ReCap:
El título no coincide con el original, que era algo así como "Sovietland", supongo que el juego de palabras era estúpido, sin contar con que Polonia no era La Unión Soviética XD
"Nieoczekiwani nowi przyjaciele" viene a ser "inesperados nuevos amigos". Antes el capítulo se llamaba de otra forma, pero no sé de dónde saqué el nombre, porque no hay manera de que la traducción tenga sentido. Así que ha pasado de "Sovietland" a "Casi soviéticos (?)" a "inesperados nuevos amigos". Creo que ha sido el título con más cambios que he visto, y mucho menos que recordaba.
En fin, ¡disfruten!
ADVERTENCIA: HETALIA NO ME PERTENECE.
21-Nieoczekiwani nowi przyjaciele
1956 - Września, Wielkopolskie, Polska
La Luna ya estaba en lo alto. La temperatura, en cambio, en lo más bajo posible. Elias paseaba, con un sueño que le empujaba a tumbarse en un callejón y dormir, y con un miedo que le impedía hacerlo.
Además, estaba congelado, y Alemania le había advertido siempre de lo peligroso que era mezclar sueño y frío; la gente moría por ello. Aunque se encontrasen en pleno junio, Elias quería tomar todas las precauciones posibles. O, al menos, las que no tomó en su momento.
Pasó por un cruce de cuatro calles, con una simple camisa para mantener el calor. Como pueblito que era, ese sitio no estaba muy bien iluminado, así que las sombras que vio al llegar habían ido creciendo, y le acechaban en cada esquina como perros hambrientos.
Llegó al centro del cruce, uno de cientos, con una farola que alumbraba débilmente el encuentro de calles. Analizó cada dirección, pero ninguna le pareció mejor que otra. Todas estaban en penumbra, sin un alma que las cruzara.
Espera, algo se movía en una. La que estaba a su derecha. La observó minuciosamente.
Una figura se acercaba por ella. Desde la distancia solo parecía una sombra de muchas. Pero se movía de verdad y tenía una forma indudablemente humanoide. No apreció sus facciones, si era hombre o mujer, o si venía deprisa o despacio. Solo que era alguien, o algo, y que le daba miedo. Mucho miedo.
Salió corriendo por la calle opuesta por la que ese tipo venía. La oscuridad se lo tragó, pero en ese momento le importaba poco. Se volvió a perder por el pueblo, metiéndose por cualquier camino que veía. Con la adrenalina, al menos, ya no tenía tanto frío.
Tardó varios minutos en dejar de correr. En algún momento, su mente le hizo recapacitar en que, fuera quien fuera quien le estaba siguiendo (si es que le estaba siguiendo), ya le habría perdido el rastro.. Se apoyó en la pared de una casa, jadeante. Ahora estaba en otro cruce, de tres calles. Miró a las dos que tenía en frente. Ninguna persona extraña por la izquierda, ninguna por la derecha. Perfecto.
Entonces un escalofrío recorrió su espalda. Alguien le observaba desde algún lugar, estaba seguro. Se giró lentamente hacia la calle por la que había venido.
Y por allí se aproximaba. La sombra. Andando a pasos acompasados y tranquilos.
Elias no lo pensó dos veces y salió corriendo. Atravesó un entramado de edificios, tan veloz como podía ir un niño que dudaba adónde ir a cada paso, hasta llegar a una plazoleta. Miró a su alrededor, exhausto. Varías calles acababan allí. Las investigó meticulosamente.
Nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Sombra.
¡¿Otra vez?! Era la misma figura, acercándose por esa calle con elegancia. No la distinguía bien, pero había un brillo verde donde debían de estar los ojos y parecía que sonreía. Tenía pelo largo.
¿Una mujer? Todo se hacía tan raro...
Dejó de pensar y salió corriendo por una calle aleatoria. Ahora sí que estaba seguro de que la sombra le perseguía, porque se la encontraba cada dos por tres. El corazón le iba a mil por hora, y ya buscaba desesperado cualquier sitio donde esconderse. Giraba una esquina, y allí estaba, corría un par de calles y se lo encontraba de frente. Cuando creía que lo había perdido, aparecía por donde fuera.
Llegó al final del pueblo. Miró frustrado como solo había campos y campos que se extendían hasta donde alcanzaba a ver, que con la oscuridad no era mucho. Se quedó quieto, intimidado por el cultivo de cereales que se movía con el viento. El silencio sepulcral le daba un toque de película de terror único.
Entonces se dio cuenta de que alguien se acercaba detrás suya. Los pasos de la sombra sonaban mortalmente cerca. Se fue a girar, completamente aterrorizado, pero alguien le alzó del suelo antes de que pudiera.
– LASS MICH LOS!*–gritó a los cuatros vientos, pataleando con fuerza.
– O sea, pues deja de correr.
El chico parpadeó un par de veces. Esa voz no era la de un monstruo que perseguía niños. Era más bien la de alguien que trabajaba para Coco Chanel.
Como no se movía, su captor le dejó en el suelo, y el chico se giró rápidamente, alejándose un par de pasos. Era la sombra, pero aunque a primera vista le hubiera parecido una mujer, estaba claro que era un hombre. Tenía ojos color verde oscuro y pelo rubio.
– Como que eres el primer niño que corre de mí, ¿sabes? –comentó el hombre entre risas, con los brazos en jarras, en una pose muy poco amenazadora.
Bien visto, ese tipo no daba miedo para nada. Más bien daba risa, con ese acento y esa cara. Elias se relajó un poco, pero permaneció alerta.
– … ¿Por qué me persigues? –acertó a preguntar el chico, y notó su voz temblequear y la garganta ardiente de llorar. Exactamente lo que no quería.
– ¿Y por qué huías? –opinó el hombre a su vez. El niño estaba cada vez más confundido– ¡O sea, No me mires así! –rió, haciendo un gracioso movimiento de mano– Aunque la verdad es que así he podido reconocerte más fácilmente. Tú eres el tal Eliasz, ¿no? –dijo, mirándole de arriba a abajo con una mano en la barbilla– ¡Como que qué bonito colgante! –saltó al ver la estrella de cristal que el niño llevaba al cuello, acercándose al chico, que dio un respingo y unos pasos atrás– Pero deja de huir, que no te voy a hacer nada –se quejó, pasándose una mano por el vuelo de su pelo con elegancia. A Elias le recordó a Francia, lo que hizo que se relajase un poco más.
El hombre se alejó del pequeño y se apoyó en una pared, observándole con una risa contenida.
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Desde luego, esa unión era graciosísima, y no como la seca de Sveta. Si hasta le tenía miedo y todo.
– ¿Por qué sabes mi nombre? –le preguntó Elias. Le miraba a los ojos, pero temblaba ligeramente.
– Me ha llamado el n... Alemania, para que vaya a por ti –se corrigió. Le había perdonado, tendría que esforzarse en ser educado– Soy Polonia, ¿al que siempre destroza? Pues ese –vaya, la educación al garete.
– ¿Polonia? –el chico le miró asombrado– ¡Tú eres de La URSS!
– O sea, ¿no me digas...? –opinó, divertido. El pequeño le miraba como si hubiera descubierto una nueva especie– Tampoco soy tan de allá. Satélite es como me llaman.
– Pero... ¿por qué has hecho algo que te ha pedido él? Es decir, estoy agradecido pero... ¿no os lleváis mal? –le miró extrañado.
¿Mal? Mal era un eufemismo. Polonia empezó a reírse, sorprendiendo al pequeño. La cara confusa e inocente de Elias... Se parecía a Lituania. Era tan divertido...
– Como que claro que nos llevamos mal. Es más, muchas veces ha estado a punto de matarme –admitió–. Pero tú eres un niñito perdido, ayudarte es, o sea, sentido común; y yo soy comunista... –rió ante la evidencia– Ay, qué chiste más malo…
– Entonces estoy en Polonia, y Lud te ha llamado para... ¿qué?
– Para hacer turismo aprovechando tu inesperada estancia aquí, por supuesto –el niño parecía con cara de creérselo–. Para asegurarse de que vuelves a Berlín, chico. Están super preocupados por allí.
– ¿Se fía de ti?
– Como que eso duele. ¿Acaso no parezco alguien de confianza? –dijo, dando vueltas como para que le viera bien– O sea, ¡se fiaría mil veces más de mí que yo de él, tenlo por seguro!
El niño seguía en una posición recelosa, pero parecía mucho más relajado. Polonia sonrió y le observó detenidamente. La verdad es que a primera vista no hubiera apreciado que era una unión, pero ahora que lo miraba bien, como reaccionaba y todo... Sveta se parecía bastante. Los dos tenían agallas, y hacían amistad fácilmente. No sabía si éso era un echo entre las uniones o casualidad.
Pero luego había grandes diferencias. La chica no se habría asustado de él, es más, le habría atacado. Y no hablaría tanto... Claro, que eso debía de depender de los países que la compusieran. Sveta tenía esa aura de Bielorrusia tan terrible cuando se enfadaba, y podía copiar la sonrisa del ruso a la perfección, y también podía actuar de esa forma tan tenebrosamente infantil. Luego se preocupaba por todos, como Ucrania. Y los bálticos la habían dado un poco de tranquilidad y paciencia a su personalidad. ¿Y que tendría Sveta de polaca? Ah, la gustaba el paluszki y los ponis. Seguramente eso sería porque siempre le hablaba de eso, pero si no, no sabía en qué coincidía con la chica. Aunque tampoco él era precisamente de la unión...
Y los países que representaba el pequeño Elias... No sabía cuales eran, pero de Alemania solo tenía la cara, rubio y de ojos azules, porque su personalidad era completamente diferente. ¿Y era cosa suya o tenían un rulito saliendo de un mechón del flequillo? Eso sin duda era de los Italias. Pero ya no se le ocurrían más.
Suspiró. Era demasiado tarde para jugar a encontrar las siete diferencias. Miró al pequeño de reojo. Tiritaba un montón. ¿Cuánto tiempo llevaría vagando por las calles?
Se quitó la capa de su traje militar.
– O sea, pero que pálido estás, ¡te va a entrar hipotermia a este paso! O sea, ni que estuviéramos en enero, tiene que ser el susto, ¿no? –le puso la capa, que le tapaba casi por completo.
– ¿Pero tú no tienes frío? –le miró arqueando una ceja.
– ¿Yo? No. Como que éste es mi país, estoy acostumbrado a estas temperaturas –dijo, feliz. La verdad es que hacía unos años que no volvía a Polonia, y esos días allí le habían sentado muy bien, aunque los últimos hubieran sido horribles–. Además, ahora vamos a ir a mi casa. Si no me equivoco, Alemania vivía en un palacete, ¿sigue estando allí?
– Eh, sí.
– Pffft… ¡Entonces te va a encantar mi casa! Es, como, mil veces más hogareña, ya verás.
– Cualquier cosa sin Alemania es más hogareña –bromeó el chico, a su lado.
Polonia rió ante el comentario y le indicó con una mano que le siguiera.
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Tras algo más de veinte minutes de viaje, el coche militar del polaco paró a la entrada de una casa de dos pisos. Estaban en Poznań, una ciudad mucho más grande que Września, en la que habían estado antes.
Polonia resultó ser un personaje extraordinariamente divertido y majo. Hablaba mucho, pero no le cansaba, y ese tono de voz le hacía reír. Y no parecía un ejemplo del "enemigo a batir" que decía Estados Unidos que eran los países del Este; es más, Elias no veía al polaco luchando. Él había creído que todos los soviéticos serían como el ruso. Qué fallo. "No juzgues a un libro por su portada" decía el dicho, y no se equivocaba. Porque Polonia era de todo menos Rusia.
– ¿Como que bajas o bajas? –le preguntó el polaco, apoyado en la puerta de la casa.
El niño asintió y le alcanzó, sonriente. Antes de entrar, un sentimiento de preocupación se asentó en la cara del mayor mientras miraba meticulosamente a su alrededor. Después suspiró, relajado.
– No parece que vaya a ocurrir nada... –se dijo a sí mismo, y abrió la puerta. Elias no le entendía, pero tampoco se atrevió a preguntar.
La casa del polaco era pequeña, y el piso de abajo solo era un salón, una puerta que daba a una cocinita y otra que sería un baño. El primero era acogedor, con una gran chimenea en una de las paredes, paredes de un amarillo claro y sofás de tela gruesa en el centro, con una mesita en el medio.
Un momento. Había gente sentada en los dos sofás. En uno se encontraban dos rubios, uno de pelo bien peinado y con gafas, y otro bajito y de pelo revuelto. Estaban tapados con una manta, y el mas pequeño dormía. El de las gafas charlaba con el que estaba en el otro sofá, un joven de pelo castaño y largo, cubriéndole parte de los hombros, y ojos verdes. Y un montón de vendas por toda la cara.
Ambos se giraron cuando la puerta se cerró. Elias se colocó inconscientemente detrás del polaco.
– Por fin vienes, Po... –comentó el castaño, pero se calló al fijarse en el pequeño.
– ¿Esa es la unión que te mandó Alemania que buscaras? –preguntó el otro, mirando al niño de arriba a bajo. Frunció el ceño– ¿Qué le pasa?
– Nada, que aun tiene el miedo del viaje en el cuerpo. No muerden, te lo aseguro –Polonia dejó al chiquillo a la vista, lo que le hizo sentir exagerademente sobreexpuesto– Yyyy no me lo mandó, Estonia, me lo pidió, y yo acepté porque quería –aclaró el polaco, con los brazos en jarras. Después les dedicó una enigmática sonrisa y puso las manos encima de los hombros del chico, que dio un respingo–. ¡Este es Eliasz! –le presentó.
– Ho,,, hola... –no sabía que más decir.
– Ay, que tímido... ¡Como tú, Liet! –dijo mirando al de las vendas, que suspiró con resignación– Liet es Lituania, para que lo sepas. Y el otro es Estonia, y el que duerme, Letonia. ¡Y son todos súper majos! –dijo, dando unos animados saltitos.
– Le vas a despertar... –advirtió Estonia, indicando con la mano que parara.
Elias les miró con detenimiento. No, tampoco estos se parecían a Rusia. Los dos despiertos no intimidaban, ni daban miedo, e incluso parecían mucho más normales que Polonia.
– Estás entre amigos, así que no te que preocupes más –habló Lituania en tono conciliador, apretujándose en un lateral del sofá mientras el polaco se acomodaba a su lado con poco cuidado. El niño seguía observando desde la entrada– Po, ¿qué tal si en vez de aplastarme haces de buen anfitrión…?
– ¿Hm? –el rubio miró al chiquillo– ¿A qué esperas? Siéntate, estos sofás pertenecerían a mi tátara-tátara-abuelo si fuera humano, ¡y siguen siendo igual de súper cómodos que cuando los compré! Estonia, hazle un hueco.
El otro hombre dejó sitio al chico, que se acercó lentamente y se sentó. Acomodarse en algo que no fuera una maleta de cuero era la experiencia más embriagadora que había tenido en todo el día. Se apoyó en el respaldo, sintiendo como el cansancio le venía de golpe. El polaco asintió desde su sitio, contento con la respuesta del chico.
– ¿Cómo estás? –preguntó el lituano.
Elias le miró confuso. No sabía muy bien a qué se refería.
– Me refiero a qué tal ha ido tú viaje –aclaró–. Nos han contado que te colaste en un tren y acabaste en Września, menuda travesía... -rió débilmente a través de las vendas.
– Y gratis –comentó el polaco–, como que tenemos que probar eso, Liet. ¿Qué tal cuando volvamos a Rusia...?
– No –Polonia le miró con los morros hinchados–. Tienes muchas ocurrencias, pero esta de verdad que no apetece.
– Eres un soso, un aburrido, un aguafiestas... –el rubio se tumbó en el sofá y le colocó las piernas encima de la forma más incómoda posible.
– Sí, lo que tú quieras... ¿Cómo estás, entonces? –retomó Lituania la conversación con el pequeño.
– Pues… bastante mal... –el chico se estremeció al recordar el día– Solo había maletas, y no veía nada... –murmuró.
– ¿Y así casi cinco horas? –Estonia le miró bien, colocándose las gafas– ¿Qué estabas haciendo para acabar en un vagón como ése...?
– … Perseguir un gato –respondió Elias, avergonzado.
– ¡Liet, como que tú hacías lo mismo de pequeño!
– Po, me estás confundiendo contigo...
– ¡Que no, que no! Si siempre que corría detrás de un gato me giraba y tú ibas súper emocionado detrás...
Lituania suspiró, consciente de que nunca podría cambiar la visión del mundo de su compañero.
– ¿Y qué te ha parecido Polonia? –cambió de tema el polaco, mirando a Elias curioso.
– Aterrador... -el chico respondió con franqueza.
El país empezó a reírse.
– Ay, te entiendo; ¡como que yo también me asusto de mí mismo! ¿Os he dicho que al principio tenía miedo de mí? ¡De mí! Ha sido fabuloso… –comentó entre risas.
– ¿Quién hace tanto ruido...? –un bulto se destapó al lado de Estonia.
Letonia miraba a los presentes, y estuvo a punto de volverse a dormir. Pero reparó en el niñito, y le miró algo extrañado.
– Es Eelija, la unión que buscábamos –le aclaró el estonio.
– ¿Que al final era verdad? –dijo en medio de un bostezo, alzando una ceja– Creí que lo había soñado... Hola... –sonrió tímidamente a Elias.
– Como que, ¿tanto sueño tienes? –Polonia le miró con los ojos como platos.
– Él y todos, Po –replicó Lituania–. Y ya que le hemos encontrado, podemos dormir, ¿no?
– ¿De veras? ¡Yo todavía tengo la adrenalina en el cuerpo, y vosotros estáis como viejos en sus mecedoras…! –el polaco reprimió entonces un bostezo, y el estón levantó ambas cejas–… Que sepáis que me voy a la cama porque quiero.
Letonia subió al piso de arriba el primero. Estonia se despidió y subió también, y Polonia se levantó de encima de Lituania y se estiró.
– ¡Venga Liet, como que tú duermes conmigo! –anunció, agarrando al nombrado del brazo y levantándolo con fuerza.
– Mientras duermas de verdad y no te pongas a hablar, bien... –el castaño se levantó, pero se resistió a que Polonia se lo llevase, señalando al niño, que seguía en el sofá, expectante– Po, Elijas.
El rubio se giró al niño y se recompuso al instante.
– Pero bueno, Liet, qué cabeza tienes, qué cabeza... –dijo, y el lituano puso los ojos en blanco– Venga, Eliasz, ¿no querrás dormir solo? ¡O sea, no te he traído para eso!
– Eh, sí… –lo cierto es que el chico no quería estar solo por el resto de su vida.
Subieron al piso superior, en el que solo había dos habitaciones, una abierta y vacía y otra cerrada, seguramente en la que se habían metido los otros dos bálticos. Polonia entró en la abierta, donde había una cama bastante grande, y se tiró encima.
– ¡Esto es súper cómodo! ¡Más que los sofás! –dijo dando vueltas en ella.
– Tres ahí... ¿cabemos? –Lituania levantó una ceja.
– ¡Perfectamente! ¡No subestimes las camas polacas! –el polaco les lanzó al colchón antes de que pudieran hacer nada y se enterró en las mantas entre los dos. Tenía tanta energía que las pocas fuerzas que tenían los otros dos se agotaron– ¿Veis? ¡Sitio para todos! –dijo tapando a Elias a su izquierda, que estaba medio dormido- ¡Como que tú estás como Letonia! –rió. Después le dedicó una cariñosa sonrisa– Liet, ¡seguro segurísimo que se duerme con mi nana!
– ¿Ahora le vas a cantar una "nana"? –se quejó el otro, acomodándose como podía al borde derecho de la cama, buscando una posición que no le dejase las marcas de la venda por la cara en la mañana.
El polaco se giró y le miró de reojo.
– ¿Y cuándo crees que se cantan? ¿En el almuerzo? –se volvió de nuevo al chico– ¡Venga, Eliasz, que vas a dormir perfectamente!
La unión le miró curioso. Alemania nunca le había cantado una nana. Siempre se había dormido por su cuenta, algo que a veces era muy difícil. Miró a Polonia expectante, esperando que empezase.
– ¡Ay, que me presta atención y todo! –sonrió, feliz– ¡No tendrás ni una pesadilla!
Y con el entusiasmo con el que no se solía cantar una canción para dormir, comenzó.
"A-A-A, A-A-A
Były sobie kotki dwa.
A-A-A Kotki dwa.
Szarobure, szarobure obydwa.
Ach, śpij, kochanie,
jeśli gwiazdkę z nieba chcesz-dostaniesz
Wszystkie dzieci, nawet źle,
pogrążone są we źle,
a ty jedna tylko nie.
A-A-A, A-A-A
Były sobie kotki dwa.
A-A-A Kotki dwa.
Szarobure, szarobure obydwa.
Ach, śpij, bo właśnie
księżyc ziewa i za chwilę zaśnie.
A gdy rano przyjdzie świt
Księżycowi będzie wstyd,
Ze on zasnął, a nie ty."
Elias no había entendido nada, pero para el segundo estribillo ya se había dormido, tranquilo como si ese día hubiera sido el más normal del mundo.
Polonia sonrió, satisfecho.
– Mira su carita, Liet... –murmuró.
Obviamente, con el polaco en medio, Lituania no veía nada, pero asintió igualmente. Estuvieron callados un rato, hasta que Polonia frunció el ceño.
– No cabemos aquí –murmuró, y le mostró una pícara sonrisa al castaño.
– ¿Qué te dij-? ¡UAH!
Cayó al suelo por un empujón del rubio, y pegó un salto ante lo frío que estaba. Polonia se asomó desde la cama.
– Te toca abajo, ¡pero tranquilo,que solo es hoy! –le quitó importancia, y le lanzó una almohada y varias mantas a Lituania.
– ¿Qué me... -no conseguía terminar la frase, y se quedó con la boca abierta mientras su "amigo" se acomodaba en el espacio que tenía ahora.
– Dobranoc!* –le deseó el polaco, dándole la espalda.
El lituano refunfuñó y se enrolló en las mantas, huyendo del frío del suelo. Suerte que había dormido en sitios peores.
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Elias se desperezó. Estaba cálidamente tapado por un montón de mantas. Qué bien había dormido...
Entonces se acordó de golpe de todo lo que había pasado el día anterior. Por un momento pensó que seguía en el vagón y pegó un salto. Luego se acordó de Polonia, su casa y que le había cantado algo...
Se giró hacia la cama. El rubio país no estaba, solo Lituania se encontraba allí, abrazado a la almohada, sin vendas y una fina línea cruzándole una mejilla. Qué extraño, ¿se habría desvanecido? No, seguramente ya se había levantado. Entonces se fijó en que el lituano había abierto un ojo y le miraba confuso.
– ¿Qué te pasa...? –murmuró. Seguramente con el rebote que había pegado le había despertado.
– Lo siento... sigue durmiendo si quieres... –se disculpó. También quería dormir, había tenido un sueño fabuloso y no se acordaba. Algo de ponis y wurst...
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Lituania se levantó y miró a su alrededor. Directamente, ¿no dormía en el suelo? Ahora estaba en la cama.
– Dievas, nunca entenderé a este pesado… ¿y Po…? –se preguntó, mirando a su alrededor.
– No lo sé... -murmuró Elias, recostándose y quitándose algunas mantas de más, dado que ahora sí que notaba el calor de junio– Se habrá levantado antes...
– … Supongo –el castaño se encogió de hombros. Al menos había tenido la decencia de subirle al colchón.
Pero miró a su alrededor preocupado. Polonia solía dormir bastante, sobre todo si tenía casi una cama entera para él solo. Algo debía de haberlo despertado.
¿Quizá...?
– ¿Tienes sueño o tienes hambre? –se giró a la unión, sentándose sobre las mantas.
– Las dos cosas, pero sé que no conseguiré dormirme de nuevo –opinó. Lituania tenía un aura de familiaridad natural, y encontraba hablar con él como si hablara con un viejo amigo–. ¿Entonces vamos a desayunar?
El castaño asintió con una cálida sonrisa y salió de la habitación, seguido del pequeño.
Bajaron al salón, que estaba vacío, y se fueron a la cocina. Era pequeña y muy tradicional, muy diferente a la de Bélgica, y a años luz de la del Palacio de Bellevue. Aparte de lo esencial, solo tenía una pequeña mesa junto a la pared y dos sillas.
– La capital de Polonia es Varsovia, ¿no? –preguntó el niño, sentándose en un asiento.
– A no ser que la hayan cambiado esta noche, sí –bromeó el lituano, cogiendo un saquito lleno de algo y dos tazas–. ¿Y por qué lo preguntas?
– ¿Por qué tiene Feliks una casa en Poznań?
– Bueno, yo también tengo varias casas en Lituania...
– Ya, y Alemania tiene varias por su país, pero siempre son en ciudad importantes y eso –y casi todas en palacetes–, ¿y qué tiene ésta de importancia? A mí me ha parecido completamente normal...
– Ah... –Lituania sonrió– Poznań es una de las ciudades más antiguas de por aquí, es la cuna de la civilización polaca –calló un momento, pensativo–. Es más, si no me equivoco, Po me dijo que nació aquí –añadió.
– Uah, ¿de verdad? –el niño abrió los ojos como platos. ¿Un pueblo el origen de un país? Parecía broma.
– No es tan extraño, en algún sitio tendrá que aparecer uno, ¿no? –opinó el lituano–. Yo creo que nací cerca de Vilna...
– Yo en París –comentó el niño. Se acordó de la ciudad, y sintió ganas de volver. Tendría que proponérselo a Alemania–. Pero todos creen que soy de Lugano.
Siguieron charlando con tranquilidad, hasta que el mayor trajo a la mesa las humeantes tazas que había preparado, con una sonrisa en los labios.
– Esto me parece raro ya a veintinueve de junio, pero apuesto a que quieres un chocolate caliente –comentó, sentándose frente al chico, al que le brillaron los ojos.
– ¡Huele genial! –el chico se acercó su taza maravillado. Alemania le dejaba muy pocas veces tomar chocolate, mucho menos una taza tan generosa como esa. A veces parecía que en vez de chocolate bebía chupitos– ¡Y anoche hizo frío!
– ¿Aquí, frío? Se nota que no has estado en Rusia.
Aprovecharon para desayunar tranquilamente, dando buena cuenta de unas galletas que había en un estante, y esperaron a que bajasen los otros dos bálticos. No tardaron mucho en aparecer.
– Vaya, vaya… ¿Dónde está nuestro anfitrión? –preguntó Estonia, cogiendo la taza de chocolate que le tendía Lituania. La miró confuso– ¿Chocolate en junio? –levantó una ceja.
– Hoy es un día raro, ¿eh...? –opinó Letonia con una somnolienta sonrisa.
– He hecho para todos. No tengo ni idea de en qué momento se ha ido Po, pero supongo que podría encontrarle antes de que se nos escape el tren a Berlín –el castaño empezó a beber la bebida con prisa mientras salía de la cocina.
Letonia se sentó con el niño, sacando una caja de paluszki o como dijera que se llamase del cajón de la mesa. El país le observaba con extraña curiosidad, pero desvió la mirada rápidamente cuando Elias se dio cuenta de que le observaba. La unión no pudo evitar alegrarse de que hubiera alguien más tímido que él.
– ¿Entonces cuándo devolvemos al chiquillo a Berlín? ¿Ahora? –habló Estonia a viva voz, para que le oyera el lituano.
– Eso lo tendremos que preguntar a Polonia, ¿no? –opinó el báltico más pequeño y se giró hacia la puerta– Lituania, ¿ya vas a buscarle?
El nombrado apareció por la puerta, con una chaqueta y las llaves de la casa.
– Estoy preocupado, no sabemos si fuera ha vuelto la manifestación... –aclaró, y se fue de la casa.
Elias miró extrañado a los otros dos. No entendía lo que quería decir con una manifestación, pero los países le quitaron importancia.
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Lituania paseaba por las calles de Poznań. Hacía mucho mejor tiempo que el día anterior, y también parecía todo más tranquilo. Se desvió del camino para ir a la plaza. Tal y como había predicho Polonia, ese día también había protestantes, aunque eran menos y no parecía que fuera a haber un tiroteo, como la tarde anterior.
Siguió andando, alejándose de la muchedumbre y perdiéndose por las calles hasta llegar a un río. Continuó andando por su orilla hasta ver un islote.
En medio de este había una gran basílica, de paredes rojizas y torres azuladas por los años. Era la más antigua de Poznań, y la primera que se construyó en Polonia. Fue hecha en honor a San Pedro y San Pablo. Tenía su encanto, a Lituania le gustaba.
Entró en la isla e hizo un rodeo a la construcción, que por detrás tenía una cúpula azul verdosa. Y allí, sentado de cara al río, estaba el polaco.
Suspiró aliviado y se acercó a él a paso tranquilo. En algún momento le oyó, porque se giró y fijo sus ojos en él.
– O sea que, ¿qué haces aquí?
– Buscarte, ¿qué si no? –resopló y se sentó a su lado– Siempre estás en sitios "fabulosos", y supuse que este era uno de esos.
– Ay, ¡Liet se preocupa por mí! –el rubio se tiró encima de él, más feliz que un niño en su cumpleaños.
– Ni que eso fuera una novedad... –murmuró Lituania, dejándose caer al suelo con un suspiro. Se acordó de cuando decidió avisar a Polonia de que Rusia iba a intentar invadirle y... de que pasó de él y le comentó que estaba pintando su casa de rosa. También se acordaba de cuando le ayudó a ganar una batalla contra Prusia, que en esa época era caballero teutón. Y cuando le raptó un Francia de otro planeta mientras hablaba con él en navidad. Y cuando se lo llevó Rusia, y él quería proteger a su amigo...
¿Alguna vez le había dado algún respiro? Todo eran preocupaciones con Polonia.
– ¿Por qué te has despertado tan pronto? –preguntó tras unos minutos en silencio. El rubio ya se había separado de él y estaba tumbado en el suelo, mirando el cielo, como Lituania.
– O sea, ¿no puedo?
– ¿Una pesadilla? –inquirió.
Polonia fue a negarlo, pero cerró la boca y le dedicó una ovación.
– ¡Liet lo sabe todo...! –dijo, y empezó a dar vueltas por el suelo con los brazos extendidos– Uooooooooh... Uooooooooh...
Lituania no pudo evitar reírse.
– Vas a llamar la atención de los transeúntes... –mala excusa, allí no había nadie– ¿Y esta vez de qué ha sido?
– … –el polaco paró de girar y miró al suelo pensativo– La Segunda. Definitivamente la Segunda –concluyó–. Había muchas bombas, Liet. Muchas... –dijo, con miedo en sus ojos– Parecía tan real... como que creí que había vuelto a empezar...
– Solo era una pesadilla, Po. No te preocupes, no habrá otra guerra así –le tranquilizó.
– O sea, ¿y tú en qué te basas?
– Ah, tú mismo lo has dicho –esbozó una sonrisa tranquilizadora–, "Liet lo sabe todo".
Polonia rió y le dio un codazo, y luego decidió que lo mejor era lanzarse encima suya, consiguiendo que rodasen ladera abajo. Lituania se masajeó el parche dolorido: se había estampado contra el suelo justo por el lado de la raja...
– Ay, Liet... ¡Ojalá, ojalá, que tengas razón! –deseó, ahora haciendo que dieran vueltas a posta– ¡Como que me estoy mareando! Uiiiiiiiiiih...
– Yo... yo también... –Lituania veía doble, y notaba como la hierba pasaba a ser guijarros con absoluta claridad. Abrió los ojos de par en par– ¡Po!
– Uiiiiiiiiii-
Los dos cayeron al río. El castaño sintió un escalofrío por toda la espalda. El agua estaba congelada. Salió con fuerza a la superficie, respirando con dificultad. A su lado estaba flotando Polonia, sorprendido, empapado, pero sonriente.
– ¡O sea, es junio! ¿No te apetecía un baño? –bromeó, temblando.
– NO.
– ¡Liet, eres totalmente sincero! –señaló, saliendo a la orilla y sacando a su compañero. Le miró un momento y puso cara de horror– ¡Tú herida se ha abierto más! ¡Pareces un asesino británico de esos!
– Kas?!*
– Ay, como picas, Liet... ¡eres tan inocente! Venga, ¡vamos ya a casa, que me voy a morir totalmente de frío!
Y salió corriendo, con Lituania detrás.
Traducciones:
LASS MICH LOS! SUÉLTAME!
Dobranoc! ¡Buenas noches!
Kas?! ¡¿Qué?!
Al reeditar hice algo que no sé, algunos me mataréis, otros lo veíais necesario… El caso es que he quitado mucho "lietpol". O sea, en esta historia no hay romance, pero aun así, viendo las libertados que me había tomado para representar a estos dos, decidí hacer algunos cambios y dejarlos más neutros. Y seguramente haga también muchos cambios en capítulos posteriores, así que si no queréis perderos muchos abrazos y tal yo seguiría leyendo antes de que los modifique xD
Y otra canción más, que seguro que nadie que lea esto conoce. Tengo hasta dudas de que la conozcan los polacos xDD Una nana que encontramos mi compi y yo, y que en yt tiene un vídeo to tenebroso. Se llama Aaaa Kotki dwa, "dos gatos", y no sé si la letra de la canción es la correcta, pero en fin…. La traducción:
A-a-a—a-a-a
Había dos gatitos
A-a-a dos gatitos
Ambos, Ambos grises.
Ah, duerme, queridito.
Si quieres una estrella del cielo, la conseguirás
Todos los niños, hasta los malos
Ya están perdidos en sus sueños
Sólo tú no estás.
A-a-a—a-a-a
Había dos gatitos
A-a-a dos gatitos
Ambos, ambos grises
Ah, duerme, porque
La luna bosteza y pronto se va a dormir
Y cuando, tempranito, llegue la aurora
La luna tendrá vergüenza
Por haberse dormido y tú no
Hey, es bonito, espero que ahí coincidamos xD En fin, ¡hasta la próxima! ¡Se aceptan reviews!
