D. D
―Oh, lo siento.
―Oh, no, no, ya me iba ―Kristoff sonrió a ambas y se despidió de Anna con una mano.
Elsa lo miró irse. Tenía los hombros tensos y una línea recta en los labios. De pronto se sintió vacía, recordando el beso que había presenciado hace sólo un momento. Era como si le hubieran robado la felicidad que asomaba cada vez que terminaba con los labores del día y sabía que podía ver a Anna. No entendía nada de eso y todo se hacía más frustrante para ella.
―Es… ya sabes, no volverá en dos semanas ―Anna dijo, y metió un mechón de cabello en su oreja izquierda.
Elsa intentó una sonrisa.
―No importa, no sabía que estaban aquí, sólo… Ya sabes, siempre nos vemos en el salón después de las cinco.
―Lo sé, ¿qué tal tu día? ―Anna se acercó a ella y la tomó de un brazo para empezar a caminar hacia los jardines.
―Igual, supongo. Estuve haciendo algunas preparaciones para el baile próximo.
―Es en un mes. Y no será tan grande. ¿No era más bien una cena?
―Lo sé, sólo quería que todo estuviera perfecto ―suspiró―. No quiero más celebraciones fallidas.
Anna no le insistió, caminaron cerca de veinte minutos en silencio. Era de esos días en los que le parecía que su hermana quería estar sola.
―¿Le quieres? ―preguntó de pronto Elsa. El sol se ponía y sus manos estaban más frías de lo normal―. A Kristoff, ¿le quieres? ―intentó de nuevo, esta vez más bajo, como si estuviera avergonzada de lo que decía.
A Anna le sorprendió la pregunta, no porque fuera la primera vez que Elsa le cuestionaba algo así, porque sabía que llegaría ese momento, sino porque había cierta desesperación en sus ojos que no podía descifrar, y que le dolió justo en el pecho porque la hizo sentirse fría, despreciable y egoísta. Después de todo, ella quería a Elsa todo el tiempo con ella y para ella. Habían pasado tanto tiempo separadas, que le parecía que se debían todas esas horas. Era infantil e injusta, pero sólo hasta entonces pensó que Elsa tal vez se sentía de la misma forma. Aunque la posibilidad de que estuviera solamente preocupada era más el estilo de su hermana. Entonces la verdadera cuestión era… ¿le quería? Por supuesto, claramente, todos lo decían en el castillo, ¿pero por qué ahora se le atoraba la lengua y no podía darle una afirmación a Elsa sin vacilar?
―¿Anna?
―¡C-claro que sí! ―dijo, más fuerte y vacilante de lo que tenía planeado.
―Oh… ―Elsa volvió a sonreír como si le pesara todo―. Eso es… bueno.
―Él no es Hans ―explicó, como si hiciera falta saber. Quería que Elsa lo aceptara, que le dijera con los ojos que realmente estaba haciendo bien. ¿Por qué no podía ver nada de eso? ¿Por qué la hacía dudar? ¿Por qué sentía que nada era correcto?
―Lo sé ―Elsa miró al cielo―. Él también te quiere ―y por primera vez sonó sincera. Y cansada, muy cansada.
Entonces Anna no pudo evitarlo, porque sintió que se estaba rompiendo ahí mismo de una forma de la que temía estar rompiendo también a su hermana. Así que estiró el cuello y tiró del hombro de Elsa de una forma nada sutil, hasta que pudo alcanzar su mejilla y un beso, demasiado largo para ser en esa parte, fue depositado con todo el amor que pudo reunir para ella. Que era todo. Todo lo que tenía.
―Y te quiero a ti ―casi ahogó, mirándola a los ojos―. ¿Lo sabes, no? ―Elsa aún no salía de su letargo, pero le sonrió enseguida y relajó los hombros. Lo sabía, claro que lo sabía―. Entonces no lo olvides. No lo tienes permitido. Te lo recordaré todos los días si es necesario.
Y para Elsa, por el momento, eso era más suficiente.
