«¿Quién es Viktor?».

La pregunta que Tom me había hecho flotaba en el aire, yo estaba sentado en la cama pensativo, habían pasado ya muchos días en que había sido herido y comenzaba a recuperar fuerzas, él había estado todos esos días a mi lado, como nunca antes alguien lo había hecho.

Él me debilitaba, me fragilizaba y no podía mentir, ni siquiera obligándome a mí mismo. Le dije quien era él, lloré de nueva cuenta y le expliqué el por qué tenía que ayudarle. Ambos sabíamos que era seguro que Viktor estuviese entre la basura de algún lote baldío o dispersado entre las salas clandestinas de los traficantes de órganos, sin embargo, el recuerdo de lo que Dante le había hecho seguía lastimando cada que mi mente traía esas imágenes de vuelta.

Tom me miraba, atento y preocupado. Me sentía extraño. La incomodidad de ser observado y escuchado por alguien comenzaba a asustarme.

Lo miré seriamente, él seguía en el sillón como si esperase a que continuara mi monólogo lleno de odio y rencor. Simplemente no podía comprender lo que seguiría ahora. Él… él era el maldito trabajador de Dante, el hombre con el que más convivía, su preferido. No podía confiarme, sabía que no, pero su mirada, su rostro atento a mí. ¿Debería correrlo de aquí? ¿Alejarme?

En cualquier momento, él podría entregarme… y soltar todo lo que, absurdamente le dije.

Debía admitir que en esos instantes, necesitaba de alguien que me escuchara, incluso ahora mismo lo sigo necesitando. Y, lamentablemente, entre mi desesperación opté por apostar a una de mis peores y más peligrosas cartas.

Esto era como jugar con fuego.

—¿Qué? —soltó incómodo al notar mi constante mirada.

—No debería de estar diciéndote estas cosas –suspiré y él rió irónico. Se puso de pie y caminó hacia la cama.

—Así como tú no deberías decirme esto, yo tampoco debería estar aquí. —me dijo mientras se dejaba caer en la cama, frente a mí.

Abracé mis piernas y miré hacia la blancura de la pared a mi lado derecho, suspiré, me sentía con la soga al cuello. Él era esa soga que me apretaba y me dejaba sin aliento; ajustaba mientras más sabía, mientras más tiempo me debilitaba con su maldita presencia.

—Acepta que aunque no quieras, confías en mí.

«Maldito seas, Tom Kaulitz».

De inmediato toqué mi cuello, eso era verdad. Tom era la primera persona con la que podía mantener una conversación sin tener la gargantilla puesta. Sin tener que ocultarme detrás de las mentiras de Amber.

Eso no me convenía, absolutamente no.

—¿Estás bien? —lo miré fijamente, esa sensación de complicidad era tan ajena a mí que incluso dudaba de que todo eso estuviese pasando.

—Ya no puedo estar bien. —respondí, él seguía mirándome y negó con la cabeza.

—Hey, quizá no sea la persona más optimista del mundo. Pero, puedo asegurarte que... tarde o temprano lograrás encontrar algo de tranquilidad.

Bufé y giré los ojos, sus palabras me sonaron tan absurdas.

—Claro. Cuando al fin mate al maldito de tu jefe.

Él soltó una sonrisa maliciosa y asintió.

—Entonces espero y sea pronto.

—Sólo no interfieras cuando eso suceda.

—Para nada —miró hacia el buró al lado de la cama—. Si eso asegura tu tranquilidad... —se encogió de hombros.

«¿Qué diablos dices, Tom?»

Él, sin mirarme, se movió con intenciones de irse, lo sujeté.

—Tom...

—Bill —me llamó volviendo el rostro hacia mí.

Escuchaba tan extraño mi nombre salir de sus labios; nadie, en mucho tiempo me había llamado así. Nadie en mucho tiempo se atrevía a estar a mi lado así como él.

Sonrió y se apartó lentamente de mi agarre.

—Tranquilo, eso de andar de soplón, no va conmigo.

¿Qué debería pensar después de oír eso? Tom me destrozaba la voluntad con esas palabras. No podía seguir pensando en otra cosa más que no fuese él a mi lado, sin importarme nada, olvidando que él... él precisamente, es el hombre de confianza de la persona a la que tanto odio.

Sin embargo, estaba ahí conmigo y no con él. Y yo estaba poniendo mi vida en juego, lamentándome a cada segundo el haber abierto la boca, el haberlo elegido a él para que me escuchara. Lamentaba a cada instante el haberme dejado llevar por los gritos de mi subconsciente.

Estaba por levantarse de la cama y yo no pude evitar besarlo, colgarme a él y dejar que me sujetara a su cuerpo, dudó, sí, pero al final terminó correspondiendo con la misma intensidad que yo.

Por un instante olvidé mis intenciones con Dante, por un instante olvidé que besaba a quien se suponía, también era mi enemigo.

No me importó, porque en ese instante sólo éramos él y yo, sin nombres, ni nexos, sin cargos ni obligaciones, sin importar siquiera a quien servíamos o no.


—Al fin apareces, sabandija.

Los hombres me empujaron al centro de la habitación y me sentaron frente a él, Dante estaba en su sillón y me recibió con el humo de su cigarro en la cara. Ellos entraron por las malas a mi departamento y me sacaron de ahí con la frase: "el jefe te busca". Poner resistencia era una paliza segura y en mi condición eso me mandaría sin retorno al hospital.

—Te ves mejor de lo que pensé —sonrió y yo solo arrugué las cejas, aun no estaba preparado para mirarlo a la cara.

—¿Qué diablos quieres?

—Un cliente, Ronald Dickens, quiere renovar nuestros tratos... pero, te quiere a ti para negociar. Tienes tres días para desaparecer esos moretones de tu cara. Te quiero perfecta.

—¿Estás idiota? —quise levantarme pero un par de enormes manos me empujaron a la silla—. Llevo dos semanas y estas malditas marcas no se me quitan, no pienses que haré maravillas en tres días.

—No sé cómo le harás, pero tú reanudarás el contrato con Dickens. Es un pez gordo para mis ingresos y tener sus pedidos de vuelta me asegurará mucho dinero —golpeó el escritorio con la palma de la mano—. Y tú lo vas a conseguir de nuevo para mí.

Nos miramos y noté que él hablaba muy en serio. Lo odiaba a cada segundo, Dante lo sabía, y si fuera por él ya me hubiera matado desde hace mucho, lo notaba en sus ojos, pero también sabía, él, él más que nadie, que sin mí, sus malditos negocios se irían a la mierda.

Porque no sólo me dedicaba a seducir a sus clientes, sino también a pactar buenos tratos y establecer ofertas que bastante favorecían a Dante.

Yo era la cara de sus negocios, la parte vital de su maldito imperio. Aunque, por su actitud y su mirada cargada de desprecio, comenzaba a pensar que en algún momento él sacaría su pistola y me volaría los sesos.

—¡Fuera! —ordenó a los cuatro hombretones detrás de mí—. ¡Saquen sus malditos traseros de aquí! —gritó y los hombres salieron.

Contuve la respiración cuando él se levantó y se acercó girando la silla para quedar frente a mí. Puso las manos en los brazos de la silla y se inclinó hacia mi cara. Me exalté asustado ante su rápido movimiento.

—Necesitaba hablar seriamente contigo. Y al parecer tú siempre tienes la mala costumbre de encerrarte en tu estúpida madriguera. Como si alguna vez pudieras escapar de mí. Te ha quedado claro cuál es tu lugar aquí, ¿verdad? —me tomó de la mandíbula y levantó mi cara—. Yo siempre te encontraré, Amber, porque tú me perteneces.

Me soltó y caminó a mi alrededor, se puso detrás de mí y comenzó a acariciar mi cabello que esa mañana parecía más abundante y esponjoso de lo que usualmente era.

—No quiero más errores, Amber. Ni uno más —Pasó la mano por mi cuello y yo antepuse la mía sobre la gargantilla, levantó mi cara hacía él y continuó—. Recuerda que eres uno más en mi juego, un engrane más para que el sistema funcione... Amber, Amber. —soltó mi cuello y comenzó a caminar por la habitación, pasó frente a mí—. Recuerdo cuando te compré. No eras ni la mitad de lo que eres ahora, pero ni con todas esas joyas podrás esconder la porquería que eres. Tú, al igual que yo estás hundido en la misma mierda, y no lo puedes negar. Tan sólo mirate, quién pensaría que formas parte de todo esto. Eres el ser que destroza vidas y encanta a mis socios, la perra que he entrenado para atacar cuando es necesario —se acercó de nuevo a la silla—. Eres importante, sí, más no indispensable. Ya no eres intocable, preciosa. Recuerda, Amber, recuerda lo que pasó con Viktor —apreté la mandíbula y sostuve la mirada cínica de Dante—, sino hubiese sido por tu error de protegerlo, ese niño aun estaría vivo dándome algún tipo de ganancia. Fue tu culpa —acarició mi mejilla y apartó el cabello de mi cara—, mi hermosa Amber —me tomó fuertemente del cabello y me acercó a él—, espero que para la próxima pienses bien en lo que harás, porque el que saldrá muerto esta vez, serás tú.

Empujó mi cara y se apartó, regresó detrás de su escritorio y tomó de nuevo el cigarro.

—¿Entendido?... ¿Entendido, idiota?

—Sí.

—Perfecto —sonrió dándole una calada al cigarrillo—. Puedes irte.

Me puse de pie y caminé hacia la puerta.

—Por cierto —agregó—, olvida el volver a la bodega, o de asistir al Inferno. Ahora te moverás deacuerdo a lo que yo ordene. Te conseguiré a los clientes y te diré qué tienes que hacer en los negocios. Olvídate del dinero o los regalos, olvídate de dar órdenes y de todo los lujos que tenías en tu asquerosa vida. Todo lo que tengas que hacer tendrá que pasar por mi autorización, como siempre debió ser —él sonrió y se echó en la silla giratoria meneándola de un lado a otro—. Ahora, ya puedes irte. Los muchachos te regresarán a casa, ellos mismos irán a buscarte en tres días. Más te vale estar preparado.

Estaba por atravezar la puerta cuando él volvió a interrumpir.

—Hey, hey... ¿Cómo se dice?

Me volví y de mala gana respondí

—Sí. Amo.

En cuanto me vi libre de su presencia suspiré, mi cuerpo temblaba y mi respiración estaba agitada. Sentía una terrible combinación de miedo, coraje y angustia. Sabía que Dante ya no confiaría en mí como antes, y debía, de alguna manera mantener la guardia baja para que él no sospechara. Tenía que recuperar el control, tanto de la situación como de mi mismo.

No lo soportaba, en verdad que no lo soportaba, estaba como un animal asustado, temeroso, incluso, a los rayos del sol. Ni siquiera podía mirarlo a los ojos sin temblar, este no era yo y lo sabía. Amber jamás había temblado ante él.

Pero no debía de dejarme llevar ventaja, debía destruirlo, hacerlo pagar por todas y cada una de las cosas que ha hecho.

Este, precisamente era el punto al que tanto había temido llegar: el odiar tanto como para olvidar mi propia vida, arriesgarlo todo, sin importar qué o a quien. Apreté las manos, mis lágrimas salieron mientras el auto se dirigía al edificio donde vivía, seguía temblando, tenía miedo, sí, pero eso no dispersó lo que mi mente llevaba cavilando desde días atrás; la hora de Dante había llegado.

Esa tarde, pensando en todo lo que debía hacer y lo que debía prevenir; decidí empezar a actuar, no podía perder más tiempo, los americanos estaban en espera de abrir el cofre de los más oscuros y despreciables secretos de Dante.

Y yo se los iba a dar.


—Tú no entiendes —alegué mirando a una pareja que volteó vernos desde su mesa en cuanto alcé la voz. Respiré para tranquilizarme—. Leo, comprende que no puedo decirte, ya no debemos vernos y punto.

—No puedes dejar las cosas así. Amber, ¿quién te hizo esto?

Tomó mi mano, me aparté. Había intentado ocultar las contusiones de mi cara, sin embargo no fue suficiente, Leo había estado insistiendo en que le dijera, yo simplemente quería salir corriendo de ahí. Intenté levantarme pero él me tomó del brazo.

—Amber, ¿qué está pasando? Quiero ayudarte.

Podría dejarlo ahí, o simplemente desaparecerme de su camino, pero algo en mi interior me gritaba que al menos debía darle una explicación.

Suspiré y apreté sus manos entre las mías, Leo siempre me había dado esa sensación de confianza que tanto necesitaba en esos momentos. Lo miré fijamente, él estaba muy aparte de todo lo que era el Inferno y lo que tenía con él me impulsaba a apartarlo para que así la furia de Dante no lo alcanzara.

Así como a Viktor.

—Leo, por favor —dije serenamente—, hay cosas que... simplemente no se pueden decir.

—Te están haciendo daño —agregó indignado—, ¿cómo puedes encubrir eso?

—Me lo he ganado —dejé de tocarlo—, ¿contento? —gruñí irritado—. Leo —intenté tranquilizarme—, escucha...

—No, tú escucha. No puedes permitir que casi te maten a golpes.

—Leo, entiende. He hecho cosas terribles... y esto, créeme, no es nada para todo lo que merezco.

Nos quedamos en silencio, él soltó un suspiro de preocupación y yo mordí mis labios, la pareja que nos miraba anteriormente murmuraba mientras la mujer continuaba observándonos.

—He lastimado a tanta gente que estar en esta situación no me sorprende.

—Amber, dime qué sucede. Te puedo ayudar a salir de ahí.

Negué con la cabeza y me fijé en su rostro.

—No. Es tarde para hacerlo. Y… sinceramente no quisiera arrastrarte conmigo a toda esta mierda. No quiero que te hagan daño. Así que lo mejor es que te olvides de mí y punto. Porque de lo contrario…

—De lo contrario, ¿qué?

—Van a matarte. —afirmé en un susurro temeroso acercando la cara a él.

Mi amenaza pareció no tener algún efecto, Leo me miraba sin expresión alguna, sin sorpresa, era como si eso no le importase. O le importase demasiado como para asustarse.

Él me parecía cada vez más extraño.

Observé el gran ventanal al lado de la mesa, estaba anocheciendo. No soporté más y me puse de pie, él me imitó y de inmediato me tomó del antebrazo regresándome a un lado de la mesa.

—No te puedes ir así. —su voz parecía más seria y grave de lo normal.

—No tengo más que decirte.

—Yo sí. —ejecutó haciéndome una seña con la cabeza para que regresara a sentarme.

Me aparté de su agarre e hice el gesto para irme de nuevo, él me tomó de la cintura y me empujó suavemente al pequeño sillón largo enfrente de la mesa, se sentó a mi lado impidiéndome la salida, hizo un escudo entre su cuerpo y la mesa que me impidieron huir.

—Esto que estoy por decirte es algo sumamente importante y delicado. Lo diré porque confío en ti y creo que es hora de que lo sepas.

—Sea lo que sea yo…

Él sacó de su chamarra una placa que abrió debajo de la mesa con excesivo disimulo.

Tragué saliva y alcé la mirada, sus ojos oscuros estaban fijos en mí mientras devolvía la placa de policía al interior de su ropa.

«Detective Kale Dawson».

—Eres un…

—Escucha. —se adelantó a mis palabras moviendo su mano para que me calmara—. Te lo digo porque tu situación me preocupa y porque sé que esta es la única manera de que cooperes...

—Yo, ¿contigo? —dije huraño—. No tengo nada que ver en lo que sea que estés haciendo.

—Callate y dejame hablar, Amber.

—¿Ahora qué? ¿Todo lo que diga será usado en mi contra? —alegué de manera mordaz. Él negó con la cabeza.

—No vengo por ustedes directamente. Estoy aquí en busca del grupo armado Black—Mark.

—¿Black—Mark? —repetí curioso. De inmediato comprendí—. Los americanos.

Sus facciones se suavizaron, él sonrió y asintió.

—Veo que ya los ubicas.

Esto no me estaba gustando.

—Los he estado siguiendo desde que arribaron Alemania. Llevo casi dos años investigando a esos hijos de puta.

—¿A dónde quieres llegar?

—Algo que tenemos en común, es tu jefe. Ellos lo quieren a él, yo los quiero a ellos. Se me hace un trato justo que apoyes en la investigación. Yo mato dos pájaros de un tiro y tú obtienes tu libertad.

—¿Me estás ofreciendo que te entregue a mi jefe como carnada para los americanos?

—Algo así.

Mierda, esto se ponía cada vez peor.

Traicionar... ¿a ambos?

—Esto es demasiado riesgoso... —me sentía en un laberinto en donde todas las salidas me llevaban a un solo y jodido lugar.

—Amber, escúchame. Esos hombres han estado jodiendo desde Nueva Jersey hasta llegar aquí. Esos malditos son peor que una plaga. Creo que ya te habrás dado cuenta. Lo que quiero, es que me ayudes dentro de tu ambiente, y de paso...

—Y de paso entregarte a mi jefe. —agregué de manera irritada.

—Amber, esas personas han hecho mucho daño y lo seguirán haciendo si no hacemos algo por ello. —me observaba fijamente, el tono en que me hablaba me hacía sentir en un interrogatorio—. Lo que te ofrezco —lanzó una ligera vista alrededor y volvió a mí—, es que si contribuyes... yo puedo ayudarte a que no se te adjudique algún cargo.

Sonreí escéptico, ¿en verdad me estaba convenciendo con eso?

—Se supone que eso no se hace, oficial. —solté sarcástico.

Él rió y asintió.

—Hay muchas cosas que no se hacen, sin embargo la situación lo amerita.

—Has aprendido bastante sobre la corrupción en este lugar...

—Esto no es corrupción. Es saber hacer negocios.

—¿Me dejarás libre, sabiendo que puedo ser igualmente un criminal y no te importa?

Él se acercó a mí y acarició mi mejilla.

—No eres ningún criminal —susurró cerca de mi rostro—, he tratado con toda clase de ellos. Los peores, y bien sé que tú no eres uno de ellos.

—¿Tú qué sabes? En realidad no me conoces —me aparté irritado.

—¿Y qué? —se encogió de hombros—. Aún así quiero ayudarte. Contribuyas, o no.

—¿Ayudarme?

—Ya te lo he dicho, me interesas.

—Eso lo dijiste cuando fingías ser alguien más.

—Eso lo dije en serio.

Una carcajada salto de mis labios, me parecía algo absurdo: ¡¿Amber conquistando policías?! ¿Y ahora qué seguía, follar con el primer ministro?

—¿Qué dirían de ti tus colegas americanos si supieran que estás vuelto loco por una puta travestida?

Mi comentario rompió su tensión, también la mía. Él volvía a sonreír como el "Leo" que siempre había conocido.

—Tal vez lo critiquen, pero después de verte, puede que entiendan.

Suspiré con incredulidad, trataba de ganar tiempo para decidir… porque, aún podía elegir, ¿cierto?

"Leo" me había encontrado por medio de las averiguaciones sobre Dante, después de ubicarlo como objetivo principal de los americanos, sabía de todos nuestros nexos "comerciales" y la estrecha relación que teníamos con las autoridades de los distritos y empresarios. Me vi expuesto y sin capacidad de negar nada de todo lo que él conocía. Él se había enfocado a conocer al enemigo de su enemigo y me asustaba lo bien que sabía sobre nuestros negocios. Y qué decir del de los propios americanos.

Los conocía, sin embargo no podía capturarles porque siempre esas "plagas blancas", como él les decía, desaparecían sin dejar rastro.

No dudaba que alguien de ahí dentro les vendiera información sobre el caso. Por ello Kale... o "Leo" decidió tomar la investigación por su cuenta y se propuso seguir a los Black-Mark en la jornada más complicada en su ascenso al poder. Estaba cerca, casi los tenía, sólo era cuestión de propiciar una situación de trampa para que ambos poderes criminales cayeran al mismo tiempo.

Era la primera vez en la que alguien me dejaba en jaque ante una decisión. Maldita sea. Estaba entre ambos grupos. Anteriormente ya había decidido traicionar a Dante con los americanos, pero, ahora "Leo" viene a proponerme traicionar a los americanos también. Estoy consciente de que si fallo, cualquiera de ellos podría matarme.

Sin embargo tenía la opción de negarme y aceptar en cambio, la ayuda incondicional de "Leo", pero esto sólo lo expondría ante Kaz, y peor aún, con Dante.

Entonces… ¿qué debería hacer?


Suspiré, apreté el contendor de laca en dirección a mi cabello y rocié una vasta cantidad para mantener el volumen. Acomodé los ligeros pliegues que se habían hecho en mi cintura, esas semanas sí que había bajado los kilos suficientes como para que la ropa comenzara a arrugárseme encima.

Maquillaje.

«Esto es una mierda», dije para mí mismo mientras repasaba con la enorme brocha mi cara y mis brazos, cubriendo las ligeras marcas que apenas se veían. Daba los últimos toques a mi disfraz para poder disimular y hacer que nada había pasado.

Aunque había pasado todo.

Suspiro.

Estaba nervioso, Tom no tenía idea de que iba a entrevistarme con ese hombre, ni mucho menos de mi plática con "Leo", ni siquiera de mi nueva condición con Dante. Últimamente él me había reiterado su apoyo, sin embargo, hasta ahora no podría adivinar si eso también incluía mis objetivos de venganza contra ese maldito.

Sea como sea, todo esto era asunto mío y me tocaba resolverlo a mi manera, como siempre ha sido.

Perfume.

Maldita sea, me maldecía por ser un tonto emocional. Temía, Bill temía y se escondía debajo de la mirada fría e intimidante de Amber. Ahora más que nunca debía de ser cuidadoso con cada uno de mis movimientos, ya que cualquier error podría joderlo todo.

Recordé a Viktor, y me agradecí el ya no tener que ir a condenar a más personas a la pesadilla de la cual había sido preso por muchos años.

Labial.

El labial rosa-coral estaba casi imperceptible, era de mis favoritos; quizá sea algo que jamás cambie, sin embargo, Amber... ella sí que había cambiado. Sus ojos, su semblante, todo me decía que el odio la había carcomido por completo. «Ahora lo era todo, o nada». No podía elegir. No había vuelta atrás.

Por eso acepté; con los americanos, con "Leo", incluso hasta traicionarme a mí mismo; sólo para alcanzar este momento.

«Ese iba a ser el último negocio que le conseguía a Dante».

No me importaba arriesgarme, no me importaba que todo se fuera a la mierda.

Yo iba a acabar con Dante y todo lo que estuviese relacionado con él.


—Espero se muevan a como les dije —comenté con el móvil pegado a mi mejilla. El taxista bajó el volumen de la radio al notar la conversación. Le sonreí en agradecimiento.

Kaz refunfuñó mientras ruidos de autos y voces le acompañaban de fondo.

—Y yo espero que esto funcione, lindura. Si no, a quien le irá mal será a otro.

—Sólo esperen lo que sea necesario y el negocio será suyo. Con lo que le han robado pueden hacer una buena oferta, a un muy buen costo. Te lo aseguro.

—En esto, tú eres la experta.

—Ya lo has dicho —sonreí con arrogancia—. Yo me encargo de que nos den la patada en el culo de manera elegante mientras ustedes se quedan con el mejor comprador de mi jefe.

Días antes me había enterado sobre otro robo al material del jefe, esas cosas pasaban cada vez más seguido y parecía que Dante no estaba consciente de ello. La curiosidad de saber si había alguien más traicionando a Dante volvió a dejarme intranquilo.

Había otro, el soplón que les dijo de mí, el que les sugirió secuestrarme. El mismo que les estaba ayudando a sangrar las entradas de droga. El mismo que no le decía nada a Dante. Ese alguien que parecía un anónimo y que estaba ahí tomando apuntes de todo lo que Dante o sus hombres hacían, para luego avisarle a Kaz.

Todo eso estaba tornándose enredado, pero no me importó, sonreí de nuevo al taxista que elevó de nuevo el volumen, ahora una canción muy animada invadió el pequeño espacio en el que me transportaba. Me sentí optimista, como pocas veces en mi vida, estaba jugándome mis últimas cartas, saboreaba la adrenalina y porqué no, la muerte también. Ya sea la de Dante, o mía.

El show estaba por comenzar.