Capitulo 21

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Habían pasado dos meses desde que la vida de Harry había cambiado completamente, y estaba comenzando a sentir que pertenecía a Hogwarts. Había sido extraño darse cuenta que un completo mundo mágico existía aparte de todo lo que conocía, pero ese había sido un ajustamiento fácil comparado con el hecho de adaptarse a gente que se preocupaba por él. La novedad todavía no pasaba de tener personas que le sonrieran y lo saludaran amablemente durante el día, así que cuando Halloween se acerco, y todos los profesores y estudiante estaban hablando emocionados sobre el Gran Banquete, Harry sabía que sería desagradecido y rudo decirle a la gente que él no quería ir. No quería arruinar la noche para el Profesor Snape y el resto de los Slytherin, o a sus amigos en Gryffindor, así que decidió que la mejor cosa para hacer era guardarse sus problemas.

Por supuesto, eso era mas fácil decirlo que hacerlo cuando tienes no uno si no dos mejores amigos. Desde la Gran Batalla, Harry había considerado a Hermione Granger una amiga cercana. Al principio, Ron había estado un poco incierto sobre ella; después de todo, ella era una chica y una come libros. Pero después de las revelaciones sobre su familia, él estaba muy asustado para decirle que se perdiera y después de una semana de que los ayudara con las tareas y sus inteligentes ideas para vengarse de los gemelos había conseguido un lugar en el corazón de Ron al igual que en el de Harry.

– ¿Que te sucede, Harry? – le pregunto en el almuerzo. – Pareces distraído.

– Si, amigo, – la apoyo Ron, pausando desde donde se estaba echando más comida en la boca. – ¿No estás ansioso por el Banquete de esta noche?

– No, – admitió Harry. – En realidad no quiero ir.

Ron lo miro como si le hubiera salido otra cabeza. – ¡Que! ¿Por qué no?

Harry miro a lo lejos. – No quiero.

– ¿Le has dicho al Profesor Snape o a la Profesora McGonagall? – Hermione pregunto siempre práctica. – Quizás puedas ser excusado.

Harry arrugo la nariz. – No quiero tener que explicar todo. Quiero decir, ¿que diferencia hace el que no esté allí?

– ¡Solo mas para el resto! – agrego feliz Ron, entonces se puso serio al ver la expresión de Hermione. – Quiero decir, si tú no quieres ir, amigo, no veo porque tiene que ser algo tan malo. No es como arrancarse de clases o algo así.

– ¡Exactamente! – dijo Harry. – ¿Así que crees que solo no debería venir?

Hermione frunció el ceño. – Creo que deberías pedir permiso. ¿Porque es tan difícil eso?

Ron dio vuelta los ojos. – Recórcholis, Hermione. Yo creo que tú pedirías permiso si vas al baño a hacer pipi y de repente decides… – ¡AY!

– No seas vulgar, Ronald Weasley! – dijo Hermione con fiereza. – Y solo porque no trato de meterme en problemas no es razón para que te burles de mí.

– Okay, okay, – dijo con rapidez Ron – Cálmate.

– Creo que iré a la biblioteca en vez de al banquete, – les dijo Harry. – Nadie más estará allí, y es fácil esconderse entre los estantes para que así Madame Pince no te vea.

– Iré contigo, Harry, – le ofreció Hermione. – En realidad no tengo muchos deseos de ir al Banquete, para decirte la verdad. Después de todo, estará lleno de caramelos y dulces y mis padres me matarían si se enteran que comí tanta azúcar.

Ron palideció. Igual que los demás sangrepura, ahora estaba aterrado de los dentistas en general y especialmente de los padres de Hermione. – ¡No dejes que se enojen contigo! – le urgió, asustado. – Ve a la biblioteca como quiere Harry. – Entonces se detuvo. – Em, Creo que yo también debería ir, – añadió infeliz, mirando su comida.

Harry intercambio una escondida sonrisa con Hermione. Los dos sabían lo mucho que su amigo, el "barril sin fondo", había estado esperando el Banquete. – Oh, amigo, estaba contando contigo para que fueras al Banquete y nos cubrieras, – Harry dijo en tono decepcionado. – Quiero decir, sé que no es justo para ti que vayas solo y eso

– ¡No, no! – se apresuro a decir Ron. – Este bien. Yo iré. Tienes razón. Parecería sospechoso que todos estuviéramos ausentes, de esta forma, puedo hacer como si ustedes también están allí.

Y así, esa tarde, Harry y Hermione estaban instalados en un escondido rincón de la librería, trabajando en su tarea y tomado notas extra para Ron mientras su amigo se llenaba de dulces junto con los demás Gryffindor.

Snape frunció el ceño y miro a través del repleto Comedor. Estaba más extraño que de costumbre, con tantos de los chicos en sus mejores ropas y todos sentados mezcladamente en el Comedor en vez de ordenadamente por Casa. Él estaba tratando de que sus serpientes de primero no comieran tanto hasta quedar en coma, lo que usualmente terminaba con dolores de estomago y llorosas visitas a la enfermería en el medio de la noche y que el mocoso de Potter no se aprovechara de la festividad para ingerir una entera colonia de ranas de chocolate.

¿Y donde estaba ese chiquillo? ¿Seguramente esa pelinegra cabeza con cabello alborotado seria fácil de distinguir en una multitud? Dónde… ah, bien, por lo menos allí había un Weasley, y el correcto, por suerte. Snape se acerco amenazadoramente a Ron y miro la pegajosa cara con desaprobación.

– ¿A perdido su servilleta, Sr. Weasley? – le pregunto.

– Lo siento, Profesor, – Ron trago rápidamente y se limpio la cara, sacándose la mayoría de la crema.

– Vamos a tener que conversar sobre sus modales en la mesa pronto, – le prometió Snape y luego recorrió la mesa con la mirada. – ¿Donde está el Sr. Potter?

– Em, creo que recién fue al baño, – dijo Ron esperanzado. – Este de aquí es su plato, – dijo, apuntando a un plato con un medio comido panecillo dulce y varias paletas de caramelo.

Snape suspiro y lucho con el deseo de confiscar los dulces. – ¡Dile que puede comerse lo que queda en el plato, pero nada mas! ¿Lo comprendes?

– Si señor. Terminar el plato. Nada más.

– Gracias, – se forzó a ser civilizado con el pilluelo, y se alejo. Los chicos iban a estar saltando de las paredes como duendecillos antes que terminara la noche, y Albus, el gran idiota, era el peor de todos. – ¿Quieres un caramelo ratón, Severus? – Le ofreció el Director a Snape cuando volvió a sentarse.

Snape miro con desprecio los ofrecidos dulces y dijo lo mas fríamente que pudo. – No, gracias.

– Es una pena que su disposición no mejorara con su apariencia, – murmuro Hooch dos asientos más allá.

Snape educado tomo uno de los platos que estaban enfrente de él y le ofreció a ella. – ¿Quieres una manzana acaramelada? – le dijo.

– ¡Ooooh! ¡Mi favorito! – Hooch tomo la más cercana.

– ¿No es esa la casi te saco todos los dientes el año pasado? – le pregunto Hagrid con la boca llena de budín de toffee.

– MMMMfffffMMMM! – gimió ella, sus dientes firmemente enterrados en la manzana.

– Oh cielos, – se lamento Snape. – ¿Como pude olvidarme?

Hooch lo fulmino con la mirada pero estaba muy ocupada tratando de liberarse de la manzana para hacer otra cosa. Ella gimió, y se giro hacia Pomfrey y McGonagall por ayuda.

– Eso no fue muy amable, mi muchacho, – le dijo reprobadoramente Dumbledore, haciendo sentir a Severus como un travieso chiquillo de once años.

Ella tampoco fue amable, – murmuro rebelde, sonando igual que uno de sus chicos de primer año. El Director le sonrío, y supo que el anciano mago iba a decir algo nauseabundamente saludable.

– ¡TROLL! ¡UN TROLL EN LAS MAZMORRAS! – los asustados gritos de Quirrell felizmente previnieron la homilía de Dumbledore, y en el caos que siguió, el asunto de la manzana acaramelada fue rápidamente olvidado.

Dumbledore rápidamente ordeno a los respectivos Jefes de Casa escoltar a los estudiantes a sus respectivas salas comunes, donde ampliadas protecciones podrían mantener alejado a un troll o a cualquier otra peligrosa criatura. Entonces los profesores se reagruparían y registrarían el castillo hasta que el troll fuera capturado. – Voy a escoltar a madame Pomfrey a la enfermería, – Dumbledore le dijo a Snape, – Entonces no encontraremos después todos aquí. – Se detuvo. – Si el troll esta en las mazmorras, ¿quizás tus Slytherin deberían buscar refugio en otra parte?

– Me llevare a Hagrid conmigo. Entre los dos y mis prefectos, creo que llegaremos sin problemas, pero si no es así, me desviare y acomodare a mis estudiantes con Filius. ¿Y qué sucede con la, cosa? Seguramente esta es una distracción para permitir que alguien pueda conseguirla.

– Yo iré a chequear, – dijo Minerva tranquilamente, apareciendo tras los hombres. – Con el troll en las mazmorras, es improbable que mis alumnos lo encuentren.

Albus asintió y partió a escoltar a la medimaga. Snape le dio a Hagrid y as sus prefectos instrucciones de reunir a las serpientes en círculos concéntricos por año, con los chicos de primero seguros en el centro, antes de apurarse a chequear a Harry.

El no pudo encontrar ni a Harry ni a Ron, pero agarro a Percy por una manga. –¿Has visto a Potter?

– No, señor, pero el primer grupo de estudiantes ya partió a la Torre con la mitad del equipo de Quidditch. Una vez que estén todos allá, haré un conteo y me asegurare de que él y Ron estén a salvo.

Snape asintió y volvió con sus estudiantes. Sabía que podía confiar en la vena protectora de Percy. El se aseguraría que los chicos estuvieran bien.

Con Hagrid, Flint, y Jones protegiendo la retaguardia, y él a la cabeza, Snape guió a los a sus Slytherin al dormitorio. No encontraron nada, ni siquiera un fantasma, cuando iban en camino, pero Snape no se relajo hasta que el último estudiante, Flint, entro a la sala. – Todos presentes y contados, señor, – reporto el prefecto. – Nos contamos antes de salir y nadie salió de la formación.

– Bien. Tu y Jones y reaseguren a todos, especialmente a los mas chicos. Anímenlos a que continúen la celebración. Regresare cuando el troll sea capturado y el castillo este seguro. – La puerta se cerró tras Flint, y Snape añadió otra capa de seguridad a las protecciones.

– Vamos, – le dijo al medio gigante. – Quiero chequear a Harry, y después nos uniremos a los demás profesores.

Se apuro a la Torre Gryffindor, solo para encontrar a la Señora Gorda gritando en su cuadro. – ¡No! – gritaba ella furiosa. – ¡No voy a abrir hasta que todo esté seguro!

– ¡Abre, maldito y estúpido retrato! ¡Déjame salir! – se escuchaban los ahogados tonos desde adentro del dormitorio. – ¡Te juro que voy a lanzarte un hechizo que te quitara toda la pintura si no ABRES ESTA ******** PUERTA!

– ¡Bien! – exclamo, ofendida. Luego, divisando a Snape, dejo salir una sonrisa malvada y abrió.

Percy Weasley cayo, directamente en los brazos de Snape. El Maestro de Pociones puso al chico en sus pies con fuerza. – Pensé que tu Jefa de Casa hablo contigo sobre este lenguaje, Sr. Weasley, – Snape comenzó amenazadoramente.

– ¡No están, Profesor! – lo interrumpió Percy, frenético. – Ron, Harry y Hermione. Están desaparecidos. ¡No están en la Torre, y nadie sabe donde están!

Snape dejo escapar una serie de palabrotas que hicieron que la Señora Gorda se sonrojara, tapándose las orejas, mientras que Hagrid y Percy lo miraban con fascinada admiración. – Vuelva a su Torre, Sr. Weasely. Yo encontrare a esos idiotas y que Merlín los ayude cuando lo haga.

Percy asintió y volvió a entrar por el retrato. – Oh, y Sr. Weasley. Cinco puntos de Gryffindor por su terrible lenguaje.

Percy se ahogo. – Pero, Profesor, usted dijo

– Cinco puntos o llamo por flu a su madre, Sr. Weasley. Usted decide.

El prefecto trago secamente. – Cinco puntos suenan bastante razonables, señor. – El voló por el retrato antes que su tío honorario cambiara de parecer.

Snape miro con enojo al retrato, lanzo una capa extra de protección, y murmuro, – Y diez puntos para Gryffindor por la excelente forma de cuidar a los miembros de su Casa. – Entonces le lanzo al sonriente Hagrid una mirada y se apuro hacia el Gran Comedor donde estaban los demás profesores