—¿Te casarás conmigo? —susurra, incrédulo.
Yo asiento, nerviosa, ruborizada y ansiosa, y sin creer apenas su
reacción… la de este hombre al que creí que había perdido. ¿Cómo
puede no entender cuánto le quiero?
—Dilo —me ordena en voz baja, con una mirada intensa y ardiente.
—Sí, me casaré contigo.
Inspira profundamente y de repente me coge en volandas y empieza
a darme vueltas alrededor del salón de un modo muy impropio de Cin-
cuenta. Se ríe, joven y despreocupado, radiante de una alegría eufórica.
Yo me aferro a sus brazos, sintiendo cómo sus músculos se tensan bajo
mis dedos, y me dejo llevar por su contagiosa risa, aturdida, confundida,
una muchacha total y perdidamente enamorada de su hombre. Me deja
en el suelo y me besa. Intensamente, con las manos a ambos lados de mi
cara, y su lengua insistente, persuasiva… excitante.
—Oh, Nozomi —musita pegado a mis labios, y eso me enciende y hace
que todo me dé vueltas.
Él me quiere, de eso no tengo la menor duda, y disfruto del sabor de
este hombre delicioso, este hombre al que creí que nunca volvería a ver.
Su felicidad es evidente —le brillan los ojos, sonríe como un
muchacho—, y el alivio que siente es casi palpable.
—Pensé que te había perdido —murmuro, todavía abrumada y sin
aliento por ese beso.
—Nena, hará falta algo más que un 135 averiado para alejarme de ti.
—¿135?
—El Charlie Tango. Es un Eurocopter EC135, el más seguro de su
gama.
Una emoción sombría cruza fugazmente por su rostro, distJintaendo
mi atención. ¿Qué me oculta? Antes de que pueda preguntárselo, se
queda muy quieto y baja los ojos hacia mí con el ceño fruncido, y por un
segundo creo que va a contármelo. Observo sus ojos azules, pensativos.
—Un momento… Me diste esto antes de que viéramos a Shinn
—dice sosteniendo el llavero, con expresión casi horrorizada.
Oh, Dios, ¿adónde quiere ir a parar con esto? Yo asiento,
inexpresiva.
Abre la boca.
Yo me encojo de hombros a modo de disculpa.
—Quería que supieras que dijera lo que dijese Shinn, para mí nada
cambiaría.
Eli parpadea y me mira, incrédulo.
—Así que toda la noche de ayer, mientras yo te suplicaba una
respuesta, ¿ya me la habías dado?
Parece consternado. Yo vuelvo a asentir e intento desesperadamente
evaluar su reacción. Él se me queda mirando, estupefacto, atónito, pero
entonces entorna los ojos y en su boca se dibuja un amago de ironía.
—Toda esa preocupación… —susurra en un tono inquietante. Yo le
sonrío y me encojo de hombros otra vez—. Oh, no intente hacerse la
niña ingenua conmigo, Toujou-san. Ahora mismo, tengo ganas de…
Se pasa la mano por el pelo, y luego menea la cabeza y cambia de
táctica.
—No puedo creer que me dejaras con la duda.
Su voz susurrante está teñida de incredulidad. Su expresión cambia
levemente, sus ojos brillan perversos y aparece su sonrisa sensual.
Santo cielo. Me estremezco por dentro. ¿En qué está pensando?
—Creo que esto se merece algún tipo de retribución, Toujou-san
—dice en voz baja.
¿Retribución? ¡Oh, no! Sé que está jugando… pero aun así retrocedo
un poco con cautela.
Eli sonríe.
—¿Así que ese es el juego? —susurra—. Porque te tengo en mis
manos. —Y sus ojos arden intensos, juguetones—. Y además te estás
mordiendo el labio —añade amenazador.
Siento cómo todas mis entrañas se contraen súbitamente. Oh, Dios.
Mi futuro marido quiere jugar. Retrocedo un paso más, y luego me doy
la vuelta para tratar de huir, pero es en vano. Eli me agarra con un
rápido movimiento y yo grito de placer, sorprendida y sobresaltada. Me
carga sobre su hombro y echa a andar por el pasillo.
—¡Eli! —siseo, consciente de que Makoto está arriba, aunque no
creo que pueda oírnos.
Intento tranquilizarme dándole palmaditas en la parte baja de la es-
palda, y de pronto, con un valeroso impulso irrefrenable, le doy un ca-
chete en el trasero. Él me lo devuelve inmediatamente.
—¡Ay! —chillo.
—Hora de ducharse —declara triunfante.
—¡Bájame!
Me esfuerzo por parecer enfadada, pero fracaso. Es una lucha fútil,
él me sujeta firmemente los muslos con el brazo, y por la razón que sea
no puedo parar de reír.
—¿Les tienes mucho cariño a estos zapatos? —pregunta con ironía,
mientras abre la puerta del baño de su dormitorio.
—Ahora mismo preferiría que tocaran el suelo —intento quejarme,
pero no acabo de conseguirlo, porque no puedo dejar de reír.
—Sus deseos son órdenes para mí, Toujou-san.
Sin bajarme, me quita los dos zapatos y los deja caer ruidosamente
sobre el suelo de baldosas. Se para junto al tocador, se vacía los
bolsillos: el BlackBerry sin batería, las llaves, la cartera, el llavero.
Desde este ángulo, solo puedo imaginar qué aspecto tendré en el espejo.
Una vez que ha terminado, se dirige muy decidido hacia la inmensa
ducha.
—¡Eli! —le advierto a gritos, viendo claras ahora sus
intenciones.
Abre el grifo al máximo. ¡Dios…! Un chorro de agua helada me cae
directamente sobre el trasero, y chillo; luego vuelvo a acordarme de que
Makoto está arriba y me callo. Aunque voy totalmente vestida, tengo
mucho frío. El agua helada me empapa el traje, las bragas y el sujetador.
Estoy calada y me entra otro ataque de risa.
—¡No! —chillo—. ¡Bájame!
Vuelvo a darle cachetes, más fuertes esta vez, y Eli me suelta
dejando que me deslice por su cuerpo chorreante. Él tiene la camisa
blanca pegada al torso y los pantalones del traje empapados. Yo también
estoy calada, enardecida, aturdida y sin aliento, y él me mira sonriente, y
está tan… increíblemente sexy.
Se pone serio, sus ojos centellean, y vuelve a cogerme la barbilla y
acerca mis labios a su boca. Es un beso tierno, acariciante, que me
trastorna por completo. Ya no me importa estar totalmente vestida y
chorreando en la ducha de Eli. Estamos los dos solos bajo la cas-
cada de agua. Ha vuelto, está bien, es mío.
Mis manos se dirigen involuntariamente a su camisa, que se pega a
todos los músculos y tendones de su torso, mostrando el vello apel-
mazado bajo la tela blanca empapada. Yo le saco la camisa del pantalón
de un tirón y él gime, pegado a mi boca, sin despegar sus labios de los
míos. Cuando empiezo a desabrocharle la camisa, él comienza a bajar la
cremallera de mi vestido lentamente. Sus labios son ahora más insist-
entes, más provocativos, su lengua invade mi boca… y mi cuerpo ex-
plota de deseo. Le abro la camisa de golpe. Los botones salen volando,
rebotando contra las baldosas y repiqueteando por el suelo de la ducha.
Mientras aparto la tela mojada de sus hombros y brazos, le empujo con-
tra la pared, dificultando sus intentos de desnudarme.
—Los gemelos —murmura, y levanta las muñecas, de donde cuelga
la camisa lacia y empapada.
Con dedos torpes le quito el primer gemelo de oro y después el otro,
los dejo caer sobre el suelo de baldosas, y luego la camisa. Sus ojos
buscan los míos a través de la cascada de agua. Su mirada es candente,
carnal, como el agua ahora abrasadora. Cojo sus pantalones por la cin-
turilla, pero él menea la cabeza, me sujeta por los hombros y me da la
vuelta de manera que quedo de espaldas. Termina de bajarme la cremal-
lera, me aparta el pelo mojado del cuello y pasa la lengua desde la nuca
hasta el nacimiento del pelo, y de nuevo hacia abajo, sin parar de be-
sarme y chuparme el cuello.
Yo gimo y él me retira dulcemente el vestido de los hombros,
haciéndolo bajar sobre mis senos mientras me besa la nuca y debajo de
la oreja. Me desabrocha el sujetador, lo aparta también y libera mis
pechos. Los rodea y los cubre con las manos susurrándome cosas bon-
itas al oído.
—Eres preciosa —murmura.
Tengo los brazos atrapados por el sujetador y el vestido desab-
rochado, que cuelga bajo mis senos; sigo con las mangas puestas, pero
tengo las manos libres. Ladeo la cabeza para que Eli acceda fácil-
mente a mi cuello y dejo que sus mágicas manos tomen posesión de mis
pechos. Echo hacia atrás los brazos y me alegra oír que inspira brusca-
mente cuando mis dedos inquisitivos toman contacto con su erección. Él
presiona su sexo contra mis manos acogedoras. Maldita sea, ¿por qué no
me ha dejado que le quitara los pantalones?
Me pellizca los pezones, y mientras se endurecen y yerguen bajo sus
expertas caricias, todos los pensamientos relacionados con sus pan-
talones desaparecen y un libidinoso placer se clava con fuerza bajo mi
vientre. Pegada a su cuerpo, echo la cabeza hacia atrás y gimo.
—Sí —musita, me da la vuelta otra vez y atrapa mi boca con la suya.
Me despoja del sujetador, el vestido y las bragas y los deja caer, de
forma que se unen a su camisa en un amasijo de ropa húmeda sobre el
suelo de la ducha.
Cojo el gel que está a nuestro lado. Eli se queda quieto en
cuanto se da cuenta de lo que voy a hacer. Le miro directamente a los
ojos y me pongo un poco de gel en la palma de la mano. La mantengo
levantada frente a su torso, esperando su respuesta a mi pregunta implí-
cita. Él abre mucho los ojos y me contesta con un asentimiento casi
imperceptible.
Poso la mano cuidadosamente sobre su esternón y, con suavidad,
empiezo a frotarle la piel con el jabón. Eli inspira profundamente
hinchando el torso, pero aparte de eso permanece inmóvil. Acto seguido
me aferra las caderas con las manos, pero no me aparta. Me observa con
recelo y con una mirada más intensa que asustada, pero sus labios están
entreabiertos y su respiración acelerada.
—¿Estás bien? —susurro.
—Sí.
Su breve respuesta es casi un jadeo. Acuden a mi memoria todas las
veces que nos hemos duchado juntos, aunque el recuerdo del Olympic es
agridulce. Bueno, ahora puedo tocarle. Le lavo con cariño dibujando
pequeños círculos. Limpio a mi hombre por debajo de los brazos, sobre
las costillas, y desciendo por su vientre firme y plano, hasta el vello que
sobresale de su zona púbica.
—Ahora me toca a mí —musita.
Coge el champú, nos aparta a ambos del chorro de agua y me vierte
un poco sobre la cabeza.
Interpreto su gesto como una señal para que deje de lavarle, así que
dejo los dedos aferrados a la cinturilla de su pantalón. Él me extiende el
champú por el pelo y me masajea el cuero cabelludo con sus dedos es-
beltos y fuertes. Yo gimo de placer. Cierro los ojos y me rindo a esa
sensación celestial. Esto es justo lo que necesito, después de esta angus-
tiosa noche.
Él se ríe entre dientes y yo abro un ojo y veo que me mira
complacido.
—¿Te gusta?
—Mmm…
Sonríe satisfecho.
—A mí también —dice, y se inclina para besarme la frente, mientras
sus dedos continúan masajeándome dulcemente el cuero cabelludo—.
Date la vuelta —dice en tono autoritario.
Yo hago lo que me ordena, y sus dedos se mueven despacio sobre mi
cabeza. Me lavan, me relajan, me miman. Oh, esto es el éxtasis. Él coge
más champú y me frota con delicadeza la mTsubasa que cae sobre mi es-
palda. Cuando termina, vuelve a empujarme hacia el chorro de agua.
—Inclina la cabeza hacia atrás —ordena en voz baja.
Yo obedezco complaciente, y él me aclara la espuma del jabón.
Cuando termina, me coloco otra vez de frente y echo mano de nuevo a
sus pantalones.
—Quiero lavarte entero —susurro.
Él responde con su sensual media sonrisa y levanta las manos como
diciendo: «Soy todo tuyo, nena». Yo sonrío: es una sensación maravil-
losa. Le bajo delicadamente la cremallera, y sus pantalones y calzoncil-
los no tardan en reunirse con el resto de la ropa. Me yergo y cojo el gel y
la esponja natural.
—Parece que te alegras de verme —murmuro con ironía.
—Yo siempre me alegro de verla, Toujou-san —replica, de-
volviéndome la sonrisa.
Echo gel en la esponja, y reemprendo mi viaje a través de su torso.
Ahora está más relajado, quizá porque en realidad no le estoy tocando.
Voy descendiendo con la esponja, pasando por encima de su vientre
hasta deslizarla entre su vello púbico y luego sobre su erección hasta la
base de su miembro.
Le miro de reojo, y él me observa con ojos acechantes y anhelo sen-
sual. Mmm… me gusta esa mirada. Tiro la esponja y uso las manos para
sujetarle fuerte el miembro. Él cierra los ojos, echa la cabeza hacia atrás
gimiendo, e impulsa las caderas hacia mis manos.
¡Oh, sí! Esto es muy excitante. La diosa que llevo dentro ha resur-
gido después de pasarse la noche entera meciéndose y sollozando en un
rincón, y ahora lleva los labios pintados de un tono rojo fulana.
De pronto, Eli me mira fijamente con ojos ardientes. Ha re-
cordado algo.
—Es sábado —exclama con asombro lascivo en la mirada, y me
coge por la cintura, me atrae hacia él y me besa salvajemente.
¡Uau… cambio de ritmo!
Sus manos se deslizan por mi cuerpo húmedo y resbaladizo hasta
moverse en torno a mi sexo, sus dedos me exploran provocativos, y su
implacable boca me deja sin respiración. Sube una mano hasta mi ca-
bello húmedo para sujetarme la cabeza, mientras yo resisto toda la
fuerza de su pasión desatada. Sus dedos se mueven en mi interior.
—¡Ah! —jadeo junto a su boca.
—Sí —sisea, desliza las manos hasta mi trasero y me levanta—.
Rodéame con las piernas, nena.
Mis piernas obedecen, y me aferro a su cuello como una lapa. Él me
sostiene contra la pared de la ducha, se para y me observa intensamente.
—Abre los ojos —murmura—. Quiero verte.
Le miro parpadeante, con el corazón latiéndome desbocado y la san-
gre hirviendo ardiente a través de mis venas, y un deseo real y galopante
aumenta en mi interior. Entonces él se desliza dentro de mí, oh, muy
despacio, y me llena, y me reclama, piel contra piel. Yo empujo hacia
abajo para fundirme en él, gimiendo con fuerza. Una vez dentro de mí,
se detiene otra vez, con la cara contraída, intensa.
—Eres mía, Nozomi —susurra.
—Siempre.
Sonríe victorioso, se mueve y me hace jadear.
—Y ahora ya podemos contárselo a todo el mundo, porque has dicho
que sí.
Su voz tiene un tono reverencial, y entonces se inclina hacia abajo,
sus labios se apoderan de mi boca, y empieza a moverse… lenta y dul-
cemente. Yo cierro los ojos y echo la cabeza hacia atrás, mi cuerpo se
arquea y someto mi voluntad a la suya, esclava de su cadencia lenta y
embriagadora.
Me roza con los dientes la mandíbula, y la barbilla, bajando por el
cuello mientras recupera el ritmo, empujándome hacia delante y hacia
arriba… lejos de este planeta terrenal, de la ducha abrasadora, del terror
gélido de la noche pasada. Somos solo mi hombre y yo, moviéndonos al
unísono como si fuéramos uno, cada uno absolutamente absorbido en el
otro, y nuestros jadeos y gruñidos se funden. Yo saboreo la sensación
exquisita de que me posea, mientras mi cuerpo brota y florece en torno a
él.
Podría haberle perdido… y le amo… le amo tanto, y de pronto me
supera la inmensidad de mi amor y la profundidad de mi compromiso
con él. Pasaré el resto de mi vida amando a este hombre, y con esa rev-
elación abrumadora, exploto en torno a él en un orgasmo catártico, san-
ador, y grito su nombre mientras las lágrimas bañan mis mejillas.
Él alcanza el clímax y se vierte en mi interior. Con la cara hundida
en mi cuello, se derrumba en el suelo, abrazándome fuerte, besándome
la cara y secándome las lágrimas a besos, mientras el agua caliente cae a
nuestro alrededor y nos purifica.
—Tengo los dedos morados —murmuro, saciada y reclinada sobre
su pecho en la dicha poscoital.
Él acerca mis dedos a sus labios y los besa, uno por uno.
—Deberíamos salir de esta ducha.
—Yo estoy muy a gusto aquí.
Reposo sentada entre sus piernas mientras él me abraza fuerte. No
quiero moverme.
Eli expresa su conformidad con un murmullo. Pero de pronto
me siento agotada, totalmente exhausta. Han pasado tantas cosas durante
la última semana, historias como para llenar toda una vida, y además
ahora voy a casarme. Se me escapa una risita de incredulidad.
—¿Qué le hace tanta gracia, Toujou-san? —pregunta él
cariñosamente.
—Ha sido una semana muy intensa.
Sonríe.
—Lo ha sido, sí.
—Gracias a Dios que ha regresado sano y salvo, Ayase-san —mur-
muro, y al pensar en lo que podría haber pasado se me encoge el alma.
Él se pone tenso e inmediatamente lamento habérselo recordado.
—Pasé mucho miedo —confiesa para mi sorpresa.
—¿Cuándo… Antes?
Asiente con gesto serio.
Santo cielo.
—¿Así que le quitaste importancia para tranquilizar a tu familia?
—Sí. Volaba demasiado bajo para poder aterrizar bien. Pero lo con-
seguí, no sé cómo.
Oh, Dios. Levanto los ojos hacia él, con la cascada de agua cayendo
sobre nosotros, y su expresión es muy grave.
—¿Ha estado cerca?
Me mira fijamente.
—Muy cerca. —Hace una pausa—. Durante unos segundos espan-
tosos, pensé que no volvería a verte.
Le abrazo fuerte.
—No puedo imaginar mi vida sin ti, Eli. Te quiero tanto que
me da miedo.
—Yo también. —Me estrecha con fuerza entre sus brazos y hunde el
rostro en mi cabello—. Nunca dejaré que te vayas.
—No quiero irme, nunca.
Le beso el cuello, y él se inclina y me besa también con dulzura.
Al cabo de un momento, se remueve un poco.
—Ven… vamos a secarte, y luego a la cama. Yo estoy exhausto, y a
ti parece que te hayan dado una paliza.
Al oír estas palabras, me inclino hacia atrás y arqueo una ceja. Él
ladea la cabeza y me sonríe con ironía.
—¿Algo que decir, Toujou-san?
Niego con la cabeza y me pongo de pie algo tambaleante.
Estoy sentada en la cama. Eli se ha empeñado en secarme el
pelo… y lo hace bastante bien. Me desagrada pensar cómo adquirió esa
habilidad, así que alejo la idea de mi mente. Son más de las dos de la
madrugada, y estoy deseando dormir. Antes de meterse en la cama,
Eli baja de nuevo la mirada hacia el llavero y vuelve a menear la
cabeza sin dar crédito.
—Es fantástico. El mejor regalo de cumpleaños que he tenido nunca.
—Me mira fijamente, con ojos dulces y cariñosos—. Mejor que el
póster firmado de Giuseppe DeNatale.
—Te lo habría dicho antes, pero como se acercaba tu cumpleaños…
¿Qué le das a un hombre que lo tiene todo? Así que pensé en darme…
yo.
Deja el llavero en la mesita de noche y se acurruca a mi lado. Me
acoge en sus brazos, me estrecha contra su pecho y se queda abrazado a
mi espalda.
—Es perfecto. Como tú.
Sonrío, aunque él no puede verme.
—Yo no soy perfecta, ni mucho menos, Eli.
—¿Está sonriendo, Toujou-san?
¿Cómo lo sabe?
—Tal vez —respondo con una risita—. ¿Puedo preguntarte algo?
—Claro —dice acariciándome el cuello con la nariz.
—No llamaste mientras volvías de Portland. ¿Fue en realidad por
culpa de Makoto? ¿Te preocupaba que me quedara a solas con él?
Eli no dice nada. Me doy la vuelta para verle la cara, y él me
mira con los ojos muy abiertos, como si le estuviera reprochando algo.
—¿Te das cuenta de lo ridículo que es eso? ¿De lo mal que nos lo
has hecho pasar a tu familia y a mí? Todos te queremos mucho.
Él parpadea un par de veces y después me dedica su sonrisa tímida.
—No imaginaba que todos os preocuparíais tanto.
Frunzo los labios.
—¿Cuándo te entrará en esa cabeza tan dura que la gente te quiere?
—¿Cabeza dura?
Arquea las cejas, completamente atónito.
Yo asiento.
—Sí, cabeza dura.
—No creo que los huesos de mi cráneo tengan una dureza signific-
ativamente mayor que cualquier otra parte de mi cuerpo.
—¡Estoy hablando en serio! Deja de hacer bromas. Aún estoy un
poco enfadada contigo, aunque eso haya quedado parcialmente ec-
lipsado por el hecho de que estés en casa sano y salvo. Cuando pensé…
—Se me quiebra la voz al recordar esas horas de angustia—. Bueno, ya
sabes lo que pensé.
Su mirada se dulcifica, alarga la mano y me acaricia la cara.
—Lo siento. ¿De acuerdo?
—Y también tu pobre madre. Fue muy conmovedor verte con ella
—susurro.
Él sonríe tímidamente.
—Nunca la había visto de ese modo. —Adopta una expresión per-
pleja al recordarlo—. Sí, ha sido realmente impresionante. Por lo gener-
al es tan serena… Resultó muy impactante.
—¿Lo ves? Todo el mundo te quiere. —Sonrío—. Quizá ahora
empieces a creértelo. —Me inclino y le beso con dulzura—. Feliz
cumpleaños, Eli. Me alegro de que estés aquí para compartir tu
día conmigo. Y no has visto lo que te tengo preparado para mañana…
bueno, hoy.
—¿Hay más? —dice asombrado, y en su cara aparece una sonrisa
arrebatadora.
—Ah, sí, Ayase-san, pero tendrá que esperar hasta entonces.
Me despierto de repente de un sueño, o de una pesadilla, y me incor-
poro en la cama con el pulso terriblemente acelerado. Me doy la vuelta,
aterrada, y compruebo con alivio que Eli duerme plácidamente a
mi lado. Como me he movido, él se revuelve y alarga un brazo en
sueños para rodearme con él, recuesta la cabeza en mi hombro, y suspira
quedamente.
La luz inunda la habitación. Son las ocho. Eli nunca duerme
hasta tan tarde. Vuelvo a tumbarme y dejo que mi corazón palpitante se
calme. ¿Por qué esta angustia? ¿Es una secuela de lo sucedido anoche?
Me doy la vuelta y le observo. Está a salvo. Inspiro profunda y tran-
quilamente y contemplo su adorable rostro. Un rostro que ahora me
resulta tan familiar, con todas sus luces y sombras grabadas en mi mente
a perpetuidad.
Cuando duerme parece mucho más joven, y sonrío porque a partir de
hoy es un año más viejo. Me abrazo a mí misma, pensando en mi regalo.
Oooh… ¿cómo reaccionará? Quizá debería empezar tJintaéndole el de-
sayuno a la cama. Además, puede que Makoto todavía esté aquí.
Me lo encuentro en la barra, comiendo un bol de cereales. No puedo
evitar ruborizarme al verle. Sabe que he pasado la noche con Eli.
¿Por qué siento de pronto esta timidez? No es como si fuera desnuda ni
nada parecido. Llevo mi bata de seda larga hasta los pies.
—Buenos días, Makoto —saludo sonriendo abiertamente.
—¡Eh, Nozomi!
Se le ilumina la cara. Se alegra sinceramente de verme. En su ex-
presión no hay ningún deje burlón ni desdeñoso.
—¿Has dormido bien? —pregunto.
—Mucho. Vaya vistas hay desde aquí.
—Sí, es un lugar muy especial. —Como el propietario del aparta-
mento—. ¿Te apetece un auténtico desayuno para hombres? —le pre-
gunto bromeando.
—Me encantaría.
—Hoy es el cumpleaños de Eli. Voy a llevarle el desayuno a
la cama.
—¿Está despierto?
—No. Creo que está bastante cansado después de todo lo de ayer.
Aparto rápidamente la mirada y voy hacia el frigorífico para que no
vea que me he ruborizado. Dios… pero si solo es Makoto. Cuando saco el
beicon y los huevos de la nevera, me está mirando sonriente.
—Te gusta de verdad, ¿eh?
Frunzo los labios.
—Le quiero, Makoto.
Abre mucho los ojos un momento y luego sonríe.
—¿Cómo no vas a quererle? —pregunta, y hace un gesto con la
mano alrededor del salón.
—¡Vaya, gracias! —le digo en tono de reproche.
—Oye, Nozomi, que solo era una broma.
Mmm… ¿Me harán siempre ese comentario: que me caso con Chris-
tian por su dinero?
—De verdad que era una broma. Tú nunca has sido de esa clase de
chicas.
—¿Te apetece una tortilla? —le pregunto para cambiar de tema: no
quiero discutir.
—Sí.
—Y a mí también —dice Eli, entrando pausadamente en el
salón.
Oh, Dios…, solo lleva esos pantalones de pijama que le quedan tan
tremendamente sexys.
—Makoto —le saluda con un gesto de la cabeza.
—Eli —le devuelve el saludo Makoto con aire solemne.
Eli se vuelve hacia mí y sonríe maliciosamente. Lo ha hecho a
propósito. Entorno los ojos en un intento desesperado por recuperar la
compostura, y la expresión de Eli se altera levemente. Sabe que
ahora soy consciente de lo que se propone, y no le importa en absoluto.
—Iba a llevarte el desayuno a la cama.
Se me acerca con arrogancia, me rodea los hombros con el brazo, me
levanta la barbilla y me planta un beso apasionado y sonoro en los la-
bios. ¡Tan impropio de Cincuenta!
—Buenos días, Nozomi —dice.
Tengo ganas de reñirle y de decirle que se comporte… pero es su
cumpleaños. Me sonrojo. ¿Por qué es tan posesivo?
—Buenos días, Eli. Feliz cumpleaños.
Le dedico una sonrisa y él me la devuelve.
—Espero con ansia mi otro regalo —dice sin más.
Me pongo del color del cuarto rojo del dolor y miro nerviosamente a
Makoto, que parece como si se hubiera tragado algo muy desagradable.
Aparto la vista y empiezo a preparar el desayuno.
—¿Y qué planes tienes para hoy, Makoto? —pregunta Eli con
fingida naturalidad, sentándose en un taburete de la barra.
—Voy a ir a ver a mi padre y a Jinta, el padre de Nozomi.
Eli frunce el ceño.
—¿Se conocen?
—Sí, estuvieron juntos en el ejército. Perdieron el contacto hasta que
Nozomi y yo nos conocimos en la universidad. Fue algo bastante curioso, y
ahora son auténticos colegas. Vamos a ir de pesca.
—¿De pesca?
Eli parece realmente interesado.
—Sí… hay piezas muy buenas en estas aguas. Unos salmones
enormes.
—Es verdad. Mi hermano Eren-kun y yo pescamos una vez uno de
quince kilos.
¿Ahora se ponen a hablar de pesca? ¿Qué tendrá la pesca para los
hombres? Nunca lo he entendido.
—¿Quince kilos? No está mal. Pero el récord lo tiene el padre de
Nozomi, con uno de diecinueve kilos.
—¿En serio? No me lo había dicho.
—Por cierto, feliz cumpleaños.
—Gracias. ¿Y a ti dónde te gusta pescar?
Me desentiendo. No me interesa nada de todo esto. Pero, al mismo
tiempo, me siento aliviada. ¿Lo ves, Eli? Makoto no es tan malo.
Cuando llega la hora de que Makoto se marche, el ambiente entre am-
bos se ha relajado bastante. Eli se pone rápidamente unos vaquer-
os y una camiseta y, aún descalzo, nos acompaña a Makoto y a mí al
vestíbulo.
—Gracias por dejarme dormir aquí —le dice Makoto a Eli cuando
se dan la mano.
—Cuando quieras —responde Eli sonriendo.
Makoto me da un pequeño abrazo.
—Cuídate, Nozomi.
—Claro. Me alegro de haberte visto. La próxima vez saldremos por
ahí.
—Te tomo la palabra.
Se despide alzando la mano desde el interior del ascensor, y luego
las puertas se cierran.
—Sigue queriendo acostarse contigo, Nozomi. Pero no puedo culparle
de eso.
—¡Eli, eso no es cierto!
—No te enteras de nada, ¿verdad? —Me sonríe—. Te desea.
Muchísimo.
Frunzo el ceño.
—Solo es un amigo, Eli, un buen amigo.
Y de pronto me doy cuenta de que me parezco a Eli cuando
habla de la señora Robinson. Y esa idea me inquieta.
Él levanta las manos en un gesto conciliatorio.
—No quiero discutir —dice en voz baja.
¡Ah! No estamos discutiendo… ¿o sí?
—Yo tampoco.
—No le has dicho que vamos a casarnos.
—No. Pensé que debía decírselo primero a mamá y a Jinta.
Oh, no. Es la primera vez que pienso en eso desde que acepté su pro-
posición. Dios… ¿qué van a decir mis padres.
Eli asiente.
—Sí, tienes razón. Y yo… eh… debería pedírselo a tu padre.
Me echo a reír.
—Eli, no estamos en el siglo XVIII.
Madre mía. ¿Qué dirá Jinta? Pensar en esa conversación me
horroriza.
—Es la tradición —replica Eli, encogiéndose de hombros.
—Ya hablaremos luego de eso. Quiero darte tu otro regalo —digo
para intentar distraerle.
Pensar en mi regalo me tiene en un sinvivir. Necesito dárselo para
ver cómo reacciona.
Él me dedica su sonrisa tímida y se me para el corazón. Aunque viva
mil años, nunca me cansaré de esa sonrisa.
—Estas mordiéndote el labio otra vez —me dice, y me levanta la
barbilla.
Cuando sus dedos me tocan, un estremecimiento recorre mi cuerpo.
Sin decir una palabra, y ahora que todavía me queda algo de valor, le
cojo de la mano y le llevo de nuevo al dormitorio. Le suelto cuando
llegamos junto a la cama y, de debajo de mi lado del lecho, saco las
otras dos cajas de regalo.
—¿Dos? —dice sorprendido.
Yo inspiro profundamente.
—Esto lo compré antes del… eh… incidente de ayer. Ahora ya no
me convence tanto.
Y me apresuro a darle uno de los paquetes, antes de cambiar de
opinión. Él se me queda mirando desconcertado al notar mis dudas.
—¿Seguro que quieres que lo abra?
Yo asiento, ansiosa.
Eli rompe el envoltorio y mira sorprendido la caja.
—Es el Charlie Tango —susurro.
Él sonríe. La caja contiene un pequeño helicóptero de madera, con
unas grandes hélices que funcionan con energía solar. La abre.
—Energía solar —murmura—. Uau.
Y, sin apenas darme cuenta, ya está sentado en la cama, montándolo.
Lo encaja rápidamente y lo sostiene en la palma de la mano. Un
helicóptero azul de madera. Levanta la vista hacia mí con esa gloriosa
sonrisa de muchacho cien por cien americano, y luego se acerca a la
ventana y, cuando la luz del sol baña el pequeño helicóptero, las hélices
empiezan a girar.
—Mira esto —musita, y lo observa de cerca—. Lo que ya es posible
hacer con esta tecnología.
Lo sostiene a la altura de los ojos y contempla cómo giran las
hélices. Está fascinado, y también es fascinante ver cómo se deja llevar
por sus pensamientos mientras mira el pequeño helicóptero. ¿En qué es-
tará pensando?
—¿Te gusta?
—Me encanta, Nozomi. Gracias. —Me coge y me besa rápidamente, y
luego se da la vuelta para ver girar la hélice—. Lo pondré en mi des-
pacho al lado del planeador —dice, absorto, viendo girar las aspas.
Luego aparta el helicóptero del sol, y la hélice se ralentiza hasta
pararse finalmente.
Yo no puedo evitar sonreír de oreja a oreja y tengo deseos de abraz-
arme a mí misma. Le encanta. Claro, está muy interesado en las tecnolo-
gías alternativas. Ni siquiera había pensado en eso cuando lo compré a
toda prisa. Lo deja sobre la cómoda y se vuelve hacia mí.
—Me hará compañía hasta que recuperemos el Charlie Tango.
—¿Se podrá recuperar?
—No lo sé. Eso espero. Si no, lo echaré de menos.
¿Qué? Yo misma me escandalizo por sentir celos de un objeto inan-
imado. Mi subconsciente resopla y suelta una carcajada desdeñosa. Yo
no le hago caso.
—¿Qué hay en la otra caja? —pregunta con los ojos muy abiertos,
emocionado como un crío.
Dios mío.
—No estoy segura de si este regalo es para ti o para mí.
—¿De verdad? —pregunta, y sé que he despertado su curiosidad.
Le entrego nerviosa la segunda caja. Él la agita con cuidado y ambos
oímos un fuerte traqueteo. Eli levanta la vista hacia mí.
—¿Por qué estás tan nerviosa? —pregunta, perplejo.
Avergonzada y excitada, me encojo de hombros y me ruborizo. Él
arquea una ceja.
—Me tiene intrigado, Toujou-san —susurra, y su voz me penetra,
y el deseo y la expectativa se expanden por mi vientre—. Debo decir
que estoy disfrutando con tu reacción. ¿En qué has estado pensando?
—pregunta, entornando los ojos con suspicacia.
Yo contengo la respiración y sigo callada.
Él retira la tapa de la caja y saca una pequeña tarjeta. El resto del
contenido está envuelto en papel de seda. Abre la tarjeta, e inmediata-
mente me clava la mirada, con los ojos muy abiertos, impactado o sor-
prendido, no lo sé.
—¿Que te trate con dureza? —murmura.
Y yo asiento y trago saliva. Él ladea la cabeza con cautela evaluando
mi reacción, y frunce el ceño. Entonces vuelve a fijarse en la caja. Rasga
el papel de seda azul pálido y saca un antifaz, unas pinzas para pezones,
un dilatador anal, su iPod, su corbata gris perla… y, por último, aunque
no por eso menos importante, la llave de su cuarto de juegos.
Me mira fijamente con una expresión oscura e indescifrable. Oh, no.
¿Ha sido una mala idea?
—¿Quieres jugar? —pregunta con voz queda.
—Sí —musito.
—¿Por mi cumpleaños?
—Sí.
¿De dónde me sale este hilo de voz?
Multitud de emociones cruzan por su rostro sin que pueda identificar
ninguna, pero finalmente me domina la ansiedad. Mmm… Esa no es ex-
actamente la reacción que esperaba.
—¿Estás segura? —pregunta.
—Nada de látigos ni cosas de esas.
—Eso ya lo he entendido.
—Pues entonces sí. Estoy segura.
Sacude la cabeza y vuelve a mirar el contenido de la caja.
—Loca por el sexo e insaciable. Bueno, creo que podré hacer algo
con estas cosas —murmura como si hablara consigo mismo, y vuelve a
meter el contenido dentro de la caja.
Cuando me mira otra vez, su expresión ha cambiado totalmente.
Madre mía, sus ojos refulgen ardientes, y en sus labios se dibuja lenta-
mente una erótica sonrisa. Me tiende la mano.
—Ahora —dice, y no es una petición.
Mi vientre se contrae y se tensa con fuerza muy, muy adentro.
Acepto su mano.
—Ven —ordena, y salgo de la habitación detrás de él, con el
corazón en un puño.
El deseo recorre lentamente mi sangre ardiente y mis entrañas se
contraen anhelantes ante la expectativa. ¡Por fin!
