Disclaimer: Los personajes no me pertenecen a mí, sino a la genial Jane Austen y a sus descendientes.
Segundas Oportunidades
Capítulo 21: ¿Superado?
Lizzie se despertó en el sofá del departamento que Jane compartía con una amiga. Después de discutir con Darcy fuera del club, se había dirigido inmediatamente al edificio; no se sentía con ánimos para volver a la fiesta. Rápidamente se había acostado en el sofá cama, y había fingido estar dormida cuando su hermana llegó, unas horas más tarde.
—Buenos días, Lizzie —la saludó Jane, dirigiéndose a la cocina del departamento y viendo que su hermana estaba despierta —. Te fuiste temprano anoche, ¿o no?
—Sí, me dolía un poco la cabeza —fue la escueta respuesta de su hermana menor.
—¿Sí? —Inquirió Jane, levantando las cejas. —Darcy también se fue temprano —agregó, mirando a Lizzie a los ojos.
Lizzie rehuyó la mirada de su hermana, levantándose del sofá y siguiendo a su hermana dentro de la cocina. Jane estaba hirviendo agua para preparar café, y preparando tostadas para el desayuno. Ninguna de las dos dijo nada hasta que ambas se sentaron en la mesa alta de la cocina, y entonces, Jane decidió romper el incómodo silencio que se había generado entre ambas.
—Entonces, ¿hasta cuándo piensan seguir así? —Interrogó a su hermana, que sólo bajó la cabeza, avergonzada. —Lizzie, no quiero ser desagradable, ni nada por el estilo, pero creo que tienen que solucionar esto. No puede ser que sean incapaces de hablar entre ustedes.
—Bueno, al parecer si puede ser —rebatió Lizzie, a la defensiva —. Ayer traté de hablar con él, porque hay algo que necesita saber, pero él no quiso hablar conmigo. ¿Sabes qué? Me rindo, no quiero saber una palabra más acerca de Fitzwilliam Darcy en lo que me queda de vida —declaró Lizzie, sabiendo que eso era una mentira como una catedral. Pero Jane no tenía por qué saber eso.
Jane tuvo que contenerse para no rodar los ojos frente a la declaración de su hermana. Sabía perfectamente que Lizzie hablaba desde su rabia y de la impotencia que sentía por el rechazo de Darcy; y también sabía que todo eso era mentira. Era cosa de ver a Lizzie a los ojos y darse cuenta de que aún estaba enamorada de él, y por eso, el rechazo era aún más doloroso para ella.
Jane se quedó callada, viendo como su hermana se preparaba una taza de café instantáneo y ponía dos tostadas con mantequilla en su plato. Lizzie parecía haberse refugiado en su obstinado silencio, y mordisqueaba sus tostadas mirando al horizonte. Jane reconocía eso como la actitud que adoptaba Lizzie cuando estaba preocupada.
—Está bien, cambiemos el tema —dijo Jane, después de un rato de silencio—. ¿Cómo van tus estudios? No alcanzamos a hablar de eso el otro día.
Al escuchar la pregunta de Jane, Lizzie sonrió ampliamente. Respondió a la pregunta de su hermana, contándole historias acerca de sus compañeros y profesores. Jane vio como Lizzie parecía animarse al contarle historias divertidas, distrayéndose momentáneamente de sus problemas. Así, se parecía más a la vieja Lizzie, siempre dispuesta a reír cuando las personas actuaban ridícula o patéticamente. No le sentaba esa actitud de víctima que había adoptado últimamente.
—¿A qué hora es tu tren esta tarde? —Preguntó Jane, mientras Lizzie lavaba los platos en el lavadero, unos minutos después.
—A las seis y media, ¿qué quieres hacer el resto del día? —Preguntó Lizzie, mientras dejaba un plato en el escurridero. Jane miró el cielo nublado a través del vidrio de la ventanita de la cocina y arrugó el ceño. —No pongas esa cara —agregó Lizzie, con un tono divertido —. Nunca vengo a Londres, no vamos a quedarnos en casa por un poco de lluvia. Y ya sabes que amo la lluvia, no hay nada como pasear bajo ella.
—Está bien —concedió Jane, luego de meditarlo un poco —. Decide qué quieres hacer y lo haremos —añadió. No le hacía mucha gracia salir con esas nubes dando vueltas por ahí.
Lizzie lo pensó un rato, había muchas cosas que le gustaban de Londres. Le encantaba pasear por los museos, o visitar los monumentos famosos. Siempre se había sentido sobrecogida ante Westminster, porque sentía la historia que recorría las paredes de piedra. Analizó cuidadosamente todas las posibilidades, antes de decirle a su hermana que quería ir a Covent Gardens. La feria que se instalaba en ese barrio era muy interesante y siempre había cosas interesantes que ver ahí. Era uno de sus lugares preferidos de Londres.
—De acuerdo —accedió Jane, después de mirar nuevamente las nubes oscuras por la ventana. Si Lizzie quería ir a Covent Gardens, a Covent Gardens irían.
-o-
Darcy salió del departamento de Bingley antes de que éste se levantara. Había un café cerca del edificio donde vivía Bingley, y ahí se dirigió para tomar una taza de café. Necesitaba estar solo, para poder pensar, pero no pudo concentrarse completamente en sus pensamientos porque unos minutos después, Bingley en persona apareció en el café.
—Pensé que podías estar aquí —dijo, sentándose en la silla frente a Darcy —. Anoche te fuiste muy temprano, no dejaste que nadie dijera nada acerca de la canción. Lo hiciste genial, casi como si lo sintieras de verdad.
Darcy sólo asintió, tomando la taza en sus manos y llevándosela a los labios. Bingley no pudo evitar pensar que era extraño que Darcy fuera tan frío. Desde el año anterior, el joven había avanzado mucho en ese aspecto, pero desde que había terminado con Lizzie, parecía haber retrocedido más de lo que había avanzado. La tarde anterior había intentado sonsacarle algo de información acerca de Lizzie, pero le había sido imposible: Darcy era imperturbable. Y al tocar ese tema, parecía reforzar su coraza.
—¿No quieres hablar conmigo? —Le preguntó a su mejor amigo, que sólo se limitó a encogerse de hombros ante la pregunta.
—¿Cuál fue tu primera pista? —Bufó Darcy, sarcásticamente. —No, Charles, no quiero hablar contigo.
—¿Seguro? —Lo interrogó nuevamente su amigo, examinando atentamente la expresión de Darcy. —Creo que te haría bien hablar un poco. Estoy seguro de que no has hablado de esto con nadie, y que estás a punto de explotar. La única vez en mi vida que te he visto actuar así fue cuando conociste a Lizzie y te enamoraste de ella… sin querer admitirlo. ¡Te hubieras visto en esa época!
Darcy enfrentó la mirada de su amigo, ligeramente sorprendido por la declaración. Él siempre había pensado que Bingley era un distraído por naturaleza, y que era incapaz de darse cuenta de lo que pasaba con los demás. Pero, al parecer, era perfectamente capaz de darse cuenta de muchas cosas. Quizás él no era un buen juez de sus amigos. Inspirando hondamente, se preparó para contarle todo a su amigo.
—Pero claramente, todo esto es una pérdida de tiempo. Ya le dije que siguiera su camino, y a mí no me queda más alternativa que hacer lo mismo —declaró Darcy, después de terminar de contarle la historia —, tengo que superarla, Charles. Si no lo hago, me voy a volver loco.
Bingley se acomodó en su silla, pensando en lo que su amigo le acababa de decir. Por el tono de voz del joven, se daba cuenta de que estaba mintiendo descaradamente. Por mucho que Darcy dijera y jurara que quería olvidarse completamente de Lizzie, era mentira. Sabía que Darcy pensaba que ella había volteado todo su mundo y, a pesar de todo, eso lo hacía feliz. Pero Bingley no dijo nada, sino que se limitó a devolverle una sonrisa comprensiva.
—Georgie dice que debería darle una oportunidad a Lizzie para explicarme lo que tiene que decir —agregó Darcy, unos minutos después —. ¿Qué crees que debería hacer?
—¿En qué minuto nos volvimos unas niñas que se aconsejan acerca de sus relaciones? —Se burló Bingley, provocando que Darcy se pusiera rojo, al darse cuenta de lo ridículo que había sonado. Ellos dos jamás tocaban esos temas, los hacían sentirse incómodos. —¿De verdad quieres mi opinión? —Agregó el joven, levantando las cejas. Darcy asintió con la cabeza. —Bueno, lo único que puedo decirte es que creo que tu hermana tiene razón. Habla con Lizzie, ella necesita que la escuches, y no perderás nada.
Darcy no contestó, mirando su taza vacía como si fuera lo más interesante del mundo. Bingley se encogió de hombros y pidió un café para él.
-o-
—¡Lizzie! ¡Volvamos a casa! —Exclamó Jane, viendo como su hermana bajo la lluvia. Ambas estaban en Hyde Park, donde habían ido tras visitar Covent Gardens. Mientras ambas caminaban por los caminos de grava, una intensa lluvia helada empezó a caer.
El primer instinto de Jane fue buscar alguna glorieta o un techo en el que guarecerse hasta que la lluvia pasara, ya que a ninguna de las dos se le había pasado por la cabeza salir con un paraguas. Lizzie, por otra parte, empezó a bailar bajo la lluvia, disfrutando de la sensación que el agua helada provocaba en su cara.
—¿Para qué? ¡La lluvia es lo mejor! —Gritó a su vez, viendo como Jane arrugaba la nariz, disgustada. Lizzie ignoró el gesto de su hermana y saltó sobre una poza, empapándose los calcetines.
—¡Lizzie! No seas infantil —la regañó su hermana, al ver el comportamiento de Lizzie, que parecía una niña de cinco años jugando en la lluvia. Lizzie la ignoró, sin dejar de saltar y bailar en la lluvia.
Jane resopló, enojada, y se acercó a su hermana. Sin permitirle protestar, la tomó del brazo y la arrastró sobre la grava, mientras buscaba un refugio de la lluvia. Mientras caminaban iba regañándola, diciéndole que era imposible que se comportara como una niña cuando ya tenía más de dieciocho años. Lizzie se detuvo, cruzándose de brazos ante el regaño de su hermana.
—Si crecer significa tener que dejar de bailar en la lluvia, no quiero crecer —declaró decididamente. Sus ojos brillaban de excitación y los mechones mojados rodeaban su rostro, dándole un aire inocente que casi desmentía la ferocidad de su mirada. Jane no pudo evitar pensar que, a pesar de los dieciocho años de Lizzie, ella aún podía actuar como una niña, sin ser precisamente inmadura.
—Pero bailar bajo la lluvia suele ser mejor idea cuando puedes darte un baño caliente inmediatamente después —dijo Jane, suavizando su expresión —. Son las cuatro, tendrás que ducharte rápidamente y cambiarte de ropa antes de salir a la estación, tenemos que apurarnos.
Lizzie arrugó la nariz, pero siguió a Jane por las calles que las separaban del departamento. Ese pequeño paseo bajo la lluvia la había ayudado a aclarar sus pensamientos y se sentía mucho mejor. La compañía de Jane siempre tenía ese efecto en ella, y eso sumado a la lluvia, había obrado milagros.
-o-
Muchas horas después de ese desayuno en el café, Darcy estaba conduciendo por las calles de Oxford. Había conducido entre Londres y Oxford bajo esa lluvia torrencial, y sorprendentemente para él, se sentía aliviado. La lluvia siempre le recordaba a Lizzie porque a ella siempre le había encantado la lluvia. Y porque la primera vez que se había atrevido a confesar que sentía algo or ella, había sido bajo la lluvia. Recordaba cómo apenas las primeras gotas comenzaban a caer, Lizzie salía corriendo y levantaba su cara para recibirlas en su rostro.
"Maldita sea, ¿cómo se las arregla para aparecer siempre que no quiero saber más de ella?", bufó, apretando el manubrio con más fuerza de la necesaria. Una figura menuda que caminaba por la vereda arrastrando una maleta llamó su atención. Reconoció la mochila preferida de Lizzie, que había sido pintada por Charlotte Lucas, y detuvo su auto junto a ella, bajando el vidrio de su ventana.
—Elizabeth… —la llamó. Lizzie levantó la cabeza al oír su nombre. —¿No quieres que te lleve?
El rostro de Lizzie se endureció. ¿Qué se creía él para despreciarla un día y ofrecerle su caridad al siguiente? Desvió su mirada del auto y siguió su camino, sin decir una palabra. Ya lo había decidido, los dos podían jugar a ese juego. Darcy apretó los labios y avanzó junto a ella.
—No seas idiota, te estás mojando porque sí —insistió. Lizzie parecía estar obstinada en no escucharlo en lo absoluto, sin dejar de caminar en dirección a su residencia. —¡Lizzie! —Exclamó él, intentando llamar definitivamente la atención de la joven.
—No, gracias. Puedo caminar perfectamente —dijo ella, levantando la cabeza orgullosamente. No iba a dejar que Darcy sintiera compasión por ella. Él había decidido que no quería saber más de ella, no tenía derecho a preocuparse por ella.
—Vamos, no seas idiota —bufó Darcy, frustrado.
—¿Idiota? —Lizzie se dio media vuelta, con los ojos brillando de rabia. Su voz tenía un matiz peligroso, que habría asustado a alguien más cobarde que Darcy. —¿Me llamaste idiota? Al menos soy capaz de escuchar al resto. ¿Acaso piensas escucharme en el recorrido? No. Apena trate de decirte algo, me harás callar. No quieres oír nada que diga que te equivocaste. ¿Sabes? Siempre has actuado como si fueras superior a todo el mundo, una especie de autoridad moral, pero me malinterpretaste de la peor manera posible. ¿De verdad crees que yo sería capaz de hacerte algo así? Sólo con eso me demostraste que no tengo nada que hacer contigo, Fitzwilliam Darcy. Nunca podría estar con alguien así…
Lizzie soltó ese discurso, antes de dar media vuelta y alejarse a toda velocidad del auto de Darcy. Él, por su parte, no supo qué hacer y se quedó helado ahí. Un rato después, maldiciendo entre dientes apretó el acelerador y se alejó de ese lugar tan rápidamente como pudo.
Bueno, Lizzie también tiene su orgullo. Y aunque sea capaz de enfrentarse a Darcy, tampoco está dispuesta a dejarse pisotear de esa manera. Y Darcy ya necesitaba que alguien le cantara las verdades. Es testarudo el hombre.
Como siempre, gracias a los que leen esta historia, en especial a todos los que dejan reviews, o agregan la historia a sus alertas/favoritos. ¡Muchas gracias!
¡Hasta el próximo capítulo!
Muselina
