Cocoon

Paraíso Unipersonal

-Capítulo 21-

Disclaimer: Los personajes son propiedad de sus respectivos autores. No busco una ganancia comercial al usarlos, si no satisfacer un fin meramente ocioso.


—¿What the…? (¿Pero qué…?)

En aquel frío mediodía, el aroma dulzón de las rosas la envolvía: helado, frío… impertinente, casi como si no existiese nada más en aquel instante de desconcierto. Sus extremidades dolían con la fuerza de mil cuchillos clavándose entre sí, pero por algún motivo que aún no entendía, le costaba moverlas. Se sentía helada y confundida por aquel perfume, pero se rehusaba a abrir los ojos puesto que sabía que el más mínimo contacto con el sol procedería a anularle el sentido de la vista por unos cuantos minutos.

Una fuerte ráfaga de viento sacudió toda vegetación presente en aquel jardín y provocó que a la joven se le pongan los pelos de punta. Diablos, qué frío que hacía... Tenía que hacerlo, le daba algo de pereza, pero necesitaba moverse urgente y sabía que el sol la ayudaría: era necesario sacrificar algunos instantes de claridad por un poco de calidez. La necesitaba, y mucho.

Oh god… (Oh Dios…)— susurró por lo bajo, gruñendo y apretando los labios con fuerza.

Muy lentamente, casi a rastras y con una inquebrantable voluntad, la joven borracha de la noche anterior comenzó a abrir aquellos miedosos párpados. Los ojos resecos le ardían, no sólo por la ausencia de humedad, sino por la velocidad a la que la luz se había expandido dentro de ellos. Volvió a cerrarlos y dejó salir un quejido, volviendo a juntar fuerzas para intentarlo nuevamente: esta vez se dio algo más de tiempo, procuró hacerlo de manera más paulatina. Los labios se le curvaron un poco hacia arriba al notar que había funcionado, y la primera imagen clara con la que se encontraron sus ojos fue la de un inmenso techo blanco por sobre ella. Movió un poco la cabeza y divisó unas enormes columnas que se perdían hacia arriba, conectándose con aquella cubierta… ¿Qué era todo eso? ¿Dónde diablos estaba?

Dado que aún sus ojos no estaban acostumbrados a tanta luminosidad decidió dejarlos reposar por unos segundos más pero una nueva correntada la hizo tomar consciencia de que, en realidad, lo que provocaba la dificultad para moverse era la misma temperatura: no recordaba absolutamente nada pero, juzgando por el clima tan frío de aquel lugar, todo parecía indicar que pasó la noche allí afuera… eso explicaría el hecho de que sus extremidades se encontrasen tan entumecidas. Ahora sí, más que nunca, tendría que juntar fuerzas y moverse hacia el sol, era imperativo que la calidez la envolviese.

Comenzó moviendo la punta de los dedos de sus manos y pies, para proseguir con los codos y las rodillas y lentamente darse vuelta, quedando de bruces contra el suelo. Despacio se arrastró algunos escalones abajo, con su pecho y abdomen a ras del piso, dirigiéndose hacia aquel inmenso jardín que comenzaba a abrirse paso frente a sus ojos. Ya fuera de los terrenos que cubría el alto techo de la edificación pudo comenzar a sentir los rayos de aquella templada luz sobre su espalda, pero la tierra del piso se encontraba algo húmeda, manchando y mojando el vestido que aún llevaba puesto de la noche anterior.

Sin embargo nada de eso importaba ahora que se encontraba allí bajo el sol, su cuerpo volviendo a recobrar por completo la vida que parecía haberse escurrido por cada poro helado de su piel. Después de algunos minutos ya no se encontraba tan incómoda y recayó nuevamente sobre su cuerpo la realización de que estaba en un lugar absolutamente desconocido para ella, por lo que se puso de pie y observó con detenimiento los alrededores, algo vital para recobrar más la calma: un hermoso jardín se extendía de punta a punta y parecía rodear la estructura inmensa bajo la cual había despertado. Cerca de donde se encontraba se alzaba un enorme árbol de grueso tronco, algunas de sus raíces asomando por sobre la tierra, y en la extensión de aquel verde reinaba un inmenso rosedal, poblado por unas flores de un tamaño que pocas veces había visto antes. El aroma que cubría el ambiente era delicioso y sin darse cuenta se vio sonriendo, inspirando profundamente aquel dulce perfume.

Curiosa ante las dimensiones del jardín, la joven comenzó a caminar despacio, rodeando la estructura de aquella construcción que parecía ser típicamente griega. Tal como había supuesto antes, el rosedal continuaba por aquellos lares, esbozando rosas en tonos ya no tan comunes como los que ocasionalmente podría encontrar en alguna florería: enormes brotes en color amarillo, violeta y hasta negro, que rompían con la monotonía típica del color granate.

—Woah… This is beautiful… (Esto es hermoso…)

La belleza que recorría el lugar era innegable y siendo una amante de la naturaleza, la muchacha de cabellos color dorado no podía evitar distraerse: sin darse cuenta dejó atrás todas sus preocupaciones y sólo se concentró en disfrutar de aquel hermoso paisaje. Y finalmente, cuando terminó de grabar cada precioso instante dentro de sus retinas, caminó hacia el frente del Templo, alzando su rostro hacia arriba y chequeando cada ínfimo detalle de la fachada. Allí delante rezaba "PISCIS", en letras griegas, y un pensamiento súbito recorrió su mente, que ya comenzaba a atar algunos cabos.

Aquella muchacha corrió atolondradamente hacia el lugar donde había despertado y encontró en el suelo los contenidos de su cartera desparramados por el piso, antes había estado tan desorientada que no había logrado percatarse de la presencia de los mismos. ¿Piscis? Sí… Piscis: ese era el lugar al que debería ir, era el sitio en el que se había comprometido a estar; ahora, cómo había llegado hasta allí era un dato que estaba fuera de su imaginación, pero confiaba en que eventualmente se enteraría, así que decidió no hacerse demasiado problema al respecto. Efectivamente, lo único que recordaba era que el desgraciado ese la había plantado en la discoteca y que se puso a beber como loca con un hombre de cejas raras… y luego todo se tiñó de negro.

De rodillas en el suelo comenzó a recoger todas sus cosas, en su mayoría papeles y su billetera, y leyendo otra vez los contenidos de la carta firmada por la dueña de aquel lugar confirmó el dato que había cruzado por su cabeza minutos antes: sin saberlo había llegado hasta el Santuario y había subido todo el camino hasta el Templo de Piscis. ¿Qué más pasó la noche anterior? Por mucho que se esforzase la joven no podía recordar nada más, y se llevó una mano hacia la nuca, para rascarse la cabeza…

Wait… There's something missing… (Momento… Algo está faltando…)— balbuceó, toqueteándose insistentemente la nuca en búsqueda de algo. — FUCK, IT'S GONE! Oh god what the hell happened? (RAYOS, ¡NO ESTÁ! Oh por Dios, ¿qué diablos pasó?)

El hecho de descubrir que había perdido su extensión de pelo la hizo sentir aún más desconcertada, y allí mismo se dio cuenta de que su cartera tampoco estaba a la vista. La muchacha suspiró con fuerza y volvió a mirar hacia el techo… Y bueno, ¿qué más podría hacer? Al menos tenía su pasaporte y la billetera, ¿o no? Ya estaba allí, no tenía más opción que seguir adelante: a pesar de ser joven no era alguien que se rindiese con facilidad, sabía que todo tenía solución, de nada servía amargarse por nimiedades. Era evidente el hecho de que ni siquiera había hecho el check out en el hotel porque tampoco se encontraban allí sus valijas, pero luego se ocuparía de ello; por ahora el mejor plan de acción era intentar presentarse con el dueño de la casa, un tal "Afrodita", por lo que volvió hacia el frente del Templo y procedió a tocar la puerta con suavidad.

La muchacha no tuvo que esperar demasiado puesto que, casi como si la hubieran estado esperando, un joven de facciones afeminadas enseguida salió a abrirle, envuelto en una bata de baño color rosa.

—¡Hola! ¿Eres Afrodita de Piscis?

El pisciano no se molestó en disimular la cara de desprecio que lo dominaba, mirándola de pies a cabeza con asco: la joven de la noche anterior estaba sucia y desarreglada, y para colmo aquella desagradable mujer tenía un acento extranjero bastante molesto. Parecía ser de esas personas llenas de energía, el tipo de personalidad que más le molestaba… de verdad era irritante.

—Mi nombre es Corinne y he v-

—No me interesa en lo más mínimo. — la interrumpió Afrodita, mostrándole los dientes. — Vete por donde viniste.

Acto seguido aquel hombre dio un portazo tal como lo había hecho la noche anterior con Shura y Mu, dejando a la joven confundida. Pero aquella sensación no le duró mucho puesto que al instante su rostro se transformó producto de la indignación, y arremetió contra la puerta nuevamente.

—¡P-pero! — exclamó ella. — ¡Afrodita!

Y otra vez Piscis abrió la puerta unos pocos centímetros, respondiendo al llamado desesperado, regalándole a la muchacha una mirada fulminante.

—No voy a repetírtelo de vuelta… aquí no eres bienvenida, así que lárgate o te largo yo y no va a gustarte.

La puerta de entrada volvió a brindar un tremendo sonido de golpeteo, Corinne pudiendo oír desde afuera cómo Afrodita pasaba el pestillo de seguridad. La actitud petulante del pisciano había logrado enfadarla en tiempo récord, realmente estaba furiosa por lo maleducado que se había mostrado frente a ella, una mera desconocida… ¿Quién diablos se creía que era?

Aquella muchacha se mantuvo allí de pie por algunos segundos más, con los puños apoyados en su cadera, pero Afrodita no dio ninguna otra señal de vida por lo que sin mediar conciliación alguna, ella largó un bufido y le mostró bien en alto el dedo del medio.

—¿Ah no me abres? Está perfecto, me marcho… ¡Pero volveré!

Tal como había predicho Afrodita, Corinne era precisamente una mujer de armas tomar: ella no se rendía fácilmente, y si daba su palabra hacía hasta lo imposible para cumplirla hasta el final. Era algo obvio que, al menos por ahora, no podría contar en lo absoluto con la ayuda de Piscis, por lo que primero que nada tendría que solucionar el gran problema que se le estaba viniendo encima: era necesario ver cómo resolvería el asuntito de la vivienda, por lo que definitivamente era imperativo que regresase al hotel para retirar sus pertenencias.

Apretando con fuerza lo poco que llevaba en su mano, la rubia abandonó la entrada del doceavo Templo y se acercó a paso firme hacia el gran tramo de escaleras que se abría por debajo de sus pies. Si bien ella era una mujer que disfrutaba una buena aventura, al encontrarse allí parada en soledad no pudo evitar frenar sus pensamientos por un segundo para observar la inmensidad de aquel paraíso natural que sus ojos color tierra acariciaban. Realmente se encontraba a unos cuantos metros sobre el nivel del mar: la vista era demasiado increíble para ser cierta y con cada respiración sus pulmones se inflaban cada vez más de adrenalina, su cuerpo preparándose para lo que haría a continuación.

Ahora con una enorme sonrisa enmarcando su rostro, aquella joven mujer estiró sus firmes y torneados brazos por sobre su cabeza y se desperezó con fuerza, casi como si volviese a juntar energías del sol. La noche anterior también lo había pensado pero por una sola vez en su vida quería intentar ser algo más femenina, sin embargo era inevitable: el vestido que llevaba puesto era demasiado incómodo y restringía en gran parte el movimiento natural de sus piernas, por lo que sin dudarlo dirigió sus manos hacia el ruedo del mismo y procedió a darle un vigoroso tirón vertical causando que la delicada prenda se rompa con facilidad, dejando ver un profundo tajo que se expandía sobre su pierna derecha casi hasta el hueso de su cadera. Pero una sola pierna libre no era suficiente por lo que volvió a repetir dicha acción en su extremidad izquierda, ahora dando algunos saltitos de alegría y comprobando lo cómoda que se sentía.

Y así de la nada, súbitamente, Corinne comenzó a correr cuesta abajo, dejando atrás los escalones con una increíble rapidez. Sus piernas se extendían y retraían ágilmente, el movimiento de sus brazos acompañando el envión que simbolizaba cada paso liberador, el grito que había estado aclamando durante tanto tiempo: aquello era lo que más amaba en el mundo, y el sólo hecho de protagonizar un momento tan estimulante la llenaba de vida y alegría. El aire era frío allí arriba pero eso no la detenía, si quería llevar a cabo sus planes de manera exitosa sabía que tenía que llegar hasta la entrada de aquel lugar lo más pronto posible, y no pudo evitar agradecerse a sí misma por no haber terminado de traicionar sus principios al haberse colocado un par de zapatos chatos y cómodos la noche anterior.

Debido a su trabajo como fotógrafa freelance esa no era la primera vez que pisaba un lugar de tanta historia como ese, y sin duda lo que más le agradaba del Santuario –en lo poco que había podido ver– era el aspecto arquitectónico, detalle que se detenía a observar con más énfasis cada vez que llegaba a los siguientes Templos. No tardó en notar, sin embargo, que había algunas manchas desubicadas de modernidad en el medio de aquel lugar: cada tantos metros aparecía algún que otro poste de luz, y a los costados de algunas de las Casas principales se asomaban edificios y estructuras que poco tenían que ver con la construcción típica del lugar.

Más allá de sus descubrimientos y conclusiones tempranas, aquel inmenso lugar era dominado por el silencio, cuestión que le resultaba algo extraña. En lo que llevaba de recorrido no había tenido la dicha de encontrarse con otro ser humano, pero eso tampoco podía ser algo malo, después de todo era una extraña allí y no quería involucrarse en otro problema; además de que estaba algo apurada, no era conveniente que se retrasase más.

Tras una intensa bajada a toda velocidad, Corinne frenó de golpe en el rellano del que parecía ser el último Templo, acercándose hacia el frente del mismo para chequear el nombre: "ARIES". Se asomó nuevamente desde el borde del comienzo del último trayecto de escaleras, y desde allí pudo divisar con facilidad la entrada formal del Santuario. ¡Al fin había llegado! Y tal como había hecho en las casas anteriores, se tomó unos segundos para apreciar los alrededores, notando a diferencia de los otros que allí frente a aquel recinto se encontraba un pequeño proyectito de jardín.

—¿Tanto te vas a tardar?

Corinne levantó la cabeza y la dirigió hacia la puerta de Aries, agudizando el oído lo más que pudo: una voz masculina provenía desde adentro, en un tono que parecía sonar exasperado.

—¡Me voy adelantando!

—Ay por favor ten un poco de paciencia… ¡Es que me duelen los pies! — ahora era una mujer la que hablaba, casi suplicante ante el reclamo del hombre. — ¡Te recuerdo que a ti no te agarró Alde para bailar!

—No inventes excusas, yo te dije que no salgas con esos tacos incómodos. — enseguida respondió el joven. — Ahora me voy, nos encontramos arriba.

Obviamente sabía que no era correcto escuchar conversaciones ajenas, pero el timbre de aquella voz le sonaba extrañamente familiar por lo que la muchacha se mantuvo allí de pie como si nada, sin cruzársele por la cabeza ni un solo segundo el pensamiento de esconderse.

En aquel instante y tal como había previsto, Mu salió de la casa y fue recibido con un sol despampanante, aquellos rayos potentes inhabilitando sus ojos por algunos segundos, procediendo a tapárselos con ambas manos lo mejor que pudo.

—¡AH! ¡Tú eres el de anoche!

Por supuesto que la joven lo reconoció al instante y no pudo evitar exclamar para llamar su atención. ¡Pero qué casualidad volver a encontrarlo allí! Definitivamente era reconfortante ver un rostro conocido, dentro de todo el torbellino de confusión que había sido ese día.

Al escuchar las palabras de aquella mujer, un curioso Mu colocó la mano de manera recta por sobre sus cejas para hacer algo de sombra, y allí pudo verla mucho mejor: era la joven alcohólica con la que había bebido en la barra la noche anterior.

—¡Hola! — la saludó Aries amablemente, acercándose a ella. — ¿Cómo te sientes? Con todo lo que bebiste no pensé que me recordarías.

Corinne no pudo evitar reírse.

—Oh vamos, jamás olvidaría esas cejas tan raras. — contestó la joven con una sonrisa divertida, empujando suavemente la frente de Mu con la yema de sus dedos. — Me siento fantástica.

El ariano se mantuvo inamovible por algunos segundos. Después de la manera en la que la había conocido la noche anterior, la verdad era que aquel exceso de confianza ya no lo espantaba. Sí era cierto que la referencia a sus cejas era algo fuera de lugar, en especial el empujoncito de recién… pero tampoco había sentido que le faltase el respeto, así que lo dejó pasar: evidentemente era algo muy arraigado en ella, después de todo era extranjera… ¿Quizás así eran las costumbres de su país de origen?

—¡AY, ya voy Mu!

La otra voz femenina volvió a resonar dentro de la casa, una mujer cruzando la puerta con bastante dificultad.

—Mu no te vayas, espérame…

El rostro de Nanako sólo reflejaba dolor y se notaba por todo su cuerpo, en especial en su manera de caminar: no podía evitar cojear con dificultad, apoyándose en el marco de la puerta y las paredes para dar unos pocos pasos. Sólo estaba pensando en ella misma por lo que no notó la presencia de Corinne, quien observaba algo espantada lo delgadas que eran las piernas de aquella joven, pensando que seguro temblaban de esa manera debido a la aparente falta de peso que ostentaba: era la primera vez que la veía y no quería ser prejuiciosa, pero a sus ojos, aquella delgadez no lucía saludable en lo absoluto.

—Veo que Mu es tu nombre. — habló la muchacha de cabellos dorados, intentando ignorar lo perturbador que le había resultado la visión de los "palitos de gelatina" de esa desconocida. — Discúlpame que no te lo pregunté anoche, pero la verdad era que sólo quería descargarme con alguien que no conociese, ni se me pasó por la cabeza que nos volveríamos a encontrar.

—Ah… No te preocupes por eso.

—Mi nombre es Corinne.

Era molesto para Nanako tener que salir tan desarreglada, el mero hecho de haberse colocado un par de zapatillas era tortuoso, pero peor aún se sintió al percatarse de la situación que ocurría frente a ella. ¿Quién era esa joven? ¿Qué pensaría de ella al conocerla tan mal vestida…? Peor aún, estaba a cara lavada, no se había colocado nada de maquillaje, ni un poco de base… Por todos los Dioses, qué espanto.

—Mmmh… ¿Quién eres? — inquirió Nanako con voz cansina, avanzando torpemente hacia donde ambos estaban conversando, arrastrando los pies en el suelo.

Las piernas y la suela de los pies no eran lo único que dolía en el cuerpo de Nanako: la cabeza le explotaba producto de la falta de sueño dado que había vuelto a la mañana de la salida con Aioros.

—¿Recuerdas a la borracha de la noche anterior? — inquirió Mu.

Nanako asintió con la cabeza, apoyando una mano en el hombro de Mu y utilizándolo como sostén para dejar de balancearse tanto.

—Bueno, es ella.

—¿¡EH!? — exclamó la joven de cabellos marrones, incrédula.

Corinne otra vez se sometió a la mirada de arriba-abajo que parecía ser tan común en el Santuario, Nanako completamente sorprendida por las palabras de su amigo. Anoche no había podido apreciarlo bien pero, ¡era altísima! Medía casi lo mismo que Mu, y no era solamente la altura, sino que la contextura la acompañaba con creces. Si quería verle bien el rostro tenía que levantar la cabeza, y eso le resultaba algo extraño e incómodo. Pero había algo raro… algo faltaba y se llevó la mano libre al mentón, intentando recordar más.

—Mmmhh… Pero Mu… el pelo… le falta… — balbuceó Nanako, otra vez bajando la mirada y poniéndose pálida. —¡Por todos los Dioses! ¿¡Qué le pasó a tu ropa!?

La rubia se encogió de hombros, sin preocuparse en lo absoluto.

—Así es más cómodo. — se excusó, para luego proceder a estirarse nuevamente. — Me encantaría quedarme a conversar un rato más, pero tengo algunas cosas que hacer ahora… Supongo que nos veremos luego.

—Momento momento, ¿vas a salir así?

Oh. Eso sí que no se lo esperaba, por supuesto que Corinne no lo dejaría pasar.

—¿Salir "así"? — inquirió, avispada ante el tono despectivo en el que Nanako se había referido a su vestimenta. — ¿A qué te refieres?

—A que estás mal vestida. — respondió la otra joven al instante, sin retractarse ni un solo segundo.

—Pues así estoy más que perfecta.

Mu pudo percibir el comienzo de lo que parecía estar tornándose en una conversación hostil, por lo que intervino rápidamente:

—Bueno, bueno…

—No pasa nada Mu. — contestó con tranquilidad la joven más alta. —Como había comentado antes, estoy algo apurada, si no me quedaría un rato más con los dos.

Mientras la nueva integrante del Santuario se despedía de ambos, Nanako se mantuvo en la misma posición inflexible que tomó segundos atrás. Sólo había un pensamiento recorriendo su mente: "¿cómo puede andar por la vida así de desarreglada…?", sin embargo sabía que no era del todo correcto comportarse de esa manera, aquella era la lección más grande que la amistad de Kaname le había dejado. Tenía que dejar de proyectar sus inseguridades en otras mujeres… pero hasta ahora sólo se había relacionado con Kaname, y volver a empezar con una desconocida total era trabajoso.

—Creo que fui algo maleducada. — reconoció la joven de cabellos marrones, observando cómo ella se alejaba en las escaleras.

—Ay Nanako… A veces creo que no tienes remedio.

Y mientras Corinne continuaba su camino en soledad, se tomó algo de tiempo para revisar los papeles que llevaba en la mano, separando el sobre dorado con la carta de Saori para mostrar en la entrada del Santuario. Ya desde esa distancia podía ver que un hombre fornido se encontraba protegiendo el umbral, así que prefería estar preparada: tenía todo el aspecto de ser alguien complicado y malhumorado.

Al llegar al último escalón notó que aquel señor ya estaba observándola, por lo que se acercó hacia él sin ningún tipo de duda ni miedos y le entregó los papeles que avalaban su estadía en aquel sagrado lugar.

—Me llamo Corinne. — se presentó con rapidez.

Pero para su sorpresa Aldebarán rechazó el gesto de la joven, sonriéndole afablemente.

—¿Cómo te sientes?

¿Qué estaba preguntando? ¿Por qué se preocupaba por ella? Era por demás extraño, no recordaba haber tratado con él en el pasado… ni siquiera le resultaba conocido de algún lado. La muchacha insistió otra vez en entregarle la carta que había recibido por parte de Saori pero Aldebarán volvió a negarse, causando que ella levante una ceja.

—¿Estás seguro que no necesitas revisar esto?

—No, no te preocupes por eso… Ya lo vi anoche.

—¿Anoche? —inquirió ella, mirándolo con algo de desconfianza. — ¿Nos conocemos?

—Soy Aldebarán, guardián del Templo de Tauro. — respondió él con tranquilidad, mirándola con una sonrisa afable. — Perdona mi falta de empatía, creo que no recuerdas nada de lo que sucedió ayer a la noche…

Asintiendo ante la afirmación de aquel hombre, la joven de cabellos rubios se mantuvo con la misma expresión incómoda de segundos atrás, cruzándose de brazos y llevándose la palma de la mano izquierda hacia una de las mejillas. Suspiró con fuerza y sin disimulo, para luego elevar los ojos para arriba, mirando a Aldebarán con atención. Anoche parecía haber conocido a más personas además de Mu, pero no tenía registro de nadie más… Era cierto, no recordaba absolutamente nada y era por demás raro: de la nada misma había aparecido justo en el lugar a donde debería dirigirse hoy mismo, y además había desaparecido su cartera junto con su extensión de pelo. Definitivamente se había perdido los detalles más importantes.

—Ahh… De verdad no recuerdo nada de nada de nada… — admitió la joven de cabello corto, comenzando a rascarse la cabeza por los nervios, dirigiendo la mirada hacia un costado. —Eh… ¿Supongo que tú sabes cómo llegué hasta aquí?

—Discúlpame nuevamente, no quise ser maleducado contigo… ¿Recuerdas a Mu? Era el joven de cabello lila con el que hablaste en "Azucar".

—¡Cómo no recordarlo con esas cejas! — exclamó ella de la nada. — ¿Sabes algo? Yo pensé que era maquillaje, pero tiene pelitos de verdad… ¡Qué sorpresa!

Provocado por la respuesta espontánea de aquella mujer, Tauro estalló en una carcajada estruendosa: no podía creer que ella hubiese dicho algo semejante.

—Sí, de verdad que son raras… Pero no se lo digas, no le gusta mucho.

Oh. No llevaba ni veinticuatro horas allí dentro y ya se había equivocado, y la realización de aquello provocó que tragase saliva con fuerza.

—Eh… Supongo que hubiera sido interesante saberlo antes… Ehh… Entonces, estabas por contarme qué pasó anoche. — continuó ella, desviando la atención de ese pequeño detalle.

—¡Ah sí! Bueno, esa noche salimos junto a Mu y a Nanako… No sé si ya la has visto, pero es una joven delgada de largo pelo marrón, ondulado…

—¿Esa que parece sufrir anorexia nerviosa?

Aldebarán se mantuvo en silencio, procesando lo que la rubia acababa de decir. Ahora que lo pensaba, nunca había reparado en el grado de delgadez que poseía Nanako, puesto que sentía un afecto amistoso para con ella. Tauro no era una persona que soliese prestar atención al aspecto físico de otros humanos, él simplemente dejaba de lado todo detalle que no tuviese que ver con la personalidad de la gente.

—Bueno, supongo que sí está algo delgada. — admitió por lo bajo.

—¿Algo? Parece que se va a romper de sólo mirarla. — Corinne no pudo evitar agregar, volviendo a sonreír al recordar la breve conversación que habían tenido minutos antes. — Supongo que es de esperarse, puesto que es ese tipo de mujer… Ah perdona, ¡te he interrumpido! Entonces, ¿qué sucedió luego?

El joven nacido bajo el signo de Tauro había quedado algo descolocado por aquellas declaraciones pertinentes a Nanako: definitivamente la próxima vez que se la encontrase prestaría más atención, quizás estuviese enferma y habría algo en lo que pudiese ayudarla. Visiblemente menos animado que antes, Aldebarán prosiguió con el relato:

—Pues básicamente, te pasaste de copas y terminaste quedándote dormida… Luego te caíste al suelo junto con tus pertenencias, y cuando fuimos a ayudarte uno de nosotros encontró la carta firmada por Saori. — terminó Tauro, mirándola nuevamente. — Lo siento, no quisimos husmear en tus cosas, pero aquel dato nos llamó la atención… Ya sabes, las fechas coincidían… Creímos que lo mejor era traerte directamente hasta aquí.

—Ya veo…

Corinne ahora entendía todo un poco más, sin embargo eso no explicaba la desaparición de su cartera, y menos que menos la de su extensión de pelo. Había un dato más que estaba faltando pero Aldebarán parecía ignorarlo de la misma manera que ella, así que decidió no tocar el tema. ¿De verdad se había sobrepasado tanto como para caer inconsciente arriba de un desconocido? No quería reconocerlo, pero todo parecía indicar que el hecho de que la habían dejado plantada terminó afectándola más de lo que supuso.

—Ya veo… Si tengo que ser sincera contigo la verdad es que me complicaron bastante, dejé todas mis pertenencias en el hotel y ahora estoy yendo a buscarlas. — acotó la joven, para luego regalarle una sonrisa a Aldebarán. — Pero aprecio el buen gesto, así que está todo en orden con ustedes.

Aldebarán sintió la necesidad de volver a disculparse con la joven por haber tomado aquella decisión apresurada sin su consentimiento, pero en ese momento no había mejor opción que esa, considerando que querían preservar la seguridad e integridad física de la joven; y además de eso, ya había pedido perdón demasiadas veces dentro de esa corta conversación, no quería volverse muy pesado al respecto. El joven le devolvió la sonrisa, y todavía algo sacudido por su falta de atención, le dedicó una mirada al cuerpo de Corinne, topándose con una vestimenta extremadamente sucia y rota... Una extraña sensación de culpa lo inundó, recordando que horas antes había elegido desligarse de la responsabilidad de entregarle aquella joven a Afrodita.

—¿Qué tal te fue con el dueño de casa? — preguntó el taurino con algo de miedo.

Automáticamente ella dio una patada al suelo, soltando un sonoro bufido. La tierra voló por el aire junto con un improperio, asegurándose bien de no dejar de lado a absolutamente ningún pariente del pisciano.

—UFF, ¡ni lo nombres! Me fue horrible. — le contestó ella, indignada. — ¡Pero esa loca no me va a ganar!

—B-bueno, sí… Afro es algo complicado… Pero no es mala persona, sólo tienes que ser paciente… Si puedo ayudarte en algo, sólo házmelo saber.

—Gracias por el apoyo, fortachón. — replicó ella, dándole un golpe de puño cariñoso al pecho de Aldebarán. — Por cierto, ya que estás aquí, ¿cómo llego a Rodorio?

—Sólo sigue derecho, mantente sobre el camino y eventualmente encontrarás una calle enorme… Te recomiendo tomar un taxi, hay buses que te acercan al centro pero tardan más en llegar.

—¡Genial! ¡Muchas gracias Aldebarán!

—No hay de qué… Ya sabes, si precisas algo sólo tienes que acercarte hacia el Templo de Tauro, puedes contar conmigo para lo que necesites.

Corinne asintió con la cabeza, agradecida por haberse topado con hombres tan buenos y honestos; y tras saludar con la mano a Aldebarán volvió a emprender su caminata, perdiéndose otra vez en los caminos rústicos que, esta vez y sólo por un corto período de tiempo, la alejaban de Piscis.

Algunos minutos después del encuentro entre Tauro y la nueva integrante del Santuario, Aioria bajaba corriendo las escaleras hacia la entrada, con las manos presionadas sobre su bajo abdomen.

—Ay Alde mil gracias por cubrirme un rato, no sabes… Anoche comí pesado y no podía parar de c-

—Por el amor de todos los Dioses, por favor no seas gráfico. — lo interrumpió Tauro, extendiendo su mano para que el leonino le devuelva las llaves de su casa.

Aioria se paró al lado de Aldebarán y procedió a tomar el juego de llaves de su bolsillo, mirándolo algo extrañado.

—¿Pero qué dije?

—Nada, nada…

Era sabido que Leo no reconocería que podía llegar a ser algo grosero, por lo que el taurino no se molestó en intentar hacerle notar aquel asunto escatológico. Claramente las suposiciones de aquel grandote eran ciertas, porque al instante de escuchar la negación de Aldebarán, Aioria procedió a encogerse de hombros: era evidente que no entendía a qué se había referido, pero la verdad es que no le importaba, él no había hecho nada malo.

—Por cierto, recién sentí un cosmos débil… ¿Había alguien por aquí?

—Ah sí, es la recién llegada al Templo de Piscis. — comentó Aldebarán, como si nada.

—¿O sea que es cierto que hay mujeres en el Santuario…? Además de las amazonas, digo.

Aldebarán lo miró incrédulo.

—¿Dónde diablos has estado viviendo estos últimos meses…? — indagó, llevándose una mano a la frente. — Por Zeus, a veces olvido que puedes ser tan despistado como tu hermano… Hace varios meses que venimos así, lo de Corinne puedo entenderlo porque es reciente pero, ¿cómo puede ser que no hayas visto a ninguna de las otras dos?

El león volvió a encogerse de hombros, sin preocuparse demasiado al respecto.

—Pues no lo sé, no presto demasiada atención. — explicó Aioria mientras hurgaba dentro de su oreja, provocando que Aldebarán gire los ojos hacia arriba. — Por cierto, ¿has dicho Piscis…? Ugh, siento lástima por la chica… Qué complejo.

—Sí, para serte sincero yo pensé igual… y no me equivoqué, piscis parece haberla rechazado por completo.

—¿Y qué tal ella? ¿Qué te pareció?

—Me recuerda a ti, no sé por qué….

Pero al segundo de realizar aquella declaración, Aldebarán sintió un enorme arrepentimiento recorrerle el cuerpo: no tendría que haber dicho algo así ni por asomo. Súbitamente sintió un par de manos aprisionar unos de sus brazos, y el magnetismo poderoso de la mirada de Leo se posó sobre su rostro, forzándolo a devolverle la mirada.

—¿A que no es lo mejor ser un leoncito…? — dijo Aioria emocionado, con los ojos brillando de felicidad.

—Eh… Sí, sí, claro que sí Aioria…

Sin darse cuenta había presionado el botón de ego de su compañero leonino, y sabía que en lo que restaba de aquella guardia Aioria se la pasaría hablando de las maravillas de haber nacido bajo aquel persistente signo. Sin embargo, por más denso que Leo pudiera volverse, en el fondo Aldebarán disfrutaba de esos momentos en los que la personalidad de Aioria dejaba ver un lado infantil: aquella cualidad era algo irremplazable, y era digno de respetar el hecho de que había podido conservarla incluso considerando las penurias que habían sabido soportar en el arduo camino a convertirse en Caballeros de aquella egoísta mujer.

El atardecer llegó al Santuario más pronto de lo que todos hubiesen deseado, pero finalmente Corinne había logrado solucionar el inconveniente con el hotel: no le quedó más opción que abonar un extra por haberse sobrepasado de la fecha convenida, pero al menos pudo recuperar sus pertenencias, en especial su preciado equipo fotográfico. Aprovechó sus últimos minutos en el hotel para darse una buena ducha, y se dirigió hacia el centro de Rodorio en búsqueda de algunos objetos que sabía que necesitaría para llevar a cabo su plan de "reconciliación" con Afrodita de Piscis.

Ahora sí estaba volviendo al Santuario con la consciencia cien por ciento despierta, cargando una mochila gigante en su espalda y arrastrando una valija de mano con rueditas: se encontraba completamente preparada y nada podría abatirla. Al cruzar el umbral de entrada se topó con Aioros y Shura, quienes la reconocieron al instante y se presentaron ante ella, comentándole nuevamente lo sucedido la noche anterior. En esta ocasión ella tampoco se extendió mucho con ellos ya estaba por comenzar a anochecer y le tomaría un tiempo llegar hasta arriba, ni hablar del tiempo que llevaría armar todo tal como lo había planeado.

Tenía que reconocer que la subida estaba resultando bastante más difícil que la bajada, más aun estando con tantos bártulos, pero ella contaba con su excelente estado físico y sabía que no la abandonaría en aquel momento. Su mentalidad positiva y simplista la mantuvo a flote durante todo el trayecto, y cuando finalmente apoyó ambos pies en el recinto de Piscis, no pudo evitar extender una enorme sonrisa.

—Uff… ¡al fin llegué!

Y tras dejar salir todo su cansancio acumulado con un gran suspiro, la joven se dirigió hacia la porción de jardín que se extendía hacia el lado izquierdo del Templo de Piscis, mirando con ojos divertidos a aquel enorme árbol.

—Tú y yo nos haremos amigos muy pronto… — susurró, dándole palmaditas al grueso tronco de madera.

Corinne procedió a soltar su carry-on y se quitó la enorme mochila de la espalda: tenía bastante por hacer y poco tiempo, por lo que puso manos a la obra y comenzó a armar la carpa que había comprado en Rodorio, colocándola debajo del gran árbol de aquel bello jardín. Quizás esa no era la solución más inteligente, especialmente considerando que lo mejor sería aprovechar el resguardo del inmenso techo del Templo… pero hacerlo de esa manera le quitaría toda la sensación de aventura y misterio, y eso era algo que no podía permitirse: amaba embarcarse en aquellas peripecias, y si bien no era su estilo que involucren a un tercero, en este caso era diferente pues había adquirido no sólo un compromiso monetario, sino también uno con ella misma. La idea de lo salvaje, de lo repentino, de cualquier cosa que le permitiese expresarse y disfrutar de su libre albedrío era algo que la atraía con creces.

Tras haber finalizado con la preparación de aquella carpa, la joven procedió a treparse al árbol con destreza y colocó, de la mejor manera que pudo, un trozo amplio de tela impermeable entre las ramas, de manera que sirviese de cobertura extra en caso de lluvia. Probablemente estaría bien sin aquella adición, puesto que había invertido en una tienda de buena calidad… pero era mejor estar precavida. Ahora que todo estaba listo, sólo restaba entrar sus pertenencias a aquella nueva y precaria vivienda, extendiendo su bolso de dormir y provisiones alimenticias.

Era obvio que aquel periplo no sería para nada fácil, pero aquella fuerte mujer jamás abandonaba sus ideales: rendirse era para los cobardes y Corinne estaba lejos de ser una.