Saludos desde Ecuador para mis lectores. Llego tarde para la actualización, pero no he olvidado subir el capítulo de esta semana.
Muchas gracias a las personas que toman su tiempo para leer esta saga y muchas gracias también a las personas que me apoyan con sus comentarios. Una mención especial para Hikaru Kino88, Pegasasu no Saya, Tot12, Mar, Nick y Luz. Gracias por mantener este fic con vida.
Antes de comenzar, quiero dar un anuncio importante: Les cuento que esta semana estuve preparando un documento en formato pdf que recopila los primeros 20 capítulos de esta historia. Al archivo que compartiré en facebook, lo he llamado 'Volumen I' y está leído y releído para corregir errores de forma. Además está elaborado en un formato que les será agradable a la vista para la lectura. También recopilé las fichas de personajes originales que han aparecido hasta ahora, así como los dibujos y las colorizaciones con autorización escrita y notariada de mi amiga Alalá, que es quien les da vida a mis dibujos con excelentes colores.
Pues bien, he subido ese pdf a cuatro servidores distintos, los enlaces los encontrarán, como les decía, en la página oficial del face.
[Saint Seiya/ Los Caballeros del Zodiaco] – Saga: CATACLISMO 2012
Escrito en Ecuador por Kazeshini
CAPÍTULO 21: ¡LA UNIÓN ENTRE MAESTRO Y ALUMNA!: LOS RECUERDOS DE ANNA
==Ruinas del Santuario de Atenea==
Kiki y Mar permanecían inmóviles observando con atención la recién aparecida armadura de Cabellera de Berenice.
—Desde tiempos mitológicos, Atenea ha tenido bajo su control ochenta y ocho armaduras que representan a las constelaciones del firmamento —empezó a explicarle el joven Aries a la muchacha—. De entre esas ochenta y ocho armaduras, cuarenta y ocho pertenecen a los Santos llamados de Bronce, veinticuatro a los Caballeros de Plata y las doce más poderosas a los Santos de Oro. Sin embargo, si tomamos en cuenta tal distribución y sumamos esa cantidad de armaduras, el resultado sería ochenta y cuatro. Esa diferencia se explica porque existen cuatro cloths de material desconocido, las cuales no son ni de bronce, ni de plata, ni de oro. Precisamente la armadura de Cabellera de Berenice pertenece a esa categoría. Se dice que fue fabricada con hilos de oricalco fundidos con la sangre de la misma Atenea.
—Entiendo, señor Kiki. Pero eso no explica el porqué de la presencia espontánea de esa armadura…
La caja de pandora contenedora de la misteriosa armadura se abrió repentinamente, revelando el object de Cabellera de Berenice. La inmutable efigie de la mujer acariciándose el cabello parecía rebosar de cosmos propio.
—Esto es extraño… La armadura parece estar reaccionando a tu presencia, Mar…
Y en efecto, aquel ropaje negro cual carbón resonaba con ímpetu al encontrarse a pocos metros de la chica en silla de ruedas.
Las placas metálicas que conformaban la armadura se desprendieron para ensamblarse sobre el cuerpo de la incrédula Mar, quien al ser vestida por el ropaje negro de Coma Berenices, fue derribada de su silla de ruedas y se mantuvo inmóvil sobre la tierra en medio de su confusión.
Kiki no perdió tiempo, y en un intento por ayudarla a reincorporarse nuevamente, corrió hacia ella. No obstante, se detuvo asombrado al sentir que la muchacha emanaba un inmenso cosmos de la misma tonalidad que la de su armadura.
—Señor Kiki… Yo soy solo una chica normal. No entiendo porqué esta armadura me escogió como su portadora —expresó con voz trémula la, al parecer, Guerrera de Atenea—. Además, esta energía negra que cubre mi cuerpo me está asustando.
—Tranquilízate, Mar. Tampoco entiendo lo que ocurre, pero te puedo asegurar que esa cloth no te hará daño. Es muy poco usual que una armadura escoja como su portadora a una persona que no ha entrenado para obtenerla. Recuerdo que mi maestro Mû en una ocasión me dijo que…
El Ariano detuvo sus palabras al ver que las piernas de la chica de cabellera negra empezaron a moverse. Su recién despertado cosmos le había devuelto la capacidad de caminar, aunque la joven parecía no estar consciente de ese hecho todavía. Seguía impactada por el shock de verse vistiendo una armadura.
—¡Mar, tus piernas! —le hizo notar el Caballero, señalándole esa parte de su cuerpo—. ¡Ya no necesitarás tu silla de ruedas!
Aún recostada en el suelo, la muchacha flexionó las rodillas para notar con emoción que había recuperado la sensibilidad en la parte inferior de su cuerpo. Aún incrédula, Mar disfrutó el momento en el que se reincorporó por sus propios medios. Aquel instante maravilloso le pareció un hermoso sueño.
Tras dar un par de pasos entre lágrimas de emoción, el impulso de la chica fue dar un gran salto hacia Kiki y abrazarlo alegre por el cuello.
==Maravilla Suprema. Cementerio de los Héroes==
—«Mi… armadura está… siendo destrozada…» —pensó Anna de Andrómeda, con una opaca mirada que parecía perderse en el vacío negro de aquel macabro escenario—. «Si la muerte es el destino de mi maestro… entonces no dejaré que muera solo… Yo lo acompañaré en la eternidad».
La joven de bronce había sido consumida completamente por la 'Premonición Fatal' de Aibhill. El hermoso verde de sus ojos fue reemplazado por un sombrío gris.
Con la excusa de convertirla en una Banshee, la Guardiana no desaprovechó la oportunidad para intentar destruir la cloth de bronce de su víctima. Poco le faltaba para quebrarle las protecciones de los hombros con su malicioso abrazo.
Pero algo sucedió: La cadena triangular de Andrómeda arremetió contra la agresora de su propietaria. Aibhill se vio obligada a dar un gran salto hacia atrás para esquivarla. Y aunque la piel desprotegida por la armadura de su brazo salió severamente lastimada, a la joven pelirroja parecía no importarle el dolor físico. Su sufrimiento era emocional y seguía concentrado en su contrincante.
—No fuiste tú quien se resistió a mi técnica, fue esa cadena la que me atacó por voluntad propia —aseveró apesadumbrada la céltica—. No entiendo porque esa arma se mueve si su dueña no tiene voluntad ni para levantar sus propios brazos.
En medio del profundo trance de tristeza en el que se encontraba la muchacha castaña, ligeros atisbos de lucidez despertaron en su mente. El brillo de la cadena circular, que por voluntad propia había erigido su 'Defensa Rodante' para protegerla; la sacaba poco a poco de aquel pesado letargo.
—¿Mi armadura… me está protegiendo? —balbuceó la chica de bronce con dificultad, al ver las cadenas danzando amenazantemente en un claro intento por cuidarla—. Entonces… a esto se refería mi maestro…
Recuerdos que la chica jamás olvidaría se apoderaron en ese instante de su mente.
==Hace siete años. Santuario de Atenea==
La tarde casi caía en el pacífico recinto de la diosa de la sabiduría. Había sido una dura jornada de entrenamiento para el Caballero de Bronce Shun de Andrómeda, quien tras horas de una extenuante rutina física, se encontraba descansando sobre una roca de mármol. Su serena mirada verde estaba absorta en el cielo.
—«Vale la pena entrenar duro cada día —reflexionó Andrómeda, contemplando sonriente las nubes teñidas de anaranjado por el sol vespertino—. Mi recompensa de cada día es saber que observaré este hermoso crepúsculo que me da tanta paz».
El sonido de unos pasos interrumpió sus pensamientos. Cuando se volteó, advirtió la presencia de un hombre ataviado de pies a cabeza con una larga vestimenta marrón que le cubría todo el cuerpo. Su rostro no era visible.
—Señor Shun —lo llamó aquel sacerdote con tono respetuoso —ha llegado desde Alemania la niña que desde hoy se convertirá en su alumna. Por favor, haga de ella una digna sucesora de su armadura de bronce.
—No te preocupes, Richter. Aunque no tengo experiencia como tutor, daré mi mejor esfuerzo para hacer de ella una mujer de bien —respondió el Santo de Bronce con una amable sonrisa—. Pero dime, ¿dónde está ella?
—Justamente viene conmigo.
Una pequeña niña castaña, quien no pasaría de los ocho años, asomó su carita asiéndose a la túnica del sacerdote. Con desconfiada curiosidad, elevó su mirada para observar al hombre con quien conversaba el encapuchado que la había llevado a ese extraño lugar.
Shun se arrodilló y le extendió la mano con delicadeza. Aquel gesto invitaba a la pequeña a salir del refugio en el que se había convertido la capa de Richter, sin embargo, al ver a aquel hombre de cabello verde vistiendo esa rara armadura de tonalidades rojas, la chiquilla se intimidó y se escondió más en la ropa del sacerdote. Parecía una fierecilla acorralada.
—Vamos, no seas tímida —le dijo el Caballero, observándola con ternura—. Al menos dime tu nombre.
—Anna… —dijo casi en voz baja—. ¡Y no… no soy tímida! —añadió cambiando completamente de actitud.
Dando un decidido salto, la pequeña Anna encaró al Caballero de Andrómeda. Sus vivaces ojos verdes se posaron con determinación en el sorprendido Shun.
—No quiero estar en este feo lugar —refunfuñó, haciendo pucheros—. Y no necesito que nadie me enseñe nada. ¡Yo ya soy grande y me puedo cuidar sola!
A Shun se le escapó una risita cuando la niña le mostró la lengua en actitud de rebeldía. El siempre comprensivo Santo de Andrómeda no se tomó a pecho la mala actitud de quien sería su alumna.
—Anna es un lindo nombre para una linda jovencita que se puede cuidar sola. Me emociona mucho saber que una chica con tanta energía será quien vista mi querida armadura de Andrómeda.
La noche había caído y el silencio se hacía incómodo entre maestro y alumna. El sacerdote Richter había abandonado la escena hace horas, así que tras verse sola junto a Shun, la pequeña Anna no había sido nada discreta al demostrar su incomodidad de distintas formas. Era demasiado obvio que no congeniaban a causa de su notoria diferencia de personalidades.
Aunque Andrómeda sabía que como maestro debía ser severo en ocasiones, en especial con una joven tan altanera como Anna; también sabía que aunque quisiera ser estricto, no habría podido serlo debido a su tranquila y amable forma de ser. Shun no quería imponer su autoridad y por tal razón estaba dispuesto a ganarse sinceramente la confianza de la niña.
—Anna de Andrómeda suena bastante bien, ¿no crees?
La niña no respondió. En medio de su silencio, se encontraba abstraída observando con atención el firmamento nocturno, el cual se encontraba bellamente adornado por una infinidad de brillantes astros.
—¿Te gustan las estrellas, Anna?
—Sí… —le respondió secamente la aludida, aún dándole las espaldas a su maestro.
—Aquí en el Santuario las constelaciones se pueden ver más brillantes que en cualquier otra parte del mundo. Te gustará mucho esté lugar.
—¿En serio? —preguntó ella, con una actitud un poco más suave.
El Santo logró captar la atención de la niña, quien por un instante se volteó para observarlo. La tranquilidad que transmitía aquel hombre de cabellera verde empezaba a influenciar poco a poco el comportamiento de su pupila.
—¿Cuál de todas es Andrómeda? —inquirió la jovencita con un poco de recelo.
Shun le señaló con emoción su formación estelar en el cielo, no obstante, Anna no supo identificarla.
—Solo son un montón de estrellas. No puedo ver en ninguna parte la figura de una mujer encadenada. Me está engañando, señor…
—Shun, mi nombre es Shun —se presentó al fin el Caballero—. Y descuida, podrás ver a Andrómeda en el cielo, solo debes crear un vínculo con nuestra constelación y entender el hecho de que eres una con ella.
—No le entiendo, señor Shun.
—Es simple, Anna. Todos los seres humanos nacemos bajo una estrella guía, la cual orienta nuestro destino. En tu caso, las estrellas dictan que tu constelación protectora es Andrómeda, y por lo tanto también estás predestinada a vestir esta armadura de bronce que ahora cubre mi cuerpo. Para mí sería todo un honor que algún día tú seas mi sucesora y que protejas a la diosa Atenea en mi lugar.
—No aceptaré eso, señor Shun —rezongó la chiquilla, desviándole engreída la mirada—. Yo misma seré quien dicte mi propio destino. Además, desde que puedo recordar, siempre he estado sola y no necesito de un simple pedazo de metal para protegerme.
—Una cloth no es solo una pieza de metal —le explicó el maestro con amable paciencia—. Siempre he considerado a mi armadura como una parte de mí. Dentro de esta cloth están grabados mis recuerdos, mi sufrimiento, mis lágrimas, pero también mi alegría, mi lealtad y mis más apreciados sentimientos. En eso consiste el vínculo del que te hablaba: en ser uno con tu armadura y tu constelación.
A la niña se le encendieron los ojos de emoción. Las palabras de su maestro consiguieron entusiasmarla.
—¿Y cree usted que su armadura también llegue a formar parte de mí?
—Estoy seguro de eso, Anna. El día de hoy te he escogido como la joven que continuará el legado de los Caballeros de Bronce en mi nombre —enalteció el Santo con emoción—. Acabas de decirme que estabas sola, pero no es así, porque desde ahora siempre estaré contigo. Y cuando portes esta armadura estaré más cerca de ti todavía, porque mi espíritu vive dentro de la cloth de Andrómeda. Jamás te sientas sola nuevamente, mi querida Anna. Yo te acompañaré y te protegeré desde ahora…
Anna sintió en ese momento la tierna calidez de su mentor. Sus palabras y su sonrisa la habían cautivado por primera vez.
Aquella pequeña niña, a la cual la vida había tratado mal hasta entonces, encontró en Shun el apoyo que creía no necesitar. Con una sincera sonrisa se le acercó y lo tomó tímidamente de la mano.
—Desde mañana… empezaremos mi entrenamiento, ¿cierto, maestro Shun? —preguntó la pequeña, sonrojándose al sentir el primer contacto con la tibia mano de Andrómeda.
—Me gustó que me llames 'maestro' por primera vez —comentó sonriente el hombre de cabellera verde—, pero si lo deseas puedes llamarme por mi nombre. Por hoy aprovecharemos esta hermosa noche para enseñarte sobre las constelaciones y el cosmos.
El vínculo entre maestro y alumna había nacido con las estrellas como testigos.
==Tiempo Actual. Maravilla Suprema. Cementerio de los Héroes==
Siete años habían pasado desde que Anna empezó su entrenamiento bajo la tutela de su maestro Shun. A sus quince años se encontraba en su primera misión como sucesora de Andrómeda. Y aunque la técnica de su oponente, la Guardiana celta Aibhill de Banshee, había conseguido mermar su capacidad de luchar, poco a poco la joven recuperaba su habitual espíritu al recordar las palabras del Santo de Oro.
—«Aunque me invada la tristeza…, no podría olvidar el día en el que lo conocí…» —se dijo a sí misma la Amazona, viendo como las cadenas se arremolinaban a su alrededor.
El brillo rosa que estas despedían le transmitía un sentimiento de acogedora calidez. Anna había recuperado el color verde y el resplandor decidido en sus ojos.
—«No fue solo el vínculo que tengo con mi armadura y constelación, lo que me protegió de Aibhill. ¡Mi maestro siempre está conmigo y me protege! ¡Ahora más que nunca siento su espíritu vivo dentro de la armadura de Andrómeda!»
La triste Guardiana retrocedió aún más al ver a Anna recuperándose de su técnica. La joven de bronce logró contrarrestar la 'Premonición Fatal', para regresar con más fuerza a la batalla.
==Inmediaciones del Santuario de Atenea. Jardín de Rosas Diabólicas Reales==
La inmensa cantidad de rosas rojas que cercaban el Santuario de Atenea, se veían marchitas e inofensivas. Cuando Helena de Piscis abandonó la Tierra, el hermoso y mortal jardín que ella había colocado para defender el Santuario de intrusos, se había convertido en un terreno estéril.
Caminando a paso lento pero firme, estaba Theron, Caballero de Bronce de Unicornio. El joven de cabellera azul oscuro llevaba en sus espaldas a su malherida compañera Narella, la Amazona de Bronce de Sextante.
Las severas heridas del Santo no eran nada en comparación con las de su amiga, ya que la muchacha continuaba sangrando a través de la profunda herida en su hombro, la cual había sido provocada por el Guardián finlandés que acababan de derrotar. No obstante, aquella lesión era poca cosa en comparación con su verdadero estado: Los ojos de la doncella habían sido seriamente lastimados tras la ejecución de su técnica inédita.
En repetidas ocasiones su maestra Shaina le había advertido sobre los peligros de liberar grandes cantidades de energía cósmica, por tal razón tuvo que aspirar a convertirse en una Amazona de apoyo. Su mentora le había explicado que nacer con la mejor vista, también le significaba tener unos ojos extremadamente sensibles. Y por desgracia, cuando la chica liberaba su cosmos en gran proporción, este se canalizaba de manera concentrada hacia sus ojos, dañándolos cada vez que alcanzaba sus límites.
La alumna, en lugar de ver esto como una desventaja, vio la oportunidad perfecta para desarrollar un ken que fue capaz de ser expulsado por la vía ocular. Narella estaba muy consciente de las consecuencias de utilizar por única vez aquella técnica. Ella sabía que sus ojos no resistirían la fuerza concentrada de su 'Séptimo Sentido' recién despertado, pero aún así decidió ejecutar su ken en un valiente gesto por obtener la victoria.
Theron actuó rápida y calmadamente al ver a su amiga herida, aplicándole unos impecables primeros auxilios para detener la hemorragia que emanaba de sus párpados. Una venda improvisada con una porción de su propia ropa sirvió para este fin.
—Nos encontramos cerca del Santuario, amiga —le comunicó el Unicornio en tono reconfortante—. Seguro encontraremos allí a la maestra o alguien que nos pueda ayudar.
La muchacha no respondió por unos segundos. El dolor que sentía en las cuencas de sus ojos era indescriptible, apenas y podía mantener la cordura.
—¿Estás despierta, Narella? —le preguntó el Santo con preocupación, volteándose ligeramente para verla. Ella pareció intuir que su compañero la observaba.
—Les dimos una buena paliza a esos Guardianes, ¿cierto, amigo? —bromeó la chica de cabellera rosa con una cálida sonrisa—. Te has convertido en un guerrero muy fuerte a través de todos estos años. ¡Me sorprendiste con esa técnica increíble!
—Quien me sorprendió fuiste tú. La 'Conjunción de las Estrellas' es un ken magnífico. Es una lástima que tu vista…
Theron detuvo la conversación, sintió imprudente pronunciar una frase de compasión conociendo lo fuerte y decidida que era su compañera de bronce. Pero, aunque Narella ya no podía ver, era capaz de leer los sentimientos de su amigo como si de un libro abierto se tratase.
—Valió la pena sacrificar mis ojos —replicó ella, acomodándose suavemente en la espalda de su protector—. Si lo reflexionamos bien, mi vista fue solo un pequeño precio a pagar en comparación con la protección de la Tierra. Por eso no me arrepiento de lo que hice, y espero que no te sientas mal por mi estado actual, amigo. Nuestra maestra estará muy orgullosa cuando nos vea.
—Tan positiva como siempre, Narella. Al final fuiste tú quien acabó tranquilizándome. Por eso creo que…
Algo enmudeció al Caballero, quien repentinamente detuvo su andar.
—¿Qué ocurre? —cuestionó la joven, sintiendo como su compañero tensionaba los músculos de su espalda de repente—. ¿Qué es lo que ves?
Theron no respondió, aquella imagen lo dejó impactado: A la sombra de un árbol yacían inmóviles los Caballeros Dorados Kyrie de Escorpión y Eleison de Capricornio…
Continuará…
Eso es todo por esta semana. Espero que este capítulo haya sido de su agrado. Nos leemos el próximo sábado en la próxima entrega. Un abrazo desde Ecuador!
Próxima actualización: Sábado 8 de septiembre de 2012.
