar por lo mismo para estar juntos. –Hermione puso aquella cara extraña, la que adoptaba cada vez que se acordaba de algo importante-. Acabo de recordar que, según la biografía de Rowena Ravenclaw, su amante tuvo que pasar por los mismos desafíos que tú debiste hacer para estar conmigo de nuevo.

-¿Insinúas que… que nosotros… podríamos…?

-Ser descendientes de Gryffindor y Ravenclaw, sí –dijo Hermione, tomándole las manos a su prometido-. ¿No te parece fantástico?

-Me parece descabellado –opinó Harry, totalmente desconcertado.

-A mí no me parece en absoluto –rebatió Hermione, como quien se aferra a una idea con toda su alma-. Esto me refuerza la idea de que estábamos destinados a enamorarnos, a estar juntos por el resto de nuestras vidas. Nuestros corazones latieron al mismo tiempo desde que nacimos. Nuestro amor estaba predestinado en la línea de la historia.

—¿Y… eso en qué nos favorece?

—¿Acaso no lo entiendes? —Hermione parecía suplicante.

Harry trató de medir las implicaciones de lo que decía su prometida. Y, como de improviso, llegó la revelación a él. No se trataba de algo de importancia trascendental para el mundo pero, sí lo era para ambos, para la relación que tenían entre manos.

—Sí, amor mío, lo entiendo —respondió Harry, sabiendo en ese momento que el amor predestinado era una fantasía muy poderosa entre las mujeres. No iba a dudar en usar aquel recurso a su favor para brindarle mejores experiencias en el matrimonio por venir.


Cuatro meses después de la caída de Lord Voldemort, el mundo mágico todavía batallaba por recuperarse de los horrores, tormentos y suplicios que debieron pasar en aquellos meses de dolorosa guerra. Sin embargo, un feliz acontecimiento iba a tener lugar dentro de dos días más, un momento perfecto para apartar el sufrimiento de la vida de las personas. Porque en dos días más, la boda entre Harry James Potter y Hermione Jane Granger iba a tener lugar, nada más y nada menos que en los terrenos de Hogwarts. La directora juzgó que era lo menos que podían hacer por los héroes de la batalla contra Voldemort: celebrar el casamiento en el lugar donde Harry y Hermione se habían convertido en los magos que eran ahora.

Ningún funcionario del Ministerio, a excepción de aquellos que eran cercanos a Harry o que formaran parte de la Orden del Fénix, fue invitado a la celebración. La familia Weasley y los padres de Hermione eran invitados de honor pero, los Dursleys no se molestaron en venir por dos razones: una, porque la boda se haría en un lugar lleno de magos y segundo, que se trataba del momento más feliz en la vida de su sobrino, cosa que no le hacía ninguna gracia. No obstante, para Harry no era ninguna cosa urgente o de vida o muerte, porque los miembros del ED también aparecieron en el Gran Salón, donde iba a tener lugar una cena, en honor a los novios y también, a los caídos en la guerra. Todos los asistentes vestían túnicas de gala de diversos colores y motivos y los profesores se habían esmerado especialmente con las decoraciones. El profesor Flitwick, de alguna forma, hizo que guirnaldas de rosas blancas y rojas se desplazaran de un lado a otro del Gran Salón y cada vela estaba adornada con un pétalo de rosa roja que, mediante un ingenioso conjuro, despedía agradables aromas por todo el recinto. Había cortinas blancas por todos lados, colgando de los capiteles de las columnas, de los frisos y los arcos y centenares de hadas vestidas de blanco deambulaban de aquí para allá en una fugaz lluvia de plata.

La luna iluminaba los terrenos con un baño plateado. La cena había llenado los estómagos de Harry y Hermione, quienes paseaban solos y tomados de la mano.

—¿Te parece si vamos a visitar a Hagrid? —propuso Harry. Hace siglos que lo veían y, además, no había aparecido en la cena de hace momentos atrás. Hermione asintió y ambos se dirigieron a la cabaña del semigigante. Para sorpresa de ellos, la puerta estaba abierta y las ventanas exhibían luz. Para añadir más leña al fuego, se escuchaban voces desde adentro.

Harry tocó a la puerta, mostrando discreción.

Unas pisadas estruendosas les comunicaron que Hagrid había escuchado los golpeteos.

—Vaya, pero si son los novios —exclamó Hagrid alegremente, dando un abrazo a ambos, quienes sintieron algo quebrarse dentro de ellos—. Me alegro que hayan venido a verme. No pude ir a la celebración porque estaba ocupado hablando con este hombre. Me acaba de pedir disculpas por incriminarlo en la muerte de esa joven muggle hace cincuenta años.

El hombre se dio la vuelta y Harry lo reconoció como Tom Riddle, el producto del arrepentimiento de Lord Voldemort. Él le devolvió la vista y le sonrió amablemente. Era como una versión más joven de Dumbledore, sólo que vestido con ropas menos excéntricas.

—¿Ya dictó una sentencia el Wizengamot? —inquirió Harry a Hagrid, quien se apresuraba para servir dos tazas de té a los recién llegados—. ¿Cómo encontraron a Tom?

Hagrid lo miró como si la pregunta que acababa de hacer fuera realmente estúpida.

—Por supuesto que lo hallaron culpable. Aunque primero consideraron una pena de presidio perpetuo en Azkaban, la mayoría de los miembros estuvieron de acuerdo en que haberse arrepentido de sus crímenes le supusieron un dolor más allá de lo concebible por ser humano alguno y, ablandaron la pena a cinco años de cadena parcial. Eso significa que de día, tendrá que prestar servicio comunitario para reparar los destrozos y enmendar sus faltas y, de noche, la pasará en la cárcel.

—No me parece algo propio del Wizengamot —opinó Harry, pensativo—. Creo que alguien intervino para que la pena fuera menor y, o estoy muy equivocado o los dos colegas de Dumbledore que mencionó cuando yo fui expulsado del colegio tuvieron que ver… ya saben, Tiberius Ogden y Griselda Marchbanks. Ellos comparten la filosofía del Dumbledore de dar segundas oportunidades a la gente.

—Ese hombre, Albus, es un titán entre los hombres de buen corazón —dijo la voz profunda y carente de frialdad de Tom Riddle—. Siempre aprecia las cualidades y las decisiones de aquellos que lo rodean. No sé cómo pude despreciar aquel poder de comprender antes de atacar.

—Mucha gente no ve lo mejor de las personas —dijo Harry, recordando lo miope que era mucha gente al juzgar a los demás—. Y, gracias por el té, Hagrid.

—¡Por los futuros esposos! —vociferó Hagrid y Fang, el dogo que era su mascota, lo acompañó con potentes ladridos.


El sol radiaba en todo su esplendor el día de la boda. Cientos de personas estaban congregadas delante del castillo, en donde un altar de madera pintada de un blanco que se podía confundir con el de la nieve se erguía, hermoso y majestuoso, sobre la hierba. Hasta el calamar gigante se había asomado sobre el lago para ver lo que sucedía. Todos estaban expectantes sobre muchas cosas: quiénes iban a ser el padrino y la madrina, cómo iban a estar vestidos los novios, etc.

Todas sus preguntas serían respondidas de manera contundente.

Desde la entrada al castillo, se pudo ver una mota blanca que desfilaba por una alfombra dorada, de la mano con su padre. Hermione lucía como toda una princesa del más allá (si vieron el Señor de los Anillos, me entenderán) El vestido blanco como la nieve que usaba delineaba gustosamente su figura, luciendo un espectacular escote parabólico en la espalda. La seda se plegaba a la altura de su pecho y usaba un hermoso collar de oro en cuyo ápice, engarzado en una placa dorada, un magnífico zafiro en forma de corazón. Era el Corazón de la Magia. Además, el vestido tenía motivos florales bordados en plata que la embellecían aún más. El cabello lo tenía atado en una cola de caballo pero dos mechones le caían primorosamente sobre la cara. Sonreía nerviosamente. Tomaba con algo de fuerza añadida la mano de su padre y a su izquierda, una mujer ataviada de un impactante rojo carmesí satinado y un vestido que recordaba mucho la moda oriental. Parecía de otra dimensión que la chica que había aceptado ser de madrina para Hermione se tratara del primer interés romántico de Harry.

Mientras la castaña se acomodaba en el altar, otras tres personas hacían su salida del castillo. Harry, vestido completamente de negro, de hecho, en el mismo atuendo con el que había estado durante toda su aventura pero más limpio y decorado que antes. Y la capa estaba atada por una cadena de plata en cuyo centro estaba el otro Corazón de la Magia, el cual brillaba a la luz del radiante sol. Del lado derecho estaba la señora Weasley, vestida de un verde chillón que no parecía ir con su cabello y a su izquierda, un hombre con una túnica azul marino lo miraba con orgullo. Harry había deseado que su padrino fuera Ron pero, al no estar él, decidió que Neville tendría ese honor. Él recibió la noticia, no exento de desconcierto, pero gustoso, aceptó el privilegio de ser el padrino de bodas de Harry Potter.

Cuando ambos novios tomaron sus lugares en el altar, el señor Weasley apareció por detrás del altar, vestido con una túnica dorada adornada con estrellas fugaces. Se llevó la varita al cuello y exclamó Sonorus! Su voz se hizo audible para todos los asistentes y así fue como la ceremonia comenzó.

—Bienvenidos a todos los presentes. Bienvenidos a esta ceremonia, con la cual uniremos en matrimonio al señor Harry James Potter y a la señorita Hermione Jane Granger. Pero primero, brindaremos un minuto de silencio por los caídos en la guerra.

Nadie dijo nada. Sólo se podían escuchar los gorjeos de los pájaros y el ruido de los tentáculos del calamar gigante surcar el agua del lago. Fue un minuto pero, para Harry y Hermione, parecieron horas. Luego, el señor Weasley retomó el hilo de su misión.

—Bueno, después de esta muestra de respeto, me gustaría dedicar unas palabras.

Silencio.

—Damas y caballeros. Estamos aquí, reunidos en este lugar tan extenso, para celebrar la unión de dos almas, dos almas que tuvieron que atravesar los muros del tiempo y de la muerte para estar juntas. Dos almas que jamás se rindieron en lograr encontrarse y ahora, helos aquí, preparados para afrontar el mayor desafío de sus vidas, un desafío que están gustosos en afrontar, bajo el alero del poderoso amor que existe entre ellos, más poderoso que la muerte o el tiempo.

"Que los novios se pongan frente a mí y delante al altar.

—¿Estás lista? —susurró Harry a Hermione. Ella asintió y murmuró a su vez—. ¿Y tú? ¿Estás listo para después?

—Por ti, estoy preparado para cualquier cosa.

Ambos miraron en dirección al señor Weasley y éste les habló con gravedad.

—Ya veo que usan sus collares de compromiso. Normalmente usamos anillos pero, esas joyas son muy hermosas. ¿Dónde las encontraron?

Harry y Hermione lo miraron con gesto apremiante.

—De acuerdo, de acuerdo. Bueno Harry, quiero que le prometas a Hermione que la vas a amar, honrar, servir, proteger y ayudar en todo momento y situación, razón o circunstancia, motivo o excusa, hasta que la muerte los separe.

Harry dijo palabra por palabra lo dicho por el señor Weasley, a excepción de lo último.

—Hermione. Prometo amarte, honrarte, servirte, protegerte y ayudarte en todo momento y situación, razón o circunstancia, motivo o excusa, hasta más allá de la muerte, ¡porque ella no nos va a separar!

Las últimas palabras de Harry las dijo con tal ímpetu que todos sintieron la fuerza de sus palabras, como si quisiera retar a la misma muerte a separarlos.

—Hermione —prosiguió el señor Weasley, algo desconcentrado de su labor a causa de las palabras de Harry—, quiero que le prometas a Harry lo mismo que él a ti.

Ella adoptó una expresión como si fuera a atacar una fortaleza y habló con la misma fuerza y vehemencia que su novio.

—Harry. Prometo amarte, honrarte, servirte, protegerte y ayudarte en todo momento y situación, razón o circunstancia, motivo o excusa, ¡hasta más allá de la muerte, porque ella no nos va a separar!

El corazón de Hermione latía con tal violencia que se podían escuchar sus palpitaciones. Nadie habló. Todos los presentes estaban mudos de la impresión.

—De acuerdo. Por el poder del intenso amor que existe entre ustedes, los declaro, desde este momento en adelante, marido y mujer. —El señor Weasley se dirigió a Harry en voz baja—. Ya sabes qué hacer.

Por supuesto que lo sabía. Harry se acercó a Hermione suavemente pero, la tomó con fuerza por la cintura y, manteniendo unos segundos de suspenso en los que las bocas de los ahora esposos estaban muy cerca la una de la otra, se besaron ante quinientas personas, dos terceras partes de ellas eran mujeres, las cuales lloraban, se abrazaban y algunas lamentaban no estar en el lugar de Hermione. Fue así que, delante del castillo de Hogwarts, Harry y Hermione unieron sus vidas por voluntad y, tal vez por el destino.

El sol ya se escondía en el bosque prohibido y la fiesta se había desatado en el Gran Salón. Todos bailaban, comían, dialogaban, y algunos se pasaban de tragos y hacían reír a los demás.

Todos menos Harry y Hermione.

Ellos estaban sentados frente al algo, mirándose de frente y tomándose las manos. Ella todavía tenía puesto el vestido de novia y mostraba un poco las piernas.

—Es el lugar perfecto —dijo Hermione.

—¿Para qué? —inquirió Harry.

—Para perpetuar nuestro nombre.

Harry supo lo que deseaba Hermione en el momento que terminó de hablar. Ella se desató la cola de caballo que sujetaba su cabello y agitó su cabeza de un lado a otro para que volara libre. Después, se llevó las manos a la espalda, como si detrás de ella escondiera un regalo y, en cierto modo, así era, porque cuando dejó de esconder sus brazos, el vestido, como desafiando la ley de la gravedad, cayó suavemente, como si se tratara de una hoja que esperaba al otoño para desprenderse. Harry, quien miraba con los ojos blancos la escena, entendió que Hermione tenía un gusto espeluznantemente acertado con la lencería. En el momento en que el vestido cayó al suelo, Harry la abrazó, la besó con una pasión desconocida para el resto del mundo.

Hermione cayó de espaldas sobre la hierba y sintió cómo su marido quitaba sus prendas íntimas con dulzura y la alegría de un niño que está a punto de abrir su regalo de cumpleaños. El envoltorio estaba desparramado sobre el pasto y Harry, sabiendo que lo que estaban a punto de hacer iba a cambiar sus vidas para siempre, besó a Hermione, apretándose contra su cálido y hermoso cuerpo y, a la luz del atardecer, la cual se reflejaba en el agua del lago, hicieron el amor hasta que las estrellas se asomaron en el firmamento.

FIN


Nota del Autor: Uff, al fin y después de mucho tiempo durante el cual no pude actualizar por motivos laborales y sentimentales, pude terminar esta agotadora historia. Ya saben, a falta de Internet y tiempo para escribir, no había modo de hacer siquiera una actualización (vivía en un pueblo rural) pero, de cualquier forma, sabía que iba a encontrar el momento para retomar lo que había dejado truncado.

Hoy mismo, quizá, si los trámites me lo permiten, suba un nuevo capítulo de "The Cage" para darle trabajo a los que les gusta leer y opinar (a los(as) que les gusten los femslash, en especial entre Hermione y Ginny, mis musas inspiradoras de historias)

Doy gracias a los lectores que le dieron una oportunidad a esta humilde obra de mi imaginación.

Hasta la siguiente historia…

Gilrasir.