Capitulo 24 y 25

Isabella se desperezó y abrió los ojos. Se dio cuenta de que ese cuerpo masculino ya no era el de un extraño. Sabía que se sen tiría exhausta y muy mal. Había compartido la cama con un hom bre toda la noche, y se despertaba a su lado como si fueran mari do y mujer. No tenía la obligación de casarse por el solo hecho de haberla despojado de su virginidad. Ni siquiera sabía la verdad.

Ella debería haberse sentido indignada por hallarse en su cama, por ser tratada como esposa aunque nada los unía;

pero la verdad es que se habría sentido muy desilusionada si se hubiera ido después de haber hecho el amor esa gloriosa no che. Además, no era tan desagradable acurrucarse a su lado.

Sabía que sería peligroso ponerse a pensar por qué se sen tía así. Si llegaba a la conclusión de que se estaba enamorando de Anthony, sería terrible. Ningún hombre arrogante como su pa dre controlaría el resto de sus días; ni siquiera un hombre cuya arrogancia fuera tan sutil como la de Anthony.

No, era preferible pensar que era inmoral. Bueno, no en el estricto sentido de la palabra. Por Dios, tenía veinte años, y capacidad para pensar y decidir. ¿Por qué habría de esperar hasta encontrar un marido para experimentar el éxtasis que Anthony le había enseñado?

¿Por qué habría de negarse al placer? ¿Por el sólo hecho de no estar casados?

Sonrió al pensarlo. No actuaba de acuerdo, con la moral que le habían inculcado. Miró el pecho varonil de Anthony, y concluyó que esa moral no tenía sentido.

Qué diferente parecía cuando dormía. Era la primera vez que lo veía dormido, la primera vez que podía mirarlo todo lo que quisiera. Le agradaba hacerlo: su pecho y sus brazos eran musculosos y muy varoniles. Era fuerte aun ahora que estaba relajado. Algunos mechones de su cabello renegrido le caían sobre la frente; le estaban creciendo patillas.

De repente, advirtió que ahora que no sonreía como lo hacía siempre, se parecía mucho a su hermano. Podía ser su hermano quien dormía a su lado.

¿Por qué se le había ocurrido pensar eso? No había pen sado en Edward desde que ella y Anthony habían regresado de la montaña. Por suerte, Edward no los esperaba en el rancho. Pero era verdad. Con los ojos cerrados y el rostro relajado, no se los podía diferenciar.

Mellizos. Era increíble cómo las diferentes experiencias de la vida habían marcado a estos dos hermanos. Uno era peli groso como una víbora cascabel; y el otro era un sinvergüenza encantador. Uno daba importancia a sus sentimientos; el otro, los despreciaba.

Isabella apartó la mirada, no quería seguir pensando en eso. Vio a Charley en el recipiente de porcelana y sonrió, se lo veía disgustado. Bueno, Charley nunca había considerado sim pático a Anthony, le mostraba los dientes cuando éste se le acer caba. Seguramente, no aceptaba que Anthony ocupara lo que él consideraba su territorio.

En ese momento, Charley salió del recipiente y saltó por la ventana. Era como si hubiera esperado hasta que Isabella despertara para llamar su atención, y hacerle sentir su discon formidad, y decirle, a su manera, que no toleraría ese compor tamiento libertino. ¡Dónde se ha visto! ¡Ser censurada por el propio gato!

—Buen día, hermosa.

—¿Cuántas veces debo decirte que no quiero que me lla mes así? —dijo furiosa.

—No me trates así, dulzura, no desde tan temprano.

La acostó, y en un instante se acostó sobre ella. Su son risa era temeraria.

—¿Y por qué no puedo llamarte hermosa?

—Porque así me llamo tu hermano, y me lo recuerdas —respondió con arrogancia.

Apenas le rozó los labios, y luego besó sus senos suaves y perfectos.

—Bueno, no quiero que lo recuerdes, al menos cuando te hago el amor. No quiero estar celoso de mi propio hermano.

—¿Eres celoso, Anthony?

—No sé —murmuró entre un beso y otro.

—Entonces, ¿por qué dijiste eso?

—Digamos que cuando estás conmigo quiero que seas to talmente mía. ¿Me entiendes?

—Apenas puedo pensar ahora. Anthony —murmuró ella. Cerró los ojos y gimió. El la sujetó de la cintura y se des lizó para besar su vientre. Isabella dejó caer la cabeza hacia atrás. Estaba perdida en esa sensación, dentro de ella se había desatado un torbellino.

Cuando él se detuvo tuvo deseos de gritar. Cuando abrió los ojos, advirtió que la miraba como si la idolatrara, la adorara, la deseara. Este hombre no se proponía conquistar su dinero ni su virginidad. Su único objetivo era hacerle el amor. Sólo la que ría así, como era. Ese pensamiento la hizo estremecer; él había despertado algo en su interior que nunca antes había sentido.

—Dios, eres hermosa.

—Comienzo a pensar que realmente lo crees así —le dijo sin aliento.

Lo miró a los ojos.

—¿No lo crees tú?

—Anthony, no digas nada más —le acarició la cabeza y lo abrazó.

Él rió. Lo quería por fin, y él quería saborearla y explo rar su interior. Quería ofrecerle todo el placer posible.

Sus labios la reclamaron con ardor, mientras que sus ma nos recorrieron las partes más sensibles de su cuerpo. Aprendió qué le causaba más placer. La llevó cada vez más alto. También se dio cuenta de que ella entregaba además de recibir. Antes de que terminara la mañana había acabado con todas sus inhibi ciones. Fue una experiencia que ninguno de los dos podría ol vidar.

25

Isabella dejó la enagua que estaba lavando cuando Anthony apareció en el patio. Traía a Charley en brazos. Él son reía y Charley ronroneaba. Isabella no pudo creer lo que veía.

Cuando Charley olió el perfume de Isabella, maulló, tra tó de librarse de los brazos de Anthony, y saltó por la ventana de la habitación.

—Sabía que haría eso —dijo Anthony, y se sentó en la ba randa que había para sacudir las alfombras—. No podía en tender por qué Charley y yo no nos llevamos bien. Nunca tuve problemas con los animales. Toda mi familia siempre tuvo ani males. Pero al fin comprendí.

—¿Qué?

—¿Cuánto hace que Charley no ve una gata?

—¡Anthony!

—Hablo en serio. Es macho y necesita una hembra como cualquier macho. Pero ya que no tiene ninguna, te usa como su cedáneo.

—No seas ridículo.

—Ese gato cree que cualquiera que se te acerca es su enemigo.

—Tonterías —insistió ella—, te dije que no le agradan los desconocidos.

—Entonces, ¿por qué se me acercó en el establo en acti tud tan amistosa? Porque tú no estabas allí.

—¿De veras se te acercó?

—Viste que no se opuso a que lo llevara en brazos.

—Pero si lo que dices es verdad, ¿dónde puedo encontrar una gata?

—No sé si habrá gatas en Aro , pero puedo enviar un pedido a los pueblos cercanos y ver qué ocurre. Tengo que ir a devolver esa calesa, así que cámbiate y ven conmigo.

—¿Y cómo volveré del pueblo?

—A caballo. Ya es hora de que aprendas a montar. Le dio la espalda, y siguió lavando la enagua.

—Creo que me quedaré aquí. No me necesitas para llevar esos anuncios.

—Pero necesito tu compañía.

—Tengo mucho que hacer, Anthony.

—Ve a ponerte esos pantalones que te traje, Isabella.

—¡No me pondré esos pantalones, y menos para ir al pueblo! —¿Cómo se atrevía a darle órdenes?

—Los compré para que te los pusieras. Y te los pon drás.

—No —respondió ella con firmeza.

El se puso de pie y se le acercó lentamente. Ella retroce dió. Tenía la enagua empapada en la mano, como si fuera un arma con la que se defendería.

—¿Quieres hacer una apuesta, dulzura? —le preguntó—. Apuesto a que yo mismo te los pondré.

—No serías capaz —replicó ella. Él dio un paso adelante, y ella giró hacia la casa, pero la atrapó antes de que llegara a la puerta trasera.

—De acuerdo —gritó—. Me los pondré, pero bájame.

Él obedeció. Isabella estaba completamente furiosa, pero él sonreía.

—No tardes mucho, o creeré que necesitas ayuda.

—¡Anthony Cullen eres un tirano! —gritó.

Se alejó, y le respondió:

—No, ocurre simplemente que hoy no puedo separar me de ti.

—¡Estoy furiosa! —gritó.

Dos horas más tarde devolvieron la calesa a la cuadra de Pete, y montaron para regresar al rancho. Isabella se había puesto el traje de montar, la chaqueta sobre la camisa que Anthony le había comprado, y esos horribles pantalones debajo de la falda.

Pero a pesar de todo no podía estar enojada con él. Algo lo diferenciaba de otros hombres. Podía estar furiosa, pero una sonrisa suya y algunas palabras podían hacer que lo olvida ra todo.

Anthony la dejó en la oficina de correo mientras fue a ave riguar si la diligencia de Emery había salido en horario esa mañana.

—Olvidé decirle algo, y si la diligencia se retrasa, como de costumbre, podré verlo a tiempo.

—¿Qué se supone que debo hacer mientras te espero?

—Haz tres copias del anuncio, y yo luego las pagaré. Nadie mejor que tú para describir la clase de gata que puede agradarle a Charley. Wilber te dará papel y pluma. Averigua si llegó correspondencia para nosotros.

—¿No tendrían que haberla llevado al rancho?

—No, aquí las cartas se recogen en el correo.

—¿Quieres decir que tal vez hay alguna para mí y yo ni lo sabía? —preguntó asustada.

Anthony se alejó, y Isabella se acercó al escritorio de Wil ber. Sus esperanzas se desvanecieron. No había ninguna carta de Rosalie. Había dos cartas para Anthony, una de Monsieur Andrevie, de Nueva Orleans, y la otra de Emery Buskett de Aro . Supuso que Emery también se había olvidado de decirle algo a Anthony.

Se dispuso a preparar los anuncios. Qué ocurrencia, pe dir una compañera para Charley. ¿Qué otra idea se podía esperar de un hombre que había solicitado una novia por correo? Bien podía pedir una gata de la misma manera. Sólo un hom bre podía tener en cuenta las necesidades de un gato. A ella nunca se le había ocurrido buscar una compañera para Charley. Una dama no piensa en esas cosas.

Anthony encontró a Emery, en el momento en que la dili gencia estaba a punto de partir.

—Gracias por venir a despedirme, Anthony.

—No vine a despedirte —dijo Anthony sonriendo—. Tenía que devolver una calesa que había alquilado. —Ayudó a Emery a cargar el baúl en la diligencia.

—Dejé una carta para ti —dijo Emery—, para explicarte con detalles mi entrevista con Aro .

—Bien, pero hay algo más que quiero que hagas, aparte de lo que tienes entre manos.

—Lo que gustes. Anthony —respondió Emery dispuesto—, para eso me pagas.

—Ese amigo tuyo, el detective...

—¿Jim?

—Sí. Quiero que lo veas no bien regreses.

—No sé si aún estará en St. Louis, Anthony.

—No me importa si ya está de regreso en Nueva York, encuéntralo. Quiero conseguir toda la información que tenga sobre esa joven Swan. Quiero su nombre, descripción, todo lo que sepa sobre ella.

—¿Es pariente de tu prometida, entonces?

—Isabella no está segura, pero tiene algunas primas en Nueva York a quienes hace mucho que no ve. Quiere averiguar todo lo que pueda sobre esa joven.

—Será un gusto complacer a una señorita tan hermosa —dijo Emery—. Lamento que no la hayas traído al pueblo para que se lo dijera personalmente. Me hubiera encantado volver a verla.

—¿Te olvidas de que está comprometida? —dijo Anthony terminante.

—Vale la pena arriesgarse por una dama así, aunque le pertenezca a un amigo. Anthony. —Sonrió al ver a Isabella. —Ah, la trajiste.

Anthony miró a la calle. Isabella se había detenido a un cos tado. Jacob Black se le acercaba.

—Que tengas buen viaje Emery —dijo Anthony y se alejó.

—Pero, Anthony...

Emery se quedó en silencio, sabía que había terminado el diálogo. Anthony Cullen era un hombre extraño. Agradable algunas veces, frío e indiferente otras. Pero no se detendría a pensar qué clase de hombre era Anthony. Lo único que le interesaba era que le pagara bien por su trabajo. Y en ese sentido estaba satisfecho.