Thabatha1, muchas gracias por comentar, lo aprecio un montón :), espero que tu también hayas pasado uno lindo fin de año y carnavales si se celebran en tu país. Sí, en definitiva la relación de Nath y Scarlet está evolucionando y ya algunos lo están empezando a notar. Ya veremos qué hace Castiel al respecto ;). Francoise será un lío para el pelirrojo, ya la veremos de vuelta el día 18, que bueno que te gustó que se declarara de una vez, en serio que las protas de mangas se tardan mucho.. Es cierto que Castiel podría esta abogando a favor de Lysandro... ya veremos qué pasa con él y su libreta más adelante. Y sí, tienes toda la razón, Scarlet tiene muchas facetas, no solo es una chica rebelde sin causa y creo que eso es lo lindo de ella (incluyendo su lado friki XD). Y ciertamente creo que la rabia es una buena inspiración para el arte ;). Mil gracias por lee y comentar, y descuida, cuanto más largos los reviews... mejor :)
Y a mi lectora anónima, gracias, me alega que te haya gustado el fic
La sugerencia musical de este capítulo es Perfect de Simple Plan (esta en youtube), les recomiendo escucharlo junto a Nath y Scarlet ;)
Día 17. La casa de él. Parte II
Continúa Scarlet...
-¿Por qué te llama tanto la atención? –preguntó Karla frunciendo el ceño, aparentemente hastiada del tema de conversación que sostenía con Peggy en medio de los vestidores que utilizábamos las chicas para cambiarnos de ropa luego de alguna actividad en el instituto.
-Es raro que sólo se la pase estudiando. No participa en ningún club y juraría que nunca lo he visto salir por diversión con nadie. Ni siquiera asistió al concierto de la banda de Castiel acá en Sweet Amoris, aunque ayudó a organizarlo. Y hablando de eso, el baterista era todo un galán. Muero por esos ojos grises y aquella sonrisa misteriosa. Me encantaría conocerlo mejor. Es una pena que ya esté en la universidad.
No acostumbraba escuchar conversaciones ajenas, pero debía admitir que esta vez la chismosa empedernida llevaba la razón. Era muy cierto que el baterista que acompañó a Castiel, Lysandro e Iris en la tocada era muy guapo. Me alegraba haberle pedido que se uniera a la banda. Por otro lado, era más que evidente que Nathaniel no podía definirse sino como alguien extraño. Hasta donde sabía casi no tenía amigos y su mayor compañía consistía en los libros que leía entre clases, sentado tranquilamente en su pupitre mientras el resto de la clase armaba relajo hasta que llegaba el siguiente profesor. Para colmo era el único que osaba demostrar alegría al escuchar la interminable lista de tareas que nos dejaban los maestros para el fin de semana. Sí, definitivamente él no era como los demás. ¿A qué se deberá?
Sacudí la cabeza esbozando una leve sonrisa a medida que desechaba al delegado estudiantil de mis pensamientos. La vida del odioso chico por el que me habían castigado el primer día que pisé Sweet Amoris, no tenía por qué interesarme. Lo más probable era que fuera un egocéntrico señor perfecto que se creía con derecho a juzgar al mundo entero y por eso nadie quisiera permanecer a su lado, excepto la tal Melody que parecía tanto o más pesada que él.
-¿Sabes lo que dicen por ahí? –los ojos de Karla emitieron un brillo ante la expectativa de confirmar un jugoso chisme.
-He escuchado lo de sus padres, si es a lo que te refieres –contestó Peggy fingiendo desinterés.
¡Qué predecible! Se notaba a leguas que quería incitar la curiosidad de su amiga.
-¿Y es verdad? Por qué si es así deberíamos decirle a la directora. Seguro quedamos como heroínas si descubrimos lo que pasa en casa de Nathaniel.
Fruncí el ceño al no entender de qué iba todo eso. ¿Sobre qué estaba hablando Karla?¿Sucedía algo malo con la familia del señor perfecto? Mis manos se posaron automáticamente en las solapas de lacapa escarlata que llevaba sobre los hombros. La obra de teatro que interpretó nuestra clase para la jornada de puertas abiertas del instituto había acabado hace unos minutos, y aún vestía mi disfraz de Caperucita Roja.
-Ni se te ocurra decir nada hasta que lo haya confirmado –le advirtió Peggy a Karla que de pronto parecía morbosamente interesada en el asunto.
-Como quieras, pero es verdad ¿no es así? Melody dice que no sabe nada, pero yo estoy segura de que hay gato encerrado.
-Sí. Es probable que su padre lo golpee. Eso explicaría su comportamiento tan… peculiar. Será una noticia bomba si consigo pruebas.
Juraría que las palabras de Peggy me convirtieron en piedra por unos segundos, impidiendo que me moviera o hiciera algo coherente aparte de abrir los ojos de par en par. ¿Nathaniel podía ser víctima de violencia familiar? No. Imposible. Jamás oí que se quejara por algo así, además lucía tan satisfecho con su forma de ser que... Quiero decir, todos teníamos derecho a ser diferentes… No necesariamente tenía que ser porque alguien nos obligaba a actuar de cierta forma, ¿o sí? No, no, no. Solo eran chismes sin fundamento, ¿a qué sí? Aunque pensándolo bien su papá se veía bastante serio y hasta un poco amenazante. ¡Joder! Debí prestarle más atención aprovechando que asistió a nuestra obra de teatro, pero estaba demasiado entusiasmada con los padres de cierto pelirrojo cuya presencia no hacía sino acelerarme el corazón desde hace bastante tiempo.
Retrocedí de espaldas hacia el gimnasio mientras intentaba digerir lo que acababa de escuchar. ¿Y si selo preguntaba directamente? ¿Y si el rubito necesitaba ayuda y no sabía cómo pedirla?¿Y si yo podía hacer algo por él a pesar de todo?¿Y si ya no importaba el hecho de que apenas nos dirigíamos la palabra? Una interesante posibilidad que quizá habría considerado mejor si no hubiera sentido unos brazos que me envolvían por detrás.
-Te atrapé –me dijo Castiel al oído mientras apoyaba su cabeza en mi hombro, provocando que olvidara cualquier pensamiento que no lo involucrara.
-Yo más bien diría que es al revés –afirmé con una media sonrisa.
-Eso todavía está por decidirse –me contradijo.
-Veo que aún no te has cambiado. Déjame adivinar, te gustó el papel de lobo feroz –dije contemplándolo de reojo. La cola y las orejas le sentaban a la perfección.
-Digamos que sí. Al igual que a ti te gustó hacer de mi presa.
-Eso todavía está por decidirse –declaré replicando las palabras del chico pelirrojo que todavía me abrazaba por la cintura–. No tientes a tu suerte, Casy.
-Pufff. ¿Es que acaso no vas a dejarlo ya?
Castiel me observaba con molestia.
-¿Y olvidar el lindo apodo que te dio tu mamá? Eso nunca mi querido "Casssy".
Sabía que burlarme del pelirrojo era jugar con fuego… y eso me encantaba.
–Me vengaré y lo sabes –me advirtió con una sonrisa maliciosa.
–Veremos qué pasa. No tienes nada en mi contra de momento –respondí desestimando su amenaza.
-Solo espera que conozca a tus padres. Siempre soy yo el que tiene la última palabra –aseguró.
–Una pena que no pudieran venir hoy, ¿no es así? –señalé guiñándole un ojo.
Castiel abrió la boca para replicar, pero alguien más se le adelantó.
-Al fin los encuentro. Mis padres nos están esperando para ir a comer algo –Lysandro, todavía vestido como el cazador de Caperucita, acababa de llegar–. Pero antes, sonrían –nos pidió sacando una cámara de su bolsillo.
Adoraba a Lys, sabía que yo quería una fotografía con el chico que me gustaba mientras estuviéramos vestidos de Caperucita y el lobo feroz, y se aseguró de que la obtuviera. Era el mejor amigo del mundo. Increíblemente Castiel, lejos de negarse a ser fotografiado por considerarlo una tontería, se acercó aún más a mí. "Una pena que no haya tenido la oportunidad de comerte mi pequeña Caperucita, pero pronto encontraré el momento adecuado para hacerlo", me susurró al oído antes de separarnos.
Esa era la señal que estaba esperando. Finalmente creí tener la confirmación de que Castiel me quería tanto como yo a él. Siendo así, lo único que restaba era que uno de los se confesara y decidí que yo sería la que diera el primer paso. No era de las que rehúye un reto y concluí que el chico pelirrojo era el mayor desafío al que me había enfrentado hasta ese momento.
-¿Vienes o no? Me voy a hacer viejo si te sigo esperando.
Castiel, parado al lado de Lysandro, me instó a apresurarme. Aparentemente me había quedado mirándolo en silencio y medio embobada por más tiempo del normal.
-Ya voy. No te sulfures Casy… aunque temo que es demasiado tarde. Ya eres todo un viejo cascarrabias –contesté burlona.
-¡¿Qué soy un qué?!
-Tranquilo Castiel. Lamento decirte que Scarlet acaba de decir nada más que la verdad, incluso se te notan algunas canas –secundó Lysandro esbozando una leve sonrisa.
-Y encima la respaldas. No sé que voy a hacer con ustedes dos –declaró el pelirrojo cruzando los brazos y poniendo los ojos en blanco. Era consciente de que no podía con Lys y conmigo cuando nos uníamos para tomarle el pelo.
-Vamos de una vez. Me cambiaré en los vestuarios de los chicos, solo tengo que quitarme la capa y colocarme una camiseta de este siglo. Si a alguien le incomoda, pues que se aguante.
Tomé del brazo a los chicos que más importaban en todo el universo y los arrastré conmigo, dejando atrás el gimnasio junto con el rumor de que Nathaniel sufría maltrato familiar. Concluí que era absurdo y un tema en el que no volví a pensar hasta que me encontré a unas calles de la casa del rubito pocas semanas después de la jornada de puertas abiertas.
-¿Planeta Tierra llamando a Scarlet?
Nathaniel agitaba una mano en frente de mis ojos para llamar mi atención. Ambos habíamos dejado de caminar, quedando de pie en medio de la calle.
-¿Qué? Disculpa… me desconecté –respondí dando un respingo. Acababa de volver de un corto viaje en el tiempo que me regresó al día en que actuamos Caperucita Roja para nuestros padres.
-Se nota. ¿Te encuentras bien?–insistió mirándome con preocupación–. Después de preguntarme quién inventó el teléfono te quedaste en silencio. Dime, ¿qué es lo que te preocupa tanto? ¿Es Melotiel? ¿O es algo más? Sea lo que sea, puedes contar conmigo. Lo sabes, ¿verdad?
¿Por qué siempre me tiendes la mano Nathaniel? Yo olvidé en menos de cinco minutos que quizá te pasaba algo terrible en casa. Ni siquiera me molesté en cuestionar a la cotilla de Peggy para asegurarme de que solo fuera un chisme sin pies ni cabeza. Sencillamente asumí que todo estaba bien y seguí con mi vida…
-La convivencia fue solo una semana después de la jornada de puertas abiertas –afirmé contrariada.
Era la primera vez que experimentaba tantos sentimientos encontrados. Me prometí no volver a rememorar las palabras que me susurró Castiel en el gimnasio todavía vestido de lobo feroz, pero al parecer era misión imposible. Joder… dolía demasiado.
Lo quería, en serio lo quería… quiero decir… ¡Lo quiero! ¡Aún lo quiero de vuelta! No podría ser de otra manera, ¿o sí?
Necesitaba decirle al chico pelirrojo lo mucho que me importaba. Lo que sentía por él era cada vez más un peso del que debía liberarme antes de que terminara por hundirme. ¿Hasta cuándo podría evitar ese crack que sentí en mi interior cuando vi a Melotiel por primera vez? Pero por otro lado, acababa de tomar conciencia de que recordamos ciertas cosas y dejamos de lado otras al considerarlas irrelevantes en el momento en que suceden. Tenía una memoria fotográfica para mis encuentros con Castiel, mientras que borraba lo que tuviera que ver con Nathaniel. Ahora, sin embargo, todo era diferente.
Rubito… si hoy descubría algo extraño en tu casa, juro que te sacaré de ahí así tenga que arrastrarte de la corbata hasta mi apartamento. ¿Qué diablos me pasaba? ¿En qué momento comenzó a interesarme tanto?
-¿Scarlet? ¿Scarlet? ¡¿Scarlet?¡
-¡¿Qué?!
El señor perfecto acababa de interrumpir mi epifanía. ¡Y eso sí que me cabreó!
-No tienes porque gritarme –sentenció frunciendo el ceño.
-Tu empezaste –espeté enfadada.
-No me ignores –me pidió mirándome a los ojos–. ¿Qué te sucede? Confía en mí, tal vez… tal vez pueda ayudarte a encontrar una solución.
Nathaniel estiró su mano intentado tocar mi hombro. Instintivamente me alejé a medida que me sonrojaba. ¡Diablos! Yo no era una persona vergonzosa. ¡Qué narices pasaba conmigo!
-No hay ningún problema rubito –aseguré desviando la vista–. Sólo recordaba que no fui a la estúpida convivencia.
-Y yo te decía que es imposible que Castiel y Melody se enamoraran en la semana que duró esa tontería –afirmó cruzándose de brazos.
-¿En serio volveremos a discutir sobre eso? –pregunté arqueando una ceja.
-¿En serio vas a seguir insistiendo con esa teoría loca de que esos dos se hicieron novios luego de unos pocos días de conocerse mejor? –preguntó arqueando una ceja, en un claro intento por imitar mi gesto.
-Hasta la muerte si es preciso –afirmé esbozado una media sonrisa.
-No digas que no te lo dije cuando por fin sepamos qué fue lo que pasó –declaró Nathaniel poniendo los ojos en blanco–. Y ahora si no te importa, me gustaría llegar hoy a mi casa.
Sin esperar a una réplica de mi parte, el rubito me tomó de la mano llevándome con él hacia su hogar. No sé si lo hizo consciente o inocentemente, aunque conociéndolo lo más probable es que fuera esto último, pero el caso es que esta vez entrelazó sus dedos con los míos. La mano del señor perfecto era reconfortante y su cercanía me relajó casi al instante.
-¿Recuerdas el día que nuestra clase interpretó Caperucita Roja?
Si bien era una trivia distinta de las anteriores, algo me decía que Nathaniel sabría la respuesta. De alguna forma sus conocimientos abarcaban un poco de todo como acababa de descubrir.
-Claro. Cómo olvidarlo –respondió luego de meditarlo un momento–. Estaba quitándome el ridículo traje de conejo que me asignaron en la obra cuando entraste a los vestidores de los chicos con Castiel y Lysandro.
-Y montaste toda una escena –señalé ocultando mi sorpresa porque el rubito mencionara precisamente ese incidente–. Fue épico.
-Yo no lo llamaría "épico" –me contradijo mirándome de reojo, pero increíblemente con una sonrisa–. Si mal no recuerdo los amenacé con dos horas de detención si no te ibas, y tú me dijiste "que era un país libre de dictadores y que eso me incluía".
-¿En serio te dije eso? –no recordaba nada de aquello. ¿Tan enfocada estaba en Castiel?
-Sí. Y yo te respondí que en realidad lo que no había "eran agitadores y anarquistas de poca monta".
-Creo que te contesté con un… –hice un esfuerzo para recobrar la memoria de ese momento–¡Ah! Ya sé: "Salve al señor delegado que acaba de iluminarnos con su enorme sabiduría a nosotros pobres ignorantes que vagamos por el mundo".
-Yo recuerdo un poco más de sarcasmo –me corrigió el rubito–. Y luego empezamos a discutir por más de diez minutos.
-Tiempo que aprovechaste para sacarte el disfraz de conejo. No entiendo por qué hiciste tanto drama –repuse encogiéndome de hombres.
-¡Era el vestidor de chicos Scarlet!
-¿Y qué? Tenías una camiseta y unos pantaloncillos bajo el traje. No había nada interesante qué ver. Una decepción si me preguntas –aseguré acercándome a su oído con el tono de voz más sugestivo que conseguí pronunciar.
-No… no era correcto que estuvieras ahí. Fin de la discusión.
Era gracioso como Nathaniel se sonrojaba y ponía nervioso. Definitivamente amaba tomarle el pelo a este chico. ¿Pero y si su reticencia a que yo entrara a los vestidores se originara en algo más que su apego maníaco a las reglas? ¿Qué si quería ocultar algo? Moretones o una cosa similar, por ejemplo. Él era el único en los vestidores antes de que entráramos Castiel, Lysandro y yo. Tal vez planeaba colocarse otra camiseta o una camisa cuando irrumpimos. Apreté la mano del rubito a medida que esta idea cristalizaba en mi mente.
-Tal vez sí hay gato encerrado –susurré tomando las palabras que Karla había usado para referirse a la situación familiar del señor perfecto.
-No lo creo. Mi mamá es alérgica al pelo de los gatos. Me encantaría tener uno, aunque en vista de las circunstancias es imposible de momento –¿De qué rayos hablaba Nathaniel? Sin duda había malentendido mi comentario–. Esta es mi casa… temo que no es tan pintoresca como la tuya –me explicó al tiempo que soltaba mi mano para presionar los botones de una cerradura eléctrica, que emitió un breve "bip" antes de que las rejas que separaban la acera de un jardín bien cuidado se abrieran ante nosotros.
No pude reprimir un largo silbido de asombro. La morada del rubito y su familia consistía en una moderna casa de hormigón de tres pisos y con enormes ventanales. Excesivamente minimalista si me preguntan y más parecida a una oficina de la CIA que a un hogar. Cruzamos el jardín en silencio. Había algo fuera de lugar en el aire, podía sentirlo. Todo se veía… demasiado perfecto para ser real. Okey, era cierto que tenía a mi lado al señor perfecto, pero él era lo único que lucía auténtico en aquel lugar.
El vestíbulo, la sala de estar e incluso la luz que se filtraba por las ventanas eran tan frios y solemnes como la casa misma. Pocos y elegantes muebles, además de algunos cuadros con motivos abstractos que colgaban de las paredes y que no consiguieron llamar mi atención. Jamás pude hallarle el gusto a esas extrañas manchas informes y supuse que mis futuros profesores de arte se escandalizarían por mi nulo respeto hacia esas "imágenes incomprensibles".
No tienen idea de cuánto aprecié que Nathaniel no me presumiera los mentados cuadros o me pidiera una opinión al respecto. Al parecer había entendido que "no eran lo mío". Para colmo noté que todos eran originales y no réplicas, es decir, espantosamente costosos. Eso no me daba buena espina, así de simple.
-Tus cuadros me gustan mucho más.
El rubito se había parado junto a mí mientras yo observaba con ojo crítico un cuadro que me parecío especialmente horrendo colgado en la pared justo detrás de la enorme mesa del comedor.
-¿Es en serio? –le pregunté poco convencida y mirándolo de reojo.
-Muy en serio. Yo no escogí ninguno, solo mis padres y Amber que querían… algo lujoso... creo. No sé casi nada sobre identificar una buena pintura de otras que no lo son, pero tus cuadros me inspiraron y creo que eso es lo que debe hacer todo lo que se considere arte.
-Gra… gracias. Sig… significa mucho para mí–dije dando la espalda a Nathaniel para ocultar el sonrojo y la emoción que me provocaron sus palabras. Ni en mis mejores sueños habría imaginado que una de mis pinturas podía inspirar a alguien–. Aunque no era necesario que me recuerdes que mis cuadros son mejores que esas cosas raras en tus paredes –continué volteando para dar la cara al rubito con mi mejor sonrisa sarcástica.
-Tan confiada como siempre –afirmó poniendo los ojos en blanco al tiempo que esbozaba una leve sonrisa.
"¡Ten más cuidado Karla. Tu ortografía es pésima. Esto debe salir perfecto si queremos destronar a Emma y a su patético club de periodismo".
"Mejor hazlo tú entonces. A mí ya me aburrió".
"Eres imposible… ¿Podrías hacerte cargo Charlotte?
"Si no hay más remedio…"
Sin duda era la voz de Peggy dando órdenes a sus esbirros para publicar un nuevo número de su periódico de chismes.
-Ay no. Las brujas están aquí –anunció Nathaniel con disgusto mirando en dirección a una habitación con la puerta entreabierta al otro lado del comedor.
-No me digas que tu casa es la sede del odioso pasquín de…
-Shhh. Podrían oírte. Hasta ahora hemos tenido suerte –el rubito hablaba en susurros al tiempo que me tomó del brazo haciendo que diera algunos pasos de espaldas junto con él para alejarnos de la habitación donde se encontraban las arpías –Amber está trabajando en esa tontería y para mi desgracia ofreció el estudio de mi padre como lugar de trabajo oficial. Todas aceptaron y aquí las tienes –me explicó.
Así que Peggy había encontrado la forma de introducirse a la casa del rubito. Era obvio para mí que no sólo había aceptado la oferta de Amber por comodidad, sino porque deseaba encontrar "las pruebas" sobre el supuesto maltrato familiar para luego exponerlo de manera exagerada y falsa, como hizo con nuestras "reuniones" en la sala de delegados hace unos días. ¿Acaso no le importaba el trauma que eso ocasionaría en la vida familiar del rubito?
-Peggy está acababa –anuncié amenazante.
-¿No crees que eres un poco radical?
Nathaniel me miraba curioso por lo que acababa de decir. ¡Joder! Por el momento no era una buena opción decirle nada de lo que estaba sucediendo, al menos hasta que estuviera segura de que pasaba algo malo con su padre.
-Tal vez. No importa en realidad, Lysandro, Emma y los demás se encargarán de darle una lección –aseguré con una sonrisa malévola. Esa chismosa empedernida no tenía idea de lo que le esperaba.
-Sí… Lysandro… –replicó el rubito frunciendo el ceño–. Subamos al segundo piso, cuanto más lejos estemos de ellas, mejor.
De camino vi una repisa de mármol en un extremo de la sala de estar. Flanqueda por un par de floreros que llevaban en su interior unas estrafalarias espigas de color crema, yacía un marco de madera con una fotografía de la familia del señor perfecto. Su madre era una rubia preciosa, aunque parte de su encanto se perdía por culpa de su expresión demasiado seria, mientras que Amber sonreía con soberbia al igual que su padre, vestido con un impecable traje de color negro. El único personaje descolocado en aquella escena era Nathaniel, cuya expresión revelaba una indefinible incomodidad.
-¿Vienes Scarlet?
-Ya voy.
Llegamos hasta un largo pasillo con tres puertas. Dos a la derecha y una a la izquierda. El rubito se dirigió hacia esta última.
-Podemos acomodarnos en el despacho de mamá –anunció.
-Vamos a tu habitación –dije sin titubeos.
-¡¿Qué?!
Reí al notar el pánico en el rostro del señor perfecto que me observaba estupefacto y más rojo que un tomate. Me hacía gracia el hecho de que supiera cosas como que Krakatoa fue un volcán que explotó al este de Java, dónde quiera que sea eso, pero que en cuanto a relaciones sociales fuera un completo despistado.
-Tranquilo rubito. La mayoría de mis amigos son chicos y conozco las habitaciones de todos. Además apuesto a que la tuya está impecablemente ordenada, ¿o me equivoco?
-No… digo… ¡Eso no interesa! Vamos al despacho –afirmó escandalizado.
-Olvídalo. Yo quiero conocer el santuario del señor perfecto. ¿Sabías que es una leyenda entre los estudiantes promedio? –apunté sonriendo.
-Imagino que me estás tomando el pelo… de nuevo, ¿o no? –preguntó dubitativo.
-¿Quién sabe? –me encogí de hombros.
Yo deseaba conocer la habitación de Nathaniel y nadie me lo iba a impedir, ni siquiera él. Fui directo hacia la primera puerta de la derecha que abrí sin el menor reparo. Para mi sorpresa, y consternación, la habitación estaba cubierta por un desagradable papel tapiz rosa. La cama estilo princesa era gigantesca y excesivamente mullida, el ropero de cuatro piezas ocupaba una pared entera, pero dejando espacio suficiente para un pomposo sillón color lavanda y un escritorio sobre el que habían tres repisas. Dos de ellas estaban repletas de muñecas barbies de colección que debieron costar mínimo un ojo de la cara. La tercera tenía una colección de trofeos por diversos concursos de belleza y fotografías que los conmemoraban con una Amber de no más de diez años de protagonista, casi siempre junto a sus padres que sonreían orgullosos a su lado. Una imagen que se replicaba en lo que supuse era la fiesta de "los diabéticamente dulces" dieciséis de la hermana del rubito, a la que por cierto no fui invitada. También había fotos que ilustraban su participación en el equipo de porristas de Sweet Amoris y los numerosos encuentros con sus inseparables amigas Lee y Charlotte, y otras personas que no reconocí. Un círculo social muy grande, sin duda.
-¡Scarlet! ¿Estás loca? Es la habitación de Amber. Salgamos de aquí antes deque arme un escándalo.
El señor perfecto me tomó del brazo intentando que dejara el lugar con él, pero lo que tenía en frente era demasiado interesante como para dejarlo ir, así que tomé el móvil que llevaba en el bolsillo de mi chaqueta y empecé a tomar un millar de fotografías.
-¿Qué haces? –me preguntó Nathaniel arqueando una ceja.
-Reúno información –contesté con naturalidad–. Ya sabes, conoce a tus amigos, pero aprende mucho más sobre tus enemigos.
-¿Amber y tú se llevan así de mal?
-¿Lo dudas acaso rubito?
Por lo visto yo no era la única que había pasado por alto algunos acontecimientos anteriores a nuestro pacto contra Melotiel. Amber fue una bruja conmigo apenas nos conocimos y el sentimiento de antipatía se volvió mutuo, más aún cuando me di cuenta de que la arpía sentía algo por Castiel. Aunque esto último empezaba a perder importancia considerando la imprevista aparición de Melody.
-La verdad no lo cuestiono. Mi hermana puede ser un auténtico dolor de cabeza. No te culpo si tuviste que ponerla en su lugar alguna vez –sentenció Nathaniel antes de soltar un profundo suspiro–. Una vez aclarado ese punto, hora de partir.
-Aguarda un minuto.
Me dirigí al escritorio de Amber para examinar la pila de libros que yacían encima junto a una laptop adornada con stickers en forma de ropa y joyas extravagantemente coloridas.
-"El chico de la motocicleta negra y yo". No lo puedo creer…
Me fue imposible contener la risa luego de leer el título de uno de los volúmenes en cuestión.
-Déjalo ya Scarlet. No está bien burlarse de los gustos de los demás –el señor perfecto me arrebató el libro para devolverlo a su lugar.
-Pero no solo es el título, mira la portada –apunté divertida.
–Sea lo que sea no es correcto reírse de…
Nathaniel no terminó de regañarme, permaneciendo en silencio mientras observaba la novela que tenía entre manos.
-No… no… es… es imposible… que haya algo… algo tan absurdo –dijo al fin ya sin poder contener la risa.
Y no era para menos. La portada consistía en un chico de largo pelo negro y cara de pocos amigos montado en una motocicleta del mismo color, vestido con unos pantalones de cuero y una chaqueta que dejaba al descubierto su musculoso pecho. Detrás del galán iba sentada una chica con un larguísimo pelo rubio y una sonrisa plástica. La muy descarada aprovechaba la necesidad de sujetarse y no salir disparada de la moto como excusa para manosear los perfectos abdominales de su compañero. ¿Mencioné que en lugar de una calle o carretera, el camino por el que transitaban los tórtolos era un sendero formado por pétalos de rosas rojas diseminados por dos angelitos regordetes y con las mejillas sonrosadas?
-Mira este. No tiene nada que envidiarle al otro –le tendí al rubito un segundo libro que saqué de la misma pila que el anterior.
-"Ahora eres mío bravucón" –leyó antes de compartir una nueva sesión de risas conmigo. Ni hablar de la portada. El rosa y el cuero negro decididamente no combinan.
-Y escucha el título de este: "Cuando encontré al chico malo más bueno del mundo".
-Eso no es nada, oye esto: "El día en que una motocicleta se cruzó en mi camino".
Una nueva ronda de risas no se hizo esperar.
-Cielos, Amber está obsesionada con los chicos de reputación moral dudosa a niveles alarmantemente cursis. Ahora entiendo porque se encaprichó tanto por el pelirrojo del demonio –afirmó el rubito.
-Oye, oye. No exageres. Yo nunca he leído novelas así y Castiel no es "malo" ni se parece en nada a los protas de estas… estas historias –lo contradije al tiempo que dejaba los libros en su lugar como si tuvieran la peste.
-Sí claro… –Nathaniel no sonaba muy convencido.
–Te recuerdo que no todos podemos cumplir con las absurdas reglas que nos impone el sistema en su suprema estupidez. Es más, casi nadie lo hace. Simplemente es imposible ser tan correcto –aseguré.
–Oh vamos… Admite que te encantan los chicos que rompen las normas por cualquier motivo –el señor perfecto se oía un tanto triste, al igual que esta mañana, ¿pero por qué?
-No por cualquier razón, sino por la razón correcta –defendí mi posición–. Desviarte de lo establecido por una buena causa no tiene nada de malo. Deja de ser prejuicioso y lo entenderás.
-¿Y qué me dices de Draco Malfoy? Es un personaje malvado y te gusta –ni bien lo dijo, Nathaniel se puso más pálido que de costumbre. Pobre. Acababa de delatarse el solo y lo sabía.
-Por favor… Draco es diferente y… –un minuto, ¿cómo es que sabía que yo tenía un flechazo por Malfoy?–. Tú… ¡te colaste en mi habitación sin permiso y encima revisaste mi ordenador! –lo apunté acusadoramente.
-Lo… lo lamento mucho Scarlet. No… no era mi intención husmear. No sé qué… qué tenía en la cabeza –se veía tan contrariado que lucía adorable. Con seguridad sufría de una crisis de consciencia.
-¿No te enteraste de que la curiosidad mató al gato rubito? –me le acerqué amenazante, dejando solo unos pocos centímetros entre nuestros rostros. Volvía a tener el sartén por el mango y lo disfrutaría hasta donde fuera posible–.Como comprenderás, ahora estás obligado a enseñarme tu habitación.
-¿Estás… estás segura de que no quieres otra cosa? Po… podría hacerte la tarea por una semana –ofreció visiblemente nervioso–. Ya sabes… como compensación.
Sonaba tentador… pero no.
-Propuesta rechazada –dije mientras me dirigía a la puerta–. Tu habitación o nada.
-Tú ganas… –suspiró resignado.
-Y Nathaniel –volteé para mirar al rubito a los ojos–. Draco Malfoy no me atrae por ser un chico malo.
La habitación del señor perfecto se encontraba al lado de la de Amber y era algo así como su antítesis. Las paredes estaban pintadas de un sobrio azul claro al igual que el marco de la ventana que daba a la calle, y junto al que se alzaba un sillón de lectura de color celeste. Exactamente al frente se desplegaba un enorme librero ocupando la mayor parte de la pared. Los muebles restantes consistían en un pequeño ropero, una angosta cama de una pieza y un escritorio con una laptop, textos de estudio, cuadernos y lápices rigurosamente ordenados.
Dios… el lugar gritaba "Nathaniel" en cada centímetro, si bien no había una sola fotografía a la vista. Simplemente todo era tan él…
-De… dejaré la puerta abierta –anunció o más bien murmuró.
-¿Por qué? –le pregunté si bien conocía la respuesta. El punto era hacer que lo dijera en voz alta y se muriera de vergüenza.
-Ya sabes… –dijo mirando a sus zapatos como si fueran la cosa más interesante del planeta.
-No, no sé –me encogí de hombros fingiendo inocencia.
-Para…
Aparentemente el rubito había perdido el don del habla… al fin.
-¿Para? –insistí con una media sonrisa.
-¡Para evitar cualquier mal entendido al estar los dos solos en una habitación! ¿Estás contenta ahora? –repuso molesto y más ruborizado que nunca.
-Bien, bien. Como prefieras –levanté los brazos en un gesto de rendición, aunque bastante divertida con la situación.
-Eres increíble Scarlet. Me tomaste el pelo de nuevo, ¿verdad?–me reprochó Nathaniel frunciendo el ceño.
-Tú harías lo mismo si estuvieras en mi lugar. Es demasiado tentador –aseguré simulando una seriedad que estaba muy lejos de sentir.
-Lo dudo… –negó con la cabeza–. En fin… puedes colocar tu mochila aquí.
El rubito se quitó el maletín que colgaba de su hombro izquierdo para dejarlo en un perchero cercano a la puerta. Yo preferí abandonar mi morral en el suelo y examinar su librero.
-Que guay. Tienes de todo un poco.
Acababa de comprender cómo es que Nathaniel sabía tantas cosas. Entre sus libros no solo figuraban novelas y cuentos de misterio, terror y fantasía, sino numerosas revistas científicas, enciclopedias y biografías de personajes históricos famosos.
-Me… me gusta mucho leer –confesó pasándose una mano por el cabello.
-No me digas… Espera, ¿registras todo lo que lees? –tomé una hoja de papel con una lista de libros leídos por año que reposaba sobre el librero.
-¡Devuélveme eso! –el señor perfecto intentó quitármelo, pero lo eludí moviéndome con rapidez por la habitación.
-Así que cada año que pasa, lees más libros. ¿Se trata de un reto personal o algo así? –pregunté caminando de espaldas mientras revisaba el preciado documento.
-Bueno… ¡sí! No tienes por qué burlarte. Ahora regrésame el papel por favor.
Nathaniel parecía estar seguro de que lo ridiculizaría por su pasatiempo. ¿En serio me creía una persona de tan poco tacto? Estaba a punto de contradecirlo cuando perdí el equilibrio y acabé sentada en el sillón.
-¡Ja! Te atrapé –el rubito colocó una mano sobre uno de los apoya brazos para impedirme huir y con la otra tomó un extremo de la hoja de papel que me rehusaba a soltar–. Puede parecerte estúpido, pero así me divierto –declaró a la defensiva.
-No es una estupidez. De hecho me parece interesante –dije con honestidad.
-¿Es… es otra broma?–me cuestionó observándome con desconfianza al tiempo que se aproximaba más a mí.
-No… no lo es –afirmé apoyando mi cabeza en el respaldo del sillón.
¿Qué tal si tiraba de su corbata lo suficiente como para compartiéramos otro beso? Joder… ¿de dónde había sacado semejante idea? De pronto estaba muy nerviosa, tanto que no podía pensar en qué decir a continuación. ¿Dónde había quedado mi natural sarcasmo?
-¿De verdad? –Nathaniel, extrañamente serio, soltó la lista y estiró la mano con timidez para tomar un mechón de mi pelo, que había escapado a la cola de caballo que lo tenía sujeto, colocándolo detrás de mi oreja. Sus dedos apenas rozaron mi rostro, pero juro que me pareció más una caricia que un toque casual.¡¿Qué demonios estábamos haciendo?!
-Muy… muy en serio –declaré con una leve sonrisa que distaba de la típica mueca burlona que solía esbozar para aligerar situaciones como esa.
-Scarlet… yo…
El señor perfecto tenía ambas manos en los respaldos del sillón y por una vez parecía inseguro sobre qué decir a continuación. Nos miramos en silencio mientras la escaza distancia que nos separaba empezaba a colapsar, como si una inexplicable atracción insistiera en juntarnos.
¡Un minuto! ¡Paren el mundo! ¡Me quiero bajar! Caperucita Roja y el Lobo, la convivencia, Lysandro y yo solos esa semana, Castiel y Melody inexplicablemente juntos, el saboteador de Nathaniel, ¡su padre el supuesto abusador! Tenía tantas cosas en la cabeza que se me aparecían como una vorágine de imágenes inconexas…
-¿Y cuándo comenzará la clase rubito?
Me las arreglé para escabullirme del sillón antes de que tuviera algo más en que pensar, y prácticamente volé hacia el librero con el pretexto de devolverla enumeración de libros donde la había encontrado.
-A… ahora mismo si te parece –contestó el rubito algo turbado mientras se dirigía hacia su escritorio para recoger un archivador y un par de cuadernos.
Mejor así. Las cosas se complicarían demasiado si nos besábamos de nuevo…Debía concentrarme en Castiel… lo extrañaba a pesar de todo. Esa era la realidad… algo… algo distinto era impensable.
-¿Qué es?–tomé un libro al azar en un intento por despejar el ambiente que de pronto estaba muy tenso.
Para mi sorpresa resultó ser una edición de tapa dura de El Hobbit con ilustraciones y ¡mapas incluidos!
–¿Te gusta? –inquirió Nathaniel colocándose a mi lado.
-Me encanta. ¿Dónde lo compraste? –le pregunté mientras hojeaba el precioso volumen.
-En una venta de garaje. Pasaba por ahí y lo vi de casualidad. El precio era accesible y lo compré aunque gasté los ahorros de un año.
-Tuviste mucha suerte rubito –declaré acariciando el libro con anhelo antes de regresarlo al librero.
-Espera. Te equivocaste, ese no es el lugar correcto.
Nathaniel dejó el archivador y los cuadernos sobre su cama. Acto seguido, tomó su ejemplar de El Hobbit y lo situó por orden de tamaño en medio de un tomo sobre la Segunda Guerra Mundial y la novela Crónica de una muerte anunciada.
-¿Siempre tienes que ser así de obsesivo? –dije poniendo los ojos en blanco.
-Es lógico ordenarlos libros de esa manera –me explicó encogiéndose de hombros–… ymucho mejor que dejarlos tirados en cualquier parte.
-Veo que hiciste una revisión exhaustiva de la pequeña "biblioteca" que tengo en mi habitación–señalé con sarcasmo.
-No… no me culpes, había mucho desorden como para ignorarlo–afirmó Nathaniel tratando de excusarse al tiempo que desviaba la mirada. El pobre estaba muy apenado y era pésimo para ocultarlo–. Bueno…me… mejor empecemos de una vez. Puedes ocupar el sillón y yo la silla del escritorio para…
Ignoré al señor perfecto y me acomodé de piernas cruzadas en el piso junto a la cama.
-¿Qué crees que haces? –inquirió frunciendo el ceño.
-Preparándome para una aburridísima sesión de estudio… por desgracia. Anda, ¿qué esperas? –palmeé el suelo.
-¿Quieres que nos sentemos ahí? –exclamó incrédulo.
-¿Qué tiene de malo? Conociéndote el piso debe estar más limpio que mi pupitre en Sweet Amoris, ¿o me equivoco?
-No… pero…
Miré al rubito con cara de circunstancias.
-Bien… supongo que por esta vez puedo hacerlo –Nathaniel tomó el archivador y los cuadernos, sentándose a mi lado no sin demostrar cierta torpeza–. Mira. Algunas semanas antes de los exámenes empiezo a resumir los temas en fichas y esquemas para no tener que releer los apuntes…
No lo podía creer. El señor perfecto preparaba resúmenes perfectos de todo lo avanzado… ¡En cada una de las materias que cursábamos en el instituto!¿Tanto le importaba obtener buenas calificaciones? ¿Por qué se esforzaba a tal punto? ¿Pasión por el conocimiento? ¿Alguna necesidad patológica de sobresalir como el mejor alumno de la clase? ¿O acaso alguien… digamos su padre… lo obligaba a actuar de esa manera? Pero lucía tan interesado en la sarta interminable de datos que había organizado… que hasta a mí dejaron de parecerme tonterías sin sentido. ¡Joder! Su entusiasmo era contagioso. Describía las cosas de tal forma que inevitablemente llamaban la atención… como si fueran parte de la trama de un best seller o una película de Hollywood. ¡Qué buen narrador era el rubito! Solo él podría convertir la caída del Imperio Romano en algo parecido al Señor de los Anillos. Y sin siquiera pensarlo o darme cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a formularle preguntas y a complementar lo que decía con mi escaso conocimiento sobre lo avanzado en clases. Se notaba que sus materias favoritas eran historia y literatura, aunque no por eso descuidó los temas avanzados en matemática, física y química. Había una síntesis y guías de estudio para absolutamente todo.
-¿Cuándo lo hiciste? –le pregunté entre sorprendida y admirada por su dedicación. ¿En serio Nathaniel actuaba así por voluntad propia?
-No fui a la convivencia, ¿recuerdas? Esa semana la dediqué a prepararme para los exámenes. De haber sabido que Melody y Castiel acabarían juntos luego de eso… yo…
-Olvídalo –lo interrumpí antes de que se disculpara. Sabía que lo haría y por alguna razón eso no me caía en gracia. No sé… era como si pidiera perdón por ser él mismo, y eso definitivamente no estaba bien–.Yo también falté a esa idiotez y a pesar de todo no me arrepiento. De hecho… creo… creo que aprovechaste ese tiempo mucho mejor que la mayoría.
El rubito abrió los ojos de par en par, seguramente alucinado por mis palabras... al igual que yo. No lo entendía. Hace unos días no habría dudado en culparlo por cada uno de los momentos Melotiel que tuvimos que soportar, pero algo cambió entre nosotros durante el poco tiempo que compartimos desde que fui a la sala de delegados a proponerle una alianza para recuperar a las personas que nos gustaban.
-Gracias –fue todo lo que me dijo al tiempo que me dedicaba la sonrisa más genuina que había visto en mi vida.
-Olvídalo, ¿si?–le pedí sintiendo algo así como un millar de mariposas en el estómago– ¿Y qué se supone que tengo que hacer ahora? ¿Organizar guías de estudio parecidas a las tuyas? Déjame decirte que eso es misión imposible –simulé ponerme de mal humor. Sea como sea él no debía notar que su cercanía comenzaba a afectarme.
-Solo tienes que repasarlos y obtener buenas calificaciones. Aquí tienes–me alcanzó el archivador que resultó contener una fotocopia de todos sus resúmenes y esquemas.
-¿Vas a compartirlos conmigo?
Estaba poco menos que anonadada con el desprendimiento del señor perfecto. Era una auténtica caja de sorpresas.
-¿Por qué no habría de hacerlo? Sé que no soy el tipo de chico que te agrada y con quien puedes congeniar fácilmente, y a eso hay que sumarle el hecho de que no he sido de mucha ayuda para separar a Melotiel… Así que esto es lo menos que puedo hacer… por ti –confesó un tanto avergonzado.
-Nathaniel…
No estoy segura de qué iba a decirle, probablemente una sarta de tonterías destinadas a hacerlo sentir mejor. Definitivamente había perdido un tornillo.
-… y además es preciso que mejores tus notas para mantener impecable nuestra imagen frente a la directora del instituto. Dijimos que estudiábamos juntos en la sala de delegados, no podemos darnos el lujo de fallar –aseveró preocupado.
-¿Sabías que eres total y absolutamente exasperante señor perfecto? –dije poniendo los ojos en blanco por enésima vez en el día.
-Creía que habías descartado ese tonto apodo –señaló más curioso que molesto.
-Nop. A fin de cuentas te queda como anillo al dedo –aseguré.
-¿Sabías que eres total y absolutamente exasperante "chica desastre"? –me preguntó el rubito sonriendo de medio lado.
-¡Oye! No me imites. Imaginé que ya habías superado la etapa de llamarme así –repuse fingiendo enfado.
-Nop –contestó negando con la cabeza.
-Y no te robes mi "nop".
-Que yo sepa todavía no lo has patentado.
Ambos nos miramos por un segundo antes de desternillarnos de risa hasta que escuchamos una puerta cerrarse de sopetón.
-Mis padres están aquí. Se suponía que no llegarían hasta la noche –susurró Nathaniel repentinamente serio.
-Te pido que te comportes Scarlet. Mi padre es muy severo y…
-Lo sé, lo sé. Me lo repetiste como unas mil veces. Tranquilízate o te dará un ataque cardíaco. Solo vamos a saludarlo, ¿no? No es que me vaya a adoptar o algo así.
-No digas tonterías…
La paranoia del rubito, además del paso de tortuga con que bajaba las escaleras, no hacía sino aumentar mis sospechas respecto a los posibles maltratos que podría estar sufriendo. Creí que jamás llegaríamos al primer piso y cuando por fin lo hicimos…nos topamos con un hombre de mediana edad, vestido de traje y corbata, barba incipiente y una cara de poker que no auguraba nada bueno. Nos miramos, o más bien evaluamos, en un incómodo silencio hasta que uno de los tres decidió hablar.
-Debes ser una de las amigas de Amber. Ella no se encuentra. Salió con su club de periodismo en busca de noticias de interés.
¡Un minuto! ¡¿Yo amiga de esa arpía?! ¿"Su club de periodismo"? ¿"Noticias de interés"? Claramente el papá de Nathaniel tenía una visión distorsionada de los hechos. Abrí la boca para hacérselo saber, pero el señor perfecto se me adelantó.
-En… en realidad… Scarlet es mi amiga. Vino a estudiar conmigo –afirmó atropelladamente mientras me observaba de reojo para recordarme que me callara y dejara que él explicara mi presencia.
Su padre frunció el ceño dejando entrever un profundo disgusto. Era inevitable. Iba a regañarlo por traer a alguien a su casa sin su permiso, por no permanecer en su habitación estudiando, por no aislarse del mundo, por no ocuparse exclusivamente del instituto y de sus libros, por no ser un antisocial que…
-Eso es imposible Nathaniel. Para mi decepción… ambos sabemos que eres un antisocial. Y encima ahora mientes para encubrir tus excentricidades. ¿Es eso lo que te enseñan las tonterías que lees? Disculpe a mi hijo señorita. Vive encerrado entre cuatro paredes y por lo visto desconoce lo impropio que es involucrar a un tercero en sus fantasías.
¡¿Qué?!¡Alto! ¡Ese no era el tipo de reproche que esperaba! ¡Se suponía que debía sermonearle por descuidar sus estudios y no leer lo suficiente! ¡No al revés!
-Te… te aseguro que es verdad… Nosotros…
Nathaniel empezó a ponerse muy nervioso y juraría que algo asustando.
-Basta –lo interrumpió su padre de forma tajante–.Ya te he dicho que tu madre y yo estamos hartos de verte pasar el día en tu habitación leyendo en lugar de vivir en el mundo real. No me interesa lo que hagas o dejes de hacer en el instituto, pero te repito que no pienso financiarte una carrera de literatura. Esa idiotez… puede estudiarse por correspondencia.
¡Pero que cruel! No podía creer el desprecio con que se refería a las aficiones y a la forma de ser del rubito, que permanecía en silencio aparentemente imperturbable. Fue obvio para mí que esta no era la primera vez que ese hombre destrozaba la autoestima de su hijo.
-Yo vine aquí por Nathaniel –declaré dando un paso hacia adelante–. Él se ofreció a ayudarme a estudiar y tiene un grupo de amigos muy cool con los que se reúne siempre. Y de hecho este fin de semana todos iremos a un club nocturno a divertirnos.
El señor perfecto y su padre se me quedaron mirando estupefactos al ver que rompía su dinámica de siempre. No cabía duda de que eran parientes a pesar de todo…
-¿Qué pasa? Sólo estoy diciendo la verdad –continúe encogiéndome de hombros y sonriendo de manera inocente–. Solemos salir de vez en cuando… al parque de diversiones, al cine, al karaoke, a la playa…
-¿Lo que dice esta muchacha es cierto Nathaniel?
Una mujer alta, rubia y con unos despampanantes y fríos ojos verdes se acercó a nosotros. Caray… podría jurar que el elegante vestido que llevaba puesto valía más que todo mi guardarropa, armario incluido.
-Te hice una pregunta hijo –insistió al notar que el aludido permanecía en silencio, probablemente en shock.
-Pu… pues… creo que sí.
-¿Crees o estás seguro?
El rubito alzó la vista para enfrentar a la que sin duda era su madre y entonces algo extraño sucedió. Lejos de cohibirse como pensé que lo haría, me tomó de la mano… nuevamente entrelazando sus dedos con los míos, aunque en esta ocasión sentí un ligero apretón que correspondí.
-Estoy seguro –contestó con el tono de voz más seguro que le había escuchado hasta ese momento.
–Mentira. Ella tiene que ser amiga de Amber.
El señor "detesto la personalidad de mi hijo y los amargaré a todos por eso", no parecía dispuesto a dar su brazo a torcer. ¡Qué odioso era! Abrí la boca para contradecirlo, pero…
-Lo siento papá, es verdad. Sí tengo amigos y Scarlet está conmigo. Ahora, si nos disculpan, aún tenemos mucho que estudiar… y leer. Hasta luego.
Nathaniel, esbozando una sonrisa falsa de aparador, se me adelantó llevándome con él de la mano sin dar oportunidad a sus padres para contradecir o impugnar lo que acababa de decir. Ambos tuvieron que conformarse con vernos partir con los ojos abiertos como platos.
-Oye rubito, ¿se puede saber a dónde me llevas?
-Ya lo veraz.
Subimos por las escaleras, pasando por el segundo y tercer piso de la casa, hasta una puerta que daba a una terraza con una piscina rectangular. El señor perfecto eludió la mesa, las sillas y la sombrilla que aparecieron en nuestro camino. Soltó mi mano con suavidad y se sentó en el piso, apoyando la espalda en la pared de lo que supuse era un pequeño depósito. Me acomodé a su lado y por varios minutos ninguno dijo nada. Nos limitamos a contemplar los edificios aledaños y el sol que estaba a punto de desaparecer detrás de las montañas cercanas a la ciudad.
-Sé que no se compara con la vista de la azotea del instituto, pero últimamente me gusta venir aquí cuando quiero un poco de tranquilidad. Diríase que me contagiaste la costumbre –confesó Nathaniel con la mirada perdida en el horizonte.
-No está tan mal –afirmé en un susurro apenas audible.
–Anda dilo. Eres libre de hacerlo Scarlet. Prometo no enfadarme.
Esas eran las palabras que estaba esperando para dar rienda suelta a mi indignación.
-Joder rubito… ¿Qué rayos le sucede a tus padres? ¿Cuál es su problema? –pregunté frunciendo el ceño.
-Nada del otro mundo. Sencillamente no toleran que yo sea "un poco" diferente a como deseaban que fuera –contestó restándole importancia al asunto.
-Pero si tú eres la clase de hijo con el que todo padre sueña –señalé incrédula–. Estudias un montón, no te metes en problemas y tienes metas claras.
-Tal vez para ciertas personas todo eso sea bueno, pero para ellos no es más que un defecto. Algo que me convierte en un bicho raro que básicamente pierde el tiempo leyendo e imaginando "fantasías" inservibles –continuó Nathaniel sin dejar entrever emoción alguna.
-No lo entiendo –afirmé con sinceridad– ¿Acaso no eran tus padres los que te obligaban…
–A estudiar y leer. Lamento decepcionarte Scarlet, pero recuerdo haberte dicho que hago todo eso porque me agrada. Además, como escuchaste, tendré que apañármelas yo solo si quiero estudiar literatura y cursar un programa de escritura creativa. Calificaciones altas me ayudarán a conseguir una beca –me explicó volteando a verme.
-Lo… lo siento –de repente me sentí muy culpable por haber juzgado las decisiones del rubito tan a la ligera.
-No tienes que disculparte. Soy consciente de que para la mayoría mi comportamiento es "un producto de los adultos a mi alrededor".
Dolido. Algo en el tono de voz de Nathaniel me decía que estaba dolido. Y no era para menos, yo acababa de darle a entender que pensaba igual que esas niñatas tontas que lo insultaron el día en que nos quedamos solos en el instituto horneando unas galletas. Empezaba a comprender que los prejuicios no se limitaban a los chicos que vestían de manera diferente, llevaban el cabello largo o tenían un tatuaje. Personas como el señor perfecto, sorprendentemente, también eran discriminadas por los demás.
-Solo discúlpame, ¿okey? –dije cabreada por toda la situación–. Me retracto. Por supuesto que no creo que seas resultado de la presión de nadie. Te conozco lo suficiente para saber eso. Es solo que una vez escuché una idiotez sobre…
-Conozco perfectamente los rumores acerca de mi padre –me interrumpió cabizbajo.
-¡¿Estás hablando en serio?!
–Muy en serio. Escucha Scarlet, ¿podrías guardarme un secreto?
-Claro.
Nathaniel se me quedó mirando como si quisiera leerme la mente hasta que finalmente pareció tomar una decisión. Sacó su móvil del bolsillo del pantalón y… ¡puso una canción! Este día no podía ser más bizarro.
Hey, Dad, look at me (Hey papá, mírame)
Do you think I'm wasting my time (¿Tú piensas que yo estoy perdiendo mi tiempo)
doing things I wanna do? (haciendo cosas que quiero hacer)
I just wanna make you proud (Yo solo quiero que estés orgulloso)
I'm never gonna be good enough for you (Nunca seré suficientemente bueno para ti)
And you can't change me (Y tú no puedes cambiarme)
I' sorry. I can't be perfect (Lo siento. No puedo ser perfecto)
Era "Perfect" de Simple Plan. No era necesario que el rubito agregara nada. La letra lo decía todo.
-Como ves definitivamente no soy "un señor perfecto" –afirmó con una sonrisa melancólica en cuanto la canción acabó.
-Me dijiste lo mismo hace un tiempo –señalé sin estar segura de qué decir a continuación. Nathaniel confiaba en mí lo suficiente como para dejarme conocer una parte de su vida que de seguro nadie más sabía. ¿Por qué?
-Y como siempre… no me hiciste caso…
-Qué esperabas. Soy una cabeza dura y tú –rocé su pecho con mi dedo– "sí que eres un señor perfecto".
-Oh vamos… Sabes que eso es mentira. "Accidente inminente" debería ser mi segundo nombre. Siempre terminó metiendo la pata. Admito que soy predecible, cuadrado y hasta algo pesado. Y de hecho estoy seguro de que si hicieran una votación la mayoría lo preferiría a él. No los culpo.
-¿Quién es "él"?–fruncí el ceño confusa.
-Castiel, ¿quién más? Odio admitirlo, pero el pelirrojo del demonio sí que se atreve a hacer lo que quiere, defender lo que piensa y ser espontáneo sin importar las consecuencias… o las reglas. Supongo que esas son cualidades que gustan a la mayoría y que no tengo…
-Rubito... estás muy equivocado… honestamente eres el chico más impulsivo que he conocido –declaré con una media sonrisa.
-¡¿Qué?! Eso no tiene sentido –me contradijo negando con la cabeza.
-¿Quieres pruebas? –lo miré divertida–. Veamos... Me seguiste "dos veces" a la azotea del instituto aunque las reglas lo prohibían, enviaste a los gemelos y a Elisa a ver un documental de no sé qué, me obligaste a subir a la rueda de la fortuna y te las arreglaste para protegerme cuando nuestro cubículo se ladeó, cantaste una canción conmigo en el aula de castigo, eso sin contar nuestra pequeña función en el karaoke, y no olvidemos que nos hiciste saltar desde la caída de una catarata, además de que te pasaste de curioso en mi habitación…
-Bien, bien... es suficiente... entiendo el punto. No me había puesto a pensar en todo eso –reí al notar que Nathaniel estaba sumamente avergonzado y se cubría el rostro con una mano–. Te juro que ese comportamiento es completamente nuevo para mí… no sé de dónde salió…
-Descuida, hasta a un señor perfecto como tú se le pueden escapar algunas cosas. Pero que te quede claro que no eres aburrido, ni soso y mucho menos antisocial.
-Perdona si pongo en duda tus afirmaciones...
-No seas bobo, obviamente tengo la razón. Yo nunca me equivoco.
-Vaya ego...
-Aprende rubito. Al fin encontré algo que puedo enseñarte. Ya me estaba cansando de que tú supieras casi todo y yo muy poco...
-Eso no es cierto...
-Es así. Admítelo.
-Me rehúso a discutir al respecto.
-Haces bien. Perderías.
-Eres imposible chica desastre...
En algún punto de nuestra conversación nos acercamos más hasta que nuestros hombros se tocaron sin que a ninguno le incomodara o quisiera alejarse.
-¿Conoces la teoría de los multiversos? –me preguntó el rubito de improviso.
-Te refieres a dimensiones paralelas, ¿no?
-Sí, más o menos. Se supone que hay un número incalculable de universos alternos al nuestro y donde viven versiones de nosotros con algunas diferencias.
-¿Quieres decir que en algún lugar hay un Nathaniel rebelde y asertivo?
-Puede ser… Así como también puede que haya una Scartet obsesionada con los estudios y respetuosa de las normas.
-No me lo puedo imaginar –dije haciendo una mueca de disgusto.
-Créeme, es posible. Incluso puede que nuestros nombres sean distintos. Todo depende de las desiciones tomadas tanto de nuestra parte como de otros.
-O sea que en otro universo tal vez hay una Scarlet... no sé... cazadora de vampiros o algo así –conjeturé emocionada. Ese era mi trabajo soñado antes de que descubriera la pintura.
-¿No veo por qué no? –señaló el rubito con una sonrisa–. Algo así va contigo. A pesar de las diferencias imagino que todas nuestras posibles variantes seguirían siendo nosotros en el fondo.
Me quedé en silencio pensando en lo que acababa de decir Nathaniel. Era interesante y extraño a la vez. De pronto comencé a imaginar los posibles escenarios alternos donde el rubito y yo podríamos encontrarnos... o no. Y aunque no comprendía por qué, esta última posibilidad no me gustó nada.
-Mi papá me hizo un par de moretones en un brazo cuando era pequeño.
Me quedé boquiabierta e incapaz de decir nada coherente.
-Tenía diez años y Amber me ordenó llevarla en la bicicleta rosa que había ganado en uno de esos concursos de belleza para niñas. Dijo que yo era su chofer y que debía hacer lo que ella me ordenara. Pero en lugar de hacer caso a sus caprichos, me subí a un autobús que pasaba cerca, dejándola plantada en el parque –la sonrisa del señor perfecto no tenía precio y no pude evitar unírmele al imaginar a la pequeña bruja rabiosa porque no se hizo lo que ella quería–. El caso es que "él" estaba bajo mucha presión en su trabajo por esos días, y yo colmé su paciencia. Me envío a mi habitación sin televisión ni cena.
-Y con el brazo adolorido –complementé sombría.
-Sí, con eso también... –asintió con indiferencia–. La cuestión es que de camino a cumplir mi castigo, encontré un libro sobre la mesa del comedor, "Crónica de una muerte anunciada". Fue la primera novela que leí. Me acompañó toda esa larga semana.
-¿Y qué pasó después? –inquirí decidida a sacar a Nathaniel de esa casa dependiendo de su respuesta.
-No mucho. Pocos días después mi padre asumió el directorio del banco donde trabaja hasta ahora, y básicamente dejó de prestarme atención… Salvo para criticarme y manifestar su descontento con todo lo que hago.
-Entonces... ¿no te volvió a lastimar?
-Al menos no físicamente. Creo que en este universo dos decisiones cambiaron el rumbo de las circunstancias. La primera fue que el rival profesional de mi padre en el banco, un joven bastante prometedor, desfalcó mucho dinero por algún motivo. Lo descubrieron y acabó en la cárcel. Y la segunda es que yo nunca quise salir de mi habitación y dejar de leer.
-Pero, ¿cómo se relaciona todo eso? –inquirí confusa.
-Simple. Al tener su empleo soñado, papá moderó su carácter. Y al descubrir los libros, me convertí en un introvertido por decisión propia. Él nunca lo entendió, y yo no pienso cambiar. Llámalo azar, destino o voluntad consciente… El caso es que el mundo, "este mundo", se ordenó de esa manera –afirmó el rubito con seriedad.
-¿Y tu mamá?
-Opina que pierdo mi tiempo estúpidamente. No hay remedio. Soy como soy. Aunque he de admitir que me gusta pasar el tiempo con Armin, Alexy, Elisa… e incluso con Ken/Kentin. Son muy buenos amigos y me agrada frecuentarlos. Fui demasiado radical al alejarme tanto tiempo de los demás y me arrepiento, pero eso no significa que vaya a dejar de ser quien soy. Sería como pedirle a Armin que dejé de jugar videojuegos o ver anime, aunque por su bien espero que se modere durante los exámenes.
Jamás lo hubiera creído posible, pero acabé admirando a Nathaniel contra todo pronóstico. Estaba decidido a defender su forma de ser opinaran lo que opinaran los demás. Joder… sus padres eran unos tontos por no darse cuenta de lo especial que era. Bicho raro o no, tenía agallas.
-Sea como sea –continúo con un dejo de resignación–. Podría jurar que en cada uno de los universos alternos, si es que realmente existen, mis padres están molestos conmigo por una u otra razón. Y siempre hay consecuencias…
-Pues que los recluyan en un manicomio. Con todo y camisa de fuerza. De una costosa seda gris para tu madre, y de la más barata tela negra para tu padre. Ah… y que no se olviden de Amber que está como una cabra. Una esponjosa celda rosa chicle le iría como anillo al dedo, aunque de seguro deja sordos a sus psiquiatras con sus gritos de banshie –apunté con una media sonrisa.
-Cielos… tú… chica desastre… eres… eres incorregible…
Lejos de regañarme por mi comentario, el rubito se desternilló de risa y no tardé mucho en unírmele. Tan repentinamente como un acto de magia, una atmosfera de paz se instaló entre nosotros y ninguno de los dos dijo nada luego de que paramos de reír. Nos limitamos a observar en silencio la desaparición del sol y las pocas estrellas que se asomaban tímidamente en el cielo, que lucía un indefinible color atrapado entre el azul y el negro.
"Un voto, solo un voto, probablemente el mío, decidió que la obra escolar fuera Caperucita Roja y no La bella durmiente. Me esforcé un montón para que me dieran el papel de la chica de la capa escarlata, y Castiel fue el lobo prácticamente sin mover un dedo. ¿Qué habría pasado si otras elecciones hubieran sido tomadas? ¿Quién habría interpretado al príncipe que besa a la dormilona? ¿Aún habría querido el rol principal en una obra con una prota como esa? ¿Y si por casualidad el señor perfecto y yo no nos hubiéramos peleado el día en que nos conocimos?
-¿Recuerdas "Welcome to my life"? –le pregunté a Nathaniel intentando disipar mis divagaciones sin sentido… al menos en este universo en el que habitábamos. Rayos… no volvería a ver el mundo de la misma forma. ¿Esto era lo que ocurría cuando se hablaba mucho tiempo con un "intelectual" en ciernes?
-Sí –respondió haciéndose el indiferente–. ¿Qué hay con eso?
-Escuchaste esa canción en mi Ipod el día que evitaste que la directora me castigara por los chismes mal intencionados de Peggy en el periódico escolar –señalé sabiendo de antemano a dónde se dirigía todo esto.
-Me… me gustó mucho, sentí curiosidad y descargué varias canciones del grupo que la interpreta. Entre ellas "Perfect" –confesó apenado.
Tan sincero como siempre rubito.
-¿De verdad? –arqueé una ceja fingiendo sorpresa.
-Hasta ahora solo había escuchado música clásica. Es maravillosa, pero la letra de algunas canciones… no sé cómo explicarlo…
-Dicen algo sobre nosotros, algo que a veces ignorábamos por completo –aseveré compartiendo con Nathaniel el por qué amaba la música. Era curioso, nunca antes lo había expresado en palabras, simplemente lo sentía.
-Exacto…
Nos miramos compartiendo una sonrisa cómplice.
-Rubito. Mis papás son agentes de viaje y eso hizo que conociera muchos países. Y también encontré maravillosas personas que me dejaron algo muy especial.
Saqué el móvil que tenía en mi chaqueta y tomé el del señor perfecto.
-¿Qué haces? –inquirió.
-Te paso por bluetooth un grupo de canciones que quizá te gusten.
- Te lo agradezco. Prometo escuchar una o dos cada día –afirmó trasuntando sinceridad.
Pero qué chico más formal.
-No hay de qué…
-Si no te gusta porque es un chico malo, entonces ¿qué es lo que te atrae de Draco Malfoy?
-¿Qué te hace pensar que contestaré a eso?
-Por simple reciprocidad. Yo respondí a todas las preguntas que me hiciste.
-Bien… Obviando las pésimas decisiones que toma en todos los libros, Draco es inteligente y astuto, además de ser un rubio bastante guapo y con unos preciosos ojos grises. Listo. Lo dije. ¿Contento?
Nos hallábamos de pie junto a la parada del autobús que me llevaría de regreso a mi apartamento. Eran casi las nueve de la noche y Nathaniel había insistido en acompañarme todo el trayecto al igual que el día que fuimos al cine. Tenía razón, a veces era un pesado, pero comenzaba a acostumbrarme. Por fortuna sus padres habían ido a cenar cuando abandonamos la casa y no tuvimos "el placer" de encontrárnoslos de nuevo.
Luego de escuchar mi respuesta, el rubito ladeó la cabeza frunciendo ligeramente el ceño como si buscara la respuesta correcta a una pregunta de un examen o cosa similar. Y después de un casi imperceptible titubeo, se me acercó lo suficiente como para que sintiera la calidez de su aliento en mi oreja.
-¿Sabes? Acabo de darme cuenta de algo Scarlet –susurró–. Ciertamente Castiel tiene ojos grises, pero yo soy rubio y creo que establecimos que muy inteligente también. Además imagino que puedo prescindir de las reglas siempre que sea por una buena causa, algo que realmente quiero y que no dañe a nadie. Y eso es astucia, ¿o no?
Dicho esto, el rubito se alejó esbozando una inigualable sonrisa de chico bueno mientras yo lo observaba total y absolutamente sonrojada. Traté de decir algo, lo que fuera, pero justo en ese momento llegó mi autobús interrumpiendo el momento.
-En fin… hasta mañana Scarlet. Asegúrate de no llegar tarde, podría afectar tu prontuario escolar. Trabajaré en mi ego como me aconsejaste –declaró antes de darse la vuelta y retirarse sin más.
¡¿El señor perfecto acababa de coquetear conmigo?! Y más importante aún, ¿era por eso que se me había puesto la piel de gallina y mi corazón latía a mil por hora?
"Pero es que a mí no me pueden gustar en serio los chicos como tú, ¿o tal vez sí?", farfullé a la nada.
Hola, una vez me disculpo por el retraso. He estado de viaje y se me ha hecho difícil actualizar. Y la verdad sea dicha, quiero escribir algo que disfruten leer y a veces eso me toma más tiempo de lo pensado. Espero que les haya gustado el capítulo, me salió un poco más largo de lo que había planificado XD. Les agradezco un montón la paciencia, los comentarios y el simple hecho de que se hayan animado a leer cada uno de los capítulos que he subido. Sé que tengo que actualizar mi otro fic y juro hacerlo antes de subir un nuevo capítulo de Como agua y aceite. Ya pronto estaré con mucho más tiempo libre y actualizaré ambas historias con mucha más frecuencia.
Y bueno, ¿qué les pareció en capítulo? ¿Qué opinan de la relación de Nath y sus padres? Al fin se supo qué pasaba en su casa. Vaya sorpresa, ¿no es verdad XD? Y qué tal "la amistad" de Castiel y Scarlet, realmente eran cercanos, me pregunto ¿qué pasaría para que el primero acabara con Melody? ¿Quién creen que es mejor para Scarlet o luce mejor a su lado, Nath o Castiel? Difícil decisión, ¿verdad?
Por supuesto que las canciones que le pasó Scarlet a Nathaniel son las que me sugirieron, aparecerá una de distinta forma cada día que sigue (como prometió nuestro delegado, las escuchará todas XD), me pareció justo darles más espacio que un solo capítulo. De nuevo un millón de gracias por mencionarlas.
