Hola, mis queridos lectores. Inicialmente pedir perdón, una y mil veces de rodillas y con la cabeza agachada por esta actualización tan sumamente tardía. Podría daros mil y una excusas de las cosas que me han ido ocurriendo entre este mes y el pasado: los contratiempos que he tenido, la maldita universidad, etc… Pero simplemente sería eso, un puñado de excusas que por lo menos para mí no me sirven para evadirme de mis responsabilidades como autora. Como compensación quería hacer una doble actualización, no obstante me ha costado verdaderos horrores acabar este capítulo como para plantearme iniciar el siguiente. Espero que todos estos esfuerzos hayan servido para hacer un capítulo decente.
Infiel
Noviembre de 1191 d.C.
En aquel páramo solitario lo único que llegaba a escuchar era el eco de las pisadas de su corcel. Las copiosas nubes que el día anterior habían asolado el cielo habían desaparecido completamente, dejando paso al resplandeciente sol. Se pasó la mano por la frente, intentando eliminar las gruesas gotas de sudor que caían por ésta. El calor era soportable, incluso soplaba una ligera brisa que refrescaba bastante, pero la humedad del ambiente era algo inaguantable. Llevaba horas cabalgando, haciendo altos cada cierto tiempo para dejar descansar al caballo, al que no quería forzar demasiado, ya que si no se detenía dudaba que el animal sobreviviera a más de la mitad del camino. Bufó mientras cerraba los ojos, intentando concentrarse en algo que no fuera aquel insufrible bochorno y la sequedad de su garganta.
Inspiró hondamente, notando como el sudor volvía a acumularse en su frente; la estación húmeda en aquella zona era completamente diferente al clima al que estaba acostumbrada. Los grandes páramos verdes que aún permanecían en sus recuerdos hacían que sintiera añoranza por los bosques, por las grandes expansiones de árboles que se abrían paso nada más abandonar la ciudad. Sin embargo Tierra Santa no era Inglaterra, el verde vivo era sustituido por un color más suave, tan pobre que pronto se tornaba amarillento y moría sin apenas haber vivido. Era un paisaje triste y descolorido.
Cuando tuvo que ir a Jerusalén para asistir al entierro de Majd Addin pensó lo mismo, en la brutal diferencia que existía entre su tierra natal y aquel moribundo paisaje. Aunque al menos durante el viaje no tuvo que preocuparse de que su montura muriera de cansancio, ya que había utilizado el caballo de Robert para no levantar sospecha durante el camino; un noble corcel que de haberlo forzado habría podido llegar a su destino en poco más de un día y no los tres que tuvo que soportar. En esa ocasión había contado con un guía, un joven autóctono que les había llevado por sendas seguras, evitando de esta forma cualquier enfrentamiento abierto que pudiera haber entre ellos y los hombres de Saladino.
Abrió los ojos con ligereza mientras alzaba la mano para colocarse bien la capucha, intentando evitar que el sol le diera directamente en el rostro. Hacía varias horas desde que éste había empezado a descender y tenía la sensación de no haber avanzado demasiado desde que abandonó la ciudad. Sabía que el camino sería lento, más si tenía en cuenta que lo que quería era evitar encuentros indeseados con los soldados que patrullaban aquellas tierras. Eso significaba evitar las rutas principales, por lo que utilizaría los pasos de montaña para adentrarse en la zona, tardando unos días más que si usaba el camino directo, pero sería más seguro.
Volvió a agarrar las riendas con ambas manos y golpeó con suavidad los lomos del caballo para que comenzara a trotar, avanzando bastante en poco tiempo. El corcel era incapaz de ir más rápido de aquella velocidad y no durante largas distancias, al menos por el momento. Sin embargo, no tenía otra opción, se estaba quedando rezagada y no quería soportar otra burla más concerniente a su montura.
—Debemos aligerar el paso —escuchó cuando se colocó a la misma altura que el Asesino—. Pronto comenzará a anochecer.
María frunció el ceño, mordiéndose la lengua para no responderle mordazmente. Sabía que tenía razón, pero ella no era culpable del estado físico de su caballo; forzarlo más significaría quedarse sin medio de transporte y por muy esquelético que fuera lo necesitaba.
—Lo sé, lo sé —respondió hastiada.
Él simplemente se giró, dejando ver una sonrisa de diversión. La inglesa apretó con fuerza las riendas, pensando que aquello debía parecerle sumamente divertido a Altaïr. Él montado en un espléndido corcel blanco, mientras que ella recorría aquellas tierras en un animal que parecía a punto de desplomarse. Apretó los labios, intentando recordar por qué había aceptado viajar con él hasta Damasco.
Se encontraba sentada, con el brazo completamente estirado mientras dirigía sus ojos hasta las manos de Altaïr, las cuales habían comenzado a deshacer el vendaje que ocultaba la herida de su antebrazo con lentitud. Bufó sonoramente, rozando con los dedos la empuñadura de su espada, que reposaba a su lado, esperando que el Asesino terminase de inspeccionarle el corte. La tela que lo cubría se encontraba manchada de sangre, expandiéndose desde el codo hasta casi el nacimiento de la muñeca. María dudaba seriamente que la herida hubiera sangrando tanto; debía de haberse extendido por la tela al mojarse.
Ladeó la cabeza, intentando ignorar la figura del sarraceno. Altaïr se había empeñado en vendarle la herida, indicándole que si no lo hacía podía gangrenarse el corte y perder la mano. Aunque inicialmente pensó que aquello era una exageración, en su mente evocó el campo de batalla, donde había visto a hombres perder sus miembros con la misma facilidad que un niño terminaba con un dulce de miel. Muchos soldados habían quedado prácticamente mutilados durante la guerra, quedándose sin sus extremidades; incluso después de haber sido atendidos.
Ella no podía arriesgarse a que algo así le ocurriera, si sus heridas se infectaban de camino a Damasco moriría de la fiebre antes de poder hacer la mitad del trayecto. Había visto a algunos de sus compañeros soportar del dolor con entereza, con la esperanza de que si llegaban a Acre los médicos podrían curar sus maltrechas heridas; pero sólo habían recibido como recompensa que le cercenasen sus miembros. La inglesa prefería morir antes de convertirse en una mujer incapaz de defenderse con sus propias manos, por eso había aceptado la ayuda de Altaïr. Prefería dejar su orgullo de lado por el momento y esperar a que el Asesino terminara de vender sus heridas.
Había sido atendida en decenas de ocasiones, sin embargo nunca había tenido la necesidad a aprender a hacerlo ella misma. Se sentía demasiado cansada y adolorida como para observar con detenimiento las acciones de los médicos, aquel era el trabajo que debían ejercer, mientras que el suyo era luchar para recuperar Tierra Santa. Pero se había equivocado, como en otras tantas ocasiones desde que llegó allí. Sin esos conocimientos cualquier simple herida acabaría supurando y, a la larga, moriría. Por eso observaba de reojo al sarraceno, fijándose directamente en cómo quitaba con cuidado el vendaje, dejando expuesto la sonrosada carne que se encontraba recubierta por un emplasto aromático.
María encogió la nariz. Recordaba aquel almizclado aroma. Amis se había encargado de untar ese ungüento en sus heridas, asegurándole que con eso cicatrizaría pronto. Sin embargo la herida no estaba cerrada; se podía ver en los bordes el rojizo color de la sangre, intentando abrirse paso a través del unto, sobresaliendo ligeramente junto a un líquido blanquecino que supuraba del corte. Vio cómo Altaïr hacía una mueca mientras se daba la vuelta, cogiendo algunas cosas que se encontraban encima de la mesa. La inglesa no comprendió aquel gesto, ya que sabía poco de medicina, pero hasta donde llegaban sus conocimientos que supurase era bueno: significaba que se estaba cerrando.
Intentó no darle importancia, volviendo a apoyar la cabeza en la pared fijándose que el Asesino sostenía entre sus manos un trozo de tela blanquecino y una petaca. La abrió, haciendo que un profundo aroma a vino inundase la habitación. Empapó el paño del líquido rojizo, pasándolo con lentitud por encima del emplasto para retirarlo, haciendo que María sintiera un ligero y familiar escozor que le hizo apretar los dientes. Algunos médicos se rehusaban a tratar con vino las heridas, solían cubrirlas de óleos para permitir que éstas supuraran antes de coserlas; pero los carniceros que alguna vez la habían atendido tras las batallas utilizaban aquel sonrosado líquido para limpiar los cortes antes de tratarlos.
Apretó fuertemente los labios, dispuesta a no soltar ninguna queja ni lamento mientras Altaïr terminaba de quitarle el emplasto. Aunque permitiera que revisara sus heridas no estaba dispuesta a perder la entereza delante de él, dejar su orgullo de lado en esa ocasión era una cosa completamente diferente a mostrarse débil. Entrecerró los ojos, fijándose con cuidado cómo limpiaba la zona, incluido el líquido blanquecino hasta quedarse solamente con una ligera franja de piel separada de color rosado. No pudo evitar pensar que debía de tener bastante experiencia en aquellas heridas para desenvolverse tan bien; seguramente los Asesinos tenían que aprender a curarse a sí mismos por si algún día lo necesitaban tras una misión.
—No se te da mal —dijo en un suave murmullo aún aguantando el escozor.
La voz de la inglesa hizo que Altaïr alzara la cabeza, fijándose en ella mientras sonreía con ligereza al tiempo que agarraba otro puñado de vendas que reposaban en su regazo.
—¿Has hecho esto muchas veces? —preguntó, intentando entablar una conversación que le permitiera olvidar la situación en la que se encontraba.
—No demasiadas —respondió—. Pero las suficientes como para no olvidarlo.
A María le pareció una fanfarrona respuesta, como queriendo remarcar que pocas veces había sido herido en combate. Enarcó ambas cejas, fijándose como volvía a empapar las telas en vino antes de envolver su brazo con suavidad. Sin embargo esta vez su atención no recayó en la acción, sino en sus manos. La derecha se encontraba completamente descubierta, dejando ver los gruesos y callosos dedos, pudiendo identificar diminutos cortes en el dorso; por el contrario la izquierda se encontraba cubierta por un guante, dejando sólo destapadas las cuatro falanges que se movían con armonía mientras enrollaba la venda. Entendía el por qué de la mutilación de la extremidad: era por el arma que escondía su brazo, ésta impedía la salida de la hoja, sólo era cuestión de tiempo que en un despiste se terminase cercenando el dedo. Sin duda era un arma ingeniosa, y si no hubiera visto su funcionamiento jamás habría creído que una pequeña hoja podía ocultarse en aquel lugar.
Altaïr terminó de envolver el antebrazo, haciendo presión sobre la herida mientras anudaba un extremo, asegurándose que el vendaje permanecía en su lugar. Tras ello hizo un gesto a la inglesa, señalando al brazo que permanecía junto a la espada, cuyos dedos rozaban casi con mimo la empuñadura.
—La mano —dijo al ver el gesto de desconcierto de la inglesa.
Ella simplemente suspiró, pensando en cuanto tiempo tardaría aquella vez. Estiró la mano, manteniéndola entreabierta ya que le resultaba imposible abrirla más sin soltar alguno de los lastimeros sonidos que luchaba por no pronunciar. Ese corte era más profundo que el de su brazo, la diferencia estaba en que no supuraba pus y se veía más rojizo. Aquella herida era su mayor preocupación, si no sanaba bien quizás no podría volver a empuñar nuevamente su espada y eso no era algo que estuviera dispuesta a permitir. El Asesino se mantuvo callado mientras la inspeccionaba, procurando no tocar más de lo necesario.
—Es profunda —comentó haciendo que María soltase una risotada carente de humor.
—Dime algo que no sepa.
A Altaïr le hubiera gustado preguntar la procedencia de aquel corte, pero prefería no ahondar en el asunto. Sabía que ella se había enfrentado a aquel marinero, todas las pruebas la señalaban. Además su estado físico delataba que había tenido una pelea recientemente. Hacer aquella pregunta hubiera sido normal, incluso rutinario, sin embargo se veía incapaz de pronunciarla pues no sabía si verdaderamente quería saber la respuesta.
Era cierto que María había terminado con la vida de su agresor, saliendo victoriosa de la contienda, pero en su interior el Asesino temía que aquella victoria solo fuera un leve bálsamo para el orgullo de la inglesa y que la afrenta hacia ella hubiera sido mayor. En su mente se veía incapaz de recrear un escenario en el que pudiera haber sido vejada, aunque por mucho que le disgustara no podía descartar la posibilidad de ello. Se sentía ligeramente impotente por la situación, pues no sabía cómo respondería ella si eso hubiera pasado.
Después de lo ocurrido en el barco había llegado a la conclusión que era incapaz de predecir los actos de María. Su temperamento era tan voluble que cualquier acción que pensase que podría realizar en un escenario determinado era una simple especulación que la mayoría de las veces llegaba a ser falsa. Aunque le estaba limpiando las heridas se mantenía a una distancia prudente, porque acercarse demasiado a la inglesa si se encontraba en un estado alterable no era recomendable. Aún recordaba sus fuertes dientes clavados en su mano, habían sido unos instantes solamente, pero durante ese tiempo había visto una faceta de ella que no quería volver a presenciar. Sus grandes y acuosos orbes observándole, completamente desorbitados, mientras intentaba alejarse de él aterrada.
Tenía la imperiosa necesidad de mantenerla a salvo, pero no podía retenerla allí contra su voluntad. Entendía que quisiera salir de aquel lugar lo más pronto posible, sobre todo después de lo ocurrido a su llegada. Obviamente no encontraba la guarida como un sitio donde estar a salvo y teniendo en cuenta el estado de ánimo de los novicios no la culpaba de ello. Nada más salir de la habitación supo que tendría que hablar tanto con el rafiq como con los fedayines, los cuales le esperaban en completo silencio.
Jabal estaba sentado en los cojines, con los brazos extendidos sobre de la mesa mientras que Munir se encontraba de pie apoyado contra la pared. Los otros estaban también ahí, mostrando pequeños rictus de dolor mientras se pasaban la mano por las zonas que habían sido golpeadas. Incluso uno de ellos tenía un corte en la frente que sangraba ligeramente. Altaïr sabía que si María hubiera querido matar a alguno de los novicios lo habría conseguido. De los tres que se habían enfrentado a ella había conseguido vencer a dos, pero aún sabiendo que la intención de ellos era matarla no había acabado con ninguno.
Permaneció quieto, pensando qué iba a decir. Haber ocultado información al rafiq era lo que más le preocupaba, aunque podía aducir que no era relevante que María le hubiera o no ayudado, la verdad es que sí lo había sido. Hilar las palabras que estaban en su cabeza le estaba costando demasiado, porque siempre que se trataba de la inglesa era como si su mente dejara de funcionar para dar paso a un descontrol total de sus pensamientos. Caminó hacia Jabal, pronunciando la única frase coherente que pudo decir.
—¿Siguen las armas en el altillo? —preguntó.
En el resto de los refugios las espadas solían guardarse en un pequeño zulo en la parte interior de la casa. Sin embargo al ser Jabal un escriba su comercio poseía un altillo al cual se accedía por una escalera. Ahí se encontraban restos de pergaminos, plumas y demás material de trabajo, además de una larga colección de alfombras apiladas en cuyo interior se escondían las armas. Si la espada de María continuaba en aquel lugar ahí era donde debía encontrarse.
El rafiq sólo asintió con ligereza, alzando el rostro con ambas cejas enarcadas como si aparte de aquella pregunta esperase algo más. Altaïr sabía que lo que quería era una explicación, pero en aquel momento era incapaz de darla. Estaba más preocupado por el bienestar de la inglesa que por rememorar lo ocurrido en Chipre. Dio un par de pasos, dispuesto a entrar en la otra habitación; sin embargo un ligero murmullo apenas audible le hizo detenerse y girar la cabeza en dirección a Munir.
—¿Qué es lo que has dicho? —indagó, queriendo confirmar que lo que había escuchado era correcto.
Normalmente los fedayines permanecían en silencio frente a la presencia del Maestro, en señal de respeto. Que uno de ellos se hubiera atrevido a murmurar algo a espaldas de él demostraba una fuerte indisciplina. El muchacho, en vez de mantenerse callado, alzó la vista con el ceño fruncido mirándolo fijamente, desafiante.
—Que deberíamos haberla matado —respondió en tono alto, haciendo que todos en la sala lo escuchasen.
Altaïr podía comprender el punto de vista del joven. María representaba una amenaza para ellos ya que había descubierto su guarida, y nada le aseguraba que no desvelase su ubicación a cualquiera. Munir siempre había respetado el código. Lo único que quería era salvaguardar la seguridad de la Hermandad, pero sus ojos destilaban odio, cosa que sorprendió al Asesino.
—María no es nuestro enemigo, Munir —repuso con calma—. No hay razón para acabar con su vida.
Quizás en otro tiempo hubiera actuado de diferente manera. Tal vez si siguiera siendo el muchacho impulsivo que entró en el Templo de Salomon no dudaría en matar a quien hubiera encontrado aquel sitio, fuera quien fuese. Pero ya no lo era. Había aprendido de sus errores, había madurado. Haber viajado hasta Chipre en busca del Archivo junto a María había resultado ser una aventura reveladora, no sólo para la inglesa sino también para sí mismo. Ella no resultaba una amenaza para los Asesinos, ya no.
—Es una Templaria —siseó—. Es motivo más que suficiente.
—Ya no lo es —respondió con rapidez—. Traicionó al Temple para ayudar a nuestra causa, Munir. No es nuestro enemigo —repitió.
Ante esta revelación Jabal volvió a dirigirle la mirada. Le había costado más de lo habitual pronunciar aquello, pero se había visto obligado a dar una respuesta clara y certera. Si hubiera tardado más en responder los novicios habrían notado la vacilación de sus palabras, las dudas que surgían en su mente ante aquel tema. Pero no había mentira en lo que había dicho. María había visto la verdadera cara del Temple, la verdadera naturaleza de lo que querían conseguir para el mundo y había rehusado ser un títere más en sus manos.
—Ellos han matado a decenas de los nuestros, Maestro —añadió—. Merece morir por los actos cometidos.
Aquel era un planteamiento ampliamente discutido en la Orden. Los Asesinos no se dejaban guiar por los sentimientos; sus objetivos eran escogidos buscando el bien para Tierra Santa. Daba igual que fuera un mercenario o un padre de familia, si habían sido marcados iban a morir. Pero más de una vez la venganza nublaba la mente de algunos. La pérdida de un ser querido, la muerte de un compañero podía provocar que el odio cegara sus pensamientos. Él había vivido aquel tormento y cumplido su venganza personal, pero si algo había aprendido de aquel camino era que hacer aquello no le trajo ninguna satisfacción, pues matar a esos hombres no iban a traer de vuelta lo que había perdido.
—Nosotros hemos acabado con cientos de Templarios, Munir —pronunció con lentitud—. Tanto ellos como nosotros tenemos nuestras manos manchadas de sangre —aseguró.
Altaïr observó como el joven apretaba los brazos y se despegaba de la pared, empezando a caminar furibundo por la sala ante los ojos expectantes del resto. Parecía mascullar para sí palabras inconexas, sin mucho sentido entre sí. El Asesino no entendía el comportamiento del muchacho, que siempre había seguido fielmente las normas, pero la insistencia que tenía en dar muerte a la inglesa parecía un gesto más personal que por el bien de la Orden. Ignorando su conducta errática hizo un gesto con la cabeza a Jabal, indicándole que lo acompañara a la otra habitación.
Al adentrarse en el comercio se dirigió con rapidez hasta la escalera, mientras Jabal se quedaba en la parte inferior de la sala, fijándose directamente en el sarraceno con los brazos cruzados. Las alfombras se encontraba en la parte más alejada del altillo, apiladas unas sobre otras de manera desigual. Ningún alguacil que revisara el local sospecharía que dentro de ellas se escondía todo un arsenal. Caminó con cuidado por las tablas, comprobando que ninguna se deslizaba antes de acercarse a la esquina. Mientras Altaïr comenzaba a desenvolver el rafiq se mantenía en su posición, sin apartar la mirada de él, haciendo que el Asesino se sintiera intranquilo. Paró de inspeccionar las armas y ladeó la cabeza para observar directamente al anciano.
—Sea lo que sea que quieras decir hazlo ya —comentó.
Al principio el rafiq permaneció en la misma posición, pero a los pocos segundos lanzó un suspiro y apoyó los brazos sobre el mostrador.
—¿Por qué no hablaste sobre la infiel?
Aunque a Altaïr no le gustaba ese apelativo era frecuente llamar de esa manera a los extranjeros. Mentir a Jabal no era buena idea, aunque fuera un hombre entrado en años sabía diferenciar las mentiras a la perfección; si no, no sería tan bueno en aquel trabajo.
—No era relevante entonces —respondió—. Iba a abandonar Acre cuando nos separamos —añadió—, no pensé que fuera a quedarse.
—Pues lo hizo —dijo alzando la voz—. Pensé que te habría servido de baza de negociación en Chipre o que quizás la habrías matado, pero dejarla con vida sabiendo la ubicación de este lugar es peligroso. Y lo sabes.
El Asesino apretó los labios. Claro que sabía que era peligroso que alguien ajeno a la Orden supiera la localización de aquel sitio, pero María iba a irse, hacia la India. Seguramente nunca volvería a pisar Tierra Santa.
—Lo sé —contestó—, pero no representa una amenaza para nosotros. Planea marcharse, partir hacia el este. Por eso ha venido a buscar su espada. —Se detuvo unos instantes—. Si no, no habría venido.
Eran las mismas palabras que había dicho la inglesa. Sólo estaba ahí para recuperar su espada. Era una buena idea, pues si tenía pensado viajar lejos necesitaba algo con que protegerse, de modo que querer recuperar aquel arma era algo lógico. Jabal había permanecido callado tras escuchar eso, sin embargo su voz volvió a resonar por la habitación.
—Fue ella quien mató al hombre del callejón. —Aunque podía sonar como una pregunta Altaïr sabía que era una afirmación—. Con tus armas.
Él no le había preguntado todavía por ello, pero estaba convencido que había sido así, por lo que sólo asintió volviendo a buscar entre las alfombras la espada de María.
—¿Sabes por qué Munir está así? —preguntó, consiguiendo que el anciano agachara la cabeza.
—Sí —respondió—. Parte de su familia murió durante el asedio de Acre, como muchos de los nuestros, que perdieron un amigo, familiar o amante en ese tiempo. Munir es muy joven y todavía guarda rencor por aquello. —Hizo una breve pausa—. Culpa a los Templarios.
Altaïr recordaba el asedio. El humo, las llamas, las catapultas lanzando rocas sobre los gruesos muros de la ciudad, haciéndolos ceder poco a poco. La matanza posterior en su interior tras abrirse paso a través de la brecha de la entrada sur. El olor a carne quemada. Los cientos de cadáveres que obligaron a ampliar las fosas comunes. Pero podía haber sido peor, sino hubiese detenido a Basilisk el agua de los pozos de Acre se habría convertido en veneno. Esa había sido su misión, detener a aquel hombre, y lo consiguió. Aunque tras aquella batalla había perdido algo demasiado preciado para él, algo que jamás podría recuperar.
—Comprendo —repuso—. Pero María no es nuestro enemigo ahora, Jabal. Debe entender eso y asumirlo —aseguró—. La venganza no le llevará a ningún sitio.
El anciano se encogió de hombros.
—Aún es joven, tardará en comprenderlo.
El sarraceno asintió, dispuesto a continuar su labor. La espada de María no debía parecerse a ninguna de las que normalmente solían guardar. Era muy extraño recoger las armas de los enemigos pues los Asesinos no estaban acostumbrados a luchar con las espadas de los Templarios. Las suyas eran finas y ligeras, rápidas de desenvainar, que en manos adecuadas podía llegar a ser letal. Sin embargo las que usaban los extranjeros eran anchas, con una amplia hoja pulida que optaba más por la fuerza que por la destreza al utilizarla. Él había llegado a sostenerlas en varias ocasiones y, aunque las había usado, las consideraba demasiado pesadas para lo que estaba acostumbrado.
Terminó de desenvolver la tercera alfombra, encontrando en su interior varias espadas melladas con las guardas cubiertas de herrumbre; aunque había una que sobresalía del resto. Movió la mano por encima de los oxidados aceros envolviendo con sus dedos una oscura empuñadura de cuero, alejándola del resto para poder observarla con detenimiento. Una oscura cruz rojiza brillaba en el guardamano. Las armas que solían portar ellos carecían de orfebrería, los detalles podían realzar la belleza de las espadas pero no las hacían más letales, sino lentas. Sin embargo no podía dejar de admirar los exquisitos detalles grabados en el metal, los cuales sin duda habían sido tallados por todo un maestro.
—Es una buena espada —escuchó decir a Jabal, sacándolo de su ensimismamiento—. Me sorprendió mucho al verla en tan buenas condiciones, está cuidada y afilada —pronunció con serenidad—. No muchos soldados se preocupan tanto de sus armas, debe ser importante para la infiel.
Altaïr sintió una ligera punzada de molestia. Sabía que el rafiq no pronunciaba esas palabras con motivo de insultar a la inglesa, simplemente era una burda costumbre adquirida con el paso de los años. No obstante tuvo que apretar los labios para no responder las palabras que se habían formado en su mente.
«María —pensó—. Su nombre es María».
Pero decir aquello estaba fuera de lugar. Una cosa era que la considerase una aliada por haberle ayudado en Chipre a encontrar el Archivo y otra cosa muy distinta era demostrar preferencia por ella. Sabía que Jabal no insistiría más en el tema, si no hubiera sido sincero con él seguramente las preguntas no habrían cesado hasta contarle todo lo que había ocurrido en la isla. Pero el rafiq era un hombre prudente y sensato; en aquel momento seguir con el interrogatorio estaba fuera de lugar pues lo verdaderamente importante ya había sido respondido.
Altaïr miró nuevamente la espada. Si se la entregaba a María se marcharía, ya que estaba decidida a abandonar aquel lugar nada más recuperarla. Después del ataque entendía que quisiera irse del refugio lo más pronto posible, pero estaba herida y por su aspecto había dormido al raso la noche anterior. No podía dejar que se fuera en semejantes condiciones, pero era imposible retenerla contra su voluntad. Tenía que pensar en algo para mantenerla ahí, al menos hasta la mañana siguiente. Se dio la vuelta, dispuesto a bajar del altillo, y miró directamente a Jabal: él podía ayudarle a ganar algo de tiempo.
María mantenía la cabeza apoyada en la pared, esperando pacientemente que el Asesino terminase de vendarle la herida. Al ser más profunda que la que tenía en su brazo Altaïr estaba siendo mucho más cuidadoso, obligándola a mantener la mano abierta para poder cubrirla completamente. Había tenido que apretar fuertemente los labios cuando la limpió con vino, pues el escozor había sido insoportable. Sin embargo no emitió ningún lamento ni gemido, permaneció callada, esperando que el dolor remitiera, hasta que finalmente se convirtió en un picor molesto.
Se había mantenido en silencio mientras el sarraceno se había enfrascado en inspeccionar la herida, aunque había algo que había despertado su curiosidad. Desde que llegó a Tierra Santa había escuchado todo tipo de historias acerca de los árabes que vivían en el desierto, pero sólo tenía la confirmación de una de ellas. Los hombres del sultán eran abstemios, no bebían ni vino ni cerveza, puesto que al parecer para ellos estaba prohibido. ¿Acaso los Asesinos no eran también sarracenos? Robert siempre le dijo que era una secta de fanáticos, engañados por promesas del paraíso y cegados por el opio obedecían las órdenes de un viejo ermitaño. Pero había viajado con Altaïr, hablado con él durante la larga travesía y no parecía compartir las mismas creencias que el resto de islamistas.
La inglesa se aclaró la garganta, intentando llamar la atención del Asesino que hizo un ademán de oírla aún continuando con su trabajo.
—Creí que lo teníais prohibido —dijo en voz alta haciendo que él la mirase sin comprender sus palabras—. El vino, vosotros no bebéis.
El sarraceno se detuvo unos segundos, mostrando una pequeña sonrisa condescendiente antes de continuar envolviendo la mano de la inglesa.
—El vino altera el juicio y nubla la mente de los hombres —respondió con lentitud—. No lo consumimos por esa misma razón, no porque nos lo tengan prohibido.
Ella meditó sus palabras. Era cierto que la bebida podía convertir al más inofensivo de los hombres en un ser irracional que no distinguía enemigo de amigo. También volver torpe al más experto, lo había visto infinidad de veces desde que se unió al Temple, cientos de soldados completamente borrachos vomitando o quedándose inconscientes en el suelo después de beber una cantidad ingente de vino o cerveza. Lo que decía Altaïr tenía cierto sentido: un Asesino no podía ser torpe o dejarse manipular en estado de embriaguez, tenían que estar siempre lúcidos y despejados para ejecutar su trabajo. Aún así seguía sin explicar la existencia de vino en aquel lugar.
—Si no bebéis, ¿por qué tenéis vino? —preguntó.
—Lo usamos de esta manera, así evitamos que las heridas se gangrenen —aseguró—. Es la mejor utilidad que se le puede dar.
María hizo una mueca, no demasiado de acuerdo con sus palabras aunque prefirió callarse. A ella le gustaba el vino; obviamente no era una beoda, pero su sabor le resultaba refrescante. Entendía que un Asesino no podía beber hasta desmayarse, no obstante un vaso de vino no era algo que fuera a convertir a uno en borracho. Apretó los labios no pudiendo evitar recordar a Peter, un hombre que no sabía aguantar la bebida de ninguna de las maneras. Aún era incapaz de comprender cómo alguien que apenas podía mantener en pie pudo haber llegado al lecho nupcial con la suficiente lucidez como para cumplir con sus votos. Había sido un marido decepcionante en todos los sentidos.
Soltó un suspiro, deseando que Altaïr terminara con eso y ella pudiera marcharse. Sin embargo, en el silencio que sumía la habitación un ruido le llamó la atención. Alzó la cabeza, observando con cuidado del tragaluz. Eran débiles golpes que retumbaban por la habitación, uno tras otro con suavidad. María parpadeó identificando ese sonido: lluvia, el del agua chocándose contra la madera de forma continuada, cada vez con mayor frecuencia, hasta que finalmente se transformó en un ensordecedor eco que resonaba a su alrededor.
La idea de volver a pasar la noche en los establos no se presentaba demasiado atractiva, pero no tenía alternativa. Si acudía a las casas en ruinas de la zona pobre se inundarían de nuevo antes de que el sol saliera. Al menos en aquel lugar tenía un techo y paja para mantenerse en calor. Altaïr parecía ignorar la lluvia, terminando de anudar la venda con fuerza y comprobando que esta permanecía en su sitio mientras abría y cerraba la mano de la inglesa con cuidado. Después de aquello se levantó dejando el resto de enseres encima de la mesa, haciendo que al mismo tiempo María se incorporaba.
Aún notaba la humedad en su ropa, pero no le importaba. Movió con lentitud los dedos de la mano vendada, en vez del dolor punzante que había sentido antes esta vez era tenue. Dio un par de pasos, estirándose para desentumecer sus articulaciones. Estaba cansada de estar sentada, quería salir de aquel asfixiante lugar, aunque al salir terminase empapada siempre sería mejor que permanecer en un sitio en el que no era precisamente bien recibida. Se llevó la mano a la frente, masajeándosela con lentitud. Tenía que agradecer la ayuda prestada a Altaïr, aunque después de cómo la habían tratado cuando llegó estaba segura de que se había sentido obligado a ayudarla.
«Como todo un caballero», pensó con ironía.
El Asesino permanecía de espaldas a ella, examinando los objetos en la mesa, comprobando que no había nada fuera de lugar. María hizo una mueca y carraspeó, consiguiendo llamar su atención mientras señalaba la puerta.
—Gracias por devolverme la espada —comentó—, y por el vendaje. Pero ahora será mejor que me marche.
Estaba dispuesta a irse. No le importaba bajar y encarar a aquellos muchachos de nuevo, si había podido luchar contra ellos armada solamente con un cuchillo ésta vez no iba a ser tan fácil desarmarla. Se dirigió hasta la salida, al tiempo que el Asesino se movía con rapidez interponiéndose entre la puerta y ella. La inglesa enarcó ambas cejas, sin entender por qué Altaïr estaba bloqueándole la salida.
—¿Ocurre algo? —preguntó.
—Está lloviendo.
María parpadeó confusa. Había creído que el sarraceno no se había dado cuenta de ello, aunque el ruido seguía haciendo eco en el exterior con la misma fuerza que antes.
—Lo sé —respondió—, y preferiría marcharme antes de que se convierta en una tormenta. Así que apártate.
Altaïr permaneció en la misma posición, pensando la forma de convencer a María de quedarse ahí. Podía oír con claridad el agua chocando contra las paredes, el viento resoplando en las esquinas. No quería que la inglesa se expusiera a un tiempo tan crudo y menos cuando podía ofrecerle cobijo. Abrió la boca dispuesto a entablar un diálogo que la hiciera razonar. Aparte de lo ocurrido a su llegada no tenía motivos para no aceptar su ayuda. Sin embargo un fuerte ruido detuvo sus palabras, quedándose en el aire. La habitación retumbó, haciendo que María diera un paso hacia atrás mirando a su alrededor nerviosa.
—¿María? —preguntó preocupado por la extraña reacción.
Ella le miró a los ojos, respirando agitadamente. De pronto otro trueno resonó en la lejanía haciendo que la inglesa volviera a voltearse, llevándose la mano a la empuñadura. Altaïr reconocía esa actitud, la había visto anteriormente así. Parecía un animal enjaulado enfrentándose a un enemigo invisible. Tenía miedo. Intentaba bajar el ritmo de su corazón con grandes resoplidos pero sus titilantes ojos y el pequeño temblor de su cuerpo no dejaban duda alguna.
«Tiene miedo… de los truenos».
Y, ante aquel pensamiento, no pudo evitar sonreír.
Continuará…
¿Merezco la muerte? Sí, merezco la muerte. Una muerte cruel, lenta y dolorosa. Por tardar, por no poder subir adecuadamente el capítulo el mes pasado y por un sinfín de cosas más que no voy a ponerme a mencionar ahora. Pero en fin, ¡actualicé que es lo que importa! El final del capítulo puede parecer abrupto, pero es que necesito una excusa lo suficientemente fiable para que María acepte quedarse allí. Es demasiado cabezota para dialogar con Altaïr, sobre todo cuando sus aprendices han estado a punto de matarla nada más llegar. Por eso he añadido el punto de la tormenta, quise darle a María un temor irracional, todos tenemos algunos, el de ella son los truenos. El mío son las cucarachas... Así hago al personaje más humano. Además sabéis que me encantan los saltos temporales y de personajes, de ahí que el inicio del capítulo sea cuando están yendo a Damasco y aquí al final aún no se sabe que ocurre. Al menos os adelanto que siguen juntos, ¿acaso no es bueno xD? En fin, espero que os haya gustado el capítulo. Tenéis mi permiso para lincharme y enviarme amenazas de bomba que sé que lo estáis deseando.
Muchísimas gracias por sus comentarios y por las visitas, ya sabéis que siempre agradezco vuestro apoyo desde todas las partes del globo.
Akira Chez, ¡me alegra mucho que te gustase el capítulo! No te preocupes, todos tenemos vida y es normal que uno tarde en dejar rr si está ocupado. Intento esperarme escribiendo porque pienso que unos lectores se merecen la calidad que el escritor le gusta leer, y sí me encanta leer xD. Muchas personas no sienten la necesidad de dejar reviews, pero tranquila, eso no me importa. Espero que en este capítulo me sigas dejando comentarios si puedes y que te haya gustado el capítulo.
Muchas gracias a los lectores invisibles que me leen desde: España, México, Perú, Estados Unidos, Argentina, Venezuela, Costa Rica, Chile, Kazakstan, Islandia, China, El Salvador, Bolivia, Nicaragua y Colombia. ¡Gracias por leerme, sin vosotros no podría seguir con la historia! Nos vemos en el próximo capítulo.
