Título: BELLUM
Autora: Clumsykitty
Fandom: MCU, AU (universo alterno)
Parejas: Thorki, Stony principalmente.
Derechos: Nah, Marvel como siempre se lleva todo.
Advertencias: algunos nombres han sido alterados por locuras de la autora, otros nombres son retomados de sus originales históricos sin relación alguna con éstos. Por si alguien se lo pregunta, esta historia se halla inspirada en esa hermosa como tormentosa saga llamada Juego de Tronos (los libros) del gordito más temido, George R.R. Martin. Ojo, basada no igual.
Bellum. Guerra (latín).
Gracias por leerme.
Veinte. Profecías y Juramentos.
Makes me that much stronger
Makes me work a little bit harder
It makes me that much wiser
So thanks for making me a fighter
Made me learn a little bit faster
Made my skin a little bit thicker
Makes me that much smarter
So thanks for making me a fighter
Fighter, Christina Aguilera.
-¿Lo huelen? ¿Pueden alcanzar a percibirlo?
Petya se apoyó sobre los estribos, levantándose para olfatear en el aire, volviéndose a Wayde quien se había detenido con su caballo.
-Cenizas… humo…
-La Orden de la Moneda está atacando el Sur.
-¿Por qué primero el Sur? –quiso saber Anthony, apretando sus riendas.
-Porque el rey trajo a la Orden Escarlata al Hijo del Hielo del Norte, fue como ponerle un jugoso pedazo de carne a perros hambrientos. Van a entrar por ahí, ya no se andarán con trucos y máscaras.
-Debemos ir hacia allá.
-Mi señor –Petya miró angustiado al príncipe- Ya escuchó a Wayde anteriormente, la reina está buscándole, es mejor…
-¡No! –el joven Stark tomó aire, sacudiendo su cabeza- Lo siento, Petya, no puedo dejar solo a Loki. Este mercenario ya nos dijo lo que son capaces esos monstruos.
-Este mercenario también mencionó su nombre.
-Pero Su Majestad está más cerca.
-No puedo. Y es mejor, mi madre puede alcanzarnos, debe venir con sus mejores Lobos de Hierro, no hay Sureños rivales para ellos.
-Arriesgado –comentó de nuevo Wayde.
-De acuerdo, Alteza.
-¿Qué no me escuchan?
-Puedes largarte a donde te plazca –Anthony se volvió al mercenario- Eres libre. Salva tu pellejo.
Petya miró a Wayde apretando sus labios, ya no podían retenerle más, había cumplido su palabra de llevarlos por los caminos abandonados del Sur en dirección hacia los Campos Nublados, igualmente abandonados para huir hacia el Norte, evadiendo las guardias como pueblos donde pudieran reconocerles. Estaban todavía lejos de las islas de la Orden Escarlata pero si cabalgaban sin parar llegarían a enfrentar a la Orden de la Moneda con sus Adoradores de la Sangre. Wayde cruzó una mirada con el chico, chasqueando su lengua.
-Nunca llegarán a tiempo, los llevaré por un atajo.
Anthony entrecerró sus ojos, mirando al muchacho como al mercenario, rodando sus ojos antes de azuzar a su caballo en la nueva dirección que tomaron. Habían cambiado ya sus caballos por unos más frescos, no dudaba que harían lo mismo una vez que pudieran tocar alguna villa o encontraran algunos corceles descuidados. No eran las maneras que le agradaran al príncipe más todo eso quedaba en último lugar ante la zozobra que inundaba su corazón por el peligro que rodeaba a Loki. Empezaron a ver unas colinas pronunciadas con campos verdes, cabalgando a toda prisa hacia ellas con la vista fija al frente. El joven Stark escuchó un trino que hizo dar un vuelco a su corazón, desviando su mirada de aquel paisaje hacia donde Passer que llegó volando hacia él, quedándose sobre su hombro, gorgoteando algo desesperado.
-No puedo –Anthony sintió sus ojos rozarse- Dile que no puedo… tengo que salvar a Loki… lo siento, lo siento tanto… yo…
El príncipe negó, quitándose al gorrión de su hombro, agitando las riendas del caballo con dientes apretados. Petya silbó, llamando la atención de los otros dos, señalando a lo lejos unos banderines ondeándose al viento. Frunciendo su ceño, el Príncipe Stark hizo sus cálculos. Si estaba en lo correcto, estaban pisando los territorios de la Provincia Barnkley, el símbolo que ostentaban aquellos banderines no eran de la familia del Comandante Real, pertenecían a alguien más. Maldijo su mala memoria para ello, extrañando a su amigo Brux Bann quien seguramente los habría reconocido, más lo importante era acelerar su carrera porque los habían visto y su Claymore como su armadura eran más que suficiente para identificarlo como un Lobo de Hierro. Trompetas y ladridos de perros les dejaron saber que iban tras ellos, iniciando una persecución furiosa por aquellos verdes campos.
-¡Vamos! ¡Vamos! ¡Los caballos resistirán! –animó Wayde.
Aceleraron al subir por una de las colinas, torciendo a una señal de Wayde para despistar a los perros que les lanzaron, entrando por un bosquecillo de bajos como delgados árboles de troncos blancos por los que zigzaguearon hasta dar con un ancho río de corrientes bajas que cruzaron a toda prisa, levantando una estela de agua a su paso. Los ladridos de los perros se alejaron pero no a suficiente distancia, les alcanzarían si cruzaban el río. Anthony tomó su Extremis, ondeándola al viento antes de enterrarla en el suelo, haciendo que la fricción con las rocas del suelo y el pasto que no eran tan verde en ese terreno crearan un fuego suficiente para una columna de humo distractora a los olfatos de los canes. Petya sonrió a su señor, asintiendo mientras continuaban la cabalgata hacia otra de las colinas que atravesaron sin que hubiera más persecutores de momento, sin confiarse al momento de entrar a una hectárea de pasto verde y húmedo con flores de todos colores ondeándose ante un viento con sabor salado que le dijo al príncipe que estaban acercándose a una parte de la costa sur de la provincia.
-¡No bajen la velocidad! ¡Sigan!
Los caballos ya sudaban profusamente, comenzando a quejarse de semejante esfuerzo. Anthony extrañó a La Marca pero no había más remedio, probablemente los pobres animales quedarían lastimados por la carrera, de corazón pidió a Gaia que no fuese así. El camino fue de descenso a veces pronunciado, dejando ver kilómetros a lo lejos un barco que el Lobo de Hierro reconoció como uno perteneciente a la flota del Halcón Mercenario. Gruñó mirando al Asesino sin Rostro pero éste miraba hacia el frente, seguramente buscando señales de advertencia. No era extraño que estuviera en alianza con aquel otro mercenario pero no era del agrado del príncipe desde que terminara en manos de aquel hombre. Volvió su mirada hacia el distante navío, aceptando el hecho de que un barco sería más rápido que ellos buscando atravesar ciudades y pueblos Sureños en dirección a la Orden Escarlata atiborrada de caballeros como de sicarios de la Fe Verdadera.
Sus oídos adiestrados le permitieron reconocer un silbido muy distante que fue aproximándose hacia ellos a gran velocidad. El castaño levantó su vista al cielo, buscando con ojos bien abiertos la flecha lanzada desde muy lejos, apenas si viendo un punto en el cenit que hizo un arco en dirección hacia los tres. Apretando los estribos con las riendas agitándose, apenas si pudo alcanzar el caballo de Petya, aventándole con su propio corcel. La flecha cayó en el suelo muy cerca de la pierna del Príncipe Stark quien jadeó, intercambiando una mirada con Wayde y el chico. No iba a ser tan fácil la llegada a donde el barco cuya distancia ahora se les antojó imposible de alcanzar. Anthony les hizo un gesto para seguir, no tenían más remedio que cabalgar en línea recta porque los caballos estaban tocando su límite.
Otros silbidos rozaron las colas de los animales en tanto alcanzaban el páramo que unía los campos verdes con la playa de arenas blancas con el mar turquesa tranquilo donde se mecía el navío del Halcón Mercenario, era nada menos que el Redwing. El caballo de Petya lanzó un quejido antes de caer muerto por esfuerzo, tirando a su jinete quien rodó por el suelo. Wayde fue quien le rescató, inclinándose sobre un costado para levantarle con un brazo tomándole por la cintura. Una flecha cayó justo en el hombro del mercenario quien maldijo con un grito pero no soltó al muchacho, subiéndole consigo con un jadeo. Anthony miró hacia la dirección de donde provenían las flechas pero no veía nada tras los riscos, estaban demasiado lejos y eran excelentes arqueros. Siguieron con la carrera. Dos flechas más trataron del alcanzarles, una rozando una pata del caballo del joven Stark, mirando hacia el frente, todavía estaban lejos de su meta.
Fue el caballo de Wayde quien por el peso y esfuerzo también se dio por vencido, cayendo muerto por agotamiento. Una flecha casi toca la cabeza de Petya al caer, otra más atravesó el cuello del corcel del príncipe, terminando en el suelo con los otros dos. El Asesino sin Rostro estaba sangrando profusamente del hombro pero alejó toda mano que quiso ayudarle, haciendo un gesto para seguir la carrera a pie o iban a matarlos con esas flechas mortíferas. No tuvieron más remedio que hacerlo, dejando atrás los buenos caballos que les habían dejado lo más cerca posible. Afortunadamente al frente comenzaban las rocas salientes de la costa que les sirvieron de escudo ante los ataques lejanos, cubriéndose tras ellas en su frenética carrera. Una vez que estuvieron sobre la playa, flechas del Redwing les cubrieron su última carrera al entrar por las aguas tibias, viendo manos tendidas hacia ellos con cuerdas para subir.
Los tres cayeron sobre el suelo de madera una vez que estuvieron dentro del barco, recuperando sus alientos. Wayde pidió que les llevaran de inmediato donde la Orden Escarlata. Anthony le escuchó, entreabriendo un ojo para ver a Petya solicitar auxilio para el mercenario. Un hombre de piel oscura como Tarhan estaba a su lado, vestido con las ropas del Este pero con cuchillos, dagas y espadas cortas en brazos, cintura y muslos. El Halcón Mercenario. Las velas se extendieron con más flechas de arqueros ahuyentando a quienes les estuvieron persiguiendo, dejándose sentir el vaivén del navío al entrar a aguas más profundas. Una mano del Halcón se tendió hacia el Príncipe Stark quien miró fijamente al hombre.
-Samry Willham, Halcón Mercenario del Archipiélago Este –dijo éste.
-Servidor leal del Rey del Sur.
-Como Tarhan al Norte, estamos a mano –sonrió el mercenario- Tuvieron una suerte envidiable al escapar de esas flechas.
-¿Qué quién eran?
-Familia Crane –contestó el Halcón, ordenando ir más aprisa- Leal a la Fe Verdadera.
-Estoy comenzando a odiar ese nombre.
-Somos dos.
-¿Cómo es que alguien del Este no está a favor de sus sicarios?
-Por esa misma razón, no creo en el derramamiento innecesario de sangre para devolverle lo imposible a una entidad igualmente irreal.
-Vaya –Anthony le miró de arriba abajo- Quien dijera.
-La guerra no deja a la gente conocerse a profundidad, Su Alteza. ¿Podemos atender al Asesino sin Rostro?
-Adelante.
El Príncipe Stark dejó que Petya acompañara a Wayde luego de haberle rescatado a costa de recibir esa herida en su hombro donde tiempo atrás un lobo guardián le mordiera. Parecía que ese asesino estaba destinado a recibir marcas de los reinos en ese mismo lugar, cosa que le hizo sonreír apenas, mirando hacia la proa mientras el Redwing navegaba a toda velocidad, cruzando las costas de la Provincia Barnkley para doblar hacia el norte en dirección hacia el golfo donde se hallaban las islas de la Orden Escarlata. El Halcón Mercenario dio las instrucciones precisas porque una vez que giraran hacia las islas, estarían a la vista de los barcos de guerra de la Orden de la Moneda, el enfrentamiento era seguro como agresivo. Anthony meditó unos momentos antes de pedirle al capitán del Este que le dejara lo más cerca posible de las islas, con un caballo prestado para adentrarse en los territorios de la Orden.
-¿Cómo piensa Su Alteza entrar a la Orden?
-Me las arreglaré.
Sam negó con una sonrisa. –De acuerdo, Lobo de Hierro, que la sangre Stark haga sus heroísmos una vez más.
Sintiendo el golpe del viendo en los rostros, todos los marineros se concentraron en las velas y amarres para darle mayor velocidad al Redwing con un aroma a cenizas cada vez más penetrante. Columnas de humo negro se dejaron ver una vez que alcanzaron la punta del territorio Barnkley donde giraron hacia el norte. El corazón del joven Stark latió aprisa al percibir el inminente peligro que los Adoradores de la Sangre traían consigo, enmascarados como la Orden de la Moneda, atacando sin piedad unas islas que carecían de guerreros adiestrados para defenderles, eran solamente fieles servidores de la Estrella de Cinco Puntas que no sabían más que orar y sembrar sus campos con que sustentarse. Los acribillarían antes de ponerse a salvo… a menos que Steven ya hubiera concentrado fuerzas ahí de contraataque, cosa que dio por sentado el príncipe, si conocía bien al Rey del Sur como pensaba que lo hacía.
Las columnas de humo se multiplicaban igual que el fuego comenzando a ganar altura alrededor de las casas y castillos que rodeaban las torres de la Orden Escarlata. Anthony pidió su caballo una vez que pudieron alcanzar una de las playas, evadiendo una de las lenguas de fuego, la primera de muchas. Cabalgando a toda prisa, el Lobo de Hierro tomó su Claymore que ondeó al aire con la mira en el puente que cruzaba hacia la primera de las islas. Evadió los ataques de los barcos marrones, saltando sobre obstáculos y llamas nacientes con las herraduras del corcel resonando contra los maderos del puente que se meció ante la sacudida de las olas por todo aquel ajetreo causado. Gritos de los adoradores se dejaron escuchar entre estallidos de techos o paredes junto con el choque de espadas y escudos contra las armas extrañas que los Adoradores de la Sangre traían consigo, hechas de metal oscuro con refuerzos de piel trabajada.
El Príncipe Stark miró hacia la primera torre que caía en esos momentos envuelta en una columna densa de humo y fuego. Ahí no podía haber estado Loki, debía ser la Torre de las Penitencias que si recordaba bien las palabras de Petya era una de las más centrales a la cúpula principal. La mirada del castaño buscó con desesperación entre los escombros y el caos, ignorando a los feligreses que le señalaban entre gritos o los primeros caballeros del Sur, más ocupados en rechazar a la Orden de la Moneda que a un solitario Norteño montado en un garañón del Este. Pronto vio la torre que buscaba, trepando por una escalera en dirección a un acueducto que conectaba con la siguiente construcción, pasando entre saltos encima del mar oscureciéndose por la sangre derramada. Una lengua de fuego atacó, desequilibrando el acueducto y obligando al caballo de Anthony a saltar en vez de correr, alcanzando por nada la orilla donde casi resbalaron ambos.
Mientras tanto, la Penta Vanda había encontrado al hechicero que trataba de sacarse las envenenadas flechas de su cuerpo sin conseguirlo al ser demasiadas, de rodillas sobre aquel muro superior del castillo donde había caído igual que ella junto con el Gran Duque quien la había dejado para abrirle el portón a una segunda Legión de los Cielos que aparecía a tiempo. La joven se acercó decidida hacia el ojiverde, a expensas de recibir un ataque con sus manos tomando una de las flechas clavadas en uno de los brazos del Hijo del Hielo, quien rugió levantando una mano para dañarla, quedándose en el aire al ver que la novicia tiraba con éxito de la flecha, murmurando oraciones para sanar su herida.
-¿Qué crees que haces, niña?
-Corregir mis errores.
Loki resopló, frunciendo su ceño, apretando los dientes al sentir más flechas ser extraídas.
-¿Crees que esto aliviará tu culpa?
-Tal vez, eso no me importa –Vanda contuvo unas lágrimas- Solo sé que hice mal en hablar de ti, ahora debes volver a tu tierra y proteger a los tuyos. Nosotros ya no tenemos más fe.
El hechicero se quedó callado, dejando que la joven terminara más percibiendo de ella la tristeza de saber que todo en lo que había creído con devoción había sido una mentira elaborada por seres ansiosos de venganza de los cuales fue un títere que les señaló los puntos débiles de cada reino.
-La Estrella de Cinco Puntas es real –musitó Loki- Igual que tú.
Vanda le miró, apretando una sonrisa. –Ya no sé quién soy.
-Eres una niña tonta pero eres libre.
-Listo –la chica rasgó sus hábitos para vendar las heridas más severas- Puedes irte.
-Después de ti, aquí nada puedes hacer porque esto es ahora asunto de armas y sangre. La inocencia no tiene cabida en este lugar.
La joven le miró unos momentos antes de asentir, dándose media vuelta para huir de ahí. El ojiverde alzó una mano, abriendo un túnel por entre los muros caídos para que ella pasara, dejándolos caer después de que ella los cruzó. Se volvió hacia los barcos a lo lejos, entrecerrando los ojos. Unos pasos se acercaron a él, no se volvió porque reconoció aquellas pisadas que le trajeron una sonrisa maliciosa.
-Hay que reconocer la terquedad de Dzor Odinson para rehusarse a la muerte…
Al menos cincuenta sicarios de la Orden de la Moneda vinieron al encuentro del Lobo de Hierro que cayó en el patio que resguardaban. Extremis ondeó al aire cobrando la vida de sus primeros oponentes, iracundos como suicidas, con sus armas mecánicas distrayendo por unos momentos al príncipe quien se recuperó a tiempo, abriéndose paso con la ayuda del caballo que no cedió ante los cortes y gritos de los Adoradores de la Sangre sobre su cuerpo pese a que Anthony le protegía lo más que podía. Los dos cayeron al suelo cuando el animal ya no pudo más, dejando que el joven Stark le vengara cortando las cabezas de los asesinos más cercanos. Una veintena quedó viva, rodeando al Lobo de Hierro quien entrecerró sus ojos, con su respiración agitada, preparándose para el embate multitudinario que no se hizo esperar. Caballeros Sureños llegaron a unirse, permitiendo que el castaño pudiera seguir su camino, entrando por la puerta en llamas de la torre y comenzando a subir, atravesando con su mandoble los cuerpos de más sicarios.
Llegó hasta la parte más alta, ya sin techo con la evidencia de una explosión de clase diferente porque no había fuego ni aroma a cenizas ahí, más bien era el conocido olor del Bosque Sagrado, de plumas de cuervo, algunas sobre el suelo cual mudos testigos de la estancia de Loki en ese lugar. Notó los grilletes hechos trizas igual que las cadenas rotas. Pero no había rastro del hechicero por ningún lado. Anthony miró hacia donde los barcos, con un día que comenzaba a morir pero no así la batalla que aún parecía lejos de terminar. El incendio en las islas estaba cobrando mayor viveza, destruyendo aquellas viejas construcciones junto con los inocentes que no alcanzaban a escapar de las garras de la Fe Verdadera. Sintió desesperar al no saber qué hacer en esos momentos, dónde buscar o a quién pedir ayuda para encontrar al ojiverde.
-Anthony.
Se giró de golpe al escuchar la voz de Steven, sin haberle escuchado acercarse. El rey tenía un aspecto peor que él, desaliñado con su armadura maltrecha y manchada de sangre, lodo y ceniza, opacando su noble brillo. El rubio ya había perdido su yelmo, aparentemente, sus cabellos estaban despeinados, tenía cortes en el rostro con moretones pero su mirada aún era firme igual que toda la expresión de su figura, sosteniendo su escudo en su brazo izquierdo y una espada escurriendo sangre en la mano contraria.
-Loki… -fue lo único que el joven Stark atinó a decir, sintiendo un nudo en la garganta.
-Debió escapar, esta parte de la torre estalló antes de que la Orden la alcanzara –respondió Steven mirándole fijamente antes de desviar su mirada- No permitiré que le lastimen.
Anthony respiró hondo, apretando su Claymore. –Lo siento.
-¿Por qué?
-Steven…
-Debes marcharte, Malle espera que la alcances en los Campos Nublados.
-¿Qué…? –el príncipe levantó su mirada, confundido y asombrado- ¿Desde cuándo ustedes…?
-Si quieres confundir al enemigo, primero debes confundir a tus amigos –respondió el Sureño, mirando alrededor- Ve con ella, Anthony, yo me encargaré de la Fe Verdadera. Con suerte, Loki ya ha regresado al Norte.
Permanecieron en silencio, Steven mirando hacia el precipicio con estallidos alrededor, gritos de desesperación de un lado y órdenes del otro. El castaño le miró fijamente, juntando sus cejas apenas antes de ir en zancadas hacia él.
-No vas a morir.
-El Trono de Oro siempre reclamará la vida de un Roggers, no es algo en lo que yo tenga poder.
-No.
-Vete ya, Anthony, cubriré tu salida.
-No.
El Rey del Sur se giró, mirándole desesperado. -¡Vete!
-No –un par de ojos castaños se clavaron en el rostro de aquél- Mi lugar está aquí, junto a ti.
Steven se quedó boquiabierto unos segundos antes de sonreír, con el brazo que sostenía su escudo rodeó al príncipe, atrayéndole hacia él en un fuerte abrazo que fue correspondido, seguido de un beso arrebatado, reconciliador. Anthony le sonrió, levantando una mano para acariciar su rostro sin decir palabra alguna, únicamente con esa mirada que habló por él. El castillo cercano a la torre que comenzaba a rodearse por fuego estalló súbitamente sin que alguna lengua de fuego le hubiera alcanzado, llamando la atención de ambos, girando su rostro en aquella dirección. De entre las pesadas columnas de humo y el fuego más feroz vieron aparecer un par de alas negras que apagaron aquel incendio al aletear, elevándose en el aire. Un par de ojos verdes aparecieron, mirando hacia la torre donde se encontraban, contemplando a un Lobo de Hierro envuelto por un escudo con la Estrella de Cinco Puntas.
-Loki… -jadeó el Príncipe Stark, abriendo sus ojos de par en par.
Aquél lanzó un rugido, girándose bruscamente en dirección hacia los barcos de la Orden la Moneda que concentraron sus ataques sobre el dragón negro volando sobre ellos. Fuego verde consumió un tercio de aquella flota, recibiendo una lluvia de flechas que rebotaron contra sus duras escamas, siendo suplantadas por lenguas de fuego y arpones de metal negro. El dragón aulló de dolor, destrozando con garras y colmillos el resto de los navíos de forma desesperada. Steven tiró de la mano del castaño, pues le fuego subía por la torre, no podían bajar ya por las escaleras, así que, abrazando al joven Stark, se lanzaron sin más hacia el duro suelo metros abajo con el escudo como protección ante la caída que ambos supieron sortear, rodando para amortiguar la caída.
-¡Caballeros! –gritó el Rey del Sur cuando pudieron alcanzarlos- ¡Vengan conmigo! ¡Nadie agrede al Reino Sur y vive para contarlo!
-¡LARGA VIDA AL REY! ¡VIVA EL REINO SUR! ¡VIVA LA ESTRELLA DE CINCO PUNTAS!
-Viva el Reino Norte –sonrió Steven, mirando a Anthony a su lado, quien bufó ante su comentario.
-¡JAMÁS NOS RENDIREMOS!
Un escudo y una Claymore pelearon como una sola arma, arrasando con el grueso de sicarios de la Fe Verdadera que azotaban aquella parte de las islas, buscando llegar donde el dragón, atrayendo la mirada de los navíos al ver que sus fuerzas comenzaban a retirarse ante lo que parecía una fuerza imbatible. Pronto, aquella súbita muestra de coraje por parte del Rey del Sur trajo el coraje que el ataque tan inesperado de la Orden de la Moneda había mermado, corriéndose la voz entre los caballeros, comenzando a moverse como uno solo. El fuego verde hizo explotar los últimos barcos marrones, agitando el mar que se estrelló con violencia contra los peñascos de las costas. Loki se volvió una vez más hacia donde el brillo inconfundible de un mandoble del Norte, acompañado del destello dorado de un escudo. Rugió por última vez, hundiendo el barco entre sus garras del que se había sostenido para volar hacia lo alto de un cielo que comenzaba a oscurecerse, partiendo en dirección hacia el Norte con nuevas heridas en el cuerpo.
Solamente quedó el resto de los Adoradores de la Sangre en las islas, peleando no para ganar sino para cobrarse cuanta vida pudieran, sabiendo que no había retorno al Este por el dragón que había destruido sus barcos. Cuerpos de los sicarios fueron cayendo al mar conforme los Sureños fueron acorralándoles. Steven y Anthony se toparon con el grupo más numeroso cuyas armas mecánicas fueron un problema a vencer. La legión que el Gran Duque Odinson comandaba se unió al grupo cada vez menos numeroso del Rey del Sur, a quien vio a lo lejos peleando codo a codo con el menor de los hijos de la Reina Stark. Una visión que jamás creyó contemplar. Dzor miró su martillo como su escudo, apretando el primero al recordar unas palabras, un juramento no hace poco hecho, oculto entre el caos y el fuego.
-¡DZOR! –escuchó el llamado de Steven a lo lejos.
El Señor del Martillo pasó saliva, mirando al suelo, escuchando el choque de espadas, los gruñidos y maldiciones, los chasquidos de aquellas armas extrañas como letales ansiosas de sangre y vidas. Había prometido algo con todo su corazón y quizá de forma apresurada más no falta de sinceridad, pero el ver a su rey combatiendo a un imposible número de rivales sin temor gracias a la compañía de un Lobo de Hierro trajo a su mente una epifanía imposible de lograr en tales condiciones. Loki se había marchado ya, estaba a salvo, no tenía que preocuparse por ello. Era libre de nuevo para proteger su tierra como su legado. Dzor negó apenas, cerrando sus ojos. No podía cumplir su promesa porque era romper con todo lo que él era y todo lo que él era precisamente representaba lo mejor que podía darle a ese imposible hechicero.
-¡DZOR! –llamaron al unísono Sir Fandral y Lady Sif.
-Si dejara de ser yo, Loki, dejaría entonces de amarte –susurró- Lo siento.
La cadena dorada que sostenía el poderoso martillo chasqueó al ser liberada, seguido del silbido en el aire del arma al que estaba adherida y que buscó las cabezas de los sicarios tratando de arrebatarle la vida a Steven Roggers como a Anthony Stark. Esa noche la recordarían en los cantos y baladas posteriores como la Noche de los Relámpagos, pues una tormenta de éstos cayó sobre las islas en la última batalla que la Fe Verdadera tuviera en ese sitio, enfrentando todo el poder del Señor del Martillo como si fuese un dios brotado del fuego y quien barrió prácticamente con cada uno de los asesinos hasta que al final no quedó ninguno, permitiéndose al fin caer al suelo por las graves heridas recibidas pero que jamás menguaron su voluntad de mostrar que era el digno caballero del Sur, fiel protector de su reino, amigo leal y hombre que jamás permitiría que la maldad manchara aquello que era bueno.
-¡DZOR! ¡NO! ¡DZOOOR!
