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21

Debilidad

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Sin Temari de por medio, la cabeza le funcionaba con claridad, más lenta, y los pensamientos dejaban de entremezclarse. Podía concentrarse mejor en ella. Hasta Haruko era más amble con él. El viaje sería más llevadero y sus hermanos se lo agradecerían. Enviarla a casa era la mejor decisión que podía tomar.

—Jarûf... – susurró Haruko acercándose a él — ¿Y Temari-san?

Cuando Haruko pronunció su nombre una sombra oscureció brevemente su rostro. No quería pensar en ella. Le provocaba dolor de cabeza.

—Se fue. No está. Ya no importa.

—¿Se ha ido? ¿A dónde? –preguntó interesada la princesa, uniéndose a la conversación.

—A su casa. Necesitaba un descanso. Yo me encargaré de vuestra protección durante el resto del viaje, señoras. Espero que no suponga demasiados problemas para vosotras – bromeó con una ligera reverencia que las mujeres rieron con coquetería.

Paseaban al atardecer por un camino descampado, bordeando las lagunas donde se cultivaba la soja. Las mujeres saltaban a su alrededor curiosas descubriendo un mundo totalmente nuevo. Shikamaru reía y les respondía con paciencia, esperando por ellas cada vez que se detenían.

Dormían al raso y caminaban con paciencia durante el día. En presencia de desconocidos, las mujeres se mostraban tímidas y reservadas, pero cuando estos desaparecían se volvían niñas pequeñas, volando a su alrededor.

—Venid, señoras — las llamó Shikamaru ayudándolas a subir una pequeña muralla y les mostró la pequeña ciudad que contemplaban.

Las mujeres contuvieron una exclamación.

—¿Qué es eso, jarûf?

—Vuestra futura casa. Vamos – bajó de un salto y se preparó para ayudarlas a bajar.

Pero las mujeres no se movían. Seguían allí encaramadas. El País de la Soja no era un país excepcionalmente rico ni grande. La Dinastía de Señores Feudales que lo controlaban era joven y buscaba antigüedad. A veces Shikamaru se preguntaba cómo era posible que hubieran firmado ese matrimonio pero entonces, el rostro de la Princesa y su sonrisa se conjuraban en su mente y todo dejaba de importar.

Observó la pequeña ciudad que había a sus pies. No era ni la cuarta parte de Konoha. A penas dos calles con pequeñas edificaciones que protegían el pequeño palacete de madera. Cerró los ojos y respiró profundo. En breve tendría que separarse de ella definitivamente. Se casaría y él no sería más que un recuerdo aburrido con el que entretenerse. El jamás podría olvidarla. La posibilidad de vivir sin ella era angustiante. Se descubrió apretando con fuera un kunai, con el deseo de atravesarle la garganta a aquel señoritingo del tres al cuarto que no la sabría apreciar correctamente.

—Vamos, señoras –las apremió con suavidad—. Vuestro destino os espera.

Tendió los brazos y ayudó a ambas mujeres a bajar. Aún a pesar de haberla apoyado con seguridad, prolongó un poco más el contacto.

—No debe verme mi futuro esposo todavía, jarûf.

—¿No deseáis ir al castillo, señora? – preguntó esperanzado

—Mi futuro esposo no debe verme hasta la ceremonia – explicó mientras su vista vagaba por el pueblo – Mi aya viajó con antelación y nos espera en su casa. Todo ha de estar ya presto para nuestra llegada.

—¿Vuestra aya? – preguntó curioso. ¿Por qué no había oído esa historia antes? Tanto daba. Su aya protegería el honor de la Princesa a toda costa. Habría más posibilidades de verla por última vez en una casa ajena.

Buscaron la casa y acabaron llegando a una casa de planta baja cercana a la señorial casa. Tenía las ventanas tapiadas por pesados cortinones y el jardín descuidado y seco.

Golpeó un par de veces la librada puerta y por la rendija que se abrió en respuesta, una anciana abrió la puerta

—¿Quién va?

Haruko se adelantó y saludó a la anciana con una reverencia. Intercambiaron frases en su propia lengua y se apresuraron a entrar.

El aya miraba desconfiada a Shikamaru, pero las palabras femeninas parecieron calmarla.

El ninja observó el interior. Si la casa por fuera parecía pobre y abandonada (algo extraño para una mensajera), el interior contrastaba con mucho con lo que había esperado. Sedas de todos los colores cubrían las lámparas dándole a la habitación un estado onírico.

El incienso dulzón volvía el aire irrespirable. El recuerdo del templo, de una mujer sentada a horcajadas sobre él y el filo de una daga en su brazo. Su equilibrio le falló y tuvo que agarrarse a la pared. Las mujeres lo sujetaron y se sintió mejor. Su tacto era agradable.

La aya le tendió una taza de té que cogió con manos temblorosas. Un sudor frio le recorría la espalda. Se la llevó a los labios y bebió con avidez. El té le asentó los nervios y le ayudó a entrar en calor. Se sentía relajado. La taza se le escurrió de entre los dedos y estalló al chocar contra el suelo.


El sonido de la cerámica al romperse resonó por toda la casa. Shikamaru corrió hasta la habitación. Temari estaba recostada contra el armario con la tetera rota a sus pies.

Con los ojos cerrados y el rostro lívido respiraba con dificultad.

—Temari, ¿qué ha...? ¿Estás bien?— preguntó preocupado poniéndole la mano protectoramente en la cintura. Parecía al borde del desmayo. Apoyó la mano en su frente, preocupado. No parecía tener fiebre.

Ella sonrió cansada. Estaba empapada en sudor.

—Solo resbalé – se excusó apoyando la mano en su mejilla. Hasta ese gesto tan sencillo pareció acabar con sus fuerzas.

—¿Por qué no me llamaste? – preguntó apartando los trozos de cerámica más grande.

—Soy mayor para prepararme un té, genio.

Con una mueca de desaprobación, le rodeó el cuerpo con cuidado y la alzó. La sonrisa de Temari se hizo mayor. Apenas recordaba al padre de Shikamaru pero estaba segura de que ese gesto no le había heredado de él.

—Eres igual que tu madre – susurró cuando la sentó sobre la cama. Shikamaru la miró en silencio, apretando los labios mientras la ayudaba a tumbarse – Shikamaru...

Después de taparla con una manta, el chico se esforzaba en recoger los trozos más grandes.

—Voy a por un paño... – murmuró levantándose con brusquedad.

—Shikamaru... – lo volvió a llamar— Shikamaru, por favor.

El ninja se detuvo en la puerta. Cuando la mujer lo llamó una tercera vez, se giró hasta encararla. Se acercó a ella y se sentó a su lado.

—Vamos al médico.

—No es necesario. Solo estoy cansada, Shikamaru.

—La otra vez no estabas así – recordó volviendo a medirle la temperatura.

—Duermo mal y como peor.

—Estás más débil cada día. ¿Te crees que soy idiota? Deja de ser tan cabezota. Vamos al médico y si es una tontería pues no pasa nada. Nos quedamos más tranquilos.

Temari lo miraba enternecida.

—Solo quédate en la cama conmigo – le rogó. Shikamaru abrió la boca para protestar y ella contraatacó – Si a finales de semana sigo así, vamos. Te lo prometo.

Shikamaru le sostuvo la mirada, preocupado. Tal vez exageraba, tal vez ella tuviese razón y fuese solo cansancio.

—Está bien. A finales de semana –accedió sentándose en la cama junto a ella.

Temari se hizo una bola junto a él, abrazada a sus caderas. Temblaba bajo la manta. No sabía qué hacer.

—¿Qué te dijo Tsunade? –preguntó en un susurro.

—Ya te lo dije. Lo de siempre... Que no quiere decir nada, que somos jóvenes, que lo volvamos a intentar – respondió de manera mecánica y, aunque Shikamaru supo que mentía, no dijo nada.


La voz de la mujer lo llamaba una y otra vez, atrayéndolo de nuevo a la realidad. Con suavidad un paño se apoyó sobre su frente. Abrió los ojos, confuso.

Había resbalado por la pared hasta el suelo. La camiseta se le pegaba al pecho, empapada en sudor. Miró aturdido a su alrededor. Las tres mujeres estaban agachadas junto a él, mirándolo preocupadas.

—¿Extranjero?

—No es nada...

Se incorporó con cuidado. Las mujeres no le quitaban ojo ni separaban sus manos de su cuerpo.

—Descansad, señoras. Yo... yo iré a avisar a vuestro prometido –la matriarca y Haruko abandonaron la sal apero la Princesa remoloneó un poco antes de salir.

—¿Os quedareis hasta la ceremonia, jarûf?

Shikamaru dejó que los dedos femeninos resbalaran hasta su mano antes de contestar.

—No me iré si no me lo ordenáis.


La charla de los señores regentes duró más tiempo del esperado. Desde el otro lado de la puerta de papel de arroz a las siluetas del señor feudal y de su hijo se movían acompasadas.

Explicó una y otra vez lo que ocurrió antes de que él llegara, repitiendo una y otra vez el buen estado de la princesa. Dudó en mencionar el estado de la virginidad de la mujer. Si se lo atribuía al hombre del templo, podrían responsabilizarle. Pero ¿y si el heredero decidía cambiar el compromiso? ¿Y si la despreciaba por no ser pura? Entonces ella sería libre y él no tendría que separarse de ella.

Confesó la vergüenza femenina, recreándose en la esperada reacción.

—¿Quiénes lo saben?

—Yo y, probablemente, su dama de compañía.

—Eliminadla – ordenó el señor feudal. Shikamaru lo observó confuso –. Si usas esa información contra nuestro país en algún momento, será negada. Eliminad a su dama de compañía y que su vergüenza desaparezca en la noche de bodas.

Agachó la cabeza, obediente, maldiciendo su suerte.

Volvió malhumorado, renegando de cuanto había conocido. ¿Cuándo había empezado a tener tan mala suerte? Cualquier regente hubiera rechazado a la Princesa al no poder asegurar que su vástago fuese descendiente suyo. ¿Y si...? Tan pronto como se le ocurrió lo desechó. Era estúpida. Dejarla embarazada le traería más problemas que soluciones.

Llegó a la casa y al cruzar el umbral, se mareó. Se apretó el puente de la nariz. No podían volverle las migrañas. No otra vez. No ahora. Se le sobrecalienta el cerebro, le había explicado Ino a Asuma la primera vez que vomitó en una misión. No tenía tiempo para eso.

La matriarca fumaba sentada en su almohadón, observándole con fijeza. No tenía ganas de discutir.

Se dirigió a la habitación que le habían indicado y al entrar la cortina de cuantas produjo en un ligero campaneo al caer.

La habitación seguía la estética de la casa. Los tapices colgaban de la pared, atrapando el olor a incienso. Se quitó el chaleco y se acercó a la jofaina de agua fría. La habría visto nada más entrar, recostada sobre la cama, oculta por el dosel.

—No deberías estar aquí, Princesa.

La mujer no se movió pero sacudió la melena negra, atusándosela con descuido.

Caminó junto ella y le observó a través del velo. Su rostro era irreconocible. La mujer se arrodillo sobre la cama y descorrió las cortinas.

Era preciosa. Cuando la veía, no podía pensar en otra cosa que no fuera ella.

Sonrió complacido cuando su mano se apoyó sobre su mejilla. Cerró los ojos cuando lo besó, relajando todos los músculos.

Se dejó desvestir y tumbar en la cama y no opuso resistencia cuando la mujer se sentó a horcajadas sobre él.

Un segundo par de manos se deslizó por su pecho y Shikamaru apenas tuvo tiempo de girar la cabeza antes de que la boca de Haruko capturara la suya.

—¿Me queréis, jarûf? – preguntó con voz pastelosa, enroscando la lengua en su oído. Shikamaru gimoteó algo que apenas pudo entenderse mientras la otra mujer guiaba sus manos hasta su interior — ¿Cuánto me queréis? ¿Mucho?

Atrapado entre ambas mujeres, Shikamaru no podía respirar, Himeko se levantó ignorando sus protestas y, desde su espalda lo guio hasta encarar a su compañera.

—Más que a nada en el mundo.

—¿Tanto que morirías por mí, jarûf?

Con la mano femenina enroscada en torno a su polla y la sensación cálida y apretada en sus dedos, Shikamaru pensó que sí, que estaba dispuesto a morir así.

Sintió algo frío y duro en la mano libre mientras lo guiaba hasta el vientre femenino.

Abriendo los ojos y sosteniéndole la mirada, Shikamaru atravesó el vientre femenino con un kunai luchando con la carne y las vísceras por alzarlo hasta el corazón.

—¿Tanto que matarías por mí? - susurró la mujer en su oído antes de morderle el cuello hasta hacerle sangrar.

Shikamaru gritó mientras se corría sobre el cadáver caliente.

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Y con este capitulo, nos precipitamos hacia el final. El viernes que viene tendréis a vuestra disposición: Despedida.

Gracias a Nonahere, bd, Natalia22 y Martagdc por sus reviews. Y bienvenida a a01.