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CAPITULO 20
A Albert le costó un mundo no salir detrás de Candy. Cada fibra de su ser clamaba por ir en busca de su esposa y aclararle lo que estaba haciendo Agnes en el despacho, pero su orgullo se lo impidió.
Aquella mañana, antes de que Candy despertara, se había quedado largo rato contemplándola. Había sido una noche tan increíble, tan especial, que creyó estar a salvo. Se permitió el lujo de fantasear con el día en que ella le correspondiera con sentimientos sinceros, no impuestos por las circunstancias. Se recreó en su perfil, salpicado de pecas adorables. En sus labios, tentadores y enrojecidos; en sus espesas pestañas rubias que ocultaban la dulzura de sus ojos… Acarició despacio su mejilla, descendió por el elegante cuello y rozó con sus nudillos uno de los sonrosados pezones, que se endureció en el acto. Albert no pudo reprimir la sonrisa al ver con qué facilidad el cuerpo femenino respondía a sus atenciones. Era maravillosa.
Y él, todavía confiado, continuaba creyéndose a salvo.
Se inclinó sobre su boca, dispuesto a despertarla a besos. Le había molestado mucho el día anterior amanecer en una cama fría; pues bien, procuraría que cuando abriera los ojos encontrara toda la calidez que él mismo desprendía solo con mirarla.
Rozó apenas sus labios, aspirando su aroma, y ella se removió, mimosa. La besó con más intensidad a continuación, consiguiendo que Candy le rodeara el cuello con los brazos y lo apretara contra sí. Cuando se despegaron, ella lo miró con los ojos aún nublados por el sueño y estiró sus labios en una sonrisa perezosa. En su estado de duermevela, dejó escapar un suspiro satisfecho.
—Anthony, mi amor…
El corazón de Albert dejó de latir por unos segundos. Sus oídos ensordecieron y solo pudo escuchar el zumbido de su propia sangre corriendo por las venas.
No podía respirar, se ahogaba en aquella cama.
Se levantó con cuidado, se vistió y salió sin volver a mirar a la mujer que dormía ajena a su sufrimiento…
—Mi señor, ¿estáis bien? —la voz sugerente de Agnes captó su atención, devolviéndolo al presente.
—Sí.
Ella miró una vez más hacia la puerta por donde había salido la señora de White Castle y levantó una de sus cejas rubias, mas no hizo ningún comentario. No le interesaba que el laird se preocupara en esos momentos por su esposa.
—¿Aún… aún queréis que os cuente lo que sé?
—Por supuesto. Aunque me preocupa lo que vayas a pedir a cambio.
—¡Oh, mi señor! Jamás se me ocurriría pediros nada por la información. Creo que es mi deber serviros, puesto que habéis sido tan amable permitiendo que me quedara. —Agnes juntó las dos manos sobre su busto para dar más énfasis a sus palabras, consiguiendo así que la mirada de Albert se dirigiera, una vez más, a su generoso escote—. Sin embargo, sí os solicitaré una merced. No es nada material, laird. Simplemente os ruego que, en caso de necesitarlo, me ayudéis. Como sabéis, Neal me tiene bajo su protección, pero cuanto más lo conozco, más me doy cuenta de que es un hombre bastante voluble y a veces… a veces me da miedo pensar lo que será de mí si se cansa o lo importuno.
—¿Le tienes miedo? —se extrañó Albert.
—Bueno, no… A veces. Tiene un temperamento endiablado, laird, me da miedo cómo pueda reaccionar conmigo cuando ya no le sirva o se canse de mí.
El laird suspiró. No quería entrometerse en la extraña relación que el primo Neal mantenía con esa mujer, pero debía admitir que las palabras de la joven lo contrariaban. Esperaba, por su bien, que Neal no cometiera ninguna estupidez. No consentiría que se maltratara a nadie en su casa, por más humilde que fuera la condición de esa persona.
—Tienes mi palabra de que no permitiré que se porte mal contigo, Agnes.
—¿Y si quiere echarme? No tengo adonde ir, laird. No tengo más hogar que este.
—Neal no podrá echarte de aquí, te lo prometo.
La joven al fin sonrió satisfecha y miró al guerrero con un parpadeo agradecido… y bastante coqueto.
—Bien. Entonces, os contaré lo que he recordado esta mañana, cuando escuché que uno de vuestros soldados preguntaba en la aldea por esa tal Pony.
—La estamos buscando desde hace tiempo. Es la anciana que vivía en el hogar de huérfanos y que ha desaparecido sin dejar rastro.
—Sí, ya había oído hablar de ella.
Albert hizo un gesto satisfecho y la instó a que continuara.
—Cuéntame lo que sepas, por favor.
—Unos días antes de que la señora volviera casada con vos, la vi aquí en la fortaleza. Hablaba con la señora Maria.
—¿La madre de Candy? —se extrañó Albert.
Agnes asintió.
—Escuché muy poco de la conversación, la verdad. Pero sé que era Pony porque la señora la llamó por ese nombre. La anciana le pedía que la ayudara, que los huérfanos necesitaban ayuda. Después, las vi salir a toda prisa y supongo que se dirigían a la aldea.
—¿La madre de Candy no se había marchado a una abadía para recuperar su salud? —habló el laird, más para sí mismo que para su interlocutora—. ¿Las viste regresar después?
—No, mi señor. Aunque bien podrían haber vuelto sin que yo las viera. Por aquel entonces acababa de conocer a Neal y no salía mucho de su alcoba. Tal vez la señora Maria se marchó a su retiro después de aquello.
—Tal vez —musitó Albert, no muy convencido.
—De todas maneras, respecto a Pony…
—¿Si? —la apremió el laird, al ver que titubeaba.
—No sé si será cierto, pero he escuchado decir a los soldados que a la anciana le gustaba mucho recoger hierbas y plantas medicinales por las zonas más escarpadas de la colina, al sur del lago Voil. En más de una ocasión Brandon ha mencionado que no es lugar para una mujer tan mayor y que es increíble que sus viejas piernas aún puedan trepar por esas rocas.
—¿Crees que Pony se fue a las colinas a recolectar hierbas y no ha vuelto desde entonces? —se extrañó Albert.
Por toda respuesta, Agnes se encogió de hombros.
Aquellos nuevos datos arrojaban más sombras que luz al misterio de la desaparición de Pony y añadía interrogantes que Albert tendría que resolver. La madre de Candy no había llegado a visitar a los huérfanos, eso sin duda, porque Megan, la joven que los cuidaba, así se lo dijo. Entonces, ¿qué había sucedido? ¿Adónde habían ido Pony y Maria cuando salieron por las puertas de White Castle? ¿Sería cierto que Pony había subido a las escarpadas colinas y no había vuelto? ¿Y Maria? Según los habitantes de White Castle, se suponía que ella se encontraba en la abadía de Tyndrum cuando sucedieron los hechos…
Todo aquello era muy extraño.
—Te agradezco que hayas compartido conmigo esta información.
—Si necesitáis algo más de mí, laird, no tenéis más que pedirlo—se despidió Agnes, con aquel tono meloso que usaba siempre cuando desplegaba sus encantos.
—Puedes irte —susurró él, con la mente en otro lugar.
La muchacha lo notó, por lo que no insistió más y abandonó el despacho. Estaba resultando muy difícil acercarse a ese hombre. Esperaba que, al menos, la información que le había dado sirviera para que empezara a confiar en ella. Si no lograba seducirlo, al menos tenía que intentar caerle en gracia por si necesitaba su ayuda.
Y más después de la noche que había tenido que soportar al lado de Neal.
Su osadía masajeando los hombros del laird delante de todo el clan le había costado muy cara. Neal era celoso y posesivo y, por supuesto, se sintió muy ofendido cuando la mujer que dormía con él cada noche toqueteó a otro hombre. La había castigado de la forma en que más disfrutaba: en el lecho. Agnes era una joven apasionada y dispuesta a todo, pero reconocía que aquella noche Neal había sobrepasado sus propios límites. Por primera vez se había sentido asqueada y había tenido miedo. Sí, en algún confuso momento de la noche, Agnes había temido por su vida. Al parecer, asfixiarla apretando su cuello con ambas manos mientras la poseía era un estímulo excitante para él. Se había retorcido, había boqueado en busca de aire, había pataleado para intentar librarse… sin resultado. Él cada vez apretaba más, sin dejar de penetrarla con fuerza, de manera dolorosa, sin reportarle a ella ningún tipo de placer. Y cuando terminó, justo antes de desvanecerse por la falta de oxígeno, la liberó. Se tumbó boca arriba, con el pecho agitado por el esfuerzo y no se preocupó siquiera de comprobar si ella estaba bien.
—No quiero volver a verte con otro hombre, Agnes. La próxima vez no seré tan piadoso —le dijo.
Comprendió entonces que de nuevo caminaba sobre el filo de un cuchillo.
Pero era lista. Si bien tendría que seguir soportando que Neal usara su cuerpo a placer, sabía que no volvería a pasar necesidad. Nunca más tendría que mendigar por las calles en busca de un mendrugo de pan que llevarse a la boca. Nunca más dormiría tiritando de frío tirada en cualquier rincón. De eso ya se había asegurado ella, que sabía con quién debía aliarse para sobrevivir. Disfrutaría de una vida cómoda y llena de lujos si sabía jugar bien sus bazas. Conseguiría todo lo que una joven de su condición pudiera desear. Todo… excepto el amor que nadie parecía tener para ella.
Y, por supuesto, su libertad.
Albert sabía que no iba a encontrar a Candy esperándolo en el gran salón.
Salió de White Castle y se encaminó hacia el hogar de huérfanos, pues era el primer lugar que su esposa visitaba siempre cuando iba a Balquhidder. Le agradó comprobar que Trébol no estaba rondando por allí, lo que significaba que había seguido a su ama en su paseo. Que la loba la acompañara lo tranquilizaba. Sabía que el animal la protegería en caso de necesidad y era una suerte contar con eso cuando su testaruda esposa se negaba a llevar escolta tal y como él le había pedido en varias ocasiones.
Por eso se quedó de piedra cuando llegó a la apartada cabaña y descubrió que, por una vez, Candy parecía haberle hecho caso. Uno de sus lugartenientes, Tom, estaba también allí, sentado a la mesa donde la dulce Rose Mary jugaba a servirle comida imaginaria. Albert permaneció unos segundos en la puerta, contemplando la insólita escena. Las manos enormes de su guerrero simulaban sostener un plato y una cuchara con la que comía sopa inexistente mientras alababa a la pequeña cocinera.
—Está exquisita, Rose. Vas a tener que darle la receta a Mysie, todo el mundo debería probarla.
La niña le sonrió y lo miró con adoración.
—Voy a preparar más. No te muevas de aquí, ¿de acuerdo? —le advirtió, levantando su dedito frente a él.
Tom asintió y la observó marchar hacia el fondo de la sala donde jugaban los otros niños. En ese momento, se percató de la llegada del jefe.
—Laird —dijo, poniéndose en pie a toda prisa, azorado.
—Sabía que se te daban bien las espadas, pero ignoraba esta otra faceta tuya.
—Bueno, no quería herir los sentimientos de la pequeña. Es una niña encantadora y yo…
—Rose Mary se ha enamorado de él —le interrumpió de pronto la voz de Candy, que salía del dormitorio junto con Megan.
Albert constató que su esposa parecía muy relajada y una sonrisa se estiraba en sus labios, a pesar de que se había marchado hecha una furia de su despacho. Se llenó los ojos con su belleza serena y su corazón emitió un doloroso latido de anhelo. Era un necio; debería estar enfadado con ella, debería alejarse todo lo posible para evitar que continuara lastimándolo como lo hacía. Sin embargo, se sentía igual que una polilla lanzándose contra la llama; la tentación de acercarse a Candy era tan apabullante que anulaba su voluntad.
—Es cierto —corroboró Megan—. Desde aquel primer día, cuando llevasteis a los niños al lago, no deja de hablar de él.
—¿Qué puedo decir? Es mi sino volver locas a las mujeres…―bromeó Tom, encogiéndose de hombros.
Al hacerlo, su mirada se cruzó con la de Megan y la joven bajó los ojos, ruborizada.
—Duncan ha preguntado por ti —le dijo de pronto Candy a Albert, para suavizar la extraña tensión que se había creado entre aquellos dos. Desde que había llegado, Tom y Megan no dejaban de observarse de reojo.
El laird, ajeno al tonteo de su guerrero con la joven aldeana, se encaminó hacia el fondo de la sala, donde los chiquillos jugaban con Trébol. Se sorprendió al comprobar la paciencia infinita de la loba, que aguantaba las rudas caricias de las manos infantiles, los tirones de orejas y los abrazos excesivos sin mostrar ni un ápice de agresividad.
Cuando el pequeño de cuatro años lo vio, corrió en su dirección y se lanzó a sus brazos. Albert lo atrapó casi en el aire y se lo cargó al hombro porque sabía que le encantaba.
—Venga, gandules —les dijo a los demás—. Dejad a la pobre Trébol tranquila y poneos algo de abrigo, que vamos a salir a la colina a ejercitar un poco esas piernas flacuchas.
Los niños lanzaron exclamaciones de júbilo y se apresuraron a obedecer. En un momento, la cabaña se convirtió en una auténtica algarabía de voces, risas y correteos. Los dos guerreros salieron al exterior con ellos y comenzaron una serie de juegos destinados a que los pequeños se desfogasen al aire libre. Por supuesto, Trébol participó como una más, corriendo excitada de un lado a otro para disfrute de sus nuevos amigos.
Candy y Megan aprovecharon para poner en orden la casa y, cuando terminaron, se reunieron con ellos en la falda de la colina. Hacía un día estupendo; el sol brillaba en un cielo despejado, y la temperatura, a pesar de ser mediados de otoño, era bastante agradable. Ambas se quedaron embobadas contemplando a los dos Andrew que no solo guiaban el juego de los niños, sino que participaban y se reían con ellos como dos más en el grupo.
—Es increíble —musitó Megan—. ¿Quién diría que son feroces guerreros entrenados para combatir en una guerra?
—Son solo hombres —respondió Candy.
—Buenos hombres —puntualizó Megan, sin poder apartar sus ojos de Tom.
La joven señora de White Castle tampoco podía dejar de mirar a Albert. Aún le sorprendía ver cómo trataba a los niños, cómo se dirigía a ellos. Usaba un tono autoritario y sus maneras seguían siendo un tanto rudas, pero de algún modo, lograba trasmitir el cariño que los pequeños necesitaban. Y ellos se volvían locos con él, no había más que verlos.
Pero, sobre todo, Candy no podía apartar la vista de su sonrisa… ¡Esa sonrisa! Era genuina, natural y cálida. Era la sonrisa que ella se moría por ver en su cara cuando la miraba a ella. La que le aceleraba el corazón de manera inesperada. Su mente se llenó con los recuerdos de la noche que había pasado junto a él y el calor se extendió por todo su cuerpo, poniéndole la piel de gallina. ¿Por qué Albert no podía ser con ella siempre así? ¿Por qué esa sonrisa estaba reservada para momentos exclusivos… o para los niños?
Sin pretenderlo, un pensamiento la llevó a otro y terminó evocando su cama solitaria al despertar esa mañana, y la desagradable escena con Agnes en su despacho. Era imposible saber qué pasaba por la cabeza de ese hombre. Por qué unas veces era tan, tan encantador, y en otras ocasiones (demasiadas a su parecer), se mostraba taciturno y distante.
No tenía respuestas. Esperaba que con el tiempo pudiera dar con la solución a ese desesperante enigma y, mientras tanto, trataría de acostumbrarse a los estados de ánimo tan cambiantes de su esposo.
Cuando el juego terminó, Tom y Megan se ocuparon de los niños y Albert se acercó por fin a ella. La sonrisa que suavizaba sus facciones se relajó cuando la tuvo enfrente, aunque no desapareció del todo, cosa que Candy agradeció.
—¿Quieres dar un paseo conmigo?
La pregunta casi la hizo caer de espaldas. Definitivamente, la iba a volver loca.
—¿No íbamos a hablar de los libros de cuentas? Dijiste… dijiste que tenías que contarme cómo estaban los negocios de la familia.
—Lo dije, y hablaremos sobre ello. Pero hoy no. Viéndote así de hermosa, bajo este sol que es todo un regalo, solo me apetece disfrutar de tu compañía.
Candy se ruborizó por el inesperado cumplido. Aún así, la imagen de Agnes en su despacho, más concretamente, del escote de Agnes delante de sus ojos, envenenó su respuesta. No olvidaba cómo la había despedido un rato antes, alegando tener cosas importantes que hablar con esa zorra.
—Pues no lo parecía esta mañana, cuando fui a buscarte después de desayunar. Parecías disfrutar mucho más de la compañía de "esa" mujer —Candy se cruzó de brazos y levantó el mentón con orgullo.
Albert suspiró. Por supuesto, no iba a resultar tan fácil. Él mismo tenía que contenerse para no comenzar una discusión allí mismo, detrás de la cabaña de los huérfanos. Podría echarle en cara que él también estaba celoso, y muy dolido… Pero, ¿de qué serviría? Ella ni siquiera era consciente de lo que hacía, del nombre que pronunciaba en sueños.
—Te equivocas —dijo al fin, con suavidad. Trataba de tranquilizarla al tiempo que él desterraba su propio orgullo a un rincón apartado de su corazón—. No disfrutaba con ella, pero era importante y, en otro momento, te contaré por qué.
Aquella respuesta intrigó a Candy, que relajó un tanto su postura. Estaba deseando creerlo.
—¿Y por qué no me lo cuentas ahora?
—Te lo he dicho. Ahora luce el sol, la brisa es apacible y tú eres una tentación para mis sentidos. Necesito hacer esto.
Antes de que Candy pudiera reaccionar, él se había pegado a su cuerpo y le había sujetado la nuca para apoderarse de su boca.
Era cierto que lo necesitaba… Tanto, que había pospuesto contarle lo que había averiguado acerca de su madre por puro egoísmo. Si se lo decía, la preocuparía y no serviría de nada, de todas maneras. Ya hablaría con ella más tarde. En ese momento, las palabras sobraban y solo tenía ganas de saborearla hasta quedarse sin aliento.
Fue un beso hambriento, como si lo llevara oculto entre los labios desde que amaneció esa mañana y ya no pudiera retenerlo más.
Todo el cuerpo de Candy reaccionó al contacto, a esa urgencia desgarradora que parecía consumirlo por dentro. Se excitó. Pasó de la más fría rigidez por su anterior enfado, al calor abrasador que la obligó a pegarse más a él, buscando un contacto más íntimo. Le echó los brazos al cuello y trató de devolver las caricias desesperadas de su lengua para dejarle claro que ella tenía la misma necesidad, las mismas ganas…
Terminó de manera abrupta. Albert se separó y ella casi se cayó al suelo al verse desprovista de lo único que la sostenía: su enorme cuerpo.
—Más… más despacio —masculló él, tratando de recobrar el dominio de sus emociones.
Ella lo miró sin comprender, algo turbada por las emociones que habían estallado en su interior debido a la intensidad de aquel beso inesperado. Se notaba temblorosa y anhelante, y lo último que quería era ir más despacio.
—¡Has empezado tú! —le reprochó. Después, se dio cuenta de lo que había dicho e hizo una honda inspiración para tranquilizarse. Una tímida sonrisa asomó a sus labios antes de repetir, maravillada—. Has empezado tú; esta vez no me has hecho pedírtelo. Me deseabas sin que yo te deseara antes. No porque estés obligado, no porque sea tu mujer… Ni siquiera estamos en nuestra alcoba, pero tú… me deseas.
Lo último lo dijo en un susurro emocionado, llevándose una mano a los labios, sorprendida por aquel descubrimiento. Pensó que le llevaría mucho más tiempo lograr que su esposo se acercara a ella sin necesidad de reclamarlo.
Albert tenía la respiración entrecortada y la miraba con los ojos nublados. Todos sus músculos estaban en tensión y Candy tenía pleno convencimiento de que era por la contención que se veía obligado a practicar. Sus ojos ardían, sus labios entreabiertos provocaban tirones en sus entrañas y solo pudo pensar en cubrirlos con sus propios labios.
—Aquí no —susurró él, como si le leyera la mente. Miró hacia la cabaña de los niños y Candy entendió.
Se acercó a ella y le tomó la mano para alejarla del lugar. Se dirigieron con pasos rápidos hacia el lago, sin hablar, los dos consumidos por una extraña fiebre que se había apoderado de sus cuerpos en el momento más inoportuno. Albert apretaba su mano cada pocos pasos, como si quisiera asegurarse de que ella también compartía su locura. Y Candy le devolvía el apretón, maldiciendo entre dientes porque el sitio al que se encaminaban se le antojaba muy lejano.
Por fin, después de lo que a ambos les pareció muchísimo tiempo, llegaron a la orilla del lago, a un lugar tan apartado que no había nadie más a la vista. Albert tiró de ella y se dejaron caer sobre el suelo cubierto de hierba, rodeados de matorrales de brezo que les proporcionaron algo más de intimidad. Aunque a ninguno de los dos les importaba mucho en ese momento la posibilidad de ser descubiertos.
Sus bocas se buscaron, desesperadas. Albert se abalanzó sobre ella, que quedó tendida de espaldas en el suelo mientras las manos masculinas recorrían su cuerpo, buscando el modo de colarse entre todas aquellas capas de ropa. Candy le devolvía los besos con avidez, notando que el ardor de su piel quemaba y que sobraba tela entre los dos. Se sintió fascinada y al mismo tiempo horrorizada al descubrir cuánto necesitaba en ese momento a Albert. ¿Qué clase de mujer era, que no podía esperar a la noche para yacer con él en su cama de matrimonio? La excitación que recorría cada fibra de su ser la empujaba a actuar de aquella manera salvaje e impúdica. Era puro fuego, una necesidad que la ahogaba y que tenía que saciar cuanto antes. Con él. Con sus manos, con su boca, con su lengua, con su… ¡su virilidad!
—Súbeme las faldas, Albert, será más rápido —jadeó contra su oído, presa de un frenesí que jamás había experimentado antes.
Él respondió a esas palabras con un gruñido de satisfacción. Hizo lo que le pedía al tiempo que se colocaba entre sus piernas, esclavo de la misma fiebre que la consumía a ella. Las pequeñas manos de Candy tiraron del cordel de sus calzas para ayudarlo y lo liberó en un abrir y cerrar de ojos. Con osadía, hizo algo que antes tampoco había probado: lo rodeó con sus dedos y lo acarició. Escuchó que Albert siseaba de placer y una sensación de poder la embargó. Quiso seguir investigando, pero él le apartó la mano con suavidad y la llevó a uno de sus hombros para que se abrazara a él.
—No podré aguantar si me tocas, Candy, y quiero hundirme dentro de ti. Quiero sentirte y que me sientas. Necesito que me aceptes…
Sonaba desesperado, completamente ido. Candy lo atrajo hasta su cuerpo y él la penetró casi con violencia. Ella exhaló un gemido, mezcla de sorpresa y placer, que Albert acompañó con otro sonido que escapó de su garganta ante la sensación indescriptible de estar dentro de esa mujer. Volvieron a unir sus bocas, voraces, con un apremio cada vez mayor. Albert se movió sobre ella entregando su alma en cada envite y los jadeos de Candy se elevaron en el aire, más fuertes y erráticos según él incrementaba el ritmo. Y estaban tan consumidos, tan entregados el uno al otro, que todo terminó tan rápido como había empezado, con un ronco gemido de satisfacción de Albert contra el delicado cuello femenino, y unos temblores incontrolables que sacudieron el cuerpo de Candy hasta el mismo centro de su ser.
Cuando pudieron volver a respirar, Albert se incorporó sobre los codos y buscó sus ojos. El rostro de Candy estaba encendido, sus labios hinchados y la trenza que llevaba medio deshecha. Su cuello pálido estaba ahora enrojecido por el roce de la barba y su pecho subía y bajaba deprisa, aún excitado por lo que acababa de suceder.
—Ha sido… —empezó a decir ella, hasta que Albert la silenció con un beso.
Esta vez fue lento y mucho más suave, aunque no por ello menos intenso. Todas las terminaciones nerviosas de Candy reaccionaron a esa tierna caricia y sus piernas se elevaron para pegarse más a él. Le sobraba la ropa que todavía llevaban puesta. Habría preferido que estuvieran en su cama, desnudos, para poder sentir el calor de su piel contra su propia piel.
—Candy—Albert la sujetó por el mentón con suavidad antes de hablarle—, no te deseo porque seas mi mujer, ni porque esté obligado. No te deseo porque tú me desees… Aunque, como te dije anoche, eso me vuelve loco. Candy… —bajó la cabeza y depositó un suave beso en sus labios, otro detrás de su oreja, otro en la punta de su pecosa nariz―, yo siempre te deseo. Siempre.
Ella le acarició a su vez la mejilla. Luego, con el dedo índice, repasó sus labios, hipnotizada por aquella boca. El corazón parecía latirle en la garganta y la tenía estrangulada tras aquella confesión. Eso significaba que Albert, tal y como su hermana Rosmary ya le advirtió, era un maestro ocultando sus emociones. Por cómo se comportaba a veces, con esa indiferencia helada que tanto detestaba, jamás habría imaginado que pudiera escucharle decir algo parecido.
—Siempre… —repitió en un susurro, como si tuviera que convencerse a sí misma de esa revelación sorprendente.
Albert volvió a besarla con delicadeza antes de separarse de ella. Se subió las calzas y luego la ayudó a recomponer su ropa, tapando sus piernas con la falda. De pronto, parecía avergonzado, y Candy supo enseguida por qué.
—Siempre, como demuestra mi desconsiderada falta de modales.
¿Qué acabo de hacer? —Sentado en el suelo, a su lado, Albert se frotó los ojos con las palmas de las manos—. He arrastrado a mi esposa, a toda una dama, hasta la orilla del lago para poseerla como un animal… ¡tirados en el suelo!
—Albert…
—Lo siento, Candy. Por favor, te ruego que me perdones, no volverá a pasar. —Miraba hacia las aguas del lago, sin girar la cabeza—. Normalmente soy mucho más disciplinado, pero es que contigo… No, no volverá a suceder. Tú no te mereces esto.
—Albert—Candy se sentó a su lado, le pasó un brazo por la cintura y apoyó la cabeza en su hombro—, no me has arrastrado, no me has obligado a nada. Yo también lo deseabas, ¿sabes? Tampoco hubiera podido aguardar hasta la noche. Creo… creo que tampoco hubiera podido esperar siquiera a llegar hasta nuestra alcoba. Ha sido… inesperado. Y, tal vez por eso, también ha sido muy… vigorizante.
—Vigorizante.
Esta vez, fue Albert quien repitió la palabra elegida por ella para describir lo que acababa de suceder. Dejó escapar una risa ronca por la ocurrencia y Candy pensó que Dorothy tenía razón: debía elegir mejor los términos que usaba al hablar de lo que sentía cuando intimaba con su esposo.
Guardaron silencio unos minutos, ella apoyada contra él, sentados en el suelo mientras admiraban cómo la luz del sol rielaba en el lago. La brisa refrescó sus acalorados rostros y el silencio que les rodeaba fue calmando poco a poco los alocados latidos de sus corazones.
La magia de aquel momento se quebró cuando escucharon un extraño correteo. Giraron la cabeza para ver que Trébol, a la que habían olvidado completamente, se acercaba a ellos con los ojos brillantes y la lengua fuera.
—¿Ha estado por aquí todo el tiempo? —preguntó Candy, extrañada.
—No podría asegurarlo… tú ocupabas toda mi atención —le dijo Albert, guiñándole un ojo.
Recibieron a la loba con caricias y Candy se fijó de nuevo en el modo en que el guerrero la rascaba detrás de las orejas. La desazón que la invadía siempre que lo veía hacer un gesto tan familiar regresó a la boca de su estómago. Intentó deshacerse de la sensación y acompañó a Albert cuando se levantó para buscar alguna rama con la que entretener al animal. Cuando la halló, se la dejó oler a Trébol y luego la lanzó lejos para que la buscara.
Candy realizó una brusca inspiración cuando una imagen similar cruzó por su cabeza. Una imagen lejana en el tiempo, pero muy nítida aún en su corazón.
—¿Quieres saber qué otra cosa puede resultar vigorizante? —le preguntó de pronto Albert, mirándola con aquel brillo en sus ojos azules que la desmadejaba—. Ven, pecosa. Descálzate, pasearemos por la orilla del lago mojándonos los pies.
Su expresión, bajo la barba oscura, se volvió traviesa. Si no lo tuviera justo delante de ella, Candy jamás habría otorgado a Albert Andrew, el implacable guerrero que siempre la había atemorizado, esa infantil cualidad. Pero así era. Observó, con el corazón estrangulado por los recuerdos, cómo él le tendía la mano invitándola a compartir aquella aventura.
"Como las otras veces había hecho Anthony. Igual, con la misma emoción en el fondo de sus ojos azules, con la misma sonrisa que siempre la enamoró".
No quiso estropear el momento y se dejó llevar. Puede que solo fuera una ilusión, pero el cálido sentimiento que se extendió por su pecho cuando aceptó su mano y se dejó guiar por él era muy real. Y decidió disfrutarlo y atesorarlo, porque no sabía cuándo volvería a repetirse. La vida le había enseñado una de sus lecciones más duras: jamás debía dar nada por sentado. Tiempo atrás había amado a un muchacho, sin sospechar que algún día sus miradas, sus sonrisas y sus caricias desaparecerían para siempre. Todos los instantes que habían compartido nunca más serían una realidad; solo un sueño… Un precioso y nostálgico sueño que entibiaría su corazón cuando el doloroso vacío que había quedado después de él se tornara insoportable.
Así pues, cogida de la mano de Albert, cometió la estupidez contra la que Dorothy ya le había prevenido.
Volvió a confundir a su esposo con su amor de juventud.
El agua estaba muy fría, pero estuvieron un buen rato caminando por la orilla del lago, seguidos por Trébol. Albert se detenía de vez en cuando, la tomaba por la cintura y la besaba en los labios, o en el cuello, provocando que Candy se estremeciera. Él le hablaba de su hermana Rosmary, de su increíble historia con Ewan Campbell, y Candy la encontró fascinante. A pesar de que a Albert no le había hecho ninguna gracia el modo en que el laird de los Campbell comprometió a su hermana para forzar su matrimonio, ella reconoció que había sido un gesto muy romántico y que Rosmary era una joven muy afortunada.
—Le pegué una paliza que todos en Innis Chonnel recordarán de por vida —se jactó.
—¡Eso es muy cruel! —se horrorizó Candy.
—Ese Campbell la había mancillado y mi deber era cobrar la afrenta en nombre de mi familia.
—¡Pero se amaban!
Albert la miró entonces de una forma extraña. Su corazón se aceleró cuando se acercó para besarla con suavidad.
—Yo no lo sabía —susurró, con la frente apoyada en la de ella. Luego, torció los labios en una sonrisa culpable. —Aunque, creo que, si lo hubiera sabido, habría actuado del mismo modo. No pude soportar la idea de que mi hermana , a la que siempre había visto como a una niña, hubiera sido presa de la lujuria de aquel hombre tan… enorme.
Aquel comentario hizo reír a Candy. Era la primera vez que lo hacía desde que se había casado con él, reírse de una de sus ocurrencias.
—Me gusta mucho tu risa —confesó él, frotando su nariz contra el cuello femenino.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Candy y Albert lo notó.
—¿Tienes frío?
Se miraron los pies, hundidos en el agua, que estaban casi azules. Ella se había recogido la falda hasta las rodillas para no mojársela, y él tenía las calzas empapadas, aunque parecía no importarle.
—Vamos, salgamos para secarnos.
Se tumbaron sobre la hierba y dejaron que el tibio sol de aquella mañana de otoño les acariciara el rostro. Albert buscó su mano y entrelazaron sus dedos mientras disfrutaban del silencio, con los ojos cerrados. Solo se escuchaba el rumor de la brisa sobre las aguas de lago, los jadeos de Trébol yendo y viniendo y el canto de algún pájaro en la lejanía.
"Demasiado familiar".
—Ojalá la vida fuera siempre tan apacible —murmuró Candy, al cabo de un rato.
—Ojalá.
Ella se giró entonces hacia él y se incorporó, apoyándose sobre un codo. Con la otra mano, acarició el pecho de Albert.
—Ayer me dijiste que siempre que yo quisiera, tu también querrías.
Albert abrió los ojos y la miró, entrecerrando los párpados. ¿Candy hablaba de lo que él creía?
—Lo dije, en efecto.
Ella se volvió más atrevida. Su dedo índice se coló por la abertura superior de su camisa y trazó círculos lentos sobre su piel, que reaccionó al momento estremeciéndose de placer.
—¿Y crees que dejaría de ser una dama si te permitiera que volvieras a levantarme las faldas, aquí, ahora, en este momento?
La frase susurrada fue como un latigazo directo a su entrepierna. El cuerpo de Albert se endureció y notó cómo la erección crecía dentro de sus calzas.
—Eres una descarada, pecosa, ¿quién lo hubiera pensado?
Tiró de ella hasta alcanzar su boca para devorarla con avidez. Candy entreabrió los labios, satisfecha al ver la entusiasta acogida de su propuesta. Cuando él se mostraba así de receptivo era tan fácil ser ella misma… Sentía que podía pedirle cualquier cosa, que podía hablar de todo lo que se le ocurriera y que sería escuchada.
"Siempre había sido así con él. Natural como el respirar, y tan adorable…"
—¡Oh, Dios mío, Anthony…! —murmuró contra sus labios, pletórica de felicidad.
Albert tensó todo su cuerpo. Dejó de besarla, la sujetó por los hombros y la separó despacio. Cuando sus miradas se encontraron, Candy se dio cuenta de lo que acababa de decir. Abrió los ojos, horrorizada, y se tapó la boca con las manos.
Pero ya era tarde.
Lo había dicho, y el nombre parecía flotar entre los dos agriando aquel momento.
—Perdóname, Albert. Yo… no sé cómo… Es que tú… y él…
No encontraba ninguna excusa posible. Sus labios temblaban y su corazón se congeló cuando vio el dolor en los ojos azules. Él se puso en pie y se apartó de su lado, como si su cercanía fuera algo insoportable.
—Pensé que solo soñabas con él, pero ahora veo que no.
Ella movió la cabeza, sin comprender. Se levantó también e intentó acercarse, pero él dio un paso atrás.
—¿Qué quieres decir?
—Lo llamas en sueños, Candy. Pronuncias su nombre todas las noches —la voz de Albert sonaba rota y a Candy se le partió el corazón—. Pensé que podría dejarle a él tus sueños ya que yo me había quedado con todo lo demás. Ahora veo que he sido un auténtico necio, porque aquí estás, completamente despierta, deseando que yo fuera él.
Candy estiró la mano intentando acortar el espacio que los separaba. No lo consiguió, Albert volvió a alejarse para evitar su contacto.
—No pretendía hacerte daño. Si he dicho su nombre otras veces, no he sido consciente, y lo lamento…
—No, ya lo sé. No es culpa tuya —Albert miró al cielo y cerró los ojos. Cogió aire y lo expulsó en un hondo suspiro—. La culpa es solo mía. Perdóname tú a mí, Candy, no sabes cuánto lamento que tengas que pasar por esto. Tú amabas a Anthony y aquí estoy yo, con su misma cara, pretendiendo robar algo que no era mío.—Volvió a mirarla, y esta vez sus ojos no estaban velados con la fría escarcha que los cubría cuando se mostraba indiferente. Sin embargo, para Candy fue peor, porque tenían el brillo apagado de una tristeza profunda y esencial—. Ojalá la vida fuera más apacible, Candy. Ojalá mi hermano estuviera vivo… Yo también lo hubiera dado todo por que así fuera.
Sin más, echó a andar de regreso a la aldea. No la esperó, sus zancadas eran largas y decididas, y ella solo pudo caminar detrás de él acompañada por Trébol. Mientras observaba su ancha espalda alejarse cada vez más, su mirada se enturbió. Se llevó una mano temblorosa a la mejilla y se sorprendió al encontrarla húmeda.
Ni siquiera sabía cuándo había empezado a llorar.
CONTINUARA
Esta relacion se va a pique... el no es sincero y ella por Dios, ya deja al muertico enterrado bajo tierra, respeta a tu marido, esto ya me tiene confundida.
Aby
