Disclaimer: nada de esto es mío.

Notas: Muy bien, he vuelto. En serio. No digo que vaya a quedarme, claro, porque ahora mismo soy lo que viene siendo un espíritu libre y le tengo alergia al compromiso. Pero es que vi esta historia y me di cuenta de que no tenía final, y de que en mi cabeza sí que había final (o algo parecido), y que, oye, si me acercaba paso a paso a lo mejor algún día lo terminaba de escribir. Así que quién sabe. Lo mismo me da por acabar el fic. De momento, este capítulo va dedicado a esos reviews anónimos que fui recibiendo y que no he podido contestar, en algunos de los cuales se me amenazaba si no terminaba esto (que, la verdad, me pareció raro. Me habría parecido más normal amenazarme de muerte si se me ocurría seguir, pero vamos, que fue un buen cambio). Así que, lo siento por vosotro/as, pero tenéis la culpa de la existencia de un nuevo capítulo. Hala, a sentiros culpables.


CAPÍTULO XX

El círculo de los no-sabios

Bueno, pues nada, ya estamos otra vez de viaje. No, si al final esto va a ser una operación bikini a lo bestia, con tanto caminito y con esto de no comer más que cuatro veces al día (por eso de ahorrar provisiones, dicen mis Estrellas... Y, no sé por qué, siempre que alguien lo comenta me mira a mí. No sé qué tendré en la cara). Y es que yo, digo yo que será por el metabolismo de Sacerdotisa, pues necesito seis. O siete, si andamos mucho. Pero mis queridos acompañantes no parecen tomárselo muy bien, y eso que yo lo hago por ellos, para que no carguen con tanto peso... Desagradecidos, que son todos unos desagradecidos.

En fin, a lo que iba: ya estamos otra vez de viaje. Esta vez, claro está, y ya que venimos de palacio y somos oficialmente los salvadores del mundo y tal, pues no vamos tan a lo pobre como antes. Por ejemplo: llevamos un carro. ¿Veis? Si la gente aquí es muy maja. Que sí, que el muy &/&/% del príncipe Naruto se ha olvidado de dejarnos también los caballos, pero bueno, sigue siendo un regalo. Por lo menos podemos meter ahí dentro a Chiriko (y a Mitsukake; así se la oye menos), y más o menos avanzamos a una velocidad superior a dos metros por hora. Es algo de agradecer, la verdad.

El carro, por lo visto, iba destinado a mí, a todo esto. Lo mismo por eso tenía clavos en los asientos, que ya vi yo a mi querido no futuro marido salir de ahí con pinta de culpable y un pulgar un poco más hinchado de la cuenta. Pero bueno, una, que es amable, pues se lo ha cedido a quienes realmente lo necesitan. A cambio, claro está, he conseguido que Tasuki y Nuriko se turnen para llevarme a caballito (lo intenté también con Chichiri, pero la cosa no funcionó, y eso que el chico puso todo su empeño...). ¿Veis?, si en el fondo soy una buenaza. Si casi parece que les esté cogiendo cariño a mis Estrellas & Cía y todo... Bueno, a lo mejor no tanto. Pero por lo menos, ahora nos odiamos un poquito menos. Si es que el roce hace el cariño.

–¡Nuriko! –chilla Tasuki. Jo, ¿de verdad que tiene que coger tantos baches por el camino? Ni que lo hiciera aposta. Y encima resuella. Como un Chiriko cualquiera intentando dar tres pasos seguidos, vamos– Creo que toca cambio –masculla sin aliento. Mi mafioso favorito, por su parte, le ignora en favor de seguir tirando del Chiriko-móvil. Sí, sé que queda mal hacerle tirar del carro, pero en mi defensa diré que sólo necesita una mano, y que no parece costarle ningún esfuerzo. No como a Tesuko, que está fofo perdido y suda sólo por haber cargado conmigo durante un par de horillas. Vaya Estrella más caca que me ha tocado. Mañana le preguntaré a Hotohori si no puede dejar tirada a Jun, que una morena siempre tiene más encanto.

–Pues tampoco peso tanto –me quejo. Tasuki gruñe y murmura algo por lo bajo. No sé por qué, pero me da a que no quiero escucharlo. Este chico... Digo yo que algún día tendrá que soltarme un piropo, ¿no? Para no repetirse tanto, digo...

–Estoy cansado –protesta Chichiri cinco minutos después. Jo, si es que mis Estrellas son todos unos flojos. No como los de Seiryuu... Bueno, no como Jun y Ashitare, porque lo que viene siendo Tomo lleva media hora quejándose por lo bajo. Y no sé por qué, la verdad. Yo tampoco veo que hayamos hecho tanto ejercicio...

Pero bueno, como soy una sacerdotisa magnánima y hambrienta, y la bolsa de las provisiones queda fuera de mi alcance mientras esté encima de Tasuki, pues decido que este bosquecillo por el que estamos pasando es un sitio estupendo para descansar. Así que me bajo de la espalda de Tasuki y anuncio mi decisión. Acto seguido, me tiro al suelo. Mis Estrellas & Cía se me quedan mirando.

–¿Qué pasa? –pregunto– ¿Es que yo no puedo estar cansada también? –Tasuki, por alguna razón, me mira con cara de querer asesinarme; Mitsukake, saliendo de la carreta, se apresura a responderme, claro, pero a estas alturas ya me he adaptado al medio y he conseguido registrar su voz como si fuera musiquilla de fondo, así que no hay problema. Chichiri me sonríe y se deja caer a mi lado, lo que, por algún extraño motivo, provoca una reacción en cadena que culmina con todos nosotros sentados en círculo. Sí, incluido Ashitare, que mueve la cola y saca la lengua. Y el gato, que se escabulle un poco del susodicho hombre-perro. Y, bueno, dentro de media hora, digo yo que podremos añadir a Chiriko, al que todavía le falta medio metro por recorrer hasta nuestra asamblea improvisada.

Muy bien, esto me gusta. Ahora sólo hace falta que alguien me traiga la comida.

Y pensar que ahora mismo podría estar en casa de la señora Tokinawa e Hijo, disfrutando de un delicioso plato de arroz integral envenenado... digooo, cocinado por la tía Miaka... Bueno, mejor no lo digo en voz alta, que lo mismo al tío abuelo Taka sí que le parece un buen plan, y se me pone nostálgico o algo. Y no quiero a una niña de cinco años nostálgica. Ya tengo bastante con un niño de siete que... Iba a decir que se comporta como un adulto, pero la verdad es que hace un tiempo que no lo hace. Vaya. Qué raro.

En fin. Que estos momentos tampoco están tan mal. Que, claro está, preferiría estar ahora mismo en palacio, por supuesto, comprometida con el príncipe Naruto... bueno, no, con ese no. Mejor con Hotohori. Sí; sería fácil dar el cambiazo, digo yo, y luego nos casaríamos. Y no habría Jun de por medio, ¡ah, no! Además, ¿qué clase de príncipe escogería a una rubia despampanante antes que a su Sacerdotisa? ¿Eh?

–¿De qué estás hablando, Rei? –Anda, no me había dado yo cuenta de que pienso en voz alta. Jo, un día de estos voy a tener que taparme la boca antes de soltar algún comentario comprometido. Como una observación sobre el culo de Nuriko...

–Ehm... ¿De nada? –Y vale, no he sonado muy segura, pero qué le vamos a hacer – Jo, ¡es que no es gusto! –protesto– ¿Por qué todos ibais detrás de la tía Miaka, eh? Que sepáis que yo tengo mejor gusto para los lazos –les digo, toda indignada–, y que como bastante menos –Ahí, un par de mis Estrellas me dirigen una mirada alucinada; mi tío Taka, sin embargo, asiente sabiamente. Je, la verdad es que algún día tendría que preguntarle cómo se las apañaban para pagar la comida...

–Vamos, Rei, tranquila –me dice, cómo no, Jun–. Si no saben ver lo estupenda que eres, es que no merecen la pena...

Y, para mi sorpresa, ni uno solo de los tíos presentes se inmuta. Lo mismo es porque sí que pueden ver lo maravillosa que es ella, y por eso no se sienten mal, pero eso a mí no me arregla nada. Siguen siendo todos unas malas personas, que conste. Menos Ashitare, que me cae bien y sigue moviendo la cola. Pero ya se enterarán, ya. Especialmente Tasuki, y, ya puestos, Kei. Je, ya verán cuando encontremos los Pinchazos esos, ¡entonces van a ver de qué es capaz una sacerdotisa de Sukeku cabreada! ¡La venganza será dulce! ¡Muahahaaha!

–Esto... ¿Rei? –pregunta Nuriko en algún momento. Por lo visto, me he quedado traspuesta más tiempo del que me pensaba, perdida en mis maravillosos planes de futuro. Hum, la verdad es que eran bastante más entretenidos que mi realidad actual...

–¿Estás bien? –Este es Chichiri. Jo, echo de menos su "¿sí?" al final de todas las frases... Es que ahora no sólo parece un niño de siete años, sino que suena como uno y actúa como uno... Vamos, que sigue siendo el más inteligente de todos mis guerreros, claro (quitando a Chiriko, que tiene una mente tan compleja que ni él mismo sabe cómo usarla), pero que la cosa empieza a bajar de nivel.

–Estoy perfectamente –contesto, un poco más seca de la cuenta. Vale, vale, a lo mejor estoy siendo un poco una niña mimada... Bueno, un mucho. ¡Pero es que estoy cansada y tengo hambre y hay un malo malísimo suelto por ahí según Gamba y... y seguro que me he perdido el final de Perdidos...! ¡Tengo derecho a estar cabreada!

Pero, al parecer, soy la única que piensa así, porque lo que es a Chichiri no parece haberle sentado bien mi tono. No, nada bien: me está mirando con los ojillos así como acuosos, húmedos, como si fuera a llorar de un momento a otro, como si...

Mierrr... coles. Lo dicho. Acaba de empezar a llorar, y no sé por qué. Últimamente estamos todos de un sensible... Será que le va a venir la regla, al pobre. ¡Ah, no!, que es muy pequeño para eso.

–¡Rei! –Uh oh. Eso ha sonado a Nuriko furioso, y nadie quiere a un Nuriko furioso en su vida, a menos que sea un Nuriko furioso con Tasuki, claro. En ese último caso estoy dispuesta a pagar entrada– ¡Mira lo que has hecho!

Y sí, mi mafioso está definitivamente cabreado, por alguna razón que no alcanzo a comprender (¡hey!, si Chichiri está premenopáusico no es culpa mía...), pero es que los demás tampoco se quedan muy atrás. Muy bonito, muy bonito, todos unidos contra la sacerdotisa, que para algo es más bajita y no puede defenderse... ¡Me parece muy mal! Jo, si hasta el discurso de fondo de Mitsukake ha cambiado a un tono ligeramente más amenazador (aunque, si esta mujer puede hacer algo más doloroso que reventarme los tímpanos, creo que tenemos al enemigo ese terrible definitivamente vencido), y Jun me está dirigiendo una mirada de reproche. ¡Jun! Hotohori suelta algo así como un resoplido, mi tío Taka parece estar aguantándose las ganas de echarme la bronca y Tasuki (¿en qué clase de universo paralelo me he metido?) ha decidido ser el más maduro y consolar al niño llorón. Chiriko, por su parte, añade a la conversación un interesante comentario sobre el precio de las alcachofas en esta época del año, mientras que Tomo me dirige una mirada cargada de odio, como siempre, identiquita a la de Kei. Ashitare mueve la cola.

Mi vida cada vez es más triste. En serio. Echo de menos a la tía Miaka.


Bueno, digamos que se ha impuesto una retirada estratégica, para qué engañarnos. Digamos que una, haciendo gala de una inteligencia suprema, ha decidido que lo mejor es irse a explorar el territorio. O a hacer mis necesidades. O a esconderme en un agujero hasta que los ánimos se calmen, por ejemplo.

Y, por supuesto, como la susodicha una es la Sacerdotisa del Pájaro Al Que Todos Odian Y Que Da Regalos Raros, pues claro, me han impuesto un guardaespaldas. Concretamente, y no tengo ni idea de por qué, me han hecho cargar con el venerable Chiriko. Empiezo a pensar que quieren que me maten, porque, a ver, ¿qué va a hacer Chiriko si nos atacan, eh? ¿Gritarles a los enemigos, darles en la cabeza con el pergamino ese que no sabe leer? No me parecen métodos de defensa demasiado efectivos, la verdad. Por no decir nada.

Pero bueno, aquí estamos los dos, alejándonos de los otros a unas velocidades pasmosas. Si doy dos pasos seguidos sin pararme me toca esperarle diez segundos, así que supongo que el objetivo de mi Estrella no es protegerme, sino evitar que me aleje del grupo. A este paso, cuando caiga la noche, habré conseguido recorrer veinte metros.

Y ni siquiera me merece la pena meterle prisa, claro, porque digo yo que lo mismo le da un infarto del susto y entonces, ¿a quién le iban a echar la culpa? Pues a la Sacerdotisa de marras, que para algo ya ha hecho llorar a un niño de siete años que, sorpresa sorpresa, lleva desde antes de salir de palacio lloriqueando por cualquier cosa. Si es que no sé qué le ha pasado a Chichiri: antes ya era quejica, pero es que ahora se pasa. Jo, es como si fuese otro. Lo mismo es eso. Lo mismo me han dado el cambiazo...

–¿Sacerdotisa? –pregunta Chiriko en algún momento, en un tono de voz que tiene que haberse escuchado hasta en Kuto.

–Diiiiime –suspiro. Llevo algo así como media hora sentada en un tocón de árbol, esperando a que el señor se desenrede la barba de una ramita. Ya he empezado a cabecear.

–Creo que tenemos compañía –comenta. Como si me hubiesen pinchado, me doy la vuelta, dispuesta a enfrentarme con lo que quiera que sea, o, en caso de que sea cualquier cosa distinta a una ardillita mona, echar a correr como una loca. Sólo que no hay nada.

Bueno, o eso es lo que creo, al principio. Luego me doy cuenta de que sí que hay algo. Concretamente, árboles. Muchos árboles. Y juraría que la mitad de ellos parecen algo así como cabreados. Muy mucho, más todavía que Nuriko hace un rato. Y, por lo visto, Chiriko debe de estar pensando lo mismo, porque acaba de terminar de desenredarse la barba y, para mi sorpresa, ha echado a correr. Y, para tener tres siglos y medio, cómo corre, el condenado. Será cobardica...

En fin. Digo yo que en la vida hay que probarlo todo por lo menos una vez. Ya me he enfrentado a Nuriko, a Chichiri y a Tomo, al doble de mi profesor de Historia, al príncipe Naruto y a una tortuga llamada Gamba... ¡Ah, no, que esa era de los buenos! Ahora, por fin, podré tachar de mi larga lista de enemigos que siempre quise tener a los árboles que se mueven y abren... ¿la boca?

Y no, el sarcasmo no es lo mío. Para nada.


Danny