Capítulo 21. Adelante
Luna se miró en el cielo.
Oh, madame Pomfrey, ¿es grave?
Luna se miró en el cielo y cerró los ojos. Se acabó. Solo escuchaba voces, qué digo escuchar, percibía un murmullo lastimero de fondo que hacía las veces de melancolía. Se acabó. ¿Dónde estaba Ron? Qué importaba ¿Dónde había ido Harry? Tampoco. Ahora su escenario era la enfermería y su público, como siempre, la soledad.
Diez pasos más allá del dolor, de ella quiero decir, yacía el cuerpo magullado de un Draco dormido, y cinco lágrimas y un beso más lejanos la distanciaban de Hermione. Los dos ajenos a este mundo, los dos felices en la nada. Inconscientes. Ignorantes. Como debía ser el paraíso.
No puedo saberlo hasta que los examine en profundidad, ¿qué dijo ella?
Un tacón, otro. Dos tacones. Los pasos de Minerva McGonagall se hicieron eco en las orejitas de Luna pero no ella no abrió los ojos.
Luna, querida, diga algo. Puede ayudarnos a encontrar al culpable de todo esto.
¿Culpable? ¿Quién buscaba culpables? No había culpables. Como decía aquella canción "Culpable eres tú por buscar culpables". ¿Cómo era? Era una canción preciosa. Suave. "Grítame un beso y te clavaré un abrazo". Preciosa. Crucio. Crucio. Crucio. La canción…
Los labios de Luna tardaron en despegarse, estaban secos de dolor. Crisparon el aire en un ruido sordo. Lovegood sonrió despacio, aún sin abrir los ojos. Crucio. Crucio. Crucio. Sintiéndose en el cielo. "Grítame un beso y te clavaré un abrazo". Era un ritmo suave. Casi podía oírlo.
La loquita Ravenclaw empezó a tararear.
Está en shock
"Grítame… y te clavaré…"
. . .
"Yoho, yoho un gran pirata soy"
. . .
Arthur cálmate – la voz sibilante de la profesora de adivinación le perforó los oídos.
Sybill Trelowney se llevó las yemas de los dedos a las sienes, y se masajeó con somnolencia.
Mi hijo lleva dos semanas desaparecido, Molly no habla, Gin se pasa llorando todo el día, han muerto más inocentes… ¡el plan está fallando! Y en el Ministerio no hacen nada. ¿No lo entiendes? – Arthur Weasley se paseaba nervioso a lo largo del apretujado despacho Sybill Trelowney, estaba fuera de sí - Hay dos alumnos de esta escuela inconscientes y nadie sabe por qué. Corrijo nosotros no sabemos por qué ¿Todavía me pides tranquilidad? Estamos solos, completamente solos y cansados…
El Sr. Weasley se detuvo un momento junto a la mesa, tomó una taza de té caliente, dio un sorbo y la dejó antes de que la infusión hubiese alcanzado su estómago. Se quemó.
Vamos a averiguar de dónde procede ese ataque – se defendió la profesora.
Asúmelo, no podemos hacer frente a todo. Por Merlín – resopló - ¡Luna Lovegood ha perdido la cabeza por culpa de ese maldito ataque!
Se pondrá bien, solo necesita tiempo
¿Si? ¿Cuánto tiempo exactamente? ¿Meses? ¿Años? – Arthur lanzó una carcajada escéptico - ¿Y Neville, también se pondrá bien? No me hagas reír…
Estás nervioso, no ves las cosas con claridad…
No cambies de argumentos y no me hables de claridad – el dedo índice del pelirrojo se alzó en el aire – ¿Cuántas explosiones más hacen falta para que te des cuenta?
¡Es por un bien mayor! Lo sabes tan bien como yo – la profesora perdió los nervios y gritó.
Voldemort era mejor que esto – Arthur alzó los ojos para encontrarse con una espantada Sybill Trelowney.
Los dos se sostuvieron la mirada. No había marcha atrás, estaba dicho. Y como cayendo del cielo un manto de silencio los cubrió. Arthur sintió el mareo y se sentó pasando un pañuelo por su frente, secándose las palabras.
Lo dejo. – el hombre no alzó la cabeza, miró al suelo mientras negaba desaforadamente. Imposible, no podía ocultarse. - Ya está, no puedo más. Ha sido un error tras otro, no debimos empezar con esto jamás. – soltó de seguido, sin dar tiempo al silencio.
Sybill lo vio venir y cambió de expresión. Si sus ojos antes mostraban un consuelo infinito, sus pupilas ahora le llevaron la contraria y se dilataron en el horror más absoluto. Ya no había tiempo para el tú, sino para el yo. Pudo leer las palabras al salir de su boca. Lentas, sonriendo en una mueca de triunfo, de orgullo, de prepotencia.
No, Arthur, por favor. No. No lo digas. – Trelowney negó con la cabeza aún con más efusividad que su compañero, sus ojos brillaron y su voz tembló - Vamos a hablarlo. Siéntate por favor…
El pelirrojo dio un paso atrás en cuanto advirtió que la mujer se le acercaba. Se estaba acabando un nosotros. Ella quiso coger sus manos, él quiso olvidar. Eso no estaba pasando. No podía estar pasando. Un corazón tiritó de frío, el otro se controló en su sitio. Una lágrima, otra, otra, otra, otra…
Arthur – un susurro tembloroso, como cuando se tiene sueño – Por favor…
No, Sybill, no. Estamos equivocados, no… Jamás. – él estaba dispuesto a mantenerse fuerte, pero su voz no parecía querer colaborar.
NO, NO DIGAS ESO – gritó ella – ¡No después de lo que hemos hecho, después de lo que TÚ, Arthur Weasley, has hecho!
Las lágrimas de él se unieron a las de ella. Pero se obligó a mirarla a los ojos. No, no lo convencería de aquel modo. Estaban equivocados, siempre lo habían estado.
¡¡Eran inocentes!! – respondió él – Lo siento, no es el camino. Lo dejo.
Está bien, tú lo dejas, - sorbió la nariz - pero ahí fuera hay gente que si lo entiende, hay gente que está dispuesta a creernos, a colaborar - Sybill relajó su tono de voz pero no pudo hacer lo mismo con el bombeo de su corazón. Se pasó el brazo por la nariz para acabar con los restos de un lloro sin consuelo y guardó silencio solo un instante.
Tu hijo está muerto. Pregúntale a él si es o no el camino correcto…
. . .
"Saqueamos, robamos, sin nada importar. Yoho, yoho"
. . .
Un desgastado "El Profeta" descansaba olvidado en una mesa del Gran Comedor. Mostraba triste y gris la foto de la confusión, del desastre del 30 de Enero, de otra maldita explosión. Pero nadie lloraba sus páginas, el colegio estaba casi vacío.
Cho Chang
Quien fue alumna de la Casa Ravenclaw
HA FALLECIDO
a los 19 años de edad
el día 30 de Enero
como consecuencia de un terrible accidente
Sus padres, amigos, compañeros y profesores ruegan un pensamiento por ella.
D.E.P.
El colegio estaba casi vacío. Demasiados funerales aquel año…
. . .
"Yoho, yoho, un gran pirata soy"
. . .
Desnuda entre sabanas blancas y en algún rincón perdido y sellado de Hogwarts la piel nata de Ginny Weasley sonreía entre lágrimas. A su lado Harry Potter cubría los juguetones dedos de su pie derecho con un calcetín.
¿Vendrás mañana? – preguntó ella.
Sabes que si – contestó él.
Harry se puso de pie y echó un vistazo alrededor. Localizó su camisa azul en el respaldo de un majestuoso sillón bermellón de terciopelo. No dudó y se vistió con rapidez. Una última mirada a Ginny, no se permitió un beso, Harry Potter se desvaneció en el aire.
En silencio y tan desnuda como antes la pelirroja hipó salada. Tres semanas sin noticias de Ron, tres semanas de Hermione y Draco en la enfermería, tres semanas de Luna sin habar: tres semanas después de lo sucedido. Harry se lo había contado todo, lo había hecho y justo después se había ido. Volvía cada noche para dormir a su lado pero ella necesitaba más. La chica había comprendido que su novio quería tiempo, que tenía que procesar lo que había pasado, ella misma tenía que hacerlo. Cho había muerto, Hermione inconsciente, ella estaba embarazada, Ron era un mortífago ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? Ron Weasley había torturado a Draco Malfoy.
Y lo más importante… ¿por qué?
Y otra patada en el corazón. La sensación de no haber estado ahí, de no haber escuchado a su hermano, de no haberle abrazado, ni siquiera un golpecito amistoso o una partida de ajedrez. Ahora se daba cuenta. ¿Dónde había estado ella meses atrás? ¿Dónde había estado Ron? Tan poco al compás.
Cómo dolía todo. McGonagall no cerraba el colegio. Cómo dolía todo. El mundo temblaba. Harry volvía con la luna y se marchaba con el sol pero las palabras regresaban cada vez menos. Estaba muerto en vida. Casi todos lo estaban. Otra explosión y más muertes. Mortífagos, magos…y muggles. Y menos sueños y más temor. Ginny temblaba. Todo era confuso.
La chica se llevó la mano al vientre y lo acarició. ¿Cuándo acabaría todo?
Y como las últimas treinta y tres noches, no durmió.
. . .
¡Hermione ha desaparecido!
¿Qué dices? ¿Cuándo, cómo?
No está, Madame Pomfrey se levantó a medianoche y no la vio en su cama.
¿Qué van a hacer?
McGonagall ha informado a sus padres y al Ministerio, tres aurores están de camino.
¿Crees que se despertó y se marchó por su propio pie?
Ni Hermione Granger podría hacer eso después de estar un mes inconsciente.
. . .
"…la botella de ron"
. . .
¡Ron! – gritó Harry en un desierto.
El chico avanzó luchando contra el viento. Era increíble pero realmente estaban en el desierto, Ron se había ocultado en el desierto. La arena era fina, no suave, pero hacía cosquillas y era raro porque lo último que deseaba Harry en aquellos momentos era sonreír. ¿Qué cómo había encontrado a Ron? Bueno, le había costado un mes y medio, varias discusiones con Ginny y millones de lágrimas al amanecer, el cómo carecía de sentido.
Harry se cubrió el rostro con el brazo derecho y continúo andando hacia su amigo. Éste le daba la espalda, estaba quieto como una estatua y parecía no haberle oído. El viento soplaba cada vez con más fuerza, la arena teñía el aire del color de un no sé, pero Harry obstinado en su empeño, dio un paso sobre otro. Necesitaba una explicación, necesitaba comprender qué estaba pasando, necesitaba poder seguir, necesitaba un amigo, necesitaba poder hacer algo. Dos lágrimas brotaron para volar enseguida y mezclarse con dos granitos de arena. Necesitaba tantas cosas…
Pero la cabellera pelirroja no se volvió.
. . .
Madame Pomfrey arrancó el día 18 de Febrero del calendario de la enfermería. Se acercó nerviosa a la papelera y se deshizo del papel al tiempo que Minerva McGonagall se preguntaba por qué motivo la enfermera no empleaba la magia para esos pormenores. Pomfrey percibiendo a McGonagall detrás de sí se acercó a la cama en la que reposaba Draco Malfoy y se dispuso a administrarle las pociones correspondientes.
¿Cómo fue el funeral? – preguntó a la observadora directora.
Como todos los funerales, la familia estaba destrozada – negó ella sobresaltándose.
Es una lástima, una chica tan joven
No somos nadie, no somos nadie… - McGonagall negó de nuevo con la cabeza.
Hubo un silencio algo incómodo pero Madame Pomfrey se apresuró en acabar con él.
¿Se sabe algo de la joven Granger?
Nada aún – contestó rápidamente la directora – Sus padres vinieron ayer, también están consternados, todos estamos consternados.
¿Y de Ron Weasley? – atajó la señorita Pomfrey, enseguida sintió un resquemor a nivel del estómago. No era que no le importase Hermione Granger, era que estaba preocupada por demasiadas personas.
Tampoco, y antes de que lo preguntes: no, Harry Potter tampoco ha aparecido.
Tan amigos que eran los tres y verse en estas circunstancias – Madame Pomfrey abrió un segundo frasco de color violáceo - No han conocido otra cosa que el dolor. Primero El Señor Tenebroso, ahora esto…
Otra vez silencio. Untó presurosa el líquido violeta en el cuello de Draco Malfoy. Suspiró resignada. Pobre chico, pobres chicos. ¿Cómo había pasado todo? ¿Qué sucedería ahora? Tenía que preguntarlo. Estaba aterrada como todo el colegio, como todo el mundo.
¿Va a cerrar Hogwarts? – indagó.
La enfermera pudo ver la confusión en el rostro de McGonagall. Ésta se acaloró y miró a todos lados y aún sin comprender dio la tajante respuesta.
No lo hizo en tiempos de Voldemort, no lo hará ahora
Pero querida – insistió Madame Pomfrey - ni el Ministerio entiende qué está pasando. Cada vez hay más muertes, más desapariciones…Podrían estar reorganizándose.
¿Quiénes? – la directora la miró por encima de las gafas - Ah, ¿los mortífagos? Pero ellos también mueren, no tiene sentido.
¿Qué sugieres entonces? ¿No habrá otro loco como… - Pomfrey se volvió hacia todos lados y añadió en un susurro - quién-tú-sabes, otra vez?
No – fuerte, cortante, sin razón a réplica.
Y la enfermera la miró con los ojos como platos, preguntándose de dónde salía tanta seguridad, admirándola como a un Albus Dumbledore lejano, convencida tan a medias. Ella no lo tenía tan claro.
Esto es peor – suspiró.
Fue McGonagall la sorprendida esta vez. Su rostro disimuló un gesto de repugnancia, sus dedos se helaron en el aire. Dirigió una mirada a la enfermera que nadie hubiese querido clasificar, bien por miedo a dar una verdad terrible, bien por la locura que conllevaba esa verdad. Y Madame Pomfrey se sintió confusa pero ni ella pudo lanzar un porqué ni McGonagall pudo disculpar sus facciones, porque desde la cama un destello rubio platino tosió débilmente.
Weasley...
